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Encontré un tesoro, como aquellos que cuando chicos creíamos que tenían los piratas. Aquí las joyas no son rubíes engarzados en oro, solo los trabajosos papeles de una ardua investigación; en ellos se habla de un tiempo olvidado, pero no ajeno.

Desde esos papeles pude asomarme a centenares de entrevistas hechas a testigos de los acontecimientos, todas realizadas por los asistentes del profesor Paseck. Muchas pruebas han desaparecido por destrucción deliberada, otras por el tiempo transcurrido. Algunos datos, como suele pasar cuando son verdaderos, se contradicen; los he enlazado, sin embargo, de la manera en que me pareció más racional y más lógica.

He llegado a armar un rompecabezas, las piezas encajan, yo creo que es verdadero. Por lo demás, juro no haber mentido a sabiendas.

Ramón Carpintero

Nueva Viena, 15 de noviembre, 2009.

(Prólogo a la primera edición francesa de Historia extraoficial y verdadera de lo acontecido en julio de 1976.)

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El origen se remonta al 22 de enero de 1976. Ese día, a las ocho de la mañana, debió sonar el despertador de Rómulo Artigas. Ese día, como tantos otros, su mano tanteó el aparato y buscó una excusa para demorar lo inevitable. Dos horas más tarde se embarcaría, no lo sabía aún, en la aventura más grande de su vida. Hoy, treinta y cuatro años después, ya no conserva el recuerdo de esa mañana de enero, algo calurosa y húmeda, del encuentro con aquel hombre bajo, de cabellos engominados y manos blanquísimas, que tendría para él consecuencias impredecibles.

Por esos años subía Rómulo la empinada cuesta de los treinta. Fue siempre de esa clase de mirones que se pasan contemplando la vida; reflexionan sobre ella y las más de las veces la gustan, la tocan, la olfatean. Para ellos es como una película. De mala gana dejan de mirarla para ocuparse del acontecer cotidiano. Están alejados del acto y la transformación.

Rómulo sentía que no había llegado a ninguna meta, que transitaba por un camino brumoso sin vislumbrar final alguno. Trabajaba en el diario Clarín al tiempo que comenzaba y cancelaba decenas de proyectos propios. La mayoría sin germinar, quedaban archivados en algún sombrío cajón, hasta que eventuales mudanzas los desempolvaban solo para volverlos a olvidar. Soltero, más por no acometer el duro trabajo de la convivencia que por una decisión razonada o una frustración emotiva, fue acumulando esas manías de hombre solo, una a una, año tras año, hasta convertirse en un ser peculiar y a veces grato.

Desayunó con café negro, pan con mermelada y jugo de pomelo, mientras hojeaba el diario para enterarse de lo que ya sabía. Se lo ha acusado, no sin intención, de consumir abundante alcohol; incluso dieron como infaltable su vaso de cerveza en el desayuno. Pero eso no es cierto, en aquella época tenía solamente ocasionales borracheras, siempre nocturnas. También se dijo que era gran consumidor de drogas, más aun, que representaban para él un floreciente negocio; no es cierto y jamás se encontró la más mínima prueba de ello.

Esto es particularmente importante para desentrañar las causas de los hechos. Crear una imagen distorsionada de Artigas y de sus socios, endilgarles intenciones oscuras desde el comienzo mismo de los acontecimientos, equivale a ocultar las razones de lo ocurrido posteriormente.

Ya habían pasado las nueve cuando salió de su departamento en el segundo piso del edificio de Hidalgo 88. Sentía que ese día, mágicamente, acabaría su indeseado anonimato. Caminó hacia la avenida Rivadavia y desapareció en la nerviosa columna de gente que a esa hora viaja por los subterráneos de Buenos Aires. El encuentro con Bernardo Layo ocurriría solo minutos después.

El hecho de que Layo haya muerto oscuramente contribuyó a desfigurar la imagen que se tenía de él. Hoy es común creer que era, más o menos, un típico ejemplar de intelectual oportunista y sin escrúpulos, un escriba que consiguió ser altamente remunerado. Ya llegará el momento de esculpir la compleja personalidad de Layo y conocer sus ideas con lujo de detalles; baste decir por ahora que se trataba de un erudito, un investigador y ensayista, profesor de Filosofía y Letras. No era ni por lejos un oportunista, sino un ávido buscador de las verdades existenciales, abstractas, elementales. Un profundo pensador de bares, gran consumidor de libros, cafés y cigarrillos. Podía conferenciar durante horas capturando al auditorio, hablando con las manos, permitiéndose breves miradas furtivas a las mujeres de su alrededor. No se embarcó en esa aventura por conveniencia personal. Es más, jamás la concibió como una aventura. Fue seducido por una idea que no tuvo dueño ni autor determinado. Buscador nato de las certezas primarias, filósofo místico y subjetivo, adhirió con pasión, sinceramente, sin dobles intenciones. Su propio desenlace, acaso, sea la prueba misma de su inocencia.

