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ОглавлениеESCENA I: LA TORRE DE BABEL
(En el costado derecho del escenario hay una torre en construcción. Diversas personas, con camisa y pañuelo en la cabeza, trabajan en el primer nivel de la torre; al lado izquierdo, están Utnapishtim con su mujer y, en los niveles superiores, tres constructores con cascos blancos).
Voz: “En vano los hombres, amontonados por cientos de miles sobre un pequeño espacio de terreno, esterilizaron la tierra que los sustentaba y la cubrieron de piedra a fin de que nada pudiera germinar; en vano arrancaron hasta la última brizna de hierba; en vano saturaron el aire de carbono y petróleo; en vano arrasaron con los árboles y exterminaron a los pájaros y a las bestias. Todo en vano; la primavera es siempre la primavera” (Resurrección, de Tolstoi).
Constructor 1: Podrá el hombre haber sido hecho de barro; pero con su ingenio es capaz de convertir ese barro en cemento indestructible.
Constructor 2: ¡Nunca antes habíamos estado tan cerca del cielo!
Constructor 3: El temor a los dioses es historia pasada, fruto del atraso cultural de hombres primitivos, postrados de rodillas ante lejanos poderes. Inhibían así su audacia, sacrificando la pasión en aras de nihilismos religiosos.
Constructor 1: ¡Mayoría de edad! ¡Libres ya de nostalgias paternas y de las frustrantes represiones del deseo!
Constructor 2: Dulce libertad, responsable únicamente ante las propias metas. Sin otra moral que la de la eficiencia de los medios para lograr el éxito y aumentar, así, el nivel de vida de una gente cada vez más capaz.
Constructor 1: Los dioses, sin embargo, pueden también ser útiles para legitimar ante las masas el poder de los mejores.
Constructor 2: Y la religión sirve, además, de consuelo para los pobres, permitiéndoles aceptar las inexorables leyes del mercado que los dejan abandonados entre los rastrojos del progreso.
Constructor 3: Es el benéfico opio para el pueblo. El mundo es de los fuertes. La masa existe únicamente para sobrevivir. Y, de paso, sustenta con su esfuerzo el peso de la pirámide en cuya cima las elites celebran el festín del éxito.
Constructor 1: Principio selvático que la inteligencia agudiza con enormes ventajas. No hay otra especie que haya logrado, con su instinto, lo que nuestra inteligencia, puesta al servicio de ese instinto, ha sido capaz de conseguir. Pues también en la cultura el más fuerte se impone a costa del más débil. Y la inteligencia bien informada acrecienta esa fuerza. E incluso aumenta su poder con las armas que agudizan el dominio incontrolable de los poderosos.
Constructor 2: La construcción de la torre es sin retorno a etapas anteriores. El progreso va sólo hacia delante. Y asciende hasta niveles cada vez más sofisticados que se sustentan sobre mayores cantidades de masa.
(Pausa).
Constructor 3: ¡Y llegamos ya al nivel 2000!
Constructor 1: ¡Podemos ahora detener el trabajo por un momento y celebrar este éxito con fiesta!
(Los tres constructores descienden de la torre y se juntan con los de abajo. Preparan una mesa con jarros de vino. Aparecen dos músicos tocando una danza. Y todos bailan y beben).
Constructor 2: ¡Bebamos y comamos!
Constructor 3: ¡Bailemos y embriaguémonos hasta el amanecer, entre globos y rayos luminosos! ¡Que explote un festival de fuegos de artificio en todos los rincones! ¡El mundo es nuestro!
(Se oyen explosiones de fuegos artificiales y se divisan destellos de colores. Utnapishtim y su mujer se acercan al lado izquierdo del escenario).
Constructor 1: Gastemos algunos excedentes. E invitemos también a las masas. Que olviden sus penurias bailando y emborrachándose hasta embotar sus sesos. Así podrán resistir mejor el esfuerzo con que van a seguir sustentando los nuevos pisos de la torre.
(Por el fondo aparece Ishtar).
Ishtar: La inteligencia humana se ha corrompido, transformándose en locura. Construyen plataformas sin ton ni son. El único animal consciente resulta ser, así, mucho más insensato que las bestias. ¿Tanta sutileza evolutiva para culminar en tamaña torpeza? Por su culpa, el dios Enlil se ha arrepentido de esta necia criatura. Y ha decidido aniquilar su obra original, antes de que el mismo hombre, en el frenesí de su demencia, se autodestruya y, cual aprendiz de brujo, arrastre consigo su propio entorno. Aunque no sería justo que el desastre fuera total y no quedara rastro alguno del plan divino que el mismo Enlil ideó con tanto amor. Voy, pues, a prevenir a Utnapishtim para que pueda quedar a salvo del gran diluvio con que el dios Enlil hará que todo ser viviente retorne al caos, como castigo por la vil decepción con que la humanidad lo ha retribuido. (Dirigiéndose a Utnapishtim). ¡Utnapishtim!
Utnapishtim: ¿Quién sois, poderosa señora? ¿Qué queréis de mí?
Ishtar: Yo soy Ishtar, madre fecunda de todos los vivientes. El amor creador del dios Enlil es, por sí mismo, fiel. Pero la estupidez de los humanos, engreídos con la pequeña ciencia adquirida, lo ha llenado de rabia. Y prefiere volver a ser de nuevo El sólo en su existencia eterna sin seguir soportando ya más la burda inteligencia de un animal ridículo. Por eso decidí entrometerme para evitar que el insensato orgullo de ese hombre fugaz pudiese hacer mella en la fidelidad eterna del dios Enlil.
¡Ahora, pues, levántate Utnapishtim! ¡No te quedes ahí perplejo! Vas a construir un arca, donde tú con tu mujer puedan ser salvos. ¡Y rápido! pues ya el cielo comienza a ensombrecerse. Refúgiense en ella, tomando algunas aves como mudos e inocentes testigos de la tragedia. Permanecerán ahí hasta cuando, con un signo, les revele que las aguas han vuelto a su nivel normal y la vida es de nuevo posible.
(Ishtar desaparece).
Utnapishtim: ¡Qué extraña visión me ha concedido el cielo! ¡Gran Ishtar, diosa del amor eterno! ¿Quiénes somos nosotros para haber sido objeto de su amante protección, que cambió nuestro destino, de muerte a vida? ¿No somos simples mortales como los demás habitantes de Babel? Y, como todos ellos, ¿no compramos en los mismos mercados objetos de consumo, para intentar, así también, disfrutar de la vida? Bailamos al son del mismo ritmo, experimentando la misma embriaguez de la sensual ciudad. ¿Por qué, pues, esta extraña predilección? ¿O, tal vez, hizo la diferencia una gracia misteriosa, casi arbitraria?
Mujer: No llenes tu cabeza de cuestiones inútiles, indagando en misterios que nos sobrepasan. Y obedezcamos, aprovechando la vida que inesperadamente se nos regala.
¡Pon manos a la obra, Utnapishtim! ¡No perdamos más tiempo en especulaciones! Comienza de inmediato a construir la embarcación, mientras yo recojo los objetos que hicieron nuestra vida, en Babel, tan agradable.
Utnapishtim: Pero ¿por qué nosotros?
Mujer: ¡No pidamos razones a la fortuna! Dejémonos ahora llevar por sus alas, besando sin chistar la mano bondadosa que nos bendice.