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I. La marcha de los quinientos

Comenzó la guerra en Bosnia en 1992. En lo que ahora conocemos como «antigua Yugoslavia» ya se habían producido choques armados en 1991, en Eslovenia por ejemplo, aunque se manifestaron relativamente leves si los comparamos con lo que ocurrió después. En aquel tiempo ya mi corazón estaba atrapado por la noviolencia, en una clave específicamente cristiana, es decir, de arranque, desarrollo y expresión sobrenatural, orante. No una estrategia, sino una identificación con Jesucristo: la Verdad desarmada, el amor universal, la expiación, el cargar lo que aplasta a los otros. Y esto no sólo como actitud individual, sino como verdadera respuesta a muchos conflictos que tienen expresión tangible en la historia. Un modo de lucha que se identifica con el fin: el amor entre los hombres que, por sí, excluye la injusticia pero desborda y supera a la llamada justicia. Ni lo conseguí vivir entonces ni lo vivo ahora... es algo que supera nuestra naturaleza, es cosa de la gracia. Pero por eso mismo es asunto de fe, y de esperanza. Hablando claro: creo profundamente en la noviolencia... porque soy irascible...

Ya en 1991, animado por un amigo, intentamos los dos hacer algo ante la barbaridad que se estaba perpetrando en la guerra del Golfo. Queríamos, simplemente, «estar allí», con aquella gente que sufría. Hicimos gestiones, llamadas telefónicas, recogimos datos y más datos que nos dieran alguna pista sobre el cómo y con quien ir... y al final, Dios sabe, no lo conseguimos. Cuando al año siguiente el mundo conoció que en los Balcanes las gentes se estaban matando entre sí, seguí aquellas noticias con el corazón tenso, como tenso estaba y está por las interminables noticias que llegaban y llegan ante la realidad de otras muchas guerras. No tenía idea de que alguien estuviera proyectando alguna iniciativa diferente de las otras respuestas que se suelen dar ante algunos de los conflictos de parte de la sociedad civil no ligada orgánicamente con el poder político: ayuda humanitaria, observadores, informadores, etc. Sin embargo, en aquella ocasión sí había quien proponía otro género de respuesta: la presencia masiva de pacificadores venidos desde todo el mundo. Esta respuesta no ha prosperado como tal. Allí se hizo, se plantó como semilla, puede ser referente para otros... pero, según manifiestan los hechos, no parece que en este mundo haya hoy suficiente fe, esperanza y caridad, como para que una locura de este tipo se convirtiera en auténtica respuesta al drama de la guerra. Tonino Bello era obispo de Molfetta (Italia) en aquel entonces. Verdadero inspirador de esta iniciativa de paz, participó en aquella marcha hasta Sarajevo enfermo de cáncer. Meses después partiría a la Casa del Padre. Él soñaba con un gran gesto de amor en que decenas de miles de personas acudieran como ejército desarmado a interponerse físicamente entre los contendientes de cualquier guerra. Y junto con otros, echó la semilla. Como en la parábola del sembrador, depende de en qué tierra caiga para que dé fruto. En aquel momento la respuesta se tradujo en las quinientas personas que acudieron a la llamada.

Yo nada sabía de esta iniciativa. Aquel año de 1992 fue especialmente difícil en mi vida: una crisis vocacional, determinadas contradicciones en el ambiente en el que me movía que a causa de mi debilidad espiritual se convirtieron en frustraciones; consecuentemente, desestabilizaciones emocionales que, sólo gracias a Dios, fortalecieron mi fe y no consiguieron que abandonara el mundo al que me había conducido Él, el mundo de los marginados, especialmente toxicómanos... En ese contexto, en Noviembre, un padre franciscano amigo mío, Emilio, me propuso participar en una marcha internacional de paz que se proponía entrar en la ciudad sitiada de Sarajevo. Al punto dije que sí y comenzamos las gestiones y los papeleos al respecto. A él le había llegado la noticia desde Salamanca: un religioso de allí coordinaba la iniciativa en España. El nombre de este proyecto era, traducido del italiano, «Yo también a Sarajevo».

La guerra, la crueldad de la guerra, supuso para mí, paradójicamente, el comenzar a salir de una grave crisis. Ningún sufrimiento humano, ninguna pobreza, causada directamente por el desamor entre los hombres o por causas naturales de las que no podemos identificar claramente una responsabilidad personal (el misterio del desorden universal, el misterio del pecado), es instrumento para que otros se beneficien espiritualmente. Nadie es una cosa para nadie. No es instrumento entonces, pero sí es ocasión para salir de los confines del egoísmo. Es una llamada misteriosa al amor y a las acciones propias del amor, que no aguanta el sufrimiento de los amados sin remediarlo, suplirlo o compartirlo.

Cada cual ha de dar razón de su esperanza, y la verdad es que en muchos de los participantes en aquella marcha, el motor, la razón, era la fe. En otros no; Dios, que sabe lo que realmente hay en cada corazón, es el referente para los unos y para los otros. Lo sepan o no.

