Читать книгу Error de cálculo - Daniel Sorín - Страница 10
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Hoy todo parece un sueño, esa irreal sensación de que las cosas no nos han ocurrido a nosotros. Cada vez me es más difícil determinar el límite de la realidad y la irrealidad. Caprichoso destino, he buscado la verdad analizando la realidad y llegué a la sospecha de que realidad y verdad no se corresponden.
Tengo miedo de estar, como el general Aureliano Buendía, construyendo pescaditos de oro.
(De una carta de Ramón Carpintero a su hija Iris, fechada en Buenos Aires el 23 de noviembre del 2009.)
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Quizá todo hubiese quedado en la nada de no haber mediado un hecho aglutinante y catalizador. Es evidente que, extrañamente, la génesis de la idea reunió a tres mentes racionales, tres sensibilidades distintas, tres experiencias contrapuestas. Sin una propuesta deliberada llegaron a un territorio común. A partir de aquí, el nacimiento de la voluntad y el trabajo compartido harían lo demás.
El 22 de enero, una semana después del encuentro casual entre Bernardo Layo y Carlos Trillo, se produce la reunión de trabajo del primero y Rómulo Artigas. Este, informado al pasar de la idea alcoholizada de su condiscípulo, decide —seducido por ella— volver a verlo luego de diecinueve años, cosa que concreta dos días después, el 24 de enero.
A menos de una semana de estos hechos, en el momento en que la inercia de los movimientos espirituales cede de no mediar una reactivación, muere, imprevista y accidentalmente, Ezequiel Torre, compañero de Trillo y Artigas en aquel cuarto año y, por ende, alumno de Bernardo Layo. ¿Fue la imprudencia y la malicia del automovilista que atropelló al joven Torre la madrugada del 30 la que provocó el encuentro, o este ya era inevitable? No lo sabemos. Lo cierto, es que los hechos se produjeron y el 31 de enero, a siete días de la visita de Artigas a la inmobiliaria, los tres concurrieron al velorio del amigo muerto.
Acerca de las características del velatorio hay datos fragmentados, recuerdos imprecisos. Pero se los ha investigado y lo que aquí se expone es fehaciente. El primero en llegar fue Layo, una hora después arribó Artigas e inmediatamente después Trillo. A los tres les ocurrió el mismo episodio. En medio del llanto desconsolado de la madre y los hermanos, un tío del fallecido le preguntó a cada uno, en las tres oportunidades, cuál era su la relación con el difunto. Los acompañó hasta el cajón abierto y, sin aviso, sin que nadie se lo requiriera, les mostró la horrible herida que atrás de la cabeza tenía el infortunado. Ese hombre pasó horas explicando a las treinta o cuarenta personas presentes, en qué momento y lugar exacto de la avenida San Juan a la altura de Alberti se produjo el accidente. A cada una les refirió vida y obra del difunto con detalles precisos y solo se alejaba al llegar alguien nuevo, para repetir todo otra vez, incansablemente. Ese hombre fue, en esas circunstancias, sin quererlo, la síntesis perfecta.
La chispa.
A las diez de la noche decidieron retirarse. El clima era sofocante, más de treinta y tres grados derretían el ánimo de los porteños. Se sentaron en un bar cercano, una mesa redonda en la vereda, un mozo semisordo y tres cervezas frías con maníes y papas fritas. Fue el encuentro fundacional. El momento en que las mentes se reconocen socias de un mismo proyecto, en que la voluntad se agrega y se impone a la imaginación, en que las tareas se dividen y las responsabilidades se deslindan.
Conversaron largamente. Al fin quedaron en un encuentro a realizarse tres semanas después. Para el 20 de febrero cada uno debía tener encaminada su parte. Trillo se ocuparía de conseguir apoyo financiero, Artigas todo lo relacionado con la faz periodística y Layo tendría a su cargo el aspecto jurídico y filosófico-teológico del proyecto.
