Читать книгу Enredado Con La Ladrona - Kate Rudolph - Страница 7
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Capítulo Uno
Crystal Lake Savings and Loan se encontraba un poco alejado de la carretera principal, en un bonito conjunto de oficinas en Crystal Lake, Wisconsin. Al mediodía de un miércoles, el tráfico de entrada y salida del banco era bastante constante. Los trabajadores que se encontraban en su almuerzo acudían a cobrar y depositar cheques, y los empleados a tiempo parcial cambiaban de turno. Mel observaba todo a través del espejo retrovisor en un auto estacionado a media cuadra de distancia.
Mel se enderezó el cuello de la blusa y revisó su reloj. Kathy Pierson era su objetivo y necesitaba estar dentro antes de las 12:30 o todo estaría jodido. Considerando el lado positivo, este trabajo no exigía ampliar exactamente sus habilidades. Era un banco de un pueblo pequeño que protegía los bienes de una pequeña población. Pero significaba que nadie buscaría aquí la caja de seguridad de Tina. Principalmente, porque Mel sospechaba que se trataba de un acuerdo temporal. El cristal de adivinación era el único objeto de Tina que se encontraría en este banco, probablemente en el estado. Pero Mel no necesitaba nada más de esa bruja, ya no. Una vez que tuviera el cristal, estaría en camino de enfrentarse a la única persona que ya no tenía un lugar en la vida.
Mel estaba interpretando el papel de Helen Undine, una abogada mediocre de Milwaukee que buscaba una vida sencilla. Su cabello lo llevaba recogido en un moño apretado que no permitía cabellos sueltos. Su traje era dos tonos más oscuros que el beige, y particularmente poco favorecedor, pero costoso. Llevaba un pequeño collar de perlas y un llamativo anillo de compromiso. Helen era una ... mujer complicada. Y exactamente era lo que Mel necesitaba en ese momento.
Llevaba zapatos planos, aunque Helen normalmente usaba tacones. Pero algunas cosas debían sacrificarse por conveniencia, y correr con un traje de falda sería lo suficientemente difícil y ella no tenía ningún deseo de tropezar debido a centímetros innecesarios.
El interior del banco no le daba la mejor impresión de seguridad. El escritorio de un ejecutivo estaba desocupado en el vestíbulo, y quienquiera que se sentara allí había dejado la computadora conectada a la red del banco. El guardia de seguridad, que sólo llevaba una pistola eléctrica y no un arma de fuego, la recibió con una sonrisa. Tres mujeres ocupaban los puestos de cajeras, aunque solo una estaba ocupaba con un cliente. Las otras dos charlaban, sin prestar atención a la entrada.
Sonrió cuando vio a Kathy Pierson cruzar por el lugar.
Antes del final de su turno, la mujer hizo una última revisión de las cajas, que era lo que había estado haciendo todos los días desde que Mel revisaba el banco. Rápidamente, Mel dio un paso adelante, agarró el maletín y se topó con la gerente del banco.
«¡Oh! Disculpe, lo siento mucho», dijo Kathy. Le dio a Mel un rápido vistazo, notando las joyas y el fino cuero de su maletín. «No la vi. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarla el día de hoy?».
Perfecto. Mel dedicó la suficiente frustración en su postura e inclinó la nariz antes de hablar. «Sí», frunció los labios y mantuvo sus palabras entrecortadas. «Necesito acceder a mi caja de seguridad. ¿Es usted quien puede ocuparse de eso?». La condescendencia goteaba en su tono.
El cuello de Kathy se tensó por la frustración. Mel sabía que, a esta hora del día, ella era la única persona autorizada para llevar a los clientes a la bóveda, y estaba a unos minutos de irse a casa. Pero ella sonrió y ni siquiera pareció molesta. «Por supuesto. ¿Tiene su llave? Y tendré que registrar su ingreso».
Tomó un portapapeles de uno de los cajeros y se lo entregó a Mel. Helen Undine tenía una firma hermosa y precisa que coincidía con su identificación.
Kathy la condujo a la parte trasera del edificio y atravesaron una puerta con barrotes. El guardia de seguridad entró en la bóveda con ellas. Mel había abierto la cuenta tres días antes y, a través de una rápida conversación, pudo conseguir la caja adyacente a la que necesitaba. El guardia y Mel pusieron sus llaves en la cerradura y las giraron simultáneamente. Él sacó la caja y se la entregó. Ella le dirigió una sonrisa tensa en agradecimiento.
La condujeron a una pequeña cámara dentro de la bóveda donde se le daría privacidad para revisar el contenido de la caja y hacer lo que fuera necesario. Tanto Kathy como el guardia esperaron detrás de una cortina roja mientras ella se ponía manos a la obra. Mel consultó su reloj. Llevaba menos de diez minutos en el banco y era casi la hora de ponerse a trabajar.
Un grito rasgó el aire. Justo a tiempo.
Mel se levantó de la silla y miró a Kathy y al guardia. «¿Todo está bien?», preguntó.
