Читать книгу Memoria y desmemoria del MuVIM - Romà de la Calle de la Calle - Страница 7

Оглавление

PRESENTACIÓN RETROSPECTIVA

Festinatio improvida est et caeca Titus Livius, Ab urbe condita 22, 39, 22

A punto de cumplirse un lustro de aquella tensa coyuntura, he vuelto a enfrentarme con la carpeta de documentos que se fueron archivando, por motivos y criterios diferentes, y que hacen referencia, en cualquier caso, a la intensa vida del Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad (MuVIM) en aquel periodo concreto de su compartida existencia.

La verdad es que durante los seis años en los que dirigí el MuVIM (2004-2010) siempre tuve muy claro el convencimiento de que aquel reducido equipo de colaboradores estaba dispuesto a escribir plenamente su propia historia y, a la vez, también sentí, por ello, la necesidad de archivar cuidadosamente cuantos materiales documentales íbamos generando o recibiendo, a través de nuestras actuaciones, intercambios y proyectos museográficos articulados.

Desde el primer momento, tuve la especial sensación de estar disfrutando y viviendo una experiencia distinta, provisional pero apasionante. Para mí, única.

Me sentía plenamente responsable en la coordinación de aquella aventura colectiva, que sabíamos diferente, puesto que no teníamos modelos previos, arriesgada ya que nos considerábamos decididamente coautores de sus posibles resultados, y valiosa, en la medida en que la sorpresa de sus positivos efectos iba mucho más allá de lo, en principio, por todos nosotros calculado.

No me es fácil hablar en primera y/o en tercera persona, de manera fija, sin saltar de una fórmula lingüística a la otra, ya que constantemente, durante aquel sexenio, era consciente de formar parte del grupo, sintiéndome plenamente arropado por él, sin tampoco dejar jamás de experimentar, como entre paréntesis, el peso y el relativo sentimiento de máxima responsabilidad, vecino intermitente de una soledad meditada. Curiosa paradoja –la del arropamiento y de la soledad–, que luego y a la larga se acabó confirmando en extraña lejanía.

Recordando ahora aquellas circunstancias iniciales, debo aceptar que fuimos –todos los implicados en la cadena de proyectos–sumamente generosos en la puesta a punto de tal aventura exploradora. Delante de nosotros –manteniéndonos bien informados respecto a lo ocurrido–solo se habían desgranado decepciones e inestabilidades en los primeros intentos de poner en marcha aquel museo, desde el 2001, con su inicial equipo, sumamente complejo ya incluso en la estabilización de su propio nombre. Fue lo primero que aprendimos: saber mirar hacia el pasado, para no volvernos a equivocar. Y de inmediato movimos la siguiente ficha: todo estaba por hacer, porque nada en principio nos era ajeno respecto al posible proyecto si sabíamos jugar adecuadamente nuestras cartas.

Había que saltar de la política a la cultura, para regresar de nuevo a ella intermitentemente, como funámbulos sin red. Arenas movedizas –unas y otras– que tampoco nos sorprendían en exceso. Incluso me llegué a sentir privilegiado porque sencillamente nos dejaban hacer, de momento, sin excesivas interferencias sobrevenidas. Pero todo llegaría a su debido tiempo. Cuestión de que decidieran unas personas u otras y también, claro está, de mezquindades diferidas, llamadas a ser satisfechas, en su momento, arteramente. El poder puede ser irracional y creerse tan omnipotente como ignorante, según grados y circunstancias de irresponsabilidad efectiva.

Es curioso cómo se puede saltar, sin red –decíamos–, del estudio de la teoría y de la historia, asumidas en la docencia filosófica, a la práctica inmediata, con sus descarnadas urgencias. Y así tuve que vivir, en propias carnes, ese reto que nunca antes me había llegado a platear, de hecho, en mi contexto profesional. Tras más de tres décadas de profesor –en el dominio de la estética y la teoría del arte, en el ejercicio de la crítica y en la diversa atención al marco patrimonial y museográfico–, de pronto se vislumbra el ofrecimiento insospechado y me encuentro con el guante sobre la mesa: la dirección del MuVIM, sin condiciones.

El currículum, sin duda, puede funcionar, llegado el caso, como aval suficiente, y el primer paso protocolario consiste, ya de entrada, como contrastada prueba de fuego, en la presentación del programa concebido en su globalidad, junto con el calendario pormenorizado de su aplicación inmediata. Tras el rechazo inicial y la reiterada insistencia, solicité –como mínima compensación estratégica–una semana de obligada reflexión. Finales de enero del 2004. Fueron necesarias diversas visitas privadas –mezclado anónimamente entre el público– al museo, en sus diferentes secciones y vertientes.

La perplejidad no es buena compañera de viaje, ni la indecisión tampoco. La tentación por la experiencia ofrecida, en una opción única, sin duda apabulla y bloquea. Algo así quizá solo se plantee una vez en la vida. Duda, responsabilidad, deseo y cálculo de fuerzas. «Ahí está el museo, a tu disposición. Puedes proponer el perfil que estimes oportuno y orientarlo como consideres necesario».

Frente al ovillo, no es fácil descubrir el extremo del hilo funcional. Lo único fijo era el nombre del museo. Y ni eso siquiera era inamovible, ya que se me ofrecía, también, si así lo deseaba, poder volver a su nominación inaugural, de años antes. A fin de cuentas, al centro, más allá de denominársele «Museo Valenciano de la Ilustración» –como era el sueño del bibliófilo Manuel Tarancón–, pronto le fue políticamente añadido el apelativo segundo «y de la Modernidad», sin duda alguna para reventar más fácilmente el proyecto inspirado entre las páginas de la Encyclopédie.

Juegos sucios de la política inmediata sobre el tablero del ajedrez local. Lo habíamos vivido de lejos –aunque habitando, desde hacía años, en el histórico barrio de Velluters–, desplazándonos cotidianamente entre él y las aulas de la Universitat. Y así fuimos asistiendo a las metamorfosis del nuevo museo, vecino de iniciativas inseguras y escenario de extraños poderes. Ayer de la Ilustración (imposible) y luego de la Modernidad (dudosa). Y así le va a la cultura y a la educación y a la investigación y a la política…

De nuevo, pues, el MuVIM en el aire y yo mismo entonces, azarosamente, sentado en frente, con un café ya frío y unos folios aún en blanco. Allí estaba, entre preocupado y seducido, un catedrático de Estética y Teoría del Arte, viajero por tres universidades y retornado a Valencia, que, sin duda, desearía encontrar la aguja ilustrada en el pajar de la modernidad.

¿Por qué yo y ahora? Me preguntaba con intermitencia, varias veces al día, mientras garabateaba ideas, sentía vértigos, anotaba actividades diversas y las volvía a tachar, setenta veces siete. ¿Por qué yo? Pues porque estaban realmente contra la pared y sin salida, al menos en la compleja charnela de lo cultural y quizá también perplejos frente a la responsabilidad de entender la política como servicio, me respondía a mí mismo. La patata caliente del MuVIM seguía rodando, pues, por los despachos.

De hecho, mi especialidad –como filósofo–se había acercado pautadamente y al máximo, durante décadas, a la estética del XVIII francés, a la vez que mi interés por el arte contemporáneo –como profesor de la especialidad de historia del arte–había reforzado igualmente mi actividad como crítico y como colaborador de instituciones museográficas. Ambas vías seguían así plenamente activas, abriéndose a mis investigaciones, a la docencia, a las numerosas publicaciones y diversos asesoramientos.

Sin duda, no había sido azarosa la decisión que me enfocaba en el escenario de aquella representación, frente al problema, aunque personalmente nunca antes, yo mismo, me lo hubiese planteado. ¿Qué hacer con el MuVIM, si ni siquiera estaba reconocido, en aquellas fechas, como museo? Pero ahora sí, el que se hacía aquella pregunta, preocupado, en voz alta, era yo.

De hecho, toda mi trayectoria se había satisfecho en el contexto universitario. Con un pie fuera y otro dentro, entre la universidad y la sociedad, siempre pensando en el mejor beneficio de ambas. Y así –pensaba–debía seguir también ahora, justamente en aquella dudosa tesitura. Y por ahí comencé a trenzar el hilo para dominar el ovillo. El museo debía plantearse como una especie de dinámica extensión cultural y pública de la universidad, afín además a los profesionales próximos a los plurales espacios de la cultura.

