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CAPÍTULO 2

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Han pasado siete meses desde la boda de Javier y Rosa y casi año y medio de la muerte de mamá; estoy de nuevo en Saldisetxea para recoger la casa, que es lo que se hace cuando alguien fallece, pero no sé bien por dónde empezar. Otra vez, en tan poco tiempo, este ritual de despedida que nos lleva a repasar la vida del difunto y nos descubre facetas olvidadas de esa persona. En cada cajón, en cada armario, en cada estantería nos asaltan los recuerdos. Encuentro cosas de mamá y de los abuelos de las que ya me había olvidado: escritos y antiguos libros de contabilidad de la acería, cuyas páginas repletas de números constituyen por sí solas una historia de ambición, decepciones y fracasos que nunca llegaré a entender. Estoy cansada de duelos y necesito que esta muerte ponga fin por mucho tiempo a la mala racha.

He acordado con Javier que me quedaría con estos papeles. Me extraña que a él no le interese guardar la historia de la familia, quizás es que está muy afectado por el fallecimiento del abuelo y no quiere avivar recuerdos. Yo también lo quería y por eso llaman mi atención los vestigios que hablan de su faceta como empresario, tan denostada por papá. Me intriga comprobar cuánto hay de verdad y cuánto de inquina personal en el juicio tan negativo que tiene del abuelo y hasta qué punto habla movido por la rivalidad que hubo entre ellos. Una disputa soterrada por el liderazgo de la familia que no ha cesado hasta ahora porque ninguno de los dos aceptaba que el otro impusiera su criterio.

En estos viejos libros de contabilidad, a los que hasta ahora no había tenido acceso, puede que encuentre lo que sucedió con la acería, un asunto del que, cuando le preguntaba al abuelo, este solo respondía suspirando: «Hija, la vida está llena de contratiempos». Era muy reservado para sus asuntos; claro que debe de ser cosa de familia porque yo también echo el candado para que nadie se meta en mis cosas. También es cierto que debía de considerar que eran temas que no interesaban a una adolescente. Si preguntaba a mamá, se limitaba a decir que eso eran cosas de hombres y que las mujeres nunca podríamos entender. Llegadas a este punto me daba por vencida, furiosa porque me incluyera en ese papel secundario que ella había asumido con tanta complacencia. Además, la alternativa de seguir hablando solía conducir nuestra conversación hacia una agria polémica que nos causaba a las dos un gran malestar. Ambas teníamos experiencia en mantener duras controversias, que al final desataban su enfado, con el consabido intercambio de reproches, y luego, cuando se convencía de que no iba a razonar como ella quería, echaba mano de un exasperante victimismo. Si papá trataba de mediar en la disputa era peor, porque entonces mamá, en vez de presentar batalla, se encerraba en un mutismo que duraba varios días.

Sé que la decepcioné profundamente y que nunca respondí al prototipo de hija de buena familia que ella deseaba; mi amistad con las amigas del colegio en Burgos y Pamplona, actualmente todas casadas y con hijos, se esfumó en cuanto nos fuimos a Madrid: descubrí otras formas de vivir y forjé amistades con gentes muy distintas de las que hasta entonces había conocido. A pesar de que todo resultara más duro, diría que más áspero, era tan real y tan vívido que durante unos años olvidé mis complejos y me sentí más cercana al vigor con que mi padre absorbía la existencia que a la melancolía con que mi madre dejaba pasar sus días.

Aun así, hay actitudes que ahora veo con más objetividad y entiendo que para ella fuera muy difícil mantenerse equidistante intentando no quemarse entre esos dos fuegos que eran mi padre y mi abuelo, sin que ninguno de los dos fuera capaz de calibrar el daño que le hicieron. Eso explica que hubiera etapas en las que ella se inclinaba hacia el lado paterno, para acercarse a Nino de nuevo después de pasado un tiempo. Me pregunto hasta qué punto eran sinceras esas reconciliaciones de mis padres, seguidas siempre de la abrupta interrupción de la visita mensual a Saldisetxea.

El abuelo echaba mano de cualquier pretexto, un papeleo o una revisión médica, para romper el hielo y recabar la presencia de su hija. A mamá siempre le sobraron los motivos para acudir a la casa de sus padres y, sin embargo, en los meses previos a su enfermedad, a raíz del intento de reconciliación más serio que hubo entre mis padres y del que yo fui testigo, se mostró por primera vez desapegada con el abuelo, que por entonces ya había enviudado y la necesitaba más que nunca. Alguna vez he tratado de abordar esta cuestión con Nino, ahondar en ese cambio de actitud inexplicable de mamá, pero se resiste a hablar de la misma forma en que yo tengo algunos asuntos que reservo para mi estricto ámbito privado y sobre los que me vuelvo escurridiza como una anguila cuando papá intenta abrir esa puerta que yo he cerrado con una llave después de tirarla al fondo de una sima a la que no me quiero ni asomar. ¿Para qué decirle la verdad si no lo entendería? A veces es preferible callar para no hacer sufrir a nadie, más cuando tengo asumido que yo sola debo arrastrar mi carga. Reconozco que no sé cómo abordarlo y trato de ignorarlo para aliviar esta presión que, a la postre, pesa sobre mi estado de ánimo y me descentra de mis ocupaciones. Curiosamente solo me siento segura en el trabajo, la fábrica me produce bienestar, incluso cuando hay problemas gozo de una tranquilidad que no encuentro fuera. Papá dice que soy como él, una adicta al trabajo, pero solamente yo conozco la causa de esta adicción que él ni siquiera imagina.

Dejo los papeles y le pido a Amaia que hagamos el recorrido por las habitaciones para disponer lo que se hace con algunas prendas del abuelo que ya no le servirán a nadie; le digo que se encargue de regalar la ropa y que haga lo mismo con los vestidos de la abuela, que todavía se conservan en los armarios y de los que él no se había atrevido a desprenderse. Se me inunda la pituitaria del olor a cera, lavanda y membrillo que exhalan los cajones, un aroma que me devuelve a la infancia cuando mamá y yo rebuscábamos telas en desuso para disfrazarme y ella abría esas puertas de nogal y se quedaba mirando igual que si se asomara a una ventana desde la que contemplar el paso del tiempo. Enseguida venía la abuela a ver qué le estábamos revolviendo. Era muy celosa de su orden y de sus cosas y no le gustaba que hurgáramos en los armarios. Un recuerdo amable de mi madre que me da otra perspectiva de ella, de un tiempo en que estábamos unidas.

