Читать книгу Un favor muy especial - Marjorie Lewty - Страница 6
Capítulo 1
ОглавлениеQUÉ está haciendo aquí? ¿Ocupando la casa?
La profunda e irritada voz la despertó de un sueño muy profundo. Fue a tirar del edredón para taparse la cabeza, pero no estaba allí.
–¡Maldita sea! –exclamó.
Debía haberse vuelto a caer al suelo.
Se dio la vuelta y fue a encender la lámpara de la mesilla de noche. Pero no la encontró, ni la mesilla. Abrió los ojos.
Entonces se quedó helada cuando vio la gran figura que se inclinaba sobre ella y supo que estaba teniendo una pesadilla. Trató de gritar, pero no salió ningún ruido de sus labios. La figura amenazante no se movió y ella se llevó las manos al cuello. Estaba helada y se estremecía con todo el cuerpo.
Entonces, por fin, la figura se movió. Se oyó como crujía el suelo de madera y a ella se le acostumbraron los ojos a la oscuridad.
Josie se dio cuenta de que, aunque el cerebro aún no le estuviera funcionando correctamente, aquello no era una pesadilla. Había un hombre en la habitación.
La indignación reemplazó al miedo.
–¿Cómo se atreve? ¡Salga de mi habitación!
De repente recuperó la memoria. Estaba tan cansada y acalorada después del largo viaje desde Londres al sur de Francia que cuando encontró su casa, Mon Abri, y había entrado en lo que parecía ser un salón, lo único que fue capaz de hacer fue meterse en su oscuro interior, quitarse el vestido y dejarse caer en un diván.
El hombre retrocedió y siguió mirándola. De repente ella se dio cuenta de que sólo llevaba el sujetador y unas minúsculas bragas. Tragó saliva y buscó el vestido. Estaba mojado de sudor y arrugado, pero se lo puso por delante para taparse algo.
–Ah, qué pena –dijo el hombre y Josie, completamente despierta ahora, sintió más miedo del que había tenido en toda su vida.
–Salga de aquí –gimió.
–Eso es exactamente lo que va a hacer usted. ¿Y qué se cree que está haciendo aquí? ¿Ocupando la casa? ¿O es que ha estado viendo mis idas y venidas y ha decidido mostrar sus… encantos? –dijo el hombre al tiempo que extendía el brazo y le quitaba el vestido–. Está perdiendo el tiempo, muchacha. Las prefiero morenas.
Josie soltó una exclamación de furia. ¡Si estuviera de pie y pudiera darle una patada en donde más le doliera! Pero él estaba tan cerca que, si intentara levantarse, tendría que tocarlo. Y no se atrevía a pensar en lo que podría suceder entonces. ¿Qué clase de hombre sería él? Lo miró, pero estaba a contraluz de la ventana y, aparte de que era alto y ancho de hombros, no podía verlo muy bien. Tenía una voz educada, pero eso no significaba nada.
Antes de que pudiera pensar en nada que decirle, él ya le estaba hablando de nuevo.
–No sé por qué se ha instalado aquí, ni si está esperando a que se reúnan con usted sus jóvenes amigos. Pero sea cual sea la razón, le sugiero que se vista y que salga de aquí a toda velocidad. Si no está fuera de aquí dentro de diez minutos, volveré y la sacaré yo mismo. Estoy viviendo en la casa de al lado, así que podré ver si se marcha o no.
Con una mirada final a su cuerpo semidesnudo, el hombre se volvió y salió de allí rápidamente.
Josie se levantó por fin, pero las rodillas le temblaban. Se quedó un buen rato mirando a la puerta cerrada llena de ira.
Cuando su tío Seb le había advertido que podría tener vecinos, ella no le había dado ninguna importancia al asunto, pero si ese hombre horrible era su vecino, aquello podría ser desastroso. ¿Tendría familia o estaría solo? Si estaba solo, ella no podía quedarse allí.
¿Pero en qué estaba pensando? No iba a dejar que ese cerdo le destruyera el placer de disfrutar de su nueva casa en la Riviera Francesa. Tener un vecino tan horrible y tan cerca podía ser una sorpresa desagradable, pero se dijo a sí misma que era sólo cuestión de mala suerte el que su primer encuentro con él se hubiera producido de esa manera.