Necesitaba un público implicado y que se sintiese fidelizado con nuestros proyectos. Debía contar con un público diferente al habitual –en mi caso, universitario y profesional–, pero también debía mantener al público de la tercera edad, así como el infantil y juvenil, sin renunciar a la llave del turismo cultural y de la presencia ciudadana en general. Complejo y retorcido panorama. Pero ahí, bien dibujado y cada vez más claro, quedaba el mapa potencial del deseo.

Un museo como el que yo quería implantar debería centrarse especialmente en la investigación, mirando hacia la historia y hacia la actualidad, pero asegurando, además, a ultranza, su íntima correlación. Se trataba de investigar y de apuntalar la transferencia de conocimientos obtenidos hacia la actualidad. De ahí que uno de los ejes básicos del museo –pensé–tenía que ser indudablemente su biblioteca –una importante y especializada biblioteca–, aunque, de hecho, en aquel momento aún no existiera funcionalmente.

Habría que plantear, por otra parte, las iniciativas propias del programa del museo a base de bloques de actuación. La pluralidad de públicos se vería satisfactoriamente implicada, siempre que esta premisa de planteamiento global funcionase. Los temas de estudio abordados, en su imprescindible transversalidad, se encarnarían paralelamente a) en posibles congresos, que dieran coherencia y peso a las investigaciones programadas, y para ello la firma de convenios con facultades y centros especializados sería algo imprescindible; b) en muestras expositivas que asumieran los campos de materias emblemáticas seleccionadas, preferentemente de producción propia, pero contando, siempre que fuese posible, con sólidos intercambios y respaldos nacionales e internacionales, cuyos resultados concretos pudieran además someterse a estudiadas itinerancias; c) en numerosos talleres educativos para públicos específicos, planteados de manera sumamente creativa y diversificada, que fuesen capaces de aplicar las temáticas respectivas, abordadas en el museo, también en el dominio de la educación artística; d) en la organización de programas de cine, que estudiaran asimismo –a base de conferencias, películas y ediciones ad hoc–tales cuestiones en paralelo, con frecuencia de carácter bimestral y con preinscripciones aseguradas, por parte del público cinéfilo, como una de las bases decisivas de la cultura de la imagen propiciada; e) en una serie de publicaciones propias, respaldadas por convenios con centros universitarios y otros grupos de edición, que reforzaran el radio de acción, de difusión y creación, cubierto en y por colecciones distintas, y f) también en otras numerosas actividades complementarias, donde, por ejemplo, la música, el teatro y la danza tuvieran su respectivo lugar asegurado, asimismo, en el MuVIM. Yo mismo venía dirigiendo, desde hacía años, un potente Máster Oficial de Estética y Creatividad Musical en la Universidad, con intensa resonancia y larga duración promocional.

Sin duda, el sueño comenzaba a perfilarse, sólido y viable, en mi imaginación. Pero la realidad quizá estaba francamente lejana, todavía. ¿En torno a qué núcleo básico iba a correlacionarse el mundo de la Ilustración con el de la Modernidad, en el nuevo proyecto? Efectivamente, por mi parte, aspiraba a pergeñar una charnela sólida y coherente, como fundamento museológico del nuevo centro que auspiciaba. Una bisagra que asegurara sobradamente la teorización oportuna y versátil, así como la historicidad perentoria y vivaz de sus concepciones. Era imprescindible. Luego ya –sobre ellas–podría ser instaurada, a su vez, la decisiva operatividad de la programación museográfica, cíclicamente actualizada, en los bloques temáticos y globalidades asumidas.

Pero ¿dónde iba a descubrir realmente el punto de anclaje pertinente, que sostuviera todo el entramado necesario, para poner en marcha aquel macroproyecto, de momento solo imaginado?

La clave iba a encontrarla, inesperadamente, en una conversación mantenida entre colegas de mi especialidad, justamente en un viaje para asistir a una reunión periódica del área de Estética y Teoría del Arte. Siempre fuimos un área reducida y bien avenida, de conocidos catedráticos, no más de media docena en total, abiertos a la colaboración, de amplia producción filosófica y excelente cobertura de resonancia social también. Justamente les estaba comentando –en estrecha confianza y camaradería, en plena sobremesa–el ofrecimiento recibido, que de ser aceptado, por mi parte, implicaría, por cierto, una temporal comisión de servicios y el correspondiente alejamiento provisional de la docencia universitaria. No obstante –les puntualicé, con total sinceridad–estaba aún en esa fase de reflexión activa y actitud preocupada, que fluctúa constantemente entre la duda y el entusiasmo, entre el rechazo y la reconsideración, entre la formulación del proyecto y el abandono. Definitivo, quizá.

En tal circunstancia, la pregunta que se me formuló en público por parte de uno de los colegas presentes se refería precisamente al nombre del MuVIM, dudando si se concretaba, de hecho, el diálogo de la modernidad ya con el contexto de la Ilustración histórica del XVIII ya con el dominio de la potente y amplia ilustración gráfica actual.

Sin duda, la clave de la cuestión estaba prendida en la respuesta, pero era la pregunta la que ponía ciertamente los puntos sobre las íes. Mi larga explanación de entonces, frente a expertos, fue determinante, tanto respecto a la formulación minuciosa del proyecto, como en relación con mi aceptación definitiva. Todos se ofrecieron a colaborar en aquel sueño con aureola de posibilidades y, de hecho, la mayoría de ellos fueron desfilando, en años sucesivos, por los espacios del museo, participando en actividades diversas.

El punctum saltans de aquella conversación, en la que asumía el sobrevenido papel de protagonista, radicó en la rica ambigüedad que comportaba la propia palabra ilustración, de cuyos matices no quería prescindir en cualquier caso. La verdad es que siempre había pensado, sobre todo cuando disfrutaba hojeando, con pasión y guantes, las páginas de los volúmenes de la Encyclopédie, que aquella aventura editorial no hubiese sido ni mucho menos la misma sin la participación efectiva y directa de los eficaces ilustradores, junto –por supuesto– con la actividad de los comprometidos ilustrados.

Pocas veces, como en aquella sobremesa, vi tan claro, a través de la argumentación de mis palabras, el fundamental papel histórico que los ilustrados y los ilustradores –es decir, los textos y las imágenes, en su conjunto y resolutivo viaje por la historia del XVIII–habían desempeñado conjuntamente. Era la historia del pensamiento la que se barajaba y recogía, de manera decidida, en aquel empeño editorial, pero era asimismo la historia de los medios de comunicación la que se trenzaba precisamente, con enérgicas puntadas y cicatrices, en aquel escenario de futuro.

Pues bien, en el viaje de retorno, mientras el paisaje iba desfilando, a velocidad controlada, por la ventanilla, ya fueron quedando garabateados los primeros bloques del proyecto del futuro MuVIM, en los folios de mi cartapacio marrón. El punto de apoyo, para mover el brazo de palanca de mi apuesta, iba a ser el cruce decisivo y el encuentro entre la historia de las ideas y la historia de los medios de comunicación. ¿Qué mejor bagaje podía ofrecer a la superposición diacrónica entre la Ilustración y la Modernidad, entre el XVIII y el recién iniciado siglo XXI, entre la historia y la cotidianidad?

De pronto, el deseo de armonizar la presencia activa de un museo de las ideas con la fuerza propia de un museo de los medios de comunicación había comenzado a funcionar, como esponja catalizadora de posibilidades múltiples. Como profesor de filosofía y como especialista en estética y teoría del arte, había dado un resolutivo paso hacia delante.

Fue así como el diálogo de las imágenes y las palabras cruzaba la historia entera del pensamiento –en un abrir y cerrar de ojos proyectual–, desde el mundo griego al humanismo renacentista y de este a la escuela clásica francesa. Desde la Ilustración al romanticismo y de este a la Revolución industrial; de la imprenta y el mundo del grabado al contexto del diseño gráfico, el cartelismo y la tipografía. De la fotografía al cine y la televisión, del diseño industrial a la tecnología de los medios de comunicación y las inagotables experiencias contemporáneas.

