Víctima Sin Computar
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Yael Eylat-Tanaka. Víctima Sin Computar
Memorias. Tal y como se las contaron a
Copyright © 2016 de Yael Eylat-Tanaka. Todos los derechos reservados
PRELUDIO
Prólogo
Capítulo 1. Infancia
Capítulo 2. Alemania Invade Francia
Capítulo 3. La traición de la esperanza
Capítulo 4. El arresto de los judíos
Capítulo 5. Cruzando las fronteras
Capítulo 6. Hora de esconderse
Capítulo 7. La liberación
Capítulo 8. Palestina
Capítulo 9. El grito que atravesó el mundo
Capítulo 10 ‘Tarzán’
Capítulo 11. Turno de guardia
Capítulo 12. El corazón en mil pedazos
Capítulo 13. Madre e hija
Capítulo 14. La vida civil
Capítulo 15. Amor fraternal
Capítulo 16. Moshe Dayan
Capítulo 17. Otras hechos más recientes
Carta a mi madre
Sobre la autora
Notes
Отрывок из книги
sin computar
El viaje de un alma torturada
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Más o menos, esa era toda nuestra educación religiosa. Maman y Memé nos enseñaban según las habían criado a ellas, pero mi padre prefería que aprendiéramos de una forma más tolerante. Él no creía que fuese necesario vivir siguiendo todas las tradiciones. A día de hoy, se le consideraría un judío reformista por pensar así y por cuestionar e interpretar las Escrituras con tanta ahínco. Vamos, que en lo que respecta a su fe judía, mi padre era menos ortodoxo que mi madre o mi abuela y, en vez de dejar que nos enseñasen religión de una manera tan cerrada, decidió que no se nos inculcaría ninguna religión. Esta decisión acarreó graves consecuencias imprevistas que, en un futuro no muy lejano, sacudieron nuestra familia trágicamente. Bueno a ver, que me estoy precipitando.
Había tan pocos judíos en Valence antes de la Segunda Guerra Mundial, que ni siquiera teníamos un templo o una sinagoga en toda la ciudad. Sin embargo, hubo un año en que mis padres decidieron celebrar misas en casa durante los Santos Días Supremos. Se necesita un quórum de al menos diez varones judíos para poder celebrar la misa, y ese era aproximadamente el número total de hombres judíos que había en Valence y que pudieron invitar. Mis padres movieron todos los muebles del comedor y cubrieron el armario con una sábana blanca. Consiguieron traer una Torá de los templos de Lyon y la colocaron en un arca improvisada. Las mujeres se sentaban en otras habitaciones y miraban a través de la puerta mientras los hombres rezaban en el ‘santuario’. Recuerdo vagamente una disputa que tuvo lugar durante esos Santos Días cuando uno de los hombres que se sentaba en el santuario cruzó sus piernas poniendo un pie por encima de la rodilla contraria. Se formó un gran revuelo entre el resto de hombres, que empezaron a reprocharle que aquella acción era una gran falta de respeto en un lugar ‘sagrado’. Menciono esta anécdota para mostrar cuán sagrado era el judaísmo para mi familia, a pesar de que mi padre hubiese decidido no inculcarnos ningún tipo de educación religiosa.
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