Amaia se conoce todos los recovecos de la casa y es de agradecer lo bien que la cuida desde hace tanto tiempo. Como los Monreal, forma parte de la familia y de Saldisetxea, y así lo sienten todos ellos. A mí me trata como a una hija y con esa confianza me ha preguntado si pensábamos seguir contando con sus servicios. Sin dudarlo le he dicho que sí, ni siquiera le he consultado a Javier, aunque no creo que ponga ningún reparo. No sé qué dirá Rosa al respecto, pero mi hermano también aprecia a Amaia y a su edad, debe de rondar los cincuenta, no le vamos a hacer una faena. Cuando me planteo estas cuestiones cotidianas siento cierta inquietud por el futuro de Saldisetxea y me pregunto si, desde nuestras respectivas responsabilidades, sabremos conservar como se debe este lugar que a los dos nos trae buenos recuerdos.

Me revuelve por dentro el papel de notaria que hoy ejerzo. Este recorrido por la casa certifica el fin de una época, eso espero, marcada por la desaparición de seres queridos. El último ha sido el abuelo, con quien me unía un extraño sentimiento de amor-rechazo que nunca me he podido explicar. Disfrutaba cuando me dejaba acompañarle en sus largos paseos por el bosque, una costumbre que adopté desde bien niña cuando veníamos a pasar aquí el verano. Estoy segura de que le complacía mi compañía porque no interrumpía el silencio que solo él quebrantaba para explicarme los nombres de los árboles y de las plantas, para señalarme algún insecto curioso que no habría visto si no me lo hubiera enseñado, de los pájaros y de los animalitos que salían de sus madrigueras, cuando en total comunión con el paisaje nos deteníamos a observar durante un buen rato las ramas de las hayas columpiarse dulcemente en el cielo. Después proseguíamos y continuaba con sus explicaciones, cuyo término representaba para mí la señal de que ya podía preguntar todo lo que me había ido callando por el camino. En un momento determinado juzgaba que ya era hora de regresar y, de vuelta, me contaba habladurías del pueblo, recuerdos de su vida en Bilbao y de cuando mamá era pequeña.

No puedo evitar la congoja que me produce su ausencia, quizás porque añoro ese tiempo en que lo admiraba tanto. Realmente no lo aprendí todo de mi padre, el abuelo también me hablaba de los buenos tiempos de la acería, de la reverencia con que saludaban a su padre los obreros y el personal de las oficinas, de cuando empezó y mi bisabuelo le obligaba a acompañarle para que reconocieran en él al hijo del patrón que un día se haría cargo de todo aquello y le aconsejaba que evitara las malas prácticas de algunos que, si se veían en aprietos, estropeaban las coladas para venderlas como chatarra porque se las pagaban mejor. Me crie con estas historias, que el abuelo adornaba a su manera para dar ante mí su mejor imagen; era muy jactancioso, pero me ponía sobre la pista de actuaciones que atribuía a otros y que he llegado a sospechar que él también practicaba. Yo entonces era demasiado joven y me limitaba a escuchar, pero alguna vez he sentido que su voz regresaba como un eco y me recordaba que no me había llegado a contar el final del cuento. Siempre presentí, influida por los comentarios ácidos de Nino sobre su persona, que guardaba algo, una parte de su historia que le hubiese gustado relatarme, pero que no se atrevió a hacerlo.

Esta sensación cobra fuerza cuando recuerdo en él actitudes que me incomodaban, como esa superioridad con la que hablaba a quienes no formaban parte de su familia o de sus amistades. Ese rictus soberbio en sus labios, sobre el que no me interrogué hasta que me hice mayor, deshizo la magia que había entre nosotros e hizo que las acusaciones de mi padre cobraran sentido para mí y que yo me fuera alejando del abuelo poco a poco sin saber a ciencia cierta los motivos. Pese a todo, siento cierto remordimiento por haberlo dejado solo este último año en que ha debido de pasarlo tan mal, por no haberme acercado más a él como hizo mi hermano. El abuelo me conocía, leía mi pensamiento como un libro; quizás por eso prefería a Javier, que nunca le cuestionó, pues para mi hermano por encima de todo era su abuelo sin más disquisiciones. Javier siempre se sintió un Arlaiz de los pies a la cabeza. En cambio, a mí el abuelo me decía que tenía un «ramalazo peligroso», una expresión que entonces me resultaba muy ofensiva y hacía que me enfurruñase, mientras él se reía por hacerme rabiar. Boberías que ahora también me hacen sonreír porque reconozco que tengo un ramalazo de González del que, contrariamente a lo que él pensaba, me siento muy orgullosa.

***

Preparo café en la cocina para servirlo cuando los chicos se reúnan con Jon Monreal antes de pasar por la notaría en Pamplona. Entra Carmen y le pregunto si a su cuñada le irá bien tomar un café a media mañana.

—Lo digo por el embarazo —aclaro mientras le explico que mi madre siempre me habló de lo mal que le sentaba el café cuando estaba esperando que naciese.

Carmen ni se lo había planteado y sugiere que tenga preparada agua caliente por si prefiere una infusión. A Rosa ya le queda poco para salir de cuentas, pero, aparte de algunas molestias puntuales del final del embarazo, está disfrutando de una gestación muy tranquila, lo que demuestra su fortaleza. Esta es una cualidad que se aprecia en la familia Arlaiz y de la que siempre gozaron sus mujeres, aunque todas, abuela, madre e hija, ocultaron su verdadera naturaleza bajo una apariencia física frágil. Yo digo que las recubrieron al nacer con acero de la fundición del señor Iluminado, disciplinadas como ellas solas sin dejar que los sentimientos interfirieran en su sentido del deber. Carmen, al igual que su madre, es más de hacer que de hablar. En eso es muy diferente de su cuñada, pues la madrileña aprovecha para charlar con cualquiera de nosotros en cuanto se da la ocasión. A todos nos pregunta por nuestra vida en el caserío, qué hacemos y desde cuándo estamos aquí. Es curiosa y parece que se quiere empapar del funcionamiento de todo con la aquiescencia de su marido, que observa divertido los interrogatorios a que nos somete. Me molesta que haya ido asumiendo el papel de señora de la casa a medida que se multiplicaban las visitas desde antes de que muriera el señor. No me quejo, porque gracias a esa frecuencia con que venían estaban junto a él cuando se puso muy malito y tuvieron que llevarlo a Urgencias de Pamplona. Luego todo fue muy rápido, porque cuando falla el corazón la muerte no se hace esperar y sentí un gran alivio por no haberme encontrado sola en esos momentos. Javier se hizo cargo de todo, tomó las decisiones oportunas después de que su mujer, tras examinar a don Iluminado, como ella le llamaba, le dijera que llamara rápido a una ambulancia porque creía que no le quedaba mucho tiempo.

