Читать книгу Un mundo para Julius - Alfredo Bryce Echenique - Страница 10
ОглавлениеEl palacio original
I
¿Recuerdas que durante los viajes a los que nos llevaba mi madre, cuando éramos niños, solíamos escaparnos del vagón-cama para ir a corretear por los vagones de tercera clase? Los hombres que veíamos recostados en el hombro de un desconocido, en un vagón sobrecargado, o simplemente tirados por el suelo, nos fascinaban. Nos parecían más reales que las gentes que frecuentaban nuestras familias. Una noche, en la estación de Tolón, regresando de Cannes a París, vimos a los viajeros de tercera bebiendo en la pequeña fuente del andén; un obrero te ofreció agua en una cantimplora de soldado; te la bebiste de un trago, y en seguida me lanzaste la mirada de la pequeñuela que acaba de realizar la primera hazaña de su vida... Hemos nacido pasajeros de primera clase; pero, a diferencia del reglamento de los grandes barcos, aquello parecía prohibirnos las terceras clases.
ROGER VAILLAND, Beau Masque
Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.
Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos meses que Julius iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo, menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julius que aún era muy pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo se moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julius nunca ha olvidado esa madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había acabado.
Papá murió cuando el último de los hermanos en seguir preguntando, dejó de preguntar cuándo volvía papá de viaje, cuando mamá dejó de llorar y salió un día de noche, cuando se acabaron las visitas que entraban calladitas y pasaban de frente al salón más oscuro del palacio (hasta en eso había pensado el arquitecto), cuando los sirvientes recobraron su mediano tono de voz al hablar, cuando alguien encendió la radio un día, papá murió.
Nadie pudo impedir que Julius se instalara prácticamente a vivir en la carroza del bisabuelo-presidente. Ahí se pasaba todo el día, sentado en el desvencijado asiento de terciopelo azul con exribetes de oro, disparándoles siempre a los mayordomos y a las amas que tarde tras tarde caían muertos al pie de la carroza, ensuciándose los guardapolvos que, por pares, la señora les había mandado comprar para que no estropearan sus uniformes, y para que pudieran caer muertos cada vez que a Julius se le antojaba acribillarlos a balazos desde la carroza. Nadie le impedía pasarse mañana y tarde metido en la carroza, pero a eso de las seis, cuando empezaba ya a oscurecer, venía a buscarlo una muchacha, una que su mamá, que era linda, decía hermosa la chola, debe descender de algún indio noble, un inca, nunca se sabe.
La chola que podía ser descendiente de un inca, sacaba a Julius cargado en peso de la carroza, lo apretaba contra unos senos probablemente maravillosos bajo el uniforme, y no lo soltaba hasta llegar al baño del palacio, al baño de los niños más pequeños, solo el de Julius, ahora. Muchas veces tropezó la chola con los mayordomos o con el jardinero que yacían muertos alrededor de la carroza, para que Julius, Jesse James o Gary Cooper según el día, pudiese partir tranquilo a bañarse.
Y ahí en el baño empezó a despedirse de él su madre, dos años después de la muerte de su padre. Lo encontraba siempre de espaldas, parado frente a la tina, desnudo con el pipí al aire pero ella no se lo podía ver, contemplando la subida de la marea en esa tina llena de cisnes, gansos y patos, una tina enorme, como de porcelana y celeste. Su mamá le decía darling, él no volteaba, le daba un beso en la nuca y partía muy linda, mientras la hermosa chola adoptaba posturas incomodísimas para meter el codo y probar la temperatura del agua, sin caerse a lo que bien podía ser una piscina de Beverly Hills.
Y a eso de las seis y media de la tarde, diariamente, la chola hermosa cogía a Julius por las axilas, lo alzaba en peso y lo iba introduciendo poco a poco en la tina. Los cisnes, los patos y los gansos lo recibían con alegres ondulaciones sobre la superficie del agua calentita y límpida, parecían hacerle reverencias. Él los cogía por el cuello y los empujaba suavemente, alejándolos de su cuerpo, mientras la hermosa chola se armaba de toallitas jabonadas y jabones perfumados para niños, y empezaba a frotar dulce, tiernamente, con amor el pecho, los hombros, la espalda, los brazos y las piernas del niño. Julius la miraba sonriente y siempre le preguntaba las mismas cosas; le preguntaba, por ejemplo: «¿y tú de dónde eres?», y escuchaba con atención cuando ella le hablaba de Puquio, de Nazca camino a la sierra, un pueblo con muchas casas de barro. Le hablaba del alcalde, a veces de brujos, pero se reía como si ya no creyera en eso, además hacía ya mucho tiempo que no subía por allá. Julius la miraba atentamente y esperaba que terminara con una explicación para hacerle otra pregunta, y otra y otra. Así todas las tardes mientras sus hermanos, en los bajos, acababan sus tareas escolares y se preparaban para comer.
Sus hermanos comían ya en el comedor verdadero o principal del palacio, un comedor inmenso y lleno de espejos, al cual la chola hermosa traía siempre cargado a Julius, para que le diera un beso con sueño a su padre, primero, y luego, al otro extremo de la mesa, toda una caminata, el último besito del día a su madre que siempre olía riquísimo. Pero esto cuando tenía meses, no ahora en que solito se metía al comedor principal y pasaba largos ratos contemplando un enorme juego de té de plata, instalado como cúpula de catedral en una inmensa consola que el bisabuelo-presidente había adquirido en Bruselas. Julius no alcanzaba a la tetera brillantemente atractiva, siempre probaba y nada. Por fin un día logró alcanzar pero ya no aguantaba más en punta de pies, total que no soltó a tiempo y la tetera se vino abajo con gran estrépito, le chancó el pie, se abolló, en fin, fue toda una catástrofe y desde entonces no quiso volver a saber más de juegos de té de plata en comedores principales o verdaderos de palacios. En ese comedor que, además del juego de té y los espejos, tenía vitrinas de cristal, alfombra persa, vajilla de porcelana y la que nos regaló el Presidente Sánchez Cerro una semana antes de que lo mataran, ahí comían ahora sus hermanos.
Solo Julius comía en el comedorcito o comedor de los niños, llamado ahora comedor de Julius. Aquí lo que había era una especie de Disneylandia: las paredes eran puro Pato Donald, Caperucita Roja, Mickey Mouse, Tarzán, Chita, Jane bien vestidita, Superman sacándole la mugre probablemente a Drácula, Popeye y Olivia muy muy flaca; en fin, todo esto pintado en las cuatro paredes. Los espaldares de las sillas eran conejos riéndose a carcajadas, las patas eran zanahorias y la mesa en que comía Julius la cargaban cuatro indiecitos que nada tenían que ver con los indiecitos que la chola hermosa de Puquio le contaba mientras lo bañaba en Beverly Hills. ¡Ah!, además había un columpio, con su silletita colgante para lo de toma tu sopita, Julito (a veces, hasta Juliuscito), una cucharadita por tu mamá, otra por Cintita, otra por tu hermanito Bobicito y así sucesivamente, pero nunca una por tu papito porque papito había muerto de cáncer. A veces, su madre pasaba por ahí, mientras lo columpiaban atragantándolo de sopa, y escuchaba los horrendos diminutivos con que la servidumbre arruinaba los nombres de sus hijos. «Realmente no sé para qué les hemos puesto esos nombres tan lindos», decía. «Si los oyeras decir Cintita en vez de Cinthia, Julito en vez de Julius, ¡qué horror!». Se lo decía a alguien por teléfono, pero Julius casi no lograba escucharla porque, entre la sopa que se acababa, y el columpio que lo mecía abrazándolo como la planta del sueño, poco a poco se iba adormeciendo, hasta quedar listo para que la chola hermosa lo recogiera y se lo llevara a su dormitorio.
Pero, cosa que nunca sucedió cuando sus hermanos comían en Disneylandia, ahora toda la servidumbre venía a acompañar a Julius; venía hasta Nilda, la Selvática, la cocinera, la del olor a ajos, la que aterraba en su zona, despensa y cocina, con el cuchillo de la carne; venía pero no se atrevía a tocarlo. Era él quien hubiera querido tocarla, pero entonces más podían las frases de su madre contra el olor a ajos: para Julius todo lo que olía mal olía a ajos, a Nilda, y como no sabía muy bien qué eran los ajos, una noche le preguntó, Nilda se puso a llorar, y Julius recuerda que ese fue el primer día más triste de su vida.
Hacía tiempo que Nilda lo venía fascinando con sus historias de la Selva y la palabra Tambopata; eso de que quedara en Madre de Dios, especialmente, era algo que lo sacaba de quicio y él le pedía más y más historias sobre las tribus calatas, todo lo cual dio lugar a una serie de intrigas y odios secretos que Julius descubrió hacia los cuatro años: Vilma, así se llamaba la chola hermosa de Puquio, atraía la atención de Julius mientras lo bañaba, pero luego, cuando lo llevaba al comedor, era Nilda con sus historias plagadas de pumas y chunchos pintarrajeados la que captaba toda su atención. La pobre Nilda solo trataba de mantener a Julius con la boca abierta para que Vilma pudiera meterle con mayor facilidad las cucharadas de sopa, pero no; no porque Vilma se moría de celos y la miraba con odio. Lo genial es que Julius se dio cuenta muy pronto de lo que pasaba a su alrededor y resolvió el problema con gran astucia: empezó a interrogar también a los mayordomos, a la lavandera y a su hija que también lavaba, a Anatolio, el jardinero y hasta a Carlos, el chofer, en las pocas oportunidades en que no había tenido que llevar a la señora a alguna parte y se hallaba presente.
Los mayordomos se llamaban Celso y Daniel. Celso contó que era sobrino del alcalde del distrito de Huarocondo, de la provincia de Anta, en el departamento del Cuzco. Además, era tesorero del Club Amigos de Huarocondo, con sede en Lince. Allí se reunían mayordomos, mozos de café, empleadas domésticas, cocineras y hasta un chofer de la línea Descalzos-San Isidro. Y como si todo esto fuera poco, añadió que, en su calidad de tesorero que era del Club, le correspondía el cuidado de la caja del mismo, y como el candado de la puerta del local estaba un poco viejito, la caja la tenía guardada arriba en su cuarto. Julius se quedó cojudo. Se olvidó por completo de Vilma y de Nilda. «¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le rogaba, y ahí en Disneylandia, la servidumbre en pleno gozaba pensando que Julius, propietario de una suculenta alcancía a la que no le prestaba ninguna atención, insistiera tanto en ver, tocar y abrir la caja del Club Amigos de Huarocondo. Esa noche, Julius tomó la decisión de escaparse y de entrar, de una vez por todas, en la lejana y misteriosa sección servidumbre que, ahora, además, ocultaba un tesoro. Mañana iría para allá; esta noche ya no, no porque la sopa acababa de terminarse y el columpio se iba poniendo cada vez más suave, la silletita voladora hubiera alcanzado la luna, pero siempre sucedía lo mismo: Vilma lo sorprendía con sus manos ásperas como palo de escoba y se lo llevaba a Fuerte Apache.
Fuerte Apache (así decía un letrero colocado en la puerta) era el dormitorio de Julius. Allí estaban todos los cowboys del mundo pegados a las paredes, en tamaño natural y también parados en medio del dormitorio, de cartón y con pistolas de plástico que brillaban como metal. Los indios ya habían muerto todos para que Julius se pudiera acostar tranquilo y sin reclamar. En realidad, en Fuerte Apache, la batalla había terminado y solo el indio Jerónimo, uno que despertaba las simpatías de Julius, como si eventualmente fuera a amistar con Burt Lancaster, por ejemplo, solo Jerónimo había sobrevivido y continuaba parado al fondo del cuarto, pensativo y orgulloso.
Vilma adoraba a Julius. Sus orejotas, su pinta increíble habían despertado en ella enorme cariño y un sentido del humor casi tan fino como el de la señora Susan, la madre de Julius, a quien la servidumbre criticaba un poco últimamente porque diario salía de noche y no regresaba hasta las mil y quinientas.
Siempre lo despertaba. Y eso que Julius se dormía mucho después de que Vilma lo había dejado bien dormidito: se hacía el dormido y, en cuanto ella se marchaba, abría grandazos los ojos y pensaba regularmente un par de horas en miles de cosas. Pensaba en el amor que Vilma sentía por él, por ejemplo; pensaba y pensaba y todo se le hacía un mundo porque Vilma, aunque era medio blancona, era también medio india y sin embargo nunca se quejaba de andar metida entre todos los indios muertos que había ahí en Fuerte Apache; además, nunca había manifestado simpatía por Jerónimo, más bien miraba a Gary Cooper, claro que todo eso pasaba en los Estados Unidos, pero indios y mi dormitorio y Celso ese sí que es indio... Así hasta que se dormía, tal vez esperando que los pasos de mami en la escalera lo despertaran, ahí llega, sube. Julius escuchaba sus pasos en la escalera y sentía adoración, se acerca, pasa por la puerta, sigue de largo hacia su cuarto, al fondo del corredor, donde murió papi, donde mañana iré a despertarla linda... Se dormía rapidito para ir a despertarla cuanto antes, siempre la despertaba.
Para Vilma era un templo; para Julius, el paraíso; para Susan, su dormitorio, donde ahora dormía viuda, a los treinta y tres años y linda. Vilma lo llevaba hasta ahí todas las mañanas, alrededor de las once. La escena se repetía siempre: Susan dormía profundamente y a ellos les daba no sé qué entrar. Se quedaban parados aguaitando por la puerta entreabierta hasta que, de pronto, Vilma se armaba de valor y le daba un empujoncito que lo ponía en marcha hacia la cama soñada, con techo, con columnas retorcidas, con tules y con angelitos barrocos esculpidos en los cuatro ángulos superiores. Julius volteaba a mirar hacia la puerta, desde donde Vilma le hacía señas para que la tocara; entonces él extendía una mano, la introducía apartando dos tules y veía a su madre tal cual era, sin una gota de maquillaje, profundamente dormida, bellísima. Por fin se decidía a tocarla, su mano alcanzaba apenas el brazo de Susan y ella, que despertaba siempre viviendo un último instante lo de anoche, respondía con una sonrisa dirigida a través de la mesa de un club nocturno, al hombre que acariciaba su mano. Julius la tocaba nuevamente: Susan giraba dándole la espalda y escondiendo la cara en la almohada para volver a dormirse, porque durante un segundo acababa de regresar cansada de tanto bailar y no veía las horas de acostarse. «Mami», le decía, atrevido, gritándole suavecito, casi resondrándola en broma, envalentonado por las señas de Vilma desde la puerta. Susan empezaba a enterarse de la llegada del día pero, aprovechando que aún no había abierto los ojos, volvía a dirigir una sonrisa a través de la mesa de un club nocturno e insistía en girar hundiéndose un poco más en el lado hacia el cual se había volteado al acostarse cansada, la segunda vez que Julius la tocó; luego, en una fracción de segundo, dormía íntegra su noche hasta que ella misma dejaba que el eco del «mami», pronunciado por Julius, se filtrara iluminándole la llegada del día, reapareciendo por fin en una sonrisa dulce y perezosa que esta vez sí era para él.
–Darling –bostezaba, linda–, ¿quién se va a ocupar de mi desayuno?
–Yo, señora; voy a avisarle a Celso que ya puede subir el azafate.
Susan terminaba de despertar cuando divisaba a Vilma, al fondo, en la puerta. Ese era el momento en que pensaba que podía ser descendiente de un indio noble, aunque blancona, ¿por qué no un inca?, después de todo fueron catorce.
Julius y Vilma asistían al desayuno de Susan. La cosa empezaba con la llegada del mayordomo-tesorero trayendo, sin el menor tintineo, la tacita con el café negro hirviendo, el vaso de cristal con el jugo de naranjas, el azucarerito y la cucharita de plata, la cafetera también de plata, por si acaso la señora lo desea más cargado, las tostadas, la mantequilla holandesa y la mermelada inglesa. No bien arrancaban los soniditos del desayuno, el de la mermelada untada, el de la cucharilla removiendo el azúcar, el golpecito de la tacita contra el platito, el bocado de tostada crocante, no bien sonaban todos esos detalles, una atmósfera tierna se apoderaba de la habitación, como si los primeros ruidos de la mañana hubieran despertado en ellos infinitas posibilidades de cariño. A Julius le costaba trabajo quedarse tranquilo, Vilma y Celso sonreían, Susan desayunaba observada, admirada, adorada, parecía saber todo lo que podía desencadenar con sus soniditos. De rato en rato alzaba la cara y los miraba sonriente, como preguntándoles: «¿Más soniditos? ¿Jugamos a los golpecitos?».
Terminado el desayuno, Susan empezaba una larga serie de llamadas telefónicas y Vilma partía con Julius rumbo al huerto, a la piscina o a la carroza. Pero, por una vez, Julius no esperó que Vilma lo cogiera de la mano; se le anticipó y salió corriendo detrás de Celso que bajaba con el azafate. «¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le iba gritando, mientras el otro se le alejaba en la escalera. Por fin lo logró alcanzar en la cocina y el mayordomo-tesorero aceptó mostrársela no bien terminara de poner la mesa, porque sus hermanos ya no tardaban en llegar del colegio con hambre. «Vuelve en un cuarto de hora», le dijo.
–¡Cinthia! –gritó Julius, apareciendo en el gran hall de la escalera.
Como todos los días, Carlos, el chofer negro-uniformado-con-gorra de la familia, acababa de traerlos del colegio y ahora subían a saludar a su mamá.
–¡Orejitas! –exclamó Santiago, sin detenerse.
Bobby no volteó a mirar; en cambio Cinthia se había quedado parada en el descanso de la escalera.
–Cinthia, Celso me va a enseñar la caja del Club de los Amigos de Gua...
–Huarocondo –lo ayudó Cinthia, sonriente–. Ahorita bajo para que me acompañes a almorzar.
Minutos después, Julius entró por primera vez en la sección servidumbre del palacio. Miraba hacia todos lados: todo era más chiquito, más ordinario, menos bonito, feo también, todo disminuía por ahí. De repente escuchó la voz de Celso, pasa, y recordó que lo había venido siguiendo, pero solo al ver la cama de fierro marrón y frío comprendió que se hallaba en un dormitorio. Estaba oliendo pésimo cuando el mayordomo le dijo:
–Esa es la caja –señalándole la mesita redonda.
–¿Cuál? –preguntó Julius, mirando bien la mesita.
–Esa, pues.
Julius vio la que no podía ser. «¿Cuál?», volvió a preguntar, como quien busca algo en la punta de su nariz y espera que le digan ¿no ves?, ¡esa!, ¡ahí!, ¡en la punta de tus narices!
–Ciego estás, Julius; esta es.
Celso se inclinó para recoger la lata de galletas de encima de la mesa, se la alcanzó. Julius la cogió por la tapa, mal, se le destapó la lata: un montón de billetes y monedas sucias le cayeron sobre el pantalón y se regaron por el suelo.
–¡Este niño! Lo que has hecho... ayúdame.
–...
–Apúrate, tengo que servirle a tus hermanos...
–Tengo que acompañar a Cinthia.
Cinthia también tenía su ama, como Julius tenía a Vilma, pero no era hermosa sino gorda y buena; gorda, buena, antigua, vieja, responsable y canosa. Julius se pasaba la vida haciéndole la misma pregunta y ella nunca sabía cómo respondérsela.
–Mamá dice que eres una de las pocas mujeres del pueblo con canas, ¿por qué?
La pobre Bertha, buenísima como era, hizo todo lo humanamente posible por averiguar y un día se apareció con la respuesta.
–Entre la gente pobre el indicio de mortaldá es más alto que entre la gente decente y bien.
Julius no le entendió ni papa, pero retuvo la frase probablemente en el subconsciente porque un día, siete años más tarde, le vino así igualita, con sus errores y todo, mientras se paseaba en bicicleta por el Club de Polo. Ahí sí que la comprendió.
Pero entonces hacía también siete años que Bertha había muerto. Bertha se murió un día, una calurosa tarde de verano. Habían vaciado la piscina y estaba sentada en un sillón esperando que Cinthia viniera para escarmenarla y refrescarla con borbotones de agua colonia que ella jamás dejó que le entraran a sus ojitos. Lo mismo había hecho treinta años atrás con la niña Susan, hasta que la mandaron a estudiar a Inglaterra, y luego, cuando regresó, hasta que se casó con el señor Santiago y empezaron a nacer los niños. Cinthia apareció corriendo, sofocada, gritándole ¡aquí estoy mama Bertha!, pero la pobre acababa de morir por lo de la presión tan alta que siempre la había molestado. Antes de sentirse a la muerte, tuvo la precaución de poner el frasco de agua colonia en lugar seguro para que no se fuera a caer; escogió el suelo porque era lo más cercano, al ladito puso el peine de Cinthia, cuya voz logró escuchar, y su escobillita.
Cinthia insistió en que la vistieran de luto y le anduvo rogando a su mamá para que le comprara una corbata negra a Julius.
–¡No! ¡Por nada de este mundo! –exclamaba Susan linda–. ¡Me van a arruinar al pobre Julius! Bastante tengo con verlo revolcarse todo el día en el huerto. Además se pasa todo el día con la servidumbre. ¡Por nada de este mundo!
Pero después se marchaba oliendo delicioso y ya no regresaba hasta las mil y quinientas. Fue así que, de repente, Julius se le apareció incomodísimo y con el cuellito irritado, pero decidido a no quitarse la corbata esa de tela negra y ordinaria ni por todas las propinas del mundo. ¿Cuál de los dos mayordomos se la dio? Eso es algo que mamá, por más linda que fuera, nunca llegó a saber. Con la corbata colgándole mucho más abajo de la braguetita, Julius seguía a Cinthia por todo el palacio porque con ella se sufría mejor por la muerte de Bertha. El lío era cuando se iba al colegio porque le entraban ganas de jugar en el huerto o en la carroza, y ya la otra tarde se había descubierto quitándose la corbatota porque el cuello le sudaba a chorros de tanto disparar contra los indios. Felizmente en ese instante llegó Cinthia; no bien la vio, Julius recordó el duelo y empezó a ajustarse la corbata al mismo tiempo que bajaba de la carroza muy compungido.
Más que nunca, ahora, porque Cinthia acababa de descubrir las fotografías del entierro de papá y había empezado a relacionar. Susan, linda, se quejaba: era indecible lo que esa criaturita la hacía sufrir, la torturaba con sus nervios, es hipersensible, Baby, le contaba a una amiga, me vuelve loca con sus preguntas... ¡Y Julius vive prendido de ella! ¡Pendiente de que llegue del colegio! Ya le he dicho a Vilma que trate de separarlos, ¡inútil! Vilma vive enamorada de Julius, todos en esta casa. Lo que Susan no contaba es que Cinthia la traía loca con lo de papá, ¿por qué, mami?, mami, yo me escapé, yo vi por la ventana, ¿por qué, a papi se lo llevaron en un Cadillac negro con un montón de negros vestidos como cuando papi iba a un banquete en Palacio de Gobierno?, ¿por qué, mami?, ¿ah?, ¿mami? Horas se pasaba diciéndole yo sé, mami, yo vi cuando se llevaban a papá, me han contado también. Y es que entonces no se daba muy bien cuenta pero ahora de pronto se acordaba y relacionaba con la manera en que se llevaron a Bertha, en una ambulancia mami, por la puerta falsa. Pero ahí se atracaba y titubeaba y es que no encontraba las palabras o la acusación para expresar la maldad ¿de quién? cuando se llevaron a Bertha por la puerta falsa, bien rapidito, como quien no quiere la cosa.
Julius presenciaba el asedio de su madre. Mientras Cinthia preguntaba, él permanecía inmóvil, con las orejotas como alfajores-voladores, las manos pegaditas al cuerpo, los tacos juntos, pero las puntas de los pies bien separadas como un soldado distraído en atención. El asedio tenía lugar en el baño que usó su padre. Ahí estaban aún sus frascos; no los habían movido: ahí estaban sus lociones, sus cremas de afeitar, sus navajas, hasta su jabón se había quedado ahí y su escobilla de dientes. Todo a medio usar, para siempre. «Parece que fuera a venir», le dijo un día Cinthia a Julius, pero no por eso se olvidaba de Bertha.
–Julius, limpia bien tu corbata negra –le dijo, otro día.
–¿Por qué?
–Mañana por la tarde vamos a enterrar a Bertha.
Al día siguiente, Cinthia regresó muy nerviosa del colegio. No bien saludó a su mamá le dijo que no tenía tareas que hacer y corrió a buscar a Julius que estaba jugando con Vilma en el huerto. El pobre no había pegado los ojos en toda la noche. Toda la tarde la había estado esperando y, no bien la vio aparecer, corrió a su encuentro. Cinthia lo cogió de la mano y él la siguió como siempre en esos días. Vilma venía detrás. Cinthia lo llevó hasta su dormitorio y le pidió que la esperara afuera mientras se cambiaba el uniforme. Salió linda pero toda vestida de negro; desde la muerte de Bertha se vestía siempre de negro, menos cuando iba al colegio. Susan ya no hacía nada por evitarlo. Lo llevó de la mano hasta el baño y le lavó la cara con amor. Entonces le dijo que lo iba a peinar y que quería humedecerle el pelo. Julius aceptó que lo bañaran en agua colonia y se dejó peinar; también dejó que ella le anudara nuevamente la corbatota negra, a pesar de que Vilma podía resentirse porque era ella quien se la amarraba siempre con un estilo muy suyo. Unas gotas de agua colonia se deslizaron por el cuello de Julius, ¡cómo le ardió!, las lágrimas le saltaron a los ojos, tanto que Cinthia le preguntó si quería que le cambiara la corbata, pero él le dijo que no y luego sintió lo que uno siente cuando grita ¡por nada!, al ver que Cinthia sonreía aliviada, porque sin corbata negra no podía asistir al entierro. Del baño lo llevó nuevamente de la mano hasta su dormitorio y ahí se puso a llorar, ante la cara de espanto de Vilma que los seguía siempre silenciosa, como si estuviera de acuerdo con todo, aun con lo que estaba viendo: siempre llorando, Cinthia abría un cajón de su cómoda y sacaba una caja. Julius la miró aterrado; sabía que iban a enterrar a Bertha, pero ¿cómo? Cinthia destapó la caja y les enseñó el contenido. Vilma y Julius soltaron el llanto al ver el peine, la escobilla y el frasco de agua colonia con que Bertha le escarmenaba diariamente el pelo, un mechoncito también de Cinthia, de cuando te cortaron tu pelito la primera vez. Se fueron los tres llorando hacia los bajos. Cinthia había cerrado la caja y la llevaba a la altura de su pecho, cogida con ambas manos, mientras atravesaban el jardín de la piscina, rumbo al huerto. Julius se quedó sorprendido al ver que en el camino se les unían Celso, Daniel, Carlos, Arminda, su hija Dora y Anatolio. Hasta Nilda apareció, que en esos días andaba en muy malas relaciones con Vilma, siempre por causa de Julius. Los habían estado esperando, Cinthia lo había organizado todo, también era idea suya el que se vistieran cuando menos de oscuro, y ahí estaban ahora, pidiéndole que se apurara, por favor, niñita, la señora nos va a pescar. Los mayordomos, sobre todo, le pedían; Carlos, el chofer, acompañaba entre sonriente y respetuoso, la quería mucho a la niñita Cinthia. Por fin encontraron el lugar apropiado para que Anatolio abriera el hueco donde iban a depositar la caja con el peine, la escobilla y el último frasco de agua colonia que usó Bertha. Terminó su pequeña excavación y ahí sí que todos soltaron el llanto, al pobre Julius la corbata le ardía como nunca y los mocos le colgaban hasta el suelo. ¡Qué triste era todo! Y por qué ni él ni nadie se espantó sino que todos la quisieron más cuando Cinthia se sacó la medallita de platino que le colgaba del cuello y la enterró también. Por turno, Cinthia y Julius primero, fueron echando un poquito de tierra; esa última parte fue idea de Nilda. Luego todos se escaparon, menos Carlos que caminó serio a tomar su té de las seis.
