Читать книгу 3 Libros Para Conocer Escritoras Latinoamericanas - Adela Zamudio - Страница 6
I
ОглавлениеRemitida ya la interminable carta a su amiga Cristina, María Eugenia Alonso resuelve escribir su diario. Como se verá, en este primer capítulo, aparece por fin la gentil persona de Mercedes Galindo.
CONSIDERO QUE ES una gran tontería, y me parece además de un romanticismo cursi, anticuado y pasadísimo de moda, el que una persona tome una pluma y se ponga a escribir su diario. Sin embargo, voy a hacerlo. Sí; yo, María Eugenia Alonso, voy a escribir mi diario, mi semanario, mi periódico, no sé cómo decir, pero en fin, es algo que al tratar sobre mi propia vida, equivaldrá a eso que en las novelas llaman «diario»…
¡Ah! es curiosísimo, ¡la poca influencia que tienen nuestras convicciones sobre nuestra conducta! Yo creo que en general, nuestras convicciones están hechas para aplicarlas más bien a la conducta de los demás, porque es entonces cuando aparecen con todo el esplendor de su honradez: sólidas, arraigadas, e inquebrantables. En cambio, cuando se trata de nosotros mismos, como en el caso presente, nuestras opiniones o convicciones, toman al instante la flexibilidad de la cera, y se acomodan y modelan maravillosamente sobre los caprichosos accidentes de nuestra conducta. La gran mayoría de las personas, dotadas como están de cierto espíritu conciliador, explican admirablemente con razones o disculpas, tan misteriosos desacuerdos, y así, gracias a la elocuencia y a la lógica, quedan siempre abrazadas en perfecta concordia estas dos hermanas inseparables: la convicción y la conducta. Desgraciadamente, yo carezco en absoluto de imaginación para establecer estos acuerdos y me ocurre con muchísima frecuencia el encontrarme como hoy, en flagrante contradicción. Sí; mi falta de aptitud para la disculpa me fue fatal durante mi infancia y mis tiempos de colegio, lo recuerdo muy bien. Es innata e irremediable. Por lo tanto, de ahora en adelante, no me mortificaré más practicando una ciencia para la cual no tengo la menor disposición; y es, en vista de ello, por lo que resuelvo confesar en lo sucesivo, ante mí y ante los demás, los desacuerdos existentes entre mi opinión y mi conducta. Diré siempre: tal cosa es reprochable y ridícula, pero la hago porque sí; tal otra es admirable y santa pero no la hago porque no. Creo que esta especie de franqueza o confesión es lo que suelen llamar cinismo. Como la palabra es un poco discordante, me parece mejor no insistir más sobre el particular y pasar a otro asunto.
Hace apenas unos días que terminé mi carta a Cristina Iturbe. Pero la carta fue tan larga y duró tanto tiempo, que se hizo en mí una costumbre el escribirla. Cuando la hube acabado y releído, era una especie de inmenso protocolo que metí con melancolía dentro de un inmenso sobre, lo cubrí literalmente de estampillas de correo y lo mandé depositar en el buzón por Gregoria, luego de exigirle el más absoluto secreto sobre el particular. Hecha esta advertencia, los ojos de Gregoria brillaron encendidos de complicidad y mi carta, al igual de los libros de la biblioteca circulante, salió a la calle, envuelta en la noche del pañolón de Gregoria. Y es que en esta vida de reclusión que llevo, mi único entretenimiento, mi único ejercicio, y mi único sport, consiste en hacerlo todo, absolutamente todo, a escondidas de Abuelita y tía Clara. Gregoria me secunda admirablemente en ello, y este sistema de eterna conspiración, me da cierta independencia moral, y me produce, sobre todo, multitud de pequeñas emociones análogas a las del juego, la cacería o la pesca, las cuales no son de desdeñar, dado el ambiente aburrido e insípido en que vivo.