Todavía siento la necesidad de acercarme a la entrada cuando se acerca la hora de comer, como si el señor fuera a doblar de un momento a otro la última curva del camino de regreso de Irati; incluso me despierto pensando en servirle el desayuno, como he hecho una buena parte de mi vida en esta familia que prácticamente ha sido la única que he tenido. Doña Rosa y su hija me metieron el vicio de la lectura, me animaban a tomar prestados libros de la biblioteca; yo al principio lo consideraba una excentricidad a la que accedía para no disgustarlas, pero me fueron encarrilando, como decía la abuela, y le cogí el gusto. Después se lo agradecí porque, aunque en esta casa sobra el trabajo, los inviernos son muy largos y no soy amiga de televisores, a pesar de que no soy tan mayor no he dispuesto de una tele en el cuarto hasta hace diez años. Me afectan como a cualquiera de ellos tantos adioses como hemos tenido que dar últimamente y siento que envejezco a medida que se han ido apagando las vidas de esas personas a las que, a fuerza de servirlas, tomé cariño, como don Iluminado, a quien al final ya no tenía miedo y hasta aceptaba sus manías con la misma indulgencia con que se trata a un padre anciano que desvaría. Eso no significa que no sepa bien cuál es mi sitio porque, igual que mostraban detalles, tanto doña Rosa como su marido marcaban bien las distancias.

Me preocupa qué va a suceder ahora y que haría si me viera obligada a abandonar el caserío. Si Rosa de los Ángeles no hubiera fallecido de forma tan prematura, todo estaría más claro, las cosas continuarían como siempre, pero los chicos son otra cosa y nadie sabe qué van a decidir. En el pueblo se dice que posiblemente venderán Saldisetxea porque piensan que son gente de Madrid a quienes no les importa esto, y cuando les digo que para Carmen y Javier es la casa de sus abuelos, responden que los sentimientos no mandan en estos asuntos. Javier y su mujer tienen buenos empleos, pero no gozan ni de la posición ni de los ingresos de Carmen en González Fuez, que es una empresa muy sólida, a pesar de que el difunto señor le comentase a Jon Monreal que con esto de la crisis estaban reduciendo plantilla.

—Ese —le oí decir con tono de desprecio en referencia a su yerno— vendería Saldisetxea si pudiera para enjugar sus deudas, pero no lo hará mientras yo pueda impedirlo.

Don Iluminado dijo esas palabras en el despacho donde sus nietos se acaban de reunir con Jon. Me intriga lo que quiere decirles y me demoro sirviendo los cafés, pero nadie habla hasta que me retiro y cierro la puerta tras de mí con la tentación de quedarme pegada escuchando. Nunca lo he hecho y a mis años no me voy a convertir en una fisgona, a pesar de que me retire inquieta a la cocina dando vueltas a qué se cocerá ahí dentro. Mejor olvidar y dejarlos con su parlamento, que será una conversación de amigos porque se conocen desde niños, aunque se hayan distanciado con el tiempo. Me intriga tanto misterio porque Jon no es dado a solemnidades y eso indica que tiene que decirles algo importante. Me da miedo que sean ciertos los rumores que hablan de la venta de la casa y de echarnos a todos. Llego a la conclusión de que es una tontería hacer suposiciones y trato de centrarme en mis quehaceres, pero ya está todo hecho porque me he levantado temprano; ayer me enteré de que el notario les ha dicho que los Monreal y yo los acompañemos a Pamplona para asistir a la lectura del testamento. Eso significa que el señor ha tenido un detalle con nosotros, aunque me extraña, porque don Iluminado no hacía ese tipo de reconocimientos. Era muy suyo para los dineros.

***

En el despacho que ocupó el abuelo, Jon, el más apocado y discreto de los tres hijos de Ignacio Monreal, mira a sus amigos de la infancia con aire circunspecto porque conoce el contenido de la carta que les acaba de entregar.

—Vuestro abuelo me pidió que la leyerais antes de acudir al notario. Es importante —subraya mientras Javier, con la aquiescencia de su hermana, empieza a rasgar el sobre con un abrecartas.

Carmen y Rosa esperan expectantes a que comente el contenido del papel que hay dentro del sobre, pero Javier se ha quedado mudo y relee una y otra vez como si no diera crédito al mensaje escrito con la caligrafía antigua del difunto.

—¿Tú sabías algo de esto? —pregunta Javier a Monreal.

Jon afirma con la cabeza y explica que Iluminado le hizo prometer que guardaría el secreto hasta el día de su muerte. Javier, desconcertado, le pasa la carta a Carmen y Rosa, intrigada, le hace gestos para que desvele su contenido.

—El abuelo tenía casi seis millones de euros depositados en cuentas en Suiza y en Andorra, un dinero procedente de dos sociedades ubicadas en otros paraísos fiscales —aclara—. Esta carta indica la cuantía exacta y las claves para acceder a su titularidad, que podemos reclamar como sus legítimos herederos. Dice que, por razones obvias, no lo incluye en el testamento que nos leerá el notario.

Javier lo ha soltado de una vez con la voz todavía impactada por la noticia. De repente, la atmósfera del despacho se ha hecho densa y Jon, que siempre temió este momento, observa la reacción de las tres personas que tiene enfrente. Aunque no es de la familia, siempre supo más que ellos sobre la existencia de ese dinero desde que Iluminado Arlaiz le nombró su albacea, un asunto que dice que le desagrada y que cumple por la fidelidad de tantos años, pues mancha como el aceite cuando se desparrama y convierte en cómplices a quienes comparten el secreto. Después de haber entregado la carta, Jon se hace a un lado y deja caer sobre los nietos esa carga que, como deja ordenado el difunto, ambos hermanos han de repartir a partes iguales. Incluso Rosa, una mujer que en lo poco que la conoce Monreal no se amedrenta por nada, parece conmocionada. Quizás se había planteado en estos días cómo iba a cambiar su vida y la de su futuro hijo al ser beneficiarios por vía conyugal de una herencia que ya sabía considerable antes de conocer el contenido de la carta. Desde luego esto no se lo esperaba. Ni ella ni su marido ni su cuñada imaginaban que el abuelo pudiera atesorar esa importante cantidad de dinero negro, que les plantea el dilema de qué hacer con él.

Rosa ahora, como Jon, también observa y espera a que hablen Javier o Carmen. Piensa que a su marido se le acaba de derrumbar un mito, porque no esperaba eso de su abuelo; desconoce qué sentirá su cuñada al respecto, aunque sabe que siempre ha tenido los pies más aferrados a la tierra que su hermano. La observa mientras permanece callada, muy quieta en su asiento y con la cabeza gacha de forma que la melena trigueña le oculta parte del rostro e impide captar su mirada y saber que Carmen en este momento se está acordando de las críticas de su padre hacia el abuelo, de las explicaciones que nunca le dieron sobre el cierre de la acería durante la reconversión de los noventa y de aquella aparente bajada a los infiernos de Iluminado que lo llevó a encerrarse con la abuela en Saldisetxea y reducir drásticamente sus estancias en Neguri. Se pregunta por qué Iluminado no echó mano de ese dinero cuando lo necesitó y sobre todo se cuestiona cómo lo consiguió. Finalmente, Carmen sale de su mutismo y presiona a Jon para que les hable sobre el origen de ese capital, pero este responde que ignora su procedencia, al tiempo que les indica que el abuelo sugirió que les aconsejara que actuasen con inteligencia.