A las dos y veinte de la madrugada los tres socios se separaron después de haber consumido abundante cerveza con una rara alegría por dentro.
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DECLARACIÓN DEL SEÑOR
MANUEL VARDÉ
—¿Nombre?
—Manuel Vardé.
—¿Ocupación?
—Agente de turismo.
—¿Puede decirnos cuándo y en qué circunstancias conoció a Carlos Trillo?
—Conocí al señor Trillo a mediados del 73. Él colocaba dinero propio y de una inmobiliaria a la que representaba en dólares y yo los negociaba.
—Es decir que su agencia de viajes funcionaba también como agencia de cambio, ¿verdad?
—Efectivamente.
—Tuvo problemas con el señor Trillo.
—Nunca tuve problemas con él. Nuestro trato era eminentemente comercial, yo no lo conocía en profundidad.
—Sin embargo, tenemos aquí... déjeme ver, un minuto... ¡Sí!, aquí mismo, la declaración de María Angélica Paz, esposa de Trillo entre febrero de 1972 y agosto de 1974, que nos informa: “Solíamos vernos a menudo con Manuel Vardé y su señora Ana Luisa, teníamos con ellos una gran amistad”.
—Señor, considero que la señora Paz ha exagerado nuestra relación, era solamente una amistad de índole comercial, una relación cordial con un buen cliente.
—Señor Vardé, hablando de clientes, dijo usted que negociaba dinero de Trillo y de la inmobiliaria a la que representaba. ¿Cuál diría que era la proporción de uno y otra?
—La mayor parte era de la inmobiliaria.
—¿En qué proporción? Le recuerdo que nos resulta sencillo verificar su respuesta.
—Yo diría que el noventa por ciento era de la inmobiliaria.
—¿El noventa?
—Quizá algo más.
—Nuestros cálculos nos han permitido llegar a la conclusión de que no más del uno por ciento del total negociado era propiedad de Trillo.
—Creo que es posible. Nunca hice esa cuenta, no veo por qué debiera interesarme.
—Es decir que Trillo oficiaba de intermediario. ¿A qué porcentaje?
—El veinticinco por ciento de mi ganancia.
—¿Tuvo un episodio con dólares falsos? Es decir, ¿vendió usted dólares falsos a Trillo en una oportunidad?
—¡No, jamás!
—¿Quince mil?
—¡Eso es mentira!, ¿quién pudo...?
—Tranquilícese, señor Vardé, igual no viene al caso. ¿Podría decirnos cuándo le dio los cincuenta mil dólares que lo convertían en socio de la editorial?
—A fines de febrero del 76. Fueron dos cheques con fechas diferidas, como era la usanza de la época, por un monto de veinte mil el primero y treinta mil el segundo.
—¿Qué porcentaje de acciones le aseguraba este dinero?
—El dieciocho por ciento.
—¿Sabía si había más socios capitalistas y, en tal caso, puede darnos los nombres de los mismos?
—No. Él no quiso decirme y yo nunca insistí. Sencillamente tenía los avales presentados que aseguraban mi inversión. Yo nunca supe, yo no sabía para qué era.
—¿Quiere decir que no tuvo información en qué se invertía su dinero?
—Sí, pero...
—¿Tenía conocimiento o no de la idea de un semanario necrológico?
—Sí, claro, es que yo nunca pensé que se llegaría a lo que se llegó. Quizá usted piense que no fue moral que yo le diera dinero, pero jamás que se publicaría.
—Y entonces usted cobraría esos avales.
—Si el periódico no llegaba al quinto número, o si no completaba los cincuenta mil ejemplares vendidos yo me resarcía con la garantía por él dejada.
—Por último, señor Vardé; ¿puede decirme cuál fue el aval?
—Un departamento en la calle Coronel Díaz.
—¿De qué valor?
—Unos ciento veinte mil dólares.
—Gracias. Es todo por ahora.
—Yo quiero decir...
—¿Sí?