El grupo de españoles era de 23 personas, hombres y mujeres, venidos de varios lugares de la península. La mayoría había ocultado a sus familias el motivo de su ausencia durante aquellos días: vinculados muchos a congregaciones religiosas (varios eran consagrados) habían dicho simplemente que marchaban a hacer ejercicios espirituales, a alguna convivencia o alguna acampada. Bueno, realmente, todo esto era verdad... aunque no toda la verdad. Se nos había aconsejado escribir alguna carta que, en manos de alguien de confianza, pudiera ser entregada a los familiares o a quien decidiéramos, en caso de que algo grave ocurriera. Las opciones eran varias: muerte, heridas, aprisionamiento, desaparición... Nadie podía prever cómo iban a ir las cosas, pero había que prepararse espiritualmente. Incluso, entre las indicaciones y consignas de la marcha, estaba el estar dispuesto a actuar de modo noviolento en el caso de que alguno fuera sacado de entre los otros y sufriera algún tipo de agresión... de la intensidad que fuese.

El 6 de Diciembre, por la tarde, nos congregamos —y nos conocimos allí casi todos— en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Nuestro primer destino era Roma. Embarcamos en el avión y dos horas después el comandante de la nave comunicaba por altavoz la llegada al aeropuerto de Fiumicino a la vez que transmitía un saludo y un deseo de bien a los participantes de la marcha.

Ya en Roma hubo que solucionar un problema: los medicamentos que cargábamos con el objeto de dejarlos en la capital bosnia fueron interceptados por los carabienieri. Tras alguna discusión y la firma de un médico integrante de la marcha, los dejaron pasar. En Roma fuimos acogidos en una parroquia, Santa Gala, y desde allí, unidos al grupo de romanos que participaba en la iniciativa y después de rezar en común, partimos en autobús al día siguiente en dirección a Ancona.

En esta ciudad italiana, en la costa del mar Adriático, nos dirigimos a la «Feria del pescado», lugar de concentración de todos los integrantes de la marcha de paz. Allí se completó el asunto del papeleo, rellenando datos, se facilitó a cada uno un carné identificativo, se organizó a la gente por grupos de afinidad y se celebró una asamblea para informar de la situación y decidir qué es exactamente lo que podríamos hacer. El método para decidir consistía en la elección de un portavoz por cada grupo. Una vez discutida la cuestión en cada uno de ellos, los portavoces se reunían para aclarar cual era el sentir y las ideas de los participantes de la marcha. Obviamente nadie sería forzado a continuar si estimaba que debía retirarse. En la asamblea se comunicó lo que ya todos sabían: que la ciudad estaba sometida a continuos bombardeos. También se dijo que el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano instaba a abandonar la iniciativa. Los responsables de la organización presentaron varias alternativas: suspender la marcha de forma indefinida quedando en Ancona hasta nuevas noticias; embarcar hasta Split, en Croacia, y allí pensar alguna alternativa a la entrada en Sarajevo; continuar paso a paso valorando las posibilidades pero con el objetivo claro de llegar a la ciudad; y, por último, entrar en Sarajevo a toda costa fuesen las que fuesen las condiciones de tal entrada. Respecto a esta última alternativa, los organizadores dijeron que si se decidía esto, ellos no se responsabilizaban de lo que pudiera pasar, es decir, que en tal caso los que quisieran continuar así lo tendrían que hacer por libre.

Unánimemente se optó por la tercera propuesta: paso a paso hasta Sarajevo. Gracias a Dios, en esta iniciativa, el espíritu de unanimidad prevaleció, ayudando a crear un clima de hermandad evidente. El 7 de Diciembre pues, a las siete de la tarde, embarcamos en una nave croata llamada Liburnja. Muchos de nosotros pisábamos un barco por primera vez. El trayecto habría de durar unas seis o siete horas hasta llegar al puerto de Split. El grupo de españoles, junto a otros, fuimos instalados en la cafetería, en la parte superior del barco, rodeados de cristaleras. Allí, de un modo informal, descargamos nuestras mochilas y comenzamos lo que creíamos grata travesía en medio de conversaciones amistosas y, en muchas ocasiones, profundas. El ambiente interior de cada uno daba para mucho.

A las diez de la noche se soltaban las amarras en medio de una fuerte lluvia... La fácil y sencilla travesía de seis horas se convirtió en un infierno de más de veinte horas de tempestad. Olas de diez metros... nosotros, en la cafetería, veíamos caer al barco mientras el mar permanecía arriba, como una muralla más alta que la embarcación; desacostumbrados a este gigantesco vaivén y esos impresionantes estruendos, se sucedieron los mareos interminables, los vómitos, la tensión. Recuerdo las mochilas rodando, y a alguno de nosotros tumbado en el suelo y agarrado a las banquetas atornilladas al suelo de la cafetería. Aquello no tenía fin. En un momento, después de sabe Dios cuántas horas, se oyó una enorme explosión: había reventado el casco y se había abierto en proa una gran vía de agua. Esto lo supimos después, pero los organizadores y otros miembros de la marcha tuvieron que vivir el espectáculo del funcionamiento de las bombas de agua y la tripulación desconcertada. El 8 de Diciembre, fiesta de la Inmaculada, amanecimos igual, en medio de la tempestad, que continuó toda la mañana y casi toda la tarde. Al fin, casi a las siete y con el barco gravemente dañado arribamos al puerto croata de Split. Don Albino, el sacerdote fundador de Beati i costruttori di pace, confesaría después que durante la travesía pensó que todo se había ido al garete. Pero también hubo quien contempló el acontecimiento desde un aspecto valioso: una de las integrantes del grupo español nos recordó a todos los demás los sufrimientos de las personas que cruzaban en patera el estrecho de Gibraltar. De alguna manera (absolutamente real sobrenaturalmente hablando) se nos daba la oportunidad de comulgar con ellos en su dolor, en sus temores y en sus esperanzas. Dios es bueno.