—¿A qué te refieres? ¿Tú sabes qué hacer en una situación como esta? —pregunta Javier sobrepasado por las novedades.

Jon, que esperaba esa pregunta, le contesta que el abuelo no quería que ellos tuviesen problemas, sino que buscasen la forma de legalizarlo. Les aconseja que consulten con un asesor fiscal, ya que, si se hacen cargo de la herencia, pueden desvelar la existencia de este dinero y declararlo ante Hacienda sin más consecuencias para ellos que pagar lo que corresponda y los intereses de demora pertinentes. A pesar de que con ello pierdan un buen pellizco, evitarían incurrir en un delito.

—Además, creo que vais a tener suerte si finalmente el Gobierno aprueba la amnistía fiscal de la que tanto se habla —concluye Jon antes de que Amaia, que había estado dudando si interrumpir la reunión, entre en el despacho para advertirles de que ya es hora de ir al notario.

Lo mucho que se han demorado en el despacho ha azuzado más la curiosidad de la mujer, sabedora de que, si es paciente, se enterará de lo que han hablado. Le dan las gracias y se percata de que esperan que se marche de nuevo, pero no se aleja demasiado y permanece en el pasillo hasta que por fin escucha el crujido de la puerta al abrirse. La reunión ha terminado y Jon de lejos le hace seña de que le siga al Renault donde Ignacio Monreal les espera sentado ya en el asiento del copiloto para ir a la notaría de Pamplona. Antes de arrancar, Amaia observa que los Arlaiz se dirigen al Audi de Carmen con rostro impenetrable.

***

En un aparte antes de entrar en el coche, Rosa me pregunta por qué mi abuelo no me había hablado de su dinero negro. Con un encogimiento de hombros la hago partícipe de mi perplejidad al pensar que, después de tanto como hemos conversado él y yo en los últimos tiempos, no me confiase este asunto y, en cambio, se lo dijese a Jon. Mi mujer insiste en que creía que gozábamos de total complicidad y yo reconozco mi desconcierto pues no encuentro explicación a esa forma de actuar. Trato de disculparlo argumentando que quizás temiera que me enfadase con él y le dejase solo porque yo era el único apoyo que le quedaba, aunque debía de saber que nunca lo abandonaría. Rosa me mira escéptica y sonríe, convencida de que me ciega el cariño.

En realidad, no importan las razones por las que calló ni debo mostrarme resentido por ello, lo que cuenta es que guardó ese dinero para nosotros y eso fortalece nuestra posición económica. ¡Cómo podríamos reprocharle nada! A él menos que a nadie. Gracias a su ayuda no tuve que recurrir a mi padre cuando decidí demostrarle que no era un desnortado, como este llegó a decir. Siempre haciéndome sentir que lo defraudaba, simplemente porque no acepté que fijara mi destino sin darme la más mínima posibilidad de decidir. Nunca ha sido consciente del daño que me hacía su incomprensión, del sentimiento de orfandad que me producía, un malestar que yo compensaba con el cariño de mamá, a la que tampoco entendió, y con el refugio protector del abuelo, que comprendía que yo debía seguir mi camino y confiaba en que lo encontraría.

Miro de reojo a mi hermana, que se concentra en la conducción, mientras yo, sentado a su lado, me doy cuenta de que también Rosa me observa acomodada en el asiento trasero cuidando de que el cinturón no le oprima la barriga, que ya está muy crecida. Tengo muchas ganas de ver cómo es ese niño que lleva dentro y al que podré llamar mi hijo, nuestro hijo. Me gusta decirlo y me deleito muchas veces pensando en cómo será y en qué hará cuando vaya creciendo. He de reconocer que la paternidad próxima me abruma por la responsabilidad de no decepcionar a esa criatura, porque yo, desde luego, no seré un padre ausente como el mío, yo estaré al lado de mi hijo, ayudándolo a crecer. Siento que el abuelo no lo vaya a conocer, pero se ha ido sabiendo que ha cumplido su misión en este mundo, estaba muy cansado y me reconoció que era muy duro ser el último en morir y soportar la desaparición de su mujer y de su única hija. Lo peor para él fue lo de mamá, una muerte absurda, insistía siempre, que no se hubiese producido si papá se hubiese ocupado más de ella, si se hubiese molestado en llamarla por teléfono como era su obligación. Rosa, ajena a mis pensamientos, pone su mano sobre mi hombro y yo la atrapo con la mía antes de que la retire para prorrogar esa caricia. Mi mujer me hace sentir bien y da sentido a mi vida. Parece una obviedad, pero ella calma mi ansiedad y me ayudó a replantearme algunas decisiones que tomé en el pasado por rabia, por miedo y por la necesidad de ir contra mi padre. Mis largas conversaciones con Rosa me hicieron ver que no podía mantener la actitud de un adolescente y me sirvieron de entrenamiento para demostrar al abuelo que no se había equivocado conmigo. Sé que me estaba examinando y que se quedó satisfecho. No lo defraudé y ahora no pienso hacerlo tampoco, por eso puedo contemplar con indulgencia los errores que haya podido cometer.

Como juré, no le he dicho nada a Carmen del contenido de mis conversaciones con el abuelo. Debo acercarme y alejarla de la influencia que ejerce papá sobre ella, pero buena es mi hermana para que nadie la proteja; simula que no lo necesita a pesar de que no sea cierto. Esa actitud la aísla y, aunque trata de evitarlo bajo una apariencia amable, es demasiado reservada para ser feliz, para encontrar una pareja y formar una familia, y se está convirtiendo en el prototipo de mujer que a los hombres nos da miedo. Yo tengo una mujer muy válida, tanto o más que mi hermana, pero, a diferencia de Carmen, Rosa no va de cerebrito y de mujer perfecta. Debería relajarse, abrirse a la familia y a los amigos, pero me da la impresión de que mi hermana solo disfruta con el trabajo y es tan competitiva o más que los directivos con los que se relaciona. Claro que es el ambiente donde se encuentra más a gusto, aunque se equivoca de objetivo, y con esa actitud proyecta una imagen de dureza que espanta a quienes no la conocen. Antes se parecía más a mamá, tímida y reservada como ella, pero ha cambiado; ahora me parece distante, casi hermética, y tengo la impresión de que no la conozco. Posiblemente note, como todos, la ausencia de mamá. Pobrecilla, me hubiera gustado ahorrarle disgustos y tengo que reconocer que ninguno se lo pusimos fácil ni supimos valorar lo mucho que valía. Papá, menos que nadie, porque a él solo le preocupan sus negocios y su ambición de crear un emporio empresarial para superar su complejo de pobre. Ese continuo esfuerzo por estar siempre en la brecha lo alejó de las personas que más lo queríamos y tanto lo necesitábamos; no sé si fue consciente de lo infeliz que hacía a mi madre y cómo sufríamos todos por ello. Encima la engañó y eso nunca, nunca se lo perdonaré. Mamá procuró ignorarlo y Carmen parece haberlo borrado de su memoria, pero yo no.

