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LAS INVISIBLES


CAROLINA DEL RÍO M.

Cuando en febrero de 2019 la revista italiana Donne Chiesa Mondo (Mujer, Iglesia, Mundo) reveló la realidad de religiosas abusadas por sacerdotes y obispos, confieso que sentí una enorme alegría, no por los abusos, evidentemente. Llevaba años escuchando y leyendo relatos escabrosos de religiosas y, sin embargo, un manto de denso silencio parecía cubrir a estas mujeres y sus historias. Sabíamos, desde la década de 1990, que había informes en el Vaticano1 sobre la situación de religiosas en África donde eran abusadas por sacerdotes y consideradas parejas seguras, libres de VIH. Mientras, en esa misma época, la moral sexual vaticana restringía el uso de preservativos entre sus fieles por considerarla una práctica pecaminosa al no estar abierta a la vida.

La publicación italiana no hizo más que visibilizar una realidad dolorosa que muchas mujeres padecían y que no había tenido eco en Roma. Se hacía pública una injusticia de proporciones que afectaba a mujeres religiosas que, incluso, debieron abortar hijos de clérigos o esos hijos crecieron sin saber de sus padres. Se visibilizaban abusos y maltratos de superiores hacia las religiosas en todos los ámbitos imaginables.

Las mujeres en la Iglesia han sido habitualmente presentadas como peligrosas y seductoras, y eso ha implicado que la jerarquía católica no asuma que ellas también han sido víctimas de abusos. Si la Iglesia no acoge estas denuncias, la condición de opresión de las mujeres en la institución nunca cambiará.

En Chile, en julio del 2018, Paulina de Allende-Salazar en Informe Especial 2 entrevistó a un grupo de religiosas de la congregación Hermanas del Buen Samaritano. Marcela Quitral, Yolanda Tondreaux, Eliana Macías, Consuelo Gómez y Celia Saldivia, tuvieron el valor de denunciar, no solo ante las cámaras, sino también ante la comisión Scicluna. Habían sido abusadas durante años por sacerdotes y otras religiosas, incluida su superiora. Hoy, las denunciantes han sido desvinculadas de la congregación y abandonadas, literalmente en las calles, por sus autoridades eclesiásticas.

El 19 de marzo de 2019, María Silva Allendes, de 53 años, rompió el silencio para denunciar —también por televisión, esta vez en CNN— a una religiosa y a un sacerdote que la habían abusado mientras vivía en el Hogar de Niños San José de Talagante. El caso está hoy siendo investigado por la justicia canónica. En la justicia civil está prescrito.

Las breves denuncias expuestas son, como dice el dicho, golondrinas que no han hecho verano. Esperábamos que las mujeres se atrevieran a dar pasos importantes, que levantaran la voz y denunciaran las situaciones de abuso que estaban padeciendo. Sin embargo, no ha sido así. La mayoría de las denuncias aún no han visto la luz pública y las víctimas prefieren el anonimato. Muchas no quieren hablar por temor a represalias de sus superiores o de autoridades eclesiásticas. Muchas no lo hacen por vergüenza. Otras, porque han perdido toda esperanza de recibir la ayuda que necesitan. Y otras, porque aún no logran ponerse de pie.

En este texto no busco hacer un recuento de las mujeres abusadas en la Iglesia. Las entrevistas realizadas3 y los testimonios escogidos quieren dar voz a las mujeres sobrevivientes de toda clase de abusos para visibilizar las dinámicas más habituales, el modus operandi. Habrá otros, no hay duda, pero invito a cada mujer que lea estas páginas a revisar su propia historia y a identificar las situaciones de abuso vividas, a denunciar —si viene al caso— y a tomar conciencia de que es hora de decir ¡basta! Tal vez, no por nosotras, sino por las que vienen detrás de nosotras.

YO SOY TU DIOS

El abuso en el mundo religioso femenino ha sido frecuente. Religiosas y consagradas han sido, muchas veces, víctimas, no solo de sacerdotes, sino de sistemas normativos abusivos y de superioras o directoras(es) espirituales y de formación que se han erigido en conductoras(es) de vidas ajenas.

Fue el mismo Concilio Vaticano II el que, lamentablemente, abrió la posibilidad de la existencia de sistemas que pueden alejarse de la libertad querida para los hijos e hijas de Dios. El decreto Perfectae Caritatis, sobre la renovación acomodada a los tiempos, de la vida religiosa (en adelante DPC), entregó a los superiores y superioras de congregación una facultad que, mal usada o comprendida, puede manipular conciencias y vidas vulnerables: la obediencia irrestricta a quien representa la voluntad misma de Dios…

Los religiosos, por la profesión de la obediencia, ofrecen a Dios, como sacrificio de sí mismos, la consagración completa de su propia voluntad, y mediante ella se unen de manera más constante y segura a la divina voluntad salvífica. De ahí se deduce que siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino a cumplir la voluntad del Padre, “tomando la forma de siervo”, aprendió por sus padecimientos la obediencia, los religiosos, movidos por el Espíritu Santo, se someten en fe a los Superiores, que hacen las veces de Dios, y mediante ellos sirven a todos los hermanos en Cristo como el mismo Cristo, por su sumisión al Padre, sirvió a los hermanos y dio su vida por la redención de muchos. De esta manera se vinculan más estrechamente al servicio de la Iglesia y se esfuerzan por llegar a la medida de la edad que realiza la plenitud de Cristo4.

Antonia (33) siempre tuvo claro que “la obediencia era una parte importante de la vida religiosa y uno no siempre hace lo que quiere, por lo que había que aprender a ir en contra de la propia voluntad y deseos para obedecer la voluntad de la superiora y las reglas de la comunidad”. Florencia (50), ex consagrada de Regnum Christi recuerda que aprendió que “el poder de la directora era ‘sagrado’” y debía ser obedecido a como diera lugar, y agrega:

En nuestros estatutos teníamos la “obediencia ciega” entonces a mí me decían te vas a Timbuktú a limpiar platos y lo hacías. Nos enseñaron que la voluntad de Dios siempre venía de tus directoras, desde afuera, nos manipularon hasta convencernos de eso… cuando yo me confesaba el cura me decía “la voluntad de Dios siempre será para usted su directora”.

A pesar de las advertencias estipuladas en el DPC, sobre respetar la libertad y la dignidad de cada persona, un(a) superior(a), director(a) de conciencia o acompañante espiritual sin criterio o con escasa formación o con problemas psicológicos severos o amparados por sistemas abusivos, puede cometer graves abusos. Y las superioras de congregaciones femeninas no están exentas. Tampoco las mujeres que dirigen o acompañan espiritualmente o forman a otras consagradas.

Muchas mujeres han sido víctimas de abusos por parte de sus superioras o por parte de aquellas encargadas de su dirección espiritual y formación. Antonia, por ejemplo, creyendo que tenía vocación religiosa entró a una congregación femenina. Con 25 años inició el postulantado y su formación. Recuerda que “su superiora, representaba el ‘dios’ de la exigencia, de la norma, del rigor, del mérito, del sacrificio”. Antonia quería servir a Dios y a los más pobres y se encontró, de pronto, sirviendo a un montón de reglas que le parecían absurdas y en donde una sola persona controlaba todos los aspectos de su vida:

La misma religiosa era mi superiora, era la ecónoma de la casa y, además, era mi acompañante espiritual. Cualquier decisión, desde si me compraba un chicle, lo que leía, en que usaba mi tiempo, o si seguía o no en la congregación, dependía de ella. Y si no estás de acuerdo con alguna decisión o no te llevas bien o lo que sea, no hay mucho espacio para patalear. Puedes hablar con tu provincial, cosa que hice varias veces, pero el poder real sobre tu vida lo tiene una sola persona.

La mezcla de la dirección espiritual con el cumplimiento de las normas u otras áreas del cotidiano desenvolvimiento de la casa o congregación es un elemento muy común y extremadamente complejo. Mezclar la dirección espiritual con las decisiones de gobernanza de la casa y, en algunos casos, con la jefatura laboral, deja a la persona en una encrucijada difícil de resolver. Florencia (50), por ejemplo, recuerda que, trabajando en un colegio, le tocó que la directora y por lo tanto jefa, era también su directora espiritual y la directora de la casa donde vivía: “Laboralmente no podía decirle nada. Y, si lo hacía, ella me lo sacaba luego en la dirección espiritual. Fue tremendo”.

