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Nota del autor

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Cualquier escritor que sitúe una parte o la totalidad de una novela en un tiempo y lugar identificables se enfrenta al problema de la veracidad. La respuesta más simple es también la más severa: los acontecimientos históricos deben ser expuestos con una precisión absoluta. Las batallas deben suceder en el lugar y en el tiempo en que realmente ocurrieron; los dirigibles no pueden aparecer en el cielo poco antes de ser inventados; un gran artista no puede asistir a un baile de disfraces en Nueva Orleans cuando se sabe que esa misma noche estaba recuperándose de gota en Baton Rouge.

No obstante, la secuencia estricta de los acontecimientos históricos tiende a ir en contra de las necesidades del narrador. Es posible que los biógrafos e historiadores tengan que dar cuenta de todos los trenes perdidos, de todos los compromisos cancelados y de los prolongados períodos de lasitud. Pero el escritor de ficción no está necesariamente tan limitado. Por lo general, los novelistas deben decidir qué grado de precisión servil hará a sus historias más vivas, y qué grado hará que lo sean menos. En este sentido parecemos oscilar en un espectro amplio. Conozco novelistas que no pensarían en alterar un acontecimiento registrado, pero también conozco —y admiro enormemente— a cierto escritor que lo inventa todo, desde los hábitos y costumbres en los tiempos de Cristo, hasta aspectos de botánica y del funcionamiento del cuerpo humano. Cuando le preguntan sobre esto, simplemente responde: «Es ficción».

El libro de los días se sitúa en algún lugar entre estos dos polos. Es un libro parcialmente exacto. He sido fiel —hasta donde mis capacidades me lo permiten— a las particularidades históricas de las escenas que he situado en el pasado, pero sería un error por parte del lector aceptarlas como hechos literales. Me he tomado una libertad especial con la cronología y he yuxtapuesto acontecimientos, personas, edificaciones y monumentos que es posible que hayan estado distanciados en el tiempo por veinte años o más. Quien esté interesado en la verdad absoluta sobre Nueva York desde mediados hasta finales del siglo xix, haría bien en consultar el libro Gotham, de Edwin Burrows y Mike Wallace, que es la fuente primaria de la que se derivaron mis propias variaciones.

El libro de los días

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