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Introducción
ОглавлениеSiendo un joven cura, tuve la alegría de ser enviado a la Conferencia de Puebla, en 1979, para hacer de traductor a los obispos norteamericanos que iban a participar: arzobispo don John Quinn, presidente de la Conferencia Episcopal Norteamericana, y don Thomas Kelly, OP, secretario general. Era el primer viaje de Juan Pablo II tras ser elegido papa. La multitud que acudió a saludarle ocupaba toda la autopista que une Ciudad de México con Puebla. La gente había dormido, en el sentido literal, en la carretera esperando al Santo Padre. Eso me hizo recordar aquel episodio de los Hechos de los Apóstoles en que san Lucas cuenta que ponían a los enfermos a la orilla del camino para que la sombra de Pedro al menos los tocase. Respecto a mí, fui ciertamente tocado por la sombra de Pedro y por el poder espiritual que emanaba de nuestro nuevo papa.
En ese mismo viaje se puso en contacto conmigo una pareja a quien yo había casado unos años antes en mi parroquia de Washington, que había regresado a México y quería que bendijese su casa. Me llevaron a la periferia de la ciudad, a una enorme extensión de tierra, naturalmente un espacio apropiado para que surgiera allí una manzana entera de construcciones clandestinas. Había tanto barro que apenas podía caminar sin perder las sandalias en esa pasta embarrada.
Había una fila tras otra de barracones y casas muy modestas que había levantado la gente que estaba allí. Mis amigos tenían una de las pocas casas de dos pisos. Su hogar había sido construido con bloques de cemento y madera. El mobiliario era minimalista, pero no de tipo escandinavo. El único equipamiento exótico que poseían era una jaula cuyo residente era un gorrión común, obviamente capturado en un safari local.
Lo que más me impresionó de aquel lugar fue la ingenuidad de los habitantes para electrificar sus viviendas. Habían enganchado una enorme maraña de hilos y cables a las líneas de red eléctrica más cercana, de manera que robaban la electricidad suficiente para encender dos lámparas en cada casa. La luz transformaba esas chozas en hogares y las familias se reunían alrededor de la luz.
Toda la escena se convirtió en una metáfora para mí. Al principio pensé en Prometeo, el titán que robó el fuego y se lo dio a la humanidad. Sin esa llama robada, el mundo estaría en las tinieblas. Me evocó también la llama pascual que representa la luz de Cristo. En la Iglesia primitiva, la hoguera de la Vigilia pascual era encendida con un cristal para mostrar que el fuego venía del cielo.
La búsqueda de la luz surge espontáneamente en nuestro corazón. No podemos vivir sin ella. La luz de Cristo nos permite encontrar significado, descubrir nuestra propia identidad y abrazar la misión que él nos dio.
Las reflexiones de este libro son modestos intentos de un pastor por ayudar a las personas a robar un poco de luz del cielo, conectándose al mensaje de Jesús en el Evangelio, a la sabiduría del magisterio de nuestra Iglesia y a las percepciones de un simple fraile que, improvisando y por el método del acierto-error, busca penetrar en una luz y una sabiduría que no son suyas, sino don gratuito de un Dios lleno de amor.