Читать книгу Las Quimeras De Emma - Isabelle B. Tremblay - Страница 7
Оглавлениеcapítulo 3 — cita ausente
Un rayo de sol se había abierto paso entre las cortinas de la habitación de hotel. Charlotte abrió un ojo, luego el otro. Miró la cama al lado de la suya para asegurarse de que su amiga había vuelto sana y salva de su escapada con Ian, pero la cama no estaba deshecha. Se sentó inmediatamente sobre el colchón cuando lo vio vacío. Emma había pasado la noche fuera. Emma, la tierna, la romántica, la tímida, no había vuelto para dormir. Charlotte imaginó que debía sacar un crucifijo y ponerlo en la pared, ya que esto era un acontecimiento fuera de lo común. No pudo reprimir la sonrisa que le cosquilleaba los labios.
Eran las seis de la mañana. Era bastante temprano, pero sabía que Elvie y Alice ya debían de estar en la playa para la sesión de fotos prevista al amanecer. Pensó en la noche anterior. Gabriel y ella habían reído mucho durante el camino de vuelta. Había apreciado el rato que había pasado con el médico. En ningún momento había tenido la intención de tener una aventura con él, aunque no había habido insinuaciones ni de un lado ni del otro. Se habían comportado como dos buenos amigos y eso le había gustado.
Ayer por la noche, las dos amigas habían, inconscientemente, en el transcurso de la velada, intercambiado sus papeles. Charlotte se había dormido con lo puesto y decidió darse una ducha, esperando que su compañera volviera pronto y que Ian no fuera, a fin de cuentas, el asesino en serie que Emma había insinuado y, especialmente, temido antes de salir.
Emma le dio al botón del ascensor y entró mientras se abrían las puertas. Su vestido estaba arrugado, sus zapatos estaban llenos de arena fina y su cabeza rebosaba de recuerdos de la noche anterior con Ian. Habían pasado parte de la noche hablando, besándose y descubriéndose. Se habían dormido uno en los brazos del otro hasta que un vigilante, durante su ronda matutina, los encontró y los despertó. Ian había respetado la decisión de la joven y no habían hecho el amor.
Mientras el ascensor continuaba su ascenso, acarició sus labios hinchados con su dedo índice, recordando la sensación que los de Ian le habían provocado. Miró su reloj. Eran las seis y media. Charlotte debía de estar preocupada. Su primera entrevista era al otro lado de la ciudad y se acordó de que tenían que salir pronto. Tendría que darse una ducha, y comprarse un café o una bebida energética para poder aguantar toda la jornada. A pesar de sentirse todavía en una nube, se daba cuenta de que su cuerpo necesitaba descansar…
Al detenerse el ascensor en su piso, dio un salto cuando las puertas se abrieron ante Gabriel Jones, que llevaba un pantalón de jogging negro y una camiseta blanca de manga corta. Había creído que era imposible cruzarse con alguien a estas horas de la mañana, excepto quizás el personal del establecimiento. Él le dedicó una sonrisa y esperó a que ella saliera antes de entrar en la cabina. Le deseó que tuviera un magnífico día. Gabriel salía a correr, una costumbre que había adquirido durante su época universitaria para ayudarle a concentrarse en clase y liberar el estrés que tenía que soportar en época de exámenes.
Emma se dirigió a su habitación dando saltitos, sujetando ahora sus zapatos de tacón con su mano izquierda. Redujo su velocidad cuando se dio cuenta de que la puerta de la habitación estaba abierta. Reconoció la voz de Charlotte que hablaba con otra voz grave y cálida, con un ligero acento británico. Llegó a la conclusión de que era Candice Rose. La jefa de su amiga. El pánico la invadió en seguida, en cuanto se dio cuenta de la impresión que debía dar. La mujer adivinaría de inmediato que había pasado la noche fuera.
—Estaré con vosotras esta mañana —dijo Candice.
—¿No te fías de mí? —respondió Charlotte poniéndose en guardia.
—No es eso. Tú lo sabes bien. Quiero ver cómo funciona todo en la práctica —se defendió Candice.
