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Es el momento del sprint final. El ganador obtiene la gloria; los perdedores, la muerte. El objetivo es alcanzar y penetrar el óvulo. El nuevo enemigo es el tiempo, todo depende de cuánto vive el óvulo. Si los espermatozoides llegan demasiado temprano, morirán sin lograr la meta; si llegan demasiado tarde, el óvulo estará muerto. Se necesita una sincronización extrema para tener éxito. Los corredores partieron hace 14 horas, en el mejor de los casos quedan no más de 20 héroes. Una vez que se acercan a la meta deben resolver el último dilema: penetrar la capa externa del óvulo y finalmente fecundarlo.

Un espermatozoide “reconoce” a un óvulo cuando las proteínas de la cabeza del espermatozoide se encuentran con las moléculas adecuadas en el revestimiento externo o zona pelúcida del óvulo. Para fertilizar un óvulo, el espermatozoide debe unirse a esta zona, penetrar a través de ella y fusionarse con su membrana plasmática. Nuevas investigaciones demuestran que las glicoproteínas (moléculas compuestas por una proteína unida a uno o varios glúcidos, que son biomoléculas compuestas por carbono, hidrógeno y oxígeno —mal denominadas carbohidratos—) que forman la zona pelúcida poseen receptores y activadores para los espermatozoides, lo cual facilita la fecundación. Específicamente, la unión del espermatozoide al óvulo se debe a la abundancia de una secuencia de moléculas de azúcar (un glúcido) llamada sialil-Lewis-x (SLeX) en los extremos de las glicoproteínas de la zona pelúcida. Si lo miramos fríamente, se puede decir que el espermatozoide se ve seducido por el “dulce azúcar” del óvulo. Una vez atraído, el ganador debe sacrificarse al máximo. La cabeza del espermatozoide explota y libera enzimas que permiten el ingreso hacia el óvulo, y la cola se corta una vez que el óvulo devora al ganador; de esta manera, se combina la información genética del portador y la suya propia. Al fusionarse las dos células, una “sinfonía” genética se hace presente, en donde el ganador ha entregado su propia vida para generar otra, única e irrepetible.

Sin el esfuerzo y éxito de ese espermatozoide específico no estaríamos aquí, y nuestros padres habrían tenido otro hijo o hija con características completamente diferentes. Así como el griego Filípides anunció la victoria en batalla, nosotros, que debemos todo al espermatozoide ganador, decimos: ¡Muchas gracias, campeón!


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