Una semana más tarde, Susan trató de resondrar a Cinthia por ser tan descuidada, por haber perdido la medallita de platino que ¿te regaló?... pero en ese instante se le olvidó completamente quién se la había regalado y en cambio recordó que en estos días andaba más tranquilita, y ahora que se fijaba, hace por lo menos una semana que no se pone el traje negro.
–¿Y usted?
Se abalanzó sobre Julius, paradito ahí con las puntas de los pies separadísimas, volvió a sentir esa necesidad de que fuera un bebé y, en vez de decirle usted ya tiene cinco años, a usted ya deberíamos ponerlo en el colegio, le dio un beso oliendo delicioso.
–Mami está apurada, darling –dijo, volteando a mirarse en un espejo.
Luego se inclinó para que ellos alcanzaran sus mejillas, un mechón lacio, rubio, maravilloso se le vino abajo como siempre que se inclinaba, los enterró entre sus cabellos: Cinthia y Julius dejaron sus besos ahí, guardaditos, protegidos, para que le duren hasta que vuelva.
II
El entierro de Bertha unió a Cinthia y a Julius más que nunca; dueños ahora de un secreto común, andaban por todos lados juntos, aunque Cinthia prefería evitar las matanzas de indios desde la carroza que fue del bisabuelo-presidente. Pero ello no creó ningún desacuerdo entre los dos y Cinthia aprovechaba esos momentos para hacer sus tareas escolares.
Lo que nunca quedó aclarado es si no jugaba en la carroza por ser niña y ser eso cosa de niños, por tener ya diez años, o porque ya nunca se sentía muy bien. ¡Terrible Cinthia! Hizo un pacto con su madre; sí, se tomaría todos los remedios calladita, hasta el más malo, sin protestar, todo lo que recetara el médico, todo lo que quieran que tome, pero que Julius nunca se entere de nada, que el médico entre a escondidas, por la puerta falsa si es posible, que Julius nunca sepa que estoy enferma, mami. No, eso nunca quedará aclarado; ni tampoco cómo Julius, que todo lo notaba inmediatamente, tardó tanto esta vez en darse cuenta de que Cinthia no andaba muy bien, nada bien. En realidad solo se dio cuenta en el santo de su primo Rafaelito Lastarria, esa mierda.
Susan colgó el teléfono y los mandó llamar. Vilma se los trajo de la mano, uno a cada lado de la hermosa chola, y ellos escucharon cuando mamá les decía:
–Tienen que ir, hijitos; Susana es mi prima y me ha llamado para invitarlos; otros años han ido Santiaguito y Bobby, esta vez les toca a ustedes.
Y ese sábado por la tarde los vistieron íntegramente de blanco, zapatitos y todo; para Julius una corbatita de seda blanca, igualita al lazo que recogía el moñito pasado de moda sobre la cabecita rubia de Cinthia. Fueron en el Mercedes. Carlos, el chofer, Vilma, más guapa y blancona que nunca y el regalo, un bote de velas para que navegue en la piscina de los primos, adelante; atrás, ellos dos, mudos, espantados, cada vez más porque ya se iban acercando a la casa de los Lastarria, sus primitos, esas mierdas, ellos los conocían: años atrás sus hermanos Santiago y Bobby habían sido víctimas de las mismas invitaciones. Cinthia, frágil, adorada, continuaba pálida y muda sobre el asiento de cuero del Mercedes. A su lado, Julius no alcanzaba el suelo con las piernas y viajaba con las manos pegaditas al cuerpo frío y con los tacos juntitos temblando en el aire. Así llegaron. Vilma los cargó y los puso sobre la vereda, mientras Carlos bajaba el bote de vela cuyo mástil asomaba por encima del paquete. Otros niños también llegaban, que se conocían y no, y allí, en la puerta de los Lastarria, niños lindos y no, desenvueltos y no, amas con uniformes para cuando lleven a los niños a un santo, allí todo el mundo rivalizaba en belleza, en calidad, en fin, en todo lo que se podía rivalizar frente a la puerta de los Lastarria y era un poquito como si todo el mundo se estuviera odiando.
Vilma no entendía muy bien qué casa tan rara tenían los primos de los niñitos; acostumbrada a vivir y a trabajar en un palacio, no captaba muy bien esas enormes paredes de piedra, esas ventanas oscuras y esas vigas como troncos; no es que realmente estuviera preocupada, pero se quedó ya más tranquila cuando el mayordomo le metió letra en la cocina, mientras les invitaban té, y le dijo que era una casa estilo castillo y ¿cómo es la de usted, buenamoza?, mientras lavaba unas tazas.
Ese mismo mayordomo, digno mayordomo de los Lastarria, abrió la puerta, les dijo pasen, y entre todas las amas escogió a Vilma. Julius lo captó inmediatamente y le dio un codazo a Cinthia que estaba tosiendo muerta de miedo. Todos los niños entraron al castillo, y uno por uno, la señora Lastarria los fue besando y reconociendo. «Buenas tardes, señora», dijo Vilma; entregó el regalo con la tarjetita y sintió pánico porque Julius ya había desaparecido. Gracias a Dios, ahí estaba, de espaldas a ella y mirando muy atento una enorme armadura de metal, parada como un guardián junto a una de las puertas del castillo. Cinthia se le acercó y se cogió de su mano, los dos miraban ahora, pero en este instante el brazo de la armadura descendió y casi les da un porrazo: era Rafaelito, uno de sus trucos favoritos, que ahora salía disparado hacia el jardín sin saludar a nadie. Julius sintió que ya había empezado el santo donde los primos Lastarria. «¡Rafaelito ven! ¡Rafaelito ven a ver tus regalos!», gritaba su mamá, pero Rafaelito había desaparecido en el jardín y ahora todos tenían que salir a jugar al jardín.
–¡Todos los niños al jardín! –gritaba la tía Susana Lastarria–. ¡Allá están Rafaelito y su hermano! Víctor –decía, dirigiéndose al mayordomo–: haga pasar al jardín a los niños que vayan llegando.
El mayordomo obedeció y se quedó parado en la puerta, esperando que llegaran más invitados. Se quedó a desgano porque se le iban los ojos por Vilma, estaba buena.
Camino al jardín, cruzaron el inmenso corredor lleno de armaduras, espadas, escudos, lleno de objetos de brusco metal, vasos enormes como para tomar sangre en las películas de terror y candelabros de fierro negro que descansaban pesadísimos sobre mesas como las que Robin Hood usaba para comer cuando andaba en buenas relaciones con los reyes de Inglaterra. A ambos lados del corredor, anchas puertas protegidas por implacables armaduras que adorada Cinthia sentía al pasar, dejaban entrever oscuros salones, el del billar, el del piano, el del tren eléctrico, el escritorio, el comedor, la biblioteca, el otro y todavía otro más que Vilma no lograba explicarse. «Llegamos», dijo, por fin.
El jardín estaba plagado de niños y amas; niños de seis y siete, ocho años, ninguno de cinco como Julius. Muchos llevaban vestidito blanco con chaquetita perfecta, sin solapa, y camisita de popelina con su cuellazo bien almidonado del cual colgaba una corbatita fina, celeste, roja o verde como la de los toreros. Ninguno tenía acné todavía y todos estaban felices, listos para empezar a jugar, sin acercarse mucho a la piscina, niñito, sin arrojarle piedras a los peces colorados de la lagunita. Julius, Cinthia y Vilma formaban un trío bien cogido de la mano y como esperando.
También Rafaelito, que hoy cumplía ocho años, estaba esperando; los estaba esperando arriba del árbol pero ellos no lo habían visto y no supieron a qué atenerse cuando empezó la lluvia de terrones, los disparos, los trozos de tierra húmeda que les caían por todo el cuerpo con violencia y buena puntería. Gritería, risas y quejidos mientras Vilma los envolvía con sus brazos y trataba de esconderlos entre sus piernas, como fuera con el uniforme, y llamaba ¡señora!, ¡señora!, hasta que vino la señora y todo se detuvo cuando empezó a ordenar: ¡que bajara Rafaelito!, ¡que bajara en ese mismo instante!, ¡que era insoportable!, ¡que no sabía portarse con sus primitos!, ¡que entonces para qué los invitaba!, ¡que el año entrante no le celebrarían el santo!... así, dramáticamente hasta que Rafaelito empezó a bajar lenta, sonriente, triunfalmente, las manos embarradas y un taparrabo tipo Tarzán sobre el traje de santo.
De otro árbol bajaba Pipo. Pipo era el hermano y enemigo mortal de Rafaelito hasta el día en que tenían invitados; en esas ocasiones, una extraña confraternidad nacía entre ellos, sobre todo si se trataba de los primos llamados Julius, Cinthia, Bobby, etcétera. Pipo bajaba nada contento de otro árbol: no había logrado apuntar a tiempo y se había quedado con la flecha en la mano, tenía tres flechas en la mano.
Y Cinthia tosía pero no lloraba y miraba a Julius que miraba a Vilma que estaba mirando a la señora: «¡Vengan! ¡Vengan para que los escobillen! ¡Por la misericordia de Dios no les ha caído en los ojos!». A Vilma le había caído uno grandazo en la boca. «¡Ya no sé qué hacer con Rafaelito! Vamos a escobillarlos, Vilma; después yo misma los acompañaré al jardín».
Los volvieron a sacar medio veteados al jardín. Cinthia se moría de frío y tosía, Julius estaba furioso con las manos pegadísimas al cuerpo y Vilma aún escupía tierra. Le preocupaba su uniforme y pensaba en el mayordomo, pero también, la estaba escuchando, en la tos de Cinthia, cuántas veces le he dicho ya a la señora, cada día tose más, señora, ese remedio, pero qué sabía ella de esas cosas, la señora vive cada día más apurada. Bertha y yo hemos sido la madre de estos niños sobre todo desde que murió el señor... «Ven, Cintita, descansa un poquito, ven, Julius, acompaña a tu hermanita»... Ahí estaba y la estaba mirando.
Y era guapo el cholo, medio blancón y todo. Probablemente ya habían llegado todos al santo y ya no tenía que esperar para abrir la puerta cada vez que sonaba el timbre. Ya todos estaban allí, en el jardín y el santo se desarrollaba normalmente. Víctor (así se llamaba este pretendiente de Vilma) atravesaba el jardín y sabía que Vilma lo estaba mirando: atravesaba con el aplomo que le daban sus años de servicio en esa casa y, en azafate de plata, iba haciendo circular los vasitos de cartón aporcelanado con la Coca-Cola y la chicha morada heladitas. Los niños se servían o sus amas les servían y muchos, por supuesto que Pipo y Rafaelito, esas mierdas, sacaban cañitas del bolsillo y a través de ellas le soplaban el líquido frío a su amiguito, en el ojo, por ejemplo. Las amas acudían presurosas y separaban a los contendores, pero Víctor, acostumbrado a todo eso por sus años de servicio, no perdía el aplomo y continuaba sirviendo, de lado a lado del jardín, sin derramar, esquivando, airoso, engominado, sabía que Vilma lo estaba mirando.
Y Vilma, realmente, lo estaba mirando. Estaba sentada junto a un inmenso ventanal y, a su lado, Cinthia tosiendo y Julius volteado, mirando hacia el interior de la casa, hacia el corredor de las armaduras, las espadas y los escudos. En ese instante salió la tía Susana, horrible, y Cinthia le dijo: «Me gusta tu casa, tiíta, ¿puedo entrar a ver?». Entonces la tía, sorprendida, le dijo que sí, después de todo los hijos de Susan siempre habían sido medio raritos. Cinthia cogió a Julius de la mano, «ven», le dijo, y para fastidiar más a la tía horrible, le dijo que iba a estar leyendo en la biblioteca. Julius como que captó algo y la siguió. Vilma se incorporaba también para seguirlos, pero la tía la detuvo.
–Puede usted pasar a la cocina, Vilma –le dijo–; vamos a invitarles té a todas antes de que los chicos entren al comedor. Vayan pasando por grupos –añadió, dirigiéndose a otras amas que andaban por ahí en ese momento.
Cinthia y Julius estuvieron largo rato inspeccionando las armaduras; primero se fijaban bien que no hubiese nadie escondido detrás de ellas o adentro, y entonces sí ya las inspeccionaban detenidamente. Cinthia le iba explicando todo lo que había aprendido sobre armas, armaduras y escudos en el colegio, y Julius, a su lado, la escuchaba con gran atención, asintiendo con la cabeza a medida que ella contaba. Minutos después ya estaban en otra sala, la del billar y en otra, el escritorio, aquí mejor no entremos, y todavía en otra, la del piano. «Es Beethoven», le dijo Cinthia, señalándole el busto de bronce que había sobre una columna de mármol y que miraba furioso hacia el piano. «¿Sabes que el tío abuelo que está en el escritorio de la casa tuvo otra mujer antes que nuestra tía abuela?». Julius hizo no, con la cabeza, y ubicó inmediatamente al tío abuelo entre todos los cuadros de antepasados que había en el escritorio del palacio. «Sí», agregó Cinthia, y le contó la larga historia del tío abuelo, el tío abuelo romántico, así lo llamaban cuando hablaban de él, mamita le había contado íntegra la historia.
Y era (Julius escuchaba atentísimo) porque quería mucho pero mucho a una señorita que no era de su condición y que era pianista, que tocaba lindo el piano. Mamita dice que pobre, que humilde, en fin, ya parecía que Julius iba entendiendo y no debería preguntar a todo ¿por qué?, sino más bien escuchar y dejar que ella termine la historia. Le prohibieron que la viera, a la muchacha que no era de su condición, pero el tío abuelo la siguió viendo y entonces hubo presión, así dice mamita, ¿qué quieres que haga?, hubo presión y a ella la metieron a un convento; así hacían en esa época con las chicas que se portaban mal: todas terminaban de monjitas. Pero esta no, Julius, esta tuvo que salir porque estaba muy enferma, pero siempre seguía tocando lindo el piano. Y el tío abuelo romántico, por eso está así en el cuadro con esa barba y el pelo así de largo, papá decía que hizo turumba con los negocios de la familia, felizmente que tuvo hermanos, bueno, el tío abuelo no se quiso casar con otra, ni siquiera con la tía abuela que ya estaba enamorada de él. Esperó y esperó hasta que la señorita salió enferma del convento y mamita dice que ya estaba condenada pero que él se casó con ella porque se sentía responsable y era un caballero, a pesar de todo. ¿Tú no crees que era bien bueno? Julius hizo sí, con la cabeza, y con los ojos pedía el resto de la historia.
Y Cinthia le siguió contando: le dijo que se casaron y que se fueron a vivir a San Miguel, una casa que todavía existe, en San Miguel, linda, blanquita, como si fuera de muñecas. Ahí vivían pero ella siempre en cama; ella no podía levantarse, tenía mucha tos, mucha tos, no paraba de toser. Y el tío abuelo no cuidaba los negocios, siempre estaba a su lado y siempre le pedía que le tocara el piano, le había regalado un piano lindo cuando se casaron. Tres meses solo vivió, Julius. Una mañana él le pidió que le tocara el piano, todos los días le pedía pero ella no podía levantarse, solo ese día se levantó y empezó a tocar lindo y entonces fue que empezó a toser y que se quedó muerta tocando piano. «Ahí se acaba la historia», le dijo Cinthia, pero Julius le hizo todavía algunas preguntas y ella le contó que después él se casó con nuestra tía abuela y que no vivió mucho tiempo porque su primera esposa, la pianista, lo había contagiado. Fue el hijo mayor del Presidente y tío carnal de papi, pero murió mucho antes de que papi naciera. Por eso papi se asustaba tanto cuando alguno de nosotros tenía tos. Se quedaron pensativos: los dos se habían sentado sobre el banquito del piano y habían abierto la tapa. Sus cuatro manitas ligeras y finas descansaban dudosas sobre las teclas de marfil que los Lastarria, por supuesto, ni tocaban.
En la cocina, veintitrés amas llegadas a Lima de todas las regiones del Perú habían logrado espantar a Cirilo, el segundo mayordomo, pero no a Víctor, señor en sus dominios, que ahora hacía funcionar todos los aparatos eléctricos para impresionarlas. Secaba los vasos a presión, afilaba cuchillos apretando un botoncito que ponía en movimiento una ruedita como de piedra, y se comunicaba con la señora por teléfono interno, «voy con la Coca-Cola», le decía. Por lo menos diez amas se llenaron de disfuerzos cuando colocó dos tajadas de pan en la tostadora, esperó unos minutos, les dijo escuchen, y en ese instante sonó una campanita tin tin y saltaron las tostadas. Por lo menos cinco sintieron cosquilleos pecaminosos cuando se las ofreció a Vilma, ¿por qué no?, después de todo era la reina. Las demás seguían la escena, pero no la veían: bien chunchas todavía, habían fijado los ojos en el fondo de sus tazas de donde ya no los sacarían tal vez más. Pero Vilma no; Vilma aceptó el reto o lo que fuera eso de darle las primeras tostadas, tremenda ciriada, en realidad. «¿No tendría mantequilla?», preguntó, coquetona. Entonces sí que todas las cholas bajaron la mirada, era atrevida Vilma, pero era hermosa y en el fondo ellas la admiraban. Y Víctor, por un instante, casi pierde los papeles; pero no: se sobrepuso y corrió por la mantequillera. «Aquí tiene, la señorita», dijo, todo él, alcanzándosela. «Gracias», le replicó Vilma, y empezó a untar mantequilla en una tostada, sonriente, tranquila, toda ella, pero entró la señora: que ya los niños estaban pasando al comedor, que ya debían ir; Vilma, que Julius y Cinthia habían desaparecido.
Por ahí ya habían buscado, por ahí también, en realidad habían buscado por todos los bajos de la casa y había que probar los altos porque en el jardín no quedaba nadie. «Víctor», ordenó la tía Susana: «acompañe a Vilma a los altos y avíseme en cuanto los encuentren». Y por eso los dos subieron juntos y anduvieron silenciosos por austeros dormitorios, por baños en cuyas tinas podía uno quedarse a vivir, por corredores que atravesaban gritando ¡Julius!, ¡Julius!, ¡Cintita!, por salas de estudio en las que tampoco estaban, por una escalera de servicio en la que Víctor intentó una ciriadita, pero no; no, porque Vilma estaba llorosa, asustada, lejana y ahora algo menos extraviada, como si toda esa parte de la casa le fuera más familiar, esas losetas frías de patio, estaban en la parte de la servidumbre y ella continuaba llamándolos hasta que escuchó aquí estamos, la vocecita de Cinthia que salía del baño de servicio.
–¡Dónde se han metido! –exclamó Vilma, al verlos.
–Este baño no tiene tina, Vilma –comentó Julius.
Fue toda la respuesta que obtuvo, pero ¡qué importaba!, ahí estaban y no les había pasado nada. Vilma empezó a llenarlos de besos.
–¿No tendría unito para mí? –intervino Víctor, sobradísimo.
Julius y Cinthia lo miraron desconcertados.
–Avísele, por favor, a la señora que ya los encontramos –Vilma se arregló el moño.
–¿Pero antes me dirá qué día le toca su salida? –preguntó él, sonriente, y se quedó bien parado y esperando.
–¡El jueves!, ¡el jueves! ¡Corra! ¡Avísele a la señora!...
Víctor salió disparado y Vilma suspiró. Empezó lenta, dulce, temblorosamente a llevarlos de la mano hacia el comedor, mientras ellos miraban con los ojos enormes esa sección del castillo que iban dejando atrás.
Rafaelito y Pipo tenían un amigo, un ídolo, y aunque habían ocultado su preocupación frente a los invitados, lo habían estado esperando desde que llegó el primero. Martín. ¿Por qué no llegará? ¿Vendrá? Por cierto que mamá hubiera preferido que no viniera. ¿Acaso no les decía siempre que no se juntaran con él? Pero era su santo, era el santo de Rafaelito y nada pudo hacer para que no lo invitaran. «Lo han invitado», le dijo a su marido; y que era un desconocido, que vivía en uno de esos edificios que habían construido últimamente, que su mamá era impresentable, que la había visto en la parroquia, que el chico era un diablito, que era mayor, que lo que pasaba es que era retaco, que ojalá no viniera, que le había enseñado a Rafaelito a decir pendejo, que le perdonara la palabra, etcétera.
Y Martín, que no era tan retaco pero que ya tenía once años, llegó justo a la hora del lonche. Vino solo y caminando desde su casa y entró diciendo que mañana traería el regalo, en realidad al pobre su papá le había dicho que se dejara de mariconadas, que ya estaba bien grandazo para regalitos, pero que no se perdiera tremendo papeo. Y ahora, bien pegadito a la mesa, comía su tercera butifarra ante la mirada de Rafaelito, algo así como la de un gato en celo. Ya Víctor estaba atendiendo a todos, ya las amas estaban atentas al bocado que su niño se iba a meter en la boca, o sacándole la lechuga a la butifarra por lo de la tifoidea, o quitándole la platina al chocolate y guardándose el poema de Campoamor que había adentro. Ya Julius y Cinthia estaban cada uno con su sanduichito en la mano, ya Vilma estaba nuevamente hermosa y tranquila, ya la tía Susana estaba nuevamente al mando de todo y horrible, ya Pipo y Rafaelito le estaban diciendo a Martín que esos eran y señalándole a Cinthia y a Julius. Todos comían, el gordo también, por supuesto, mírenlo qué gracioso cómo se atraganta, es hijo de Augusto y Licia; todos comían sus dulcecitos hechos por monjas de antiguos conventos de Lima, de Bajo el Puente, del Carmen, de los Barrios Altos, del fin del mundo, hija, el chofer se perdió y eso que ha vivido por ahí, ahora ya no, hija, ahora en una barriada les da por eso, por lo del terrenito y tienen que irse más temprano, es un fastidio; ya todos comen bizcochitos, fíjate si no es un bárbaro el gordo; y todos beben sus helados, ese es el Martín ese; y todos piden más Coca-Cola y Víctor va por ellas, las trae, las reparte, roza a Vilma al pasar, a Vilma que se contempla en el inmenso espejo que cubre toda una pared: es guapa, por eso le gusta a Víctor, le queda bien su moño y qué exacto término medio el de esos tacos, ni altos contra el uniforme, porque la señora no consentiría, ni bajos tampoco, casi no se nota que son altitos y sin embargo le tornean las piernas, los senos están bien marcados bajo lo blanco, la tela ayuda, se muestran bien y el cinturón marca la cintura, las caderas son anchas, fuertes, están buenas... Desde el otro lado del comedor, la señora la está mirando, conversa de otra cosa pero la está mirando: tremendo el Víctor, es guapa la chola, medio gordona pero guapa, el pelo es ordinario pero es guapa, las piernas bien formadas, es robusta, ya tiene años cuidando a Julius, desde que nació, es guapa, es pretenciosa, cómo se mira, yo soy fea, guapa la chola, pobre... Y el zamarro del Víctor, tumbarla, tumbarla y guiñaditas: se estaba comunicando por el espejo con Vilma.
Por supuesto que también había velitas que apagar, aunque Rafaelito hubiera preferido que pasaran todo eso por alto esta vez porque, a su lado, Martín estaba mirando todo el asunto maton-cito y escéptico; pero Víctor no se hubiera perdido la oportunidad por nada de este mundo y ahí estaba encendiendo todas las velitas con un solo fósforo, Vilma sentía que ya se iba a quemar el dedo, pero no, no aunque velita del diablo préndete, se prendió y por fin pudo hacer lo que tanto había querido: alzar el fósforo un poco en el aire y que todos lo vieran apagarlo con los dedos, Vilma se quemó.
–¡Que partan la torta! –gritó Martín.
–No te digo, ese es.
Así Susana Lastarria iba comentando todo lo que pasaba con su hermana Chela, que había venido a ayudarla a controlar a tanta fierecilla. Y tanta fierecilla comía ahora su torta, cake is the name, que era imposible terminar con todo lo de es hijo de fulanito, de menganito, el diputado, tan buenmozo como era, últimamente ha envejecido mucho, igualito a su mamá, como dos gotas de agua. ¿Susan?, pobre Susan, no creas que lo pasa tan mal, yo la he visto con él, y por qué no si es viuda, hace tres años ya...
Y, un poco por lo que en geografía suele llamarse determinismo geográfico (antideterminismo lo hace el hombre), Julius y Cinthia continuaban metidos en todo eso, pero sin alejarse mucho de Vilma. Habían gozado de momentos de tranquilidad mientras los demás comían, pero ya el lonche se iba acabando y pronto sería hora de salir al jardín y jugar.
Felizmente Martín decidió que tenían que escoger dos equipos para un partidito de fútbol. Todo el mundo quería jugar en el equipo de Martín. Era el nuevo líder y el que tomaba las decisiones: ¡Tú para aquí!, ¡tú para allá!, ¡tú no juegas!, ¡tú para allá!, ¡tú también!, ¡que se vaya esta chica!, ¡Rafael ven para acá!, ¡ese es muy chico! Entonces Rafaelito fue y le dio un empujoncito a Julius y Vilma vino a recogerlo, Cinthia también. «Ven, Julius», le dijo: «te voy a enseñar una cosa, pero la vas a aprender, ¿ah?». Se dirigieron hacia el interior del castillo, pero antes, en el camino, se encontraron con la tía Susana.