Emma aprovechó este momento para entrar en la habitación y observó a las dos mujeres que habían tenido el reflejo de mirar en su dirección en el momento en el que hizo su aparición. Candice se puso a examinar a la joven de la cabeza a los pies. Su mirada se posó sobre su cintura, sobre sus piernas y, durante un breve instante, sobre su pecho. Emma tuvo la impresión de ser juzgada por un momento. No le gustaba la cosa, pero no dijo nada. Sabía que había cometido un error y no quería echar más leña al fuego sin motivo. Además, se sentía «de clase baja» con su ropa toda arrugada de la noche anterior frente a esta mujer que tenía aires de ricachona. Charlotte rompió el silencio.
—¡Ahí estás! Candice nos acompañará esta mañana. Ve a darte una ducha, te esperaremos para ir a almorzar.
—¿La noche ha sido complicada? —preguntó Candice que no había apartado los ojos de Emma y la voz de la cual no mostraba ninguna emoción.
Emma no hubiera sabido decir si estaba enfadada o era sarcástica. Prefería permanecer en silencio y mirarla durante un instante. Era una mujer hermosa que debía de ser mucho más joven de lo que parecía en realidad. Iba sobriamente vestida, pero con gusto, y llevaba nombres de grandes marcas que Emma no podría pagarse con su sueldo actual. Sus cabellos eran rubios y caían a capas sobre sus hombros. Nada de mechas locas o cabellos rebeldes. Llevaba una blusa blanca con un único botón desabrochado arriba, bajo una chaqueta de traje negra, y hasta llevaba una corbata. Su pantalón era negro, estilo traje, para completar su look andrógino que era al mismo tiempo muy femenino. Emma había tenido pocas ocasiones de cruzarse con Candice; sin embargo, cada vez, le hacía pensar en una abogada por su aspecto profesional y distante.
—Me doy prisa —farfulló Emma cogiendo un pantalón y una camisa de su maleta.
Candice siguió a Emma con la mirada mientras ella se dirigía hacia el baño sin dejar de escuchar a Charlotte que le explicaba el itinerario de la mañana. Comprendía que la joven debía de haber pasado la noche fuera y seguramente acompañada. Sus ojos estaban ojerosos, cansados, su vestido estaba arrugado y manchado de arena mientras que sus cabellos estaban despeinados. Al contrario de lo que la gente podía pensar, no era fácil engañarla ni era estúpida. Observaba mucho a la gente y, por su lenguaje corporal, era capaz de adivinar quiénes eran. Candice había vivido mucho. Había visto en seguida que Charlotte no era una santa y que coleccionaba hombres y aventuras. Durante una gala benéfica, un socio de negocios de su marido se había ido de la lengua, sin conocer el vínculo que unía a las dos mujeres. A ella le había hecho gracia el detalle. Era su vida privada después de todo y no tenía ningún derecho a opinar sobre esa parte de su vida. Bueno, siempre y cuando eso no afectara la revista. Para ella era cuestión de honor separar las dos esferas de la vida.
—Si tu vienes, Emma podría quedarse aquí. Puedes ayudarme con mi inglés si me equivoco… —propuso Charlotte de pronto.
—No. No la he traído aquí para pagarle un viaje de placer y para que se pase las noches ligando y los días durmiendo. Y tampoco estoy aquí para llevarte de la mano, Charlotte. Quiero observar a Emma trabajando. Quiero ver en quién invierto mi dinero.
Charlotte le dedicó una sonrisa a su jefa. Estaba totalmente en lo cierto, aunque tenía una manera de expresarse que no dejaba lugar a la interpretación. Su tono no era para nada suave. Decía la verdad sin tapujos. Un rasgo de la personalidad que Charlotte también poseía y que, a veces, podía provocar choques entre las dos. Cogió su bolso y metió dentro su grabadora, su cuaderno y dos bolígrafos. Candice observaba a su redactora con satisfacción.
Las dos tenían varios puntos en común. Estaba bien no tener que soportar gritos y lágrimas cada vez que decía lo que pensaba o que subía la voz. Candice no se andaba con rodeos y era siempre expeditiva. También apreciaba a Charlotte por sus cualidades, como su ambición, su franqueza y su impulsividad, que le recordaban sus propios comienzos. Estaba ya muy al fondo de su memoria y había llovido mucho desde entonces. Ella tenía defectos, entre los cuales el de ser demasiado dura con la joven, porque quería que llegara casi a la perfección. Charlotte tenía talento de verdad y Candice esperaba verla triunfar sin auto sabotearse, como había visto hacerlo tantas veces a sus antiguas redactoras.
Emma terminó saliendo de la ducha al cabo de unos diez minutos. Estaba fresca como una rosa y se había maquillado sobriamente. Encontró a las dos mujeres que seguían hablando de su estancia.