Rosa me pregunta si estoy bien. Me vuelvo, sonrío y acaricio su tripa enorme para tranquilizarla porque debe de haber advertido mi tensión interior. Me gustaría revelarle antes de llegar al notario el contenido del testamento, pero Carmen está delante, así que aguanto mis ganas de contarle los proyectos que estoy barajando y cómo van a mejorar notablemente nuestra vida y la de ese niño que esperamos. El abuelo me desveló sus últimas voluntades el día de la boda, pero me hizo jurar que no hablaría de ello con nadie.

—Cuando digo con nadie, Javier, es con nadie —me advirtió muy serio para dejarme claro que Rosa, que ese día se había convertido en mi esposa, tampoco debía saberlo.

No quise contradecirle porque eran obvias sus razones. Me costó cumplir mi palabra, pero no podía traicionar la confianza que había depositado en mí y, además, él ha sido la única persona a quien no he podido mentir. Rosa, que tarde o temprano me reprochará esta falta de complicidad, entenderá por qué callé para no romper mi promesa.

En cuanto a esos seis millones de euros depositados en Suiza y Andorra, no sé qué haremos. Le diré a Carmen que pregunte a papá por eso que nos dice Jon; tal vez él también tiene montado su chanchullo de sociedades y cuentas en el extranjero. No me extrañaría después de haberle escuchado decir tantas veces que el capital no tiene patria.

***

El notario inicia la lectura del último testamento firmado por Iluminado Arlaiz Celaya en fecha posterior al fallecimiento de su hija, Rosa de los Ángeles Arlaiz Saldise. Como se esperaba, nombra herederos a sus nietos, Javier y Carmen González Arlaiz, hijos de Saturnino González Fuez y Rosa de los Ángeles Arlaiz Haro. En la rutina de su quehacer profesional, el fedatario público coteja los datos de los DNI de los hermanos para cumplir escrupulosamente el trámite obligado, aunque en su caso innecesario porque conoce a estos chicos desde que nacieron. Incluso si no hubiera mantenido una relación amistosa con el abuelo, hay poca gente en Pamplona que no conozca a los miembros de esta familia. Todo ello no le exime de cumplir con su deber y de que siga una a una todas las comprobaciones exigidas por la ley. También lee los nombres del personal de servicio y pide sus documentos a Ignacio y Jon Monreal, a quienes Iluminado ha legado doscientos mil euros a repartir a partes iguales entre el padre y el hijo. A Amaia le deja cincuenta mil euros y aclara que estas cuantías son de agradecimiento por tantos años a su servicio.

Los tres sonríen satisfechos al conocer la noticia; después de todo, piensa Ignacio Monreal, Iluminado ha cumplido. Ese dinero le permitirá contratar a uno del pueblo para atender la casa y ayudarle en sus desplazamientos cuando dentro de poco se quede solo. Tras el ictus se maneja mejor en silla de ruedas, aunque con la rehabilitación ha recuperado más movilidad de la que se esperaba. Se alegra sobre todo por Jon, que se podrá ir con su mujer a Pamplona como planeaban y lo considera un acto de justicia, lo mínimo que Iluminado podía hacer por ellos y por Amaia, que lo cuidaron en sus últimos años. Además, nadie sabe qué decisiones van a tomar los nuevos propietarios de Saldisetxea; a Ignacio Monreal le resulta difícil hacerse a la idea de los cambios que se van a producir, porque Javier y Carmen son de la edad de sus hijos, pero son señoritos acostumbrados a la vida de Madrid. El que fue mano derecha de Iluminado Arlaiz en el cuidado y administración de la finca duda sobre lo que pueda pasar con el caserío y le preocupa que lo vendan, aunque prevé que el fallecido, a quien conocía mejor que nadie, habrá dejado todo previsto para que esto no suceda. Para él y para Amaia sería doloroso tener que marcharse, aunque, llegado el caso, Iluminado le ha legado medios para tener una vejez tranquila. Jon tampoco le preocupa, es joven y con sus cien mil euros y su titulación puede abrir, como siempre quiso, una gestoría en Pamplona, donde quería vivir con su mujer y los dos niños.

El notario prosigue la lectura del testamento. El difunto deja a su nieto Javier González Arlaiz el caserío de Saldisetxea con su correspondiente explotación ganadera y el 48 % de su participación en el Grupo Industrial Nino González Fuez y hermanos. Al oír esto, todas las miradas se dirigen hacia Carmen, que intenta asimilar la noticia y no puede disimular su sorpresa al conocer que, en detrimento de sus intereses, Iluminado ha dejado a Javier todo su paquete accionarial del grupo empresarial de Nino González. Ella esperaba que el abuelo repartiera esas acciones entre sus dos nietos, pero con su decisión Iluminado ha convertido a su hermano en socio mayoritario del grupo, lo cual inevitablemente traerá complicaciones. Carmen, que tiene en la cabeza todo el esquema accionarial, detecta enseguida que hay algo que no cuadra en el porcentaje que acaba de leer el notario. Mentalmente calcula que en el reparto inicial del capital de la empresa Nino poseía el 21 % de las acciones; Rosa de los Ángeles, el 15 %, y sus tres tíos, un 8 % cada uno. Con ello, Nino se aseguraba una situación holgada, pues tenía a su favor el 60 % del capital frente al 40 % de Iluminado. El reparto cambió con la muerte de Rosa, al dividirse su 15 % a partes iguales entre su viudo y sus dos hijos. Aun así, Nino mantuvo el control del 55 %, razón por la que aceptó la propuesta de Carmen de ceder a accionistas ajenos a la familia un 2 %, lo que le permitía seguir ostentando una mayoría suficiente frente a su suegro, que poseía el 40 % de los títulos de González Fuez, pero no el 48 % que todos acaban de escuchar.

—Por favor, ¿puede repetir el porcentaje que acaba de leer? —pide Carmen al notario.

