Читать книгу El uso de la foto - Annie Ernaux - Страница 8
ОглавлениеEn la foto, solo se ve de M., de pie, la parte del cuerpo comprendida entre el bajo de su jersey gris, de canalé grueso y trenzado, que cae a ras del vello púbico pelirrojo, y la mitad de los muslos de los que cuelga el calzoncillo, un bóxer negro con la marca Dim en grandes letras blancas. El sexo de perfil está erecto. La luz del flash alumbra las venas y hace brillar una gota de esperma en la punta del glande, como una perla. La sombra del sexo tieso se proyecta sobre los libros de la biblioteca que ocupa toda la parte derecha de la foto. Se pueden leer los nombres de los autores y los títulos escritos en gruesos caracteres: Lévi-Strauss, Martin Walser, Casandra, La era de los extremos. Se puede distinguir un agujero en la parte inferior del jersey.
Tomé esta foto el 11 de febrero, después de una comida rápida. Me acuerdo del solazo en el cuarto, de su sexo a la luz. Yo debía coger el RER para ir a París, no habíamos tenido tiempo de hacer el amor. La foto, era algo a cambio.
Puedo describirla, no podría exponerla a las miradas.
Me doy cuenta de que, en cierta forma, es el pendant del cuadro de Courbet, El origen del mundo, del que durante mucho tiempo solo conocí la fotografía en una revista. Presenta también mucha analogía con una escena de la que fui espectadora en el verano de mis veintitrés años, en la estación de Termini, en Roma, mientras comía un perrito caliente, acodada en la ventanilla abierta del tren que estaba a punto de salir. Justo enfrente de mí, en el tren parado del otro lado del andén, un sexo tieso fuera del pantalón estaba siendo violentamente sacudido por la mano de un hombre disimulado hasta el talle por el estor, medio bajado, de un compartimento de primera.
Vi por primera vez el sexo de M. la noche del 22 al 23 de enero de 2003, en mi casa, en el pasillo de entrada, debajo de la escalera que lleva a los dormitorios. La primera aparición del sexo del otro, el desvelamiento de lo que hasta entonces era desconocido, es algo insólito. Con eso vamos a vivir, vamos a construir nuestra historia. O no.
Habíamos cenado juntos en un restaurante que él conocía bien, en la Rue Servandoni, cerca de los jardines del Luxembourg. Acababa de dejar a la mujer con la que llevaba viviendo unos meses. Durante la cena le dije: «Me gustaría llevarle a Venecia», y añadí inmediatamente: «Pero no puedo en este momento porque tengo un cáncer de pecho, me van a operar la semana que viene, en el Instituto Curie». No manifestó ninguno de esos signos —una retracción imperceptible, una rigidez— por los que hasta las personas más educadas o controladas dejaban pasar a pesar suyo el espanto cuando les anunciaba que tenía un cáncer. Solo mostró cierta turbación cuando le revelé que mi nuevo peinado, que había alabado generosamente, era una peluca; no tenía pelo a causa de la quimioterapia. Sin duda le había decepcionado, mortificado, descubrir que el objeto de su admiración era un postizo.
[Ahora tengo la impresión de haber dicho a M. «tengo un cáncer de pecho» de la misma manera brutal que, en los años sesenta, había dicho a un muchacho católico «estoy embarazada y quiero abortar», para sumirlo, sin que tuviera tiempo de protegerse y componerse una actitud, en la visión de una realidad insostenible.]
Después de la cena, fuimos a un bar de copas desierto en la Rue de Condé, con un gran Buda en la entrada. En un momento dado, tan brutalmente como le había confesado mi cáncer, me dijo: «Tengo una proposición honesta que hacerle, venga a pasar la noche conmigo a mi habitación, en el hotel». Rehusé porque tenía cita al día siguiente por la mañana con el anestesista. En su lugar, le ofrecí que viniera a mi casa. Al salir echamos una moneda en la pila a los pies del buda. Cogimos juntos el RER. Del trayecto, ningún recuerdo, salvo el de una joven negra, vestida a la moda, que telefoneaba junto a nosotros con los auriculares manos libres puestos y cuyo tono de disputa solo podía dirigirse a alguien cercano, marido, madre o hijo.
En la cama no me quité la peluca, no quería que me viera el cráneo calvo. Bajo los efectos de la quimioterapia, mi pubis también lo estaba. Tenía cerca de la axila una protuberancia bajo la piel, una especie de chapa de cerveza, el catéter que me habían instalado al principio del tratamiento.2
Más adelante, me confesará que le había extrañado mi sexo desnudo de niña pequeña. Nunca había oído hablar de esa consecuencia de la quimio —pero quién habla de ello—, yo también lo había ignorado hasta que me sucedió. No se fijó aquella noche en que tampoco tenía pestañas ni cejas, ausencia que sin embargo me confería una mirada extraña, de muñeca de cera.
En un momento dado, fijándose en mi pecho, me preguntó si era el izquierdo. Me quedé sorprendida, el derecho estaba visiblemente más hinchado que el izquierdo a causa del tumor. Sin duda no podía imaginar que el más bello de los dos era justamente el que encerraba el cáncer.
Mi estancia en el Instituto Curie para la intervención quirúrgica, seis días después, fue muy dulce. Me habían quitado el tumor y los ganglios. El análisis de los tejidos extraídos permitiría saber si había que proceder ulteriormente a la ablación entera del pecho. M. pasaba horas estrechado a mí. En la sonrisa de las enfermeras y los celadores se leía la aprobación. El sábado nevó. Veía desde la cama los copos blancos. Oía el rumor de las manifestaciones contra la guerra de Irak procedentes del Boulevard Saint-Michel. Y en el pasillo resonaba regularmente la nota clara del ascensor deteniéndose en la planta. En mi diario escribí que me sentía infinitamente feliz.
A causa de mi cuerpo completamente lampiño me llamaba su mujer-sirena. El catéter, con su excrecencia en mi pecho, se convirtió en un «hueso supernumerario».
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2 El catéter central o «reservorio» consiste en un fino tubo de plástico que discurre bajo la clavícula hasta la vena yugular, unido a un depósito, implantado bajo la piel, que se perfora en cada quimio para introducir las sustancias que destruyen las células malignas. Describo con precisión este dispositivo porque todo esto resulta desconocido para la mayoría de la gente. Yo, antes, también lo ignoraba.