–No se vuelvan a perder –les dijo–; quédense donde los puedan ver. Vilma, no los pierda de vista; falta media hora para que llegue el mago.
Cuando llegó el mago, el partido ya había terminado. Todos sabemos que ganó el equipo de Martín. Dos a cero: un taponazo de Pipo en el estómago del arquero (cayó dentro del arco), y un puntazo de Martín que hizo añicos una ventana del castillo. Ahora ya oscurecía y las amas les estaban limpiando las caras sudorosas con toallitas húmedas y tibias, ¡cómo te has ensuciado la ropa, niñito, por Dios!, con verdadera habilidad los iban dejando nuevecitos porque ya no tardaba en comenzar la función: este año, en vez de cine, mago.
Los sentaron en silletitas alineadas en el inmenso hall del castillo. En la cabecera de la tercera fila estaban Cinthia, Julius y Vilma, de pie, a un lado. Desde el fondo, Víctor la contemplaba por encima de las cabecitas de unos cincuenta niños y de las cabezotas de unas quince amas que habían logrado sentarse; las demás estaban de pie, recostadas en las paredes. En primera fila, al centro, Rafaelito, Pipo y Martín, este último diciendo que todo era puro truco (el mago aún no había asomado por el hall), y al extremo, las hermanas Chela y Susana, Susana odiando a Martín: «¡Eso sí que no! ¡Siéntese!». Martín trataba de organizar una barra para recibir al mago: ¡truco!, ¡truco!, ¡truco! Mocoso retaco insolente.
El mago Pollini, que había actuado en la televisión y todo, entró mariconsísimo y casi corriendo por la puerta lateral del gran hall. Encantado de estar en el castillo, avanzó rápidamente hasta la señora Susana y le besó la mano como hacía tiempo no se la besaba a nadie en Lima. «Sen-ñora, dijo, a sus órdenes», y todo empezó a oler a perfume en esa zona del hall. Después saludó a la tía Chela, otro besito en la mano, y les presentó a su partenaire, que era su esposa también, largos años por escenarios de todo Sudamérica, con silbiditos y todo y que no, no lograba ser como la señora. El mago preguntó si podía proceder, le dijeron que sí, y entonces se dirigió a la mesa que habían dispuesto para él, frente a los niños. Las hermanas se sentaron nuevamente y el mago, echando una miradita al auditórium, varios millones reunidos, descubrió, al fondo, a Víctor. «¿Me podrían traer un vaso de agua?», dijo, como quien no quiere la cosa. Víctor se hizo el desentendido, ni que fuera quién, pero la señora volteó a mirarlo: «Víctor, tráigale un vaso de agua al mago... al señor», y el pobre no tuvo más remedio que humillarse en presencia de Vilma. El mago también ya le había echado el ojo, pero no era el momento, estaba en un castillo.
Alzó los brazos como si lo fueran a fusilar, pero era para que su partenaire le sacara la capa. Ya había puesto el sombrero tarro y el maletín de cuero negro sobre la mesa y ahora se parecía menos a Drácula, para tranquilidad de Julius y de muchos otros que lo seguían atentamente con los ojos y con la boca abierta. Cinthia le dio un codazo a su hermano «no te olvides, Julius, ¿te acuerdas de todo?», parece que Vilma también participaba del secreto. Pero en ese instante llegaba Víctor donde el mago con el vaso de agua, que lo dejara ahí nomás, sobre la mesa, y pudo comprobar que no era tan blanco, se talquea el rosquete y se maquilla, dejó el vaso y le mentó la madre con los ojos. Ahora sí ya iba a empezar la función.
Iba a empezar, porque en ese instante llegó el señor Lastarria, el padre de Rafaelito y el mago se derritió. Entró el señor Lastarria, Juan Lastarria, y avanzó para saludar una vez más a su esposa, hacía diecisiete años que la saludaba una vez más. El mago lo miraba, lo admiraba y esperaba que, con los ojos, lo autorizara a correr y saludar. Ese era el señor Lastarria, digno de admiración, ese que ahora lo estaba mirando, ya podía venir y saludar, ese cuya mano estrechaba ahora feliz, sobón, y que por supuesto no le besó la mano a su partenaire, a su mujer.
En cambio a Susan sí se la iba a besar. A Susan, no Susana, Juan Lastarria sentía la diferencia; a Susan, linda, la madre de Julius que en ese instante llegaba también: estaba bien visto eso de recoger a los hijos de un santo, amor maternal, sentido de responsabilidad, etcétera; y ella aprovechaba, ella mataba dos pájaros de un tiro: recogía a los hijos y de paso se soplaba a su prima Susana, tan fea, tan sosa; de paso se soplaba a Juan, de paso lo hacía feliz, de paso se dejaba besar la mano por él, my duchess, y el besito como una esponja en la mano siempre linda.
Ahí estaban todos. Se saludaban. Susan y Susana. Juan Lastarria y el mago. La partenaire y Susana y Susan imposible. Susan era viuda y Susana era fea, horrible. Juan fue pobre arribista trabajador, por matrimonio había logrado hasta el castillo y ahora era cursi. El mago era un artista. El señor Lastarria había triunfado. La partenaire estaba muerta, pero era también veinte años de una vida llena de trucos. Terminaron de saludarse. «¡Julius!, ¡Cinthia!», exclamó Susan, volteando a mirar adonde ya sabía que estaban, se acercó y los besó, linda. «¿Un whisky, duchess?», así la llamó su primo Juan. «Sí, darling, con una pizca de hielo». Pobre darling, se casó con Susana, la prima Susana, y descubrió que había más todavía, something called class, aristocracy, ella por ejemplo, y desde entonces vivía con el pescuezo estirado como si quisiera alcanzar algo, algo que tú nunca serás, darling.
Pero para el mago el asunto era distinto; él ya no captaba tanta sutileza, cuestión de centavos más bien para él; él sí que admiraba al señor Lastarria y por eso maldecía haber pedido el vaso de agua, maldito el momento en que lo pidió, seguro que ahora no le invitaban un escoch. Ya los traía el mayordomo, él los contó mentalmente, rápidamente los distribuyó, para algo era mago: no, no había uno para él, ya iba cogiendo cada uno el suyo, el señor Lastarria también, ya le tocaba empezar con su show.
Juan Lastarria acomodó la duquesa a su lado, sorbió un trago de whisky y mirándola de refilón, dio la orden de que empezaran con todo eso. Susan también lo miró: el primo Juan, ¡qué feliz estaba!, sus pechitos regordetes bajo la camisa de seda, la pancita que tanto hacían entre él y el sastre para esconder, la paradita insoportable con la mano entre los botones del saco, el bigotito recto sobre el labio, aprendido en sabe Dios qué cabaret (no olvidaría nunca cuando Santiago, su esposo, dijo que era la distancia más corta entre sus dos cachetes), la planchada de cabellos tipo magnate griego-argentino, por ejemplo, los anteojazos de sol todo el año, cursilón el primo; era la imagen que se le había grabado y que la espantaba, pobre primo... La risa de los niños atrajo su atención: el mago ya había empezado.
Y no solo había empezado sino que ya había sacado una barbaridad de huevos de un sombrero, y todavía sacó uno más y uno más, en realidad continuaba sacando huevos como esas tías viejas y pintarrajeadas que uno tiene, solteronas románticas, uno cree que ya jamás podrán tener otro novio y ¡zas!, se te presentan un día en casa con unos dulcecitos, para ti hijito, y otro novio más, un italiano, esta vez. Hasta Martín se quedó cojudo con la cantidad de huevos y todo el mundo aplaudió. El mago agradeció, hizo una venia, y señaló a su partenaire para que también la aplaudieran un poquito. En verdad los aplausos disminuyeron mucho porque la mujer lo único que hacía era ir guardando todo lo que el mago sacaba del sombrero, o de los puños del saco, o de la boca, o de la solapa, o del bolsillo interior del saco; era endemoniado el tipo, ahora acababa de sacarse tres palomas al hilo de un bolsillo en que no había nada. Por supuesto que no faltó quien tuviera un jebecito por ahí, quien se fabricara una hondita por ahí, nadie confesó haberlo hecho pero nada le gustó al mago cuando casi le liquidan una de las palomas del negocio.
«¡Estense quietos, niños!», ordenó la señora Susana y, por su parte, Juan Lastarria: «Siga, por favor; no ha pasado nada». El mago obedeció y siguió, pero claro, es lógico, antes guardó bien sus palomas y ahora empezó más bien a meterse cosas: se tragó un fierro caliente, luego una espada, y así sucesivamente hasta que empezó con otros trucos, de cartas esta vez. Era un trome, el mago, había trabajado en la televisión y todo, su partenaire no se cansaba de decirlo, un espectáculo de primerísima calidad para los niñitos del Perú y de Sudamérica, un espectáculo de calidad en honor de Rafaelito Lastarria cuyo onomástico celebramos hoy día, un aplauso para él (Martín, por supuesto, cero), hijo del señor y la señora... Ya basta, pintamonos.
Pero hay un momento en que los magos tratan de probarles a los niños que en esta vida no hay nada imposible. Entonces los llaman, les piden que se acerque uno, cualquiera de ellos y que pruebe hacer un truco. Los niños se cortan toditos, se avergüenzan, enmudecen, agachan las caritas, las esconden en el pecho, las amas los empujan, les dicen que vayan, así hasta que se para un decidido, uno que, por ejemplo, ya ha ayudado la misa y va y hace un truquito dirigido por el mago, y se gana la eterna admiración de sus compañeros. Sucede siempre, o mejor dicho, casi siempre, porque en este santo sucedió algo mucho mejor, una escena colosal.
El mago ya estaba empezando con toda la alharaca de «a ver, ¿quién quiere hacer un truquito?», cuando, sin que nadie lo hubiese notado (solo Vilma y Cinthia), descubrió que, a su lado, junto a la mesa, había una criatura orejona parada con los tacos muy juntos, las puntas de los pies muy separadas y las manos pegaditas al cuerpo.
–Yo sé hacer un truco.
–¡Averaveraveraveraver! ¿Cómo te llamas, hijito?
–Julius.
Todos se desternillaban de risa. Susan, linda, vibraba. Vilma se moría de miedo. Cinthia tosía, «ojalá que se acuerde».
–¡Fantástico! ¡Maravilloso! ¡Extraordinario! ¿Y cuántos años tienes, hijito?
–Cinco.
–¡Maravilloso! ¡Fantástico! ¡Fenomenal! ¡Julius, bajo mi dirección, les va a hacer el más extraordinario truco de todos los tiempos!
–No. Yo sé hacer un truco.
–¡Averaveraveraver, hijito!
El mago se estaba poniendo un poco nervioso. Miró hacia los dueños de casa, sonreían.
–¿Tú sabes hacer un truco?
–Sí.
–A ver, hijito, averaveraveraver, pasa por acá. ¿Qué truquito sabes hacer? Cuéntanos...
Julius miró a Cinthia: Cinthia le hacía señas con el dedo como si quisiera recordarle algo. Vilma se tapaba la cara.
–Necesito que otro niño me ayude –Julius hablaba como si supiese todo de paporreta, casi no daba entonación a sus palabras. Seguía con las manos muy pegaditas al cuerpo y orejonsísimo, pero tenía la mirada fija en Rafaelito.
–¡Ah!, entonces es un truco complicado, ¡doble! ¡Fenomenal! ¡Fantástico! ¿Cuál es tu nombre, hijito?
–Julius.
–¡Aquí Julius nos va a mostrar toooda su ciencia! ¡No se lo pierdan! ¡Aquí viene lo mejor! ¿Y qué niñito te va a ayudar?
–Rafael.
–¡Ah! ¿Rafaelito? ¡Claro que sí! ¡Rafaelito el dueño del santo! ¡Muy pero muy bien!
La partenaire estiró ambos brazos en dirección a Rafaelito que miraba toda la escena desconcertado y temeroso. A su lado, Martín sonreía más escéptico que nunca.
–A ver, pues, anda –le dijo, dándole un codazo.
El dueño del santo se paró y avanzó desconfiado hasta la mesa. En su vida había odiado tanto a su primo; además ahora estaba odiando a todos los invitados, era increíble la bulla que metían. ¡A ver, pues Rafael!, ¡a ver, pues!, gritaban y se movían inquietos en los asientos.
–Necesito un cenicero y una piedrita –dijo Julius, sacando el cenicero y la piedrecita del bolsillo del saco–: Aquí están.
–¡Fantástico! ¡Fenomenal! –exclamó el mago–. Y ahora, ¿qué truquito nos vas a hacer?
Julius colocó el cenicero y la pequeña piedra sobre la mesa y miró a su primo Rafael.
–Yo pongo la piedrita y la tapo con el cenicero. Entonces digo unas palabras mágicas y te apuesto que saco la piedrita sin tocar el cenicero.
Rafaelito se puso verde y lo odió ya para siempre. Miró hacia el auditórium y vio, entre mil cabecitas que se movían inquietas, a su padre, a su madre, a la madre de Julius: lo estaban mirando, estaban esperando. Además, en primera fila, Martín parecía decirle: «Ya anda pues hombre; friégate de una vez».
En el auditórium, todo el mundo se había olvidado de que era el dueño del santo y de todo, no tuvo más remedio que decir:
–¡Mentira!
–De verdad –dijo Julius, y cubrió la piedrecita con el cenicero.
–¿Viste? Ahí está, debajo.
–Sí. ¿Y ahora?
–Yo di-digo –tartamudeó Julius mirando a Cinthia–, yo digo unas palabras mágicas...
–¡A ver!
–Abracadabra –pronunció Julius, poniendo las manos unos veinte centímetros encima del cenicero.
El mago, bien empolvado y su partenaire, toda pintarrajeada, miraban a Julius como implorando.
–¿Y ahora? –preguntó Rafaelito, furioso.
–Ahora yo puedo sacar la piedrecita sin tocar el cenicero.
Vilma terminó de comerse una uña, empezó con la otra y Cinthia suspiró como aliviada.
–¿Cómo?
–Mira, para que veas.
Rafaelito se abalanzó sobre el cenicero, levantándolo para comprobar que la piedra seguía allí abajo. En ese momento, la manita de Julius, temblorosa, robotiana, retiró la piedrecita.
–¿Ya ves? –dijo–; no he tocado el cenicero.
Al principio nadie entendió bien lo que había ocurrido, en realidad los niños tardaron un poco todavía en desternillarse de risa, pero ya Juan Lastarria había empezado a arrancarse bigotitos, Susana a odiar para siempre a Susan, linda, mientras el mago hacía volar palomas por todo el castillo, sacaba millones de huevos de todas partes y casi se traga el maletín. Julius miraba a Cinthia y los niños empezaban a aplaudir, cuando Rafaelito, verde y todo inflado de rabia, gritó:
–¡Pero tú no tienes casa en Ancón! –Y desapareció.
El mago todavía se cortó un dedo imaginario, se sacó un brazo imaginario, le atravesó una espada a su partenaire en pleno corazón y en fin, varias pruebas más que lograron calmar un poco a los niñitos, bien excitados se les notaba. Julius volvió a sentarse junto a Cinthia y Vilma, con tres uñas destrozadas, buscaba la mirada de Víctor.
Ya los niños habían regresado al jardín y allí esperaban que mamá o el chofer viniera a recogerlos. Habían iluminado todo con luces de mil colores y las caras de las amas se veían pálidas, casi tan blancas como sus uniformes. Ya lo único que querían era que los niños no se ensuciaran más, no tardaban en venir por ellos. Y ahí los iban llamando por su nombre y apellido, que a fulanito, que a menganito, que a zutanito, y se iban retirando, previo beso de la señora Susana, en la puerta y previa cara de odio de Rafaelito, también en la puerta.
Más alegre era la cosa por el bar del castillo. Ahí Juan Lastarria, Susan y Chela, más otros familiares o amigos que habían aceptado pasar un ratito a beber un whisky, fumaban y conversaban alegremente. Claro que no faltaba alguna pesada que insistía en hablar del colegio de su hijo, pero en general, el ambiente era propicio para que Lastarria pudiera entablar conversación con Susan y decirle my duchess, mil veces más y sentirse en la gloria cuando ella le decía darling, delante de medio mundo. Así la vida era más agradable, así sí que valía la pena vivir y para eso se había trabajado tanto en la vida, así, hablando de nuestros antepasados, de tu abuelo, Susan, tan británico en todo, tan señor, como ya no los hay y con ese nombre tan sugestivo, Patrick, estudió en Oxford ¿no?, ¡cuánta tradición! A Lastarria le fascinaba todo lo inglés, el castillo era una buena prueba de ello y por eso era tan maravilloso tener a Susan, nieta de ingleses, hija de inglés, educada en Londres, metida en el bar, ahí ya no faltaba nada ni nadie.
Solo el mago; el pobre mago ya había guardado sus palomas, sus espadas, sus pañuelos de seda, hasta a su partenaire hubiera querido guardarla en el maletín y, ahora, a unos diez metros del bar, se mandó tremendo afarolado con la capa de Drácula, su partenaire lo ayudó a abrochársela, así se la ponía en las grandes ocasiones. Juan Lastarria notó su presencia y lo llamó, los llamó, para invitarles un whisky. Y él mismo se los sirvió, él mismo les puso hielo en cada vaso, entonces ellos empezaron a responder a unas cuantas preguntas. Preguntas como ¿Y el truco de las palomas, cómo lo hace usted?, o ¿Y cuando se corta y le sale sangre? Después, también, preguntas sobre su vida, su vida de artista, claro, ahí fue cuando la partenaire, qué bárbara cómo se pintarrajea, se puso sentimental y todo, hasta que ya era hora de que se fueran.
También en el jardín estaban sucediendo cosas. El trío Rafaelito-Pipo-Martín, acompañado de algunos nuevos adeptos a la mafia, había reaparecido decidido a jugar al perro y al amo, lo cual, en resumidas cuentas, quería decir, vengarse de Julius y sacarle la mugre. Cinthia era la última mujercita que quedaba y se estaba quejando de frío y sudor, mientras Vilma se apuraba en abrigarla para volver a conversar con Víctor. Estaban los dos la mar de disforzados, bajo un árbol y todo, pero Vilma no dejaba que sus niños se alejaran mucho. Por eso ellos podían oír su conversación, algo así como:
–Yo iría, pues, a la esquina.
–Pero yo no le conozco, oiga –y una sonrisita.
–El jueves, yo también puedo tomar mi salida.
–¿Y cómo sabe que salgo el jueves? –otra sonrisita y una mirada a los niños.
–Usted me lo ha dicho.
–¿Y si es de mentiras?
–¿Capaz le gusta a usted mentir siempre?...
–Yo no le miento a nadies.
–¿Entonces es de verdad?
–¿Y usted cómo sabe?
–¿Será, pues, usted misteriosa? –andaba impaciente el pobre Víctor, las manos sudorosas y todo.
–¿Cree usted? –una sonrisita, tres como gemiditos y los ojazos bien negros y brillantes: toda ella la chola y realmente hermosa.
–¿Se habrá usted contagiado del mago, diga?
–¡Jesús! ¡Qué cosas dice usted! ¿No ve que tiene su señora, el mago?
–¿Cómo vivirán esa gente?... dizque son artistas...
–¿Vio cómo sacaba cuánta paloma del sombrero?
–Puro truco no más.
–¿A lo mejor sería usted también truquero? –bien seria hizo Vilma esta pregunta.
–Yo nunca le miento a una dama –recitó Víctor con la seguridad de que no podía fallarle su librito; lo había comprado en el Mercado Central y se llamaba El arte de enamorar. Ya varias veces le había servido.
–¡Qué galante! –dijo Vilma, mirando coquetona hacia lo alto del árbol: ahí estaba la plataforma desde donde Rafaelito les había arrojado mil terrones, inmediatamente volteó a mirar a los niños: conversaban lejos de los demás niños y siempre cerca de ella, la miraban de reojo.
–Nada me cuesta ser galante frente a una joven hermosa.
–¡Jesús! ¡Cuánta galantería! –exclamó Vilma, sonriendo–; me voy a poner ufana.
Este era el momento en que, según El arte de enamorar, él debía preguntarle si le gustaban las películas románticas, para que ella le dijera que sí, y, entonces, él poder decirle que también era de temperamento romántico. Pero el famoso librito no se ponía en el caso de que el asunto transcurriera bajo un árbol y no en el cine. Por eso Víctor anduvo un instante desconcertado y sin saber qué decir, hasta que finalmente se arrancó de nuevo con el asunto de la salida del jueves.
–¿Y si yo fuera a esperarla el jueves?
Esto estaba por verse; y también lo que estaba ocurriendo en el centro del jardín: tumulto y gritería y Vilma miró hacia donde acababa de verlos: ni Cinthia ni Julius. Partió la carrera, atravesó medio jardín gritando ¡Julius!, ¡Julius! Del tumulto salían varios niños a gatas, los perros, y sus amos, otros niños, los más grandecitos, que los llevaban atados del cuello con sogas y correas. Y Julius y Cinthia en medio de toda la gritería, Cinthia tosiendo, discutiendo, que ¡no!, que ¡sí!, gritaba Rafaelito, ¡que tenían que jugar como todo el mundo!, ¡que Julius se dejara poner el cinturón al cuello! Julius también gritaba que no, y Cinthia agregaba que si querían jugaban pero que ella sería el perro de Julius. Entonces Vilma, aún desconcertada, vio cómo Cinthia se arrojaba al suelo, se ponía en cuatro patas y se enroscaba un cinturón en el cuello: «Vamos, Julius, ¡coge!». Julius cogió, Vilma los estaba ayudando a salir del grupo, pero en ese instante vieron las gotitas de sangre que resbalaban por el bracito de Cinthia. Cinthia se soltó como pudo y partió la carrera gritando ¡no tengo nada!, ¡no tengo nada!, ¡quédate con Julius!, ¡voy donde mamita!, y tosía mientras iba corriendo.
Julius nunca ha sabido, no ha querido saber cómo fue toda la escena adentro, en el bar. Solo recuerda que la tía Susana vino a buscarlo al jardín y le dijo que ya se tenía que ir. A la salida, en la puerta, su tío Juan se despidió de él y no se olvidó de besarle la mano a su duquesa. «No es nada, Juan; nada, darling; debe haberse lastimado la naricita por dentro». Susan se despidió de todos, linda y nerviosa.
Todavía, al llegar al auto, Carlos, el chofer y Víctor se pelearon por abrirles la puerta.
¡Cinthia! ¡Adorada Cinthia! No; no tenía ni una sola manchita; estaba impecable, fresca, sonriente, peinadita, con la carita lavada; ni un solo indicio para asustar a Julius que te miraba el brazo, adorada Cinthia, mientras regresaban a casa, por fin se había acabado otro santo de los primitos Lastarria, esas mierdas. Y ahora regresaban, irían de frente a la tina y luego a camita. Mamá también, que estaba linda sentada ahí adelante, volteando de rato en rato a mirarlos: qué preocupaciones traían esas dos criaturitas, siempre nerviosas, siempre enfermándose, esa noche iba a quedarse en casa, no saldría, lo llamaría por teléfono porque ahora sí ya Cinthia empezaba a preocuparla. Sus hijos mayores nunca habían dado tanto que hacer, estos crecían sin padre, entre amas y mayordomos, inevitable y eran tan frágiles, tan inteligentes pero tan frágiles, tan distintos, tan difíciles, ¿un internado? No, Susan, tú no eres mala, nunca lo has sido, eres simplemente así, no puedes estar sola, aburrida, sin tu gente, dando órdenes en un caserón con niños, tus niños, Susan... Un mayordomo abrió la reja del palacio y el Mercedes se deslizó suavemente por el camino que llevaba hacia la gran puerta. Allí estaban los demás, hasta Nilda la Selvática, los estaban esperando, los habían esperado toda la tarde y ahora los recibían sonrientes, alegres, dispuestos a responder a las mil preguntas de Julius. Pero algo debieron notar, alguna señal debió hacerles Vilma, porque de pronto como que fueron desapareciendo. A Susan le molestaba que andaran por toda la casa, últimamente se metían por todas partes, entraban en todos los cuartos, eso no pasaba en la época de Santiago; claro, es que ahora vivían con los chicos y ella era impotente para evitarlo, no tenía ni tiempo ni ganas, a duras penas fuerza para unas cuantas órdenes, como ahora: que lo bañara, que la acostara, que trajera el termómetro, que al médico ya no se le podía llamar hasta mañana, que le diera sus remedios. Y Vilma inmediatamente empezaba a ocuparse de todo; los llevaba a los altos, les traía su comidita, la acostaba, lo bañaba, le avisaba a la señora que ya podía venir a darles las buenas noches y se quedaba todavía un rato con Julius, conversando, riendo, bromeando, como si quisiera que le tocaran el tema, como si quisiera hablarle de eso, ¿entendería?, de que Víctor, al abrirle la puerta del auto, le había dicho que el jueves la esperaba en la esquina, a las tres en punto, el jueves le tocaba su salida.
III
Pero el jueves nadie salió del palacio en todo el día. Nadie salió porque esa noche la señora Susan partía con Cinthia a los Estados Unidos. El médico decidió que eso era lo mejor, las cosas iban tomando proporciones, la chiquilina no andaba muy bien que digamos, no quería pecar de alarmista el médico, pero mejor partir a curarse en un hospital de Boston, sí sí, era preciso actuar con rapidez, ni un minuto que perder. Inmediatamente empezaron los preparativos, las llamadas telefónicas a las agencias de viajes, los ajetreos del pasaporte, la locura de las maletas. Todos en palacio bajaron el tono de voz desde que se anunció el viaje, y Julius aprendió que los Estados Unidos nada tenían que ver con el Central Park instalado últimamente en el Campo de Marte, lleno de ruedas Chicago y mil atracciones más en inglés; los Estados Unidos quedaban mucho más lejos que eso, ¡uf!, muchísimo más, quedaban del aeropuerto, por el cielo oscuro, a ver piensa lo más lejos que puedes pensar, mucho mucho más que eso, lejísimos... «¡No!», gritó, pero un llanto tenue humedeció en seguida la carita ardiente de rabia, ganándola para la tristeza.
Cinthia guardó cama y tosió hasta horas antes de partir. Apareció muy abrigada en el gran comedor donde hoy Julius se había sentado a la mesa con todos. Comían callados y amables, se pasaban la mantequillera cuando todavía no se la habían pedido, se servían el agua antes de que el mayordomo viniera para servirla, nunca se miraban, las gracias se las daban despacito. Por fin terminaron y fue hora de pasar al salón del piano para seguir esperando. Allí, Cinthia trató de disimular su malestar y estuvo un ratito sentada en el banquillo del piano, golpeando las teclas como quien no quiere la cosa, un poquito ida tal vez, hasta que se encontró con la mirada fija de Julius, la estaba mirando aterrado, rápido retiró sus manitas crispadas del teclado y corrió a sentarse junto a él.
