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Prólogo

El Jubileo de la misericordia

Con la convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia, el papa Francisco ha querido invitarnos a entrar en el misterio mismo del Amor de Dios, a experimentar este Amor y abrir las puertas de la Iglesia y de nuestro corazón a los marcados por el sufrimiento y el dolor. El Año de la Misericordia,coincide con el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II. Ya en el discurso de apertura, Juan XXIII, el papa franciscano, proponía a los padres conciliares, y con ellos a toda la Iglesia, emplear la medicina de la misericordia, y Pablo VI resumía el mensaje conciliar con la parábola del buen samaritano. Creo que en la intención del papa Francisco, esta convocatoria pretende transformar la imagen de Dios, que, incomprensiblemente, todavía perdura entre muchos creyentes, y descubrir el rostro misericordioso de un Padre que es la Misericordia misma. La Misericordia es lo que mejor expresa su esencia divina.

El año jubilar se inauguró solemnemente el 8 de diciembre de 2015, fiesta de la Inmaculada Concepción de María, y se cerrará, Dios mediante, el 21 de noviembre de 2016, Domingo de Cristo Rey. Y como referentes de misericordia, el papa Francisco ha propuesto a la Iglesia dos hijos de san Francisco, dos frailes capuchinos que consagraron su vida al ministerio de la reconciliación, dos artífices de misericordia: san Leopoldo de Castelnuovo y san Pío de Pietrelcina. El primero nació en Montenegro (antigua Yugoslavia) el año 1866, y falleció en Padua, donde había pasado prácticamente toda su vida, en 1942. Fue conocido como «El mártir del confesionario». Se dice de él que incluso se le llegó a prohibir confesar durante un tiempo, porque era demasiado comprensivo y tolerante.

El Padre Pío nació en Pietrelcina, pueblecito del sur de Italia, en 1887, y falleció en San Giovanni Rotondo en 1968. Hermanos de Orden y contemporáneos, los confesionarios de los dos capuchinos fueron espacios privilegiados de encuentro con el Dios de la misericordia, donde miles de cristianos sintieron la experiencia de sentirse acogidos y amados.

La primera noticia sobre el P. Pío de Pietrelcina aparece en el periódico romano «Il giornale d’Italia», el 9 de mayo de 1919, en un breve artículo titulado: «Los milagros de un capuchino en San Giovanni Rotondo». El autor anónimo presenta «al humilde capuchino» como un «santo», venerado y amado por mucha gente a causa de su extraordinario celo sacerdotal, manifestado especialmente en la Celebración Eucarística y en el Sacramento de la Reconciliación, pero sobre todo, por sus estigmas. La sensacional noticia fue recogida por otros periódicos y revistas, y pronto se difundió por el resto de Italia y por el mundo entero. El pueblo creyente lo acogió con entusiasmo, y a partir del mes de mayo de 1919, el pequeño convento de San Giovanni Rotondo se vio invadido por una multitud de peregrinos y curiosos que fue aumentando día a día.

Desde aquel lejano 1919 hasta la muerte del fraile, acaecida el 23 de septiembre de 1968, el Padre Pío se convirtió en uno de los religiosos más populares de nuestro siglo, hasta llegar a ser, para muchos estudiosos de la espiritualidad, el exponente más significativo de la mística sacerdotal de nuestro tiempo.

El «fenómeno» del P. Pío muy pronto dio lugar a contradicción y escándalo. Por una parte, fue venerado como santo por las multitudes que acudían a escuchar su palabra y por otra, perseguido por la Iglesia y la Ciencia, que lo consideraban un farsante. Mientras que cardenales, obispos y sacerdotes se disputaban el honor de ayudarle en sus misas, altos prelados de la Curia Vaticana y otros de su propia Diócesis lo trataban como un enfermo mental. Incluso hubo algún papa que miró al pobre P. Pío con cierto recelo. Mientras el buen fraile exhortaba a las multitudes a mantenerse fieles a Jesús, gente sin escrúpulos manipulaba a los peregrinos en beneficio propio, casi siempre por interés económico. Se le retiraron las licencias para presidir el sacramento del Matrimonio. Más tarde y durante un período de dos años, se le prohibió celebrar la Eucaristía. Incluso, llegaron a colocar micrófonos ocultos en el confesionario. Muchas veces se sintió incomprendido por los mismos hermanos de la Orden, sin embargo, el P. Pío lo aceptó todo contemplando con Amor la Cruz del Señor.

A los funerales del P. Pío asistieron más de cien mil personas. En la Plaza de San Pedro no hubo espacio suficiente para acoger a todos los peregrinos que llegaron desde todas partes del mundo para asistir a su beatificación, el dos de mayo de 1999, y a la misa celebrada al día siguiente. Y lo mismo sucedió en su canonización, el 16 de junio del 2002, cuando los peregrinos pudieron seguir la ceremonia, además de en la Plaza de San Pedro, desde los espacios más amplios de la Ciudad Eterna.

Una beatificación y una canonización esperadas, por miles y miles de personas, con impaciencia y esperanza. Un proceso largo y conflictivo, interrumpido, con frecuencia, por las más altas esferas vaticanas. Aun así, el Sepulcro del buen hijo de san Francisco, el humilde capuchino, se ha convertido en el centro de espiritualidad más visitado de Europa, y el segundo del mundo cristiano, después de Nuestra Señora de Guadalupe, en México.

Padre Pío

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