—En aquella época, usted quizá no lo recuerde, los ahorristas como yo vivíamos con la incertidumbre de dónde colocar nuestro dinero; había una gran debacle financiera y la oferta de Trillo era tentadora, si bien era posible que... es decir, yo jamás imaginé.
—Gracias señor Vardé, es todo por ahora.
(Fin de la declaración)
Aclaración: efectivamente no hay constancias de que el declarante haya vendido dólares falsos a Trillo.
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DECLARACIÓN DEL DOCTOR
NICOLÁS PÉREZ DUARTE
—¿Su nombre es Nicolás Pérez Duarte?
—Efectivamente.
—¿Profesión?
—Abogado.
—¿Conoció, doctor, al señor Bernardo Layo?
—Sí.
—¿En qué circunstancias?
—Vino a hacer una consulta acerca de posibles impedimentos legales de un proyecto suyo.
—¿Usted prestó los oficios de abogado a tal fin?
—Naturalmente.
—¿Le extrañó el carácter de la consulta?
—No es función de los abogados extrañarse por las consultas de sus clientes.
—Así es. ¿Le pareció normal el estado mental del profesor Layo?
—Absolutamente.
—¿Cuál fue su respuesta al requerimiento?
—Que mientras no instigara al suicidio, la eutanasia y al crimen en general, no había impedimentos legales. Más aún, la Constitución ampara explícitamente la libertad de prensa.
—¿Desea declarar algo más?
—No.
—Gracias.
(Fin de la declaración)
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DECLARACIÓN DE LA SEÑORA
ANA LUISA MONJARDÍN DE MARTÍNEZ
—Solo por formalidad, ¿podría decirnos su nombre, apellido y ocupación?
—Ana Luisa Monjardín de Martínez, ama de casa.
—¿Fue usted desde 1973 hasta pasado 1976, esposa del señor Manuel Vardé?
—Sí.
—¿Conoció al señor Carlos Trillo?
—No personalmente, si a eso se refiere, solo por televisión.
—¿Usted y su ex marido no se visitaban con el matrimonio Trillo?
—No.
—¿Sabe si su ex marido y Trillo fueron socios en el semanario?
—No lo fueron, que yo sepa.
—¿Por qué razón se separó usted del señor Vardé?
—¿Debo responder esa pregunta?
—No es su obligación.
—Entonces no lo haré.
—Señora, una vez más, ¿ratifica que no conoció personalmente al señor Trillo?
—Lo ratifico.
(Fin de la declaración)
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Durante bastante tiempo se discutió cuáles fueron las consecuencias de la reunión del 20 de febrero. A esa altura la voluntad transformaba la simple imaginería en conceptos conscientes y estos en hechos que generaban su propia dinámica. El tono de la discusión, que se prolongó hasta altísimas horas, fue trabajoso; se debatió arduamente analizando infinitos detalles. Solo algo ocurrido mucho tiempo después permitió conocer con exactitud los aspectos resolutivos del encuentro. Una vieja libreta de datos personales fue encontrada al requisar la antigua casona de Layo, en el barrio de Villa Luro; el estudio de peritos calígrafos permite tener la certeza de su autoría. Esa libreta mostró con desorden anotaciones de ese día y de las semanas posteriores.
Se estableció, según esas notas, que el periódico saldría una vez por semana y se confirmó el sistema de avisos gratuitos para quienes anunciaran la muerte de algún deudo. Se encargó a Artigas la formación del plantel de periodistas y correctores, el diseño y cuidado de la edición y un estudio comparado de tarifas de los distintos medios periodísticos. Debía evaluar los “destacados”, los de mayor tamaño, recuadros y pie de página, así como los potenciales avisadores. Se resolvió también la formación de un grupo de promotores publicitarios para visitar las empresas relacionadas con —así exactamente se las definió ese día— “el negocio de la muerte”, los que serían dirigidos, naturalmente, por Carlos Trillo.