–Cuando regrese espero que ya te habrás cansado de jugar en la carroza –le dijo, ayudándolo con unas cosquillitas en la axila para que se sonriera por favor.
Era triste la atmósfera en la sala del piano. Solo habían encendido una lámpara, la que iluminaba el sillón en que se hallaba Susan. Cinthia, Julius, Santiaguito y Bobby, elegantísimos, llenaban un sofá que permanecía en la penumbra. Afuera, en el corredor, los empleados murmuraban como dejando sentir su participación en tanta pena; callaban, y la ausencia de sus voces dejaba a los niños indefensos contra un escalofrío, piel de gallina se tocaba la pobre Susan, muda; volvían a empezar, y sus murmuros eran como breves, frágiles pausas de un silencio acumulado y total, un silencio que gritaba su nombre, que avanzó un poco o que se detuvo aún más cuando sonaron diez campanadas de la noche en algún reloj, en otro salón, triste y oscuro también, porque el día en que partió Cinthia, desde el atardecer, las habitaciones del palacio se habían ido convirtiendo en vasos comunicantes de tristeza y profundidad. Vasos enormes como lagos en los que ahora goteaban lenta, desesperantemente, uno por uno, tic-tac tic-tac tic-tac, media hora más para la partida; ellos escuchaban mudos, inmóviles como el enfermo húmedo de fiebre que descubre el camino del sueño en la respetuosa aceptación del insomnio, en la más atenta contabilidad de las gotitas de un caño mal cerrado, «esta noche no duermo, me fregué», dice y cuenta.
Así, ellos no se enteraban de que las maletas iban pasando hacia el Mercedes guinda, allá afuera, en la noche. Susan suspiró honda, profundamente. La triste noticia la había sorprendido en una época de particular belleza, de total elegancia, y ahora parecía un cisne herido navegando, dejándose más bien llevar por el viento hacia una orilla que tal vez alcanzó al sonar el teléfono para ella. «Por lo menos tú tienes cómo matar el tiempo», pensó Santiago al verla salir a responder. Los sirvientes aprovecharon su ausencia, iban entrando en punta de pies, Nilda adelante, los otros la seguían, parece que ella iba a hablar por todos, Cintita, Cintita, lo demás no sabían decirlo.
«Síguenos, Juan Lucas», le dijo Susan al hombre que estaba al volante de otro Mercedes, uno sport, parado detrás del de ellos. Había llegado justo en el momento en que partían y le habían abierto la reja para que entrara hasta la gran puerta del palacio. Ahora ponía nuevamente su motor en marcha y salía detrás de ellos rumbo al aeropuerto. Cinthia volteó a mirar, pero en la oscuridad no logró ver quién manejaba ese auto. El nombre Juan Lucas no le sonaba conocido y le dio un codazo a Julius, casi lo mata del susto: era la primera vez que salía de noche, la primera vez que iba a un aeropuerto y la primera vez que se separaba de su hermana por tanto tiempo: su cabecita dormilona pensaba en mil cosas excitándose cada vez más, un golpe desprevenido fue demasiado, pero no bien reaccionó hizo un esfuerzo por devolverle una sonrisa. Eran demasiados en el Mercedes; sus hermanos Santiago y Bobby se acomodaban a cada rato a expensas suyas, cada vez lo iban hundiendo más, poco faltaba para que lo incrustaran por la rendija del asiento posterior. Adelante, Susan lloraba, pero solo Carlos y Vilma, sentados junto a ella, podían darse cuenta.
La CORPAC. «Corporación Peruana de Aeropuertos Civiles», le explicó Cinthia a Julius que, en la última parte del trayecto, había reaccionado y había empezado a ahogarla de preguntas; empezó a toser y Vilma la abrigó más para bajar. «Corre mucho viento», anunció. Carlos, por su parte, anunció que él se iba a encargar de las maletas, pero otro hombre apareció con gorra diciendo lo mismo y se odiaron; al mismo tiempo un tercer hombre, con gorra y placa con número en la solapa, apareció tratando de cobrar algo y de cuidar el auto, pero Carlos le dijo que para eso estaba él y se odiaron también. El tipo insistió diciendo que entonces quién pagaba el ticket del estacionamiento. Susan abrió su cartera y se le cayeron los pasajes, una polvera, sus anteojos de sol y el lápiz de labios de oro. Recogió los anteojos, todos se agacharon para ayudarla con lo demás. Cinthia empezó a toser y Bobby dijo que mamá nunca tenía un céntimo en la cartera. Vilma buscó en los bolsillos de su uniforme y dijo que tampoco tenía, Bobby se negó a prestar dinero y por fin Carlos pagó el asunto, mentándole la madre al del ticket, con los ojos no más, por la señora y los niños. Por supuesto que a la hora de bajar las maletas, Carlos no podía con todo lo que la señora se llevaba de equipaje y hubo que empezar a buscar al tipo que hacía un instante acababa de estar ahí con la carreta esa, ¡llámenlo, por favor! Julius pegó tal bostezo que casi se va de espaldas sobre la pista y, no bien recuperó el equilibrio, preguntó en cuál de los aviones se iban, cuando todavía no se veía ninguno. «¡Cállate, por favor!», le gritó Susan, pero en seguida se le echó encima para besarlo y abrazarlo, le mojó toda la carita con sus lágrimas.
Un hombre se acercó, que dijo Susan, como ellos nunca antes lo habían oído decir, como si fuera la única palabra que tuviera, como si se hubiera mandado poner cuerdas vocales de oro para pronunciarla gozando más. Susan se puso las gafas negras y probó una sonrisa, Juan Lucas, si supieras lo que es esto. Juan Lucas la cogió del brazo, calma, calma; alzó el brazo izquierdo y con los dedos empezó a hacer tic tic y todo se llenó de calma y de hombres con carretas y buena voluntad, dispuestos a llevarse íntegro el equipaje de los señores. Después, siempre del brazo, la condujo hacia el inmenso hall iluminado del aeropuerto, caminaban por gordas alfombras hacia la luz, ahora sí se le podía ver bien: había interrumpido sus placeres, se había tomado el trabajo de ir a un aeropuerto. Los niños venían detrás, seguidos por Vilma y Carlos que siempre había logrado que le dejaran una maletita. Los cuatro hermanos se acercaban al mostrador de Panagra tristes y somnolientos; Santiago, sin embargo, sentía nacer en él una cólera terrible: ¿quién era ese imbécil que le cogía el brazo a su madre?
Y ahora que lo veía medio de lado, apoyado distinguidísimo en el mostrador de Panagra, sintió que ya no podía más de rabia. Pero no sabía por dónde agarrarlo. Cómo destruirlo si casi lo cautivaba con tanta finura. A ese sí que se lo habían traído derechito de la Costa Azul a un campo de golf; claro, y en un campo de golf debió conocer a Susan, ahí debió haberla visto por primera vez mientras golpeaba un swing y la pelotita blanca desaparecía en la perfección verde, mientras avanzaba y el aire lo iba despeinando elegantemente, ondulando ligeramente sus sienes plateadas y refrescando su cutis siempre bronceado; y después, por qué no, bebiendo juntos gin and tonics que llegaban hasta la piscina del Club en bandejas de plata sobre manos invisibles y obedientes que se retiraban silenciosas para que ellos conversaran en paz, para que sus palabras pudieran cruzarse entre el viento y llegar finas a sus oídos, con la música de fondo, para los señores socios, para sus invitados, y con peces de colores... ¡Con él era que salía todas las noches!, ¡con él que bailaba!, ¡con él que bebía!, ¡con él que trasnochaba!, ¡por él que casi nunca la veían!, ¡que ahora estaba triste! Santiaguito acababa de descubrir algo insoportable.
«Ni en Hollywood los fabrican así», andaba pensando el tipo de Panagra, lleno de admiración, cuando Juan Lucas dijo firma estos papeles, Susan, extendiéndole una pluma de oro que nadie había visto nunca anunciada por la publicidad; se la extendió cogida como un cigarrillo, entre dos dedos cuya educación había transcurrido indudablemente entre plumas fuente de oro y vasos de cristal. La pobre Susan terminó de firmar los tres papeles que le correspondían y descubrió que en cada uno había garabateado su nombre diferente. «No tengo firma», anunció volteando aterrada donde Juan Lucas, «¿qué hago, darling?, ¿en qué líos me voy a meter ahora?». Juan Lucas volvió a coger su pluma, la guardó en el bolsillito para lapiceros de su chaqueta para la ocasión, miró fijamente al tipo de Panagra, por si acaso hubiera pensado burlarse de la señora, y la tomó del brazo. Todo estaba listo y en regla con los pasaportes. Santiago quiso dejarse de mariconadas, dejarse de contemplar al tal Juan Lucas, pero ahora de nuevo lo contemplaba mientras atravesaba el hall con su madre, parecía que se iban al cielo. Susan volteó a decirle a Vilma que no fuera a desabrigar a Cinthia y que trajera a los niños al bar. Por supuesto que Julius había desaparecido y todo el mundo empezó a requintar, pero Juan Lucas ya lo había visto y lo señalaba con un dedo tan fino y tan largo que casi no dejaba pasar a la gente: allá, allá, pegado al ventanal, contemplando el campo de aterrizaje. Cuando Vilma casi lo mata del susto al cogerlo del brazo, por detrás, él le dijo que en ese avión se iba Cinthia, era un Air France, el que más le gustaba.
En el bar fue Coca-Cola para todos los niños, menos para Cinthia, tú mejor nada, darling. Julius le dio la mitad de su vaso, alegando que no tenía hielo. Susan lo iba a resondrar, pero en ese instante Juan Lucas festejó el asunto echándose ligeramente hacia atrás y soltando tres ja ja ja encantado, ni más ni menos que si hubiera logrado dieciocho hoyos en dieciocho jugadas. Entonces Susan escondió la cara entre sus manos como diciendo que todo eso era demasiado para ella, pero ya llegaban los whiskies. «¿Qué tal si le invitamos uno a Santiago?», propuso el del golf. Susan lo miró sorprendida, hubiera querido decir algo, pero en ese instante Santiago se puso de pie y gritó que sus copas se las pagaba él, que se largaba a tomarlas al mostrador. Juan Lucas hizo una mueca como si hubiera fallado una jugada fácil. «Llévenle al jovencito un paquete de Chester», dijo, reaccionando a tiempo; «los va a necesitar».
Cuando llamaron a los pasajeros por los altavoces, ya Santiaguito se había bebido tres whiskies y se iba por el cuarto. No quiso despedirse ni de Cinthia. Juan Lucas era el único que no lloraba mientras bajaban hacia la puerta de acceso a la pista; ahí Vilma empezó realmente a gemir, cosa que incomodaba al del golf, con la chiquillada tenía suficiente. Cinthia fue breve: a todos les dio un abrazo y un besito y a Julius le dijo que le iba a escribir y que le contestara. Después Susan comenzó a despedirse, un beso para cada uno, a Vilma y a Carlos les dio la mano y tuvo que abalanzarse para controlar a Bobby que se le iba encima a un chico que se estaba burlando. En ese momento fue mejor que no estuviera Santiaguito: ellos vieron cuando ese señor que se llamaba Juan Lucas abrazó a su madre, la besó tiernamente y le dijo que si se demoraba en volver iría a visitarla a los Estados Unidos.
Después entre Juan Lucas, Vilma y Carlos los llevaron a la terraza para que vieran despegar al avión y le hicieran adiós a mami y a Cinthia. «¡Allá van!», gritó Bobby, el primero en verlos atravesar la pista y voltear luego para hacerles adiós, Susan siempre con las gafas negras y Cinthia tosiendo. Pero Julius vio otra cosa; vio cómo llenaban de gasolina los tanques del avión en que según él se iba Cinthia, uno que en realidad partía mucho más tarde, pero era el avión que le había escogido y estaba esperando que subieran, cuando en eso empezó a vomitar. Le manchó el pantalón a un señor que estaba a su lado, claro que el señor se molestó, pero Juan Lucas, distinguidísimo, resolvió el problema con unas palabras bien dichas y con un pañuelo de hilo de seda perfumado que entregó como quien reparte un volante, mirando al próximo.
–No se olviden de Santiago –les dijo, despidiéndose. Partió sin haberse enterado bien del vómito de que se quejaba el imbécil ese, antes de que empezara a oler, en todo caso.
Ellos esperaron en el auto mientras Carlos iba a traer a Santiaguito. Lo encontró en el bar y estuvo largo rato tratando de convencerlo de que tenía que volver a casa, de que sus hermanos se estaban cayendo de sueño. Por fin pareció que iba a ceder pero cuando llegó el momento de pagar el mozo dijo que esos tragos ya estaban pagados, que el papá del joven los había pagado. Entonces sí que se armó la grande, Santiaguito gritó que el alcahuete ese no era su padre, que él lo iba a parar, que lo iba a matar, que su madre era sagrada y un montón de cosas más por el estilo hasta que empezó a llorar y se cayó al suelo. Carlos lo cargó hasta el auto; ahí todavía siguió pataleando y maldiciendo un rato. Julius dijo que estaba loco pero Bobby le dijo que no, que estaba borracho por lo de mamá.
La primera carta de Boston llegó una semana más tarde y venía dirigida a Julius. Vilma se la leyó pésimo.
Querido Julius:
¿Cómo estás? ¿Me extrañas? Yo sí te extraño mucho. Mamita y yo siempre pensamos en ti. Ella dice que tú ya deberías estar en el colegio y que en cuanto llegue a Lima te mandará al Inmaculado Corazón para que aprendas inglés. Mamita dice que es necesario que aprendas inglés y que aprendas a leer de una vez. Dice que estás muy atrasado en todo y que le va a escribir a la tía Susana porque ella tiene la dirección de la señorita Julia para que la señorita Julia vaya a darte clases a casa. Yo le he dicho que tú ya sabes leer bastante pero ella no me cree y dice que te pasas todo el tiempo jugando en la carroza y en el huerto con los mayordomos y con Vilma. Pórtate bien hasta que regresemos porque mamita está bien preocupada por ti.
Yo estoy muy bien. Estoy contenta. Estoy practicando mi inglés con las enfermeras y con el médico. Son tres médicos y vienen todo el tiempo a verme. Yo les entiendo muy bien lo que me hablan y ahora que les dije que te iba a escribir, me dijeron que te mandara saludos. Ya les conté cómo eres y siempre me preguntan por ti cuando vienen. Por eso es necesario que me escribas para que yo pueda saber de ti para contarles más cosas. Tú díctale a Vilma lo que quieres contarme pero también escribe un poquito para ver cómo está tu letra. Me da mucha pena que ya no podemos seguir con las clases. Estabas aprendiendo muy rápido. Cuando vaya la señorita Julia enséñale todo lo que has aprendido conmigo y con Vilma porque mamita no quiere creer que has aprendido tanto.
Yo estoy muy bien. En el avión estuve dormida todo el tiempo casi y mamita también se durmió. Primero estuvo llorando bastante por lo de Santiaguito seguro pero después se tomó un montón de pastillas y se quedó dormida junto a mí. En Nueva York tuvimos que cambiar de avión, pero no salimos del aeropuerto porque mamita dijo que hacía mucho frío y que además no teníamos tiempo. En el otro avión también dormimos y cuando nos despertamos ya estábamos en Boston. Ahí mismito fuimos a un hotel y dormimos más todavía. A la mañana siguiente vinimos al hospital. Es un hospital enorme y cuando entramos mamita se encontró con un señor de Lima que tenía cáncer. Después me trajeron a mi cuarto que es muy bonito. Mamita vive en el hotel pero viene desde tempranito y se queda todo el día conmigo y por la noche se va al cine para distraerse. Yo estoy tratando de que esto acabe pronto y de sanar rápido para que esté más tranquila. Mamita está bien pálida y no se pinta nada. También está bien triste y cuando se despide de mí por la noche llora bastante. Extraña mucho y yo me siento culpable. Por eso creo que debes portarte muy bien para que nada la moleste en estos días. Pórtate bien, por favor. Espero que cuando regrese ya no jugarás en la carroza porque pierdes mucho tiempo ahí.
Saluda a Vilma y a Carlos y a Arminda y a todos de mi parte. Yo les voy a escribir solo que quería escribirte a ti primero. No dejes de contestarme. ¿Promesa? Mil besos,
CINTHIA
La segunda carta para Julius llegó quince días más tarde, Vilma también se la leyó, llorando.
Querido Julius:
La semana pasada no te escribí porque le escribí a Bobby, a Santiaguito y a los sirvientes. Estoy un poco preocupada porque creo que me olvidé de poner el nombre de Carlos y para él también era la carta. Dile, por favor. Estoy bien cansada. Recibí tu cartita. Mamita leyó lo que habías puesto y se quedó sorprendida. Ella no sabía que sabías tanto y dice que con la señorita Julia vas a aprender más y que a lo mejor te aceptan en el colegio un año más adelante y no tienes que hacer kindergarten. Ojalá porque kindergarten es bien aburrido. Yo creo que es para bebes. Estoy bien cansada. Tu cartita es linda. Te quiero mucho Julius y pórtate bien. La señorita Julia es muy antipática y tiene vellos negros en los brazos. Te pellizca todo el tiempo y yo no sé por qué mamita siempre la llama desde que tía Susana se la recomendó. Aguanta por mamita que está bien mal. Yo terminaré de escribirte esta tarde porque tengo que descansar.
Dicen que mejor no te escriba hoy. Acabo de despertarme y resulta que ya es de noche. Mejor te escribo de nuevo otro día y ahora te mando esto no más. Ha venido el médico más viejo. Aquí está. Chau Julius. Te adora,
CINTHIA
Después hubo tres cartas de mamá y después apareció Juan Lucas muy fino y muy serio. Por último hubo una llamada de los Estados Unidos. Parece que Juan Lucas la había estado esperando porque anduvo mucho rato sentado junto al teléfono y, no bien habló, dijo que se iba a Boston y que se llevaba a Santiago con él. Santiago se le tiró a llorar en los brazos y a él se le formó una mueca en los labios y como que envejeció. Santiaguito los besó en la puerta del palacio, eso fue todo. Nadie fue a despedirlos al aeropuerto. Volverían cuando se produjera el milagro.
Mientras tanto Julius se pasaba horas con la señorita Julia, pero ella nunca lo pellizcaba. Algo raro ocurría porque él andaba siempre esperando un pellizcón, con lo distraído que era, y sin embargo nada; por el contrario, la señorita Julia parecía un poco asustada y lo miraba como si le tuviera miedo. Luego empezó a hablarle en voz baja, cada vez más baja. Un día le murmuró reza, hijito, reza, y Julius vomitó y se puso a temblar todito.
Por la noche llegaron la tía Susana y el tío Juan Lastarria con un cable en la mano. Bobby había ido donde un amigo y Julius estaba acostado. La servidumbre salió a recibirlos, en el camino iban alzando los brazos impotentes, aspaventosos, desesperados, el alarido de Nilda hirió definitivamente el palacio. Y otro más y otro más. Que se calmaran, que por favor se calmaran que iban a asustar a los niños, que corrieran a buscar a Julius, que seguro lo habían despertado, mejor que no supiera nada, pobre criaturita, hasta que volviera su mamá. Después los tíos Lastarria se aburrieron un poco mirando llorar a la servidumbre y entraron a sentarse un rato en el escritorio. Ella rezaba. Él permaneció en silencio hasta que no pudo más y empezó a pasearse de cuadro en cuadro, a envidiar tanto antepasado y a decir que no había nada como la tradición. Arriba, en su dormitorio, arrodillado junto a la cama, Julius rezaba de paporreta, rodeado por toda la servidumbre. Vilma sostenía atenta una bacinica. Carlos lloraba escondido en su mano enorme, Nilda gemía lo más despacio que podía, Julius los miraba comprendiendo y temblando y ahogándose.
Después fue todo lo del aeropuerto. De ahí fueron directamente al cementerio. Órdenes de los señores: que no viniera nadie, que no querían ver a nadie, solo Bobby y Carlos para que maneje. Juan Lucas dirigía cada paso con un gesto amargo en la boca, como si estuviera soportando una fuerte acidez estomacal, ligeramente despeinado, un saco que tal vez hubiera preferido no usar una tarde así. Susan se había dopado. Recordaba haber tenido un pañuelo en la mano y una cajita llena de pastillas de diferentes colores, ¿en qué momento? Abrió los ojos y vio marrón por sus anteojos de sol el aeropuerto, marrón el pecho de Juan Lucas, ven, mujer. Carlos se encargaba de Bobby, aferrado a Santiaguito.
¡Dios mío!, ¡cuándo se va a acabar todo esto! El Mercedes avanzaba por barrios feos, antiguos, pobres, ¿Lima?; seguía a la carroza fúnebre por calles extrañas, hostiles, viejas, nuevas para ella, solo cuando murió Santiago, ¡Dios mío!, ¡Dios mío! Susan, amor. La gente iba viendo pasar esos dos vehículos; hombres y mujeres sentados en las veredas, en las puertas de sus casas los miraban pasar; algunos niños cruzaban la pista y volteaban también a mirar curiosos, odiosos, pobres. Una curva, una recta más ancha ahora y la gente lejos en la vereda, vamos avanzando. El policía los deja pasar, que siga, que sigan, respetuoso, con el brazo.
«Aquí puede usted dejar el auto, Carlos», le dice Juan Lucas, pasándose la mano por los cabellos. Mira por la ventana antes de abrir la puerta, aquí también le quieren cuidar a uno el carro. Abre la puerta, ¡váyanse!, ¡no molesten! Abre la puerta de atrás, por aquí, Susan, conmigo, vengan, Bobby, Santiago. Conocen el camino al mausoleo de la familia, Santiago, papá. Avanzan entre tumbas, pabellones de nichos, siempre más pabellones de nichos, enormes colmenas blancas, frías que se cierran y ya no reciben más; otras personas como ellos pero no se ven, se cruzan silenciosas, nunca se tocan, aprensivas casi; mujeres con pomitos de alcohol y que limpian, un sacerdote, jardines y también flores. Aquí. Un sacerdote los esperaba, bajan a lo frío, entran al mármol, recién ahora los vuelven a notar: los hombres de la funeraria proceden técnicos, profesionales de lo irreparable, entendidos de la tristeza, trabajan la más terrible escena, el sacerdote ahora para lo otro. Cinthia, tú, angelito, junto a tu padre. Cemento. La mano de Juan Lucas se extiende y tiembla unas letras, una crucecita, devuelve el badilejo y los abraza, lentamente los hace subir, no miran atrás, avanzan iguales a todos los hombres, entre el viento y los jardines, entre los muertos. Llegan a la reja, salen, Juan Lucas dirige, los hace pasar, Bobby, Santiaguito, Susan con él. Afuera tantos niños han cuidado el carro, no se enteran, parecen el fin de algo.
Oscurecieron el palacio. No abrían ni una persiana, ni una cortina, nada. Bobby y Santiaguito iban todos los días a misa con su mamá, antes de partir al colegio. Los hicieron estudiar como locos y adelantar los exámenes finales para que pudieran viajar también a Europa. Partían a fin de mes con su mamá y con el tío Juan Lucas. Julius seguiría mientras tanto con la señorita Julia y el año entrante lo pondrían de frente en preparatoria. Se tomaban una serie de decisiones rápidas. El palacio continuaba a oscuras, pero adentro todos actuaban nerviosamente para olvidar. Susan se excedía en los calmantes y el tío Juan Lucas recomendaba golf, vestida de gris, hasta el día del viaje. Un día Julius se acercó a pedirle a Susan que lo llevaran también a Europa y ella notó que estaba bizqueando. No hubo más remedio que llamar al médico y decirle que bizqueaba igual que Cinthia cuando murió su mamá Bertha. El médico habló de la extrema sensibilidad del niño y dijo que por nada de este mundo se les fuera a ocurrir llevarlo a Europa. En cambio, recetó clima seco de Chosica con una barbaridad de vitaminas. Se pensó en la casa de Juan Lucas en los Cóndores, pero dónde metían a la servidumbre, eso era una garçonnière. Había que decidir algo y rápido.
IV
A Chosica partieron Julius y la servidumbre en pleno. Arminda, la lavandera, aprovechó para traerse a su hija Dora que últimamente se estaba portando pésimo, se escapaba con un heladero de D’Onofrio y todo. Nilda trajo al bebe que había tenido, nadie sabe cómo: simplemente un día empezó a inflarse bajo el mandil de cocinera y una tarde pidió permiso para irse a dar a luz. Una semana después regresó lista para el viaje a Chosica y con el monstruito ese. Pero sus preocupaciones estéticas se dirigían más bien hacia Julius y, no bien se instalaron, decidió aprovechar la ausencia de la señora para pegarle las orejas a la cabeza. Esparadrapo, cinta engomada, qué no usó para lograr sus fines, tanto que Vilma protestó pero la Selvática la amenazó con el cuchillo enorme de la cocina, uno nuevo para la casa nueva.
La casa, invisible desde afuera, rodeada de altos muros blancos, quedaba en un sitio lindo de Chosica. La parte posterior se estrellaba con los cerros y ahí uno vivía constantemente amenazado por esas rocas enormes que sin embargo no se caían nunca. Para algo habían pagado una millonada por el alquiler, nada más. Tenía su piscina la casa, y también su jardinzote llenecito de árboles y hasta sus cañaveralitos para que Julius se introdujera por ellos, se cruzara con un sapo en el camino y desembocara sudoroso, ¡llegué a Madre de Dios, Nilda!, ante el dormitorio de la Selvática y su hijito. Casi no era necesario salir, sobre todo los domingos y feriados en que medio Lima se venía a tomar el sol, y todo se llenaba de carros amarillo-horrorosos y de mujeres melenudo-pecadoras que luego se marchaban dejando Chosica plagado de cáscaras y papeles. A las que sí tenían que ir a visitar alguna de esas tardes era a las monjitas francesas del Belén de Chosica; de todas maneras tenían que ir porque una tía monja del señor Juan Lucas les había dado una tarjetita-estampita de presentación.
Tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes, aparecía la señorita Julia, ese monstruo, con los brazos llenecitos de vellos negros, para enseñarle una barbaridad de cosas. Recién en Chosica empezó a pellizcarlo y Julius a querer matarla. Sin embargo, hubo una época en que logró interesarlo: fue cuando empezó a contarle cosas de Cinthia, cuando era su alumna, lo inteligente, lo dulce, lo tierna que era esa niñita. Julius le preguntaba más y más y nunca se cansaba de escucharla. Aunque fueran las mismas anécdotas, los mismos adjetivos, tierna, dulce, adorable Cinthia.
