Читать книгу Una nueva vida florece. La historia resiliente de mi adopción - Jose Luis Gonzalo - Страница 7
PRÓLOGO
ОглавлениеAgradezco sinceramente la invitación que me ha hecho José Luis de prologar este libro. La acepté encantado. Son ya muchos los años de intercambios y trabajo que nos han mantenido en contacto en el ámbito de la adopción. A lo largo de este tiempo hemos compartido opiniones, intervenciones en jornadas, cursos y activa participación en redes sociales. Todo esto ha ido cimentando una relación que se prolonga en el tiempo y continúa aún después de mi retiro de toda actividad profesional, ya con más de diez años de jubilación a mis espaldas. También es para mí una manera amable y bonita de seguir en contacto con el mundo de la adopción, ese que ha ocupado prácticamente toda mi vida profesional y personal por mi condición de psicólogo y padre adoptivo. Por ello estoy doblemente agradecido a José Luis, quien me permite por medio de estas líneas abrir una ventana por la que asomarme con timidez al que durante muchos años fue mi espacio natural.
Cuando comencé a trabajar con la adopción en los años ochenta del pasado siglo, no había ninguna referencia que me permitiese intuir el complejo mundo en que me metía. Fue un salto al vacío en un entorno oculto y secreto que alimentaba tabúes y silencios. Hubo muchas resistencias, obstáculos y presiones. Era un mundo de adultos en el que los niños eran, en muchos casos, la moneda de cambio de oscuros intereses de todo tipo, hasta que pudimos, pasado un tiempo, abrir las ventanas y sacudir las alfombras. A partir de entonces cambió el panorama, se empezó a humanizar y tecnificar el proceso, la legislación comenzó a regular y reglamentar y por fin entraron en juego los profesionales que, con sus intervenciones basadas en el conocimiento y el análisis científico, pusieron lógica, orden y cordura en el entorno de la adopción. Fue una época apasionante y complicada, con punto de partida prácticamente desde cero, pero imparable hasta hoy.
A finales del siglo XX y principios del XXI, con la nueva forma de entender la adopción iniciando su camino, tuvimos en España el gran boom que nos ocupó a todos en el trabajo que había que realizar con la primera infancia. Eran niños pequeños que, además de los autóctonos, llegaban de otros países y culturas, entraban en familias a las que había que apoyar en el acoplamiento, en los cuidados, en los apegos y transferencias, en el seguimiento, de forma que tanto las publicaciones como las investigaciones e intervenciones que se realizaron en aquel momento reflejaban la preocupación por esas etapas iniciales de la adopción. El futuro era una incógnita que, en aquellas circunstancias, no alimentaba demasiado nuestra preocupación, porque todos estábamos demasiado involucrados en atender las necesidades perentorias de las familias. Fueron también momentos bonitos y felices que suponían la incorporación de nuevos miembros a entornos familiares que los recibían con profunda felicidad y alegría.
Pero sí que existe el futuro y, aunque entonces no le concedimos la importancia que luego ha demostrado tener, aquellos felices padres que adoptaron niños entre los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI son hoy también los felices padres, no lo dudo, de jóvenes, adolescentes y adultos que, desde luego, aportan a la vida familiar nuevas emociones, nuevas circunstancias y, en algunos casos, nuevos problemas que han convertido aquellas experiencias felices de hace unos años en situaciones a veces complicadas y tormentosas, que agitan en nuestros hijos adoptados fantasmas del pasado, reviven experiencias difíciles de su infancia y despiertan recuerdos enterrados que, sin saber muy bien por qué, reaparecen, los llenan de inquietud y, debido a ello, también a sus familias y a los profesionales que los atienden.
Y esta es la nueva cara de la adopción que ha cambiado la perspectiva desde la que tenemos que abordar hoy las situaciones que se plantean. Los niños adoptados de ayer han crecido y son ya personas que nos cuentan sus experiencias, que hablan de su malestar y de sus emociones, que reflexionan sobre su vida y nos abren con ello nuevas perspectivas desde las que entender lo que les ha pasado y les está pasando. Nuestros hijos se han hecho mayores y nos presentan retos de mayores ante los que no nos podemos arrugar. La paternidad adoptiva tiene que hacer acompañamientos largos y complejos que, en muchos casos, dejan a los padres confusos y superados por la nueva realidad de sus hijos, también confusos y desorientados, pero llenos de vida, expectativas y desconcierto. Complicada pero hermosa tarea.
El libro ante el que estamos es un claro ejemplo de todo lo que he comentado hasta ahora. La historia de Janire, conmovedora desde el punto de vista personal y apasionante desde la perspectiva profesional que se expone detalladamente a lo largo de las páginas, nos refleja de manera inequívoca una versión de la adopción que nada tiene que ver con las prácticas del pasado. En honor a la verdad, tampoco es, por desgracia, un modo de funcionamiento habitual, pero nos da la pista clara de lo que supone una intervención total relatada minuciosamente, que abre un camino referencial para padres y profesionales.
Florecer es la descripción del proceso de recuperación de Janire, una muchacha de veintidós años que arrastra desde su infancia una historia de sufrimiento y desconcierto. Es el prototipo de tantos adoptados que han dejado de ser niños sin haber resuelto las consecuencias de una infancia difícil que obstaculiza su incorporación a la vida social adulta y que, en muchos casos, parecerían condenados a una vida marginal sin perspectivas de liberación. Por ello me adhiero incondicionalmente al mensaje implícito que se percibe con la lectura de cada línea de este libro y que yo he tratado de transmitir siempre en mi vida profesional: hay esperanza si se ponen los medios, el conocimiento y el entusiasmo necesarios para atender las necesidades de nuestros hijos adoptados porque, como vemos en este texto, sí existen esos medios, ese entusiasmo y ese conocimiento para abordar con éxito una tarea tan complicada. Solo es necesario encontrar y pulsar las teclas adecuadas.