Unir la dirección espiritual con cualquier otro cargo y, además, sumarle lo normativo, afecta a la acompañada y provoca severas distorsiones… “Que una sola persona controle y evalúe permanentemente todo lo que tú haces, desde tu vida de oración, tu salud física, cuantas veces vas a ver a tu familia, cuanto rato usas internet, como te vistes, cuánta plata tienes para gastos ¡todo! Es muy duro”. Las prácticas controladoras e invasivas de la intimidad, como abrir y revisar las cartas recibidas y por mandar, aprobar las visitas que se reciben o se hacen, hablar con los médicos o psicólogos sin el consentimiento de la afectada, entrar al baño mientras la otra persona está en la ducha, irrumpir en el dormitorio a medianoche con peticiones ambiguas o francamente inadecuadas, pero todo disfrazado de “cuidado”, y muchas otras prácticas de control constituyen —sin lugar a duda— dinámicas abusivas que solo quitan la libertad y enferman a las postulantes, religiosas o consagradas. Al recordar, Florencia explica: “¡Si hasta nuestra oración estaba manipulada! Estaba todo tan manchado y manipulado que ni siquiera nuestra oración era auténtica. Después de tanto tiempo buscabas la verdad… y ¿¡dónde estaba la verdad!? ¿A quién le pedías ayuda?”.

Este tipo de relaciones abusivas generan relaciones de dependencia muy insanas entre la dirigida y su directora o superiora. “Me tocó ver cosas increíbles: pataletas de mujeres de 30 a 40 años porque la directora no te podía atender, donde tú ves que la soledad y la dependencia era extrema. Una personalidad más débil era muy susceptible al abuso”5.

En las congregaciones y movimientos de mujeres —también en muchos masculinos— hasta los tiempos libres están estrictamente normados. Antonia recuerda que su superiora le dijo que debía aprender a tocar guitarra porque lo necesitaban para la misión.

Varias veces pedí dedicar más tiempo a leer en vez de a tocar guitarra. Porque siempre me ha encantado leer y estudiar. Y ni siquiera en eso fueron capaces de ceder un poco. Cuando en el noviciado volví a pedir usar el tiempo de la guitarra para otra cosa, la respuesta de mi maestra de novicias fue que no. Que como yo venía de una familia de clase alta —me dijo— y tenía estudios universitarios, había tenido muchas oportunidades en mi vida. Y que ahora lo que me tocaba era aprender a obedecer.

Y Florencia recuerda:

Los domingos nos hacían jugar básquetbol, todos los domingos, atroz, para mí el domingo era un estrés. Después, en las vacaciones nos hacían subir montañas, yo lloraba, con mis zapatillas Adidas de esa época. No había espacio para que yo pudiera encontrar mi propia forma de descansar, no podía hacer nada sola, todo tenía que ser en la comunidad. Yo odiaba subir montañas… Yo solo pedía que me dieran al menos veinte minutos para tejer.

Las exigencias desmedidas con las que viven religiosas y consagradas pueden atentar gravemente contra su salud física y psíquica. “Si no hay espacio para la fragilidad y todo se reduce a si tienes o no tienes vocación, ¡se simplifica la complejidad del ser humano!”, afirma Antonia.

El descuido de superioras o directoras por la salud de las novicias o de quienes se preparan para la consagración, fue algo recurrente en estas entrevistas. Antonia, por ejemplo, recuerda:

Junto con la depresión empecé a somatizar. Además del cansancio, el desánimo y la pena permanente, se me cortó la regla por casi seis meses. No fue hasta que salí del noviciado y volví a la casa de mis papás que mi ciclo volvió a la regularidad. Frente a eso la respuesta fue: “Es normal en el noviciado”. El noviciado parecía ser esta experiencia tan extrema que la superiora consideraba que todo lo que me pasaba anímica y físicamente, era “normal”. Entonces, no necesitaba de ningún cuidado. En el fondo, mi propia experiencia de sentir que lo que me estaba pasando no era normal, fue descartada.

La falta de control médico, los diagnósticos y tratamientos errados, con las respectivas consecuencias, hacía que muchas tuvieran bastante mala salud, Florencia recuerda que “descubrimos que a algunas las habían hecho operarse de cosas que no necesitaban, a otras se les daban remedios muy fuertes”. Más aún, continúa…

Les pasó a algunas que se salieron y se podrían haber casado, pero idealizaron la consagración y muchas se operaron y las vaciaron, les sacaron el útero. Se operaron mientras eran consagradas. Nunca supimos si era por indicación médica de verdad… o puede haber sido cualquier cosa, pero varios casos…

Después de todo lo vivido y conocido en la Iglesia, muchas de las que ejercieron poder, sea en congregaciones religiosas o en movimientos de consagradas, empiezan a tomar conciencia… Luisa (33) afirma: “Yo he escuchado a algunas directoras pedir perdón por lo que hicieron. Yo creo que no eran malas personas, pero estaban en un sistema tan abusivo, tan estricto que hacían lo que tenían que hacer”.

Toda persona que fue directora abusó de su poder y, es más, yo misma, me he dado cuenta de que en mi apostolado abusé de mi poder. Si a mí me negaban permisos o me decían que no, yo también hice lo mismo con mis colaboradores. Yo también tendría que pedir disculpas a algunas6.

Yo creo que todavía no logro darme cuenta del abuso de poder y de conciencia que había. Incluso empecé a escuchar casos de abuso sexual. Todo ha sido muy chocante. Fui sabiendo casos de abuso sexual de compañeras mías y maltratos de otras consagradas que ya estamos afuera7.

Otro tipo de abusos padecieron mujeres laicas. Cuando estalló el caso Karadima, gracias a los testimonios de Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, nadie o casi nadie, se preocupó por las mujeres que habían sido dirigidas espirituales del exsacerdote. Elena (52) fue una de ellas. Recuerda que pololeaba con uno de los jóvenes de la parroquia, uno de los “favoritos”. Ella quiso contarle al padre Fernando de su relación, pero su pololo le pidió que no lo hiciera, “el padre no puede saberlo”, fueron sus palabras. Se lo ocultó a su director espiritual durante un par de meses y al contarle, “él me dijo que eso no podía ser, que debía terminar inmediatamente porque él estaba reservado para Dios, que Dios lo había escogido y que yo no podía entrometerme”. Mientras a él le decía algo similar, agregando que ella lo estaba distrayendo, que él estaba “reservado” para Dios. Y desde ese día, recuerda, “el padre Fernando se propuso presentarme a otra persona. Me presentó a un hombre de la misma parroquia”. La intrusión de Karadima en las elecciones de pareja y su manipulación para armar y desarmar parejas era habitual. En el caso de Elena, ella y su pololo debieron terminar. Años después, él se ordenó de sacerdote y ella se casó, tuvo hijos y hoy está separada.

EL MIEDO AL CUERPO

La mayoría de las mujeres abusadas en nuestra Iglesia no son religiosas y no levantarán nunca la voz. No se mostrarán en público. Guardarán el abuso como un oscuro secreto que no debe ser develado ni siquiera ante el marido. Porque cuando unas pocas se atrevieron a abrir el corazón con un confesor o acompañante espiritual —varón— se encontraron con sesgadas y machistas respuestas como “y usted ¿no cree haber hecho algo que motivó la violación? ¿no puede ser que lo haya incitado?”. Otro, “¿cómo andaba vestida? A lo mejor andaba provocativa…”. Y otro más, “¿no habrá estado muy escotada?”.

El intento masculino por dominar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres ha sido habitual en la sociedad. En la Iglesia, sin embargo, a través del sacramento de la confesión y de la dirección espiritual, ha tenido consecuencias insospechadas.

Marta (68), profesora básica y de religión de un colegio de hombres, recuerda que un año tuvo un desempeño notable como organizadora y directora del evento de fin de año y entrega de notas del colegio. “Yo estaba medio inflada porque todo había salido muy bonito”. Sin embargo, el lunes a primera hora recibió un llamado del rector.