Volviendo a la carta de Cristina: cuando Gregoria al regresar de la calle me dijo con mucho misterio: «¡ya la eché!» me quedé tristísima. Sentía que me faltaba algo muy grande y muy indispensable. Como no podía seguir escribiendo a Cristina, por tiempo indefinido, hoy me dije de golpe: «¡pues ahora voy a escribir mi diario!».
Y aquí estoy.
Temo muchísimo, el tener que interrumpirlo un día u otro por falta absoluta de material: ¡mi vida es tan monótona! Desde la mañana en que mandé la carta-protocolo hasta ayer tarde, no había ocurrido nada digno de mención. Los días se deslizan en mi vida como se deslizan entre los dedos nudosos, flacos y místicos de tía Clara, las cuentas de su rosario de nácar: ¡siempre la misma cosa con el mismo principio y el mismo fin!
Pero, afortunadamente ayer ocurrió algo anormal. Siguiendo el símil del rosario, puedo decir, que ayer tarde llegué a una variante de gloria y padrenuestro, constituida en la persona de Mercedes Galindo, cuya visita recibimos por fin.
¡Ah! me pareció encantadora, preciosa, simpatiquísima; sí: ¡tío Pancho tenía razón! Vino a vernos a cosa de las cinco y media, y se quedó más o menos una hora. Durante la hora, Abuelita se revistió de señoril dignidad y estuvo a la vez reservada y amable, pero comprendí muy bien que el famoso disgusto de marras persevera en ellas. Ni a Abuelita le gusta Mercedes, ni a Mercedes le hace gracia Abuelita. La costumbre de tantos años de disgusto las domina y creo que jamás serán verdaderas amigas.
En cuanto a mí, estuve completamente imbécil durante la visita, lo comprendo. Esto me sucede siempre. La manera más sincera que tengo para demostrar mi admiración por alguna persona, consiste en revestirme con la corteza durísima de una timidez que me entumece y agarrota como el frío glacial. Este sentimiento de timidez es absolutamente invencible, y he resuelto ya dejarme mansamente dominar por él, puesto que a mí me es imposible dominarlo. La lucha contra la timidez resulta grotesca. Así lo comprendí ayer y por esta razón hablé muy poco, sí, apenas contesté con frases cortas a las amabilidades y cariños que me dijo Mercedes, cuyo peso, al abrumarme de placer, no hizo sino aumentar más y más mi desdichada y silenciosa timidez.
Pero en fin, después de todo, teniendo yo, como bien dice tío Pancho, una conciencia muy definida de mi propia belleza, el mutismo en mí no me parece desairado, al contrario, creo en general, que el mutismo es un complemento estético que presta a la armonía de las líneas, cierto encanto reservado y clásico. Lina frase estúpida, al surgir de una bonita cabeza, deja caer sobre ella su fatídica sombra moral y la desarmoniza. Lo mismo ocurre con los movimientos. Por eso he creído siempre que el auge inmenso de la belleza griega es debido principalmente a la gran discreción e inmovilidad de las estatuas, que saben poner tanta inteligencia, al representar dicha belleza hoy en día ante nuestros crédulos ojos. Dada esta serie de razones resolví imitar lo más posible durante la visita de ayer, la discreción y el talento de las estatuas griegas, y estoy segura de que debo haber hecho muy buen efecto a Mercedes Galindo.
Pero detallando la visita:
Cuando el auto de Mercedes se detuvo a las puertas de esta casa, Abuelita, como de costumbre, se encontraba ya esperando, sentada en el sofá, y yo que sabía y sé muy bien la importancia enorme que sobre mi vida futura ha de tener semejante visita, me hallaba emocionada y vestida con más cuidados y requisitos que nunca. Al oír el parar del automóvil, y luego el timbre de la puerta, en lugar de esperar como Abuelita la entrada de Mercedes, corrí inmediatamente a ocultarme en la penumbra del saloncito vecino, desde el cual, sin ser vista, podía dominar todo el salón. Una vez escondida allí, con el objeto de tener mayor éxito, resolví hacerme desear unos cuantos minutos, y así, mientras aguardaba envuelta en la penumbra, pude observar los pormenores de aquel interesante encuentro.