De pronto había comprendido la revulsiva orientación que merecía, de hecho, el Museo Valenciano de la Ilustración y de la Modernidad, manteniendo activa, además, la Exposición Permanente (del viejo MuVIM inicial y cuya continuidad peligraba), que estratégicamente apuntaba al desarrollo explicativo de la historia de las ideas, pero que además necesitaba muchas cosas más en su entorno, para cobrar pleno sentido, poder y actualidad. Así, de un solo golpe de mano / de una correlación funcional de fuerzas, a) se había dotado de nuevo alcance a la muestra permanente, que continuaría atendida; b) se había articulado el museo en torno a una biblioteca (transformada en primer objetivo inmediato de puesta en marcha); c) se contaba ya con un revulsivo borrador museológico a caballo entre la historia del pensamiento y de los mass media; d) se redactaba el primer programa de estudios y exposiciones, en torno a la imagen (fotografía y cine), a caballo del diseño gráfico, el cartelismo y el diseño industrial, y e) se apuntaba la necesidad de conectar los dominios del arte y de la educación en el seno de la investigación más propia y genuina del museo.

Por primera vez entendía perfectamente –yo mismo–la importancia que podría tener el hecho de asumir las claves de un museo de patrimonio inmaterial –planteado como museo de las ideas y sus transferencias a través de los medios de comunicación, desgranados por la historia–y articular en su entorno la vida de un centro como el MuVIM, dependiendo de la historia del pensamiento y abocado al estudio de la vida cotidiana, transformada por sus contactos con el arte, el diseño y una nueva cultura, aguijoneada desde la alta tecnología y sus implantaciones con las nuevas experiencias estéticas.

En realidad, ahora sí, un perfil diferente y diferenciado se iba abriendo camino hacia la definición del nuevo MuVIM. Pero, más allá de esa dualidad imprescindible e imbricada –líneas museológicas concebidas y/o posibilidades de acciones museográficas–, era consciente de que no contaba con un equipo de profesionales adecuado a nuestros fines y ambiciones, aquí apuntadas en cascada. Había, pues, que abrir y atender, además, otro frente selectivo y complejo.

La respuesta positiva provisional, por mi parte, al ofrecimiento de la dirección del museo llevó implícita un racimo de condiciones. La primera y principal era el explícito y efectivo respaldo institucional a las líneas generales del proyecto museológico aportado, así como también y en paralelo se planteó grosso modo el soporte económico adecuado y la pertinente dotación del equipo profesional necesario para llevar a cabo el programa museográfico en sus diversas vertientes.

En los años que dicho pacto político-cultural efectivamente funcionó, todo fue rodado en el museo. Pero luego, en la medida en que fueron variando –con más celeridad de la esperada o temida–los responsables políticos de la institución y se apuntaron intervencionismos salpicados, las cosas se fueron complicando a buen ritmo. En realidad, históricamente aquel sexenio liberal permitió colocar al MuVIM en la onda que le correspondía. Y esa baza fue la importante.

Por mi parte, tenía claro que solo una estrategia de auténtico equipo, fuerte, flexible, resistente y capaz, podría llevar a cabo tal iniciativa. De ahí que la cesión y el reparto efectivos de responsabilidades, delegadas en los distintos colaboradores, eran, desde mi óptica, el único camino hábil y eficaz para articular una entrega personal y colectiva de manera sistemática.

Al tratarse de una institución cerrada sobre sí misma y con una fuerte carga histórica, como era la Diputación, de la que dependía el museo, y proviniendo yo mismo de la Universitat de València, una entidad muy diferente a la anterior, tuve claro que imprescindiblemente debía contar con una persona conectada de forma estrecha al contexto de la Diputación, alguien que conociera sus claves funcionales y estuviera familiarizado con sus estructuras, medios y habituales estrategias. El puesto de subdirector sería el idóneo para cubrir tales objetivos. Asimismo debería estar perfectamente entregado y sin condiciones al proyecto común, sintiéndole, yo mismo, siempre próximo y a mi lado.

Era claro que la nueva deriva del MuVIM, como museo de las ideas, tal como acabó denominándose, directamente vinculado al patrimonio inmaterial, pasaba precisamente por una fuerte carga reflexiva, tanto en el estudio de la historia como de la actualidad. Se trataba de articular –como hemos indicado y sustenta su nombre–la herencia del Siglo de las Luces y abriéndose a las diversas formas de modernidad, que deseábamos abordar, desde la diacronía de los medios de comunicación. Y en ese sentido, el perfil de filósofo en su formación, la especialidad de gestor cultural en su profesión y la condición de ser funcionario de la institución fueron notas que vinieron a sumarse a las exigencias de rigor, experiencia, entrega y abierto compromiso ciudadano, que había pensado para la persona que fuera a ocupar, a mi lado, la subdirección del MuVIM. En mi lista anoté, con lápiz, Francisco Molina, y quedé para hablar primero con él. Todo fueron, por suerte, entusiasmos compartidos y descubrimientos de afinidades, desde un principio. Debería ser competente en la supervisión de todas las secciones y encomiendas internas al museo, así como estar dispuesto a responder a cualesquiera requerimientos externos. El día a día pasaba, minuciosamente, por sus manos y nunca hizo dejación de sus compromisos, colaborando además con cualesquiera secciones y encargos. Ni siquiera en el último momento de mi estancia en el centro. Allí le tuve a mi lado, incluso con el riesgo de verse salpicado efectivamente por el entorno polémico del final de nuestro viaje común. Amicis denique hora.

El asegurar igualmente un responsable del programa de actividades expositivas, que comulgase enteramente con la idea diferencial, frente a otros museos del entorno, que deseaba vivamente para el nuevo MuVIM, era otra de mis hondas preocupaciones. Por mi parte, conocía el IVAM, en su funcionamiento desde dentro, del que había sido durante décadas miembro del Consejo Rector, y otro tanto podría afirmar del Museo de Bellas Artes, como numerario de la Real Academia de San Carlos y vicepresidente de esta, que entonces era. Y anhelaba, de acuerdo con los planes museológicos ya expuestos, trazar un programa museográfico diferenciado al máximo, moviéndonos en las fronteras transversales de las relaciones artísticas entre artes plásticas y artes visuales, entre arte y diseño –en sus distintas modalidades, gráficas e industriales–, es decir, entre artes aplicadas y bellas artes. Y sobre todo fiaba en la posibilidad de investigar en el extraordinario ámbito de los trabajos sobre papel. Ahí radicaban –en ese dominio de intersecciones abiertas–nuestros ambiciosos espacios de intervención, aún no descubiertos, de hecho, en sus posibilidades de conjunto, de cara a un museo como el que soñábamos.

Realmente sabía lo que deseaba y era sumamente consciente de las dificultades añadidas que todo ello podría conllevar. Pero los hados me fueron sumamente favorables. Justamente quedaba liberado de su contrato anterior el pedagogo Carlos Pérez, experto curtido en sus destinos anteriores, en otros destacados museos –en el IVAM y en el Reina Sofía–, y que como anillo al dedo, para mis necesidades de futuro, poseía el perfil adecuado, el empuje suficiente, una formación sin fronteras y además disfrutábamos mutuamente de nuestra amistad desde hacía años. La cultura francesa, que compartíamos, iba a ser un decisivo aglutinante en nuestro nuevo destino. Sagaz, socarrón, leal, incansable, locuaz, proclive a explorar ámbitos de culturas no centrales pero decisivas en la realidad cotidiana, con su móvil siempre al oído y el ánimo bien dispuesto, comenzó a lanzarme ideas y sugerencias apenas nos sentamos, para hablar de proyectos, ante el primer café obligatorio de aquella temporada.

Como era lógico, Carlos Pérez estaría a la cabeza del Equipo de Exposiciones, que como núcleo duro debería contar además con un grupo selecto de conservadores y de expertos fijos y otros móviles, según proyectos y propuestas. Estuvimos de acuerdo enseguida en la necesidad de disponer de gente joven, ilusionada y con cierta experiencia y, sobre todo, con deseos de desarrollar sus conocimientos y habilidades en tal especialización. Fue así como contamos escalonadamente con María José Hueso, María José Navarro, Carolina Ruiz, Eva Feraz, María García o Elisa Pascual. Pero también incorporamos a expertos y experimentados a esta sección como Félix Bella o Pep Monter y a colaboradores puntuales como Rafael Ramírez Blanco o Paco Bascuñán, que en el equipo de exposiciones atendieron particularmente a la edición, diseño y montaje de sorprendentes proyectos, con solvencia y capacidad excepcionales. Las lecciones que se ejercitaron, en la práctica, fueron extraordinarias. De hecho, muchas de las propuestas desarrolladas podrían ser estudiadas como modélicas. Doy fe.