A las diez de la mañana la confitería era ya un hervidero de gente. Unos cuantos alumnos secundarios haciendo la rabona, mesas llenas de vendedores, leguleyos y varios otros personajes indeterminados. Con esa escenografía, Artigas y Layo se encontraron para trabajar en el reportaje que debía salir en el próximo número de una ignota revista de la que el primero era columnista y el segundo ocasional colaborador.

—¿Qué tal, profesor, hace mucho que me espera?

Artigas se sentó sin esperar respuesta, buscó con la mirada al mozo y por señas le encargó un café; para el mozo no hacía falta: Artigas jamás consumía otra cosa a no ser por invitación.

Layo comenzó a exponer acerca de las tendencias románticas en las letras nativas; una larga exposición, como era su costumbre. Habló sobre las influencias no solo políticas que llevaron a Echeverría a escribir El matadero. Mientras tanto, Artigas esperaba el momento propicio para intercalar sus nueve preguntas, largamente elaboradas durante los minutos de viaje en subterráneo. Tomaba algunas notas, no obstante, por si las respuestas no completaban el centimetraje necesario y, más que nada, como fórmula de respeto hacia su antiguo profesor. Hacía ya tres cuartos de hora que escuchaba, cuando Layo, a propósito de la tendencia mortuoria de los personajes y autores románticos, le dijo al pasar aquello que cambiaría su vida.

—Sabe usted, Artigas, —el profesor jamás tuteaba a sus alumnos y estos nunca dejaban de serlo— hay siempre en el hombre una clara inclinación hacia la muerte. Una atracción normalmente sublimada en el arte; pero no solo en él, hay deportes y oficios ligados a ella. Quizá esa sublimación sea una buena causa, o un buen efecto de la civilización. ¡Vaya a saber!, no he reparado en ello. Los otros días, por ejemplo, un antiguo condiscípulo suyo me sugirió que trabajase en un proyecto que tenía, ¿cómo le diré?... un periódico de avisos gratis, como un Segunda Mano donde la gente, los deudos, dieran a conocer las muertes que les atañen.

—¿Avisos fúnebres?

—Eso mismo. El día tal, a la hora tal, por ejemplo, dejó de existir fulanito de tal; su esposa y sus hijos, tal y tal, sus nueras y nietos, participan etcétera, etcétera, etcétera.

Artigas abrió los ojos, no supo por qué se le cortaba la respiración.

—Me comentó que imaginaba a los deudos dando a conocer una semblanza del finado. Sus últimas palabras, si las hubiera, su testamento, o cualquier otra cosa que dramatizase, así dijo él, la muerte del sujeto.

—¿A quién se le pudo ocurrir?

—Me dijo —lo interrumpió el profesor sin escucharlo— que si la quinta parte de la gente que hojea el diario para leer los avisos necrológicos comprase el periódico, sería un magnífico éxito editorial. Fíjese usted como la idea de la muerte que antes apuntábamos se reitera ahora...

Pero Artigas ya no volvió a escucharlo. Trató de averiguar sin éxito la identidad de aquel condiscípulo, y una hora después se levantaba de la mesa olvidando por completo el motivo de la entrevista. Así fue como Rómulo Artigas relató en posteriores oportunidades esa jornada inaugural y fantástica. Cómo él, periodista, argentino, de treinta y cinco años por aquel entonces, tuvo conocimiento de la idea.

A la noche dejó el televisor encendido sin sonido; se sentó, vaso de whisky en mano, en el único sillón justo debajo de la lámpara de pie. ¿Quién sería aquel compañero? Pasaron por su mente decenas de caras y situaciones de la escuela secundaria; recuerdos inconexos, disparados azarosamente. Solamente un sicoanalista, acaso, podría encontrar alguna ilación. Layo había sido profesor suyo en cuarto año, debía ser un compañero de esa promoción —se levantó como impulsado por un resorte—, de ese curso no tenía ninguna fotografía pero sí del posterior. ¡La foto de la graduación!