Otros que venían eran los médicos; venían juntos, una vez a la semana y lo examinaban calato. Después conversaban largo rato, ahí, delante de él, pero él ya estaba pensando en Cinthia. Dejaban un montón de recetas y se iban. A uno le daba por los tónicos y al otro por las inyecciones. Decían que Julius estaba muy bien, que se recuperaba asombrosamente. También venía una señorita para lo de las inyecciones. Como a Julius el potingo se le volvía gelatina, de miedo, le pagaba un sol por ponérselas y luego se marchaba cobrando veintiún soles por habérselas puesto.
Aparte de esos momentos desagradables, la vida en Chosica transcurría apaciblemente. Por fin un día salieron a pasear y tocaron la puerta verde del colegio Belén. Una monjita los recibió en francés pero cambió rápido a castellano al ver que no entendían ni papa. Vilma le entregó la tarjetita-estampita de presentación. La monjita la leyó y los hizo pasar inmediatamente, le encantaba recibir gente, mostrar lo lindo que era el colegio. Los llevaba de un lado a otro y les iba enseñando los patios y jardines que rodeaban el local. Por las ventanas, Julius alcanzaba a ver un montón de chicas estudiando, eran las clases, le dijeron, y que esperara un ratito, ya no tardaban en terminar. Mientras tanto podían visitar a la Madre Superiora en su despacho. «Vengan poaquí.», les dijo la monjita francesa y los acompañó blanquísima hasta donde la Madre Superiora.
Era bien viejita la Madre Superiora y hablaba muy mal el castellano; además, no parecía recordar a la monjita que le había escrito presentándolos, pero de todas maneras les convidó unos chocolatitos seguidos de varias estampitas. A Vilma le regaló una un poco más grande e importante; las de Julius, en cambio, eran medio angelicales, mucho blanco, mucho celeste, sus arbolitos y sus corderitos buenísimos, algo bucólico el asunto, pastoril. No hubo segunda rueda de chocolates, probablemente porque podía ser gula, y la sesión no tardaba en terminar, cuando, de pronto, la madre se sentó y empezó a ignorarlos olímpicamente. Como que se iba la Superiora, parecía no verlos. Empezaron cuatro minutos largos como cuatro horas, un silencio frío se instaló en la habitación, definitivamente la monjita los había abandonado por alguien. ¡Y ellos qué iban a saberlo! La Madre Superiora acababa de entrar en uno de sus breves aunque frecuentes estados celeste-maravillosos, estaba a punto de redondear toda una vida de bondad absoluta... Un instante nada más: la pobre inmediatamente se daba cuenta de que aún no le tocaba morirse, se desconcertaba todita, ni más ni menos que si otro se hubiera servido justo el pastelito que ella quería, para la próxima será. Lo cierto es que de pronto había enmudecido y luego como que alguien la estuvo abanicando suavecito. Por fin trató de reanudar el diálogo, pero no bien empezaba le volvían atisbos de los celeste-breve, pedacitos de maravilla, recuerdos de viaje, y el silencio se prolongaba. ¡Y ellos qué iban a saberlo! Todo ese mutis, la viejita tan blanca, tan sonriente, tan ida: los pobres andaban en plena piel de gallina, ahí todavía, rodeados de imágenes, los Sagrados Corazones, sobre todo. Se pusieron a temblar de la pura expectativa, ya se iban por el cuarto minuto... Hasta que habló de nuevo y normal la Madre Superiora, Julius y Vilma respiraron, fin del estado raro, ningún santo supo aprovecharlo: todo, absolutamente todo anduvo dispuesto para una aparición... Y de las buenas... Con tres testigos... De tres edades diferentes.
La Madre Superiora se puso de pie, abandonando temporalmente la contemplación de sus cuarteles definitivos; se acercó donde Julius y le hizo una crucecita en la cabeza, casi lo mata del escalofrío. Le dijo que fuera a jugar con los ninós e las ninás.
Había un montón que no podían correr durante el recreo porque tenían asma y estaban bien pálidas. Con ellas conversó Julius y les contó que su mamá estaba en Europa con sus hermanos porque su hermanita Cinthia se había muerto. Después les dijo que por eso él estaba medio bizco y que iba a sanar en Chosica, que para eso había venido, las dejó turulatas a todas con su historia. Por ahí también aparecieron las grandes; esas ya estaban en los años superiores y lo llenaron de caricias y de mimos, lo besaron toditito hasta que les puso cara de tranca. Entonces empezaron a preguntarle que cuándo iba a ir al colegio y que cuántos años tenía. Él les contó que iba a cumplir seis en el verano y que estudiaba en casa con la señorita Julia. Les dijo que ya sabía leer y escribir correctamente y sin faltas de ortografía. Una bien bonita sacó un lápiz y un block de su mandil y le dijo a ver, escribe algo. Julius cogió el lápiz y empezó a escribir: «La señorita Julia tiene vellos negros en los brazos». Iba a poner algo más pero en ese momento se le despegó el esparadrapo de una de las orejas y todas soltaron la carcajada. Partió la carrera seguido por Vilma, no paró hasta la calle. Dijo que no volvería más.
Para regresar a casa tomaron la calle del costado derecho del colegio, una calle en pendiente, de veredas escalonadas. Iban subiendo por la pista, callados y pensativos, cuando en eso Julius vio algo que atrajo inmediatamente su atención. «Son los mendigos, le dijo Vilma; no te acerques», pero ya era tarde: Julius había partido la carrera y ya estaba llegando al lugar en que se hallaban tirados, junto a una de las puertas laterales del colegio. Se detuvo cerquita de ellos y empezó a mirarlos descaradamente. Los mendigos también lo miraban y algunos hasta le sonreían, él ya no tardaba en preguntarles por qué tenían todos una cacerola, pero Vilma lo interrumpió: «¡Vamos!», le ordenó, jalándolo del brazo. Inútil. Estaba bien parado, los talones juntísimos, las puntas de los pies muy separadas y las manos pegaditas al cuerpo. Mejor dejarlo un poco. Los mendigos empezaron a decirle niñito, y a sonreírle inofensivos pero andrajosos. Eran un montón de serranos y serranas viejos o medio inválidos. En ese momento se abrió la puerta del colegio y apareció una mujer vestida casi de monja pero con moño; con ella apareció también un hombre que decía el puchero, el puchero, mientras acercaba una olla enorme sobre una mesa rodante. Atrás, una monjita indudablemente buenísima sonreía con los brazos abiertos e iba bendiciendo toda la operación.
Por esos días empezaron a llegar las primeras cartas de Europa. La primera venía de Madrid y estaba dirigida a Vilma, con instrucciones para que le leyera algunas partes a Julius. A Madrid había llegado una carta de los médicos, informándoles del restablecimiento de Julius. Ya sabían que había recuperado un kilo y que comía bien y que ya no vomitaba. Sabían también que había dejado de mencionar a Cinthia en todas sus conversaciones y que dormía tranquilo con los nuevos calmantes. No les iba mal en España pero estaban tristes y extrañaban mucho a Julius. Era realmente una lástima que no lo hubieran podido traer, pero así todo era mejor porque, la verdad, estaba demasiado pequeño para andar visitando museos y dando trotes de un lugar a otro. Ellos todavía no habían visitado ningún museo pero ya no tardaban en ir, sobre todo por los niños que se estaban portando muy bien. El señor Juan Lucas tenía muy buenos amigos en Madrid y diariamente ellos lo llevaban a jugar golf a un club en las afueras de la ciudad. Eso sí que era un verdadero descanso para los nervios. Justo lo que necesitaban. Necesitaban distraerse, olvidar. Estaban tristes. No era fácil distraerse pero el señor Juan Lucas y sus amigos hacían lo posible por entretenerlos. Allí nadie los conocía como en Lima y podían salir a cenar en restaurantes. Además no tenían que vestirse de negro que es tan deprimente. Vilma comprendería lo mucho que necesitaban distraerse, salir, cambiar de ambientes, ayudarse a olvidar. El señor Juan Lucas le estaba enseñando a Santiaguito a jugar golf y el niño aprendía muy bien. Cada día se llevaba mejor con su tío. Bobby nadaba mucho en la piscina y había conocido a algunos chicos de su edad. La verdad, estaban bien en Madrid y les gustaría quedarse un poco más de lo que tenían pensado. Después irían a París y a Londres para comprar ropa y regalos para todos. Era necesario moverse, distraerse para olvidar. Estaban esperando la cartita de Julius. Que escribiera, por favor. Querían ver los progresos que hacía con la señorita Julia. El señor Juan Lucas también preguntaba muchas veces por él. Que le escribiera una cartita también a él. Que ella les contara todo lo que hacía Julius en Chosica. Que le tomaran una fotografía y se la mandaran. Que lo llevaran a pasear en auto con Carlos pero que tuvieran cuidado con el tráfico. Y,
Julius, darling:
El médico me cuenta que estás muy bien. Dice que cada día comes mejor y que pronto estarás fuerte como un Tarzán. Haz todo lo que él y Vilma te digan. Estudia bastante para que puedas entrar a preparatoria. La próxima vez vendrás tú también. Mami te lo promete. Tu tío Juan te manda muchos cariños. Está terminando de amarrarse la corbata. Muy buenmozo, darling. Así vas a ser tú de grande. Me está pidiendo que me apure. Mami todavía no está lista y ya es hora de irse. Mil besos.
LOVE
Firmó Susan con letra de colegio inglés y metió la carta en un sobre de lujo. En seguida se puso de pie para avanzar hacia el espejo en que Juan Lucas se miraba perfeccionándose el nudo de la corbata. Minutos después aparecieron en el corredor donde Santiaguito y Bobby los esperaban. El ascensor los llevó suavemente a la planta baja; ahí estaban los amigotes de Juan Lucas, grandes saludos, ¿en qué restaurant cenamos? Un aperitivo primero en el bar y luego veremos. El del golf se conocía todos los lugares: los típicos, los típicos caros y los solamente caros. Y algunos toreros para que Santiaguito lo admirara más que nunca, a partir de esa noche, ¡qué no sabía!, ¡a quién no conocía! Recién llegaban los aperitivos y ya estaba animadísimo, muerto de risa, chocho como nunca con Susan, como con ninguna y es que como ella ninguna y ¡olé!, ¿qué piensan?, ¿se nos casa Juan Lucas?, ¡hombre!, ya eso es más difícil: habían estado conjeturando los amigotes, y ahora, felices ahí en el bar, viendo llegar los aperitivos, mirando a Juan Lucas mirar a Susan, ¡hombrée!, un brindis por la pareja no vendría mal...
En Chosica las cosas marchaban como para que los de Europa se quedaran años allá, si querían. Julius se sentía cada vez mejor, hasta bizqueaba menos, en realidad ya casi no bizqueaba aunque siempre se le veía muy flaco, sobre todo la carita de frente, por las orejas pegadas con esparadrapo y cinta engomada. Toleraba a la señorita Julia sin quejarse pero encontraba que Julio Verne era mucho más entretenido. Lo había descubierto en uno de sus paseos por Chosica Baja, mientras Vilma se iba de ojitos con el dependiente de una librería. Chosica Baja deslumbraba a Julius con su mercado lleno de frutas y de animales muertos colgando de inmensos garfios. Últimamente había empezado a ir todos los días con Vilma y Nilda para lo de la compra de los víveres. Ya hasta lo conocían y lo recibían con sonrisas: era el niñito orejudo que venía con la cocinera insolentona y el ama requetebuena.
Un día, paseándose por ahí, descubrió a un pintor norteamericano con barba, pipa y zapatillas de tenis. Ese sí que lo cautivó de arranque, sentado ahí superraro, pintando a los vendedores y aprendiendo palabras en castellano. Era tartamudo el gringo y simpatiquísimo. «¡A mí, míster!, ¡a mí, míster!», le rogaban los placeros y él les contestaba que po-poco a poco, porque no podía pintarlos a todos al mismo tiempo. Pero en cuanto descubrió a Julius con su canasta rebalsando y con Vilma al lado, les dijo que po-por favor no se fueran, que los que-quería pintar. Y en cosa de minutos hizo su diseño, ya después le pondría colores porque Julius se estaba cansando de sostener la canastota con el pescadazo y porque todo lo que iba diciendo mientras posaba le parecía realmente gracioso y digno de mayor atención. Vilma casi se muere de miedo cuando los invitó a tomar una gaseosa y a conversar un rato. Julius dijo que bueno, pero ella se negó, otro día, estaban apurados. Sin embargo, en ese momento apareció Nilda con su canasta llenecita de ajos, coles, apios, cebollas, etcétera, y nada más por darle la contra a Vilma dijo que sí. Se fueron los tres a un bar-restaurant, una especie de enorme terraza sobre el río, junto al puente colgante.
Ahí Nilda se tomó una cerveza de las grandes y habló hasta por los codos con el míster, contaba y contaba de la selva. Vilma, en cambio, seguía la conversación sonriente pero sin intervenir. Julius era todo ojos y oídos porque Peter, así se llamaba el pintor, ya había estado en la selva y se conocía Iquitos, Tarapoto y Tingo María como la palma de su mano. Además había navegado por el Amazonas y había estado en Brasil, en Belem do Pará y todo. Ahora estaba viajando por el Perú y se ganaba la vida pintando. Lo de la barba era por flojera de afeitarse y la pipa casi nunca la encendía, pero no podía quitársela de la boca. «Es el chupón del míster», comentó Nilda y soltó una carcajada con caries y dientes de oro por montones. Peter no entendió la broma y se limitó a sonreír y a preguntarle más sobre la selva. Ahí sí que Nilda se desató a contarle todo lo que sabía y más. La cosa para ella era seguir hablando, hablar y hablar, exhibirse con el míster en la mesa y cautivarlo, a él y a Julius, a todos, dejarlos con la boca abierta y que Vilma quedara como una sosa; a ver también si a punta de ser entretenida le ligaba su pinturita. Era una mañana feliz para Julius; nunca antes la Selvática había contado tantas historias sobre la selva, nunca antes las serpientes habían sido tan venenosas, ni las tarántulas bebes tan terribles, ni la araña del plátano tan chiquitita y tan fregada. Ignoraba por completo las épocas de la historia, Nilda; hizo mierda la cronología de la selva peruana; su niñez, su juventud, su mayoría de edad en Tarapoto, todo lo iba mezclando y, poco a poco, la selva se fue convirtiendo en un lugar donde los chunchos, completamente calatos para la ocasión, iban y venían por lo verde-peligroso, desde el campamento de los lingüistas hasta el de los evangelistas, por ejemplo, y en el camino se cruzaban con caucheros multimillonarios, mucho más ricos que el papá de Julius que en paz descanse. Nilda se acordaba hasta de los nombres de los que encendían cigarrillos con billetes y se construían palacios en plena selva. La pobre hizo todo lo posible por cautivar al míster pero él no se decidió a pintarla, prefería escucharla mientras hablaba y ya después fue muy tarde, había que regresar para que Julius almuerce. Total que Peter y Julius casi no llegaron a conversar, pero quedaron en verse de nuevo y el pintor prometió avanzar con el cuadro para el día siguiente.
En casa había carta de Francia, carta de la señora para Vilma. Contaba que habían recibido la cartita de Julius justo antes de salir de Madrid; linda, deliciosa, querían que escribiera más. Estaban en la Costa Azul pero no hacía muy buen tiempo. Santiaguito había conocido a una chica italiana y no quería moverse de ahí por nada, por nada quería ir a París. El señor Juan Lucas se iba a encargar de eso cuando llegara el momento. Estaban rodeados de amigos del señor y muy bien atendidos. Ella se sentía un poco más tranquila. Tanto ajetreo y tanto avión la mantenían con la mente ocupada en otras cosas. Esa mañana los habían invitado a pasear en yate (Susan usó la palabra inglesa yacht.). Descansaría mucho en el mar. El mar siempre la había descansado mucho. Estaban felices con lo bien que iba Julius. Los médicos habían vuelto a escribir diciendo que las cosas no podían marchar mejor. Faltaba París, Londres, Roma, Venecia, pero regresarían a tiempo para los seis años de Julius y para ver todo lo de su colegio. Y,
Julius, darling:
Estamos apuradísimos porque nos esperan para pasear en yacht. Tu cartita es simplemente una joya. Todos la hemos leído. Tu tío Juan también. Bobby y Santiaguito adoran al tío Juan Lucas. Tú también lo vas a querer así, darling. Esto es muy importante para nosotros. Mil besos,
MAMI
Veinte minutos después, Susan, Juan Lucas, Santiaguito y Bobby navegaban en La Mouette, invitados por uno de los amigos que el del golf tenía por ese sector de la vida color de rosas. Navegaban mirando constantemente el cielo, porque al principio parecía que el tiempo no iba a mejorar. Hablaban en inglés para que los chicos entendieran. Pero después, cuando el sol apareció y las horas azules en el mar empezaron a transcurrir, y cuando la langosta con su dejo salado hizo que fueran cinco los sentidos que gozaban del mar, Juan Lucas bebió un sorbo del blanco seco, y arrosquetó como pudo su boca castellana para alabar el vino, empezando así una larga charla en francés, con la mejor pronunciación.
La señorita que le ponía las inyecciones a Julius estaba enferma, por eso llegó Palomino. Llegó una tarde en bicicleta y con maletín negro de médico, con iniciales doradas y todo. Tocó el timbre importantísimo y, cuando Celso le abrió la puerta, dijo que venía a buscar al niño Julius, como si fuera un amigo que venía a visitarlo. Hasta se sentó en el vestíbulo. Celso lo odió. Palomino, por su parte, despreció a Celso. Era estudiante de medicina el cholo y se ayudaba poniendo inyecciones. Se creía el don Juan de Chosica, lo cual lo obligaba a estrenar impecable terno azul marino, todos los años en fiestas patrias. La verdad es que era el rey de las amas del Parque Central. Además ponía realmente bien las inyecciones y vivía orgulloso de eso (él mismo lo decía).
En esos días la situación andaba muy tensa entre Vilma y Nilda, y casi había estallado precisamente el día en que Palomino vino por primera vez. Julius andaba metido en el cuarto de Nilda, preguntándole cuándo pensaba bautizar a su bebe. Nilda, primero, casi lo mata de la impresión diciéndole que ella no era católica sino evangelista. Después le explicó lo que era ser evangelista y le contó que había muchas religiones y que la católica no tenía necesariamente que ser la verdadera. Lo poco o mucho que entendió el pobre Julius bastó para que se quedara turulato. Se quedó el pobre con los ojos abiertos enormes y con las manos pegadas al cuerpo, estático y como esperando más todavía. Fue en ese momento que el bebe de Nilda empezó a llorar y que ella lo cargó con una mano, como si fuera un paquetito. Con la otra mano se desabotonó el vestido y extrajo un seno enorme, fofo, con un pezón rosado-increíble-con-granitos y empezó a darle de mamar. Le seguía contando lo del evangelismo y él no se podía ir. Estaba temblando. Ya no podía más. Sentía agua amarga llenándosele en la boca. Muy tarde miró la puerta, vomitó. Aun mientras vomitaba sentía que no hubiera querido vomitar ahí. En ese instante entró Vilma buscándolo y como que captó toda la escena, tal vez por lo predispuesta que andaba contra Nilda desde lo del cuchillo, el otro día. Además, lo del pintor Peter en el mercado había empeorado mucho las relaciones. Julius miraba a Vilma en busca de ayuda, no atinaba a nada. Miraba al suelo sucio, a Vilma y a Nilda siempre dándole de mamar al bebe, ahí seguía el seno. Vilma acusó a Nilda de una barbaridad de cosas y la Selvática le dijo que esperara no más a que termine con el bebe, que la iba a matar. Por suerte, en ese momento llegó Celso anunciando que un tal Palomino había venido para lo de las inyecciones.
Vilma se fijó bien que Julius no se hubiera ensuciado la ropa y le humedeció la boca con una toallita perfumada. Sabía que estaba prácticamente sano y que lo del vómito era por otra cosa, mejor pues que no se enterara nadie y mucho menos los médicos y el de las inyecciones. Palomino se puso de pie al verlos aparecer, ni se fijó siquiera en Julius, en cambio a Vilma casi se la come con los ojos. «¿A quién tengo que ponerle la inyección?», preguntó. Sabía perfectamente que era al niño, pero quería que ella se lo dijera, para replicar qué lástima, mientras aprovechaba unos rayitos de sol que se filtraban para hacer brillar bien las iniciales del maletín de médico. Vilma sonrió, coqueta.
La señorita de las inyecciones no volvió más. Se pasó su mes de descanso y nada. Era Palomino quien venía siempre ahora; venía hasta cuando no le tocaba ponerle inyecciones a nadie. Y se pasaba horas conversando con Vilma, cosa que aburría bastante a Julius. A todos menos a ella les cayó antipático con su bicicleta, sus ternos azul marino y su maletín negro. Se creía un medicazo el tal Palomino, pero lo que no sabía era que Carlos, Celso y Daniel lo querían matar. Nilda, por otro lado, gritaba que Vilma era una tal por cual y que esperara no más a que llegara la señora, a que se enterara, ya ni se ocupaba del niño Julius por andar coqueteando con el enfermero ese. Palomino despreciaba olímpicamente a todos, ni siquiera los saludaba. Cada día se pasaba más horas metido en el jardín y una vez hasta se olvidó de ponerle su inyección a Julius por estar conversando con Vilma. Otra vez, vino con máquina de fotos y la tuvo posando largo rato. Carlos y los mayordomos habían salido, Nilda andaba ocupada con su hijo y Arminda y su hija sabe Dios por dónde andarían. Lo cierto es que el pobre Julius estaba loco por salir a buscar al pintor Peter en el mercado. Le había dicho que iba a ir esa tarde, pero Vilma no le hacía caso. Y Palomino hasta le gritaba que se aguantara un poco, que no fregara. Así, hasta que Vilma apareció en ropa de baño, una que le había regalado la señora y que le quedaba a la trinca. Parecía aspirante a rumbera con esas poses de artista tan mal aprendidas. Lo que sí es verdad es que estaba como mango la chola, y Palomino dale que dale, foto y foto, desde todos los ángulos, en blanco y negro, hasta en tecnicolor, según él, y las horas pasaban y el pobre Julius esperando. Por fin se escapó.
Reconoció fácilmente el camino hacia Chosica Baja: era solo cuestión de tomar la primera calle a la izquierda y llegar, dos cuadras más allá, al Parque Central. Seguir siempre de frente hasta encontrar una de las escaleras que bajan a la avenida 28 de Julio, la principal de Chosica Baja, ancha, llena de tiendas, bazares y bodegas. En una de sus últimas bocacalles estaba el mercado, al fondo, cerca del río, no era difícil ubicarlo. Claro que la aventura era como para asustar a cualquier niño de su edad, pero Julius, llevado por el ansia de encontrar al pintor Peter del mercado, olvidó el miedo y no se sintió perdido en ningún momento. Y ahí estaban ya los kioscos, los puestos, los petates de los ambulantes, las verduras, los pescados brillantes y los trozos de vacas y toros colgando colorados e inmensos. Y ahí estaba Peter, también, con su paleta y todo su instrumental en una bolsa. Conversaba con una placera, rodeado de curiosos, posibles carteristas y admiradores sinceros. Su pipa se desplazó ligeramente hacia la derecha cuando sonrió al ver a Julius, lo llamaba con una mano y con la otra le señalaba algo allá al fondo, en un kiosco. Julius se acercó y, por primera vez en su vida, le dio la mano a alguien por iniciativa propia, sin que nadie, a su lado, le dijera saluda niñito.
El pintor Peter del mercado lo introdujo al grupo y le dijo tartamudísimo que ya le tenía listo el cuadro y que se lo iba a regalar. Después le preguntó por Nilda y por Vilma, y Julius le contó que se habían quedado ocupadas en la casa, por eso había tenido que venir solo, pero no se había perdido ni nada. Peter sonrió. Estaba muy atareado con sus clases vivas de castellano (así le llamaba él a conversar con la gente, por la calle). La verdad es que aprendía y mucho, pero su acento era francamente malo y no faltaba quien lo tratase burlonamente. Con cariño, eso sí; cariño y respeto porque el míster se había convertido en una especie de institución en el mercado, siempre pintando, siempre conversando, siempre contando de su país, de sus viajes, siempre con la pipa en la boca, tartamudeando además. Mucho trabajo le costaba comunicarse con los nacionales, pero insistía.
Unos diez minutos después se despidió de todos y se fue con Julius hasta el kiosko donde tenía guardada la pintura. Julius la cogió con ambas manos y estuvo largo rato mirándola, antes de decir que le gustaba y que muchas gracias. Ahí estaban él y Vilma igualitos y la canastota con el pescado asomando por el borde, los puestos de verduras sirviendo de fondo. Pintaba muy bien su amigo. Julius le dijo que se iba a llevar el cuadro a su casa y que lo iba a colgar en su dormitorio. Su casa en Chosica era nueva, explicó, faltaban cuadros. El pintor Peter del mercado le preguntó si quería venir al restaurant sobre el río a tomar una gaseosa. Claro que quería.
Estuvieron largo rato conversando frente a las botellas. Julius respondía con precisión a todas las preguntas, le contó enterita la historia de su familia. Nada conmovió tanto al gringo como lo de la carroza que tenían en Lima. Estaba loco por pintarla el pobre, pero seguro cuando Julius regresara a Lima él ya estaría en Cuzco o Puno, aún no conocía esas regiones. Para Peter, era simplemente genial la ingenua versión que Julius daba sobre el esplendor de su familia, sobre su padre, sobre la belleza de su madre, sobre el entierro de Bertha, sobre el tío abuelo romántico y la pianista tuberculosa. Insistía con sus preguntas, quería saber más, pero empezó a notar que se excitaba demasiado cuando hablaba de su hermana Cinthia, no podía recoger el vaso de la mesa, palidecía.
Por eso le preguntó si había cruzado el puente colgante. Muy atinada su pregunta porque la idea de cruzar el río por el puente que tiembla lo fascinó. Vilma nunca había querido llevarlo por ahí. El gringo llamó al mozo y pagó las gaseosas. «Vamos», le dijo, y se pusieron en camino. Antes de entrar, le hizo notar cómo temblaba todito y le preguntó si tenía miedo. Que no, le respondió Julius, adelantándose tranquilamente. Allá iba solito, se acercaba demasiado al borde, Peter espantado pero no le decía ni pío, no porque fuera un monstruo sino porque tenía sus ideas muy modernas sobre la educación de los niños.