Las fichas de ajedrez iban ocupando el tablero. Pero tenía bien claro, sobre todo, que los programas expositivos, siendo claves e imprescindibles, no agotaban, ni mucho menos, los dominios decisivos que satisfacer en esa ejemplar globalidad interrelacionada a la que aspiraba como máximo objetivo.

La piedra fundamental era la conversión y el reconocimiento del museo como centro de investigación, lo cual implicaba, a su vez, la existencia de un Centro de Estudios, una Sección de Publicaciones, un Centro de Documentación, un Archivo y sobre todo una Biblioteca especializada. Alguien me comentó, desde la vertiente política, durante los encuentros y las negociaciones previas: «Eres incansable, cada día llegas con un listado mayor».

Posiblemente fuera así, pero era a fortiori esa cadena de enlaces lo que aseguraba mi creciente entusiasmo, al margen, claro estaba, de las inquietudes y dudas que motivaba también, en nuestro proyecto, el hecho de constatar las inestabilidades y los riesgos que los entrecortados diálogos entre política y cultura motivaban, a menudo, en el seno de la Comunidad Valenciana desde los nuevos poderes establecidos. El texto programático, que estaba escribiendo en torno al museo, día a día, no podía independizarse, en absoluto, del contexto político-social que nos circundaba. ¿Sería realmente posible establecer una sólida colaboración entre tantas diferencias efectivas? Consideré, no obstante, que debería intentarlo por mi parte. Quizá los posibles logros, por los que apostaba, incidirían socialmente, si había suerte, en beneficio de nuestra propia cultura y de la consistencia y desarrollo ciudadanos.

La apuesta, pues, por el Centro de Estudios debería contar asimismo con un grupo de expertos, conectados al marco de la universidad, capaz de poner en marcha, organizar y supervisar el desarrollo de encuentros, congresos y seminarios en el MuVIM, pero siempre en estrecha relación con otros centros universitarios valencianos, nacionales e internacionales, que aportaran participantes, ponentes y financiación. De hecho, a la vez que se preparara una muestra concreta, por parte del Equipo de Exposiciones, se articularía también un encuentro específico que, en paralelo, arropase el estudio de la propuesta global sobre el tema establecido.

De hecho, en cada circunstancia, un profesor actuaría como director del congreso, correlacionando estrechamente la universidad elegida con el MuVIM. El proyecto estaría preparándose dos años antes de su celebración, estudiando el listado de ponentes, los profesores invitados y las inscripciones disponibles. Siempre se arbitrarían becas y ayudas para la asistencia de cara a quienes las necesitasen, y las universidades facilitarían créditos a nuestros proyectos de cara a los respectivos alumnos asistentes. Todo aconteció, en realidad, tal como se había planificado.

En el Centro de Estudios encontré mi brazo derecho en el profesor de Sociología de la Universitat de València, que compartió destino con su importante puesto en el MuVIM, Vicent Flor. Entendió pronto y a fondo mi propósito interdisciplinar de dar un intenso tono investigador a las actividades del museo. Y asumió a fondo su tarea de responsable del Centro de Estudios, con una eficacia que me fue reiterada, con insistentes mostraciones de agradecimiento, una vez tras otra, al finalizar cada actividad desarrollada, durante aquellos años, por parte del profesorado implicado. Y yo mismo, una vez retornado a mi cátedra, dejado el MuVIM, le eché claramente de menos en estos menesteres organizativos y de gestión, en otros medios y contextos.

Otra vertiente del Centro de Estudios la constituirían los Encuentros sobre Cine, de carácter trimestral, que adquirieron efectivamente un éxito inesperado, imbricando conferencias, ciclos de cine, debates y publicaciones que recogían las ponencias correspondientes en los cuidados volúmenes de la colección «CinemalMuVIM», que siempre fue una de las más solicitadas entre las nuestras. La responsabilidad de esta sección la deposité en el profesor Manuel Ventimilla, que siendo además funcionario de la Diputación supo unir a sus clases universitarias sus complementarios afanes de cinéfilo con aquel encargo organizativo, que para mí era vital. De hecho, mis afinidades con el mundo de la imagen, desde la óptica de la filosofía, habían comenzado hacía décadas, con la realización de mi tesis doctoral sobre cine, en la década de los sesenta, y explicando interdisciplinarmente la asignatura «Teoría de la Comunicación Artística», que permaneció en el programa de la licenciatura en Filosofía, abierto también optativamente a otras especialidades, hasta entrados los ochenta, en la Universitat de València.

Las primeras tesis doctorales que luego dirigí también fueron sobre cine, aunque posteriormente la filosofía, la música, las artes plásticas, la historia, la comunicación o la gestión cultural fueron completando –en los 43 años de docencia vividos–los dominios temáticos abordados en la amplia lista de las más de 80 tesis doctorales dirigidas. Toda una vida, pues, que ni siquiera disminuyó, sino que tomó nuevos vuelos, en mi etapa de director del museo.

En efecto, las conexiones entre cine y educación nunca fueron ajenas a mis preferencias docentes y profesionales. Por eso tampoco podría el cine estar ausente de mi forma de entender el desarrollo de un museo –como el MuVIM – que yo deseaba.

El Centro de Estudios era, por tanto, un dominio de cohesión, investigación y consolidación histórica y teórica que afectaba a la marcha global de nuestro proyecto museográfico. Junto a las dos personas responsables, en sus respectivas secciones, había otros colaboradores que completaban el equipo sectorial. Me gustaría citar, con afecto y recuerdo, a Ana Martínez, Ada Moya y Helena Mansanet.

En la concepción unitaria que deseaba consolidar, junto al Centro de Estudios, no podían faltar la Biblioteca Especializada que el MuVIM añoraba y el imprescindible Servicio de Publicaciones. Sin minimizar sus conexiones, tampoco restringí nunca sus autonomías respectivas y sus correspondientes responsabilidades.

El proyecto de la biblioteca ocupó mis primeras entregas, ya que, en el calendario funcional que provisionalmente marqué, su inauguración oficial –en otoño del 2004–acabó suponiendo el inicio efectivo de las actividades del museo. Además, aquella fecha de finales de octubre encarnaría para siempre –pensaba yo–la fiesta de Puertas Abiertas de la institución, con edición de carteles, regalos de libros, conciertos y una intensa semana de actividades especiales, en rememoración de nuestra historia compartida, que al menos aquellos años recordados se llevaron a cabo con asistencia a tope de público fidelizado.

Sin el fichaje e incorporación de una serie de nombres, para mí entrañables, nada de este sueño en torno a la biblioteca vacía hubiera sido posible. Comenzando por Ana Reig –que disfrutó de pleno, me dijo, de que un filósofo dirigiera inesperadamente el museo–y siguiendo por el resto de un equipo entregado y generoso: Benedicta Chilet, Sergio Vilata o Josep Cerdà. Quisiera activar aquí –justamente–su memoria como excelentes profesionales. Ellos lo fueron todo. Res gestae. Ahí están los hechos.

No quería –lo he repetido hasta la saciedad–un museo que dispusiera de una biblioteca bien dotada, sino de una biblioteca en cuyo entorno, activo y reflexivo, se gestara paralelamente un museo. Y así fue. Los responsables de la biblioteca, que también lo fueron del Centro de Documentación y del Archivo, que propiciamos de forma entusiasta, asistían asimismo a las reuniones cíclicas de programación del museo. Eran un eslabón más y no un aditamento frente al todo. Cualquier iniciativa debería contar, pari passu, con las opiniones, sugerencias y participación de los diferentes sectores del gran equipo. Y esto siempre fue así, mientras duró la aplicación efectiva de la «Fórmula MuVIM», que conseguimos poner en marcha, con la edición del Farem anual, donde se recogía toda la programación, por adelantado, en sus distintas facetas y capítulos. Nuestro público fidelizado conocía el calendario puntual del museo, un año antes, y podía decidir sus inscripciones y asistencias. También en esto fuimos diferentes y sostuvimos nuestra originalidad hasta el final, como lo atestiguan las seis publicaciones del Farem 2005/2010, con sus introducciones explicativas y las justificaciones sociopolíticas que la cultura artística y museográfica, en cada caso, merecía, de manos de su director.

La utilidad del Farem era amplia y diversa: como recordatorio programado para las actividades, como vademécum para el equipo de trabajo y como guía para la visión global del proyecto museográfico. Ahora, históricamente, sirve como memoria fundamental de aquel sorprendente esfuerzo colectivo.