Este accede y repite: 48 %. Ella, que sigue sin entender, mira a Javier intentando que la ayude a encontrar una respuesta, pero su hermano sugiere con un gesto de la mano que no interrumpa la lectura y que deje las dudas para el final. A Carmen le molesta que él no sea consciente de la gravedad de lo que está sucediendo y el dilema que plantea ese testamento: ¿contiene un error difícil de explicar o efectivamente el abuelo tenía mayor participación en el grupo de lo que pensaban? Ella no tiene constancia de esto último y mientras reflexiona sobre ello surge en su cabeza un cálculo que parece una locura, pero que cuadra perfectamente con los datos leídos por el notario: 40 más 8 conforman el 48 % que reza el testamento y, a continuación, surge la duda de cuál de los hermanos González Fuez puede haber vendido a Iluminado su participación en la empresa.

La sospecha la deja anonadada e indefensa ante la mirada de Ignacio Monreal, que la observa con descaro sin disimular que disfruta con lo que está pasando. Carmen siente esa inquina y le desagrada no encontrar apoyo entre los presentes. Javier, decidido a finalizar, evita mirarla directamente, Amaia intuye el malestar y contrae los labios desconcertada, y Rosa y Jon tratan de mostrarse ajenos. Ante la expectación que ha generado su pregunta, aunque nadie reconozca que no es la cuestión formulada, sino las disposiciones del testamento, lo que ha causado sorpresa, Carmen decide callar, temerosa de que pueda arrepentirse de expresar en voz alta lo que pasa por su cabeza en ese momento. Está acostumbrada a controlar sus emociones y no se debería sobresaltar por que las últimas voluntades del abuelo reflejen con fidelidad la personalidad del testador.

—Gracias, solo era una duda —dice al notario, que esperaba esa indicación para no demorar en exceso la lectura que está dando a Carmen González Arlaiz el disgusto de su vida.

Iluminado otorga la propiedad de la casa de Neguri, en Bilbao, a su nieta Carmen. El resto de los bienes —dos apartamentos de alquiler en Zarauz, seguros de vida, varios paquetes de acciones de compañías cotizadas en bolsa y el dinero existente en depósitos de cuentas bancarias— se dividirá a partes iguales entre ambos hermanos. Carmen siente que con Saldisetxea le arrebatan una parte de su pasado y, al quedar su hermano Javier como accionista mayoritario de la empresa, le trastocan el futuro; sin contar con el disgusto que se va a llevar Nino cuando se entere. Lo sensato, se dice, sería que Javier les vendiera una parte o todo su paquete de acciones, pero antes de dar cualquier paso es preciso aclarar si son correctos los datos de ese legado.

***

—¿Nos quedamos a comer en Pamplona? —propongo a mi hermano y a mi cuñada nada más salir del notario, una vez que los Monreal y Amaia se han despedido de nosotros.

Me siento conmocionada por la decisión de mi abuelo, que me ha relegado a un triste papel secundario, y me da rabia descubrir, aunque en el fondo ya lo sabía, que estas últimas voluntades no son más que la expresión genuina del machismo familiar. Aun así y conociéndolo, me molesta pensar que en la decisión del abuelo haya pesado de manera tan grosera que mi hermano sea un hombre y yo una mujer, sin reparar en lo que cada uno hemos hecho hasta ahora. Sé que el abuelo me quería, pero me reservó lo que menos apreciaba, quizás porque hablaba en serio cuando se refería a mi «ramalazo de González», como quien señala un defecto que corregir. Al final debió de llegar a la conclusión de que, a diferencia de mi hermano, no soy una auténtica Arlaiz y que era Javier, que hasta físicamente es como él, quien merecía ese puesto de honor. La prueba está en que me ha dejado la propiedad de Neguri, que solo conservaba por su elevado valor económico y a la que no se acercaba por ser el testimonio de su gran frustración. Nunca llegó a integrarse entre las grandes familias del barrio, que no lo aceptaron como había soñado en su juventud, así que él también les dio la espalda y ahora me lega la plusvalía de su mayor fracaso. ¿Por qué no lo ha repartido todo a medias y ha dejado que Javier y yo nos entendiéramos? Hilo demasiado fino, como me dice papá, y nadie entiende la vulnerabilidad que oculto bajo mi coraza. Saldisetxea es mi infancia, un refugio donde me he amparado cuando me han fallado las defensas, pero eso no es lo peor. Con el nuevo reparto accionarial del grupo, mi padre ya no tiene asegurada la mayoría en el consejo, a mí no me da ninguna opción y deja en manos de Javier, en contra de la voluntad que hasta ahora había manifestado, el futuro de la empresa. Esto es un terremoto emocional y económico de dimensiones incalculables: se trata de mi trabajo, de mi estabilidad personal y de mis anhelos, y debo abordarlo con calma, manteniendo la cabeza muy fría, sin precipitar conclusiones antes de tener certeza de cómo va a jugar sus cartas Javier y evitando que afloren entre nosotros los recelos.

Necesitamos analizar a qué responde esta estrategia que el abuelo debía de tener preparada hace tiempo, quizás desde el mismo día en que se supo que ya no había esperanza para mamá. No sé si ella estaba al tanto de los manejos de su padre y de todo ese dinero que tenía acumulado en el extranjero. Javier todavía no ha expresado su opinión al respecto. Comprendo que esté tan sorprendido como yo y que le resulte difícil bajar al abuelo del pedestal en que lo tenía subido; si no fuera por el apoyo que recibe de mi cuñada, mi hermano estaría muy confuso. Ella debe ver esto de una manera distinta y posiblemente considere que debería estar satisfecha por quedarme la casa de Neguri, en la que Rosa se habría sentido muy a gusto. Para ella, beneficiaria colateral de esta herencia, todo supone una mejora y nunca será consciente de que el abuelo Iluminado se ha despedido de nosotros dándole una bofetada a su yerno en mi cara.

—Niña, no dejes que te malmetan —me decía el abuelo refiriéndose a Nino de forma indirecta.

Ahora me pregunto de quién me debía haber protegido realmente, si de mi padre o de él, que andaba metido en asuntos turbios a la vista de la cantidad de dinero negro acumulado. ¡Menuda faena! Espero que no nos traiga problemas y, como dice Jon, baste con declararlo.

Dejo que mi hermano encargue el vino y la comida; ha tenido el buen gusto de elegir un restaurante donde disponen de un reservado en el que a los postres podremos charlar con tranquilidad. A ninguno nos apetece mantener esta conversación en Saldisetxea, donde las paredes oyen y todos están inquietos por saber qué sucederá de ahora en adelante. Estoy convencida de que a Amaia le ha sentado como un jarro de agua fría que yo no me quede con la casa, que heredó mi abuela y que hubiese heredado mi madre y posiblemente yo si ella hubiera tenido oportunidad de decidirlo. Aprovecho que el camarero se ha retirado tras servirnos los cafés para confesar mi estupefacción por un reparto que no entiendo.