¿Por qué habría sido ese hombre tan abominablemente rudo? No se lo podía imaginar, pero sólo había una forma de averiguarlo, enfrentarse a él y exigirle una explicación y una disculpa.
Así que se acercó a su bolsa de viaje y sacó otro vestido. Su mano se encontró con un par de bolsas de té y las sacó encantada. Una taza de té era exactamente lo que necesitaba para revivirla y darle la energía necesaria como para enfrentarse con ese insolente vecino.
Se puso el vestido y luego, por primera vez, echó un vistazo a su alrededor. Era una habitación larga y en forma de L que tenía toda la evidencia de que hubieran pasado por allí varias hordas de inquilinos veraniegos. Había dos sillones desvencijados, una mesa muy arañada con cuatro sillas. En una de las paredes había una gran estantería y en la otra, que debía ser la que dividía las dos casas, estaba el diván donde se había tumbado. Había también una escalera que daba al piso de arriba y una puerta a su izquierda que debía dar a la cocina.
La cocina resultó ser bastante pequeña, como vio cuando abrió la ventana para tener luz. Había una pila, una mesa con una tetera encima y tres tazas, unos cuantos ganchos en la pared y eso era todo. Iba a tener que cambiarlo todo, pensó, pero mientras tanto, se iba a tomar un té.
Abrió el grifo, pero no pasó nada salvo que se produjo un ruido de cañería vacía. Evidentemente, habían cortado el agua. Se puso de rodillas y trató de encontrar la llave de paso bajo la pila. No había ninguna, pero la cañería desaparecía en la pared hacia la casa de al lado.
Su ira estalló entonces. El muy canalla debía haberle cortado el agua para asegurarse de que no se pudiera quedar allí. Bueno, eso ya se vería.
Con los ojos iluminados por la ira, salió de la casa y se dirigió a la puerta de al lado, en donde había un cartel que decía: Maison les Roches. No había timbre, así que llamó a la puerta fuertemente, lo que la calmó un poco. Como no obtuvo respuesta, empujó la puerta y se abrió, dando a lo que, evidentemente, era el salón principal, que estaba en mucho mejor estado que el suyo. Había sillones cómodos, alfombras, cojines en el suelo y una elegante escalera a un lado. Su elegancia se veía un poco disminuida por el hecho de que la pared que dividía las dos casas parecía un postizo que la empujara al centro de la habitación. Una pequeña mesa con dos sillas al otro lado de la habitación tenía encima, maravilla de maravillas, una tetera humeante, una jarra de leche y una taza.
El delicioso aroma a té recién hecho fue demasiado para Josie. se sentó en una de las sillas y se sirvió una taza, le puso leche y se la bebió disfrutando. Aquello estaba mejor. Ahora podía concentrar toda su atención en derrotar al enemigo.
Oyó unos pasos por encima de su cabeza y, un momento más tarde, el enemigo apareció sobre las escaleras, Josie dejó la taza vacía y se levantó, preparada para la batalla.
El hombre, evidentemente, todavía no la había visto, así que esa fue su primera oportunidad de verlo bien. Estaba claro que acababa de darse una ducha. Llevaba unos pantalones cortos color caqui y nada más. Su oscuro cabello estaba mojado. Bajó las escaleras descalzo, tomó la toalla que llevaba al hombro y se frotó vigorosamente el cabello.
Esa mirada le mostró a Josie que era un hombre alto, de hombros anchos, probablemente de treinta y tantos años. Tuvo que admitir que estaba muy bien, tenía el cuerpo de un atleta. La toalla le tapó en parte el rostro, pero podía ver sus ojos. Eran unos ojos extraños, de un color gris acero con el centro más oscuro.
Entonces la vio y ella le sonrió levemente.
–Me he servido una taza de su té –le dijo–. Pensé que me lo debía. Pero queda más en la tetera.
Él ignoró sus palabras, se quedó muy quieto y apretó los puños.
–No se rinde, ¿verdad? –dijo–. Creía que se lo había dejado muy claro.