Otro gozne especial, entre el Centro de Estudios e Investigación y la Biblioteca, era el Servicio de Publicaciones y Comunicación, cuyas cabezas responsables y activas, en todos los sentidos, fueron el periodista Ricard Triviño y el filósofo Pep Monter, junto con el historiador Pep Cerdà. He de confesar que siempre fui sensible –en mis más de cuatro décadas de dedicación universitaria y, en este sentido, aún sigo en actividad continua–a la edición de libros, a la puesta en marcha de revistas y a la dirección de colecciones diversas. Incluso en esa época era todavía director del Aula de las Artes (1998-2010) de la Institució Alfons el Magnànim (IAM). Y hoy sigo siéndolo en Publicacions de la Universitat de València de la colección «Estética & Crítica» y en la Real Academia de Bellas Artes de la colección «Investigació & Documents». Cómo no volcarme, pues, en estas tareas editoras plenamente, como director del MuVIM.

Varias fueron las colecciones puestas en marcha durante esos años. Unas lo eran de gestación propia (colección «Biblioteca», colección «Quaderns del MuVIM» o colección «Serie Minor», especializada en cine) y otras eran gestionadas en colaboración con la Universitat de València (por ejemplo la «Col·lecció Oberta») o con otras editoriales especializadas, que colaboraron sumamente en la publicación de nuestros catálogos, por ejemplo Pentagraf o Campgràfic Editors. Justamente en esos papeles, vinculados a la edición (Pep Monter) y a la publicación (Ricard Triviño y Josep Cerdà), la actividad de estas personas responsables fue puntera en alto grado. Para mí, aquella etapa no fue sino una constante reiteración de satisfacciones, redactando numerosos prólogos o puntualizando epílogos, sin dejar nunca de colaborar con sus propuestas y mostrando mi decidido respaldo y seguimiento, en todos los sentidos, a la vida del museo.

Especial fue mi encargo a Pep Monter de convertirse en constante traductor de temas, trabajos y autores de la Ilustración europea, muchos de ellos recogidos, por él, en la citada colección «Biblioteca». Sus estudiados volúmenes, de alto valor e interés intelectual, venían a coincidir además, en su aparición, con fechas determinadas, que ayudaban a celebrar simbólicamente con su aportación.

Hoy, tristemente desaparecidas aquellas ya históricas colecciones, sus volúmenes son títulos agotados y nada fáciles de hallar, que, sin duda, vinieron a puntualizar eventos y rememorar celebraciones destacadas. Luego me he preguntado, recordando aquellos logros editoriales, ¿se puede hacer tanto, en equipo, por la filosofía desde fuera del marco de su directa docencia? Nuestros encuentros, congresos y publicaciones han marcado una época de felices diálogos e intercambios entre la universidad y la vida intensificada de un museo de patrimonio inmaterial, abierto también, a su vez, a las aportaciones correlacionadas, propias de los museos de patrimonio material, a las que nunca tampoco renunciamos, como vía alternativa y/o complementaria. Tal fue, a fin de cuentas, nuestra estrategia bifronte.

Se podrá constatar, mediante nuestras explicaciones, referentes al nacimiento del nuevo MuVIM, cómo las secciones descritas no pueden plantearse plenamente sin entender sus mutuas correlaciones. Pues ¿cómo comprender el Centro de Estudios e Investigación sin el Servicio de Publicaciones, sin el Centro de Documentación, sin la Biblioteca, el Archivo o la Sección de Exposiciones?

Pero aún quedan otros resortes por puntualizar, que fueron asimismo plenamente determinantes en el relanzamiento del MuVIM, como el Gabinete de Educación Artística y Museo, diversificado en su actividad, atendiendo directamente a distintos bloques: a) la sección destinada a la tercera edad; b) los apartados de talleres orientados genuinamente para el ámbito infantil, y c) la sección juvenil y también de otros públicos adultos y/o profesionalmente especializados.

Siempre fui consciente, desde hacía excesivo tiempo, del vacío existente en la intersección definida por los posibles encuentros entre el mundo del arte y el ámbito de la educación, tanto en el marco de la vida de nuestros museos como, en general, en los currículos de nuestras propias universidades. Tanto era así que, desde el Institut Universitari de Creativitat i Innovacions Educatives, que durante tantos años he dirigido en la Universitat de València-Estudi General, pusimos en marcha hace quince años el «Postgrado de Educación Artística y Gestión de Museos», que sigue manteniendo su buena salud promocional en la actualidad, y ha merecido incluso el público reconocimiento de su excelencia con el galardón del ADEIT.

Téngase en cuenta, pues, que al ponerse en marcha la remodelación del MuVIM el postgrado citado ya existía entonces en la Universitat, bajo mi dirección y la colaboración directa del profesor Ricard Huerta. Con ello quiero apuntar que dicha vertiente educativa, relacionada con el arte y los museos, lógicamente, se vio acrecentada con la posibilidad de que la dirección de un museo se vinculara, de algún modo, a tal entramado de actividades y proyectos. Y así ocurrió, por cierto, pasando abiertamente a la acción conjunta, con la firma de un convenio entre el MuVIM y la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación. El primero entrando a formar parte del cuerpo de profesores del Postgrado de Educación Artística y la segunda asumiendo la responsabilidad de coordinar los diferentes congresos y jornadas programados en el museo acerca de los temas educativos. De esta manera, cuatro volúmenes de la «Col·lecció Oberta» han sido coordinados por los profesores Ricard Huerta y Román de la Calle, editados desde la Universitat de València en colaboración con el MuVIM. Hoy son ya todo un referente editorial sobre este dominio de cuestiones. Y tal colaboración sigue en pie, ya reorientada institucionalmente. Fragmentos de vida compartida.

Pero también el propio MuVIM puso en marcha su Gabinete de Educación, centrado, como hemos apuntado, en diversas facetas de públicos y, por tanto, también de diferentes actividades. En primer lugar, me preocupaba –ya que nunca antes, en mi docencia, investigación o gestión me había centrado en este segmento educativo–la tercera edad. Incluso podría argumentar, a favor de esta reorientación personal, el hecho de que yo mismo ya disfrutaba de la edad pertinente para ser oficialmente encuadrado en tal capítulo de personas. Pero, sobre todo, porque tenía claro que en la creciente estabilización de la sociedad, la denominada cultura del ocio disfrutaba ya de un espacio privilegiado, frente a la vida de los museos. Y no podía permitir que esa oportunidad se nos pasara por alto, desde el primer momento. Ahí debíamos estar.

Pensé que disponía, además, de la persona adecuada, desde el propio MuVIM, para coordinar esta vertiente educativa en general y de la propia de la tercera edad en particular. Necesitaba, para ello, incorporar al destacado estudioso e investigador Rafael Company a mi equipo del museo. De hecho, fue él el primer responsable, como subdirector, desde un principio, del MuVI inicial, que la Diputación construyó y puso en marcha, con el inicio del siglo XXI, en aquella arquitectura, galardonada con el Premio Nacional de Arquitectura, concedido a Vázquez Consuegra, con quien luego me uniría una buena amistad.

Precisamente Rafa Company había sido destacado alumno mío en sus estudios de Historia del Arte y conocía su capacidad organizativa y su profunda sagacidad argumentativa. De ahí que su dimisión como responsable del MuVI(M), a finales del 2003, me dejara –como vecino del barrio–sumamente perplejo, al sentirse dilatadamente contra las cuerdas, desde la política, frente a la cultura, en defensa de su proyecto en favor de la Ilustración, al hilo de la Exposición Permanente de aquel centro, que había sido su ojo derecho y se hallaba ahora marginada y en peligro, con la zigzagueante «llegada de la Modernidad», junto al «Museo Valenciano de la Ilustración» y su anunciada reestructuración.

De hecho, lo primero que pregunté –cuando se me hizo el ofrecimiento personal de dirigir el centro museístico–fue por el futuro de Rafa Company. Y se me confirmó que había sido voluntaria su solicitud de descanso temporal y que quedaba asegurada su vinculación funcionarial con la Diputación. Efectivamente me pareció importante su continuidad de estancia liberada en el centro. Pero pasados unos meses, me interesé en conseguir su adscripción explícita y definitiva a determinadas tareas que el museo exigía. No me fue, en absoluto, difícil lograr su respuesta positiva. Es más, me consta que la información de mi inmediata llegada al MuVIM, como director, fue, para él, una excelente noticia, en todos los sentidos. Igual que mi pública dimisión –años después–le sorprendió duramente, con lágrimas en los ojos.