Y Julius, a punta de hacerle recordar su propia niñez, lo fascinaba. El gringo andaba emocionado y todo. En el fondo era un solitario y últimamente... Al otro lado del puente, le señaló el Hotel de la Estación. Se estaba viniendo abajo de viejo pero tenía historia y encanto. Julius como que captó el asunto y empezó a escuchar con atención mientras Peter le contaba que era un hotel muy antiguo, todo de madera, mira bien, que ya casi nadie se alojaba ahí, pero que en sus buenos tiempos había alojado hasta pre-presidentes y mi-ministros. Por fin Julius no pudo más y le preguntó por qué tartamudeaba. Peter, cesando inmediatamente de tartamudear, le contó que no había nacido tartamudo sino que cuando era niño... Y como Julius ya le había contado de Cinthia y de su bizquera, fue un momento bien emocionante, ahí frente al viejo Hotel de la Estación.
Después estuvieron un rato conversando con un viejo encantador que administraba el hotel y que se sabía la historia de Chosica desde la época del rey Pepino. El viejito hasta trató de convidarles una gaseosa, andaba encantado con el huésped norteamericano, después de años, uno, como si el pobre Peter fuera turista rico y su presencia ahí significara un resurgimiento de ese olvidado sector de Chosica. Eso también fue bien triste; mejor que Julius no aceptara la gaseosa porque tenía un poco de náuseas, además el gringo andaba medio cabizbajo. Solo el viejito estaba encantado.
Y se quedó muy sonriente cuando ellos empezaron a bajar por entre las piedras, hacia el río. Se quedó sonriéndose ahí solito con sus recuerdos, tanto que al cabo de un momento se incorporó para acercarse hasta un punto desde donde pudiera seguir viéndolos. Ahí estaban, abajo, sentados sobre dos piedras, mojándose los pies en el río. Cuánto hubiera dado por escuchar lo que decían, no oía nada. Y es que casi no hablaban. Se limitaban a intercambiar fotografías, diciendo esta era Cinthia, o este era yo de niño, a tu edad, a los cinco años. Así estuvieron un rato hasta que Peter empezó a dar muestras de fatiga, de golpe Julius lo encontró muy pálido. Peor todavía mientras subían hacia el hotel, se le notaba cansadísimo, nervioso. Al puente llegó pésimo. Le preguntó si se atrevía a cruzarlo y Julius le respondió que claro, casi no se mueve, agregó, para tranquilizarlo. Peter sonrió y le pasó la mano por la cabeza al ver que se marchaba. Estuvo un rato mirándolo, allá va, allá, ya no se le ve, cu-cu-cu, quiso decir cuídate, pero se pegó una atracada terrible en la primera sílaba, cu-cu-cu-cu, no había nada que hacer, mañana se iba para siempre, alguien ahí se encargaría de despedirse en su nombre cuando volviera otro día a buscarlo al mercado.
Julius regresó dudando hacia Chosica Alta: Vilma debía estar muy asustada, era su culpa, tenía que aprovechar la escapada, un ratito más, a esa hora los mendigos deberían estar esperando su comida, Vilma se negaba siempre a llevarlo por ahí, seguro lo estaban buscando, era su culpa. Total que se dirigió al colegio Belén. Llegó justito cuando aparecía la mujer vestida casi de monja pero con moño. También aparecieron el hombre que empujaba la mesa rodante con la olla enorme y la monjita buenísima que bendecía todo con su sonrisa. Se quedó medio desilusionado el pobre Julius: los mendigos ni caso que le hacían, lo abandonaron completamente por la olla, y él que pensaba enseñarles el cuadro y decirles que podía traer a su amigo pintor, para que los pintara también. Se había venido cargando el cuadro todo el tiempo y ya estaba un poco cansado; decidió irse porque hasta que terminaran de comer pasarían horas. Ya se iba, cuando la monjita empezó con lo de dondé está tu amá, dondé está tu casá, poqué estás soló, que temeridá, y mil cosas más, desesperada la pobre y con delicioso acento francés. Los mendigos seguían ocupados en ver que les llenaran bien los tazones, ni cuenta se dieron cuando la monjita Bendición se lo llevó de la mano.
En casa había ardido Troya. Todo empezó cuando Vilma terminó de posar para Palomino y fue a ponerse nuevamente su uniforme. En el camino de regreso, se encontró con Nilda, odiándola. La Selvática le preguntó que dónde estaba el niño Julius y ella le contestó que en el jardín, dónde quería que estuviese. Entonces Nilda, como presintiendo algo pegó uno de sus alaridos, ¡Juuuuuuuliuuuuuus!, y nada: definitivamente no estaba en el jardín. ¡Por andar con el picaflor ese! ¡Ahora adónde se habrá metido el niño Julius! ¡A ver si se entera la señora! Vilma solo replicó que no se metiera con ella. Empezaba a asustarse la pobre, cuando la Selvática soltó el segundo ¡Juuuuuuuliuuuuuus!, y nada tampoco. Tal vez en los altos, pero era imposible que no hubiera escuchado. Las dos mujeres presintieron algo malo al mismo tiempo, juntas se lanzaron en loca carrera hacia los altos, tropezándose varias veces en la escalera. Arriba, corrían de cuarto en cuarto: de Julius ni el humo.
–Usted tiene la culpa por zamarra, por andar putean...
No pudo terminar porque Vilma se le fue encima desesperada, y empezaron a matarse contra las paredes, contra los sillones, rodando por el suelo entre chillidos, alaridos, gemidos.
En el jardín, Palomino escuchaba los gritos sin saber bien a qué atenerse; aún no lograba determinar su exacta procedencia, oía ¡auuu!, ¡ayyy!, ¡suélteme!, ¡socorro!, y hasta ¡Palomiiiino!, pero las puertas estaban cerradas y nada podía hacer por intervenir. Los minutos pasaban, ya se había dado bien cuenta que las dos mujeres se estaban matando, empezaba a inquietarse el pobre, lo asustaba pensar que podía verse envuelto en un lío mayor. Y los gritos seguían, escuchaba clarito los alaridos de las mujeres, se estaban matando allá arriba. Nilda le había arañado íntegra la cara a Vilma y ahora Vilma la había cogido por el cuello y la estaba acogotando. En eso llegaron los hombres de la casa. Entraron cargando una cama que acababan de bajar del Mercedes y se dieron con Palomino haciéndose el sobrado en el jardín. Sintieron ganas de matarlo, pero entonces escucharon los alaridos. Carlos soltó la cama y partió la carrera, abrió la puerta principal y subió corriendo hasta los altos. Ahí lo primero que vio fue a las dos mujeres, ya casi sin fuerzas, pero todavía tratando de hacerse daño. Tenían los uniformes rasgados, hechos trizas. Vilma sollozaba tirada en un rincón; en una de las últimas caídas se había roto el meñique y, cuando Carlos la vio, se defendía solo con las piernas de los esporádicos ataques de Nilda.
–El niño se ha perdido –sollozó la Selvática–; por culpa de esta.
Carlos partió la carrera para avisarle a los mayordomos. Los encontró en el jardín, controlando una posible fuga de Palomino, y les dijo que Julius se había perdido por culpa de Vilma.
–Por andar jugándose con el huevas este.
Fue la oportunidad de sus vidas. Palomino sonrió entre sobrado y aterrorizado, trató de iniciar alguna explicación, una palabreadita, pero ya nada ni nadie podía contener a Celso y Daniel. El de las inyecciones guardó su máquina de fotos y empezó a retroceder como quien no quiere la cosa, pero en ese instante le cayeron de a dos y empezaron a matarlo en pleno jardín, entre árboles y cañaveralitos. Lo ensuciaron. Lo despeinaron íntegro. Le rompieron lo que más odiaban en él: la cara, el maletín y el terno azul marino. Por último, lo sacaron a empellones hasta la calle.
Luego corrieron a los altos a ver qué había pasado. Vilma y Nilda ya estaban de pie, pero lloraban sin lograr explicar claramente las cosas. En realidad nadie sabía muy bien lo que había ocurrido ni en qué momento había desaparecido Julius, ni si se lo habían raptado, ni nada. La Selvática dijo que los mendigos esos del Belén eran gitanos y que a lo mejor se lo habían robado a Julius. En ese caso, ya no lo volverían a ver.
–Tal vez algún día vuelva a aparecer trabajando en un circo, pero ya estará nacionalizado gitano, ya ni se acordará de su familia.
Después empezó a decir que no, que lo que había pasado era que el pintor, el gringo ese seguro que era maricón, degenerado, se había raptado a Julius, lo había violado, ya lo había matado. La interrumpieron los alaridos de Vilma enloquecida, lanzándose contra las paredes, maldiciendo su suerte, y a Palomino, ¡ella nunca había coqueteado con nadie!, ¡que la perdonaran!, ¡solo había querido que le tomaran unas fotos!, ¡Julito!, ¡Julito!, ¡Julito!, ¡Dios mío!, ¡qué va a ser de mí! Nilda también gemía, asustada por sus propias palabras; los mayordomos ya no tardaban en imitarlas. Carlos dudaba: llamar a la policía, no se atrevía. ¡Y los señores en Europa!
Cuando en eso sonó el teléfono. Carlos se lanzó sobre él. Llamaban del colegio Belén y ahí estaba Julius. El chofer dijo que inmediatamente pasaba a recogerlo, que por un descuido de la muchacha el niño se había escapado, ahoritita iba por él. El alma les volvió al cuerpo; se miraban sonrientes, temblorosos, agotados, aliviados; se quedaron parados, mirándose sonrientes, avergonzados, mientras Carlos volaba en el Mercedes.
Julius lo esperaba tranquilamente en la puerta del Belén. Lo vio llegar tan nervioso, que se apresuró en decirle que nada había pasado, lo único que la madre no había querido dejarlo irse solo, le tenía miedo a los mendigos, entonces ¿para qué les daba de comer si eran tan malos? En eso apareció la monjita y empezó a resondrar a Carlos, con delicioso acento francés. Carlos agachó respetuoso la cabeza desnuda, para escuchar el sermón; pero no bien vio que la monjita sonreía y se aprestaba a despedirse con una crucecita en la cabeza de Julius, se chantó rápido la gorra para evitar que se la hiciera a él también, no todo lo que lleva hábito es Santa Rosa.
Todos salieron a recibirlo; Vilma y Nilda aún sollozando y con los uniformes destrozados; Celso y Daniel acomodándose un poco los cabellos y con inmensas caras de satisfacción. El mal rato había pasado y ahora lo recibían como al niño pródigo, sin que él lograra explicarse qué diablos había ocurrido durante su ausencia. Las mujeres no lo dejaban reflexionar, lo besaban preguntándole dónde había estado, por qué se había marchado, por qué no había avisado. Julius las miraba atónito y como esperando una explicación, ¿quién les había pegado? Una silla que rodó por la escalera durante la pelea estaba ahí tirada, acusándolas. Vilma no pudo más y rompió nuevamente a llorar y a gritar. Pedía que la perdonaran, ¡nunca más volvería a ver a Palomino! ¡Y Julius era antes que nada para ella!, ¡no faltaría nunca más a su deber!, ¡solo había sido por las fotos!, ¡ella no era mala!, ¡no se dejaba tocar por nadie!, ¡Nilda se equivocaba por completo respecto a ella!, ¡ella no podría vivir sin Julius! Total que Nilda se emocionó y soltó el llanto también; se armó un lloriqueo horrible delante de Julius; los hombres trataban de calmarlas diciéndoles que no había pasado nada, que no hay mal que por bien no venga, en el fondo habían tenido suerte, se habían librado de Palomino.
Julius pensó que tal vez descubriendo el cuadro, mostrándoselo. Mala idea porque no bien Vilma se vio, soltó por enésima vez el llanto al recordar que tenía la cara todita arañada. Y un ojo medio cerrado y el cuerpo ardiéndole por todas partes. Simplemente gemía, la chola hermosa, con la piernota al aire, semidesnuda, arañadísima. Nilda la acompañaba con otros tantos borbotones de llanto; más lloraba, más le dolía porque el labio superior lo tenía partido en dos, reventado, hidrópico, llenecito de cochinada. Había que subir cuanto antes al botiquín y desinfectar las heridas; en seguida correr donde el primer médico que encontraran en Chosica para que le viera el meñique a Vilma; y a Nilda lo que fuera que la hacía quejarse, no podía respirar bien, decía que se había quedado medio acogotada, seguro que ya estaba llegando a la muerte el acogotón que le pegó Vilma. Casi se le vuelve a ir encima, la presencia de Julius la contuvo; era preciso abandonar la violencia y usar la cabeza: ¿qué historia inventarían?, ¿qué le dirían al médico?
Esa misma tarde le enyesaron el dedo a Vilma. La pobre andaba muy dolorida, pero hacía todo lo posible por disimular y por mostrarse eficiente en sus tareas. Seguía a Julius de cuarto en cuarto y trataba de complacerlo en todo. A la hora de la comida, él empezó a contarle lo que había hecho durante la escapada. Le contó que había estado casi todo el tiempo con su amigo el pintor Peter del mercado, que después había ido un ratito a ver a los mendigos y que si no hubiera sido por la madre esa, habría regresado mucho antes a la casa, ella no había querido dejarlo venirse solo. En esas estaba, cuando Vilma notó que empezaba a ponerse muy nervioso, más hablaba, más excitado se iba poniendo. Y seguía hablando, repetía la historia, la cambiaba cada vez, como si necesitara seguir hablando, nunca lo había visto así. Corrió a llamar a Nilda, con quien acababa de hacer definitivamente las paces, se habían liberado las cholas, como el mito griego se habían reconciliado por la lucha, por el dolor. La Selvática llegó fingiendo calma y dispuesta a ayudar a su colega, pero Vilma notó que desde que entró al comedor, Julius hablaba más aún, más rápido que antes, mucho más rápido, las cosas empeoraban en vez de mejorar. De golpe perdió el apetito y, mientras contaba y contaba de él y de Peter, iba soltando ya no quiero, llévense el plato, su amigo el pintor lo había llevado hasta el río, llévatelo Vilma, le había presentado al viejito del hotel de madera de la Estación, no tengo hambre, del Ferrocarril Central. Vilma salió disparada a llorar en la cocina. Nilda tampoco aguantó, se fue para mandar en su lugar a los mayordomos. Julius sintió un profundo alivio al ver que entraban los dos mayordomos sonrientes y con las caras enteritas. En seguida llegó Carlos con el frasquito de calmantes, el médico había dicho que recurrieran a ellos si era necesario.
–A ver, Julián...
Tenía razón Carlos: al día siguiente despertó tranquilo, había dormido bien. Se sentía muy bien y estaba listo para su clase con la señorita Julia. A la profesora solo se le contaría que Vilma y Nilda habían peleado por cosas de ellas, no tenía por qué enterarse de más detalles. Nuevamente reinaba la calma en Chosica y todos alrededor de Julius trataban de probarse que no había ocurrido nada. Él también.
Al principio, Vilma no se atrevía a darle cara a la señorita Julia, pero se animó a asomarse cuando apareció Nilda, más selvática que nunca, con un pedazo de carne cruda en el ojo derecho, y la expresión «¡y a usted qué le importa!», marcada a gritos en lo que le quedaba de mirada. Delicadísima, la señorita Julia se dio por enterada, sin comentario alguno, del vulgar asunto de sirvientas y cocineras. Nada tenía que ver todo eso con su mundo de eterna estudiante de la Facultad de Educación de la Cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Más Antigua de América. Mucho menos con su mundo de profesora de Gran Unidad Escolar Obra del Gobierno del General de División Manuel A. Odría, Que Bajó al Llano en 1948. Nada que ver tampoco con su mundo de Clases de Castellano y Reglas de Gramática. ¿Acaso sabían esas infelices lo que quería decir Sintaxis o Prosodia?, ¿o quién era Rubén Darío?, ¿o quién fue el poeta de América? Ella, en cambio, era el más delicado producto del Manual de Carreño, sabía decir «provecho», cuando veía a alguien comiendo y, lo que es más, responder «servido», cuando alguien le decía a ella «provecho». Ahí estaba sentada junto a Julius, insistiendo en la Ortografía, con los brazos y piernas llenecitos de vellos largos, lacios y negros, bien separados uno del otro, paraditos todos. Antipática con su trajecito sastre de combate y con su carterita llena de billetes de ómnibus, de ida y vuelta compraba siempre. La mejor ondulación permanente de todo Jesús María. Y, por supuesto, encantada de estar en casa de millonarios, aunque no esté la señora, con ella sí que le gustaba hablar. Pero la señora no le contestaba ni pío cuando ella comentaba lo del Poeta de América, y lo de que ya es hora de que alguien haga un estudio profundo sobre la poesía de Vallejo, un vacío en las Letras Peruanas. Algún día ella haría su tesis, pero Vallejo era demasiado profundo para que ella hiciera su tesis sobre Vallejo y llenara el profundo vacío. De cualquier modo, ella optaría su título de pedagoga y ganaría mucho más y ya no tendría que ganarse la vida con clases a domicilio, tomando té en la repostería, con la servidumbre de las casas que visitaba, esperando que las señoras ricas, a quienes ella tanto admiraba, prescindieran de sus servicios cuando menos se lo esperaba, como la señora Susan cuando Cinthia: hará lo mismo el día que este orejón vaya al colegio... Mucho pensar y ya estaba amarga la señorita Julia, ya había adoptado la actitud psicológica del que espera que se le pare la mosca: Julius se equivocó, le chantó el pellizcón.
Julius gritó y Vilma vino, pero no se atrevió a intervenir por temor al castellano significante de la maestra. En cambio la malhumorada señorita aprovechó para decirle que estaba horrible, hija, ¿quién la había magullado así?, pero la interrumpió Nilda que entró preguntando desafiante por qué había gritado el niño. Julius dijo que lo habían pellizcado, y la Selvática furiosa empezó a gritar que si querían hacerlo vomitar o qué, tanto que el pobre sintió ligeras náuseas y pidió continuar, probablemente para evitar más líos. La señorita Julia se asustó y dijo que iban a continuar, pero la cocinera se quedó parada montando guardia hasta el fin de la clase. Y no le fue tan mal porque se entretuvo con el poemita que la maestra empezó a enseñarle a Julius para el día de la madre. Faltaba mucho para el día de la madre pero justamente así él tendría tiempo para aprenderlo bien de memoria, le iba a gustar el poemita, a tu mamá también. Qué le quedaba, ahí estaba el pobre paporreteando uno de esos poemas que se recitan mientras se le entrega a mamá el ramito de flores, en el baño de la casa, por ejemplo; la cogen desprevenida a mamita y es horrible; te mueres de vergüenza.
Si no hubiera sido por Dora, la hija de Arminda, la lavandera, se habría podido decir que todo marchaba perfecto en Chosica. Los médicos ya para qué iban a venir, Julius no podía estar mejor. A Palomino solo hubo que reemplazarlo tres o cuatro veces, no se necesitaban más inyecciones. A Vilma el dedo le quedó muy bien cuando le quitaron el yeso; se estaba portando a las mil maravillas. Por las tardes, salían todos en el Mercedes y se iban hasta el Palomar o a presenciar partidos de fútbol que veintidós cholos, con veintidós uniformes distintos, toda clase de zapatos y hasta descalzos, jugaban en canchas improvisadas al borde de la carretera. A veces también había partido en el Parque Central, pero ahí sí cada equipo con su uniforme y todos con sus chimpunes. Al regresar de uno de esos partidos, una tarde, encontraron a Arminda hecha polvo: Dora se había escapado con el heladero, se había largado con él a Lima.
Cuando volvió, Arminda la recibió a bofetadas, hasta la amenazó con el cuchillo de la cocina, pero Nilda se lo reclamó inmediatamente. Qué no le dijo, la pobre Arminda. Y Dora insolentísima. Ni caso. Burlona. Altanera. ¡Dónde habría aprendido! Respondona. Nilda sugirió quemarle la lengua, si fuera su hijo... Se iba a morir del colerón la pobre señora Arminda, tan buena, tan corazón noble como era. ¡Si se lo estaba diciendo! ¡Qué falta de educación por Dios! ¡A su madre! Ya le iba a pegar. Sí, que le pegara. Así. ¡Cuarenta años!, ¡más de cuarenta años con la cabeza metida en un lavadero y los pies helados! ¡Friega que te friega! ¡No!, ¡no tenía alma! ¡Era un monstruo como su padre! Gritaba y gritaba, la pobre Arminda, se iba a morir del colerón, Julius estaba asustadísimo y ahora el bebe de Nilda berreando, Dora protegiéndose como podía de los golpes y Nilda extrayendo el seno. Al día siguiente, Dora había desaparecido. Dejó una notita diciendo que se iba para la sierra con el heladero de D’Onofrio. Arminda agachó la cabeza para envejecer.
«¡La señora se casa con el señor Juan Lucas!», gritó Nilda, con la carta abierta en una mano. Julius acababa de llegar del mercado, donde por sexta vez le habían dicho que el pintor Peter se había marchado sin dejar dirección. Se lo estaba imaginando sentado al borde del Titicaca, paleta y pincel en mano, cuando escuchó el alarido de la Selvática. «Dame la carta», le dijo, juntando los tacos y separando las puntas de los pies. Nilda se la entregó, él empezó a leer algunas palabras, pero quería enterarse más rápido y se la pasó a Vilma. Pegó las manos al cuerpo.
Julius, darling:
Estoy muy emocionada. Tío Juan y yo nos acabamos de casar en una iglesita de Londres. Solo han venido algunos amigos suyos, y de papi y míos. Estamos felices. Santiaguito y Bobby están con nosotros. Tú vas a ver cómo vas a querer a tío Juan Lucas. Es un amor. Como tú. Hace solo dos horas que estamos casados y ahora nos vamos a almorzar a un restaurant por Onslow Gardens. ¡Cuánto daría por que estuvieras con nosotros!
Estoy feliz de saber que ya estás bien. Pronto se acaba nuestro viaje. Falta Venecia, Roma, no sé bien, pero ya deben ir preparando el regreso a Lima porque nosotros volvemos pronto. Pasaremos un verano lindo en Lima con tío Juan Lucas; ah, ¿darling? ¿Qué te parece?, y después Julius al colegio. Corro donde Juan Lucas. Me espera en el bar. Todos te besamos mil veces.
Tenía aún puesto el traje verde con que se había casado. Se sentía la mujer más hermosa de la tierra, la más dichosa. Lo era, probablemente, esa mañana, mientras caminaba linda hacia el bar del hotel. Ahí estaba Juan Lucas, mirándola venir. Junto a él, Santiago y Bobby, francamente bellos con sus ternos oscuros y esa elegancia poco preparada que Susan prefería en los jóvenes. Conversaban con gente que acababan de conocer, con los amigos de su padre, los increíbles John y Julius, borrachos, encantadores como cuando ella los conoció, ¡fue ayer!, ayer cuando conoció a un peruano en Londres y se casó con él en Lima, ahora se casaba en Londres con un peruano conocido en Lima. Pensar que Juan Lucas estaba en Londres cuando ella salía con Santiago... Ayer le prometió a Julius ponerle su nombre a uno de sus hijos y ahora, al verlo, había corrido a escribirle unas líneas a Julius... Sonrió al unirse al grupo, en el bar, prefería no recordar, Juan Lucas la ayudó: la recibió cogiéndola suavemente por la nuca, mientras hablaba, trayéndola con cariño hacia él mientras seguía contando entretenido, feliz. Susan sintió el peso del freno tibio en el cuello, reaccionó con un gesto igual al del león de la Metro, abrió tensa la boca, pero mientras recorría el camino del gesto hacia el hombro de Juan Lucas, fue descubriendo que su cuello se acomodaba perfecto en la curva tenaz, deliciosa de la mano; recibió una copa, pasando el otro brazo por la espalda de Juan Lucas, inclinando la cabeza, casi escondiéndose bajo el mechón rubio que se derrumbaba interrumpiendo precioso la perfección oscura, para la ocasión, que vestía Juan Lucas. Cerró la boca en una sonrisa. Nadie notó la brevedad de su gesto. Y ella, al sentir que abandonaban su nuca, estuvo a punto de repetir el gesto, casi vuelve a girar el cuello hacia el otro lado pero tuvo miedo de no encontrarse en la mano, de exigir demasiado, de morder y que fuera un recuerdo, ya no el momento, que se le iba, ¿sí?, ¿cómo?, le estaban preguntando algo. Regresaba siempre de estados así de tiernos, por eso la encontraban tan linda, por eso le perdonaban todo, la querían tanto.
V
El palacio los esperaba lleno de luz. El sol de ese verano se filtraba por las amplias ventanas y llegaba hasta los últimos rincones, alegrándolo todo. Entre Celso y Daniel habían logrado que cada cosa volviera a relucir y que los pisos recuperaran el brillo de antes. Todo recuerdo ingrato debía desaparecer, todo estaba listo para una nueva vida, y ellos se aprestaban a servir al nuevo señor. De tanto cocinar, de tanto planchar, encerar, barrer, baldear, de tanto lustrar se habían acostumbrado a que la niña Cinthia ya no estuviese.
Madrugaron el día del aeropuerto. Nilda llenó la despensa de productos alimenticios, mientras Vilma controlaba la ropa del niño y Carlos limpiaba los automóviles. A Julius le dijeron que no se fuera a meter en la carroza y que esperara tranquilito la hora de partir. Lo habían vestido prácticamente de primera comunión y le habían puesto su corbatita de torero. Esperaba nervioso, recordando, asociando este segundo viaje al aeropuerto con el primero, prefería no esperar en el salón del piano. A cada rato venían a verlo; lo encontraban siempre tranquilo, muy bien, él mismo lo decía, sin quererlo estaba aprendiendo el arte del disimulo y las manos tembleques.
Carlos le conversó durante todo el camino. Le iba diciendo que Santiaguito volvería hecho ya todo un hombre. En casa habían decidido lo mismo: Santiaguito iba a cumplir dieciséis años, tenía que regresar convertido en un hombrecito, Europa tenía que haberlo cambiado. Insistían en esa idea, como si unos cuantos meses de ausencia fueran suficientes para que aceptaran la superioridad del niño, haciéndolo crecer en sus mentes. Bobby también ya iba para los trece, entraba a secundaria, ya no volvería a usar pantalón corto, estaría muy crecidito. Se acercaban al aeropuerto, y Carlos seguía habla y habla en su afán de entretener a Julius, estaba alegre Carlos, te has divertido bastante en Chosica, ahora unos mesecitos más y al colegio, así es la vida, todos crecen, todos vuelven...