—¿Espero que serás capaz aguantar todo el día? —preguntó Candice mientras cogía su bolso que había dejado encima de la cama.
—Vamos a pedirle un buen café solo, y ya verás, va a aguantar —replicó Charlotte por Emma.
—Creo que está capacitada para responder ella misma, ¿a menos que sea muda?
—Estoy en plena forma. No voy a decepcionaros, Señora Rose.
***
Fue el teléfono lo que despertó a Ian. Entreabrió los ojos y vio que eran ya las tres de la tarde. Recogió el aparato, que había dejado de sonar y se dio cuenta de que tenía una llamada perdida de Lilly Murphy. Con la mente un poco espesa, cogió su paquete de cigarrillos y se acordó de que estaba en la habitación de invitados de la casa de verano de los padres de Ryan. Sacó un cigarrillo del paquete que estaba al lado de su teléfono móvil y lo encendió después de haberse acercado a la ventana. Pensó por un momento en Emma y sonrió tontamente, luego su sonrisa desapareció en cuanto pensó en Lilly. Ian inspiró el humo de su cigarrillo y marcó el número de la joven para devolverle la llamada.
—Soy yo, Lilly, ¿qué pasa? —preguntó cuando una voz de mujer respondió después del segundo tono.
—Lo mismo te pregunto. Intento contactarte desde ayer por la noche.
La inquietud presente en su voz había dejado paso a la cólera.
—¿Ha pasado algo grave?
Ian suspiró y se puso a observar una grieta en el pavimento de madera blanca que recubría el suelo.
—No. No volviste ayer por la noche. No me has llamado para informarme ni me has mandado un mensaje. Tu jefe ha dejado un mensaje, porque te estaba buscando, imagínate. ¿Cómo crees que me he sentido?
—Me he cogido el día libre. Me quedé despierto hasta tarde y bebí un poco. He preferido dormir en casa de Ryan...
—Por lo general, cuando uno se coge el día de fiesta, hace una llamada a su jefe para avisarle. Corres el riesgo de perder tu trabajo otra vez. Podrías haberme avisado al menos, es lo mínimo. Me he preocupado por nada.
—Lilly, te pido disculpas de verdad. Tienes razón, me he comportado mal y debería haberte avisado. Ya sabes cómo soy, querida. Voy a llamar a Jeff para explicarle la situación. Lo entenderá. Y deja de preocuparte por mí y por mi trabajo. Todo va a ir bien. Jeff es un viejo amigo. Nos conocemos desde hace años.
La joven suspiró.
—¿Cuándo piensas volver?
—Mañana. O quizás al día siguiente. No lo sé, Lilly.
Ella sabía que quejarse no serviría de nada y colgó después de hacerle prometer que la volvería a llamar. Ian abrió la ventana y tiró la colilla. Se puso unos tejanos y bajó al piso de abajo. Se encontró a Ryan en la terraza, en la parte trasera de la casa, que daba al océano.
—¿Entonces, ayer por la noche? —preguntó Ryan con un guiño.
—Fue mágico.
—¿Has llegado hasta el final con ella? ¿La chica valía la pena?
Ian escogió una silla que estaba frente a su amigo y le miró, con una sonrisita.
—¿Eso cambiaría algo en tu vida?
Ryan se echó a reír.
—¡¿No has conseguido hacértela?!
— Esta chica, es más que eso. Tiene algo que no consigo entender. Que me atrae. Se trata de una maldita historia del corazón. El sexo pasa a un segundo plano. Como una fusión o algo así…
Ryan no paraba de reír mientras Ian escribía un mensaje a Emma, proponiéndole que se encontraran por la noche en el Ocean Bar, como la noche anterior. Estaba febril, pero seguro de volver a verla. La energía que corría entre los dos era innegable.
—Y Lilly, ¿qué haces con ella?
***
Emma había podido descansar un poco, a última hora de la tarde, a pesar de una jornada cargada de entrevistas con directivos y gente conocida del mundo de la moda. Le había impresionado conocer a todos esos personajes pintorescos. No había tenido que tratar mucho con Candice y se había contentado con seguir a Charlotte como un perrito faldero.