Personalmente, mi propuesta, centrada en la coordinación del Gabinete de Educación y Orientación del Museo, implicaba diversas facetas, que ya intenté dejar bien claras: a) la Exposición Permanente («La aventura del Pensamiento»), que tan bien conocía R. Company, como fruto directo de sus objetivos históricos, nacida de un sólido esfuerzo educativo, abierto a miles de visitantes, iba a seguir desempeñando un papel central e incluso reforzado, desde la Biblioteca, Archivo y Centro de Documentación; por eso deseaba que él siguiera siendo su sombra ejecutora y que, técnica y tecnológicamente, estuviese amparada por la actuación del especialista Bernard Custard, vigilante refuerzo de su vertiente funcional; b) el MuVIM per als majors tenía amplias posibilidades, contactando con otras instituciones oficiales de la misma línea, desarrollando programas propios y actividades específicas; efectivamente R. Company sabía ganarse la colaboración de los mayores y prevenir sus condiciones y preferencias, pero también le interesaba investigar esas vías de creciente intervención, y contaba con su entrega y dedicación en ese sentido; c) la nueva vertiente educativa que la figura del museo, centrado en los valores de patrimonio inmaterial, suponía y relanzaba, necesitaba asimismo un mensajero investigador, de experiencia probada en ese apartado que representaba una nueva apuesta del Consejo Internacional de Museos (ICOM); y para ello también la formación de Rafa Company podía ser una baza indiscutible, dispuesta a participar nacional e internacionalmente en tal encargo; d) como responsable del amplio equipo pedagógico y didáctico, que deseábamos poner en marcha en el museo, era imprescindible el desarrollo de numerosos talleres educativos, su programación global y seguimiento puntual; asimismo la puesta en marcha periódica de grupos de becarios y de alumnos en prácticas que aseguraran y enriquecieran tanto la estrategia de las visitas guiadas como la colaboración con los montajes de exposiciones, en cuanto vertiente didáctica sumamente eficaz, necesitaba ser coordinada.

Por todo ello, tras la figura catalizadora de Rafa Company, venía la relación de personas implicadas en esta compleja sección. Todas ellas deberían destacar por sus iniciativas, por su participación en grupo y por su entrega didáctica y pedagógica. No me fue fácil reunir aquel conjunto versátil de sensibilidades educativas, proyectadas sobre el dispar dominio de actividades que iba a estructurar nuestro programa oficial. Pero, la verdad, es que respondieron, desde un principio, al entender precisamente la relevancia de su misión de cara al conjunto global de funciones entreveradas que suponía el MuVIM. No puedo dejar de recordar con afecto a Victoria Ferrando, Esmeralda Hernando, Araceli Vivó y Sara Sanjuán, enfrascadas todas ellas siempre en una incansable actividad, sin relegar además –en este afectuoso recuerdo–a la cantidad de equipos de contratación periódica que participaban en nuestras numerosas actividades didácticas.

En lo tocante al Servicio de Comunicación y Relaciones con los Medios, todas las entidades dependientes de la Diputación, incluido nuestro museo, compartían el equipo oficial, instalado en Presidencia. Sin duda, era un modo evidente de centralización funcional y de control. Lo mismo ocurría con los presupuestos de publicidad, algo que siempre me sorprendió, dado que se utilizaban con la perspectiva directa de poder sancionar y/o respaldar, según los casos, la política de información realizada por los distintos medios de comunicación, de acuerdo con sus cercanías o distanciamientos, según sus críticas o apoyos ideológicos. Esta faceta siempre me causó dificultades, ya que no era fácil recurrir a la publicidad en medios especializados para anunciar nuestras actividades, tales como revistas de arte, nacionales o internacionales. Peajes inveterados.

La verdad es que los profesionales asignados para estos fines operativos de ruedas de prensa y acceso a los medios, por lo general, hicieron alarde de su versatilidad y seria dedicación, frente a nuestros especiales cometidos y proyectos procedentes del museo y su inesperado relanzamiento y prestigio sobrevenidos en poco tiempo, gracias al funcionamiento coherente y sólido del equipo en su conjunto. En este marco de Relaciones Externas contamos directamente con la presencia efectiva de Amparo Sampedro, insustituible en los actos públicos, que tan a menudo debíamos organizar, con numerosísima presencia oficial y fidelizado público asistente. También Margarita Garín coordinó las actividades de difusión y comunicación del museo, con el debido acierto y entrega, el tiempo que permaneció con nosotros.

Bastante dificultad tuvimos para poner en marcha nuestra web y nuestras redes sociales, vinculadas al MuVIM, que debían pasar –se nos dijo–por los habituales registros oficiales de la Diputación y sus servidumbres de control. No obstante, nuestra firme decisión e insistencia reiterada consiguieron una vía experimental inicial, como prueba de excepción, para que el museo pudiese habilitar directamente su web. Nuestro acierto consistió en encargar a un grupo de jóvenes creadores –marginando educadamente al servicio institucional–el diseño dinámico y novedoso de nuestra espectacular web, con una nueva mentalidad del tratamiento de las imágenes. El resultado fue sorprendente, obteniendo un premio internacional, de inmediato, con lo que, de nuevo, avanzábamos a lo grande, también en esta vertiente (galardón concedido por Web Design Index, Peppin Press, 2007). Yo mismo, prestándome a la colaboración, abrí una página de Facebook, a la que coatendía generosamente, junto con otros becarios y colaboradores. Siempre me ha parecido fundamental mantener el contacto directo con la realidad social, sus opiniones y sus críticas. Y esta red era un camino determinante e imprescindible. La experiencia de esos años –me–fue básica y ese ejercicio de continuidad sumamente enriquecedor.

De hecho, cuando decidí dimitir, seis años después, solicité a los técnicos que rescataran, a mi nombre, aquella página de Facebook que seguramente iba a desaparecer de inmediato tras los hechos. Por eso desde marzo del 2010 mantengo –en paralelo y con mi referencia nominal–dos activas y comprometidas páginas de Facebook, que considero complementarias. Algo que a menudo he debido de aclarar a quienes pensaban que me estaban duplicando ilegítimamente. Una anécdota más, fruto quizá de un contexto determinado y determinante.

Por su parte, el equipo administrativo, siempre en la zona oscura institucional, con plena discreción, fue para mí el respaldo que –como agua de mayo– necesita alguien no del todo experimentado, como era mi caso, en esas exigencias y requerimientos ineludibles y fundamentales. Recuerdo perfectamente la conversación y encuentro con el gerente Miguel Porcar, cuando le confesé que necesitaba todo su respaldo y asesoramiento en los asuntos de tramitaciones presupuestarias, balances de gastos, memorias anuales y presentación de controles y auditorias periódicos. Confianza y fidelidad, honradez y transparencia totales eran las cualidades requeridas y esperadas, por sendas partes. Esto aseguró ciertamente el correcto funcionamiento del museo en sus vertientes de gestión y en la económico-administrativa. Nunca tuvimos cuestiones pendientes que pudieran introducir tensiones en nuestras relaciones. Cuando intencionadamente –tras anunciarlo en la prensa–la institución, después de mi dimisión, puso en marcha una durísima, amplia y profunda auditoría, que rastreó cuanto cabría detectarse en el centro en todos los años de mi dirección, ni siquiera entonces fuimos sujetos de ninguna imputación. La profesionalidad de que hicieron gala, trabajando en equipo, me ratifican en el hecho de pensar que merecen justo reconocimiento también Consuelo Viana, Eva de Gracia, Manuel Gómez y Juan Sanz.

Una faceta muy especial significó, para nosotros, la experiencia puntera que asumimos voluntariamente para convertir el MuVIM en el primer museo de la Comunidad Valenciana en conseguir el ISO de Calidad 9001-2008, a nivel nacional, sometiéndonos a estrictos controles en todas y cada una de las distintas vertientes de nuestro funcionamiento por equipos de expertos externos. Personalmente he de decir que asumí la implantación del Sistema de Gestión de Calidad (SGC) como una prueba efectiva del rendimiento de nuestras capacidades, que aplicamos a partir del año 2008, ya que periódicamente, de manera bienal, debían repetirse luego las pormenorizadas y plurales auditorías de calidad en el centro, que afectaban, como se ha indicado, a todas las secciones y personas que trabajaban en él, incluidos también colaboradores y muestreos de público asistente. Para ello hubo que prepararse durante un año entero, creando además previamente un equipo interno para la aplicación del control de calidad, coordinado por Miriam Vitón y reforzado luego por Eva Ferraz, que prepararon las distintas fases de cara a la actuación externa (Organización Internacional para la Estandarización, ISO).