–Bueno, como puede ver, he decidido no obedecer su orden. He venido a…
Pero no tuvo posibilidad de terminar la frase. En tres pasos él cruzó el salón y un segundo más tarde, ella estaba en sus brazos.
–Oh, ya sé por qué ha venido –dijo él desde muy cerca–. Y, si es esto lo que quieres, es lo que tendrás.
Sus brazos la apretaron y la besó.
Fue un beso salvaje que pilló completamente por sorpresa a Josie, pero consiguió reponerse.
–No –dijo contra su boca y mientras luchaba contra él.
Pero estaban tan juntos que no pudo meter las manos entre sus cuerpos.
El beso continuó. Ella mantuvo los labios fuertemente cerrados, pero él la obligó a abrirlos. Nunca antes había sido besada de esa manera y, de repente, su cuerpo respondió deseando locamente tomar parte de esa emoción, fuera ira, lujuria o cualquier otra cosa. Deseó apretarse contra él, besarlo tan íntimamente como él la estaba besando, hundirle las uñas en la espalda. La poseyeron unos momentos de debilidad y pensó que se iba a desmayar.
Entonces él levantó la cabeza y se apartó un poco.
–Tal vez no prefiera a las morenas, después de todo –dijo suavemente.
Pareció como si fuera a besarla de nuevo, pero Josie aprovechó la oportunidad. Utilizó toda su fuerza para apartarse y darle un buen puñetazo en la cara.
Él retrocedió y se llevó una mano a la cara. Respiraba tan agitadamente como ella.
–¿Qué es lo que quieres aquí, entonces? –dijo él irritado.
Las rodillas le temblaban a Josie y tenía la garganta seca, pero logró decirle muy dignamente:
–He venido a pedirle que abra la llave de paso del agua de mi casa.
Se había esperado que él le preguntara a qué se refería con eso de su casa, pero para su sorpresa, él se rió.
–Bueno, este es un maravilloso anticlímax. Ahora vamos a averiguar la verdad. Toda ella. ¿Cómo se las ha arreglado para abrir la puerta de esa casa si estaba cerrada?
–Por supuesto, yo tengo la llave de mi casa –dijo ella sentándose rápidamente en una silla.
Esos ojos la estaban poniendo nerviosa y añadió agitadamente:
–Estoy muy cansada, así que, por favor, abra la llave de paso del agua. Así podré volver a dormir.
Él la miró fríamente. Luego se alejó y abrió una puerta al otro extremo de la habitación. Cuando volvió, le dijo:
–Ya la he abierto. Supongo que no te puedo echar esta noche. Pero vas a tener que marcharte a primera hora de mañana. No quiero ocupas aquí.
Ella se levantó y se dirigió a la puerta, pero cuando la abrió, se volvió de nuevo hacia él.
–Creo que es usted detestable –le dijo.
Afuera ya estaba muy oscuro. El cielo se veía lleno de estrellas y sólo se oía el piar de los pájaros. Ese sonido le recordó unas vacaciones que había pasado en la Costa Azul con sus padres cuando tenía diez años. Su madre había sido muy feliz entonces y ella no quería pensar en lo que sucedió después.
Encontró la puerta de su casa y, una vez dentro, buscó el interruptor de la luz y, cuando lo halló, se sintió aliviada al ver que, por lo menos lucía una bombilla que le permitiría encontrar el camino por el salón. La pequeña cocina aún estaba peor iluminada, pero encontró el grifo y lo abrió. El agua salió con tanta fuerza que le empapó el vestido. Soltó todas las palabrotas que conocía y maldijo con ganas al enemigo que tenía por vecino. Todo era por su culpa. Bueno, el vestido se secaría pronto con el calor que hacía allí. Hacía un calor insoportable y se preguntó si no debería abrir las ventanas para que entrara el fresco. Pero decidió no arriesgarse a que la picaran los bichos.
Arriba recorrió los dos dormitorios para ver si alguno tenía luz, pero no, iba a tener que dormir en el diván del salón.
De nuevo en la cocina, bostezó. Lo que necesitaba de verdad era dormir, pero primero tenía que comer algo. Había comprado algunas provisiones en el pueblo y abrió la bolsa de plástico donde las llevaba. Una barra de pan, mantequilla, que se había derretido y había pringado toda la bolsa, y un trozo de queso.