El rector me dice que supo que el día de entrega de notas de los niños yo andaba con un vestido muy escotado, que me recordaba que era un colegio de hombres, que yo debía saber comportarme y vestirme, que no quería saber nunca más que anduviera con una ropa así, que yo había hecho un papelón, una ofensa, me dijo muchas cosas y yo cada vez me hundía más. No podía creer lo que me estaban diciendo. Cuando me dijo todo lo que quiso, yo me fui a llorar, traté de recordar qué tenía el vestido y, nada, era un vestido largo, elasticado, una solera, solo se veían mis hombros ¡en diciembre con un calor enorme! y yo tenía muy poco busto, era casi plana, no sé qué mostré o qué me vio. Lloré mucho, me sentí muy mal, le conté a mi marido, esto me duró muchos días, mi corazón quedó herido, no podía entenderlo.

La imagen femenina que muchos sacerdotes han internalizado es muy compleja. Por un lado, es la madre que debe ser respetada y cuidada —María— y, por otro, es la tentadora, la seductora —Eva—. La relación del clero con las mujeres y lo femenino es algo, a todas luces no resuelto. Baste recordar las reveladoras declaraciones de Renato Hevia, exsacerdote, al referirse a la conducta del jesuita Renato Poblete: “era picado de la araña ¡qué le iba a hacer!”8. O la experiencia de Marta que con 25 años o poco más, recuerda que, en una confesión, al revelar su vanidad, el sacerdote le dijo que “debió haber sido bataclana y trabajar en un cabaret” y no profesora de un colegio.

La irrupción de las mujeres en la arena pública ha hecho caer modelos y paradigmas en todos los ámbitos. Sin embargo, el cuerpo y la sexualidad femenina siguen siendo un terreno pantanoso. La sexualidad no es solo una condición humana, sino también un terreno de lucha política y de emancipación9, por eso hay ahí una enorme tarea pendiente en nuestra Iglesia. Y muy específicamente con relación al cuerpo y a la sexualidad femenina y a cómo los varones célibes se relacionan sanamente con ellas. Y esto debe hacerse desde la formación sacerdotal porque cuando no se hace, se corre el riesgo de que esos futuros sacerdotes no puedan integrar lo femenino ni su propia sexualidad y afectividad.

El modus operandi habitual en el acoso a las mujeres es la ambigüedad, los chistes en público, las bromas de doble sentido, siempre en público. También el rechazo o los acercamientos desconcertantes. Lo saben bien alumnas y exalumnas de la facultad de teología de la Universidad Católica. Varias recuerdan el profundo cambio que experimentaron en su aspecto físico al entrar a la facultad: “si alguien nos miraba, no sabían si éramos monjas o laicas”; otra, “nos pasaba que de a poco nos iban intimidando y empezábamos a taparnos”; otra, “un día me miré al espejo y dije ‘esa no soy yo’. Había dejado de arreglarme, usaba cuellos subidos, dejé de maquillarme, ¡parecía monja!”. Y otra…

A todas nos pasaba lo mismo, empezábamos a cambiar nuestra manera de vestirnos, de movernos ¡hasta de hablar! para no sentirte tan observada. Había un grupo que te miraba de lejos, te rechazaba, te miraba con desconfianza… y otro grupo que no sabía cómo acercarse, cómo hablarte, eran terribles, no disimulaban, era como si no se pudieran contener, como si estuvieran amarrados. El trato con las mujeres es muy raro10.

Parece ser que, aún hoy, en el mundo católico las mujeres siguen siendo normadas con la llamada “estética de la devoción” decimonónica. Esa vestimenta “de tipo puritano, severa, falta de elegancia y descuidada”11 que protegería del abuso, de la violación y del acoso de todo tipo y, más importante aún, protegería a los varones de la tentación: “Una vez, un cura, compañero, me dijo que por favor no lo tentara y yo le dije que obvio que no, que yo lo iba a cuidar… y hoy me acuerdo y digo ¡esto es horrible!”12.

En la Iglesia, la normalización del abuso hacia las mujeres llega a tal punto, que cuando algunas se atrevieron a hablar de los abusos y violaciones cometidos por sus propios maridos, en matrimonios sancionados sacramentalmente, hubo un sacerdote —su guía espiritual o su confesor— que las escuchó cariñoso y atento, pero al terminar el relato les dijo “esas cosas pasan en los matrimonios [golpes]”13 o “a veces los hombres se despiertan a medianoche y necesitan desahogarse y ¡qué bueno que esté ahí usted, su mujer! [violación]”14 o “tenga paciencia, es que los hombres son ‘niño y orgullo’ y a veces hacen tonteras [violencia psicológica y económica]”15.

Resuena en estas declaraciones el eco de León XIII parafraseando al apóstol Pablo: “El hombre es la cabeza de la mujer, tal como Cristo es la cabeza de la Iglesia… la mujer debe estar sometida al marido y obedecerle, no a modo de sierva, sino de compañera, es decir, de tal modo que el sometimiento que ella le presta no se aparte del decoro ni de la dignidad”16.

Ninguna de esas mujeres podía apartarse del “decoro ni de la dignidad” gracias a un rector, a un director espiritual o a un código socio eclesial tácito que las mantendría “controladas”. Tampoco Consuelo (54) quien, gracias a su marido, católico observante y muy devoto, dejó de experimentar el orgasmo el día que se casó por la Iglesia porque él la quería como madre de sus hijos y “no como puta en la cama”. Ella (ellas, ¡tantas!) cumplieron con su responsabilidad conyugal: “Yo sentía que era mi deber, tenía que pasar cuando él quería, era mi deber… como él quería… y yo estaba ahí, nunca le dije, nunca más sentí un orgasmo desde el día que me casé por la Iglesia”. Y Consuelo continúa:

Yo siempre estaba en la fila de la confesión por “actos impuros”. Eso me ha hecho mucho daño, en alguna parte de mi personalidad… me sentía indigna porque tenía deseo sexual, ¡la culpa!, ¿cómo tuvimos esta formación tan rígida? ¿Y cómo yo no fui capaz de salir de ahí? Nos hicimos mucho daño y ese daño está en alguna parte, lo que te decía, un cura era la verdad absoluta, era la palabra de Dios, la voluntad de Dios transmitida por el cura ¿tú crees que yo iba a hacer algo distinto? ¡no, pues! Me podía ir al infierno. Hoy te lo cuento y me siento ¡tan estúpida!

La sexualidad de muchas mujeres católicas ha estado profundamente dañada por un discurso represivo de su deseo sexual, de su erotismo. Y hoy, cuando ese discurso hace agua por el comportamiento de quienes lo esgrimían, surge la rabia y el dolor. Una rabia que sube desde las entrañas y remece y mueve y estalla y enferma.

Tuve depresión. Estoy en tratamiento por el tema de los abusos y el dolor y la rabia que me causó. En todo este proceso interno me di cuenta hasta qué punto me había hecho daño a mí misma y a mi matrimonio el haber obedecido tanto el discurso del clero, porque ahora tengo claro que era solo un discurso. Lo que ellos hablaban en relación con el sexo, me dañó terriblemente. En algún momento pensé que me habían castrado sexualmente porque no era libre con mi marido, siempre sintiendo vergüenza, no me atrevía a esto, no me atrevía a lo otro… terrible. Hubo un tiempo que estuve muy avergonzada de mi cuerpo, por mi deseo sexual… mi matrimonio salió aportillado en muchas ocasiones17.