Tal esfuerzo nos sirvió especialmente para reflexionar y analizar colectivamente las estrategias, objetivos y tareas que era necesario desarrollar. La redacción de protocolos y el control de su efectivo cumplimiento, sin duda, nos convirtieron, aún más si cabe, en un equipo entregado, consciente y eficaz.

Sin contar con ello, habíamos encontrado y puesto en práctica una metodología que en años siguientes se iría generalizando. Pero cuando lo conseguimos fuimos el sexto museo español en aplicarnos con éxito estos controles. Creo que fue un acertado autoservicio que hicimos al MuVIM como institución. Para ello sí que contamos en todo momento, hay que reconocerlo, con el respaldo político y económico pertinente.

Por contraste, solo apuntaré que descubrí al hacerme cargo del museo que ni siquiera figuraba en el listado oficial de los museos reconocidos en la comunidad como tales por parte de la Generalitat. Sorpresa y puesta en marcha inmediata. Al año de funcionamiento, tras el éxito alcanzado –al conseguir ser el más visitado de los museos de la ciudad–, abordamos los problemas legales, haciendo posible su solución paulatina y, meses después, se solucionaron los numerosos trámites burocráticos y el MuVIM fue reconocido, por fin, documentalmente como museo existente y activo en la Comunitat Valenciana. Un paso más (Diari Oficial Comunitat Valenciana, n.º 5517/22.05.2007, p. 20601. Conselleria de Cultura. Resolució de 18 de maig de 2007/6442).

El resto de personal del museo, dedicado a información, vigilancia y mantenimiento del centro, supo de inmediato incorporarse también activamente al proyecto. Es curioso cómo puede contagiarse el entusiasmo en una aventura de conjunto, cuando personalmente alguien se sabe partícipe de esta y del papel que en ella desempeña. No solo entonces, sino también luego, he podido darme plenamente cuenta de la relevancia de sus respectivas funciones, asumidas con convicción y eficacia, en aquel periodo de contagiosos optimismos. Ahí están en la memoria.

* * *

A mediados de febrero del 2004, salta a la prensa valenciana la noticia de que iba a nombrarse un director para el MuVIM. Me sorprenden los cortes informativos de los medios presidiendo el tribunal de una tesis doctoral en la Facultad de Bellas Artes de la Universitat Politècnica de València, tras una protocolaria llamada de aviso de la propia Diputación. Allí mismo debo atender las primeras entrevistas.

Unos días antes ya se habían pactado, a nivel general, las claves funcionales del museo, sus secciones, proyectos y equipos de personas que debían formarse. Me había comprometido con el rector de la Universitat de València a terminar el curso académico, impartiendo mis clases y realizando los exámenes. Y así se hizo. La comisión de servicios que debía solicitar se iniciaría, por ello, el primero de junio de 2004. También quedó claro, teniendo en cuenta las limitaciones que el presupuesto del museo sufría, que mis honorarios serían los mismos que ya percibía como catedrático de la universidad. Sin saber lo que me aguardaba ya pensé, desde el principio, que al menos así no significaría una tentación económica mi mantenimiento en la dirección del MuVIM si me encontraba con dificultades o presiones que hubiera que rechazar.

Curiosamente, como adivinando el futuro, esta cláusula saldría años después al paso de un programa privado de televisión, monográfico, montado ad hoc por seis conocidos contertulios (entre políticos, periodistas y académicos), a mediados de marzo de 2010, en el que, tras mi dimisión como director, se me llegó a acusar, entre otras múltiples lindezas, de percibir cantidades ingentes en el cargo, siendo además –se dijo–un total desconocido (sic) que quería tener sus minutos de gloria con mi actuación. Corramos un tupido velo.

Hay cosas, rostros y nombres que no se olvidan. Las miserias quedaron allí mismo aparcadas, ya que la mayoría de la prensa dejó las cosas en su sitio, con un seguimiento nacional e internacional inesperado. Enfrentarse a la Unió de Periodistes, a la que respaldé decididamente, no les dio resultado a los escaldados políticos de turno.

La primera rueda de prensa, en el MuVIM, cuando se anunciaba ya mi nombramiento, fue numéricamente sorprendente. Y a partir de aquella coyuntura comencé a reunirme, dos veces por semana, con el equipo creciente del futuro museo, planificando sosegadamente las funciones de cada sección, asignando ya responsabilidades y coordinadores. Lo hacía con ilusión, compaginando aún el trabajo en la universidad con el nuevo encargo. Tenía dos fechas claras: la del mes de junio de 2004, cuando asumiera la dirección plenamente del museo y dejara mi cátedra universitaria, y la de enero de 2005, cuando precisamente nos habíamos comprometido a iniciar la nueva programación de actividades del MuVIM.

Un total de 36 años de docencia universitaria –entonces–eran muchos años en el mundo académico. Siempre había podido compaginar la actividad pedagógica con las otras tareas y encargos que me habían ido vinculando al mundo sociocultural, propio del arte, desde la filosofía. Así, había presidido la Associació Valenciana de Crítics d’Art (AVCA); había formado parte del Consejo Rector del IVAM; había ingresado en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos; había asesorado, durante décadas, a distintas instituciones culturales públicas y privadas en cuestiones artísticas; había dirigido el Aula de las Artes de la Institució Alfons el Magnànim y creado, en tal marco, diversas colecciones de libros sobre arte; había creado el Centre de Documentació d’Art Contemporani Valencià, de la Universitat de València, y también había asumido intermitentemente, por elección, varias veces, la dirección bienal del Institut de Creativitat i Innovacions Educatives; era además miembro del Patronato Martínez Guerricabeitia de la Fundación de la Universitat de València. Pero nunca, por ello, había dejado las responsabilidades docentes, que ahora sí que, por fin, tocaba restringir de momento.

En realidad, tenía muy claro que no me iba a distanciar de la universidad, antes bien los proyectos que tenía en cartera, para el museo, implicaban, sobre todo, otros tipos de colaboración que ya había comenzado a tratar, con plena dualidad, entre instituciones. No quería un museo aislado de la sociedad ni de la vida universitaria, sino al contrario. Y en esa línea de cuestiones también se iba conformando el programa de actividades.

En resumidas cuentas, el MuVIM iba a abrirse hacia nuevos entramados ciudadanos, académicos y profesionales. La filosofía, la historia, la antropología y la educación iban a proyectarse hacia el arte, el diseño, la fotografía, el cine, la televisión, las artes aplicadas, el cartelismo y las relaciones entre el arte y la política. Una sólida globalización responsable y activa se nos venía encima.

De hecho, en ese intervalo preparatorio de meses hubo posibilidades de poner en marcha ciertas facetas de experimentación. La inauguración de la Biblioteca especializada, en octubre de 2004, fue ya un hecho, capaz de entusiasmarnos, con más de 20.000 volúmenes, destacando junto a los fondos históricos los documentos y las obras de la colección de Alfons Roig, las secciones de diseño, cine y fotografía, así como las secciones de filosofía, historia y bellas artes. Se trataba de un primer logro que la Diputación entendió e hizo viable. Yo mismo fui aportando fondos personales, de forma periódica, potenciando las especialidades en las que me había volcado más en mis investigaciones. Ana Reig entendía aquel entusiasmo y catalogaba ilusionada mis reiteradas entregas al centro.

El otro tramo experimental fue la organización, en diciembre de 2004, de los primeros congresos internacionales de filosofía por parte de nuestro recién creado Centro de Estudios e Investigación, ya comentado. Pero se trataba de evaluar, como sondeos iniciales, las posibilidades y los resultados de tales iniciativas congresuales, la participación global, los intereses despertados y la resonancia de tales eventos, en la propia universidad, en la sociedad y en el mundo de los museos.