Había recibido el mensaje de Ian y le esperaba desde hacía ya veinticinco minutos en el Ocean Bar, como le había indicado. Estaba ansiosa y con ganas de volver a verle. Su corazón latía a toda velocidad. El sitio estaba mucho más animado que la noche anterior y había tenido que abrirse camino entre la gente para llegar hasta la barra. Ya no se acordaba de la última vez que había sentido tantos nervios, hacía mucho tiempo. Consultaba su teléfono con regularidad para comprobar si Ian le había escrito a propósito de su retraso.
Al cabo de cuarenta minutos, comprendió que le había dado plantón. Su mirada estaba ahora enturbiada por las lágrimas que intentaba retener en vano. Estaba decepcionada y dio una vuelta por el local para asegurarse de que él no estuviera allí. Sabía que era inmaduro tener ganas de llorar por esto. Se tragó sus lágrimas cuando vio a Candice que estaba sola en una mesa. Se la reconocía fácilmente, ya que su imagen no cuadraba con la de la mayoría de la gente del local. Era mayor que la media y su estilo era un poco demasiado arreglado, comparado con el de las personas en bermudas, faldas y camisetas de tirantes. Dudaba entre ir a saludarla o seguir sentada y hacer como que no la había visto. La mujer la aterraba. Tenía un temperamento con el que le era difícil tratar.
Después de unos diez minutos largos, Emma se rindió a la triste evidencia de que Ian no llegaría nunca, aunque ella esperara lo contrario. Estaba enfadada, pero sobre todo decepcionada por haberse dejado engañar por un apuesto donjuán que de todos modos no iba a volver a ver en cuanto volviera a Quebec. Aun así, estaba contenta de no haber cedido a sus impulsos y a sus deseos. Decidió entonces ir a saludar a Candice que todavía estaba sola en su mesa. Había un vaso medio lleno delante de ella y algunos otros vasos vacíos también sobre la mesa. Por un instante se preguntó si era posible que se hubiera bebido todo eso ya que la noche era aún joven. A pesar de su porte y elegancia, casi soberbia, sus ojos parecían confusos y muy cansados.
—Buenas noches, Señora Rose, ¿me puedo sentar? —le pidió Emma apoyando las dos manos sobre la silla que estaba delante de Candice.
Candice ofreció una sonrisa cálida a Emma, mucho más expresiva que de costumbre, lo cual alertó a Emma sobre una posible embriaguez. Luego, estudió a Emma de la cabeza a los pies, como hacía siempre. Sus ojos se detuvieron más tiempo sobre su cuerpo.
—Por supuesto señorita —, respondió Candice, con voz pastosa y ojos vidriosos.
Fue al oírla hablar que Emma pudo confirmar que estaba borracha. Primero se sorprendió, ya que Candice era a pesar de todo una persona obsesionada por el poder y el control, pero comprendió de inmediato que cada persona tiene sus propias debilidades.
—¿Estáis sola? —preguntó Emma.
—La soledad es mi mejor amiga. ¿Qué hace una mujer tan hermosa como tú sin un caballero? ¿Tu amante de ayer te ha abandonado?
Emma se sorprendió de nuevo por la familiaridad de su comentario.
—Quiero aclarar que no he vivido una noche de sexo apasionado, como usted parece imaginar. Y sí, habíamos quedado, pero no se ha presentado.
—Los hombres son siempre así de fiables. ¡Crap!1
Emma no pudo retener su suspiro. Le dirigió una sonrisa forzada a Candice que bebió de un trago el bourbon que quedaba en el fondo de su vaso.
—Tendría seguramente una buena razón —, replicó Emma encogiéndose de hombros.
De hecho, intentaba convencerse a sí misma.
—Nadie tendrá jamás una buena razón para faltarte al respeto. Métete esto en la cabeza —, respondió Candice señalando su cabeza con su dedo índice.
Emma se sobresaltó al oír el tono que la mujer había usado y sintió un ligero malestar. Aprovechó el momento para excusarse.
—Voy a volver al hotel. Voy a descansar para mañana…
—Quédate un ratito más. ¿Quieres una copa? Te invito. ¿Qué bebes?
Candice levantó la mano para llamar a uno de los camareros. Emma jugaba con sus dedos sobre la mesa y se sintió obligada a quedarse. Sentía lástima por la mujer que tenía delante. También tenía miedo de que le pudiera pasar algo en su estado, si se quedaba sola.
