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¿Dónde está el amor?
ОглавлениеLa época está impulsada por un discurso amo que ordena a gozar. Si no te hace feliz, no es amor: modo en el que se instala un superyo épocal.
En un seminario1 dictado en el año 2019 junto a mi colega Esteban Espejo ubicamos, al menos, cuatro de esos discursos actuales: Amor útil, Amor que fluye, Amor saludable, Amor libre. Pero ¿se puede plantear al amor en estos términos? ¿Es concordante, armónico, saludable el amor? ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo tiene? ¿Se tiene el amor?
Hacer la pregunta ya tiene un impacto –me atraviesa una carcajada– es gracioso sostener la creencia salubrista del amor, y a la vez ¿quién no querría sostener la ilusión de que esto sea posible?
No hay que tomarlo tan a la ligera. Los sujetos vienen a la consulta enfermos de amor, juran que el amor les ha hecho un daño, un perjuicio, incluso creen que el daño es irreversible: “es el fin”, “me quiero morir”, etcétera. Al transitar un primer tiempo de devastamiento, pedir auxilio y ayuda para esa cura del amor, viene luego otro tiempo donde se busca algo bien parecido a la calma, la armonía, a la concordancia, al encuentro, a lo saludable. Es importante destacar que hay algo de lo amoroso que genera cierta tranquilidad, apaciguamiento, incluso una sublimación. Aun así, vivir en un estado de armonía constante es una práctica imposible para el ser parlante. Vamos, junto a Lacan, a revisar el discurso de uno de los integrantes de El banquete, Pausanias, quien diferenció dos estatutos, dos órdenes del amor donde se dirá que la clave será saber bien a cuál de estos dos amores hay que alabar.
La alabanza, épainos, del amor debe partir, pues, de lo siguiente, de que no hay un único amor (...) No hay, dice él, Afrodita sin Amor, ahora bien, hay dos Afroditas.”2
Aquí realiza Pausanias una distinción entre dos órdenes del amor: una es la Afrodita Urania. Nace de la proyección sobre la Tierra de la lluvia engendrada por la castración primordial de Urano por Cronos, esta Afrodita no participa en nada de la mujer –dice Lacan– ni tampoco tiene madre.
La otra Afrodita nace después de la unión de Zeus con la titán Dione. Esta Afrodita que nace del hombre y la mujer es llamada Pandemia. Tiene (como su nombre denota) un sesgo despreciativo, de menosprecio. Es la Venus popular. Como dice Lacan: “enteramente del pueblo, la Venus de quienes mezclan todos los amores, los buscan en niveles inferiores, no hacen del amor aquel elemento de dominación elevada que aporta Afrodita Urania.”3
Lacan entiende el discurso de Pausanias como un análisis más de tipo sociológico, como de “observador de las sociedades”. Pareciera que todo se basa en las diferentes posiciones que existen en el mundo griego respecto al “amor superior” que queda asociado a los que son más fuertes y vigorosos, más ingeniosos, saben pensar, etcétera. Este “amor superior” desde el discurso de Pausanias que retoma Lacan queda del lado de la Afrodita Urania. O sea, pasando en limpio, el que piensa, es fuerte, vigoro- so, etcétera va a alabar al “amor superior”.
Así, se podría suponer que entonces, el que no piensa, ni es fuerte, etcétera, va a alabar al amor de la Venus, una Venus popular. Quedan así divididas las aguas entre los que tienen y los que no tienen.
Planteando que sus dichos contienen cierta ambigüedad, Lacan interroga a Pausanias cuando dice: “¿Dónde se sitúa la virtud, la función del que elige?”
Por otra parte, el que es amado es el que menos sabe de los dos, “el menos capaz de juzgar la virtud de aquello que podemos llamar la relación provechosa entre ambos.” Y a su vez, del lado del amante sucede algo parecido, porque cómo dirige su elección el amante de acuerdo con lo que va a buscar en el amado. El amante va a buscar en el amado algo para darle y ambos convergerán en este punto en un lugar al que Pausanias llama “el punto de encuentro del discurso”, un lugar donde sería posible coincidir. Ya nos suena un tanto raro...