Su casa no se caracterizaba por el orden, de manera que tardó más de una hora en dar con ese recuerdo amarillento. Recorrió cara tras cara, memoró los nombres de casi todos y los fue anotando en una hoja. Nadie le pareció lo suficientemente loco como para llevar adelante esa increíble idea. A las dos y diez de la mañana fue a buscar hielo para su tercer whisky. El cansancio le hacía estragos y había decidido abandonar la búsqueda cuando recordó, sin motivo aparente, a Carlos Trillo. Se sentó, sorprendido y ensimismado. Trillo había sido expulsado por algo que ya no recordaba y tuvo que cursar quinto año en el Roca, ¡por eso no estaba en la fotografía! ¡Sí, él era lo suficientemente loco!

Cerró los ojos, algo en la memoria pugnaba por salir, algo huidizo, una imagen, apenas un destello fugaz. Evocó a Trillo, un tipo tan inteligente como antipático, una mente privilegiada. Había algo guardado en su memoria que no lograba recordar. Y, efectivamente, no lo pudo hacer porque un insoportable cansancio se apoderó de él dejándolo exhausto en la cama.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, pensó que sin duda Trillo era el compañero del que hablaba el profesor y decidió jugar su carta. Se sorprendió buscando en la guía el apellido, había decenas. Como el detective de un thriller, empezó por discar el número telefónico del primer Carlos Trillo de la columna. Tenía la esperanza de que si no era él, fuese un familiar capaz de darle datos más o menos precisos de su paradero. Media hora después Raquel Trillo, que resultara ser tía de su antiguo compañero, le dio una dirección y un horario. Era de su trabajo.

Cuando salió de su casa rumbo al diario pensó cómo fingiría el encuentro. Se imaginó mil veces lo que le diría. Sabía por fuentes fidedignas de su idea —como profesional del periodismo podía no denunciar la filiación del informante— y le parecía interesante hacerle un reportaje para las páginas de su sección que, aunque no centrales, le servirían de publicidad. Y unas cuantas cosas más que se dijo le diría. Durante todo el viaje a la redacción se dio innumerables razones por las que el encuentro parecería lógico. Armó y desarmó decenas de castillos con naipes de ideas y excusas. Se preguntó mil veces acerca de la verosimilitud de lo planeado. Y esas innumerables razones no dejaron de ocultar el único, el excluyente motivo de la visita.

Dos días después, Artigas se presentaba en aquella lujosa inmobiliaria preguntando por su antiguo y olvidado compañero.

• • •

En las páginas guardadas en el arcón había especial interés por establecer la verdadera personalidad de Carlos Trillo. Por ellas se pudo conocer a sus tíos, a su único hermano y a quien por esa época era ya su exmujer. Hay entrevistas con docenas de personas que lo conocieron, documentos de su indiscutible autoría, cartas, textos publicitarios y una indeterminada cantidad de notas reservadas. Esta es, a grandes rasgos, la historia de su parte en la historia.

Trillo había bebido unas ginebras de más la noche del 17 de enero. Bajaba con indisimulada precaución la escalera que comunicaba al salón de billar de Corrientes y Montevideo con la vereda superpoblada de barbudos, minifaldas e hiriente griterío. Ya en la calle cruzó Corrientes rumbo a uno de los restoranes baratos de la zona. Entró, buscó una mesa y encontró una pequeña con mantel de papel de estraza, semioculta por una ancha columna. Encendió su enésimo cigarrillo negro. Minutos más tarde ingresaba Layo buscando una mesa libre, cosa nada sencilla un viernes por la noche. Por lógica terminó con Trillo. Tres cuartos de hora después, mientras consumían el postre y Layo teorizaba sobre alguna cuestión, el joven lo interrumpió inesperadamente:

—¿Oiga, profe, no le parece que toda esta disquisición diletante es una pavada descomunal?

Layo lo miró entre sorprendido y estupefacto.

—Mire: usted, yo, todos —continuó sin pausa—, no hacemos más que estudiar distintas variantes de la misma pavada. Discutimos si los Montoneros, los troscos, el Partido Comunista; discutimos sobre Palacios, Balbín, Frondizi, ni qué hablar de Perón: el Perón de unos, el Perón de los otros —rio entusiasmado—. Discutimos, los argentinos discutimos.

El efecto de las primeras ginebras billarísticas y las dos botellas de vino ingeridas durante la comida, lo volvían verborrágico.

—No le demos más vueltas, su generación murió en el 55 y la mía con la dictadura, ¿entiende?