La confesión y el acompañamiento o la dirección espiritual han sido muy efectivos para normar la vida sexual de las mujeres y, a través de ellas, la vida sexual de muchas parejas que vieron cómo en sus matrimonios se introducía sigilosamente un tercero que tomaba las decisiones más íntimas, las de su propia experiencia sexual matrimonial. No sospechaban que se estaba abusando de su conciencia18. Cuando Consuelo tenía tres hijos se enfermó. Estuvo mal y le costó recuperarse. Con su marido decidieron usar preservativo para evitar otro embarazo, ella no se sentía con fuerzas: “Entonces, fui a hablar con mi confesor, le expliqué y él me dijo que ‘tenía que consultarlo’”. Cuando volvieron a encontrarse para escuchar la respuesta, el sacerdote le dijo que si usaban preservativo ni ella ni su marido podrían volver a comulgar “por no estar abiertos a la vida en el acto sexual”. Y continúa su relato:

Y yo la tonta le hice caso. Nosotros íbamos a misa y no comulgábamos. Una cosa que es un problema de pareja, si un cura te dice que no puedes comulgar porque estás haciendo algo impropio, imagínate lo mal que uno se siente, sin poder comulgar ¡qué absurdo! Hacerle caso al cura… Sentía mucha culpa, ¿por qué tengo esta enfermedad? Me sentía culpable de todo. Entre el cargo de conciencia, la prohibición de comulgar del cura, al momento de tener relaciones sexuales, yo sentía que tenía todo en contra, ¿cómo liberarme de eso? En mi matrimonio estaba haciendo algo que no estaba permitido porque no estábamos abiertos a la vida. Parecía que Dios estaba como en contra [nuestra].

Hoy, Consuelo está divorciada, tiene varios nietos y dejó de “escuchar a los curas. Hace más de 15 años que no comulgo. De haber ido a misa todos los domingos y muchas veces durante la semana, hoy nada. No quiero seguir sintiéndome con cargo de conciencia. No quiero que me hagan sentir en pecado, ni responsable del pecado de otro”.

También se sintió responsable Elena. Recuerda un día, mientras se confesaba con Karadima, que él la retó porque el pololo le había contado que se estaban “dando besos”. El cura le dijo que “era una pecadora e incitadora al mal”:

Me preguntó ¿qué tipo de pololeo estaba teniendo? Que yo estaba incitando al mal a mi pololo, que una mujer no tenía que provocar, que le estaba haciendo mal a él y que tenía que ser mucho más prudente. Yo era bien idiota, estaba en la parroquia desde los 13 años, era muy gansa. Yo me sentí pésimo. Fue terrible.

Es el cuerpo femenino, disociado de cada mujer, lo que se internaliza. Y esa imagen del cuerpo y de la sexualidad parece funcionar por carriles separados y en pugna: por un lado, es peligroso, amenaza y debe mantenerse a raya, normado, controlado e, incluso, abusado; mientras por otro, es fuente del más grande servicio femenino a la humanidad y a la Iglesia: la maternidad19. Maternidad que habitualmente es idealizada.

La crisis de los abusos en la Iglesia está haciendo que muchas mujeres despierten. Rosa (58): “Como que ahora veo cosas que antes no veía. Eso de que te decían cómo vivir tu sexualidad, que me hacían sentir culpable, ¡ya no más! Eso es abuso de conciencia”. Y Marta: “Con todo lo que se ha sabido y escuchado he empezado a ver situaciones que antes no me parecían raras, o cosas que me dijeron que no me llamaban la atención. Pero hoy, las veo distintas, y tengo que discriminar”. Y agrega:

¿Por qué la crisis gatilla en mí este reconocimiento de haber sido reprimida, castrada sexualmente? ¿esa sensación tan fuerte? Porque yo me negaba a sentir, no podía sentir placer porque no estaba bien, era malo sentir placer en la relación con mi marido, el placer no estaba en mis libros, la relación sexual era algo de trámite, el goce, el placer, yo no lo permitía. Y hoy entiendo que mi marido lo que buscaba era que yo disfrutara. Creo que eso me vino de haber escuchado tanto que el cuerpo es pecado, de los pecados de la carne de Pablo, por desconocimiento mío… ¡Hoy todo lo que me dijeron era falso, todo era mentira, ¡ustedes hacían todo lo contrario a lo que nos decían! La sexualidad era pecado, el sexo era para engendrar, no para el goce de la pareja. Me siento muy tonta…yo tengo rabia conmigo por eso, yo, que me creo inteligente ¡qué es todo eso, toda esa mierda!”.

Y llora, y llora un buen rato.

LA CARICIA PERVERTIDA

Anna Foa, intelectual judía, escribió una editorial muy sugerente en un número especial de Donne Chiesa Mondo. Alertaba acerca de cómo la caricia, el tacto, el tocar a otro(a) es profundamente pervertido por un abusador convirtiéndolo en una “expresión sospechosa y prácticamente obscena”20.

Josefina (35) profesora, “célibe por el reino de Dios”, sabe de prácticas obscenas y de cómo el tacto, de alguna manera, la mató. Ella recuerda que cuando empezó su proceso de recuperación debía conectarse con su cuerpo abusado y el cuerpo se negaba… recuerda que sentía el cuerpo —su cuerpo— “como un detenido desaparecido que ha sido encontrado. Alguien encontró mi cuerpo que estaba muerto, después de tantos años… ¡alguien lo encontró!”. Tenía 21 años cuando el encargado de pastoral de su universidad y además compañero de comunidad, varios años mayor, la abusó. Ella recuerda las conversaciones con él respecto de su vocación religiosa, de sus búsquedas espirituales, de sus anhelos. Recuerda que el grupo de jóvenes partió al sur en bus a misiones, el encargado de pastoral con ellos.

Recuerda que era de noche, tarde, ella dormía y, de pronto, un sobresalto… algo, alguien, la recorría, la buscaba, la manoseaba… La abrumó el terror, el desconcierto. Se agarrotó, se inmovilizó, se rigidizó, se paralizó —la parálisis del terror, la llamó—… y lo dejó hacer… Y mientras él hacía, ella gritaba en silencio “¿por qué nadie pasa? ¿por qué alguien no le pega? ¿por qué no lo muerdo? ¿por qué no viene Dios?”…

…y ahí hubo un momento en que desconecté, no sé qué más pasó. No sé cuánto tiempo más duró ni en qué momento me conecté de nuevo. Desde que empecé a elaborarlo digo que morí, se me recalentó el computador y me morí yo y se murió Dios también, hasta aquí llegamos, no podemos más. Cuando recobré la conciencia, volví a estar alerta. ¿Qué hacía en las cuatro horas que quedaban de viaje? Tenía que decidir qué hacía ¿a quién se lo digo?, ¿a mi mamá?, ¿a mi comunidad?, ¿por qué no pude pararlo? La gente tiene una imagen de mí como una mina activa ¿cómo no había podido pararlo?

Mientras el sujeto la recorría con una mano, con la otra se masturbaba. Ella recuerda la imagen, de costado, siempre de costado. Nunca pudo mover la cabeza o girarse o moverse y sentía el ritmo sexual en el asiento de al lado y la respiración agitada y se fue nublando, nublando…

La única que sabe lo que pasó soy yo. Mi cuerpo lo sigue sintiendo. Si yo he hecho opción de celibato, es muy fuerte darte cuenta de que nadie me va a tocar nunca más el cuerpo de una manera amorosa, lo último fue el abuso. Hay momentos en que todo vuelve y vuelve con una fuerza que no reconoces. Hoy, al menos, me permito decir que no puedo no más21.

El tacto fue, también, clave para Amelia. Ella huía. Huía permanentemente de ese profesor sacerdote. Empezó a huir cuando él le tocaba el brazo sin motivo aparente, la buscaba con la mirada en los recreos, se acercaba a los grupos en que ella estaba. Hasta que un día, ella estaba sentada en los bancos de la facultad hablando con sus amigos, él se acercó por detrás, puso las manos sobre sus hombros y apoyó —casualmente— su cadera en la espalda de Amelia, mientras conversaba con el grupo. Ella sentía los genitales de su profesor contra su espalda y sus manos sobre sus hombros y ya no pudo huir: “Me paralicé… él, mientras, continuaba la conversación. Yo me quedé confundida ¿qué es esto? No supe qué hacer ¿me paraba?, ¿gritaba? ¿Por qué sus genitales estaban en mi espalda? Me sentí muy mal”. En otra ocasión él entró a la oficina donde Amelia hablaba con una amiga “y me toma del brazo, pero esta vez me pasa la mano por el cuello y deja la mano ahí, bajando por la espalda. Cuando se fue, mi amiga me dijo ‘¿qué onda?’ Fue la primera vez que conversé con alguien que vio lo que pasaba”.