En efecto, no bien apareció Mercedes a contraluz en el umbral de la puerta, Abuelita se puso majestuosamente de pie, salió a su encuentro, la aguardó un segundo en el centro del salón, bajo la araña, y, allí, sonreída, tal cual si nada hubiese ocurrido nunca entre ellas, borró de un trazo firme todo el pasado, al abrazarla diciendo con una elegancia digna de Fray Luis de León:
—¡Siempre tan linda, Mercedes!
Y Abuelita decía la pura verdad.
Yo, en plena sombra, contemplando la figura de Mercedes, gentil y radiante, como la de una reina, me hallaba petrificada de admiración. ¡Ah! ¡es que estaba elegantísima! Tenía un vestido de terciopelo negro, hecho seguramente en alguna buena casa de París, y llevaba por único adorno, un collar de perlas que casi le ceñía el cuello. Observé que las manos blancas y cuidadísimas ostentaban una sola sortija, un solitario, y me parecieron (las manos) tan bonitas como las mías cuando tengo las uñas bien pulidas. Los pies finos y largos estaban divinamente calzados, llevaba en la cabeza un precioso sombrerito negro, algo ladeado, que le encuadraba la clásica fisonomía en deliciosos efectos de luz y sombra, y bajo la media luz de aquel sombrero, para hablar con Abuelita, surgía una de las voces más lindas y argentinas que he escuchado en mi vida.
Y qué razón, ¡ah! ¡sí! ¡qué razón tenía tío Pancho!
Cuando, al salir por fin de la penumbra me fui a saludarla, llevaba preparada mentalmente una frase muy expresiva, en la cual pensaba demostrarle mi exaltada admiración. Pero no bien me miró ella con sus ojos brillantes y curiosos de crítica finísima, y no bien aspiré yo el perfume sutil, que como una flor exhalaba su persona, cuando me sentí invadida por la parálisis absoluta de la timidez. Por lo tanto, después de haberme acogido y abrazado con esa naturalidad y soltura que son su principal atractivo, a mí, en correspondencia, sólo me fue dado el murmurar unas cuantas frases breves y corteses.
Durante el curso de la visita, Mercedes, con su admirable don de gentes, aparentando ocuparse poco de mí, se dirigió constantemente a Abuelita. Yo entonces, libre de conversación, silenciosa e inmóvil, la observaba y observándola así, comprendí al punto, que más grande aún que su belleza, era su encanto, es decir, que llevaba a lo supremo de la perfección el arte de interpretarse a sí misma; porque mientras hablaba, la boca, las manos, los ojos, la cabeza, la voz, la sonrisa, todo, iba completando sutil y armoniosamente, con mil matices deliciosos, el sentido que expresaban las palabras. Noté, además, que se reía de tiempo en tiempo, con una risa que era tan sonora a los oídos como agradable a la vista, y que salpicaba continuamente su conversación con palabras francesas que aunque muy bien y muy naturalmente pronunciadas resultaban completamente innecesarias por tener todas su perfecto equivalente en castellano. Dijo por ejemplo: «la nature»/ «mi fourrure»; «clair de lime»; y «la beauté physique» sin necesidad ninguna, pero como parecía iluminar con la luz de sus ojos y el encanto de su sonrisa cuantas palabras salían de su boca, yo las encontré todas de una profunda sabiduría.
Fue sólo después de levantarse y despedirse de Abuelita, cuando Mercedes resolvió dedicarse enteramente a mí. Tomándome la barba con su mano fragante, acercó mi cara a la suya; y mimosa y cariñosísima como si se tratase de algún niño pequeño, me besó dos veces. Luego, con mi barba presa todavía en su mano, dijo envolviendo las frases en una larga sonrisa:
—¡Adiós linda! Francamente, que no te creía tan bonita a pesar de todo lo que me había dicho Pancho. Creía que eran exageraciones, pero veo ahora que tú superas todas las exageraciones.