Todos vuelven al lugar donde nacieron, cantó Carlos, bembón, disforzado de alegría, señalándole el avión, encantado, «ahora con tal de que no nos haga la de Jorge Chávez», dijo, por decir algo, «con tal de que no se nos vaya de culata, a ver, prepárese para saludar a su mamá». No podía quedarse callado, ni quieto tampoco, no lo dejaban mirar: sí, sí, el avión que él escogió para Cinthia, Cinthia, Cinthia, los altoparlantes lo confirmaban: Air France, vuelo 207, procedente de París, Lisboa, Pointe-à-Pitre, Caracas, Bogotá, Lima. Sintió náuseas pero no era el momento...
Los dos se aguantaban. «Ábrete Sésamo», parecía decir Carlos, parado inquieto ahí en la terraza, esperando que se abriera la puerta del avión, a ese animal sí que le tenía mucho miedo, el cielo para los ángeles, gallinazo no vuela más alto del techo, pero ¿por qué no abren? Ya hasta se estaba poniendo agresivo el chofer, se autocriticaba y todo: pero ¿qué te pasa?, ¿qué tanta emoción?, ni que fuera tu mamá la que llega, llega tu jefe y nada más... Pero no bien vio que se abría la puerta del avión, se quitó la gorra, llega la patroncita, y empezó a tararear valsecitos criollos, como siempre que se mortificaba por algo que no debía mortificarse. «¡El señor Juan Lucas!», exclamó, al verlo aparecer en la escalinata. Julius postergó el vómito para otro día y empezó a hacer adiós como loco. En efecto, ahí estaba Juan Lucas, vestido para la ocasión (probablemente el día en que haya terremoto aparecerá Juan Lucas gritando ¡socorro!, ¡mis palos de golf!, y perfectamente vestido para la ocasión). Junto a él, una aeromoza que hubiera querido pasar una temporada con él: la niña andaba en la época aventurera de su vida, volaba y aún no quería casarse. Pero se fue a la mierda cuando apareció Susan; eso que apareció aterrada, como diciendo adónde me han traído, no reconocía, sabe Dios en qué había estado pensando en los últimos minutos. Linda, de cualquier manera, mucho más linda ahora que se mataba haciéndole adiós adiós adiós, sin haberlo visto todavía. Se quitó las gafas de sol y casi la mata la luz inmediatamente se las volvió a poner, ¿dónde está Julius? «¡Allá, mamá!, ¡allá!», le gritaba Santiago, en la oreja, por el aire, «¡allá!, ¿no lo ves?». Veía a Carlos, no veía a Julius. ¡No importa, mamá!, ¡baja! ¡No dejas pasar a nadie! Se habían apropiado de la escalinata. ¡Apúrate!
Por supuesto que pagaron varios sueldos de alguien por exceso de equipaje, pero eso no era nada. Lo principal venía por barco, palos de golf para todo el mundo, colecciones enteras; ropa inglesa, francesa, italiana; regalos hasta para la lavandera, comprados así, por montones, sin escoger realmente; licores raros, finísimos; adornos, lámparas, joyas; más colecciones de pipas Dunhill con sus tabaqueras de cuero y su puntito de marfil en cada una. Había sido un viaje feliz, demasiado corto, ahora que ya se sentían en Lima. Imposible resumirlo así, en tan poco tiempo. La gente les preguntaría. Todo lo que contaran era poco. En fin, ya de eso se encargarían las crónicas sociales con «inimitable mentecatería», según Juan Lucas. Hablarían de su viaje sin que ellos lo quisieran... (Ya por ahí no me meto: eso es algo que pertenece al yo profundo de los limeños; nunca se sabrá; eso de querer salir, o no, en «sociales», juran que no...).
¡Cómo había cambiado el palacio! ¿Quién había comprado esos muebles tan bonitos? ¿Quién había escogido esas pinturas para las paredes? Órdenes de Juan Lucas llegadas en alguna carta dirigida a algún apoderado de buen gusto y eficiente. Carlos seguía cargando las maletas de cuero de chancho, con cara de yo-ya-estuve-con-ellos, y se sentía superior. Vilma notó que Santiaguito ya era un hombre y que la miraba. En seguida se fijó en Juan Lucas, el señor, y aceptó su elegante metro ochenta y siete, sin explicarse por qué, en realidad sin comprender tanta fama de buenmozo, la verdad, no se parecía a ningún artista de cine mexicano. Era para la señora. Volteó nuevamente y Santiago la seguía mirando. Nilda se había lavado las manos de ajo, para soltar su grito de felicidad, interrumpido esta vez por la mueca del señor, qué tanta euforia de las mujeres, que desaparezcan de una vez, que esté todo instalado ya, que haya un gin and tonic en alguna terraza ventilada de este mundo. Susan sí los quería, pero había toda la tradición de Nilda oliendo a ajos, además Arminda estaba llorando, no tardaba en persignarse y arrancar con eso de Dios bendiga a los que llegan a esta casa. Pobre Susan, hizo un esfuerzo y besó a la cocinera pero, ya ven, Arminda estalló con lo de su hija Dora y el heladero de D’Onofrio. Celso y Daniel tuvieron que abandonar el equipaje para venir a consolarla y, de paso, arrancársela a la señora de los brazos. Por fin Juan Lucas terminó con tanta confraternidad; sus brazos se extendieron nerviosos, años que no se escuchaban órdenes superiores en el palacio, Susan lo admiraba: ponga las maletas en su sitio, por favor; con cuidado de no arañar el cuero; suban para que nos ayuden a colgar las cosas; mujer, ya no llore, por favor. No sabía su nombre, tampoco el de Nilda que reaparecía gritando que ese era su hijo, que lo iba a educar como a un niño decente, y les enseñaba al monstruito. Juan Lucas empezó a crisparse, las típicas arrugas del duque de Windsor se dibujaron a ambos lados de sus ojos. Julius dijo mira, mami, el hijo de Nilda, y Juan Lucas desapareció, mientras Susan decidía amarlos a todos un ratito y acariciaba al bebe. Celso y Daniel corrieron detrás del señor.
Al día siguiente, por la mañana, llamó Susana Lastarria. Susan sintió una extraña mezcla de pena y flojera al oír su voz en el teléfono. Con verdadera resignación soportó media hora de su envidia y le contó todo lo que quería saber del viaje, de la boda, sobre todo. Finalmente, cuando ella creía que ya iba a terminar, Susana le preguntó si iba a celebrar el santo de Julius. Susan hizo un esfuerzo gigantesco para recordar, captar y expresar en palabras la manera de pensar de su prima: «No», le respondió; «creo que aún es muy pronto para tener fiestas en casa; aunque se trate de niños».
–¡Claro! Me parece muy bien. Tienes toda la razón. Qué diría la gente...
Llegó el cumpleaños de Julius, pero no los regalos de Europa, y tuvieron que correr a comprarle un tren eléctrico. Vino un hombre para armarlo y él se pasó toda la tarde haciéndole demasiadas preguntas. Por fin, a eso de las seis, el tren empezó a funcionar en una sala y toda la servidumbre apareció, aprovechando que el señor no estaba. Julius decidió cuál era la estación de Chosica. Prácticamente se olvidó del tren cuando empezó a contarle de Chosica a su mamá, que era toda para él esa tarde, hasta las siete, en que tenía que cambiarse para un cóctel. Le contó del pintor Peter del mercado, de los mendigos y, cuando se arrancó con lo de Palomino y las inyecciones, Nilda dijo que era hora de cocinar y se marchó. Pero tanto miedo fue en vano porque estuvo de lo más atinado y solo contó lo que se podía contar. Lo hizo tan bien, además, que Susan empezó a agradecerles y a decirles que nunca olvidaría lo buenos que habían sido, el señor los iba a recompensar. Inmediatamente ellos replicaron que no lo habían hecho por interés, a lo cual Susan, a su vez, replicó diciendo que trajeran helados para todos, Coca-Cola también. Nilda volvió a aparecer trayendo al monstruito, seguida por Celso y Daniel con los azafates.
–¡Brindemos con Coca-Cola por los seis años de Julius! –dijo Susan, mirándolos, a ver qué tal recibían su frase.
Le salió perfecto. Se emocionaron todos. Tanto que ella terminó sacando la cuenta y Cinthia tendría ya once años; se le llenaron los ojos de lágrimas anticóctel, se me van a hinchar los ojos. Los sirvientes habían enmudecido. «¿Por qué?», se preguntaba ella, «¿notarán?». En ese instante Nilda, en nombre de todos, dijo que acompañaban a la señora en su recuerdo. Susan se quedó pensativa, en todo están cuando se trata de... ¡qué bárbaros para querer!...
–¡El tren no puede quedarse eternamente parado en Chosica! –dijo, reaccionando.
Todos sonrieron. «Por una vez un cumpleaños sin los Lastarria», pensó Julius, inclinándose alegre para poner en marcha el tren. Todos sonreían mientras tomaban sus helados y sus Coca-Colas. Y el tren circulaba, pasaba y pasaba por Chosica. Sin detenerse porque él se había entretenido escuchándola: Susan les estaba contando de Europa; omitía los nombres para no confundirlos; Francia, Inglaterra, Italia, eso era todo; contaba y el tren giraba, se terminaban los helados y seguía, ni cuenta se daba de que ellos habían volteado a mirar hacia un lado de la sala, miraban con sonrisas nerviosas hacia la puerta desde donde Juan Lucas, Santiago y Bobby, recién llegados del Golf, seguían la escena irónicos, burlándose, avergonzándola.
Ya estaba decidido. Los primeros días después del viaje había tenido muchas reuniones y no había podido ocuparse de eso. Pero ahora acababa de reanudar sus prácticas de golf y tenía más tiempo libre para pensar. Los primeros días después de un viaje siempre son pesados. Había tenido que soplarse mil informes de gerentes y apoderados. Y los hay candelejones, ¡créeme! Había tenido que tomar muchas decisiones sobre asuntos descuidados durante su ausencia. Felizmente todo marchaba bien. Bastaron unas cuantas indicaciones, algunas cartas, algunas reuniones. Todo marchaba nuevamente sobre rieles. Las obras que había encargado hacer en la casa hacienda de Huacho andaban muy avanzadas. Pronto podrían invitar gente a pasar el fin de semana. La verdad es que estaba satisfecho con el giro que habían tomado las cosas durante su ausencia. Le molestaban dos o tres huelgas que se anunciaban. Pero, en fin, eso era Lima. El secreto está en transportar cualquier problema, cualquier disgusto a un campo de golf: ahí alcanza su verdadera e insignificante dimensión. Hay que ver cómo cambia la perspectiva. Un buen golpe, un buen swing se parecía tantas veces a la verdadera marcha de sus cosas. Además, hay tus cosas y las de los chicos. Todo junto, ahora. Ya se estaba viendo eso. Motivo de más reuniones. Reuniones con los nuevos socios norteamericanos, también. Para lo de las fábricas. Les iban a dejar tres fábricas. En fin, como podía ver, habían sido muchas reuniones y aún continuaban llamándolo al Golf, interrumpiéndolo. Pero así son siempre los primeros días después de un viaje. Recién ahora acababa de reanudar sus prácticas y tenía tiempo libre para pensar.
–La verdad es que ayer, saliendo del Club, me provocó. Por qué no, Juan Lucas, pensé, y entonces me di cuenta de que ya estaba decidido.
A Susan le dio un poco de pena abandonar el palacio, pero lo veía tan entusiasmado, explicaba tan bien que solo en una casa nueva podría empezarse una vida realmente nueva... Tenía razón. Además había que ver lo contentos que se habían puesto los chicos con la idea. Santiaguito empezó a gritar que sí, que Juan Lucas tenía toda la razón y que esa era una casa demasiado señorial, demasiado oscura, fúnebre, casi se le escapa que correspondía perfectamente al temperamento de papá. Se calló a tiempo, pero sin poder evitar que lo callado creciera en su mente: papá nunca jugaba golf ni nada, solo le interesaban las haciendas y el nombre de su estudio y ganar juicios, solo pensaba en el nombre de la familia, no seré abogado... Todos allí parecieron sentir que algo caducaba, tal vez un mundo que por primera vez veían demasiado formal, oscuro, serio y aburrido, honorable, antiguo y tristón. No había sino que mirar a Juan Lucas para ver que los estaba salvando hacia una nueva vida, no sé, sin tantos cuadros de antepasados, sin esos vitrinones, sin estatuas, bustos, sí, sí: querían una casa llena de terrazas, una casa donde uno salga siempre a una terraza y ahí estén Celso y Daniel sirviéndote un refresco, donde lo antiguo sea un adorno adquirido o un recuerdo, no lo nuestro. Susan vio envejecer el palacio en un segundo; se levantó el mechón rubio, caído, y descubrió su casa viejísima, le buscó hasta olores. Comprendió entonces que ese nunca había sido su gusto, fue él, yo tenía diecinueve años, le hubiera gustado vivir en esa casa pero en una película. Vio a Santiago, su esposo, en el instante en que se le acercaba por primera vez en una fiesta en Sarrat, al norte de Londres, en casa de los increíbles John y Julius... Lo adoró...
–¿Quién va a ser el arquitecto? –preguntó, en un esfuerzo triunfal, feliz, como el atleta que cruza la raya primero, perseguido.
...Le parecía maravilloso haberlo recordado así, acercándosele sonriente, enamorándose de ella, ahora que la casona con que él soñó empezaba a envejecer...
Conchudo Carlos se metió a dormir en la carroza, una tarde de fuerte calor. Le gustó y decidió que, en adelante, ese sería el lugar para su siesta. Llegaba, se quitaba la gorra, la embocaba por la ventana y se subía sin pensar que era la hora de Julius. Le cambió íntegro el orden de su mundo. Normalmente, los indios, a lo más, llegaban al pescante para que él, desde el interior, alargara un brazo por la ventana y lo despachara de un solo tiro. Pero, de pronto, una tarde llegó y se lo encontró muy bien instalado, durmiendo en el viejo asiento de terciopelo. «¿Por qué estás ahí?», le preguntó, ingenuo, y por toda respuesta tuvo un pedo, acompañado de la palabra conchudo, porque soy un conchudo. En seguida empezó a roncar y él salió disparado a avisarle a Vilma, que estaba terminando de almorzar en la repostería. Nilda intervino gritando que no se acusaba a nadie pero que había hecho muy bien en venir a decir. Vilma no se inmutó hasta que Julius les preguntó qué quería decir conchudo. «Ven», le dijo.
–¡Carlos! Por favor, bájese de la carroza para que el niño Julius pueda jugar... Ya es su hora.
–Y la mía también.
Vilma y Julius se quedaron sin palabras. La chola hermosa se limitó a agregar que no le enseñara lisuras al niño, pero ya Carlos se había cubierto la cara con la gorra y parecía dormir.
–Se hace el que ronca –dijo Julius.
Pero con los días empezó a dudarlo. Tarde tras tarde venía a la carroza y se lo encontraba roncando. Y por más que se quedara, roncaba exacto. Lo cierto es que Celso, Daniel y Anatolio, el jardinero, ya no querían caer muertos gritando ni saltar por los estribos y el pescante de la carroza por temor a despertar a don Carlos, como ellos lo llamaban. Julius trató de cambiar el sistema del juego: ahora él subido en el pescante, salvando a los pasajeros heridos de la diligencia, con gran peligro de caerse de cabeza contra las rocas, de rodar por los cerros... Inútil. No había coboyada que funcionase con disparos en voz baja, sin alaridos de indios enfurecidos.
Y ese verano Susan, Juan Lucas y sus hermanos iban diario al Golf; Carlos se pasaba la tarde desocupado o sea que no había nada que hacer. Solo esperar que despertara, a eso de las cinco y media, y subir a conversar un rato con él.
–¿Qué quiere decir conchudo? –le preguntó, una tarde.
–Yo, por ejemplo –le dijo Carlos, bajándose grandote de la carroza–. Vamos –agregó, desperezándose–; ya va a ser hora de tu baño; Vilma te debe estar buscando.
Media hora después, era él que la buscaba: no había ido a llamarlo a la carroza, no estaba en la cocina, tampoco en los altos. Tenía que estar en su dormitorio. Julius se dirigió hacia la escalera de servicio y, cuando se aprestaba a subir, se encontró con Santiago bajando nervioso, agitado. Pensó que había regresado muy temprano del Golf, pero como ellos casi nunca se hablaban, se limitó a darle pase y subió hacia el dormitorio de Vilma. «¿Se puede?», preguntó. Le encantaba preguntar ¿se puede?
–¡No!, Julius. ¡Un momento! Un momentito, por favor. Ya te voy a abrir. ¡Qué horror! ¡Pero si se me ha pasado la hora de prepararte tu baño!
Había invitados en el palacio. Celso y Daniel, elegantísimos, pasaban azafates llenos de bocaditos y de aperitivos. Susan, linda, triunfaba. Tenía esa manera maravillosa de llevarse hacia atrás el mechón rubio que le caía sobre la frente; reía, entonces el mechón se derrumbaba suavemente sobre su rostro y todos enmudecían mientras echaba la cabeza hacia atrás, ayudándose apenas con la mano, la punta de los dedos; los hombres se llevaban las copas a los labios cuando dejaba el mechón en su lugar, la conversación se reanudaba hasta la próxima risa. Más allá, Juan Lucas comentaba el día de golf con tres igualitos a él y de rato en rato se reían y eran varoniles y solo decían cosas bien dichas. Celso se acercó al grupo y dijo algo en voz baja; algo que debió ser muy gracioso porque Juan Lucas estalló en sonora carcajada y buscó a Susan entre los invitados.
–¿Has escuchado eso, mujer?
–No, darling, ¿qué?
–Aquí el mayordomo me cuenta que el chofer está desesperado porque Santiago se ha robado uno de los carros.
Cada palabra venía con una entonación perfecta, varonil. Susan se quedó estática; lo miraba, no sabía si era bueno o malo lo que había hecho Santiago. Pensó que habría sido malo en la época de su esposo, pero ahora con Juan Lucas...
–Darling, ¿qué vamos a hacer?
–Vamos a esperar –respondió Juan Lucas–. Si regresa y el carro no huele a perfume de muchacha, entonces sí que no dejaremos que se lo vuelva a robar.
–¡Tenía una cita! –gritó Bobby, que había estado todo el tiempo por ahí.
Carcajada general, todos se reían y se llevaban copas a los labios, Susan volvía a acomodarse el mechón de pelo. Era la vida feliz con Juan Lucas y sus amigos, ahí estaban los preferidos, los que sabían vivir sin problemas. Ahí estaba también el arquitecto seleccionado para la nueva casa. «No es un mal chico», pensaba Susan, «pero está demasiado en los grupos en que estoy. No sé si podrá beber como los otros».
A Julius ya lo habían acostado y le habían apagado la luz. Estaba tratando de dormir un poco antes de que los invitados salieran al jardín. Como siempre, después de la comida, los invitados pasarían a la terraza y beberían hasta las mil y quinientas. Habría música y baile. Aunque se durmiera, pues, la música y las carcajadas lo despertarían más tarde. No le quedaría más remedio que asomarse a la ventana. Por ahora podía descansar un rato, recién estaban bebiendo los aperitivos.
Acababa de llegar uno de los socios norteamericanos de Juan Lucas y era realmente un placer conversar con él. Un hombre fino y un excelente jugador de golf. No tenía el acento horripilante de los norteamericanos y había caído muy bien en el Golf. Y en Lima. Su mujer era un gringuita como hay muchas, pero después de un rato uno se daba cuenta de que era inteligente y de que tenía cierto mundo. Con ellos estuvo a punto de completarse un grupo perfecto de gente bronceada, de deportistas ricos, donde nadie era feo o desagradable. Lo único malo es que no tardaban en llegar los Lastarria, qué se iba a hacer, había que invitarlos alguna vez.
Juan Lastarria había casi muerto de infarto de tanto esperar a su horrible esposa. La muy idiota tenía que dejar a sus dos hijos en cama antes de salir a cualquier parte, y él abajo, fumando más de la cuenta y esperando que terminara de arreglarse, para qué, no sé, mientras Susan y Juan Lucas recibían y conversaban hace una hora por lo menos. Por fin llegaron. Él hubiera querido verse una vez más el bigote en un espejo, comprobar que ese terno realmente le ocultaba la barriga, sabía que Juan Lucas era un deportista eximio. Daniel abrió la puerta y Lastarria casi se tira de cabeza al vestíbulo del palacio. Se contuvo y dejó pasar primero a su esposa, horrible. Y ahora venía Susan dejándose el mechón rubio en su sitio y besaba linda a su prima, mientras él se inflaba a más no poder, sacaba pechito y se inclinaba para dar el beso en la mano y Susan soportaba. Al entrar en la gran sala del palacio, Lastarria pensó en tanto antepasado y en tanta tradición, pero el llamado del presente pudo más que todo: ahí estaba Juan Lucas. Lastarria se sintió enano pero feliz. Más feliz aún cuando los otros lo saludaron. Felicísimo, luego, cuando su mujer se perdió entre otras, ah no, ahí está, olvídate Juan y goza.
Y esa misma noche, antes de la comida, anunció públicamente que había decidido jugar golf y que se iba a hacer socio del Club mientras Juan Lucas le hacía señas a uno de sus amigotes para hacerle notar que Lastarria se estaba pasando la noche empinado, seguía llegándoles al hombro el pobre. Poco rato antes de que sirvieran (Nilda estaba ofendidísima porque para estas reuniones encargaban la comida al hotel Bolívar), empezó a perseguir a Susan, a su duquesa, por todas partes. En realidad el pobre se debatía entre Juan Lucas & Cía., y Susan. Eran dos ahora porque el arquitecto de la casa nueva también la seguía y la adoraba. Un jovencito brillante, estaba de moda, pero le faltaba vivir un poco todavía. Lastarria se cagaba en el jovencito brillante y Lima está creciendo porque el arquitecto no sabía quién era Lastarria. A pesar de que hubiera podido interesarle...
Por supuesto que todo en la comida era delicioso como siempre en el palacio y la tía Susana, horrible, quería, pero no iba por nada de este mundo, pedir la receta de tanta maravilla. Se había leído una biblioteca en libros de cocina y nunca había preparado nada igual, de cualquier manera sus hijos estaban mejor cuidados que los de Susan. En cambio Juan, su esposo, ya se había enterado de que todo eso venía del hotel Bolívar y, desde ahora en adelante, él también iba a pedir al hotel y que su mujer se fuera al diablo con sus recetas. «Delicioso, my duchess.», y trataba de ganar el primer lugar en la cola de a dos que formaba con el arquitecto. Los igualitos a Juan Lucas y Juan Lucas hablaban de unos terrenos estupendos, no muy lejos de Lima, y de las posibilidades de formar un nuevo club de golf. Al norteamericano también le interesaba el asunto y proponía reunión para mañana en Rosita Ríos, se estaba acriollando el gringo y, además de ser simpático, toleraba muy bien los picantes costeños. Ya en su viaje anterior había regresado a Nueva York con varias botellas de pisco, más unos huacos y, según contaba, dejó cojudos a sus socios allá con el pisco sauer. Todo el mundo quería la receta en Nueva York y todo el mundo quería invertir dinero en el Perú, si el gringo continuaba en ese plan y, además bastante fino, iba a ser uno de los primeros socios norteamericanos del Club Nacional. Y Susan tenía la oportunidad de practicar su exquisito inglés con Virginia, la esposa de Lester Lang III (el gringo pesaba de verdad), y así escapar momentáneamente a la persecución del arquitecto y Lastarria. Ninguno de los dos sabía inglés y no se atrevían a hacer el ridículo frente a la extranjera. Se quedaban esperando mientras Susan hablaba con ella y, si se demoraba, Lastarria partía la carrera hacia el grupo de Juan Lucas y los otros campeones, sonreía al llegar, alzaba y metía su copa entre el círculo para que le hicieran caso, por favor, y les juraba que iba a hacerse socio del Club. Lo terrible era cuando aparecía Susana buscándolo para decirle, por ejemplo, que no bebiera mucho vino blanco y que se cuidara con las espinas del pescado. Él la odiaba porque en los palacios no existen pescados con espinas, ¡qué horrible es, por Dios!, cualquier otro camino hubiera sido bueno para llegar hasta ahí sin ella, pero no había otro camino. Así pensaba Lastarria y por momentos hasta se acordaba de la casa vieja en el centro de Lima, viniéndose abajo, su madre trabajando para pagarle los estudios, pero en eso Susan estaba libre y él se inflaba, sacaba pecho, pechito y partía la carrera. Se tropezó con el arquitecto. Los del golf sintieron que se habían librado de un mal jugador.
Susan estaba pensando que el arquitecto debía tener una novia o algo y que en el futuro mejor viniera con ella. Estaba muy excitado el muchacho y tal vez sería conveniente que no bebiera más. Hizo la prueba de decirle a Celso y Daniel que no le sirvieran más vino, pero fue inútil: cuando el azafate no venía al arquitecto, el arquitecto iba al azafate. Y volvía corriendo con la copa llena para no perderse un instante de Susan, la pasión de su vida. Y hubo vinos tintos franceses y postres y licores y el joven brillante dale y dale y adorando a Susan, ya no dejaba que Lastarria colocara una sola palabra. Quería bailar además, y pedía que subieran un poco la música, que no se escuchaba bien afuera, mientras iban saliendo todos a la terraza. Juan Lucas se enteraba de esas cosas sin verlas, por costumbre, por ósmosis o por lo que fuera. Y tenía sus métodos; tantos años de vuelo le habían enseñado que nada era peligroso en esta vida. Susan vino a decirle que el arquitecto... pero él la cogió del brazo y ella lo adoró y quedó segurísima de que una vez más Juan Lucas resolvería el asunto alegremente cuando llegara el momento. Por ahora estaba hablando de un club de golf en Chile y de un ganado para engordar que traían de la sierra, más unas avionetas para una fábrica de harina de pescado, esto último a Lester Lang III le interesaba mucho. Bobby se había encargado de alzar el volumen del estereofónico y el arquitecto bailaba con Susan, para desesperación de Lastarria. Susana, horrible, trataba de no bostezar entre un grupo de mujeres que tenían o no hijos, pero que habían mantenido la silueta; sabía quiénes eran, sabía quiénes eran sus padres, quiénes sus esposos, pero no las había vuelto a tratar desde la época del Sagrado Corazón. La pobre no sabía qué hacerse entre ellas porque no querían recordar el colegio ni tampoco hablar de hijos que ya deberían estar acostados y no robándose el carro de la casa. Además ella no conocía al profesional argentino, el que había llegado hace poco en reemplazo del otro, este se quedaba más en su lugar, pero así empezó el anterior también y terminó casándose con la socia indicada y ya la gente empezaba a aceptarlo en lugares que no fueran el campo de golf, eran tremendos los profesionales argentinos. Muchas de esas mujeres usaban bikini todavía y se bañaban en la piscina del Club y salían retratadas en los periódicos, los lunes por la mañana. Susana se estaba preguntando quién llevaría esos hogares, quién se ocuparía de esos niños, cuando sabe Dios por qué alzó la cara y divisó a Julius, asomado por la ventana de su dormitorio. Su deber era avisarle a su prima.