A María (49), religiosa, le pasó algo similar mientras estudiaba. Ella debía ir a la oficina de su profesor. Fue. Cuando se abrió la puerta y él la miró, se sintió “desnudada con la mirada”. Entró, se sentó y luego de un rato de conversación, vino el acercamiento por la espalda:

Él se paró, sacó un libro de su librero y me lo puso al frente, sobre el escritorio. Apoyó la mano izquierda y por detrás mío y con la mano derecha me envolvió y fue mostrándome algo del libro. Yo podía sentir su respiración en mi oído, no supe qué hacer, me quedé helada. Solo se me ocurrió decirle que mejor sacaba el libro de la biblioteca y me paré y me fui. Fue muy incómodo.

En el caso de Cristina (65) fue también un asalto, pero no por la espalda. Ella tenía 35 o 40 años, no recuerda bien. Había muerto su hermano, su padre estaba muy enfermo, estaba con problemas en su matrimonio, “estaba todo bastante mal” y quería una ayuda espiritual. “Yo soy muy religiosa, para mí ir a misa es lo máximo, buscaba la instancia espiritual y encontré a este cura maravilloso, con mucho arrastre en toda edad y que me tiraba bola fue ¡guau!”. Entonces se acercó al sacerdote, unos 30 años mayor que ella, “una persona muy admirada”. El sacerdote le decía que era como un papá para ella, que tuviera confianza, y ella la tenía…

Me sentía muy cómoda con él, no me sentía en peligro. Yo le conté lo que pasaba en mi matrimonio y lo pienso hoy… —y se pierde divagando en voz alta— tenía hora con él, yo me sentía pecadora de por vida y digo ¡pucha a lo mejor yo lo provoqué!… yo me sentí culpable de haberlo excitado… cada vez que entrábamos a su oficina él cerraba las cortinas. Decía que era para que no nos molestaran, para que no entrara el sol o porque estaba el jardinero… Me abrazaba, “no te preocupes Cristina”, me decía. Yo sentía que él era muy empático, pero quizás yo lo provocaba, le contaba mis cosas matrimoniales, él me abrazaba, se sentaba en el sillón al lado mío… él siempre me decía que yo estaba con un papá, que no me preocupara… Nos sentábamos en el sofá, me hincaba y me hacía la señal de la cruz entre las pechugas —recuerda— me sentía incómoda. Eso sí que cuando casi me morí —titubea— una vez cuando me iba… me agarró y me dio un beso en la boca, me sentí muy mal, me fui llorando.

Y le contó a su mamá, y ella le dijo que denunciara en el Arzobispado, pero nunca se atrevió a hacerlo, “¿cómo lo iba a acusar? Encontraba que era deslealtad”. Pero siempre volvía la necesidad de hablarlo. Recuerda a otros sacerdotes a los que contó la historia, “me daba cuenta de que siempre necesitaba contárselo a alguien, pero nunca pasó nada”, excepto el tiempo, que la hizo casi olvidar lo sucedido… “Cuando el cura me dio el beso, lo interpreté como ‘viejo verde’… sigo sintiendo la culpa —no sé por qué te estoy contando esto— tengo temor de Dios, de no estar siendo justa con él, de estar diciendo cosas malas de un cura… soy floja para pensar en esto”.

Preguntarse qué pasó realmente o “cuánto le pongo yo de mi cosecha, eso es un cuestionamiento que siempre está”22. Y la culpa. La culpa por haberlo provocado o por no haberlo parado o por no haber denunciado. La culpa… Y todo, en una sociedad que no ayuda a las víctimas a reconocer y a legitimar lo que han vivido.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CURA

Los sacerdotes se enamoran de mujeres, también de hombres, pero esa es otra historia. Y las mujeres lo pasan mal porque no pueden hablar de lo que viven, cargan con un pesado secreto. Hoy, luego de los abusos conocidos y de los diversos estudios e investigaciones realizadas, parece un lugar común decir que muchos sacerdotes son afectivamente inmaduros o incapaces de gestionar sus emociones. Sin embargo, cuando se trata de relaciones amorosas, la clave está en el consentimiento, pero en el consentimiento legítimo —entre dos adultos en relaciones simétricas—. No como el consentimiento de Marina (25) que dijo “sí” sin reparar en que lo que estaba viviendo era un abuso.

La historia empieza cuando ella es abusada por su hermano mayor a los cinco años. Lo bloquea. Lo reprime. Lo olvida. Cuando estaba en tercer año de universidad empezó a pololear y junto a los besos llegaron “cosas raras, sueños, pesadillas”. En esa época ella se confesaba cada 15 días con el cura párroco de su ciudad. Le contó. Él le sugirió ir al psicólogo. Ella fue y desenterró el abuso. Terminó con el pololo y se sumió en un largo proceso de memoria y recuperación. Tenía 22 años. Pensó, entonces, en hacerse religiosa, que eso le gustaría: “Yo quería servir de manera completa” e inicia un proceso de discernimiento vocacional. Y en ese contexto las cosas con el sacerdote, con el párroco que era su confesor, empezaron a cambiar…

Las conversaciones periódicas se extendieron por cuatro, cinco meses. Hablábamos de mí, de mi proceso, pero también de la vida del cura. Él me preguntó cómo llevaba yo mi vida sexual, me preguntaba detalles, pero en esa época yo no tenía relaciones. Había pololeado dos veces, pero no había pasado nada. Era complicado para mí. Él me contaba sus experiencias amorosas de antes de meterse a cura. Yo me sentía a ratos un poco incómoda, pero fui entrando en una especie de juego de seducción.

Un día hicieron un paseo con los jóvenes de la parroquia. En la noche, ella mandó las fotos que había tomado durante la actividad del día y se enfrascó en una conversación con el sacerdote. De a poco —recuerda— la conversación empezó a subir de tono al recordar un baño en la piscina…

…me contó que había tocado uno de mis senos y lo que le había pasado. Me dijo que tenía una erección recordándolo. Me sentí confundida. Por un lado, esto está mal, es sacerdote, pero también, esto es normal, es un hombre. Me cuestioné. ¿Por qué no podía pararlo?, ¿quizás me gusta? Yo no podía hacer esto. Al día siguiente él me pidió disculpas. Conversamos. Me dijo que yo le gustaba, que sentía una conexión conmigo. Me dijo que no podíamos hacerlo. Yo le dije que también me gustaba, pero que no podía ser, así es que iba a cambiar de director espiritual.

Y lo hizo. También se recibió y empezó a trabajar. Sin embargo, cambiar de director espiritual y trabajar no resolvió el asunto. No se pudo alejar completamente, hablaban, ella seguía vinculada a actividades de los jóvenes de la parroquia. Recuerda que estuvo cerca de tres meses en un tira y afloja: sabía que debía alejarse, pero no podía. “Él vivía en una permanente confusión —recuerda— le dije que buscáramos ayuda, pero se negó”.

Una noche se quedaron solos en la casa de él. Habían tenido un encuentro de jóvenes de la parroquia, se hacía tarde. Conversaron, “bebimos un poco y nos acostamos”. Después se sintió culpable y con mucha vergüenza. Ella insistió en que buscaran ayuda, pero “él estaba preocupado de que se supiera. ‘Imagínate si se sabe —le dijo— ¡qué dirían de ti!, imagínate si la gente se entera de esto’”. Y la gente no se enteró. Ella no había tenido experiencia sexual antes, fue su primera vez.

Yo sí lo quería, pero estábamos en una situación complicada. Yo estaba enamorada de él. Me conozco, sé que, si no hubiera estado enganchada, no me habría expuesto tanto. Y, además, me sentía un poco correspondida, a veces sí, a veces no; era una relación distinta a la con otros jóvenes, era una atención distinta hacia mí y yo pensé que estaba enamorado de mí y que en esa situación se iba a salir del sacerdocio, para dejar ese círculo de pecado. Nunca estuve segura de nada: te quiero, pero estoy confundido; me gusta estar contigo, pero no podemos; era ambiguo. Él se sentía muy culposo y eso se mezclaba con lo que yo sentía. Había que mantener una imagen, me decía que era necesario reprimir lo sexual… Me hacía leer libros de Monseñor Escrivá, Camino, por ejemplo y Síntesis de la espiritualidad católica de Rivera. Ese lo estábamos leyendo juntos, me lo explicaba.

