Читать книгу Hipócrates sobre la naturaleza del hombre - Alvaro Ernesto Pizarro Herrmann - Страница 6
ОглавлениеPrólogo
Sobre la naturaleza del hombre es ya una obra importante en el extenso Corpus Hippocraticum, y el hecho de presentarse una traducción anotada con una extensa y apropiada información, es de por sí un aporte de consideración para el conocimiento de la cultura y civilización griegas. La filosofía, la historia y la literatura han sido profusamente estudiadas en el mundo español e hispano americano, mientras que, comparativamente, la investigación sobre la medicina y su arte, tan importante para la comprensión global del humanismo helénico, se muestra menos representada. Hay, sin embargo, una vigorosa línea de estudiosos, en especial de España –y añadamos entre otros, de Francia y Gran Bretaña– que vemos ahora enriquecida por esta traducción e introducción de Álvaro Pizarro Herrmann. Esto, a mi juicio, es muy significativo, es decir, que Iberoamérica también vea surgir esta clase de estudios con la seriedad que este trabajo ha sido realizado.
El asunto se hace más relevante aún, si examinamos en primer lugar la Introducción, que se puede suponer que es para presentar la obra en estudio. Es mucho más que eso, sin embargo, puesto que bajo ese subtítulo se ha realizado un verdadero estudio que engloba prácticamente todo el mundo hipocrático, sin perder nunca de vista el tratado Sobre la naturaleza del hombre. Del mismo modo, el Sobre la antigua medicina, otra obra notable del Corpus Hippocraticum, ha de aportar a esta Introducción un elemento complementario, a menudo diferente, que servirá de un ingenioso medio de esclarecimiento de algún punto específico por medio de la controversia. Un trabajo admirable, el de Pizarro Herrmann, realizado con notable claridad de estilo, y una capacidad narrativa que transforma toda esta introducción en una atractiva experiencia de lectura. Por tanto, el lector de este libro, a menudo carente de información mayor sobre la medicina antigua –de donde nace la medicina occidental– encontrará aquí todo un ensayo sobre la medicina griega.
He aquí un modo excelente de suscitar una mayor atención al estudio de los orígenes del arte. Más todavía si, como es este el caso, la investigación comienza con un asunto que coloca a la medicina en el centro mismo del renacer cultural de la Grecia del siglo V a. C., a saber, el de la relación entre la medicina y la filosofía. La medicina, se puede decir, nace con las mismas culturas, que experimentan el dolor, la enfermedad y la muerte, y sienten la necesidad de hallar algún tipo de remedio a la fragilidad de la condición humana. De ahí que, al relacionar la medicina con la filosofía, surge un modo distinto de concebir la naturaleza del hombre, y, por tanto, el sentido antropológico de la salud, la enfermedad, y los medios de remediar en parte el sufrimiento humano. Una verdadera transformación desde aquel famoso episodio inicial de la Ilíada, en que el dios Apolo “suscitó una nociva peste (νοῦσον) entre el ejército, y los hombres comenzaron a morir” (Il. 1, 10). Paradójicamente, es el mismo dios de la medicina el que envía la pestilencia, y, al parecer la puede curar, él, una divinidad de la medicina, que fue posteriormente un tanto opacada por Asclepio. Pero podemos ver cómo de la filosofía jónica, que llevaba un siglo en esas mismas costas –que vieron el despertar racional de una civilización griega– surgió una nueva concepción de la medicina. De esta manera, “sin ese background de racionalismo jónico, la medicina hipocrática jamás podría haber sido concebida” (Longrigg 1993: 2).
De ahí que, como bien se analiza en la Introducción, la relación entre la medicina y la filosofía oscilará entre los extremos de aceptación y rechazo, y raramente el arte médico se mostrará indiferente a ella por una u otra razón. Como se muestra en el ensayo introductorio, hubo partidarios y adversarios de ‘una medicina filosófica’. Como se afirma aquí, este permanente estado, si se quiere, de tensión entre la medicina y la filosofía, fue sin duda muy fructífero, puesto que le permitió al arte médico clarificarse a sí mismo en muchos aspectos fundamentales de su actividad. La práctica es aquí fundamental –por algo es un arte– pero que necesita nutrirse de una visión teórica ante los acuciosos problemas suscitados por la propia condición de la naturaleza humana. Esta visión se hizo presente en la medicina, que adquirió diversos matices cuando nuevas regiones del mundo helénico, como la Magna Grecia y Sicilia, y filósofos como Empédocles, florecieron en el occidente helénico creando nuevos encuentros y desencuentros, todos fértiles en nuevas ideas. En especial, dado el caso, como se dice en la Introducción, del ‘significativo componente práctico’ de esta tékhnē iatrikḗ.
Así es entonces, Pizarro Herrmann nos conduce con evidente dominio de la materia y lucidez descriptiva, a través del desarrollo de este acontecimiento histórico fundamental para occidente, que fundó una teoría del saber médico. Ese es un saber teórico-práctico, de hecho filosófico aún malgré lui, que se transformó, dice nuestro introductor, en el ‘rasgo más destacado’ del hipocratismo. Vemos así, al autor del De natura hominis (Nat.Hom.) polemizando con Diógenes de Apolonia, Meliso o Alcmeón de Crotona. Como veíamos, fecundo diálogo, a menudo controversial, pero siempre creativo. Porque la medicina y la filosofía comparten un saber acerca de la phýsis, en su condición humana y corporal. La búsqueda de una sabiduría, desde Homero, surgió ya como una aspiración del alma griega en busca de una trascendencia. El ‘sabio’ en sus inicios es un práctico en diferentes artesanías, pero es también el objetivo superior del hombre desde los filósofos jonios hasta el final del helenismo como realidad histórico-geográfica. Por supuesto que hay mucho más en este ensayo introductorio, y el prologuista se complace en recomendar vivamente su lectura in medias res. Porque habrá que leer más sobre el tema de los elementos y los humores, y sus polémicas, en especial, con Diógenes de Apolonia, y la influencia, siempre presente, del complejo y controvertido Empédocles de Acragas, en Sicilia. Los temas de la salud y la enfermedad, de su etiología, son magistralmente tratados aquí, en este ensayo y uno se pregunta, por qué no existe en los estudios académicos tanto de medicina como de filosofía una cátedra que ponga a futuros filósofos y médicos al tanto de toda una visión antropológica originaria de Grecia y el helenismo romano. Fue típicamente griega en sus orígenes, siendo Platón y Aristóteles los que reiniciaron el camino, volviendo una y otra vez a mostrar su natural afición y cercanía con el arte médica.
La traducción del De natura hominis, al final del ensayo, vuelve a tener su propia introducción, que afina los hallazgos anteriores. Para qué abundar sobre la traducción misma, que es un ejemplo de prosa castellana, respaldada por un sólido conocimiento filológico del idioma de origen. Porque, además, como lo había aprendido yo mismo de mis maestros europeos –algunos de ellos expertos en la anotación y el comentario– la traducción y el comentario forman una unidad hermenéutica indispensable para la difusión de la cultura antigua. Esto lo maneja el Profesor Ávaro Pizarro Herrmann con acabada destreza. Es un arte difícil, que exige saber qué se ha de comentar y qué no, para evitar la información insignificante que solo consigue desviar la atención de lo que importa.