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8 Los Siete Cabritillos y El Lobo

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Estoy a salvo

(Versión de los hermanos Grimm)

Había una vez una madre cabra que tenía siete hijitos cabritillos a los que quería como solo una madre puede querer a sus hijos. Un día tuvo que ir al bosque y buscar comida; entonces llamó a los siete a su presencia y les advirtió:

—Queridos hijos, yo tengo que salir al bosque. Protegeos del lobo, que, si entra, os devorará enteros. El malvado se disfraza a menudo, pero lo conoceréis inmediatamente por su voz ronca y sus patas negras.

Los cabritillos dijeron:

—Querida madre, tendremos cuidado, puedes irte sin ninguna preocupación.

Entonces la madre baló y se puso en camino llena de tranquilidad. No había pasado mucho tiempo cuando alguien llamó a la puerta de la casa y exclamó:

—Queridos niños, vuestra madre está aquí y os ha traído algo a cada uno de vosotros.

Pero los cabritillos reconocieron en la voz ronca que se trataba del lobo.

—No abrimos —exclamaron—, tú no eres nuestra madre, ella tiene una voz fina y melodiosa, pero tu voz es ronca; tú eres el lobo.

Después de esto el lobo se fue a la tienda y se compró una docena de huevos, se comió sus claras y se aclaró con ellas la voz. Luego regresó, llamó a la puerta de la casa y dijo:

—Abrid, queridos hijos, vuestra madre está aquí y os ha traído algo a cada uno de vosotros.

Pero el lobo había colocado sus negras patas en la ventana, los cabritillos lo vieron y exclamaron:

—No abrimos, nuestra madre no tiene las patas negras como tú; tú eres el lobo.

Entonces el lobo corrió a casa de un panadero y le habló así:

—Me he dado un golpe en la pata, échame por encima un poco de masa.

Y cuando el panadero le había untado ya la pata, el lobo corrió a ver al molinero y le pidió:

—Espolvoréame blanca harina sobre la pata.

El molinero pensó: «Este lobo quiere engañar a alguien», y se resistió a hacerlo, pero el animal repuso:

—Si no lo haces, te devoraré.

Entonces el molinero tuvo miedo y le puso la pata blanca. Sí, así son los hombres.

A continuación, el malvado llegó por tercera vez frente a la puerta de la casa, llamó y dijo:

—Abridme, niños, vuestra querida madrecita ha regresado a casa y os ha traído algo del bosque a cada uno.

Los cabritillos gritaron:

—Enséñanos primero tus patas para que sepamos que tú eres nuestra querida mamita.

El lobo colocó la pata en la ventana; cuando la vieron blanca, creyeron que era verdad todo lo que decía y abrieron la puerta. Pero quien entró fue el lobo. Los cabritillos se asustaron y quisieron esconderse. Uno saltó por encima de la mesa, el segundo se metió en la cama, el tercero en la estufa, el cuarto en la cocina, el quinto en el armario, el sexto debajo del barreño de lavar y el séptimo en la caja del reloj de pared. Pero el lobo los encontró y no gastó muchos cumplidos, engulléndolos a todos menos uno. Después de que el lobo hubo calmado su apetito, se marchó, se tumbó en la verde pradera bajo un árbol y se durmió.

No mucho más tarde regresó la mamá cabra a casa desde el bosque. ¡Pero, ay! ¿Qué es lo que vio? La puerta de la casa estaba abierta de par en par, mesas, sillas y bancos estaban volcados todos en el suelo, el barreño de la ropa estaba hecho añicos, la manta y los cojines habían sido arrojados de la cama. Buscó a sus hijos, pero no los pudo encontrar en parte alguna. Llamó uno por uno a todos por sus nombres, pero nadie respondió.

Finalmente, cuando llegó al último, pudo escuchar una fina voz:

—Querida mamá, estoy escondido en la caja del reloj.

Cuando lo sacó de allí, él cabritillo le contó que el lobo había venido y había devorado a los demás. Podéis imaginaros lo que ella lloró a sus hijos. Por fin salió fuera con toda su pena, y el más pequeño la acompañó. Cuando llegó a la pradera, allí estaba el lobo, roncando de tal manera que los árboles temblaban. Lo observó detenidamente y vio que en su vientre superlleno algo se movía y se agitaba. «Dios mío —pensó—, ¿estarán mis niños, que se ha tragado para la cena, todavía vivos?».

En esto el cabritillo fue corriendo a casa y cogió unas tijeras, aguja e hilo. Luego la mamá cabra le abrió la panza al monstruo y, apenas había hecho un corte, sacó un cabritillo la cabeza; siguió cortando, y así fueron saltando uno tras otro al exterior; estaban todos vivos y no habían sufrido el menor daño, pues el monstruo, en su ansia, se los había tragado enteros.