—Me preocupa qué vamos a hacer con esos seis millones —dice Javier abordando el asunto del dinero ilegal—. No sé a ti, pero a mí me plantea un problema.

—Según Jon, si lo declaramos a Hacienda y encima se aprueba una amnistía fiscal, está solucionado, aunque igual que a ti me revuelve aceptar un dinero que no sabemos de dónde viene.

—No dudo de vuestro derecho a saber de dónde ha salido tanto dinero —interviene Rosa—, aunque no entiendo que os extrañe una práctica que parece habitual entre la gente acaudalada.

—No en nuestra familia —le respondo molesta—. En casa siempre se ha jugado limpio y me cuesta creer que el abuelo se metiera en ese tipo de líos.

—Nuestro abuelo —me apoya Javier, disgustado por el comentario de Rosa— era un hombre de principios, muy religioso y coherente. Estoy seguro de que en cuanto sepamos de dónde procede ese dinero encontraremos una explicación lógica. Nunca nos habría legado esa fortuna si no estuviera seguro de que haríamos con ella lo correcto.

—Sí, cariño —insiste Rosa—, vosotros, sí, pero ¿por qué no lo legalizó él y lo incluyó en el testamento con el resto de su patrimonio?

Javier y yo nos miramos sin encontrar respuesta.

—Creo que no debéis amargaros con este asunto —trata de animarnos Rosa—. Nadie es perfecto y vuestro abuelo tampoco lo era. Sin embargo, tenéis la oportunidad de destinar ese dinero a un buen fin. Iluminado se alegraría de que, por ejemplo, creaseis una fundación para financiar la investigación o el arte, o lo destinaseis a obras sociales.

No sé muy bien por qué, pero las palabras de mi cuñada en lugar de tranquilizarme me provocan urticaria. Quizás porque revelan que Rosa ya ha empezado a administrar el patrimonio que acaba de recibir su marido y considera que mi hermano y yo somos unos ingenuos chicos ricos fácilmente manipulables.

—Una fundación, ¡qué buena idea! —responde mi hermano complaciente con la genialidad de su mujer confirmando mis pensamientos.

—Si te preocupa conocer el origen de ese dinero —digo conduciendo la conversación a su inicio—, yo estoy dispuesta a indagar a fondo. Es más, hablaré con papá; me voy a tomar unos días porque hace tiempo que no tengo vacaciones y necesito tranquilidad para asimilar esta herencia que no entiendo.

—De acuerdo, pero antes de que hagas planes —reacciona mi hermano— hay más cosas que aclarar sobre otras cuestiones que plantea el testamento.

Me alegra que Javier haya puesto sobre la mesa lo que realmente nos preocupa a ambos. Rosa permanece callada y aprovecha para someterme a un exhaustivo escrutinio visual mientras mi hermano y yo hablamos.

—Para ser sincera —reconozco—, no entiendo por qué el abuelo te ha dejado a ti todas las acciones del grupo ni tampoco me cuadran los porcentajes del accionariado de González Fuez que figuran en el testamento.

—No te gustará, pero esa ha sido la voluntad del abuelo y no tiene sentido perder el tiempo en disquisiciones cuando debemos decidir qué vamos a hacer de ahora en adelante.

La respuesta de mi hermano me deja estupefacta y ha creado una tensión entre nosotros que me obliga a medir mis palabras mientras trato de entender qué se propone. Javier también calcula el efecto de lo que acaba de decir, que pone de manifiesto su complacencia con el reparto y su nula intención de contemporizar conmigo al respecto. No me esperaba esta reacción, que me obliga a calibrar la situación desde un prisma diferente, dejar de lado los afectos y obrar con la perspicacia de la hábil negociadora que soy cuando me muevo en mi ámbito profesional. Eso me hace ver a Javier de otra forma, con una mirada desconfiada, muy parecida a la de Nino, cuando trato de adivinar el propósito del comensal que bajo la apariencia de mi hermano se sienta a mi lado en la mesa. Lo intento, pero no puedo disociarlo de la imagen familiar, me doy cuenta cuando retengo las palabras para que la comida no derive en una pelea por culpa de la herencia de Iluminado. Qué vulgar y previsible resultaría y cómo dejaría al descubierto las miserias de una familia tan supuestamente ejemplar como la mía, empezando por mí, que pronto aprendí a ocultarme para evitar complicaciones.

El silencio tenso que guardamos me permite ver la expectación —¿miedo?— que genero en mi hermano y en su mujer, inquietos por mi reacción. ¿Acaso esperan que acepte sin rechistar una decisión injusta? Rosa parece apreciar mi ira y para calmarme en un gesto de reconciliación posa su mano sobre la mía que descansa sobre el mantel. No me engaña, la suavidad de la caricia se contradice con la dureza con que me observan sus ojos castaños y sus labios finos, apretados en un gesto que parece advertir que no me atreva a desafiarla, que no tendrá ninguna consideración si invado su territorio. Le devuelvo la mirada con el propósito de que se entere de que tengo la misma intención que ella, aunque ahora no sea el momento para dirimir unas diferencias que, aunque presiento, todavía nadie ha expresado abiertamente. Me digo que, si quiero dirigir el juego, no puedo permitir que me lleven a una encerrona y planteo que todavía no hemos informado a papá sobre el contenido del testamento del abuelo. Con todo lo que a mí me pueda doler, estas últimas voluntades irrumpen en el devenir del grupo como un elefante en una cacharrería. Al salir de la notaría confiaba en que Javier querría vendernos una parte de sus acciones, pero ese acatamiento de la voluntad del abuelo indica que con ese 48 % más el 5 % que le dejó mamá quizás asuma el papel de accionista de referencia. Eso es poco menos que un terremoto. Interrogo a Javier sobre este asunto y, por un momento, tengo la impresión de que va a ser Rosa quien conteste, pero mi hermano la contiene con una fugaz mirada de complicidad, que hace que ella se relaje y deje hablar a su marido. ¿Es un juego bien ensayado entre ambos o es Rosa el carácter dominante que, al igual que papá, duda de que Javier tenga aptitudes para abordar una empresa tan ardua? No lo creo, a mi hermano le va bien contar con el apoyo de personas que le hacen el trabajo sucio mientras él maquina en la sombra.

—Carmen —dice Javier respondiendo a mis preguntas—, papá y tú tenéis que entender que necesito tiempo para pensar. Se trata de un planteamiento nuevo que hasta ahora no entraba en mis planes.