Tuvieron varios encuentros más. Ella recuerda que siempre ambiguos. En esto se lo pasaron cerca de un año hasta que ella ya no pudo más. Se deprimió, perdió el trabajo, tenía ideaciones suicidas: “Me preguntaba ¿y si dejo una carta y me mato?, ¿realmente van a entender? ¿O lo van a ver como una mujer despechada que se mata por un amor no correspondido”? Y lo contó a un amigo y luego a su papá. Y con su papá se animó a denunciarlo. Habló con el obispo, “al obispo lo vi genuinamente desesperado” —acota— y se inició una investigación. El obispado le costea el tratamiento psicológico y ella está a la espera del resultado de ese proceso. “Quiero que él se haga cargo de lo que suscitó en mí, que sea responsable de lo que generó. Necesito que la Iglesia entienda que no son solo relaciones amorosas/pecado/perdón y ya. Si no que hay una persona que queda en el aire”. Y continúa:

Él nunca quiso pedir ayuda porque ser cura era su vocación, decía que era lo correcto para él, que no sentía que tenía que salir. Además, qué hacía, quién le daba trabajo… viendo cómo yo sufría en ese período de confusión él no fue capaz de decidir, prefería su beneficio, creo que él estaba mal, y estaba confundido, pero si me quería… no me cuidó. Él vio en mí a alguien que podía sacarlo un poco de lo que estaba pasando, de su confusión. Pienso que él estaba con algún trastorno del ánimo que se guardó mucho tiempo. Yo entiendo que él también estaba vulnerable…

Ella recuerda que, en medio de su culpa, él la alentaba a confesarse con su nuevo confesor, y “él me decía que bastaba con que confesara que había tenido relaciones con un hombre, que no era necesario decir quién era ni menos que era el cura de la parroquia”. Le decía que debía callar, que la Iglesia no estaba preparada para entender estas cosas, y agregaba: “Tú eres mujer, si la gente se entera te van a apuntar con el dedo, te vas a tener que ir”. Y ella callaba. Pero no tanto, porque le contó al confesor. Pero el confesor calló. Hoy él reconoce que debió haber hablado con el obispo porque la vio muy mal: “Me dijo que no le dio mayor importancia porque no lo vio como abuso sino como una relación amorosa”.

ERES MI CATEDRAL

Ximena (55) es oriunda de La Serena. Fue quien introdujo al sacerdote, recién llegado de Santiago, a su grupo de amistades, al colegio de sus hijos. Su marido lo animó a trabajar en la capellanía del colegio, se convirtió en formador del seminario, en jefe de la comisión de prevención de abusos en la diócesis y en vicario de la educación. Tenía, además, dos parroquias de la zona a su cargo. Y, como la amistad creció rápido, habilitaron el dormitorio de una de las hijas para que el cura tuviera donde quedarse dos veces a la semana, en un ambiente familiar. Su marido y sus hijos lo acogieron, ella se sentía cómoda con él: “Me dio un sentido, me hacía muy bien, muy feliz, me sentí escuchada, linda, deseada. Me decía que yo era buena mamá, linda, sabia, etc. En el fondo me decía todo lo que cualquier mujer quiere escuchar”. Él viajaba a Santiago semanalmente a atender un colegio del sector Oriente y a celebrar sacramentos.

Un día cualquiera su marido recibió una carta anónima con copia al obispo. La carta —mandada desde Santiago según el sello postal— alertaba que ese sacerdote era un “abusador emocional”, que su “proceder era habitual” con mujeres de todas las edades que estaban “en momentos vulnerables de sus vidas”. Y agregaba: “basta leer su hoja de vida de la congregación donde ya tuvo dos demandas años atrás”23. La carta agregaba que era muy astuto, “que se cuida de dejar evidencias y que va de víctima por la vida”. Cuando la leyeron, ella y su marido fueron a defenderlo ante el obispo de La Serena.

De a poco se fue enamorando, le contó de su vida, de sus penas. “Yo empecé a sentir que me gustaba estar con él, me sentía escuchada, acogida, le conté de mi matrimonio, de nuestras dificultades…”. Un día, en medio de la conversación, él le tomó la cara y le dio un beso. “Yo casi me morí. Jamás pensé en la posibilidad de la infidelidad y menos con un cura”. Mantuvieron una relación durante seis años.

Ximena se trasladó a Santiago con su familia y en la nueva casa le habilitaron el dormitorio de servicio para que cuando él estuviera en Santiago tuviera donde quedarse. Y cuando él debía partir de vuelta a La Serena sentía que “yo lo perdía”.

Le llamaban la atención algunas conductas escurridizas, particularmente con el teléfono. “Una vez —recuerda— le vi un mensaje en el teléfono que decía ‘Te amo’—me dijo que era de su hermana— y otra que le dijo ‘gracias por los mejores 365 días de mi vida’”. Él tenía una explicación para todo. Ya instalada en Santiago, Ximena recuerda un día que cocinaba para su familia. Él estaba en el dormitorio de servicio y lo escuchó hablar por teléfono, “hablaba con una mujer, era una conversación erótica. Empecé a sentir una enorme ansiedad, mucha inseguridad, algo raro estaba pasando” pero no lograba saber qué…

…la relación empezó a tornarse tortuosa. Muchas veces intenté salir de ahí. Le decía que no confiaba en él. Él me decía que yo era el amor de su vida, “tú eres lo único verdadero en mi vida, eres la única”… lo pasé pésimo, cuenta. Estaba como abducida por el dolor, estaba triste, triste, triste —insiste— mis niños veían a esta mamá triste… Yo intentaba salir de ahí, pero no podía, me seguía buscando… Me enfermé, acepté cosas que nunca debí haber aceptado. Yo lo amaba, me enamoré de él ¡y le aguanté tanto! Él me decía que yo era la única que conocía su miseria, que no lo podía dejar, que me necesitaba, que yo era su refugio, su catedral, y me buscaba. Me perseguía en el auto, me decía que me amaba. Para cada cumpleaños me mandaba flores y yo tenía que inventar que otras personas me las mandaban… Nunca volveré a ser la misma, hoy tengo muchas cicatrices.

Empezó a descubrir que el sacerdote del que se había enamorado “tiene una red de mujeres con las que se acuesta en forma permanente. Se acostaba con cualquier mujer, de las más diversas, casadas, viudas, separadas, jóvenes, mayores, todas cabíamos…”. Ximena descubrió que él había mantenido relaciones paralelas todo el tiempo que estuvieron juntos. Cuando lo encaró y le preguntó ¿por qué? Él respondió: “Por hacerles un favor”.

Un día en El Mercurio —cuenta— vio el anuncio de una conferencia que daría en Chile Iñaqui Piñuel24 hablando sobre los psicópatas integrados. Pidió hora con la psiquiatra que lo organizaba y se empezó a atender con ella…

Me explicó que yo era víctima de un psicópata integrado. Me explicó que tenía que sacarlo de mi vida, que yo tenía que hacer un duelo de algo que nunca existió: él nunca me amó. El psicópata te usa hasta que le sirves. Yo, por tres años no podía hablar, no dormía… Intenté mantenerme alejada, pero más de alguna vez volví con él, recaía.

Recién pudo contarle lo sucedido a su marido hace pocos meses. “Él, que es de una nobleza infinita, me dijo que había que denunciarlo. Y yo, amándolo, me di cuenta de que tenía razón”. Y se inició la investigación canónica correspondiente. Con el paso del tiempo Ximena va viendo con más claridad lo sucedido: “Siento que me quedaba un poquito de dignidad que fue la fuerza que me ayudó a salir de ahí. Que lo amé, lo amé profundamente. La dinámica ya la tengo clara: una vez que saben información captan que estás vulnerable, y ahí empieza todo…”. Y agrega:

Es muy doloroso, me destruyó mi vida, estoy tratando de salvar mi matrimonio, estoy con terapia… me robó mi alegría, me hizo mucho daño, no era capaz de conectarme, sentía que el demonio me había habitado y yo apostaba por la condenación, no por la salvación… para mí ha sido una bomba atómica. También siento que estoy saliendo, fue algo que viví muy sola, no podía contarlo… fue tremendo. Pero este hombre no logró destruir mi fe. Yo sin Dios no sé en qué habría terminado. Gracias al Espíritu Santo estoy aquí y puedo hablar. Estuve seis años con él y fueron años de condenación, de dolor profundo.