En los últimos momentos de la travesía se reunieron los speakers (portavoces de los grupos) y, tras valorar las opciones decidieron continuar inmediatamente hasta Sarajevo una vez llegados a puerto. Diez autobuses serían los que nos transportarían hasta Makarska donde haríamos noche para luego continuar... pero los trámites y complicaciones con la policía aduanera croata impidieron una salida inmediata. Al fin subimos a los autobuses con una frugal bolsa de comida regalada a cada uno por el obispo de Split. Tardamos dos horas en recorrer los 70 kilómetros que nos separaban de Makarska: los autobuses eran antiguos, de uso urbano, evidentemente destartalados, de 45 plazas (íbamos unos 50 además de las respectivas mochilas), con las ruedas sin dibujo en el neumático, las carreteras en malas condiciones, nevadas, embarradas o destrozadas. Llegados a esa localidad pudimos dormir cuatro horas en un hotel inutilizado por la guerra, y al día siguiente, 9 de Diciembre, muy temprano, reanudamos la marcha... que no fue triunfal, por supuesto.

Efectivamente el viaje no sólo nos iba conduciendo a los escenarios de la guerra, sino que todo él estuvo complicado en los enjuagues políticos de la guerra. Respecto al drama de la guerra, era visible para todos: vimos innumerables casas destruidas, iglesias y mezquitas incendiadas, puentes volados, carreteras bombardeadas... oíamos disparos, nos cruzábamos con carros de combate. Desolación y sufrimiento. En cuanto a los chanchullos propios de estas situaciones, la policía croata que abría la marcha (como comprobé al año siguiente, la frontera entre Croacia y las zonas croatas de Herzegovina era ficticia), al parecer presionado su gobierno por el gobierno italiano, hizo avanzar en círculo a la comitiva de autobuses alejándola de la ruta hacia Sarajevo. Incluso habían organizado una recepción festiva en un pueblo de montaña donde, pensaban, acabaría agradecida y alegremente la marcha de paz. Cuando los responsables de la marcha, mapa en mano y hablando con varios de los conductores, se dieron cuenta, entablaron una agria discusión con los policías. Se logró retomar el camino correcto, no sin antes efectuar una peligrosa maniobra en aquellas estrechas carreteras de montaña: con un precipicio a uno de los lados, los autobuses hubieron de dar media vuelta para desandar parte del camino. Ya en la ruta adecuada los problemas no cesaron: la carretera de Mostar, única vía hasta la capital, era batida por francotiradores y no se podía optar por la alternativa de las carreteras de montaña, cubiertas de nieve. Así pues seguimos hacia Mostar, pero al llegar a una presa tuvimos que parar. Al parecer allí operaban francotiradores totalmente incontrolados y la única opción era rodear el embalse por una zona de montaña, con nieve o sin ella. Y había nieve; y barrancos y más barrancos que contemplábamos por las ventanillas justo debajo de nuestras narices, pues no había arcenes ni barreras ni nada parecido. Y además, los conductores corrían como sólo puede correr un conductor de tales autobuses. Y, por último, nuestro autobús sufrió el reventón de una rueda trasera... Al día de hoy ignoro cómo arreglaron esta cuestión. Pero la arreglaron.

Después de muchas horas llegamos al anochecer a una localidad llamada Kiseljak, que era el último pueblo antes de penetrar en la zona dominada por los serbios. Las gentes de aquel pueblo nos acogieron con alegría, y su alcalde junto con unos vecinos dispusieron nuestro alojamiento en una escuela, donde nos distribuimos ocupando algunas aulas y, sobre todo, el gimnasio.

Allí se celebraron varias eucaristías. Los del grupo español, en el que estaban varios sacerdotes, la celebramos en una pequeña aula... La reconciliación entre Dios y los hombres en el sacrificio de Jesucristo, su presencia real... a 20 kilómetros de una ciudad sitiada. La gracia de Dios, que contradice los caminos que los hombres obstinadamente repiten una y otra vez... Recuerdo allí, en ese gimnasio y en medio de mis meditaciones, al obispo Bello rezando la liturgia de las horas. De él más tarde me contaron una anécdota significativa: declarado claramente enemigo de la guerra, asistía a un acto público en Molfetta en el que había una banda militar de música; al finalizar el acto, un responsable político le pidió que bendijera a los integrantes de la banda, y el obispo lo hizo: «bendigo a esta fuerza armada... de instrumentos musicales»...

Pasamos allí la noche y al día siguiente, 10 de Diciembre, se convocó una asamblea general para tomar la siguiente decisión ante las noticias que llegaban sobre la situación en Sarajevo. La decisión fue seguir adelante. Durante todo el día los organizadores de la marcha fueron contactando con autoridades serbias y con responsables de la ONU para conseguir los permisos necesarios para la entrada en la ciudad. En las diversas reuniones que tuvieron los portavoces de los grupos se trataron algunos aspectos complicados que podían comprometer el espíritu de la marcha: había quien no quería entrar con la ONU porque consideraba una incoherencia el ir acompañados de carros de combate; también, quien advertía que el permiso de los serbios, ineludible para atravesar sus puestos armados, podía ser instrumentalizado; otros insistían en el aspecto de la neutralidad, a lo que algunos respondían que no se podía equiparar a los sitiadores con los sitiados... Respecto a esto último, el clima emocional del momento, cimentado ciertamente en la realidad del sufrimiento de los civiles de Sarajevo, impedía ver más y más profundo sobre la realidad de toda guerra: el odio en los corazones de gentes de todo bando, el sufrimiento de inocentes de toda facción...