Emma indicó al camarero que quería vino tinto, mientras que Candice pidió otro bourbon con hielo. La mujer se puso a examinar a Emma de nuevo. Le recordaba vagamente a alguien de su pasado que había significado mucho para ella. Parecía frágil, pero de ella emanaba una cierta fuerza. Las personas como Emma fascinaban a Candice. Creía que era una debilidad dejar ver la vulnerabilidad de una. Emma se sentía aún incómoda por ser observada así. Se sentía demasiado intimidada como para para preguntarle sus motivos o para lanzar un tema de conversación cualquiera. Y entonces, se arriesgó a hacerle una pregunta, ya que se dijo a sí misma que iban a pasarse el resto de la noche mirándose si ella no rompía el silencio.
—¿Habéis pasado un buen día?
—Como otro cualquiera. ¿Tú has podido dormir un poco? —preguntó Candice eludiendo el tema con un gesto de la mano.
— Sabe usted, no es mi estilo pasar la noche fuera, más bien es Charl…
Emma se puso la mano delante de la boca y paró su frase en seco, dándose cuenta de que iba a revelar el comportamiento íntimo de Charlotte. Dar ese tipo de detalles sobre su mejor amiga no servía de nada y era aún más insensato dárselos a la persona que la contrataba profesionalmente. Sintió que le invadía un sentimiento de culpabilidad. Candice se moría de la risa. La sinceridad que se desprendía de su risa desestabilizó a Emma. Le daba una nueva cara a la mujer dura que ella conocía y suavizaba los rasgos especialmente fríos e intratables que normalmente la caracterizaban.
—Está bien, Emma, no voy a revelar tu pequeño secreto. Sé mucho más sobre Charlotte de lo que ella pueda imaginar. No has hecho más que confirmar lo que ya creía y lo que había oído entre bastidores.
—Debería haberme callado. No quiero que esto pueda cambiar la imagen que tiene de ella.
Candice sonrió y puso su mano sobre la de la joven quien se irguió al contacto y retiró la suya inmediatamente. Emma tenía muchas dificultades con la proximidad física de las personas. Candice notó su gesto de retirada, pero prefirió no decir nada al respecto.
—Charlotte tiene mucho carácter. Va a llegar muy lejos, en fin, siempre que su debilidad por los hombres no se convierta en un problema.
—Me sorprendería. Los hombres están como sobre asientos eyectables con ella.
Emma se mordió la lengua. Se dio cuenta de que había vuelto a hablar demasiado en cuanto vio una sonrisa dibujarse en los labios de Candice. No hacía más que meter la pata y prefirió callarse. Candice, a pesar de los efectos del alcohol, se había dado cuenta de su malestar e intentó cambiar de tema.
—¿Siempre has vivido en Montreal?
—No. Nací en un bonito pueblo de la región de Beauce, muy cerca de la frontera americana. Mi padre es americano.
• ¿A qué se dedican tus padres?
—Mi padre trabaja en una pescadería. Mi madre nos abandonó cuando yo era pequeña. Ya no es parte de mi vida.
A Emma no le gustaba hablar de su familia. Habitualmente se limitaba a responder de forma breve a las preguntas que a menudo le hacían. Sin añadir detalles innecesarios. Desvió la conversación interesándose por Candice y sus orígenes.
Ésta no se había enterado de nada de lo bebida que estaba. Candice se puso entonces a explicarle que una leyenda urbana había aparecido acerca de su nacimiento. Ella jamás la había negado. Algunos habían exagerado la historia llegando a decir que tenía sangre real. Hasta decían que sus ancestros descendían directamente de una princesa, pero era todo falso. Candice venía de una familia humilde de un pueblo costero de Inglaterra. No había estudiado en Oxford, sino que había hecho cursos de comunicación por correspondencia. Candice había conocido a su marido, Nicolas Campeau, no en una recepción de la alta sociedad a la cual los dos estaban invitados, sino mientras servía bebidas en un bar dónde él había venido a celebrar la firma de un contrato importante con un cliente de la zona. Él la había seducido, le había prometido que no saldría de allí sin ella. Ella había terminado cediendo, sin saber que se trataba de un hombre de negocios influyente en su país de origen. Estaba muy contenta de abandonar su pueblucho dejado de la mano de Dios y de vivir por fin la vida que se había inventado. Candice se había marchado sin pensarlo y no se había imaginado que ese hombre sería aún su marido muchos años más tarde. Su monólogo se volvió rápidamente inconexo, por lo que Emma le propuso que se marcharan y volvieran al hotel.