—...

No, verdaderamente no entendía.

—A ustedes y a nosotros, nos pasó lo mismo. ¿No lo ve, profe? ¡Estamos muertos! Justo en el momento que creíamos ganar: ¡muertos! ¡Qué magnífica ironía! ¿Y quiere que le diga una cosa? ¡Me parece perfecto! —se enardeció—. ¡Cómicamente perfecto! No hay nada nuevo, nada original, seguimos dándole vueltas a las mismas cosas desde la época de la Reforma Universitaria. Mire si no esos abuelos disfrazados de cantantes de rock... Mi generación murió dependiente y la suya de inanición intelectual. ¿Usted no era de la resistencia peronista, verdad? —preguntó malintencionadamente, conociendo las aprensiones políticas del profesor.

Layo, acostumbrado a la respetuosa distancia de sus discípulos y nada familiarizado con las maneras alcoholizadas de Trillo, no encontraba la manera más elegante y segura de irse. Caviló la posibilidad de pararse y, sin más, sencillamente, sin decir nada, tragarse la calle. Pero a último momento lo detuvo la idea de que Trillo, fuera de sí, pudiera seguirle hablando a los gritos desde la mesa.

¡Los Montoneros, Gardel, Lisandro de la Torre y Stefan Zweig se pueden ir bien al carajo! —imaginó el profesor a Trillo gritándole totalmente fuera de control.

Mientras esto pasaba por la cabeza de Layo, los acontecimientos se desencadenaron dejándolo sin posibilidad de respuesta.

—Profe, ¡a la mierda con las buenas intenciones! A la mierda con su cultura, su “educando al soberano” y con mi vieja revolución —ironizó—. Tendríamos que gritar como los franquistas ¡viva la muerte!

Tomó un largo sorbo de vino

—Tengo un tío al que no le disgustaría, sabe, profesor. Recuerdo que cuando murió mi padre fue el único que se atrevió con el reconocimiento del cadáver y los otros trámites. Iba y venía con todo aquello entre los gritos de mi vieja y las lágrimas de mi hermano. Después me pidieron, de puro formales, que yo, como hijo mayor, le agradeciera las molestias y lo felicitase por su notable presencia de ánimo. Presencia de ánimo. No tiene idea la que se armó. Salíamos del entierro cuando mi tío me tomó del brazo e hizo aquella ridícula pregunta:

—Carlitos ¿te gustó la madera?

—¿Qué madera?

—El ataúd, ¿te gustó? Conseguí lo mejor que había, los herrajes son... Fue ahí cuando tomé conciencia. Le sujeté la cabeza con mis manos, le di un beso y dije: “¡Te sacaste el gusto, Raúl!”. No había razón para que se ofendieran, todos sabían que era verdad. A él le gustaba regodearse con la muerte. Estaba siempre listo cuando sucedía una desgracia, casi agradecido de que ocurriese. Más entusiasmado cuanto más dolorosa. ¡Era algo así como un boy scout necrológico!

Rio.

—No lo hacía de mala persona, en absoluto, sino de truculento. ¿Me entiende? Esas situaciones y los burros eran sus diversiones.

Tomó otro largo sorbo y encendió un cigarrillo. Se sentía eufórico con la conversación.

—Vea, profesor, habría que hacer algo con esa gente, la que empieza a leer el diario a la altura de los avisos fúnebres. Es un verdadero mercado inexplorado. Habría que ofrecerles algo para que puedan regodearse libremente, lograr una continuidad de emociones sin que tengan que sufrir la pérdida de un ser querido. Darles muerte, pero ajena.

—¡Hombre!

—Sí, eso está bien —reflexionó Trillo para sí—. Darles muerte. Todos los días muchas muertes, todas las que hagan falta. Muertes de distinta índole, ¡claro!, tiene que ser un menú variado, una dieta balanceada.

Layo comenzó a sentirse atraído por el monólogo de Trillo. Tuvo que reconocer que ya no tenía urgencia por irse; todo lo contrario, aquella fábula le parecía cada vez más atractiva. Ese borrachín veinticinco años menor que él, que jamás había aprendido nada de sus lecciones escolásticas, le escupía en la cara su propio dilema, su acendrado resquemor al desagradable folclor de la muerte. ¡A él, que había cavilado pacientemente tantas páginas sobre el asunto!

—¡Ya lo tengo, profe!

Cerró los ojos, un breve silencio, algo estaba por nacer.

