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CÓMO LLEGUÉ HASTA ACÁ
ОглавлениеTodos somos dueños de nuestra historia y cada historia tiene sus propios matices. Pero, a pesar de que las vivencias puedan ser diferentes, siempre nos encontramos con situaciones que otros ya han atravesado. Compartir esas experiencias nos ayuda a salir y a enfrentarnos con nuestra propia realidad. Mi historia no es diferente a la de muchos de ustedes, pero recorrí un camino que me permitió aprender a elegir dónde verdaderamente quiero estar y que en este libro quiero compartirte. Y si querés, guiarte para que vos también puedas recorrer tu camino.
Soy Fabi, hermana menor de Patri, hija de Matilde y Elías, nieta de abuelos inmigrantes, mamá de dos hijas y esposa de un marido inmigrante. Desde chica, siempre fui introvertida, reflexiva e inquieta intelectualmente. Siempre me gustó investigar, probar, crear. Mis mayores expresiones fueron en el campo de la cocina donde hice todos mis emprendimientos: el primero, vendiendo chocolates fabricados por mí con mi mejor amiga; el segundo, proveyendo budines al kiosco de mi facultad; el tercero, exportando mermeladas orgánicas de Patagonia a USA; el cuarto, con la fábrica de galletitas gourmet de exportación que inicié con mi marido; el quinto, abriendo una franquicia de helados. Siempre alimentos…, hasta ahora.
También desde chica, siempre me gustaron las tradiciones, me gustó escuchar y estar atenta a los demás y ayudarlos, constantemente pensando en cómo podía ayudar a una persona u otra, teniéndolos en mente. Quizás escuchaba tanto porque escuchar me era más cómodo que hablar.
En algún sentido, además me caractericé por ser una perpetua exploradora: estudié en Francia cocina y francés; en USA, inglés y una maestría, y conocí muchos lugares del mundo, incluyendo el Amazonas. Mis ansias de explorar y crecer, más que a nadie se las debo a mis padres que siempre me alentaron a ir por más y me apoyaron para que lo haga.
Casi todo en mi vida, tanto en mis trabajos corporativos como en mis emprendimientos, fue desafiante y de rápido crecimiento. Para muchos, se podría decir que soy una persona exitosa no solo por mis logros académicos, sino también por los empresarios.
Con mi marido creamos un proyecto para fabricar cookies norteamericanas en Argentina. Empezamos con una planta piloto y, gracias al apoyo de inversores, pasamos a una planta modelo 10 veces más grande a la inicial cuando ya teníamos garantizado un cliente como McDonald’s. En esa planta trabajamos para lograr una certificación de calidad, hicimos fabricaciones kosher, muestras halal, exportamos a Paraguay, Uruguay, España, Chile, Brasil y desarrollamos y fabricamos para empresas como Starbucks, McDonald’s, Carrefour y Jumbo, pasando de la categoría emprendimiento a la de pyme en poco tiempo.
En los años de la fábrica de galletitas, cada mañana dejaba a mis hijas en la escuela, seguía caminando para cruzar la avenida Juan B. Justo y llegaba a mi oficina en el primer piso. Yo entraba a mi empresa, saludaba a nuestro equipo de administración y ventas, miraba cómo estaba el despacho de productos y si los depósitos estaban limpios y ordenados. Luego subía al primer piso, saludaba a nuestro equipo de producción y envasado, inspiraba profundo y sentía el olor a galletitas dulces o saladas recién horneadas. Usualmente, una vez por semana, había un olor a brownie delicioso que inundaba la planta y ensuciaba terriblemente el área de producción y los uniformes blancos de los pasteleros con chocolate derretido y manteca fundida. Muchas veces me preguntaron si me cansaba del aroma. Y no. Eso nunca me pasó. Respirar nuestros productos siempre era un placer. Verlos fabricar era siempre un orgullo: las bananas pisadas, el chocolate picado a mano, las almendras, las cáscaras de naranja, los panes dulces levando.
Una de mis actividades favoritas era cuando creábamos nuevos productos. Desarrollar las recetas, hacer las pruebas, ajustar las fórmulas, debatir con el jefe de Producción cómo lograr el resultado buscado, ver con Envasado el mejor envase. Era un proceso muy creativo el hacer nacer un nuevo producto que luego mi marido presentaba a los clientes.
Y a esta sinfonía de productos la acompañaban los préstamos bancarios, los subsidios, los pagos a proveedores y de sueldos, las ventas locales y en el exterior, los ajustes de precios y costos por la inflación y las cobranzas que muchas veces demoraban más de lo previsto. Y si bien teníamos un equipo para acompañarnos también en estas áreas —y al principio todas fueron de gran aprendizaje— con el tiempo los espacios para seguir aprendiendo eran cada vez más reducidos.
Yo era como el capitán de un barco que timoneaba siempre en tormenta. Pero el día que adquirí la confianza de que ya sabía cómo lograr que el barco no se hundiera, a pesar de la tormenta más difícil, ese día dejó de ser un espacio de aprendizaje y empecé a sentirme desmotivada.
Este barco era muy valorado y admirado por muchos: era el barco del deber ser. Además, era realmente incómodo para mí siquiera imaginar bajarme.
Y en el fondo de mi alma —o no tan en el fondo— no era feliz.