¡Qué alegría! Todos abrazaron a su madre saltando de gozo, como si les hubiera tocado la lotería. La madre, sin embargo, dijo:

—Ahora, id y buscad piedras; con ellas le llenaremos a este impío animal la barriga, mientras duerme todavía.

Los cabritillos, entonces, transportaron a toda prisa las piedras y metieron en la barriga del lobo tantas como pudieron. A continuación, la madre le cosió a toda prisa, de tal manera que no notara nada y apenas pudiera moverse.

Cuando por fin el lobo hubo descansado bien, se incorporó y, como las piedras de su estómago le produjeron tanta sed, quiso ir a un pozo a beber. Cuando comenzó a andar y a moverse de un lado para otro, chocaban las piedras unas con otras haciendo ruido. Entonces exclamó:

—¿Qué es lo que ahora retumba y en mi barriga resuena? Creí que eran seis cabritillos y solo parecen piedras…

Y cuando llegó al pozo, se inclinó hacia el agua y quiso beber, entonces las piedras lo arrastraron hacia el fondo y se ahogó de forma lamentable.

Cuando los siete cabritillos vieron lo ocurrido, se presentaron corriendo y exclamaron en voz alta:

—¡El lobo está muerto, el lobo está muerto!

Y bailaron de pura alegría con su madre alrededor del pozo.


La serie de los Doce Cuentos se inicia con Los Siete Cabritillos y el Lobo. Esta historia comienza cuando ya estamos en presencia del niño lingüístico. Podemos situar este inicio a los tres años cronológicos aproximadamente. En esta etapa evolutiva está adquirida la base del lenguaje. Cabe afirmar, por tanto, que los cabritillos han interiorizado un estilo de vinculación esencial, un apego seguro que ha quedado grabado en su memoria profunda preverbal. En este inicio del recorrido simbólico están aprendiendo a manejarse con la ansiedad de separación.

Los diferentes momentos de desaparición de la madre en las primeras etapas del bebé activan capacidades psicológicas que le permiten ir creando lo que Winnicot llama el objeto transicional. Esta creación es clave en el desarrollo evolutivo, pues va a proveer al bebé de un acompañamiento que procede de su propio interior y que está profundamente conectado con la madre, de manera que la soledad podrá ser vivida como una soledad vinculada en la que no se perderá ni desaparecerá. En un comienzo, el bebé precisará de objetos suaves, cuyo tacto posibilite esta permanencia de la vinculación; es decir, el citado objeto transicional, porque, de manera muy resumida, podríamos decir que está en un espacio intermedio entre el afuera y el adentro.

Detengámonos en las diferentes ideas que aparecen en el cuento. Observamos que la mamá puede irse y dejar solos a los cabritillos sin que estos se angustien; ellos le contestan que tendrán cuidado y que ella puede irse tranquila, sin ninguna preocupación. Según esta respuesta, cabe inducir que esta etapa se ha desarrollado satisfactoriamente y que los cabritillos no se sienten aterrados ante la ausencia de la madre. Asimismo, inferimos que la ansiedad de separación está siendo gestionada exitosamente, pues confían en cuidarse ellos mismos y, por tanto, liberan a la madre de cualquier inquietud.

Los cuentos, como los sueños, ponen en juego una estructura en la que cada elemento es parte de una totalidad. Si consideramos el relato como un espejo de determinados aspectos esenciales de la psique individual en la etapa evolutiva en la que lo lingüístico empieza a ser dominante, podemos mirarlo teniendo en cuenta que la madre es ya una madre interiorizada y que los siete cabritillos representan diferentes subfases de esta etapa evolutiva infantil.

De manera prototípica, este cuento nos está transmitiendo los logros esenciales de la vinculación primigenia madre-bebé que se han cumplido: el buen apego y la creación del objeto transicional. El reto que se plantea es la necesidad de afrontar las dificultades con las propias herramientas, que en el relato nos hablan de reconocimiento y diferenciación entre la madre y el lobo.

Tanto en este como en el siguiente cuento de la serie —Caperucita— aparece el tema del disfraz del lobo; en un caso, el animal se disfraza de madre y en el otro, de abuelita. En ambos casos, se trata de figuras de referencia del ámbito familiar que proveen seguridad.

Los cabritillos pueden afrontar la soledad, pueden manejarse autónomamente, o eso es lo que creen, gracias a que han podido establecer un buen apego. En la casita de la madre se sienten protegidos. Lo que ocurre es que la llamada del mundo externo es absolutamente poderosa. Tendrán que salir en algún momento. Pero no…, aún no quieren hacerlo, o solo lo hacen a las inmediaciones del hogar, mientras la mamá vigila y protege.

