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En octubre hubo árboles amarillos. Después, se atrasó la hora de los relojes y los prolongados vientos de noviembre llegaron, soplaron y desnudaron los árboles. En el pueblo de New Ross, de las chimeneas salía humo que se disipaba y desvanecía en extensos hilos desmelenados antes de dispersarse por los muelles, y pronto el río Barrow, oscuro como cerveza negra, creció con la lluvia.

La mayoría de la gente soportaba tristemente el clima: tenderos y comerciantes, hombres y mujeres en la oficina de correos y en la cola de los desempleados, en el mercado de hacienda, la cafetería y el supermercado, en el bingo, los pubs y en el negocio que vendía pescado y papas fritas comentaban, a su manera, sobre el frío y la lluvia que había caído, preguntando si ese clima inusual no era un mal presagio porque, ¿quién iba a creer que, de nuevo, ese era apenas otro día de frío glacial? Los niños se subían las capuchas antes de dirigirse a la escuela, mientras que sus madres, ya muy acostumbradas a agachar la cabeza y a correr hacia el tendedero, o casi sin atreverse a colgar nada, tenían poca fe en que, antes de la noche, se les secara siquiera una camisa. Y luego llegaban las noches y las heladas volvieron a imponerse, y por debajo de las puertas se deslizaban cuchillas de frío y les cortaban las rodillas a los que todavía se arrodillaban para rezar el rosario.

Bill Furlong, quien manejaba el depósito de carbón y madera, se frotó las manos, diciendo que si las cosas seguían así, iban a necesitar un nuevo juego de neumáticos para el camión.

–Está en el camino todo el tiempo –dijo–. Pronto vamos a estar en llanta.

Y era verdad: apenas salía un cliente del patio, llegaba otro, pisándole los talones, o sonaba el teléfono, y casi todos decían que querían la entrega de inmediato o pronto, que la próxima semana ya no serviría.

Furlong vendía carbón, turba, antracita, carbonilla y troncos. Se los encargaban de a cien kilos, de a cincuenta, o por tonelada o camionada. También vendía fardos de briquetas, leña y garrafas. El del carbón era un trabajo muy sucio y, en invierno, había que recogerlo mensualmente en los muelles. Dos días enteros les tomaba a los hombres recogerlo, transportarlo, clasificarlo y pesarlo en el depósito. Mientras tanto, los marineros polacos y rusos eran una novedad, yendo por el pueblo con sus gorros de piel y sus abrigos largos y abotonados, sin decir apenas una palabra en inglés.

En épocas ocupadas como esa, Furlong hacía personalmente la mayoría de las entregas, dejando que los trabajadores empaquetaran los otros pedidos y cortaran y dividieran las cargas de árboles talados que traían los granjeros. Por las mañanas, se podía escuchar las sierras y las palas trabajando duro, pero cuando sonaba la campana del Ángelus, al mediodía, los hombres dejaban las herramientas, se lavaban las manos y se iban a Kehoe’s, donde los viernes les servían almuerzos calientes, con sopa, pescado y papas fritas.

–Coman hasta saciarse –le gustaba decir a Mrs. Kehoe, de pie detrás del nuevo bufé de su cantina, cortando la carne y sirviendo las verduras y el puré con grandes cucharas de metal.

Con gusto, los hombres se sentaban para deshelarse y comer hasta saciarse, antes de fumar y volver a salir al frío otra vez.

Cosas pequeñas como esas

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