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Glotonería
ОглавлениеHace tiempo que mi estómago se convirtió en una reina: se negó a los tacos de fuera del metro, a las quesadillas de cincuenta centímetros y a cualquier cosa que atentara contra las leyes de salubridad o la estética culinaria. Comía puras cosas sanas: pollo, pescado, frutas e incluso, a veces, me descubrí comiendo ese veneno verdoso al que han bautizado como vegetales sólo para complacerlo. Cuando atentaba contra su dieta se ponía rígido, me dejaba en la cama hecha un feto. Si me levantaba, era sólo para deshacerme en un torrente de diarrea y vómito. Al final, quedaba sobre la cama siendo más un esqueleto que un ser humano. Harta de aquella tiranía estomacal, decidí darle un escarmiento. Si no me dejaba comer mis porquerías en paz, entonces lo mataría de hambre.
El principio no fue tan difícil. Fuera del cansancio y del rugido insistente, no pasó nada. Pero ese estómago era un órgano listo: le tomó un día descubrir mi plan e iniciar el contraataque. La tortura comenzó con dolores continuos; sin embargo, no cedí, eso lo ofendió a tal grado que liberó sus jugos gástricos. También trató de someterme a la tentación, como cuando —muerta de hambre— pasé frente a un puesto de tacos: el taquero deslizaba el cuchillo por el trompo, el pastor se dejaba caer sobre el abrazo de una tortilla expectante, mientras de los dedos del hombre caía una lluvia de cilantro y cebolla… ante tal espectáculo vacilé, pero, al no querer verme al borde de la derrota, salí corriendo. En cuanto llegué a mi cuarto, caí sobre la cama. El jugo gástrico arañó con más fuerza y, en otro intento de huir, me quedé dormida.
Desperté. Todo rastro de dolor había desaparecido; sin embargo, al levantarme, sentí una especie de flacidez. En un arranque de curiosidad, caminé hacia el espejo, alcé mi playera y descubrí mi abdomen bañado en una extraña transparencia... era como mirar la ventana que me abría los ojos a los horrores de mi estómago.
Por medio del conducto biliar devoraba a sus órganos hermanos. No había rastro del colón y el intestino era absorbido como por una máquina moledora de carne. Luego vi venir un órgano que me recordó la cabeza de esos machos cabríos que tanto suelen adorar los pseudo-satanistas; tardé unos cuantos segundos en reconocerlo y darme cuenta de que era el útero que tantas veces vi en los libros de Ciencias Naturales. Frente a mis ojos pasaron órganos que desconocía, órganos deformes cuya ausencia era una pérdida insignificante. Hígado, páncreas, vejiga; todo era alimento de las fauces babosas de un estómago hambriento.
Hasta entonces no sentí dolor ni miedo, sino más bien una especie de fascinación; no obstante, tanto el uno como el otro llegaron cuando vi mis piernas encogerse. El músculo se disolvió ante la presencia del jugo gástrico, el contorno del fémur se asomó por el abdomen, su deformidad me rasgó a fin de abrirse paso por aquel minúsculo conducto. Los huesos se deshicieron en astillas para luego perderse en un oleaje de ácido. Sólo quedaron un par de calcetines de piel que fueron aspirados como un espagueti.
No tuve ni cinco segundos de paz cuando sentí que, desde adentro, me arrebataban la lengua; no pasaron ni dos cuando, de un tirón, desapareció dejándome con los dientes teñidos de sangre y saliva. Sentí la asfixia encaminarse con presteza. Mi estómago engulló el esófago jalando consigo la laringe. Los pulmones se llenaron de desespero, trataban de devorar un aire que ya no tenía posibilidad de entrada.
Así, la lucha se desvaneció en un último aliento. Mis mejillas se pintaron de muerte y el estómago de vida. Quizá, al menos, lo encuentren al amanecer.