Se encargó a Bernardo Layo la creación de tres grupos de asesores. Uno formado por abogados para hacer frente a los posibles juicios, se especulaba en ese momento con la figura de instigación al crimen, aunque no se descartaba la posible acusación de inmoralidad y una previsible censura. Otro compuesto de científicos, médicos forenses y gerontólogos, además de un sicólogo. De allí saldrían los artículos científicos acerca de la muerte, las enfermedades y el dolor físico y espiritual. El propio Layo fue quien fantaseó con la idea de una serie de notas para definir clínicamente la muerte, problema complejo, que abría camino para plantear el interesante dilema de los que han vuelto, todo un desafío a la ciencia médica.
Al tercer grupo se le adjudicó especial importancia, estaría constituido por los asesores teológicos. Se trataba de conseguir un cura, un rabino, un pastor protestante —o bien laicos si no se obtenía ese objetivo de máxima— que escribieran en el semanario. Había que evitar que algunos fanáticos estuviesen tentados de ver en el periódico una obra satánica.
Las reuniones se hicieron más seguidas y dinámicas. Un mediodía caluroso en un viejo bar de Rincón y Rivadavia vieron pasar un cortejo fúnebre. El primer vehículo, blanco, llevaba el cuerpo de una criatura. Artigas recordó la leyenda, lejana, ajena y conmovedora. En algunas provincias los padres ofrecen una fiesta cuando muere un recién nacido. Lo hacen porque creen que trajeron al mundo un alma inocente y pura, a la que Dios reclamó sin hacerla transcurrir por la prueba de la vida.
—La gente baila alegre, mientras dentro del rancho yace el cuerpito. Es terrible —dijo Artigas.
—Y maravilloso —confesó el profesor.
—La llaman la fiesta del angelito.
Hicieron silencio, cada uno parecía ensimismado en sus propias imágenes. El cortejo ya se había ido.
—El angelito —dijo Trillo con la mirada sostenida en el exterior soleado.
Pareció un golpe, fue un golpe que los volvió a la realidad.
—El Angelito... profesor. ¿Qué le parece El Angelito?
Layo creyó entender.
—¿Qué les parece llamarlo El Angelito, Semanario Necrológico? —confirmó Trillo.
Así, ese mediodía febril la idea adquirió un nombre. Nombre que le aportará nuevos significados y presencias, distantes evocaciones y esperanzas. Nombre terrible y místico, subyugante y dulce, amoroso y justiciero.
Tres días después se fijan otros temas. Por iniciativa de Trillo se resuelve sacar el número cero, sin publicidad paga, como apoyo a la tarea de los productores. También se aprueba el acuerdo con Manuel Vardé y se alquila una espaciosa oficina ubicada en el octavo piso de Lavalle 1435, segundo cuerpo.
Por una ocurrencia de Javier Prats, un joven periodista contactado por Artigas, se aprueba una sección de deudos famosos, donde actores, políticos, deportistas y en general personajes públicos, comentarían el sufrimiento y pérdida de un ser amado. Se sabe que en esos días se le encarga a Raimundo Aires la confección del logo del semanario, que anotarán en el Registro Nacional de la Propiedad Intelectual, junto con el nombre elegido. Hacia fines de la primera semana de marzo resuelven dos problemas de fundamental importancia: se encuentra distribuidor y se consiguen las primeras receptorías de avisos. Ya puede hablarse, para mediados de ese mes, de una incipiente organización.
El 24 de marzo de 1976, a setenta días de la reunión fundacional, ve la luz el número cero, y justamente ese día sale publicado en el diario Clarín aquel postergado reportaje que Artigas le había propuesto a Trillo. El artículo despertó una de las incógnitas periodísticas más extrañas que se recordaban en Buenos Aires.
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DECLARACIÓN DEL SEÑOR
RAFAEL PEREYRA
—¿Nombre, apellido y profesión?
—Rafael Pereyra, arquitecto.
—¿Recuerda usted la época en que Layo, Trillo y Artigas publicaron El Angelito?