El arquitecto de moda llevaba ya tres bailes al hilo con Susan y le estaba describiendo la casa que había soñado construir algún día, por ahí la quería hacer caer el muy ingenuo, despertando en ella el deseo de vivir juntitos en una casa de ensueño. «¿Se la imagina?», le estaba diciendo, cuando Susan notó que su prima la llamaba y aprovechó para sacárselo un rato de encima.
–Susan, Julius está despierto y son más de las once de la noche. Le puede hacer mucho daño trasnochar así.
–Darling, ¿qué haces allá arriba? –preguntó Susan, mirando hacia la ventana por donde se asomaba la cabecita de Julius.
–No puedo dormir, mami; mucha bulla.
Juan Lucas había advertido el asunto.
–Oiga, jovencito –dijo burlonamente–; ¿qué hace usted levantado a estas horas?
–Estoy mirando, tío.
–¿Quiere que le enviemos un whisky?
Julius no contestó, en todo caso no se oyó lo que dijo, pero la tía Susana fue terminante e insistió en que debería acostarse en el acto.
–Darling...
–Déjenlo que disfrute –dijo Juan Lucas–; por una noche qué importa.
La tía Susana, horrible, pensó que eso era todas las noches y ya tenía ganas de irse. El gracioso acento de Lester Lang III la contuvo.
–¿Cuántous fueroun las incas? –preguntó, mirando hacia la ventana donde se dibujaba el rostro de Julius.
–Catorce.
–¡Carhhambas! ¡Fantastic! I don’t know how many presidents there have been in the States. Must revise my history –se había olvidado de sus presidentes el gringo.
Carcajada general de los que entendían inglés. De Lastarria también, empezaba a gustarle el norteamericano y se colocó a su lado y sacó pecho. Lang III no lo captaba muy bien y miró a Juan Lucas como preguntando quién es el del bigote. Juan Lucas le dijo que era un nuevo socio del Club y pariente suyo, Lastarria casi se derrite, con tal de que no se acerque Susana... Por suerte no se acercó, y pudo empinarse bien y sentir cómo lo iban aceptando, después de todo él también pesaba varios millones. Por matrimonio, claro.
Hacia la una de la mañana, el arquitecto de moda había ya desplazado la casa soñada hacia las playas del sur y la había construido sobre una colina, frente al mar.
–Para ti, Susan.
–Qué cosas dices, darling... Mañana te vas a sentir pésimo.
Pero él dale con bailar más, con tambalearse de un lado a otro, ya no tardaba en empezar a llorar de tanto que la quería a esa señora. Las amigas de Susan contemplaban la escena muertas de risa, aunque consideraban que ya se estaba poniendo un poquito pesado el muchacho y trataban de salvarla inventando cualquier pretexto para llamarla. Pero el arquitecto la seguía, venía también donde ellas y se les tambaleaba ahí delante, cómo harían para llevárselo a casa.
Ya bastante tardecito apareció Santiago y al verlo todos recordaron que se había robado el auto.
–A ver, mi amigo –dijo Juan Lucas, llamándolo.
–¿Qué pasa? –preguntó Santiago, entre sonriente y nervioso.
–Venga usted por acá, mi amigo.
Santiago se acercó atravesando entre los invitados. Juan Lucas lo cogió amistosamente por el brazo y se inclinó ligeramente. La tía Susana era toda expectativa, iba a morir de suspenso.
–¿Qué dictamina el juez? –preguntó uno de los del golf, muerto de risa.
–Tell us all about it, Santiegou –de todo quería enterarse Lang III.
–Huele a whisky y está ecuánime. Además huele a perfume de muchacha. ¡Este muchacho sabe lo que hace!
Susan adoró a Juan Lucas y le hizo una seña por lo del arquitecto, mientras todos felicitaban a Santiago y le decían que se merecía un auto propio. Lester Lang III le invitó un cigarrillo y le prometió que para el próximo viaje a Lima traería a su hijo, tal vez para entonces quedaría una chica libre, a no ser que Santiegou... ¡Qué gringo simpático! Todo el mundo festejaba tanta simpatía, menos Susana Lastarria que buscaba a su marido para irse ya, mañana le tocaba salida al ama y cosas horribles por el estilo, delante de los del golf, él sacrificaría lo que quedaba de la noche con tal de que no se metiera con los del golf ni con Lester Lang III. Estaba fascinado con lo de III.
Arriba, Julius acababa de cerrar su ventana para volverse a acostar, a pesar de que sabía que el asunto iba a durar hasta las mil y quinientas y que el ruido le impediría dormir. Le extrañaba que Santiago no hubiera subido a acostarse; había desaparecido de la terraza antes de que él cerrara su ventana y sin embargo aún no subía. Hasta su cama llegaban las carcajadas de los hombres y la risa delicada de algunas mujeres. Reconocía la de su madre, se deleitaba escuchándola entre la música, pero poco a poco lo fue venciendo el sueño y ya no llegó a enterarse del fin de la reunión.
–Nos vamos... Nos vamos todos –decía Juan Lucas.
En realidad lo que pasaba es que el arquitecto ya estaba pesadito. Había llegado al estado en que juraba tener la casa sobre la colina, frente al mar, perfectamente amoblada para mañana por la mañana. Se caía, pero dale con bailar. Y Susan muerta de pena por el muchacho. Pero había llegado el momento de hacer algo con él. Juan Lucas, copa en mano y sonriente, se acercó y lo cogió amigablemente por el brazo.
–Amigo artista...
El arquitecto de moda oyó algo que le gustó, y volteó a mirarlo, tenía que hacerle una casa... Ese pensamiento o el que fuere se le mezcló con la casa soñada y quiso bailar de nuevo.
–Sí, sí... todos vamos a bailar, pero vamos a algún cabaret, algún lugar con más ambiente...
Le hizo una seña a Susan para que desapareciera y continuó ocupándose del artista. «Todos nos vamos; allá nos vamos a encontrar todos», le iba diciendo mientras lo conducía hacia la puerta del palacio. Afuera lo esperaba un taxi que Daniel se había encargado de llamar. El arquitecto se tambaleó hasta la puerta del auto, Juan Lucas lo ayudó a subir.
–Allá nos vamos a encontrar todos –le repitió, cerrándole la puerta antes de que preguntara por Susan.
El taxi se puso en marcha mientras el arquitecto se desmoronaba feliz en su asiento, segurísimo de que allá se iba a encontrar con ella.
Empezó a vivirse la última semana de vacaciones escolares. El verano estaba por terminar y no había más remedio que ocuparse del asunto de los uniformes. Como todos los años, por la misma época, Susan se dio cuenta de que había perdido la dirección de la costurera. Le alcanzaron el teléfono y marcó el número de su prima Susana.
–¿A qué hora se acostó Julius la otra noche?
Susan le dijo que se apurara, por favor, Juan Lucas no tardaba en llegar, tenían que salir con Lester y otros amigos. Susana se sabía la dirección de memoria, se la dio inmediatamente.
–Antes de que me olvide –añadió–, Juan quiere invitar a los Lang uno de estos días; ya les avisaremos para que vengan ustedes también.
–Sí... Juan Lucas va a estar encantado.
Susan colgó el teléfono y llamó a Santiago y a Bobby, para decirles que se quedaran en casa hasta que llegara la costurera, Carlos iba a recogerla después del almuerzo. Los dos protestaron.
–Sí, pero hay que quedarse –dijo Susan, con el tono bajísimo y dulce que empleaba cuando tenía que dar una orden que ella no hubiera cumplido por nada de este mundo.
Bajó a despedirse de Julius, que se aprestaba a almorzar, terminada su clase con la señorita Julia. Era su última semana con la señorita velluda. Lo tenía loco, a toda costa quería que llegara al colegio sabiéndolo todo. Estaba harto el pobre. Susan le dijo que tuviera paciencia, que ya no quedaban sino unos diítas; en seguida le dio un beso y desapareció porque Juan Lucas acababa de llegar para llevarla al Golf, allá se iba a reunir con los Lang para pasar el día juntos. Julius se quedó almorzando en compañía de la servidumbre. Desde el gran pleito de Chosica, Nilda y Vilma se habían estado llevando a las mil maravillas; sin embargo, él notó que esa mañana algo no marchaba entre ellas. La Selvática la miraba demasiado y la Puquiana como que no le daba cara. La aparición de Celso, trayendo al bebe de Nilda, lo hizo olvidar momentáneamente el asunto. Le faltaba mucho todavía para caminar, pero el mayordomo-tesorero lo traía sujeto de ambos brazos, obligándolo a dar unos pasitos casi en el aire con sus piernas chuequísimas. Fue la primera vez que el monstruito hizo algo que no fuera berrear, todos lo festejaron y el almuerzo volvió a adquirir su tono normal y diario. Celso y Daniel empezaron a discutir de fútbol. Uno quería que Julius fuera hincha del Municipal y el otro del Sporting Tabaco. Nilda intervenía gritando que no lo influenciaran, que era malo para el cerebro, que lo dejaran escoger solito.
Por la tarde, Vilma y Julius se instalaron en el pescante de la carroza, para la diaria lectura de Tom Sawyer. Hoy nadie les iba a pedir silencio porque Carlos había ido por la costurera y la carroza estaba vacía. Sin embargo él apenas escuchaba la lectura, andaba muy preocupado con lo del colegio, quería imaginárselo, ¿cómo será?, estaba pensando, cuando el alarido de Nilda lo interrumpió, anunciando la llegada de la señora Victoria, la costurera.
Victoria Santa Paciencia, así la llamaban en el palacio, los saludó como siempre, comprobando que habían crecido un montón desde el año pasado. Continuó, como siempre, diciendo que la habían llamado tarde y que no tendría tiempo para hacerle dos uniformes a cada uno, en menos de una semana. Empezaría, pues, agrandando los del año pasado, para que Santiaguito y Bobby pudieran usarlos mientras tanto. Les rogó, temblorosa, que se pusieran los saquitos y ahí estaban los dos, furiosos, asándose de calor, culebreando porque picaba y ella, tiza en mano, señalando conforme medía.
–O sea que este año te toca a ti –pronunció clarito, al ver a Julius.
No se le cayó ni un solo alfiler de la boca. Julius se quedó cojudo, mirándola mientras seguía habla que te habla con la boca llenecita de alfileres y nada, no se le caía ni uno, como si estuvieran incrustados en las encías. Pidió un café no muy cargadito y con dos cucharaditas de azúcar, y tampoco nada. Al cabo de unos minutos, Vilma apareció trayendo la taza y Santiago la recibió con un Vilma extraño, comiéndose el labio inferior al pronunciar Vil. La Selvática, que andaba por ahí, hizo un ruido con la garganta y se retiró, a Vilma se le derramó un poco de café.
A eso de las seis, Julius subía la escalera de servicio, cuando de pronto se topó con Santiago, se sorprendieron mutuamente, se quedaron parados mirándose.
–¿Qué quieres aquí, mocoso de mierda?
–...
–¿No tienes otro sitio donde estar?
–Voy a buscar a Vilma, tiene mi Tom Sawyer...
–¡Vilma no está!, ¡lárgate!, ¡lárgate o te rompo el alma!
–¡Julius! ¡Julius! ¡Sube! ¡Sube, Julius!
Era la voz de Vilma y él ya iba a seguir subiendo, cuando una bofetada y un empellón casi lo hacen rodarse la escalera. Bajó corriendo y llorando, no paró hasta llegar a la cocina.
Encontró a la Selvática leyendo su periódico. Acababan de raptarse a un niño y estaba maldiciendo contra los gitanos. «¿Qué te pasa?», le preguntó, al verlo llorando. Julius le contó lo de la escalera y Nilda gritó que eso no podía seguir, esta vez no era culpa de Vilma, el niño Santiago era terrible y no había más remedio que avisar a los señores. Él no comprendió bien qué ocurría, solo captó que algo malo andaba haciendo su hermano.
Por la noche estalló el asunto; Celso y Daniel escucharon gritos provenientes del cuarto de Vilma y corrieron a ver: lo chaparon en pleno forcejeo. Y no era la primera vez, confesó Vilma. Diario se le metía al cuarto y ella haciendo todo lo posible por que nadie se entere. Hoy se había propasado el niño Santiago. Los mayordomos le cerraron el paso, primero; luego, cuando él los atacó, lo llenaron de bofetadas, le taparon los ojos para que no viera, la boca para que no los maldijera y se lo llevaron cargadito hasta su cuarto. Tenía tres arañones en la cara, uno cerca del ojo, producto del forcejeo. Vilma no podría volver a usar ese uniforme. Así andaban las cosas cuando llegaron Susan y Juan Lucas, agotados después de un largo día con los Lang. Nilda salió gritándoles la historia en la cara, pero ellos tardaron bastante en comprender y por fin decidieron postergar el asunto para el día siguiente.
–Descansen todos, ahora –dijo Juan Lucas–. Ya mañana veremos.
Lo que vieron mañana fue la manera de deshacerse de Vilma, sin que los demás protestaran demasiado. Al menos, eso era lo que aconsejaba Juan Lucas, sentado en su cama-templete, terminando de desayunar. Si no hubiera sido porque eran las diez de la mañana, uno habría pensado que recién se iba a acostar: ni una sola arruga en su pijama. Susan, linda a su lado, hubiera querido encontrar una solución mejor que esa, sobre todo porque Julius iba a sufrir. Pero él, removiendo el azúcar en el café, una nada más ligero que de costumbre, dijo que ya era hora de que el mocosillo se olvidara de tanta ama y tanta cosa; andaba metido siempre entre la servidumbre o conversando con el jardinero, con cualquiera menos con otro igual a él. Susan le daba la razón, es verdad, darling, pero le daba también tanta pena... Juan Lucas trató de ser terminante: que llamara a Vilma, que le hablara, luego él le daría una buena suma y punto final. Pero ella insistía en tener pena esa mañana, hasta dijo que era culpa de Santiaguito.
–Escucha, Susan: el chico está saliendo con muchachas; es natural que quiera desahogarse... En Lima, a su edad, no es fácil, ¿sabes?... La chola es guapa y ahí tienes... así es...
–Sí, darling, pero ella no tiene la culpa.
–¿De dónde sacas esas ideas, Susan?
–Darling, pero... se... ha... defendido...
–Bien arrepentida debe estar, ¿o tú la crees santa?
–Darling no sé, pero...
–Toca el timbre para que vengan a llevarse el azafate, Susan.
–Darling, Santiago merecería...
–Santiago lo que merece es un poco de golf, esta mañana... Para que se le despeje un poco la mente... eso lo tranquilizará.
–¿Y Vilma, darling?
–Ya te he dicho, mujer: habla con ella y luego yo le daré una buena propina. Mis zapatillas de levantarme... Vamos, mujer, levántese... no sea usted floja... ¡uuuup!
De la cama pasaron al baño; cada uno tenía su baño. Juan Lucas se peinó un poco antes de afeitarse; no resistía sino lo perfecto en el espejo y ahora, mientras se afeitaba, iba instalándose en el día al sentir la firmeza de su brazo varonil deslizando hacia arriba y hacia abajo la navaja de afeitar. Iba retirando la crema blanca, espumosa, de su cara bronceada y se iba identificando con la finura de sus colonias, de sus frascos de Yardley For Men, tres, cuatro frascos para usos distintos que yacían elegantes sobre la repisa de porcelana, junto a otros artículos para caballeros, jabones, shampoos, cosas que olían a hombre fino, for men only como la revista Esquire. De rato en rato tarareaba alguna canción, como para comprobar que su voz seguía siendo para grupos de hombres con whiskies y negocios en la mano, para club, para frases oportunas, pertinentes, para ser respetado por barmans que sabían demasiado. Terminó de afeitarse y ahora el pijama resultaba insoportable, una ducha fresca lo esperaba, donde cantaría un poco antes de envolverse en toallas de vivos colores, también for men only, ya después vendría la camisa de seda italiana, luego lo de escoger la corbata, ninguna mujer sabía hacerlo, cosas de hombres... Poco a poco iría quedando listo para un día más de hombre rico.
En otro baño, uno que tú nunca tendrás, hollywoodense en la forma, en el color, en la dimensión de sus aparatos higiénicos, oriental en sus pomitos de perfume, francés en sus frascos de porcelana de botica antigua, con inscripciones latinas, Susan tomaba feliz una ducha deliciosa. A veces Julius llegaba por esas zonas y escuchaba la voz de su madre pidiéndole una toalla. Corría a alcanzársela y veía aparecer tras la cortina, entre humo, entre vapor, el brazo de su madre que cogía la toalla tarareando. Ahora también tarareaba aunque de rato en rato el nombre de Vilma la asaltaba, obligándola a enmudecer de golpe. Se ocupaba entonces de su cuerpo con el jabón más fino del mundo y era tanto placer comprobar cómo seguía siempre linda, después, mientras se secara, comprobaría una vez más en el espejo que aún podría hacer una escena de desnudo en una película, Vilma también, qué pena, qué pesadilla, pobre Vilma podría hacer una buena escena, medio calata la chola en una película mexicana, las artistas mexicanas son más llenitas, como Vilma, pobre, Juan Lucas va a deshacerse de ella, pobre Julius.
Se iban a un club, al sur de Lima, invitados a almorzar por unos amigos. Se le podía decir al chofer que se tomara el día libre, ellos irían en el sport y le dejarían las llaves del otro carro a Santiago. Todo esto lo había decidido Juan Lucas antes de partir, pero para nada había mencionado lo de Vilma, como si el solo deseo de verla desaparecer hubiese bastado para que la chola se esfumara.
No fue así. Por eso ahora Juan Lucas manejaba bastante irritado e incómodo. El lío con la servidumbre lo había molestado mucho; él no estaba acostumbrado a despedir a nadie, siempre había liquidado a alguien, había despedido a docenas al mismo tiempo pero firmando un papel, como tantos en el día, y eran otros los que se encargaban de su ejecución. Por una vez en su vida había perdido los papeles y Susan, muerta de pena por todo, había sido impotente para ayudarlo. Se moría de pena por Julius, qué tontuela, con cualquier otra empleada todo volvería a ser lo mismo, qué era eso de tomarle camote a la gente. «Qué tontuela eres, Susan», pensaba Juan Lucas, mientras manejaba su Mercedes por la carretera al sur y, de reojo, veía volar los cabellos de amor, cabellos al viento, amor con esos anteojazos negros, no quisiera hablarte de esas cosas, pero me molestan, qué tal si los licenciáramos a todos, los largamos a todos, los has engreído demasiado, ¿es verdad que quieres tanto a esa gente? ¿En qué estará pensando? ¿Le habrá dolido realmente lo de esa mujer? Juan Lucas andaba medio crispado; qué era eso de bajar un día y pedir que te saquen el carro del garaje y encontrarte con toda la servidumbre esperándote frente a la escalera. Uno baja listo para irse donde unos amigos a disfrutar el domingo y toda la servidumbre ahí abajo insolente y todo. No, Susan; por ti no he soltado un ¡váyanse a la mierda! general. Esa mujer, la cocinera con los dientes picados, hablando del sudor de su rostro y de un hijo, enseñándotelo, casi tirándotelo por la cara, utilizando palabras absurdas, ridículas en su boca, derecho, seres humanos, sindicato, queja, cojudeces por el estilo, Susan y tú muriéndote de pena, de miedo, diciéndoles que los quieres, diciéndoles que vas a castigar a Santiago, y todavía la chola esa, la cocinera te pregunta que cómo, y tú, Susan, tú ni siquiera sabes responderle, te piden que lo pongas interno y tú te rebajas, tú les das explicaciones, tú les dices que ya es muy tarde, que los colegios abren dentro de tres o cuatro días, que te perdonen, te asustas con los gritos de Nilda, así se llama la del crío, Susan eres tan cándida... Te dan la oportunidad, te dicen que se largan juntos y tú les ruegas, tú te mueres de pena, les ruegas que lo hagan por Julius, nada menos que por Julius, tienes un hijito francamente cojudo, Susan, había que verlo ahí escuchando todo y prendido de Vilma, mirándonos como si fuera un enemigo, eres cándida, Susan... Juan Lucas quería hablar de eso, sacarse la escena de adentro, no volverse a acordar más de todo eso, olvidarlo por completo antes de llegar donde los amigos, pero Susan dejaba que el viento jugara con sus cabellos y seguía perdida detrás de sus anteojos de sol, completamente ida, como si lo ignorara, ¿en qué pensaba?
–Susan, enciéndeme un cigarrillo, por favor... Están en la guantera... Susan.
–Sí, Juan.
–¿Qué piensas de todo eso, Susan?
–¡Darling! ¡Ha sido horrible! Me muero de pena, Juan.
–¡Pero mujer!, pareces tonta. Francamente creo que esa mujer ha hecho lo mejor que podía hacer... Si no fuera porque se largó por su propia voluntad aún estaríamos escuchando el discurso de tu cocinera.
–Ahora que sé que se ha ido me siento peor que antes... No tenía la culpa, darling... Por qué crees que todos se quisieron marchar con ella...
–Cosas de momento... ¿Tú crees que van a perder su trabajo como si nada?
–¡Pero darling!... Sabes perfectamente que lo iban a hacer; si nosotros botábamos a Vilma se iban todos... Lo que pasa es que ella ha pedido que la dejen marcharse sola; ella ha dicho que ya no quiere seguir en la casa... por su propia voluntad. ¿No has visto cómo lloraba de pena?
–El que sale ganando es Julius, Susan; se te va a volver maricón de tanto andar entre mujeres.
–¡Darling, por favor! Ese no es el asunto. Has estado muy vivo; te has aprovechado de la situación: primero Vilma les dice que se va por su propia voluntad, claro, los otros se desconciertan y tú aprovechas para decir que Santiago mismo le llevará su indemnización y le pedirá perdón... Has estado muy vivo, darling... Como el otro día con el arquitecto... Solo que ahora Julius se va a morir de pena... Además, Santiago no irá nunca a pedirle perdón.
–Ya se verá cómo le mandamos su dinero, Susan. Búscame un encendedor que debo haber olvidado en la guantera... Ya estamos llegando... un buen baño de piscina y unos aperitivos, voilà, eso es lo que nos falta... Estuvo grotesco el asunto y ahora basta ya.
Susan le alcanzó el encendedor. Hubiera querido decir algo, pero allá al fondo, trazado en el arenal, divisó el desvío que llevaba al Club, hubiera querido decir algo pero de pronto como que le faltaban fuerzas.
–Eres una tonta, mujer, si sigues muriéndote de pena.
Como todos andaban medio rebeldes en el palacio, nadie se opuso a que Carlos utilizara el Mercedes para llevar a Vilma a su casa, un cuarto, en un callejón, en Surquillo, donde una tía. Celso y Daniel ayudaron a cargar el baúl tipo pirata, pero de cartón y con bordes de lata, horroroso. Lleno de colorines y de indudable procedencia serrana; uno de esos baúles que se ven sobre techos de ómnibus interprovinciales a La Oroya, Tarma, Cerro de Pasco, etcétera. O a Puquio, también a cualquiera de esos lugares desde los que se baja a Lima. Vilma besó a Julius. Julius besó a Vilma. Vilma le dio la mano y una palmadita en el hombro a Celso, a Daniel y Anatolio. Después abrazó a Nilda y cargó un ratito el bebe, que inmediatamente se puso a berrear, todo eso en la cocina. La Puquiana se lo devolvió a la Selvática y abrazó a Arminda que había permanecido muda, fatal, durante todo el asunto. Nilda le tapó la boca a su hijo para poder decir cuídese de los hombres, Vilma, fíjese en la casa donde vaya a trabajar que no haigan jóvenes. Todos bajaron la cabeza y permanecieron mudos hasta que Carlos dijo que era mejor marcharse ya. Cruzaron íntegramente el palacio, desde la cocina hasta la puerta principal. Ahí se tocaron nuevamente los hombros, palmadas con la mano bien abierta, brusca, franca, y se hablaron más que nunca de usted. Julius participó en la ceremonia con un silencio total. Vilma subió al Mercedes mientras Nilda pronunciaba una frase digna de Lope de Vega, pero mal dicha y en nuestros días, algo como el honor del pobre ha quedado bien alto en esta casa, y mientras Celso y Daniel clavaban los ojos en el suelo, Carlos se dispuso a arrancar el motor. Todavía un instante antes de partir, Vilma asomó la cabeza por la ventana y le dijo a Julius, bajito, casi al oído: «Tu mami subió a verme a mi cuarto y me ha prometido que te mandará a visitarme con Carlos». Después el auto empezó a andar y ella soltó unos sollozos enormes. Sacó un pañuelo arrugadísimo de una cartera horrible y se lo llevó a la cara como si quisiera esconderse. El carro llegó a la reja exterior del palacio, atravesó la vereda y tomó la avenida Salaverry hacia abajo. Vilma lloraba a mares y se moría de vergüenza. Por el espejo retrovisor, Carlos lograba ver cómo temblaban sus senos robustos, llenos de fuerza, cómo se marcaban desafiantes, cómo descendían duros y se elevaban sanos, marcándose hasta el deseo, como si fueran a romper la blusita negra, se la había regalado la señora y le quedaba a la trinca. No paraba de sollozar. Pobre Vilma, estaba buena la chola.
Tres semanas después llamó por teléfono a la señora.
–Me voy a Puquio, señora. Tengo a mi mamá enferma y me piden que viaje urgente.
Susan le pidió mil disculpas por haberse olvidado de enviarle su dinero, se lo mandó inmediatamente con Carlos, pero Julius estaba en el colegio y no pudo acompañarlo. Seis meses más tarde, recibió una carta de ella, escrita con horrible tinta verde en una hoja de cuaderno. Decía poco en mucho espacio: que se portara bien, que fuera bueno, que saludara a todos, que cómo le iba en el colegio, nuevamente que se portara bien, que una familia de Nasca se la llevaba a trabajar con ellos, que no sabía la dirección todavía, que tal vez le podría escribir a Puquio, aunque ella ya iba a partir. Nuevamente le pedía que saludara a todos en la casa y se despedía. Julius le contestó; él mismo puso la carta en un buzón, pero nunca recibió respuesta. Después de todo, pensó un día, años más tarde, una carta escrita por un niño, con estampillas compradas con la propina, depositada una mañana, en un buzón de San Isidro, no tenía muchas probabilidades de llegar a Puquio, y todavía de allí a Nasca, donde una sirvienta.