Todo arranca de una iniciativa de Janire que, para sorpresa y asombro de sus terapeutas, ha sido capaz, de modo espontáneo durante el confinamiento, de escribir su historia y contar los acontecimientos que recuerda casi de modo periodístico. Este es el punto de partida. Nos hace una narración detallada junto a algunas reflexiones que nos permiten vislumbrar su inseguridad, sus temores, sus pequeñas alegrías y logros, las dificultades para relacionarse, sus problemas escolares, sus ilusiones y fantasías, resaltando de modo especial el reconocimiento que despiertan en ella las personas que la han tratado bien por primera vez en su vida: su madre y sus terapeutas, quienes constituyen la fuerza que le ha permitido seguir adelante y ser optimista respecto a su futuro. Solamente esto ya significaría un triunfo terapéutico de primera magnitud que hubiera sido imposible sin un entorno acompañante del calibre del que explica este libro. Aquí hay una extensa y bien tejida red de intervenciones que durante muchos años han permitido acompañar, apoyar, abrir caminos de comunicación, dar seguridad, reforzar actitudes, aportar autoestima y aceptar la realidad; en definitiva, fomentar la capacidad de resiliencia y crear el clima adecuado para una intervención terapéutica en profundidad.
A lo largo del relato va quedando muy claro cuáles han sido esas teclas adecuadas a las que antes me he referido. En primer lugar, Miren, madre coraje que, casi sin tiempo para hacerse a la idea (lo suyo fue una adopción exprés), superó con decisión momentos esporádicos de desaliento, de incertidumbre y temor que nunca fueron obstáculo para que ella pusiera en marcha todos los recursos a su alcance para allanar el camino de su hija. Es admirable el recorrido adoptivo de esta mujer valiente que, a sus cincuenta años, inicia sola un proceso de adopción internacional, en el que no desfalleció a pesar de las crecientes dificultades que fue encontrando y las sorpresas que le deparó todo el proceso de adaptación de su hija, con una trayectoria que, a estas alturas de mi vida, me ha traído al presente muchas de las sensaciones y emociones que yo mismo viví en el proceso adoptivo de mi hijo. Por ello me atrevo a afirmar, sin temor a equivocarme, que la historia de Miren y Janire va a dar referencias y tranquilidad a muchas madres y padres adoptivos que se sentirán reflejados en cada una de las líneas de este libro, y va a ser a la vez una gran ayuda para los profesionales que tengan que tratar a niños y niñas con historias semejantes.
Una segunda tecla, importante en este proceso, nos la presenta Cristina en un relato admirable y didáctico por su claridad y concreción, donde nos da lo que yo llamaría las «claves de la resistencia»: el acompañamiento a la familia, representada en ese grupo de apoyo que trata de animar, dar fuerzas, empujar y formar entre iguales a padres y madres empeñados en sacar adelante a sus hijos en dificultad. El grupo es fuerza y tiene el valor de apoyar desde la base. Es un lugar donde se buscan soluciones solidarias, donde se entienden en un lenguaje común personas muy distintas y donde se reflexiona desde la necesidad real de encontrar caminos nuevos que acerquen y permitan comprender y reajustar la relación con los hijos. El apoyo mutuo, la comprensión, la libre expresión en un entorno cálido y acogedor, la aceptación de que es normal que los padres adoptivos se encuentren confundidos ante la realidad cambiante de sus hijos y de que eso exige necesariamente cambios en las actitudes de los padres hacen el resto. La paternidad adoptiva abre huecos a novedades insospechadas y avanza.
Y la tercera y definitiva tecla que hay que pulsar es la acción terapéutica directa representada por la atención psiquiátrica y la intervención psicológica que asume José Luis desde la teoría de la Traumaterapia de Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan. De un modo minucioso y claro nos explica aquí el proceso terapéutico de ocho años, con todos sus detalles y las valiosas aportaciones y observaciones del terapeuta, quien no ahorra detalles de los avances, descubrimientos, desánimos y recuperaciones que Janire va encontrando en un camino que tiene rectas, curvas, subidas y bajadas, pero que siempre va hacia delante y le ha permitido asumir su realidad actual.
La adopción no se puede abordar desde un único punto de vista, sino considerando todas las variables que intervienen, que son muchas y complejas. Hacer esto supone análisis, programación de distintos procesos y procedimientos en el modo de abordar los problemas e implicación profesional y personal. Y, sobre todo, tiempo y paciencia. Este modelo de trabajar en conjunto coordinando especialistas y poniendo todo ello al servicio de la adopción supone una vía de inestimable valor que, como hemos podido ver en este relato, se ha mostrado altamente eficaz.
Y, para finalizar, quiero dejar patente mi admiración a Janire y Miren por su generosidad y valentía al abrirnos una puerta a su intimidad y por su implicación en este proceso de «renacimiento». Sin su coraje y su empeño, esto no hubiera funcionado. Y a todo el equipo terapéutico (psicólogos y psiquiatras), que en una acción coral han conseguido hacernos ver las ventajas del trabajo coordinado y concienzudo al que han dedicado todo el tiempo que ha sido necesario para despertar en Janire su potencial resiliente y sus ganas de vivir.
Libro original desde su concepción y modo de publicación e imprescindible para todos aquellos que estén involucrados en el tema de la adopción desde cualquiera de sus vertientes.
Mi más cordial enhorabuena a todos los participantes en este hermoso proyecto.
José Ángel Giménez Alvira
Psicólogo y padre adoptivo
Torrijo del Campo (Teruel)
Navidad de 2020