El día transcurrió tenso, con noticias desalentadoras: los serbios decían que si ocurría algo les echarían a ellos la culpa, la ONU argumentaba diciendo que no podía garantizar nuestra seguridad. A la tarde se organizó una fiesta callejera con los habitantes de Kiseljak. Los viejos lloraban, había gentes que rezaban, los niños se lo pasaron en grande viendo a mi amigo Luigi subido en unos altísimos zancos... que se había traído a la marcha. Una canción que se cantó allí tenía como estribillo un grito: «¡paz sí, guerra no!»... y el estribillo fue cantado por alguno de los soldados croatas que estaba de guardia a uno de los lados de la plaza... Los jóvenes del pueblo también nos enseñaron una breve canción que, traducida, dice así: «Paz, paz, paz en el cielo, para todos, para mi pueblo; ¿cuándo acabará esta guerra?»

Al finalizar la jornada parece que las gestiones habían dado algún fruto: al día siguiente emprenderíamos la marcha a Sarajevo. Se convocó otra asamblea general para dar instrucciones. Primero respecto a las actitudes: si se lograba entrar, no preocuparse mucho de las bombas, pues las que se oyen no te han dado, y si te dan no podrás escucharla...; las calles perpendiculares al monte Trebevic es mejor cruzarlas corriendo; no asomarse a ventanas; por la noche no utilizar linternas, ni velas, ni mecheros; si alguno es herido, los otros deben saber que los francotiradores esperan la presencia de gentes que acudan en su ayuda para volver a disparar...

Después de estas instrucciones, se comunicó el resultado de las gestiones: la marcha iría detrás de un convoy de la ONU, pero sin la protección de tanquetas. Una vez pasado el último puesto croata y llegados a la zona serbia, dos coches de su policía acompañarían a los autobuses hasta la zona del aeropuerto, y, allí, en terreno de nadie, nos dejarían solos para atravesar los tres kilómetros de frente que nos separarían de la ciudad. En esa zona, decían, hay francotiradores que actúan por su cuenta.

El día 11 de Diciembre, muy de mañana, limpiamos la escuela, organizamos las mochilas y el material de ayuda humanitaria, y, otra vez, nos reunimos en asamblea para recordar los detalles. Después, subimos a los autobuses e iniciamos el acercamiento a la ciudad. En la carretera aparecían de cuando en cuando algunos check-point (puestos de control), todavía de las fuerzas croatas coaligadas con los musulmanes bosnios. A los lados, insistentes carteles con dibujos, advirtiendo de que toda la zona estaba minada. Tras dejar atrás el último de estos controles llegamos por fin al primero de las fuerzas serbias. Los autobuses fueron interceptados y obligados a volver por donde habían venido. Más tarde, al año siguiente, supe por los responsables de la organización que en esa parada las cosas se habían puesto feas de verdad: los militares serbios amenazaron con disparar de inmediato si la comitiva no retrocedía. Vueltos a territorio de nadie, paramos para esperar al convoy de la ONU. Cuando este convoy llegó, los responsables de la marcha que se habían adelantado para hablar con los serbios no habían vuelto todavía, y los de la ONU no quisieron esperar. Se marcharon y tuvimos que esperar varias horas allí parados, en medio de dos ejércitos en guerra. Uno de los lados de la carretera estaba minado, pero en el otro había una explanada con una casa. La familia que vivía allí invitó a comer a los conductores de los autobuses. Entre los miembros de esa familia los había de las tres etnias en conflicto... Hermanos atrapados en un drama gestado en el corazón de los hombres.

Por fin volvieron los responsables que negociaban con las autoridades militares serbias. Parece que accedían a nuestra pretensión pero con algunas condiciones: cada uno de los integrantes de la marcha debía firmar, con su nombre y el número de su pasaporte, un documento en el que se comprometía a salir de Sarajevo el día siguiente antes de las 14 horas; de lo contrario se le consideraría ciudadano de la capital y se le prohibiría la salida. Además debíamos firmar que en caso de algún incidente con consecuencias (heridas o muerte) eximíamos de responsabilidad a las autoridades serbias. La respuesta fue unánime: todos firmamos sin dilación. Realmente hubo tiempo para sopesar de algún modo esta resolución. Como decía antes, cada cual debe dar razón de su esperanza: para aquella respuesta pesó la fe de muchos, de modo determinante.

Mientras estábamos allí, parados y esperando, apareció en un coche el corresponsal del periódico español El Mundo. Amigablemente el responsable del grupo español le preguntó que por qué su periódico no había informado de la marcha de paz (en algún momento pudo llamar por teléfono a España y le comentaron que no había nada publicado) ya que al parecer había un cierto compromiso verbal al respecto. La respuesta fue más que clara, algo así: «con sinceridad, si lográis entrar u os pasa algo, sois noticia, y si no, no lo sois»... Se mostró simpático con nosotros, aunque no pudo evitar el hacer algún comentario cáustico. Por ejemplo, cuando vio cómo firmábamos las condiciones impuestas por los militares serbios, nos dijo llanamente: «habéis firmado vuestra sentencia de muerte». Escéptico respecto a la posibilidad de entrar en la ciudad, sin embargo se quedó con nosotros por si se conseguía, y efectivamente, después entró con su automóvil entre la columna de autobuses. Su periódico publicó posteriormente, el día 13 de Diciembre, un artículo de su corresponsal dando cuenta de la entrada en Sarajevo con unos titulares, diríamos, algo folklóricos: «500 pacifistas logran romper el cerco y entrar en Sarajevo», «500 pacifistas desafían las leyes de la realidad», etc, etc.