(¡Ah! ¡la maravilla, la delicia, que es oír decir semejante cosa de labios de una persona de tan evidente buen gusto!).
Yo sin responder nada me sonreí de placer demostrando así a Mercedes, que su apreciación me parecía del más acabado acierto. Ella comprendió al punto la felicidad de mi sonrisa y la contestó con otra risa de satisfacción que sonó a cascabeles y a cristales. Luego llevándome del brazo hasta la puerta de salida, a solas conmigo, me habló de su antigua amistad con todos los Alonso, de los buenos ratos que habían pasado juntos en Europa y en Caracas, volvió a despedirse con un beso, y me dijo siempre sonreída, en voz suavísima de confidencia:
—Ya sabes, mi casa es tuya. Ven a todas horas sin avisar, sin etiqueta, siempre que quieras y con toda confianza. Tengo para ti una sorpresa: es una miniatura preciosa de tu papá cuando tenía diez años. —Y después de reírse otra vez, me dijo en voz mucho más baja y acercando su boca a mi oído:
—¡También te tengo otra cosa!
Por toda contestación me puse coloradísima, y más que decir, suspiré:
—Gracias… Muchas gracias…
Luego, cuando asomada a la portezuela del auto, sonrió de nuevo el rostro, saludó la mano, y desapareció por fin el sombrerito negro, a mí se me habían ocurrido ya mil contestaciones oportunas e ingeniosas, pero desgraciadamente: ¡era ya muy tarde!
Tía Clara no se dignó recibir a Mercedes. Dijo que necesitaba contar la ropa; batir con leche la mantequilla del desayuno; rezar un tercio de rosario; darle su comida a Chispita; y que le era de todo punto imposible el abandonar tan importantes ocupaciones. Luego añadió:
—Y mucho menos para recibir a una persona tan superficial como Mercedes Galindo, que fastidia, porque seguramente no hablará más que de trapos y de tonterías.
Después de haber visto y tratado a Mercedes, comprendo que tía Clara tiene el mismo credo de las Madres del Colegio. Sólo que tía Clara, llama «personas superficiales» lo que las Madres llamaban «el mundo». En el fondo es la misma idea, revestida de distintas palabras. Tía Clara se confina en su bando como también se confinaban las Madres, y no quiere tratos con el enemigo. Hace muy bien. No se parece a mí que desgraciadamente, lo mismo que en el Colegio, sigo todavía sin poder afiliarme a mi bandera. Soy una especie de tabla que flota a derecha e izquierda sobre las olas de un mar bonachón y tranquilo.
Pero reanudando el acontecimiento o padrenuestro de ayer: No bien desapareció de mi vista el auto de Mercedes, regresé al salón en donde se hallaba todavía Abuelita; y al punto tía Clara, ya aliviada de sus ocupaciones, se vino también a escuchar y a hacer los comentarios de la reciente visita. Fueron largos. En ellos se habló de la indiscutible belleza de Mercedes, de su finura y buen trato, y se comentó también su desgraciada suerte. Dijeron que estaba muy mal casada, que su marido era un libertino y un jugador que después de haberle derrochado casi toda su fortuna, la trataba ahora muy mal. Abuelita terminó un párrafo exclamando:
—¡Primero el canalla de su padre! ¡Ahora su marido! ¡Demasiado buena es, para la poca dirección que ha tenido en la vida!
Con lo cual me pareció comprender que si Abuelita juzgaba a Mercedes «demasiado buena» era precisamente porque no la juzgaba bastante buena. ¡Ah!, pero yo en cambio, la juzgo incomparable y a falta de mejor demostración, al igual de Gregoria, exclamo interiormente a todas horas: «¡Que Dios la guarde y la bendiga!».