—Dices hasta ahora. Y en adelante, ¿qué va a suceder?

Javier se encoge de hombros.

—Dame tiempo, por favor. No tenía ni idea de esta decisión del abuelo y tengo que analizar qué significa y por qué lo ha hecho.

No sé por qué, pero desconfío, pero por otra parte es lógico que pida tiempo, aunque sinceramente creo que no quiere decir todavía lo que piensa. Yo sí que necesito tiempo muerto, estoy furiosa y la rabia me ofusca hasta el punto de que cualquier detalle me molesta; recelo de la satisfacción que muestra Rosa con la respuesta de su marido y pienso que esconde algo detrás de su complacencia, lo cual me da mucho que pensar y nada bueno. Pero no sirve adelantar acontecimientos, así que apuro mi café y damos por zanjada la conversación.

Mientras esperamos la cuenta, le doy vueltas a la idea de que no hace tanto mi hermano se hubiera sentido molesto con esta herencia que le cae encima, posiblemente la hubiera rechazado inmediatamente y me habría propuesto algún tipo de acuerdo. Por el contrario, ahora guarda silencio y pide tiempo para pensar, algo que visto desde fuera puede parecer razonable, pero que no lo es tanto para quien como yo le ha oído denostar toda la vida la labor de mi padre y jurar que nunca trabajaría con él. Me desconcierta pensar que el abuelo, que tan bien nos conocía a todos, ha sembrado una cizaña que enraíza dentro de nosotros a una velocidad increíble. Tengo que hablar con Nino, a estas horas se estará preguntando por qué no le hemos llamado todavía.

—¿Quieres llamar tú a papá o se lo cuento yo? —pregunto sabiendo la respuesta de antemano.

—No, llama tú —responde—. Te entenderá mejor, ya sabes que él y yo...

—Pues ve practicando porque, si decides ejercer de accionista mayoritario, vais a tener que entenderos.

Javier no responde a mi indirecta. Aprovecha que el camarero ha traído las vueltas, deja propina y se levanta. Durante el trayecto de regreso a Saldisetxea nos encerramos cada uno en nuestros pensamientos. Rosa finge que dormita y Javier se ha convertido en una estatua sin emociones que, cuando miro de reojo, me recuerda el rostro del abuelo. Las coincidencias entre ambos terminan ahí porque tenían caracteres muy distintos que se complementaban bien. Respiro profundamente para aliviar la tensión que hace que bulla por dentro como una caldera de calefacción.

Al llegar, Javier y Rosa suben a echar la siesta.

—El médico dice que es bueno para el bebé —comenta mi hermano.

Yo aparco el coche, los veo alejarse y me quedo en el jardín donde el crujido de la cancela atrae mi atención. Siento el impulso de perderme por el camino que conduce al bosque y meditar allí sobre las novedades del día mientras paseo igual que cuando era niña y acompañaba al abuelo. Necesito poner orden en mis pensamientos y tal vez frente al lago comprenda por qué me ha hecho esto. Necesitaría, como en el pasado, que él me explicara con paciencia las cosas que no entendía. Sin pensarlo dos veces subo a mi cuarto a ponerme las deportivas y ropa de correr y le digo a Amaia que voy al bosque; ella me acompaña hasta la puerta y mientras me dirijo de nuevo al coche siento su mirada sobre mi nuca. No hemos hablado desde esta mañana, tampoco ha habido ocasión, pero me gustaría saber qué piensa de lo que ha dicho el notario y me pregunto si por haber estado más cerca del abuelo en los últimos tiempos entiende la razón de que me haya desterrado de Saldisetxea.

La luz de la tarde invernal se cierne sobre el embalse de Irabia y entre los troncos gigantes que rodean el lago me invade la melancolía. He dejado el coche en el aparcamiento de la cantera y, aunque todavía estoy al inicio, fuerzo el ritmo para evitar que me venza la nostalgia. Tomo la senda de los Paraísos y empiezo a notar los efectos balsámicos del ejercicio. Corro y siento el esfuerzo que realiza mi cuerpo, las zancadas cada vez más amplias, el sudor que corre por la espalda y las axilas, el corazón que aumenta los latidos, la vista centrada en sortear cualquier obstáculo, la piel de las mejillas enrojecida. No pienso, me siento vacía, libre de preocupaciones, y avanzo sin detenerme hasta que llego a los pastizales de la ladera del Mozolotxiki y alcanzo el mirador desde donde contemplo el embalse nublado por mis lágrimas. Yo he cambiado, pero este lugar permanece convertido en un refugio contra el paso del tiempo, porque en esas aguas, en los pastos y en las frondas se fraguaron los felices veranos de mi infancia. En el interior del bolsillo palpo el móvil, que he silenciado, y compruebo que tengo cuatro llamadas perdidas de papá, quien a estas horas se estará preguntando por qué no contesto. ¿Cómo voy a hacerlo si yo misma no encuentro las respuestas? Me resulta enojoso comunicarle por teléfono estas desagradables nuevas, sobre todo porque no estoy a su lado y no puedo ver en su rostro cómo las recibe. Mientras dejo pasar el tiempo intento convencerme de que Javier será sensato y de que no olvidará que somos su padre y su hermana. La pantalla se ilumina de nuevo, es otra vez papá que no cejará hasta que le responda, pero se corta porque aquí no hay cobertura. Bajo a casa, es hora de comunicar las malas noticias.

—Una venganza refinada, no me esperaba menos de Iluminado. —Estas son sus primeras palabras después de haberme escuchado sin interrumpir mientras relataba los acontecimientos de este día. Me extraña la calma con que se lo ha tomado y no sé qué decir cuando termina de hablar—. ¿Qué vas a hacer? —me pregunta al cabo de unos segundos de silencio.

Imagino su mirada inquisitiva, la misma que nos dirigía cuando nos ponía a prueba a Javier y a mí para calibrar nuestro temple. Pero yo no estoy ahora para exámenes.

—¿Y tú? —le respondo con otra pregunta, pero él calla y con su silencio me obliga a contestarle—. Hay que ver primero qué quiere hacer Javier.

—Totalmente de acuerdo. ¿No te ha dicho nada de sus intenciones? —pregunta Nino dejando entrever la ansiedad que hasta ahora había reprimido—. ¿Cuándo regresáis?

—No sé nada, papá, me ha dicho que tiene que pensar. Iremos a Burgos el domingo, Javier y Rosa tienen que estar el lunes en Madrid.

—Pues diles que os invito a los tres a comer en Burgos.

Nino se queda dando vueltas al 8 % con que incrementó Iluminado su participación. Un porcentaje demasiado redondo que alimenta una sospecha, casi certeza, en la que prefiere no pensar hasta tener toda la información que necesita.

El ingenio de los mediocres

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