Los responsables de la marcha se dirigieron con los pliegos firmados hasta el puesto de control serbio. Transcurrieron más horas y no volvían. Un cierto desánimo empezó a cundir, y se organizó una nueva reunión: qué hacer si por fin se negaban a dejarnos pasar. Alguno propuso una simbólica cadena de paz que avanzara hasta ese puesto de control. Otros replicaron que la luz comenzaría pronto a declinar y que los soldados podían reaccionar violentamente ante la presencia de centenares de personas que se les acercaran por la carretera. En medio de las discusiones, llegó la noticia de que nos autorizaban a traspasar el control. Inmediatamente se pusieron en movimiento los autobuses y poco después estábamos parados en el check-point de las milicias serbias donde los vehículos fueron invadidos por soldados con kalashnikov que nos pedían el pasaporte. No era aquel un momento para reflexiones, pues había tensión, malos modos por parte de algunos militares, los autobuses rodeados de gente armada, alguno apuntando con su fusil, y, en nuestro autobús, un casi-incidente porque un muchacho navarro que se había unido a la marcha en Makarska (un marinero que se dedicaba a transportar ayuda humanitaria en su propio barco a zonas de conflicto) no tenía pasaporte, sólo un carné de identidad, lo que provocó el enfado de un soldado que hacía gestos con el documento, como si lo rompiera, indicando así que no valía nada. Al final se lo devolvió de mala manera y se dio la vuelta. Decía que en ese momento no daba tiempo para reflexionar sobre lo que veíamos allí. Más tarde, rememorando la escena, me daba cuenta de la complejidad humana manifestada en estas situaciones que parecen no tener salida: fuera del autobús veía a milicianos serbios de muchas edades, desde extremadamente jóvenes hasta verdaderos ancianos; uno de los que subió a nuestro autobús era un hombre vestido de civil con un sombrero y con un fusil colgado (¿una especie de responsable político?); los milicianos llevaban cintas en el pelo, grandes cruces bizantinas en el pecho, calaveras... una uniformidad irregular. Veía, no a soldados profesionales, sino a pueblos, como tales, en guerra cruel entre sí. Donde el otro se convierte en absolutamente otro, aunque sea un niño o una anciana. Algo que se repite en la historia y en toda la geografía del planeta. Y entonces, otra vez, la convicción de que las clasificaciones maniqueas habituales son deficientes y estrechas, que el mal es más profundo, y que. por tanto, la respuesta es algo inalcanzable a las solas fuerzas del hombre: allí veía la necesidad de la gracia, enamorante, provocativa, fuerte en la debilidad, como única respuesta no sólo para no dejarse llevar por esos dinamismos lógicos que arrastran a la muerte a pueblos enteros, sino como alternativa para luchar... Algo en lo que no parece creer casi nadie, comenzando por muchos cristianos, aquellos a quienes se les ha mostrado (incluso ontológicamente por el bautismo) cual es el camino para defender la verdad en la historia.

El autobús en el que íbamos los españoles fue el primero en que se revisaron los documentos. A partir de ese momento encabezamos la comitiva. Comenzó a anochecer y ya no había apenas luz cuando llegamos al límite que controlaba militarmente la milicia serbia. Los autobuses pararon y, conforme a las indicaciones que habíamos recibido en las reuniones, procedimos a tapar las ventanillas del vehículo con mochilas y sacos de dormir; luego nos tumbamos en el suelo y el conductor abrió las puertas para facilitar la salida en caso de ataque; los faros de los autobuses se apagaron y así, con cierta lentitud y con el sonido de algunas ráfagas y disparos aislados atravesamos tres kilómetros de tierra de nadie hasta llegar a la zona de la ciudad ya controlada por sus defensores. Los que se jugaron la vida de verdad en aquella circunstancia fueron los conductores de los autobuses... Paradojas de la condición humana y de los juegos de las emociones: mientras estábamos así, tumbados y avanzando por aquella zona de guerra, afloraban los chistes entre nosotros. Quizá mecanismos inconscientes para rebajar la tensión.

Nada más entrar en la ciudad, ya de noche, nos dirigimos al edificio de la presidencia del gobierno bosnio. Nuestro autobús era el primero y se produjo una confusión un tanto cómica: las autoridades bosnias creían que en él estaban los responsables de la marcha así como los dos obispos que nos acompañaban y unos parlamentarios italianos. Así pues subieron al autobús un ministro del gobierno bosnio, el jefe de policía de la ciudad y el presidente de una organización de Sarajevo llamada Centro Internacional para la Paz, y nos saludaron ceremonialmente. Luego se dieron cuenta de que el autobús al que querían subir no era el nuestro. Pero lo hecho, hecho estaba.

Fuimos alojados en el antiguo gimnasio central de Sarajevo, pues la idea de que fuéramos recibidos en casas particulares fue rechazada por las autoridades de la ciudad por motivos de seguridad, para evitar la dispersión y la pérdida de tiempo. Pasamos allí la noche con la advertencia de extremar el silencio y minimizar al máximo el uso de velas. Se oían algunas explosiones y disparos. Al día siguiente, como siempre muy temprano, nos levantamos y los integrantes de la marcha se dividieron en cuatro grupos, cada uno de los cuales tenía como misión el reunirse con las cuatro grandes confesiones religiosas de la ciudad: musulmanes, católicos, ortodoxos y judíos. Los cuatro grupos recibieron, cada uno de ellos, un nombre distintivo del encuentro. Respectivamente: «Omar», «María», «Sofía» y «David». En este último grupo fuimos integrados los españoles: debíamos ir a la sinagoga de la ciudad para orar junto a la comunidad judía (de origen sefardí) por la paz.