Durante el curso de la conversación, cuantas veces la nombró, Abuelita dijo: «esa niña» como cuando habla de mí, cosa que encontré absurda, puesto que Mercedes está casada y tiene ya más de treinta años. También noté que cuando se trató del padre de Mercedes, Abuelita al pronunciar su nombre, tuvo siempre la precaución de decir «el canalla de Galindo». Este prefijo «canalla» lo usa sin duda Abuelita, como homenaje de fidelidad a la memoria de mi difunto Abuelo Aguirre. Yo lo comprendí así, y por esta razón, resonó siempre en mis oídos, solemne y lleno de grandiosidad, como debe sonar en los oídos de toda persona bien nacida esta clase de epítetos familiares.
Pero no obstante mi admirable intención, los comentarios terminaron en un pequeño incidente.
Y fue que yo, viendo que la conversación, al girar siempre y siempre alrededor del «canalla de Galindo» se hacía ya de una monotonía aburrida y de una exaltación muy peligrosa, resolví de repente darle un nuevo sesgo. A juzgar por los resultados, creo que el sesgo tuvo poco acierto, la verdad.
Ocurre que, a mí en general, me gusta muchísimo el hacer frases ingeniosas, pero como desgraciadamente hasta ahora, no tengo bastante gracia para elaborarlas de mi propia cosecha, me limito a repetir, adaptando naturalmente a las circunstancias, las frases ingeniosas que solía hacer papá, es decir, aquellas que por parecerme más originales o agudas han permanecido archivadas en mi memoria. Dada esta afición mía, en una de las ocasiones en que Abuelita repetía ya por vigésima vez «el canalla de Galindo», yo, creyendo que podía mitigar su rencor, afirmando a la vez dos cosas: por un lado, el mal proceder del que fue enemigo de mi Abuelo, y por otro mi admiración hacía los encantos de Mercedes, dije de pronto:
—¡Convengo en que el señor Galindo hizo muy mal al hacer mal a Abuelito, pero reconozco en cambio, que hizo muy bien al hacer tan bien a Mercedes!
Me figuraba que esta demostración en la que se unían la agudeza y el espíritu de armonía iba a tener muy buena acogida, pero no fue así. Con gran asombro de mi parte, Abuelita al oírme, en lugar de reírse, volvió bruscamente la cabeza hacia donde yo estaba, y dijo con una severidad inmensa como hasta el presente nunca había usado al hablarme:
—Ese lenguaje no es propio de una señorita, María Eugenia: ¡has dicho una vulgaridad!
—¿Cuál? ¿Decir «hizo muy bien a Mercedes» es decir una vulgaridad? Pues no me parece, al revés…
—Sí; muy grande, ya te lo he dicho, ¡y no lo repitas más!
—¡Pero si eso mismo dijo una vez papá, allá en París, hablando del padre de una actriz lindísima que trabaja en la Comedia Francesa y a nadie le pareció vulgaridad! Al contrario, se rieron mucho.
—¡Ah! ¡si vas a coger la costumbre de repetir cuanto decía Antonio, y cuanto dice Pancho, sin saber lo que significa, harás muy bonito papel delante de la gente!
Yo entonces, con la altivez propia de la dignidad herida contesté arrogantemente:
—¡Acostumbro conocer el significado exacto de las palabras que emito; porque afortunadamente no soy un loro ni soy un fonógrafo!
No obstante, me quedé un rato pensativa. Me pareció de pronto, que la frase en cuestión estaba cargada de sentidos misteriosos y por un instante contemplé en silencio la nevada cabeza de Abuelita, que como el arca de la alianza encerraba las claves de muchísimos misterios, hasta que al fin, en pleno silencio tempestuoso, salí de mi abstracción pensando:
—¡Bah, lo que ocurre, es que Abuelita, aunque salte a la vista, no quiere confesar que «el canalla de Galindo», hizo en su vida algo que estuviera bien hecho; eso es todo!