Y sigue:

Hoy me re-conozco, me re-significo —desde la humildad más grande— como una mujer valiente, intuitiva, de convicciones, fuerte, con amor propio, digna, guerrera y, sobre todo, amadísima por el Señor y muy amiga del Espíritu Santo. Cada cierto tiempo lloro y lloro mucho, me vacío, me limpio, me purifico, pero sigo mi camino de sobreviviente, gracias a mí y a mi Espíritu Santo. Gratitud es hoy lo que siento, verdaderamente sobreviví.

INSTITUCIONES Y SESGO DE GÉNERO

La experiencia de estas mujeres y de tantas otras, ha sido de mucho dolor. Y cuando se atreven a denunciar se topan, no solo con la incomprensión de lo que significa el abuso y el daño que produce, sino también, con un muro aun insalvable: los prejuicios y los sesgos de género en las instituciones que deberían defenderlas. Sesgos de género que pasan por desacreditar a la víctima debido a supuestos comportamientos sexuales inadecuados, a la forma como estaban vestidas o se comportaban, etc. Para ninguna es fácil contar su historia:

Me vi en la opción de seguir viviendo como abusada, puedo bancarme mi abuso, no voy a morir, pero no me perdonaría nunca que más adelante alguien me diga, me violó este tipo, me abusó y yo no haber hecho nada. Tomé la decisión de denunciar el 2012 —seis años después del abuso— ante la PDI. Cualquier persona sabe que hacer una denuncia ante el Médico Legal o la PDI es muy difícil, pero no tenemos idea de cuán difícil es. Estamos a años luz de entenderlo. Es invivible, impasable. La denuncia ante el Médico Legal fue terrible: el tipo nunca me miró a los ojos, nunca dejó de ver el celular, de comer, incluso, me preguntó si yo había tenido relaciones sexuales antes, le dije que no y me respondió: “¡Ah! por eso crees que esto es un abuso”… Ni la justicia chilena, ni los procesos eclesiales, ni la sociedad, ayudan a que estos procesos se puedan vivir combinando la fragilidad y la fortaleza que implica todo esto. No se puede ser fuerte todo el tiempo, tampoco se puede ser débil todo el tiempo. Nos cuesta acompañar y aceptar que la debilidad y la fortaleza van de la mano25.

Los actos de acoso sexual están considerados como hechos de carácter grave y una manifestación de violencia de género. Después del movimiento global #metoo son muchas las mujeres que se han atrevido a hablar de acoso sexual en diferentes ámbitos del quehacer nacional e internacional, en el arte, el espectáculo, la política, las universidades. De a poco empiezan a hacerlo en la Iglesia católica y en instituciones vinculadas a ella. Muchas no se atreven a hablar porque “¡cómo iba a denunciar! Cómo iba a hablar de una sensación… nadie me iba a creer, se iban a reír de mí…”26. “¿Alguien me iba a creer? Era mi palabra contra la de él”27.

La religiosa de 49 años, María, el 19 de marzo 2019 se animó a presentar su denuncia ante el Servicio de Escucha del Departamento de Prevención de la Conferencia Episcopal de Chile (CECH) por el acoso que ella había sufrido por parte de un profesor sacerdote. Cuando hizo su denuncia ante el Arzobispado se presentó como religiosa y no tardó en darse cuenta de que eso le daba mayor credibilidad a su relato: “Capté que ser religiosa a mí me da otro respaldo… ¡ah es religiosa!, su testimonio es creíble. Si viene otra religiosa con hábito, será más creíble que yo… mucho más que una laica”. Se levanta aquí la pregunta acerca de qué sesgos operan en el derecho canónico y en quienes reciben las denuncias, más allá de los de género. Por ejemplo, ¿serán menos creíbles las personas que no viven de acuerdo con la moral de la Iglesia católica? ¿Una mujer con pareja o hijos, pero sin matrimonio sacramental tendría aún más dificultad para ser creída? ¿Y una soltera o una divorciada? ¿Y una lesbiana?…

En las universidades las mujeres recién están levantando la voz. Emblemático fue el caso de Sofía Brito, alumna de Derecho de la Universidad de Chile, que denunció en 2017 a su profesor, el abogado Carlos Carmona, posteriormente sancionado28. Las irregularidades en la investigación de este caso fueron una de las mechas que encendió el mayo feminista en 2018.

También en la Universidad Católica empiezan a surgir casos. Beatriz denunció por acoso a su profesor y sacerdote. El resultado de la investigación interna de la institución estimó que los hechos denunciados carecían de fundamento plausible y que el profesor solamente sería “torpe en su trato con las personas”.

El caso, que se hizo público a principios del 2019, escaló —sin embargo— a la Corte de Apelaciones a través de un recurso de protección presentado por la abogada Soledad Molina, de Abofem, la asociación de abogadas feministas. Para ella, el aporte más notable del fallo emanado de este tribunal es que reconoce que la violencia de género y su invisibilización es un fenómeno sociológico presente en la sociedad chilena y que “el trato indigno que se le da a las mujeres que denuncian forma parte de esta violencia. A partir de esta premisa —agrega citando el fallo— los ministros afirman que ‘no se trepida en descalificar a la denunciante, como una forma de desacreditar esta clase de denuncias con el fin último de desincentivarla’”. Por eso, que uno de los tribunales superiores de justicia haya introducido la violencia de género como un elemento que debe ser ponderado cada vez que un juez evalúa la prueba permite trasladar la violencia de género desde la teoría hacia la aplicación en un caso concreto.

En este caso, la Corte aplicó estándares internacionales en materia del derecho al debido proceso, al resolver, explica Molina, “que la investigadora a cargo del procedimiento sumarial de denuncia contra el profesor, actuó contrariando el principio de imparcialidad que debe regir a quienes forman parte de estos procesos, ya que en su Informe de Investigación contenía antecedentes de la vida privada de la denunciante, en particular, alusiones a su relación afectiva con un exprofesor de la facultad y la incorporación de diez fotografías del hijo que ellos tuvieron al formar una familia”29. Para la abogada, y según consta en el fallo, “estos antecedentes fueron introducidos por la investigadora de la universidad para desacreditar las cualidades morales de la denunciante de acoso sexual y con ello concluir que no había mérito para establecer el hecho denunciado y obtener así el sobreseimiento de la denuncia”.

La Universidad apeló a la Corte Suprema y la sentencia emitida por el máximo tribunal de la República zanjó el caso sin pronunciarse sobre los sesgos de género explicitados por la Corte de Apelaciones. Esta forma de revocar el fallo puede constituir —también— una forma de invisibilizar ese mismo sesgo30. “En este fallo, explica Molina, se considera que la decisión de la investigadora de incorporar fotografías de un menor de edad a un procedimiento sobre denuncia de acoso sexual constituye una prueba válida para resolver el asunto y, además, resolvió [la Corte Suprema] sin pronunciarse sobre el recurso interpuesto”. A juicio de Soledad Molina “desconocer la reflexión que se había realizado en primera instancia en torno a los elementos de género que existieron en el caso, así como a los estándares internacionales aplicados, fueron un retroceso no solo para mi representada, sino para todas aquellas víctimas que buscan en las instituciones la confianza suficiente como para atreverse a denunciar actos de acoso y abuso sexual en espacios educativos”.

Aun así, es preciso relevar que en la sentencia de la Corte de Apelaciones quedó sentado un importante precedente al fallar con perspectiva de género, algo en lo cual el poder judicial está empeñado desde la aprobación, en febrero del 2017, de la política de igualdad de género y no discriminación, presentada por la ministra Andrea Muñoz, y la secretaría técnica de igualdad de género y no discriminación que debe velar por su implementación31.

Por ello, en este fallo, la Corte de Apelaciones considera un deber de toda mujer atreverse a denunciar, no solo por sí mismas, sino también por sus hijas y hermanas y, agrega, por sus madres o abuelas que no tuvieron la oportunidad de denunciar estos hechos y, si lo hicieron, fueron sometidas a humillaciones.

