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ОглавлениеPrólogo
El aislamiento al cual nos hemos visto obligados a raíz de la pandemia del covid-19 ha sido una novedad para las generaciones que coexistimos en la actualidad. Eso explica el desconcierto de muchos y la necesidad de copar este tiempo, aparentemente muerto, con toda clase de actividades y ejercicios. El vértigo parece ser la forma predominante de experimentar nuestra cotidianidad.
En este contexto, la lectura del epistolario entre los escritores Manuel Magallanes Moure (1878-1924) y Pedro Prado (1886-1952) resulta un refugio extraordinario, porque nos lleva de vuelta a un tempo distinto, reflejado no solo en la velocidad del tren de trocha angosta que unía la antigua Estación Providencia con el Cajón del Maipo, donde se retiraba Magallanes durante sus períodos de spleen (¡demoraba 3 horas!), sino también en un intercambio epistolar con largos días de intervalos, que causarían la desesperación de los frenéticos usuarios de los chats contemporáneos.
Ambos escritores vivían períodos de intensa actividad, seguidos de prolongadas etapas de aislamiento y reposo. Y estas cartas son los cables que permitían sortear el abismo que se abría entre ellos y el mundo durante estos retiros voluntarios de la realidad. Magallanes se escapaba a El Melocotón, al antiguo hotel que regentaba la señora Teresa Carvallo, y Pedro Prado se recluía en la torre de su chacra en la calle Mapocho 3981.
Estos dos amigos fueron piezas esenciales de Los Diez, cofradía artística que reunió a escritores, pintores, arquitectos y músicos chilenos que renovaron el ambiente local entre los años 1914 y 1924, y cuyos principales valores fueron el arte, la amistad y el humor. Celebraron exposiciones de arte, veladas artísticas-musicales, crearon una revista y la primera editorial moderna de Chile, inventaron a un poeta afgano del siglo XIX para mofarse de los críticos y soñaron con construir una torre en un peñón de Las Cruces. Dispusieron también de rituales secretos, un calendario propio y sendos símbolos mágicos, como la paloma y el unicornio, cuya creación risueña y ridícula es posible apreciar en estas cartas.
Manuel Magallanes hizo su aparición en el incipiente campo cultural chileno en los primeros años del siglo XX. A contrapelo de la estética modernista rubendariana, sus versos son de una gran austeridad y simpleza. Gabriela Mistral destacaba en ellos su pureza: «Pura, por la ausencia de didactismo, por un desinterés total de doctrina; pura por escrupulosa en la técnica y por ceñidamente sincera». Su poemario Facetas (1902) lo posicionó rápidamente en la escena y sus colaboraciones en las revistas culturales y periódicos de la época eran frecuentes. Publicaba poemas, cuentos y críticas de arte, e incluso trabajó como editor de la revista Pluma y Lápiz (1900-1904) y fundó el periódico La Reforma (1911-1916), de San Bernardo, lugar del que también fue alcalde. Durante las dos primeras décadas del siglo fue líder y representante de los escritores y fue jurado en los más prestigiosos premios literarios, como los «Juegos Florales» que reconocieron los primeros versos de Mistral en 1914.
Pedro Prado, por su parte, publicó su primer libro, Flores de cardo, en 1908, y hasta 1925, momento en que edita Androvar, que marcó el fin de su primer y más importante período de escritura, en el que exploró el verso libre, el poema en prosa, el ensayo, el cuento, la novela y el poema dramático. Fue presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (1910), representante de la Escuela de Arquitectura de la misma universidad en los congresos estudiantiles de Buenos Aires (1910) y Lima (1912), fundó las revistas Contemporánea y Juventud, lideró el Grupo de Los Diez y fue director del Museo Nacional de Bellas Artes (1921-1923).
Se trata, probablemente, de los dos escritores más relevantes del campo literario chileno de la segunda década del siglo XX. La temprana muerte de Magallanes en enero de 1924 coincidió con el fin de la etapa más fructífera de la obra de Prado, y su retiro de la escena cultural como actor protagónico. Daban paso entonces al liderazgo de Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: la gran poesía chilena.
Su epistolario nos permite apreciar el nacimiento y desarrollo de su amistad a lo largo de trece años (1911-1923). Estas cartas se nos ofrecen como las huellas de un vínculo y permiten recrear, aunque sea una pequeña parte, esa comunidad de artistas que fue el Grupo de Los Diez.
Pedro Prado fue hijo único y perdió a sus padres siendo muy joven. Por eso, buscó en sus amigos a los hermanos que no tuvo. Y así se lo comenta a Magallanes, en diciembre de 1912: «Ha sido usted, lo supongo, persona dueña de buenas amistades. Yo, en cambio, a causa de mi retiro y salvo una o dos excepciones, exagerando el optimismo, no he tenido en el amigo el hermano cuya caricatura hicieron los Halmar y cuya realidad es, ahora lo veo, posible de obtener {…} He hablado de amistad, y tal vez no existan sino los amigos. Yo adivino que nosotros lo seremos». Y algunos años más tarde, vuelve sobre el mismo punto: «aunque nuestra amistad no data de mucho tiempo atrás, tengo por usted, y perdone mi confianza, el afecto que se siente por un hermano mayor».