A la salida del gimnasio nos encontramos con varios corresponsales de prensa españoles y con las cámaras de Televisión Española. Más tarde esto fue motivo para otra reflexión personal: el tipo de preguntas de los periodistas, el claro y descarado escepticismo de alguno, mostraba que este tipo de iniciativas sólo puede desarrollarse en una atmósfera de caridad sobrenatural. Esa semilla de la que antes hablábamos, que puede crecer pero que, evidentemente, puede ahogarse, puede caer en piedras, puede desviarse y ensoberbecerse. Aquellos periodistas trataban el asunto como una simple curiosidad que podía llamar la atención, de un modo absolutamente transitorio, de algún lector o telespectador. Para ellos, confesado explícitamente, la guerra sólo podía ser frenada por medio de la guerra: historia vieja que tiene miles de años. Ciertamente, lo tangible, lo constatable de la iniciativa, era absolutamente inútil respecto a la marcha de la guerra; quizá algún responsable político bosnio o la gente de ese Centro Internacional para la Paz pensaban que esto podía llamar la atención —imagino que en definitiva atención militar— de la llamada comunidad internacional. Pero tal comunidad se mueve en otros parámetros. Muchos de los mismos integrantes de la marcha estaban inconscientemente atrapados en esos parámetros: pensaban que habría algún tipo de resultado palpable y casi inmediato, hablaban de esa comunidad internacional como si ahora, precisamente ahora, fuera a reaccionar, cuando eran y son ya décadas de contemplación de horrores a través de los medios de comunicación sin que las reacciones habituales se aparten del egoísmo y los cálculos despersonalizantes. Como si tal comunidad no necesitara un previo y radical cambio de principios fundamentales. La inmersión en esos parámetros también se manifestaba en ese espontáneo eurocentrismo, occidentalcentrismo, blancocentrismo o como queramos llamarlo, por el que se contemplaba esta guerra como única, y se decían cosas tales como que era un horror que la humanidad creía haber enterrado para siempre, y otras por el estilo... En aquel momento, muchos pueblos de la tierra sufrían, como ahora, el azote de la guerra y las limpiezas étnicas ante la más cruel indiferencia; y concretamente, en aquel tiempo, una gran ciudad de Angola sufría un asedio más cruel que el de Sarajevo en medio del más ofensivo y pecaminoso silencio universal...

Estas irrealidades son las que tienen poder en la tierra para hacer abortar una semilla pequeña —por muy grandes que fueran las emociones del momento—, que sólo puede crecer y purificarse desde la Realidad del Amor de Dios a los hombres, desde la petición y la consecuente acogida de esa Realidad.

Las emociones, sin embargo, si no nos confunden, pueden ser recibidas como regalo, como medio para romper iniciales ignorancias o indiferencias, como inicio de un camino que ineludiblemente habrá de transitar por cañadas en que la exaltación alegre se esfuma por completo y la recogida de frutos se deja en manos de Dios. Pues sucede muchas veces que tales frutos tangibles simplemente no están; en el seno del Padre que dispensa las gracias ciertamente están, y Él sabe cómo hacer fructificar lo que viene de Él. Esto es en definitiva lo que ocurrió allí: hubo gente que rezó, que comulgó; hubo ciudadanos de Sarajevo que lloraron, hubo personas con clara conciencia de que podían perder la vida o la integridad física y recibieron ese riesgo como una oportunidad de amar. Hubo esclarecimientos sobre los dolores humanos. Y cambios de vida. Todo esto es real. Y esto es algo de lo que se cosechó. En cuanto al posible crecimiento de la semilla, como decíamos páginas atrás, no ha sido tal en cuanto a respuesta visible a la tragedia de la guerra. No existen de modo perceptible esos ejércitos de orantes capacitados para interponerse sin armas en los campos de batalla. Al mundo no le interesa esto, tal como manifestaba el tratamiento dado por los medios a esta iniciativa. Lógico, porque no es cosa del mundo, sino de Dios, del Dios que ha bajado a este mundo y se ha unido indisolublemente a él en la Persona del Hijo.

Siguiendo con nuestro relato, tras este encuentro con los periodistas españoles marchamos con nuestro grupo en dirección a la sinagoga. Por las calles del casco viejo de la ciudad nos cruzábamos con las gentes que deambulaban por allí, y que nos miraban un tanto estupefactos, sin comprender en un primer momento. En general las respuestas de sus rostros y gestos fueron de simpatía y emoción. Vimos el resultado de la guerra, los escombros, la destrucción... Aquel primer paseo por las calles de la ciudad sitiada fue en verdad aleccionador. De hecho esto es lo único que registré, en breves líneas, en el cuaderno-diario que usaba como modo de oración. Estas fueron las impresiones, escritas aquel mismo día: «Hoy en Sarajevo, ruido continuo de bombas y disparos. Llantos de mirada suplicante, sonrisas de paz en medio de una guerra brutal. Íbamos caminando por la calle saludando mir, mir, paz, paz. Y aquella anciana de la Sinagoga lloraba, y aquella mujer que quería llorar y no podía, y aquel viejo que nos avisa del lugar de donde vienen más disparos... Y tú eres bueno, Señor» (12-12-1992).