POR MÍ, POR TI, POR TODAS

¿Por qué las mujeres empiezan a hablar? ¿Por qué algunas deciden dar el paso y arriesgarse a ser apuntadas con el dedo? Algunas por su propio proceso, como María, que al iniciar nuestra conversación dice: “Si accedo a hablar contigo es para reconciliarme conmigo”, y agrega que estos abusos que se están destapando en la Iglesia despertaron en ella el recuerdo de “situaciones similares y fue como rebobinar y preguntarme por las distintas experiencias de abuso que he tenido en mi vida. Y eso ha sido muy fuerte”. Y agrega:

He estado enojada conmigo misma por no haber sido valiente y ser poco consecuente con mi discurso… Lo que más me ha provocado ha sido rabia ¿¡por qué no hablé!? Y es triste para alguien como yo para quien el tema de la mujer es tan importante, reconocer que pasé nueve años en silencio. En este momento no quiero quedarme tranquila. Porque esto que me pasó, yo entiendo que no se puede comparar con otras conductas muy graves, pero esto que yo viví, ¿cómo saber si hay otras que están más heridas y no tienen los apoyos necesarios y les puede arruinar la vida…? Para mí es importante, quiero decir ¡no me quedé callada!

Cuando las mujeres empiezan a compartir estas historias se dan cuenta de que no están solas, de que las cosas pueden ser de otra manera y se animan en un proceso de sanación y cambio personal e institucional. Es importante comprender que las denuncias al interior de la Iglesia católica y en contextos vinculados a ella buscan sanar heridas y vivir de acuerdo con lo querido por Dios. Buscan hacer carne lo ya declarado en la reunión del Celam en Santo Domingo en 1992, que reconoce la necesidad de “desarrollar la conciencia de los sacerdotes y dirigentes laicos para que acepten y valoren a la mujer en la comunidad eclesial y en la sociedad, no solo por lo que ellas hacen, sino sobre todo por lo que son”32. Darnos cuenta de la normalización de los abusos hacia las mujeres, atrevernos a reconocerlo, a hablar, a tomar las acciones legales correspondientes es justo y necesario.

Para Josefina, la decisión de denunciar le provocó una enorme crisis porque sabía que tendría que enfrentarse nuevamente a su abuso y, en muchas ocasiones, sería revictimizada. Fue muy terrible, recuerda. “Fue la primera vez que apareció la ideación suicida. No lograba salir de esa mierda. Tenía claro que la decisión de denunciar tenía que ver con otros, con que a otras no les pasara lo mismo”. Pero, insiste, “fue un proceso terrible, una declaración tras otra, con diferentes personas, más las preguntas idiotas de tanta gente que no entiende…”.

“Toda esta experiencia iba de la mano con la oración” —explica Josefina—. Ella sabía que el único testigo de lo vivido era Dios y “él era el único que podía hacer que yo descansara. Entonces si yo me moría, lo primero era encontrarme con Dios, sentarme en su regazo y llorar y llorar porque Él sabía todo y no me iba a preguntar”.

No es que Dios permita el abuso ¡No! pero a partir de esta experiencia de abuso… sentí y sigo sintiendo que el abusador, aunque no me violó, no me penetró, me hizo perder la virginidad, mi cuerpo quedó marcado, aterrado, murió el cuerpo de la chiquilla joven y se hizo mierda. Mi cuerpo, que iba a ser de Dios, quería prepararse para ser de Dios y, luego del abuso, mi cuerpo hecho mierda, torturado, Dios lo terminó haciendo carne de Dios. Entonces, ante la ideación suicida, me surgía como oración: “Si tú permaneces, Dios mío, yo permanezco”. Por eso, cuando entendí eso, me di cuenta de que cuando yo estuviera acompañando a otra víctima Dios estaría conmigo acompañando. Dios mismo hecho víctima, hecho yo, me acompaña a acompañar a otras víctimas…

Notas:

1 La hermana Maura O’Donohue envió antecedentes el año 1994 al Vaticano. Marie Mc Donald —misionera de Nuestra Señora en África— elaboró un informe en 1998 publicado por National Catholic Reporter en 2001 http://natcath.org/NCR_Online/documents/McDonaldAFRICAreport.htm. El 2001 John Allen Jr. y Pamela Schaeffer de National Catholic Reporter elaboraron un extenso reportaje sobre abusos a religiosas que fue portada en 2001 https://natcath.org/NCR_Online/archives2/2001a/031601/031601a.htm.

2 https://www.youtube.com/watch?v=y4Z-Ih-gjBY.

3 Realicé las entrevistas entre diciembre del 2018 y la primera quincena de agosto del 2019. He identificado a las mujeres con su edad real y solo un nombre de pila ficticio para resguardar sus identidades y aquellos aspectos de lo vivido que no quisieron o no estaban en condiciones de revelar. De las 28 entrevistas realizadas, algunas han quedado excluidas para no perjudicar las investigaciones en curso, tanto en la justicia civil como en la canónica; otras sirvieron de contexto y solo hago alusión a ellas en el relato sin identificarlas. El acuerdo de confidencialidad con cada entrevistada es la garantía para que la mayoría de ellas hayan hablado. Todas eran mujeres católicas practicantes al momento de los abusos, laicas o religiosas o exreligiosas, consagradas o exconsagradas; solteras, casadas o divorciadas; profesionales casi todas; unas cuantas integraban movimientos religiosos o participaban activamente de sus parroquias. Hoy, la mayoría siguen considerándose católicas, solo algunas siguen yendo a misa y, salvo un par de excepciones, ninguna se confiesa ni tiene acompañamiento o dirección espiritual.

4 Núm. 14, ver en http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decree_19651028_perfectae-caritatis_sp.html. Cursivas mías.

5 Luisa (33).

6 Florencia.

7 Luisa.

8 Ver revista Sábado,18 de mayo 2019.

9 Ver Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Ed. Cátedra, 1998.

10 Camila.

11 Michela De Giorgio, “Modelo católico” en Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres, tomo IV, Taurus, 2000, p. 233.

12 Amelia.

13 Paréntesis explicativo mío.

14 Paréntesis explicativo mío.

15 Paréntesis explicativo mío.

16 León XIII, Encíclica Arcanum, 1880, citado en Michela Di Giorgio, Op. cit, p. 213. Cursivas mías. Sobre la necesidad de releer la carta a los Efesios y la analogía del hombre como cabeza de la mujer, recomiendo el artículo de Carlos Schickendantz, “¿Subordinación funcional de las mujeres? El símbolo nupcial en la carta a los Efesios”, en Feminismo, género e instituciones, Ed. de la Universidad Católica de Córdoba, 2007, pp. 179-210.

17 Marta.

18 Sobre abuso de conciencia ver “La conciencia: ¿Dónde poner límites?” de Tony Mifsud en este libro. Ver también Gaudium et Spes núm. 16 y Amoris Laetitia núm. 37.

19 Ver la carta apostólica Mulieris Dignitatem. Sobre la dignidad y vocación de la mujer de Juan Pablo II, 1988.

20 Donne Chiesa Mondo, 1 de febrero 2019, número dedicado “al tacto” (Il tatto).

21 Josefina.

22 Josefina.

23 Extractos de la carta anónima facilitada por Ximena.

24 Psicoterapeuta, autor de Amor zero. Cómo sobrevivir a los amores psicopáticos, Ed. SB, 2015.

25 Josefina.

26 María.

27 Rosa.

28 Sobre el caso ver investigación realizada por Ciper: https://ciperchile.cl/2018/05/25/los-episodios-desconocidos-de-la-acusacion-por-acoso-sexual-contra-el-profesor-carlos-carmona/.

29 Cfr. artículo 14 núm. 1 del Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos ratificado en el artículo 8° de la Convención Americana de Derechos Humanos.

30 El análisis jurídico con perspectiva de género del fallo de la Corte Suprema mostrará si los sesgos encontrados por la Corte de Apelaciones en el proceso universitario están también presentes en los y las ministros que integraron la sala de la Suprema para fallar en este caso. Ciertamente, se ha documentado con anterioridad la falta de una perspectiva de género en la Corte Suprema.

31 http://secretariadegenero.pjud.cl/index.php/politica-genero-pjud.

32 IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam), Documento de Santo Domingo, 108.

Vergüenza

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