Si tratan de permanecer dentro, el mundo exterior hace su irrupción. Y es aquí donde hallamos un motivo muy presente en los cuentos de hadas: lobos, ogros y brujas que desean devorar niños. En este caso, el personaje que irrumpe es el lobo, pero se trata de un lobo arquetípico. No es el que habita en los bosques, el depredador que devora animales vulnerables siguiendo la ley de la naturaleza, en virtud de la cual todas las criaturas necesitan alimentarse para sobrevivir; el lobo de los cuentos es una fiera hambrienta que busca comer cabritillos, cerditos o personas.

¿Con qué nos conecta este motivo del lobo hambriento que desea devorar animales que, sin duda, están representando el periodo infantil? El origen histórico se remonta a situaciones en las que estas fieras devoraban las ovejas y los pastores tenían que protegerlas, es decir, cuando eran un peligro real para la ganadería y para la organización de la economía humana. Sin embargo, una vez que nos adentramos en la dimensión simbólica de los cuentos de hadas, el significado histórico pierde su valor. En el cuento lo que está en juego es poder hacer frente a las amenazas y obstáculos del mundo exterior representados por el lobo.

Como ya hemos comentado anteriormente al hablar de la lengua de los símbolos, la metáfora de ser devorado es prototípica de los rituales iniciáticos primitivos, en los que el iniciado accedía a una cabaña cuya puerta simulaba las fauces de una fiera salvaje. Esta temática se va a repetir una y otra vez.

Se diría que en el inacabable proceso evolutivo que se pone en marcha en este cuento, en el que incluso hay un reloj que lo simboliza, el ser humano está enfrentando constantes peligros y su avance no se produce en línea recta, sino que presenta momentos de involución, de vuelta atrás, en este caso representados por la estancia en la tripa del lobo.

La polisemia y la significación opuesta de algunos símbolos nos muestra por un lado el peligro de quedar atrapado en una etapa anterior, ser devorado, volver, in extremis, al útero materno; y por otro, la ley del desarrollo en la que estos movimientos hacia atrás son absolutamente necesarios para afrontar nuevamente las pruebas y para consolidar lo aprendido. Así, la estancia en la tripa del lobo nos remite en último término a ese espacio iniciático en el que se está produciendo el duelo de la infancia y la entrada en la vida adulta1.

Los cabritillos logran impedir la irrupción del lobo en dos ocasiones, gracias a las herramientas adquiridas en su proceso evolutivo. Reconocen la voz ronca y la pezuña negra. Sin embargo, una vez que el animal consigue una voz suave y lleva su pata cubierta de blanca harina, ellos abren la puerta. «Es mamá», creen. Y el lobo, sin muchos miramientos, va devorándolos a todos, tras encontrarlos uno a uno en sus escondites, excepto al más pequeño, que se había ocultado en el reloj.

Este cuento nos muestra un primer intento de separación de la madre que no culmina de manera exitosa, pero que sirve de aprendizaje y experiencia. Nos sitúa frente a «los miedos del desarrollo» que tienen lugar en esta primera fase de crecimiento psíquico en el proceso de diferenciación, cuyo paradigma es la ansiedad de separación. Tales miedos alcanzan su punto culminante a los tres años de edad cronológica, aunque puedan aparecer desde el primer año de vida y permanecer mucho después de ese límite, con o sin manifestación conductual.

Entendemos claramente esta separación como la necesidad de diferenciación y separación psicológicas con las que el niño pueda ser capaz de distinguir las amenazas del mundo exterior y de su propio mundo interno, para seguir adelante en su proceso de crecimiento, sin dejarse confundir o invadir por ninguna de ellas. La madre de los cabritillos ofrece unas claves a sus hijos, lo que representa la necesidad de recibir un modelo para que ellos interioricen el cuidado y la protección que son ejercidos por los padres.

Podemos apreciar que este proceso de diferenciación no es automático. El niño atraviesa una etapa en la que está interiorizando el apego y la protección y aún no está capacitado para resolver satisfactoriamente los peligros y retos de la separación ni tampoco sus temores. Todo ello está representado por el lobo que devora, es decir, que hace volver al niño a un estadio anterior. Pero es importante señalar que en realidad sí puede resolverlos en parte, como indican por un lado las dos ocasiones en que los cabritillos no abren la puerta al lobo y, por otro, la salvación del más pequeño. Este cuento pone de manifiesto que el proceso evolutivo no es fácil ni lineal y que, en momentos de crecimiento, existe el temor al cambio, a seguir adelante, a la pérdida, a la separación.

