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No olvidamos lo aprendido
ОглавлениеElda Castelán Rueda
Muy buenas tardes, señoras y señores.
Con su venia, señores miembros del presídium.
Hoy me invade una alegría inmensa, pues para mí recibir un primer lugar no ha sido cosa de todos los días. Espero que la emoción no me cierre la garganta y pueda continuar hablando.
Recibí un primer lugar hace 55 años por motivos similares: mi gusto por la lectura y la escritura, hábitos que me fueron inculcados, de manera lúdica, en el seno de mi hogar.
Otra alegría que me causa este premio es el reconocimiento que ganamos todos los convocados. Agradezco a las personas que organizaron este concurso porque tuvieron la gentileza de tomar en cuenta a los mayores de sesenta años, al personal administrativo, a los pensionados, ese grupo vulnerable que en otros sectores está olvidado.
Gracias por tomarnos en cuenta. Nosotros, los adultos mayores, como nos llaman en el lenguaje «políticamente correcto», somos personas a las que algunas veces se nos olvida apagar el agua para el té o cerrar la puerta con llave. Pero todavía no olvidamos lo aprendido, y no me refiero a lo académico, sino al conocimiento adquirido a través de las lecciones de vida y de los años. Bien reza el viejo refrán: «Más sabe el diablo por viejo que por diablo».
Muchas gracias, pues, a los organizadores. Y espero que este concurso siga por muchos años. Edificar la historia de nuestra Universidad es una tarea difícil y es un legado de suma importancia para las nuevas generaciones. Estoy feliz de haber aportado un granito de arena para la reconstrucción de esta historia.
Dudé mucho en participar, no me gustan las competencias (menos esa palabra de moda: «competitividad»). Mis hermanas y personas muy cercanas leyeron mis primeros borradores y me animaron a no desistir. Muchas gracias a todas ellas. Aun así, hubo días en que pasó por mi mente no enviar nada.
Pero la idea de que me leyeran, aunque sólo fueran los miembros del jurado, me impulsó a decidirme. Además, como dijo García Márquez en una ocasión: «Escribo para que me quieran».
Cuando comencé a escribir mi ensayo me invadieron las confusiones. Me di cuenta de que lo que no está escrito se olvida. Llamé a varias amigas que habían entrado a la Universidad antes que yo. Me reuní con unas, les envié correos a otras, así entrelacé mi historia. Muchas gracias a todas ellas. En algunas fechas y en otros detalles no coincidíamos, por eso tuve muchas dudas. Yo no quería contar mentiras, algo muy típico en los mexicanos...
Me siento afortunada de haber trabajado en la Universidad de Guadalajara en los años ochenta, noventa y en el primer decenio de este siglo. Esas tres décadas marcaron una diversidad de cambios en el mundo, en la institución y en general en el comportamiento humano; en el lenguaje y, principalmente, en las tecnologías, que en los trabajos administrativos y académicos provocaron movimientos y sentimientos nuevos y por ende muy extraños.
Para terminar, me atrevo a dar una recomendación al personal administrativo, cualquiera que sea su nombramiento: busquen el cambio de oficinas y de actividades. Quien no se mueve produce moho, y éste no sirve para nada. Les recuerdo las palabras de Abraham Maslow: «Uno debe de luchar contra lo estereotipado, nunca debe permitirse llegar a acostumbrarse a algo».
Muchas gracias a los miembros del jurado, y gracias nuevamente a los organizadores de este concurso.
Muchas gracias a quienes hoy me acompañan, gracias por compartir mi alegría. Ya lo dijo Saramago: «La alegría, si uno está solo, es nada».
Muchas gracias.