La idea que propone Pausanias es como decir: Para amar hay que hacer una alabanza y dependiendo de a quién alabes (Afrodita Urania o Afrodita Pandemia — Venus—) es como te va a ir en el amor. Si elegís bien, hay punto de encuentro. Suena, casi casi, a una promesa de felicidad.
Lacan ubica en esta lógica el concepto de “intercambio” ya que en la pareja amorosa el primero se muestra capaz de una contribución cuyo objeto es la inteligencia y todo el campo del mérito (para los griegos saber, pensar, vigor, fuerza, etcétera). El segundo tiene la necesidad de ganar educación a un nivel elevado. Entonces Lacan dice que esto pareciera estar en el plano de una adquisición, “de un provecho, de un adquirir, de una posesión, donde se producirá el encuentro de esa pareja que articulará el amor llamado superior.”4
Se encuentra entonces que todo el discurso de Pausanias se elabora en función –dice Lacan– de “una cotización de valores”, de buscar valores cotizados. “Se trata ciertamente de adquirir tus fondos de inversión psíquicos”, ironiza Lacan.
Pausanias agrega que habrá que imponer reglas severas al desarrollo del amor, al cortejo del amado, y siguiendo la lectura lacaniana que no malgasten sus fondos en “jovencitos que no valgan la pena”. Cualquier parecido con lo que las madres dicen a sus hijos no es pura coincidencia, los discursos que se elaboran en El banquete sobre el amor son de mucha actualidad y atraviesan aún nuestra época.
A su vez, Pausanias deja en claro que quienes no se ordenan alabando al amor superior se desordenan y son “salvajes, bárbaros”, dejando a todos aquellos que alaban a la Afrodita Pandemia —Venus— del lado de lo animalesco.
“A este respecto, el acceso a los amados se debería preservar, dice, mediante la misma clase de prohibición, de leyes, por las cuales nos esforzamos en impedir el acceso a las mujeres libres.”5 Y dice Lacan que cuanto más avanzamos en el texto de Pausanias más clara nos queda la psicología del rico que propone. Y en toda esta psicología del rico lo que está en juego es el valor, “se trata de la posesión del amado porque este es un buen fondo.” Lacan destaca el carácter posesivo y clasista de este discurso.
Este concepto del amor que se define vía el discurso amo de nuestra época es bastante actual. La cuestión del intercambio, el merecimiento, la creencia de que en el amor la relación con el otro es el valor. Eso que vale y que yo merezco define al amor. Lacan lo dice así: “Pausanias (...) nos explica hasta qué punto el amor es un valor (...) al amor se lo perdonamos todo.”6 Y este perdón no es por solidaridad, ni por ser un buen samaritano, ni por poner la otra mejilla como Jesús, sino porque en ese amor tengo mis fondos de inversión psíquica. Como pasa con la bolsa y los mercados.
Lacan nos trae el ejemplo de un calvinista.7 Dice que podemos juzgar qué es el amor comparándolo con lo que supera el nivel de alarma: “Es el mismo registro de referencia con el que condujo a mi buen calvinista, acumulador de bienes y de méritos, a tener efectivamente durante un tiempo una mujer amable, a cubrirla de joyas que, por supuesto, eran retiradas de su cuerpo cada noche para ser devueltas a la caja fuerte, con el resultado final de que un día ella se marchó con un ingeniero que ganaba cincuenta mil francos al mes”8, o sea alguien con menos dinero.
Nos deja ver cómo en el amor se trata de otra cosa, que tal experiencia del amor que propone Pausanias, que hay que dirigirse al “tener” (saber, status, fuerza, etcétera), del “valor de cambio”, de exaltar cuestiones morales, el amor educador siempre es un señuelo y que al final ese señuelo deja ver lo que es.
El discurso de Pausanias concluye de un modo muy abrupto, de forma precipitada diciendo algo así como: “El amor Uranio (amor superior) es así, y quienes no lo son, pues bien, que recurran al otro, a la Venus Pandemia, la gran granuja, que tampoco lo es, Que vayan a que los jodan, si quieren”; “En este punto concluiré mi discurso sobre el amor”9.
Lacan lee en esto algo del orden de lo irrisorio y cree leer esto también en Platón, dice que generó que su discurso termine abrupto y hablando de “granuja”, “que los jodan”, dejando de manifiesto que es un discurso sin razón, que provoca risa o burla.