Kathy se enderezó, evaluando la situación. En ese momento, era la única gerente de turno. «Debería ir a comprobarlo. ¿Ustedes dos estarán bien mientras yo no esté?».
«Por supuesto», dijo Mel. «Obviamente, hay asuntos más importantes».
Kathy no supo cómo tomarse eso, pero se apresuró a salir, dejando a Mel y al guardia solos. Mel comenzó la cuenta regresiva desde 120, que era cuando la siguiente distracción se activaría. Con ligereza y ociosamente, ordenó el contenido de la caja. Había papeles y algunas joyas baratas, nada de verdadero valor. Pero daba la impresión de que había suficiente para que le tomara tiempo encontrar lo que necesitaba. Eso era lo importante.
Justo a tiempo una explosión sacudió el aire, seguida por el estallido hueco de petardos. Mel se sacudió, derribando algunos de sus papeles y jadeando por el efecto. Salió furiosa de detrás de la cortina, chocando con el guardia antes de que pudiera detenerse. «¿Qué fue eso?», exigió con una pizca de pánico arrastrándose en su voz.
La mano del guardia de seguridad voló hacia su pistola eléctrica y miró hacia el frente del banco. «Está bien, señora. Aquí estará a salvo». Y se dirigió hacia la conmoción, sin más indicaciones.
Perfecto.
Mel esperó unos segundos antes de abrir su maletín y sacar las ganzúas. El guardia había cerrado la puerta interior detrás de él, lo que le daba privacidad y la libertad de trabajar sin mirar por encima del hombro.
Se acercó a la caja 109 y colocó la llave del guardia en una de las ranuras. Se la había quitado cuando chocaron después de la explosión. Abrir la otra cerradura fue más fácil de lo que debería haber sido, y en menos de un minuto Mel conseguía la caja de seguridad que contenía su pago por el trabajo del robo de la Esmeralda Escarlata.
Abrió la caja y se quedó paralizada, sin entender muy bien lo que veía. Cerró la caja y la abrió una vez más, esperando que sus ojos la engañaran.
Su pago no estaba en la caja.
Sólo estaba una tarjeta de presentación.
En letras nítidas, la tarjeta de presentación decía "LUCIO TORRES", e incluía un número de teléfono y una dirección de correo electrónico. Sin nombre comercial, sin dirección física. Pero Mel sabía exactamente dónde vivía. Después de todo, a él le había robado la Esmeralda Escarlata.
Un mes antes, una bruja llamada Tina Anders se acercó a Mel para incitarla a conseguir la gema. Era un trabajo difícil, uno que solo tres personas, incluida Mel, eran capaces de realizar. Pero Tina y Mel tenían una larga historia, y Tina le ofreció a Mel un pago que no podía rechazar para realizar el trabajo en un período de tiempo casi imposible.
Lo había aceptado y también lo había hecho, excepto por un pequeño percance que durante unos días la convirtió en la visita ‘no invitada’ del hombre león alfa. Y eso debería haber sido todo. Le entregó a Tina su piedra y ella le entregó la llave de esta caja de seguridad y el negocio estaba concluido.
Excepto por los vampiros.
Cuando explicó el trabajo, Tina no mencionó nada sobre los vampiros. Y, si lo hubiera hecho, a Mel le gustaba pensar que habría rechazado el trabajo, sin importar el pago. Pero los vampiros aparecieron y la mierda se fue al infierno. Luke Torres la acusó de secuestrar a su hermana y Mel se teletransportó antes de que pudiera arrancarle la garganta.
Lo cual fue bueno, excepto por la parte en la que terminó desnuda a 1.500 kilómetros de distancia, sin la llave de la caja de seguridad, ni la dirección. Todo eso terminaba con Luke y en una pila de su ropa en el bosque de Colorado. Sólo después de volver a reunirse con Krista le recordó que una persona que usaba ese encantamiento necesitaba poseer las cosas con las que deseaba teletransportarse. Y la ropa de Mel se había adquirido por otros medios.
Y, si bien era dueña de la llave y la tarjeta con la dirección, no lo era de la ropa donde las había guardado. Krista y Bob se habían marchado después de recibir sus pagos por su participación en el trabajo, y ella se había quedado sin nada.
Y Luke lo tenía todo. Lo más importante es que tenía su piedra de adivinación.
Mel cerró la caja de golpe y la volvió a meter en la ranura correcta. Se mordió el labio para no seguir maldiciendo. Una piedra de adivinación le permitiría localizar el foco de la piedra con la ayuda de una bruja. Tendría un GPS mágico para encontrar su objetivo en cualquier momento. Y esta piedra de adivinación era más valiosa que cualquier otra cosa que tuviera.
Esta piedra de adivinación estaba relacionada con una bruja llamada Ava. Le permitiría rastrear a la mujer que había matado a sus padres.
Mel se enderezó y volvió a sentarse ante la mesa, esperando a que Kathy o el guardia regresaran. Ya estaba formulando un plan en su mente. Bastante simple. Iba a tener que robarle al alfa una vez más.