Cuando nos dirigíamos a un cine llamado Radnik en el que se había organizado un encuentro ecuménico con los integrantes de la marcha, pasamos por la calle Vase Miskina, el lugar en el que habían sido asesinados los civiles que esperaban para poder comprar pan. En el sitio concreto en el que estalló la bomba, rezamos una oración en silencio y alguien cantó algo que ya no recuerdo.

Ya en el cine, reunidos todos los grupos que se habían dispersado por la zona vieja de la ciudad, empezó el acto. Intervinieron representantes de las cuatro confesiones religiosas así como el presidente del Centro Internacional para la Paz, el fundador de Beati i costruttori di pace y el obispo Tonino Bello. La mayoría de las intervenciones fueron traducidas al italiano, salvo la del vicario general del la diócesis católica de Sarajevo que se hizo en inglés. El speaker del grupo español, el fraile franciscano Emilio, fue elegido por nosotros precisamente porque sabía hablar italiano; él recogió en unas notas para una posterior crónica del viaje algunas de las palabras que se dijeron en aquel acto, excepto las del vicario por el motivo antes citado. El discurso de bienvenida del presidente del Centro Internacional para la Paz expresaba claramente el deseo de que la marcha tuviera algún resultado tangible. Decía: «hemos seguido con atención vuestra aventura en el mar, os hemos seguido paso a paso en vuestro iros acercando a nosotros. Habéis llegado al corazón de los ciudadanos de Sarajevo. La ciudad que ha tenido tantas muertes en esta guerra os da la bienvenida (...) Estáis aquí para despertar al mundo con vuestro gesto (...)». Don Albino, el fundador de la organización italiana, decía entre otras cosas refiriéndose a la iniciativa: «no estamos solos, niños, ancianos, creyentes que oran...» habrían hecho posible aquella presencia en la ciudad. Esta es en verdad la cuestión: el mundo siguió dormido, pero no por falta de atención como creían muchos habitantes de Sarajevo, pues la cobertura informativa de esa guerra no tenía comparación respecto a otras guerras en que apenas unas líneas de vez en cuando, una noticia pasajera de recuadro, unos segundos en televisión cada varios meses, o incluso el silencio total, eran y son la tónica habitual. Siguió dormido en cuanto al amor y las locuras que éste reclama. Siguió dormido porque no cree en la oración. Porque no cree en Dios.

Importantes por su fondo fueron las palabras del risayat islámico, Sr. Muharem Omerdic: «En nombre de Dios, Señor de Señores. Queridos amigos constructores de la paz, la paz sea con vosotros (...) Los creyentes judíos, cristianos y musulmanes procedemos de una Palabra común. adoramos un solo Dios y no adoramos a nadie más. La vida en común es posible desde el respeto y la mutua comprensión. (...) es la fe en Dios, también hoy, la que nos permite esperar en el futuro y en la paz».

Un sacerdote ortodoxo, delegado del obispo de la ciudad, sacerdote al que vería en la calle muchas veces durante mis estancias del año siguiente y que demostraba gran valor y serenidad pues parece que estaba solo en Sarajevo como representante de su confesión, ligada al pueblo serbio, pronunció también palabras de paz de origen sobrenatural: «que Dios esté con todos vosotros. Sed benditos todos los que venís en nombre de la paz y para una misión de paz. Jesús decía: benditos los constructores de la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios. Estas mismas palabras os han traído hoy a vosotros a este lugar desde la diversidad de vuestras tierras y países (...) os expresamos nuestro saludo y os aseguramos nuestra oración (...)».

El rabino de la ciudad asimismo manifestaba en sus palabras el deseo de que aquella presencia internacional pacífica diera como resultado algún cambio en la situación: «No son sólo las bombas las que matan; está también el hambre. Esperamos más ayuda a partir de vuestra iniciativa».

Después de estas intervenciones, volvieron a tomar la palabra los primeros oradores, y tras un gesto simbólico en el que se entregó a cada uno de los responsables religiosos un pan con la palabra mir (paz) escrita en ellos, se dirigió a todos los asistentes el obispo Bello. Con claridad expresó en su breve discurso la esperanza de que esta iniciativa fuera el inicio creciente de otras del mismo o parecido tenor: «la noviolencia activa comienza a ser algo más que una expresión hermosa». Luego dijo unas palabras curiosas que sin embargo definen un hecho real del que habría que escudriñar sus motivos, sus posibilidades: «esta marcha es una ONU patas arriba. La ONU de los poderosos sólo puede entrar en Sarajevo bajo la protección de las armas y antes de las 16,00 horas. La ONU de los pobres ha entrado sin armas ni protección a las 19,00 horas (...)».

El ser humano es complejo, pero está hecho para el amor porque ha sido creado por el Amor: es cierto que en estas permisiones por parte de gentes aguerridas y curtidas en la violencia, estas permisiones por las que pudimos entrar allí, atravesar check-point, etc, al igual que en otras circunstancias otras gentes de paz han podido moverse para ayudar a enfermos, rescatar niños... en estas permisiones, decía, han podido pesar cálculos políticos, propagandísticos, temor a consecuencias internacionales y otros muchos factores no-personales; pero también es cierto que en estos hechos han intervenido, no pocas veces, las decisiones personales de tales o cuales personas que, en medio de la contradicción interior que supone la aceptación de la lógica de la guerra, han visto con respeto, con simpatía incluso, la presencia de seres humanos a los que no movía una facción u otra, un interés político o comercial, sino que estaban allí por algo más profundo por lo que arriesgaban la vida. Esto, que en ocasiones ha provocado a la ira, en otras ha sido el verdadero motor de un acercamiento y una protección ni siquiera buscadas. La llamada diplomacia popular que se postulaba en aquellos círculos pacifistas de origen cristiano, consistía precisamente en entablar contactos con los bandos en litigio al margen de las instituciones, de las que cualquiera podía legítimamente sospechar que no eran movidas por un auténtico interés por la paz verdadera, por el respeto real de las vidas, por los sufrimientos padecidos, sino por intereses estratégicos, equilibrios de poder, o francos y aberrantes intereses comerciales.