Sin reírnos demasiado, comprendiendo de algún modo la angustia que genera enterarnos de semejante desilusión, vamos a proponer desde este modo dejar de lado la creencia de que el amor fluye, que es armónico y que es un bien de intercambio.
Si revisamos la poesía, las canciones, nos encontramos siempre con que el amor toca el cuerpo, como un flechazo de cupido.
Por ejemplo, Calamaro nos ha dejado grandes frases respecto al amor: no se puede vivir del amor; todo lo que termina, termina mal; el amor es igual que un imperdible, perdido en la solapa del azar; y también: estoy tratando de decirte que, me desespero de esperarte o infinitamente te estoy queriendo. En el transitar de nuestra existencia estas y otras frases más seguramente han hecho mella, dejando surcos, agujeros que tienen como correlato un lugar para el deseo.
Cada una de las frases de estas canciones nos habla de algo puntualmente humano: no se puede vivir del amor pero tampoco se puede vivir sin él. Ya sea sufriendo por amor o encandilados por él, nos encontramos vivos. Angustia de separación, ansiedad frente al deseo del otro, “me clavó el visto”, “no me responde”, “¿me quiere?”. Y en la otra vertiente “me derrito en su mirada”, “me muero de amor...” por nombrar algunos de los dichos más escuchados.
Ya sea para sentir un estado de máximo éxtasis o para deprimirse hasta sentir náuseas, la creencia de estar enamorado afecta el cuerpo de una manera indefectiblemente relevante. No pasa desapercibido.
Vamos a proponer dejar de lado la idea de que el amor fluye, de que es armónico y que es un bien de intercambio. En cuanto sostengo la ilusión de que hay armonía deja de haber relación sexual, en cuanto sostengo la creencia de que el amor tiene que fluir, me hago rígido y me alejo de algo parecido a la fluidez... En definitiva, los discursos sobre el amor que propone la época, a modo de una posverdad, tocan el cuerpo en su vertiente opuesta a la que pregonan. Lo tocan angustiando desde un superyó que ordena el modo de gozar -siempre tan singular- de cada uno. Y allí encontramos esas frases “Si duele no es amor”, “El amor tiene que fluir”, “Ese no te conviene”, etcétera.
Hay una canción de Toquinho y Vinicius De Moraes donde se presenta como inconcebible la posibilidad de no haber transitado la experiencia amorosa en su vertiente más pasional, los autores lo sentencian de este modo:
¡Ay del que no rasga el corazón!
Ese no tendrá perdón.
Otros poetas, como Charly y Pedro Aznar también nos hablan de lo que toca el amor en el cuerpo y de lo alejado de pensar al amor como pura homeostasis (digamos, en criollo, no tanto Netflix –o un poco menos–).
No voy a esperar las ganas que yo extraño,
no voy a esperar que el destino hable por mí,
en medio de las lluvias del invierno, no hay tiempo ni lugar,
yo sé que entenderás que amor, para quién busca una respuesta,
es un poquito más, que hacerte bien.
Un poquito más que hacerte bien, es más que salud, armonía, bienestar... pero como verán ese poquito más se desliza en una posición deseante: aquel que no espera que el destino hable, que no espera que le vengan las ganas, que sale en medio de la lluvia, etcétera. Es en ese “poquito más” donde podemos ubicar la pulsión, el cuerpo afectado, el flechazo de cupido, el corazón rasgado, el corazón latiendo, la piel de gallina, el eros recorriendo mi cuerpo desde la cabeza a los pies.
No hay garantías en el amor, Lacan lo dijo parecido: “No hay Otro del Otro” y también “No hay relación sexual”, los sujetos no se complementan en un 100%, no hay en el mundo humano lo que sí sucede en el mundo animal: lo que es el perro para la perra, lo que es el caballo para la yegua, el gato para la gata, etcétera. Sostener la creencia de que en este universo hay la existencia de un ser (otro) que tenga mi media naranja, y, aún más, de que si yo sé elegir bien ese otro va a proveerme un estado de pura felicidad (merecimiento), es una exclusiva posición infantil. De todos modos, que esto no nos aleje de la ilusión, como dice Calamaro, Algún lugar encontraré.