Magallanes, a su vez, descubre en la amistad que nace entre ambos, un refugio: «¡Qué agradable es tener confianza en alguien! Si es amigo, como usted, ¡qué descanso! La verdad que para mí, a lo menos, nada hay tan encantador como abandonarse, como entregarse».
Y a partir de esa confianza y afinidad, van compartiendo sus inquietudes. Chile vive un proceso acelerado de modernización, que en oportunidades los desconcierta. Magallanes, al llegar a La Serena y ver las nuevas edificaciones, comenta: «La maldita afición a lo nuevo ha arrasado con lo bello tradicional». Y después de rechazar el estilo arquitectónico de las nuevas construcciones, que califica de «pacotilla», se detiene en las viejas casas coloniales, cuyos grandes patios evocan una vida sosegada: «esa vida que seguramente usted y yo habríamos preferido a la inestable vida actual».
Prado también tiene una relación conflictiva con el presente: «El presente va siendo, para mí, algo que nada vale; charro, recortado, grotesco, burdo. Si no fuese que es el punto de apoyo para forjar fantasías y para recordar historias, yo lo aborrecería con toda el alma. Bien quisiera que no fuese broma lo que voy a pedir: ¡que se lleven el presente. ¡No lo queremos!».
Cada cierto tiempo les sobreviene a ambos el deseo de retirarse, poner freno a sus actividades. Y expresan en sus cartas ese estado: «Todo lo miro como sin verlo casi. Ni es fatiga, ni es hastío, ni es pereza. Vivo este instante sin vigor, nostalgia ni esperanza. Vivo a media vida. No experimento goce ni dolor. Si escribo es porque alguien me dicta», escribe Prado. Y Magallanes replica, en otra carta: «Mi vida es ahora lenta y apacible. Ni sufro ni gozo. Me adormezco a la hora del calor, me duermo a veces y a veces sueño cosas pasadas que suelen conmoverme mientras estoy dormido, pero ya no cuando despierto. Es buena también la tranquilidad…».
Cuando logran reunirse, cuando vencen el aislamiento, intentan convencerse de que trabajar juntos es posible: «En esa ocasión nos probaremos mutuamente (como en otras posteriores) que la actividad y mérito de la labor literaria y artística no es ajena al influjo penetrante de la proximidad del amigo». «Y como no nos andaremos a trompadas para imponer cada cual sus ideas, el trabajo en común servirá para que sea más sólida la amistad que nos une».
Además de esa mansedumbre que los posee durante sus períodos de reclusión, Prado y Magallanes comparten también sus momentos de creación y goce, como cuando publican sus libros, logran pintar algo que los convence, celebran exposiciones o simplemente disfrutan vagando por la cordillera o los suaves lomajes de la costa de Cartagena.
Prado le promete enviar a su amigo su libro Los pájaros errantes, «que espero que usted lo considere solo en lo que es: una verdadera prolongación de esta carta. En realidad, casi todo lo que yo escribo son como cartas a mis amigos». Y luego, tras una reunión de Los Diez en el claustro, le confiesa: «Hemos hecho hoy un esfuerzo extraordinario por fabricar alegría y libertad. Simples aprendices así salían nuestras manufacturas. […] ¡Quién sabe si nuestra fábrica es más que nada una usina donde se entretejen cosas que recordar!». Magallanes también informa de sus avances: «Concluí de sacar en limpio mis versos. […] Tengo buen ánimo para continuar con la prosa y no desperdiciaré este buen ánimo. A ver si logro algo».
Y en esos días de buen temple, les nacía el deseo del viaje y la errancia, como describe Prado en una de sus cartas: «Pronto renacieron en mí mis eternos deseos de excursiones y largos viajes, por este mi país que tanto quiero. Y entonces me he acordado de usted como del compañero ideal, y en la imaginación me vi recorriendo los pueblos escondidos en una peregrinación que usted compartía con igual entusiasmo».
Los períodos de reclusión van progresivamente volviéndose más prolongados a medida que pasan los años y las cartas son la manera de mantener vivo el vínculo. Magallanes, cariñoso y regalón, le recuerda a su amigo: «Porque así como otros necesitan para vivir buena comida, buen trago, buenos libros o buen aire, yo necesito cariño». «Tu carta me ha hecho la impresión de un abrazo. Un abrazo de esos en que los músculos se aplastan a través de la ropa y se moldean. Más hermano me siento de ti, y esto que tengo hermanos…».
La sobrevivencia de estas cartas, conservadas en el Archivo Pedro Prado de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad Católica y en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, nos permiten descubrir la intimidad de dos grandes artistas y reflexionar sobre el valor de la amistad y las formas de construirla.
PEDRO MAINO SWINBURN