A este respecto conviene recordar que en aquella iniciativa, corta y veloz en su desarrollo, se intentó algo de este tipo: la comitiva de autobuses iba acompañada de dos ambulancias, pero no para nuestro uso, sino para dejarlas en Bosnia como ayuda humanitaria. Una de ellas fue donada a la ciudad de Sarajevo; la otra fue entregada para servicio de los heridos serbios. Un grupo de diez integrantes de la marcha, con uno de los sacerdotes italianos responsables de la misma, se había dirigido a una ciudad de mayoría serbia llamada Didja que en aquel momento sufría asedio por parte de fuerzas croatas. Allí habían intentado transmitir el mismo mensaje que en Sarajevo: la paz es posible si los hombres lo quieren así; la guerra no es la solución de los conflictos... Proclamas manidas pero que allí, Dios lo sabe, tenían otro peso, pues eran sostenidas por hombres que, en principio ajenos al conflicto, sin embargo estaban presentes en él sin ganar nada tangible a cambio.

Cuando concluyeron las intervenciones en el cine Radnik, el tiempo ya se nos había echado encima. Era más de la una de la tarde y los serbios nos habían dado las dos como plazo para dejarnos salir. Antes del final, todavía en el interior del local, lo que eran unas explosiones lejanas y disparos también lejanos, se convirtieron en el estruendo de un bombardeo, lo cual provocó que los cantos de los congregados allí, también arreciaran. La vuelta por las calles hasta el gimnasio donde esperaban los autobuses fue rápida: así nos condujeron los guías bosnios visiblemente nerviosos ante la caída de las bombas de mortero. Las despedidas fueron también rápidas; la ayuda humanitaria quedó en el gimnasio, a disposición de los miembros del Centro Internacional para la Paz, y tras subir a los autobuses emprendimos el regreso por las calles de la ciudad donde saludábamos a muchos viandantes que nos miraban y respondían, no pocos con perplejidad. La salida fue bastante impresionante, no sólo porque el bombardeo continuaba sino porque a la luz del día atravesamos esos barrios de las afueras, el terreno de nadie por el que habíamos entrado de noche... Tres kilómetros de frente hasta llegar al aeropuerto, sin un alma y con todas las viviendas —muchísimas— absolutamente destrozadas, calcinadas. Amasijos de ruinas. La guerra.

Llegados nuevamente al puesto de control de las milicias serbias, otra vez revisión de pasaportes, aunque más distendido que el día anterior. Después de esta parada volvimos a la localidad de Kiseljak donde algunos de la marcha que habían quedado allí por diversas circunstancias también vivieron la tensión de la guerra: el día anterior, tras nuestra partida, las milicias serbias atacaron las barricadas que rodeaban el pueblo, defendido por tropas bosnias y croatas, aunque el intento fracasó.

Nueva despedida, esta vez a los amables habitantes de Kiseljak, y nuevamente subida a los autobuses para emprender el regreso hasta Makarska, donde llegamos bien entrada la madrugada. Al día siguiente, 13 de Diciembre, nos dirigiríamos a la ciudad portuaria de Zadar para volver a Italia, pero lo haríamos en otros autobuses. Así pues nos despedimos del conductor que nos había llevado y traído de Sarajevo no sin antes pasar la bolsa entre nosotros para hacer una colecta como signo de gratitud al valor y la buena voluntad de ese hombre. Signo y realidad, pues las cosas estaban realmente mal allí en cuanto a la obtención de lo necesario para subsistir. Dormimos tres horas escasas y en los nuevos autobuses viajamos hasta Zadar, ciudad costera bastante tranquila a la que sin embargo también había llegado la guerra: sacos terreros, edificios dañados por la bombas, barricadas de alambrada de espinos... Allí por fin embarcamos en una nave italiana que nos trasladaría otra vez a Ancona. La travesía, esta vez sí, fue muy tranquila. Lógicamente sufríamos una cierta exaltación emocional, a la vez que un gran cansancio; pero esto fue ocasión para intensas conversaciones entre nosotros. En aquel momento no aparecía de ningún modo la palabra fracaso. Tampoco había por qué. Pero sí faltó una serena relativización de la experiencia, un situarla humildemente en su lugar: real para las almas, nuestras y de algún otro; meramente simbólica en cuanto a los efectos de esa guerra concreta. Esto, la reducción a simbolismo, sí podría haberse corregido en cuanto la iniciativa hubiera supuesto un comenzar a actuar audazmente en esa dirección: presentarse incansablemente en el lugar mismo de la guerra de una y mil maneras. En el corazón de los responsables de la marcha era esta la intención. De hecho se pusieron en movimiento inmediatamente en este sentido. Páginas adelante trataremos de esto y de lo que dio de sí.

Dios en Sarajevo

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