—¡Un periódico de avisos fúnebres! ¿Se imagina a toda esa gente desesperada cuando se enteren de la muerte de un familiar cercano? ¡No todos los días se nos muere alguien!, no debería pasar desapercibido. ¡Oh, profesor! ¡Imagínese ese ejército de pelados y gordas, aburridos, pero deseosos de deleitarse íntimamente con el fallecimiento de alguien a quien conocieron, por ejemplo, hace treinta años cuando vivían en Lamadrid, Llavallol o Lavalleja!

—Es interesante —confesó al fin Layo—, también se puede incorporar algún comentario filosófico sobre el tema. De esa manera muchos pensadores tendríamos una nueva fuente de trabajo.

Dijo eso como pudo decir cualquier otra cosa. Por primera vez en mucho tiempo se sentía confundido; pero la contestación de Trillo lo terminó de azorar, fue más allá de lo que él hubiera imaginado.

—¡Claro, exactamente! Maravilloso... De una gran imaginación, profesor. Eso lo haría menos e-vi-den-te. ¿Entiende? Es necesario que sea menos evidente, muchos de ellos tienen pudor —aclaró Trillo confidencialmente.

—¿Pudor?

—Pudor de su propia truculencia.

—...

—“Comentarios filosóficos sobre la muerte” —dijo Trillo como quien lee un titular imaginario. Después, entusiasmado, miró a los ojos al profesor—. Podríamos implementar un apéndice de “enfermedades útiles”.

Layo no pudo reprimir una sonrisa; diabólico o no, aquello era inteligente y agregó:

—O de operaciones convenientes.

Ahora fue Trillo el que sonrió.

—Servicios de medicina, salas de urgencia, avisos de enfermeras, de servicios fúnebres...

—Y no tenemos que olvidarnos del apartado geriátrico.

—¡Extraordinario, profesor! Es realmente maravilloso que alguien entienda. Como verá, las posibilidades son inagotables.

—Y la locura —seguía enumerando Layo.

—¿Qué?

—Listas de manicomios públicos y privados.

—Listas de fobias comunes...

—O de paranoias recomendadas.

Ambos estallaron en sonoras carcajadas. Layo y Trillo siguieron inventando distintas secciones del periódico. Entraron en una vorágine sin medida, surgían idea tras idea. Hablaron de la tipografía, de las ilustraciones y de los espacios publicitarios de aquel periódico que convinieron en llamar Clasificados de la Muerte.

Así ocurrió, lejos de una idea pensada, premeditada o elaborada, surgió del vértigo de una borrachera compartida entre dos generaciones. Por eso mismo Carlos Trillo se asombró tanto cuando Rómulo Artigas lo visitó aquella mañana en la inmobiliaria.

• • •

Trillo sabía que solo el viejo profesor podía haber comentado esa idea, a decir verdad, ya olvidada por completo. El encuentro con Artigas fue breve, pero tuvo la rara virtud de hacer confluir a tres mentes hasta entonces separadas. Artigas le comentó que había escuchado acerca del periódico y le parecía altamente interesante. Hizo referencia a su intención de hacerle un reportaje, a su juicio le serviría de estupenda publicidad al proyecto. Como es lógico, la primera reacción fue de una enorme sorpresa. Un proyecto nacido bajo ciertos vahos fermentados se olvida fácilmente. Sin embargo, su práctica de vendedor lo hizo reponerse de inmediato y transformar la zozobra en exitosa salida.

—Efectivamente —comentó— estoy trabajado en ese proyecto, pero no es nada más que un esbozo, algo que aún debo definir.

—¿Contás con apoyo financiero?

—No, para nada. Como te digo, es solo un esbozo. Te agradezco tu interés, pero es prematuro hablar de un reportaje.

—Quizá me permitas trabajar en uno. Cuando vos lo creas conveniente, podría publicarlo.

—Todavía no, Rómulo. Te prometo solemnemente la primicia —dijo sonriendo.

Artigas se paró para despedirse mientras pensaba que, por fortuna, aquel sujeto había dejado de ser ese petulante y antipático personaje a quien sufriera diecinueve años antes.

—De cualquier manera, te dejo mi teléfono. Es posible que llegado el momento necesites a algún periodista y a mí la idea me parece fascinante.

Se despidieron con amabilidad. Artigas se fue con una interna sensación de derrota. Trillo caminó hacia la ventana de su espaciosa oficina para contemplar las cúpulas del barrio de Retiro, grises en la tarde gris. A su mente acudió, una y otra vez, la palabra fascinante.

Error de cálculo

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