Había tres tazas en una de las estanterías y eligió la que estaba en mejor estado para servirse el agua en ella.
Luego se hizo un bocadillo de queso. ¡Su primera cena en su nueva casa! Se rió, tratando de no sentirse decepcionada y pensó que todo sería distinto a la luz del día. Podría arreglar todo aquello con tiempo y dinero. No iba a pensar en el hombre horrible que tenía por vecino. La dejaría en paz cuando supiera que ella era realmente la dueña de esa casa.
Cuando terminó el bocadillo, llenó de nuevo la taza de agua y se la llevó al salón. Acercó una silla al diván para que le hiciera de mesita de noche y dejó allí la taza, su reloj y un retrato enmarcado en plata de su madre. Miró ese rostro que, una vez, había sido hermoso.
–Esta es mi nueva casa, mamá. Deberías estar aquí conmigo. Pero la verdad es que no creo que te hubiera importado mucho la casa. Ciertamente no te habría gustado nada tal como está ahora.
A Marion Dunn siempre le había gustado todo lo ordenado y predecible y cuando hacía ocho años, su marido la había dejado por una mujer más joven, el shock había sido demasiado para ella. Había quedado destruida. Cuando recibió los últimos papeles del divorcio se había hundido del todo. Fue como si su vida hubiera terminado. Y así fue, se había ido debilitando paulatinamente hasta que el invierno anterior no tuvo fuerzas para soportar la epidemia de gripe. Se le transformó en una neumonía y, a pesar de los cuidados de Josie, murió justo antes de Navidad.
Josie dejó de nuevo la foto en la silla. Había amado de verdad a su madre y la echaba de menos, pero los años le habían enseñado lo que le podían hacer a una mujer el resentimiento y la lástima por sí misma si se abandonaba a ellos. Su madre había sido muy romántica, pero ahora las mujeres son más realistas, por lo menos las de veintitrés años, se dijo a sí misma. Los hombres ya no les rompen el corazón.
Pensó que estaría muy bien darse una ducha para quitarse de encima todo el pringoso sudor del día, pero el cuarto de baño, como las demás habitaciones, estaba en la más completa oscuridad, así que se desnudó, dejó el vestido sobre una silla para que se secara y dejó el sujetador y las bragas en el suelo para lavarlos al día siguiente, cuando descubriera cómo tener agua caliente. Por suerte se pudo lavar la cara y se humedeció un poco el cuerpo en la pila de la cocina, secándose con la pequeña toalla que había metido en la maleta. Sacó un camisón de la misma y se lo puso.
De repente se ruborizó cuando recordó ese beso. Para ella había sido una advertencia de como la podía traicionar su cuerpo. Pero estaba claro que el enemigo era un maestro en ese arte. Tenía que olvidarlo.
Bostezó y decidió dejar encendida la única bombilla que funcionaba, ya que no se sentiría muy segura en la oscuridad. No había nada de ropa de cama, pero tampoco la necesitaría con el calor que hacía. Sacó una bata de la maleta y se la colocó como almohada y así le serviría por si tenía frío por la noche. Luego suspiró profundamente y se tumbó en el diván. Iba a tener un sueño relajante e ininterrumpido.
Había esperado quedarse dormida inmediatamente, pero en vez de eso no pudo dejar de pensar en lo que le iba a decir al enemigo cuando lo viera a la mañana siguiente. Él no se creería que era la dueña de la casa, así que sería ridículo que tratara de convencerlo, pero tenía que hacer algo. Recordó la fuerza de sus brazos cuando la abrazó y sintió de nuevo la debilidad que la invadió. Oh si, si decidía ponerse en plan desagradable, la podía ganar por la fuerza bruta, como había amenazado.
Lo cierto era que ella no tenía ninguna prueba de su propiedad, pero debía actuar con una seguridad completa. Había aceptado la palabra de su tío Seb, ¿pero no habría algún error? No, no podía haberlo. El tío Seb no se podía haber equivocado. Podía pedirle su ayuda si la necesitaba. No se iba a dejar intimidar por ese tipo de al lado. Mon Abri era suya y pretendía mantenerla así.
Cerró los ojos entonces y cayó en un pesado sueño.