—Sí. Yo me veía solamente con el profesor Layo. Con él habíamos forjado una sólida amistad en los casi veinte años que nos conocíamos. A decir verdad, desde la salida del periódico dejé de verlo por completo.
—¿Por qué razón?
—Yo no aprobaba la idea; se lo dije la última vez que nos vimos. Cuando leí el reportaje a Trillo en el diario y la profusa publicidad mural creí que se trataba de un semanario de humor negro.
—Muchos lo creyeron así.
—Días antes de la aparición tuve una entrevista con el profesor, él me puso a corriente del proyecto. Si bien yo estaba de acuerdo con algunas cosas, quiero decir reconocía ciertas perversiones en la gente, un asqueroso regodeo mortuorio que me enfermaba, me parecía inmoral lucrar con eso.
—¿Qué le dijo Layo?
—Me sugirió que entre los tres no había un acuerdo total; de hecho, existían profundas diferencias. Hasta donde sé, Layo se oponía al tratamiento sensacionalista y amarillo que proponía Trillo. Tuvieron discusiones interminables. Yo creo que Artigas fue el que inclinó la balanza.
—¿Qué buscaba el profesor?
—Es difícil explicarlo. El profesor era un intelectual con inclinaciones filosóficas muy subjetivas. Una persona profundamente mística. No sé si estas palabras lo definen bien, filosóficamente, quiero decir.
—Lo entendemos, no se preocupe por eso.
—Él pensaba que la vida era una preparación para la muerte. Ahora bien, a partir de una visión materialista, oscuramente egoísta decía él, se había reemplazado esa idea de preparación por una negación. Un ocultamiento. Lo que era una utopía, un imposible, ¿me entiende?
—Creo que sí.
—Esa negación es una quimera. Los hombres se siguen muriendo y, la neguemos o no, la muerte existe. Era una situación sin salida. El materialismo nos había llevado a un atajo del cual no había como salir. Para el profesor eso trajo como consecuencia un aumento de la angustia existencial, lo que llamaba el “estado de terror”. Al estado de terror lo definía como la exacerbación del miedo a la muerte. Yo me lo imaginaba como una angustia patológica que aumentaba incesantemente.
—Layo había escrito varios trabajos al respecto.
—Efectivamente. El profesor señalaba que las religiones habían ayudado a paliar el problema del miedo a la muerte imaginando otra vida en el más allá. Si bien no era más que un reemplazo del miedo a la muerte por el miedo a Dios, esto tampoco parecía funcionar. Estaba convencido de que si algo sobraba en la sociedad moderna era el miedo a la muerte, y si algo faltaba era el miedo a Dios.
—¿Pensaba que transgredía principios religiosos?
—No, él razonaba que volvía a las fuentes del cristianismo. Por otro lado, decía que el positivismo había creado una leyenda atroz, la del dolor. La gente estaba convencida de que morir es un acto doloroso, cuando no lo es. Sobre este punto, el profesor había estudiado la información que disponía acerca de los resucitados. Las personas que habían pasado el límite de la muerte clínica —paro cardíaco, carencia de respiración— a los cuales los médicos lograron traer de vuelta antes de transponer el límite biológico, signado por la destrucción de las células cerebrales. Había llegado a la conclusión que la muerte es un acto gozoso. Esos hombres volvían con imágenes que solo podían definirse como de indecible belleza. Esto era muy importante si se quería que la gente perdiera su miedo ancestral, comprendiera la muerte, dejara de darle la espalda y observara su rostro sin desviar la mirada.
—Admira al profesor.
—Era una persona sumamente preparada. Este era el fundamento teórico que yo no me atrevo a discutir, y que hizo que Bernardo Layo pensara que el semanario era o podía convertirse en una herramienta. La más poderosa herramienta de difusión para contrarrestar la visión positivista de la muerte.