La primera estrategia de esconderse tapándose, no da resultado. Nos remonta a esos mecanismos infantiles que consisten en creer que si no me ven, no estoy. También existe una búsqueda de un ámbito seguro dentro de la propia casa, que representa el mundo interior. Hay muchos lugares en los que se ocultan en vano los cabritillos, y solo uno encuentra el sitio seguro: la caja del reloj.

¿Quiere esto decir que la única manera de hallar el lugar seguro es aceptar que este no se encuentra si permanecemos en el universo materno de lo interior, sino cuando empezamos a salir al exterior y a desarrollar nuestros recursos para llegar a manejarnos en ese nuevo espacio? ¿Y que solo será seguro seguir creciendo y separándonos psicológicamente? Uno de los grandes principios que nos permiten considerar que un ser humano es un adulto saludable es el grado de separación psicológica de su familia de origen y su nivel de diferenciación individual. En este cuento se pone en marcha este proceso, a la vez imparable y difícil.

Es muy bello descubrir cómo el relato ya nos habla de una primera diferenciación, cuando la madre va llamando a cada uno de sus hijos por su nombre y ninguno responde, hasta que nombra al séptimo, que contesta con una voz trémula y le revela lo sucedido. Entonces ella da instrucciones al cabritillo pequeño para poder rescatar conjuntamente de la tripa oscura del lobo a sus seis hermanos.

Es inevitable necesitar ayuda y es buenísimo saber pedirla y saber recibirla. Este proceso de separación psicológica de la madre es una situación difícil, y justamente podremos realizarlo porque la madre nos apoya. Esta es la maravillosa paradoja que nos habla de cómo una ayuda auténtica de la madre se convierte en una ayuda para poder separarse de ella.

El apoyo materno es esencial y podemos ver que requiere una participación activa del cabritillo pequeño. La escena de ir sacando a los seis hermanos, uno a uno, de la tripa del lobo se asemeja a un alumbramiento.

En la tripa del lobo ponen piedras y este cae al pozo al intentar buscar agua para beber. El pozo es un agujero en la tierra que permite contactar con las profundidades y extraer de ellas el agua subterránea. El símbolo del pozo conecta con el eje inferior, y si imaginamos un pozo ideal, al asomarnos podemos ver el fragmento de esfera cósmica que se refleja en esas aguas profundas, de una manera que nos muestra la conexión entre el eje superior y el eje inferior de los que habla Jung.

El lobo se precipita al fondo, debajo de la tierra, lo que nos remite a la muerte, al encierro en lo inferior, en el inframundo. Las piedras que lleva en la tripa le hacen caer, el peso es invencible. La tendencia de los cabritillos es hacia el exterior, hacia el aire, la vida, la luz. La del monstruo es hacia las entrañas de la tierra, hacia la oscuridad, hacia la muerte.

Finalmente, los cabritillos y su madre acaban el cuento cantando en corro alrededor del pozo: «¡El lobo está muerto!». Este desenlace nos muestra la necesidad de la guía y la ayuda de las figuras adultas para completar satisfactoriamente la diferenciación. También nos dice que el cabritillo pequeño, verdadero protagonista, sí pudo salvarse de ser devorado. Es decir, el niño puede salir adelante y aprender.

A pesar de los peligros y del riesgo de equivocarse, el relato nos informa de que esos intentos insatisfactorios, esos miedos del desarrollo, ese desorden en que queda la casa, no tienen consecuencias irreversibles, sino que, con una ayuda adecuada, se pueden reconstruir y servir de aprendizaje para actuar con confianza, prudencia y discernimiento crecientes en el futuro. Parece necesario que en estas etapas iniciales del desarrollo se pueda adquirir la vivencia del lugar seguro, un espacio en el que el lobo no pueda entrar, en el que se esté a salvo. Un sitio que podrá consolidarse en nuestro interior, un espacio protector en el que seamos capaces de sentir que no desapareceremos en las adversidades, que permaneceremos enteros, que ningún lobo nos devorará. De ahí que esta muerte simbólica del lobo represente un triunfo del vínculo sobre la ausencia, del ser sobre la nada, del amor sobre el abandono, de la vida sobre la muerte.

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1 «Se creía que durante el rito, el niño moría y resucitaba como un hombre nuevo. La muerte y la resurrección eran provocadas por actos que imitaban el engullimiento y consumición del niño por animales fabulosos. Se imaginaba que era tragado por ese animal y tras haber transcurrido algún tiempo en el estómago del monstruo, volvía a la luz… Para la celebración del tal rito se construían a veces casas o cabañas a propósito, que tenían la forma de un animal, cuyas fauces estaban representadas por la puerta… El rito se celebraba en la espesura de la selva o del bosque y estaba rodeado del misterio más profundo». Propp, págs. 74-75.

El regalo del lobo

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