“Sabía que Trillo juzgaba como delirantes sus ideas, pero también que no se opondría, ya que las consideraba una forma de defensa contra la desaprobación de la Iglesia y la censura del Estado. Incluso llegó a decirme que, si perdía su lucha y se imponía la óptica mercantilista en el semanario, no dejaba de constituir una posibilidad nunca antes vista de combate.
—¿Qué sabe, arquitecto, de los hechos de julio?
—Solo lo publicado por los diarios. Como le dije, me distancié del profesor en los días previos a la salida del primer número del semanario. Nunca más lo volví a ver. No dudé de su sinceridad, pero todo aquello me provocaba náuseas. Yo solo vi un comercio infame, por lo menos de parte de Trillo, no sé de Artigas. Claro que ese no fue el motivo del distanciamiento.
—¿Y cuál fue?
—El razonamiento del profesor me parecía tan lógico, que me aterraban las consecuencias inevitables.
—¿Tiene algo más que decirnos?
—No, señor.
—Muchas gracias.
(Fin de la declaración)
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Así llegó el 28 de marzo. De lo que ocurrió entre las nueve de la mañana de ese día hasta las cinco de la madrugada siguiente hay testigos: una secretaria, dos mozos y tres coperas.
La señorita María del Carmen Luna era, por entonces, la secretaria, telefonista y recepcionista, además de única empleada administrativa de la joven editorial. Ese, como todos los días, llegó puntualmente a las nueve de la mañana y encendió la luz. Cuando se dirigía a abrir las ventanas de la oficina vio el sobre que habían tirado por debajo de la puerta. Lo abrió y leyó:
Quisiera publicar en vuestro semanario el siguiente aviso:
Cochería Uruguay
El mejor servicio los 365 días del año
Uruguay 1050 TE: 35-5056
Acompañaba al pedido un cheque “no a la orden” para la editorial. Estaba firmado por Antonio Sáenz, gerente y único dueño de la empresa fúnebre.
Una hora después llegó Artigas y a los pocos minutos Trillo. La alegría y la conmoción que causaron el sobre y el cheque solo reconocen una pausa cuando a las diez y cincuenta entró en la oficina una mujer joven. De sobria elegancia, la mujer pregunta por el gerente. La ropa de la visita denotaba cierto nivel económico; su manejo desenvuelto y un dominio absoluto de la situación insinuaba un buen nivel cultural.
—Señorita, ¿en qué puedo servirla?
Artigas y María del Carmen apoyaban sus orejas en la puerta de la oficina.
—Quisiera colocar este aviso.
Y extiende un papel donde se lee:
¡¡Mensajes al más allá!!
Comuníquese con sus seres queridos.
Vidente Ana Luz
—estricta reserva—
Mansilla 3066 TE: 66-1542
Aquello fue el éxtasis. Cuando la mujer se fue los tres, Trillo, Artigas y la secretaria, bailaron desaforadamente. Rómulo se subió al escritorio y sin temor hizo un número improvisado de zapateo americano. Ese día llegaron aún más avisos. De las receptorías informaban que gran cantidad de personas pedía la publicación del aviso de la muerte de un padre, una madre, un hijo o un hermano.
En uno de los brindis, súbitamente, Trillo se levantó y extendiendo su copa dijo: “Brindo por nuestro director periodístico, el brillante Rómulo Artigas”. Artigas se quedó unos instantes pensando, conmocionado, no pudo responder. Pero tres horas después, cuando el alcohol había subido a la cabeza de los socios, mientras caminaban hacia una boîte cercana en la calle Carlos Pellegrini, Artigas dijo en voz alta, casi gritando: “Director periodístico, ¡eso suena bien, muy bien! ¡Cuando se enteren los imbéciles del diario!... Y los imbéciles de todas las redacciones que tuve que sufrir. Y todos los imbéciles del mundo: ¡Director periodístico!
Aun en medio de la borrachera, el profesor Layo se dio cuenta, su pelea con Trillo estaba perdida y sus esfuerzos por cambiar la dirección de los acontecimientos serían del todo inútiles.
Y era verdad.