Todo ello nos confirmó, experimentalmente, que el camino emprendido era el correcto. Y que la idea de organizar, por bloques temáticos, bien estudiados, simultáneamente y en coordinación, exposiciones, talleres, congresos, ediciones y otras actividades era, sin duda, la acertada. Y así lo pudimos constatar cuando en abril del 2005, tras el primer trimestre de actividad programada, nos habíamos convertido en el museo valenciano más visitado por el público. Y ahí comenzaron también, evidentemente, nuestros problemas. Se puede, por cierto, morir de éxito y de envidias bien dirigidas institucionalmente. Hay cosas que no se perdonan entre colegas. La verdad es que antes no había nunca calculado que hasta el éxito debe respetar jerarquías y gradaciones preestablecidas políticamente. De ahí que las facturas se paguen, aunque no sea de inmediato. Sin embargo, estoy convencido de que, a la larga, el tiempo pone las cosas en su lugar. Digámoslo así, sea –al menos–por discreción personal y/o por constataciones efectivas y recientes, en el mundo de nuestros museos. Intelligenti pauca.

La introducción presente tenía únicamente por objetivo justificar lo acertado que puede ser –para poder entender mejor esta aventura colectiva, en torno al mundo de los museos valencianos contemporáneos, que tuvo como principal protagonista la censura y el control político ejercidos sobre el MuVIM–la idea de recoger una serie de documentos históricos, todos ellos ya publicados en su momento, en diferentes medios, con el fin de mejor poder estudiar y analizar, con la debida distancia, determinados fenómenos de nuestra diacronía cultural.

De hecho, existía un compromiso explícito, por parte de la dirección de Publicacions de la Universitat de València (PUV), de editar este volumen, concebido a caballo entre una especie de ejercicio de memoria y una recopilación documental. Y se va a llevar a cabo, finalmente, esta tarea, tras casi cinco años de pausadas reconsideraciones por parte de su autor, sin prisas pues, y al margen ya de apremios y vehemencias. Se ha hecho pensando más en la historia protagonizada que en las experiencias personales vividas, aunque ambas deambulen de la mano, en esta extraña e inesperada aventura. Iucunda memoria est praeteritorum malorum (Cicerón: Fin. 2, 32, 105).

Recuerdo, con agudeza, el contexto donde se fraguó la idea y se adoptó el compromiso de la existencia futura de este libro. El marco cronológico fue lo que bien podemos denominar «la guerra de los prólogos». Efectivamente, mi dimisión como responsable directo del MuVIM hacía ya meses que se había producido, con todas sus consecuencias. Incluso me había incorporado a mi cátedra de Estética y Teoría del Arte, de retorno pródigo a mi entrañable universidad.

Justamente en el convenio que el MuVIM había firmado con los servicios de PUV se recogían las ediciones de las actas de los congresos celebrados en el museo. Es sabido que estas tareas de edición se dilatan y complican; desde que se pronuncian las conferencias y se entregan luego los textos revisados, hasta que se corrigen las galeradas, se escogen imágenes y publican las obras, pasan meses y a veces hasta algún año, como es habitual. Pues bien, el hecho es que personalmente yo tenía la sana costumbre de asistir y, en la medida de lo posible, también de participar en los congresos programados en nuestro centro. No siempre me era viable, pero sí que, al menos, tenía el hábito de redactar y dejar preparado el prólogo del correspondiente libro, firmado como director del MuVIM, una vez finalizaba el encuentro, cuando todavía mantenía, in mente, con cierta frescura el desarrollo de los contenidos de las sesiones. Les entregaba el texto del prólogo a los responsables de ediciones –Josep Cerdà y Ricard Triviño– para que lo incluyeran, a su debido momento, en el libro correspondiente y, por salud mental, me dedicaba a otros asuntos, mientras los procesos protocolarios de edición seguían su ritmo, en manos de los responsables.

La cuestión que ahora –recordando–nos afecta arranca precisamente de esta curiosa coyuntura. Había pendientes nada menos que ocho publicaciones –solo contando las ediciones comprometidas con Publicaciones de la Universitat, en la «Col·lecció Oberta», sin traer a consulta aquí otras distintas colecciones conectadas a editoriales diferentes–nacidas de determinados encuentros, congresos o jornadas ya celebrados hacía tiempo; algunas pendientes desde un par de años, puesto que estábamos ya en 2011 cuando surgieron las dificultades que vamos a recordar.

El nuevo director del MuVIM que me sustituyó, como político en ejercicio, además de entonar nuevas glorias a España –como dijo en su toma de posesión–, ordenó retirar, sumándose al efecto del castigo rebrotado, de los libros que se iban publicando, con retraso evidente, mis textos de introducción, redactados hacía muchos meses antes, en cada caso, formando unidad siempre con los diferentes libros preparados para el caso.

Cada libro/cada congreso había tenido su propio coordinador y responsable especializado, en general profesores en activo, procedentes de facultades y universidades dispares, como era lógico, según las temáticas abordadas, con los que se habían firmado los correspondientes convenios. Todos conocían mis prólogos y habían redactado, a su vez, sus introducciones.

La sorpresa vino cuando se atrevió, el estrenado director, a dar la orden a los trabajadores del MuVIM en lo que hacía referencia a las colecciones del museo: había que retirar los prólogos del profesor Román de la Calle. Así, fui avisado de inmediato de lo que sucedía y pude constatar, con una tristeza insoportable, cómo textos redactados por mí eran censurados y retirados paulatinamente de los libros correspondientes, a pesar de que las publicaciones tenían sus fechas y sus contenidos referenciales, a pesar de que yo había organizado y presidido sus desarrollos y también había impulsado y seguido sus ediciones respectivas con apasionamiento, en contacto siempre con sus individualizados coordinadores. Luego hacíamos las presentaciones oportunas, buscando sus momentos más adecuados. Pero, sin duda, esto último ya sería totalmente inviable, tras le parti pris.

Aguanté lo sucedido con las publicaciones propias del museo, pero no consideré digno ni posible que, desde el museo, se censurasen las publicaciones de las colecciones de la Universitat, como era el caso concreto de la «Col·lecció Oberta», en la que iban a ir apareciendo la serie de libros aún pendientes, con mis extensos y cuidados prólogos de hacía tiempo, en los que enmarcaba y explicaba los orígenes, objetivos y actuaciones de la investigación colectiva planteada. Era como descontextualizar las publicaciones que en sí mismas formaban una unidad de edición con referencia al marco y al momento de sus contenidos. Cualquier universitario lo hubiera entendido y habría rechazado la propuesta censora en aras de la libertad de expresión. Pero el cerril representante del MuVIM insistió en proceder según su genial idea de control retrospectivo a su propia existencia en el centro. El espejo retrovisor, que utilizaba para la censura, le rendía –de momento–acogidas benévolas y felicitaciones pertinentes entre sus inmediatos superiores políticos del lugar. Era lo que se podía esperar de los frágiles y escasos diálogos entre cultura y política.

Por mi parte, cuando supe lo que había planeado y comunicado a los distintos profesores responsables de los libros pendientes, asegurando que mis prólogos no aparecerían, di un paso más en «la guerra de los prólogos», que había sido iniciada desde el seno del Museo de la Ilustración y de la Modernidad, precisamente. Acudí a solicitar el amparo del rector, me entrevisté con el vicerrector de Cultura, de quien dependían las publicaciones, y consideré justo y sensato que si se censuraban mis escritos, los libros no deberían tampoco publicarse sin ellos. Me entrevisté con todos y cada uno de los coordinadores y editores de los libros, que entendieron, de momento, mi postura y la apoyaron.

Así, paralizado el proceso de edición, pasaron meses y meses y el vicerrector se entrevistó con el (i)responsable del museo, sin que diera su brazo a torcer. Los servicios jurídicos de la Universitat trataron el caso con los de la Diputación y el impasse seguía. Tampoco el nuevo director de Publicacions de la Universitat de València abordaba el tema directamente, en espera de que las relaciones Universitat/Diputación pudiesen normalizar el tema, que se había enquistado de manera drástica. Institucionalmente, el poder –los poderes–no acaban de ver, a menudo, la trascendencia de determinados temas. Y la importancia que conlleva el insistente mantenimiento de las cuestiones de principio, defendidas por ambas partes, hasta pueden acabar minimizándose –paradoja real–en aras del propio pragmatismo cotidiano.

Transcurrido aproximadamente, pues, un curso académico, la mayoría de los libros tenían casi finalizada la edición, en espera de que llegara la solución al contencioso. Por otra parte, algunas de las ediciones estaban a punto de perder las subvenciones concedidas si no se materializaba por fin el libro. La Sociedad Americana de Estudios sobre Santayana deseaba presentar su publicación en unas jornadas en EE. UU. Una logia masónica que había respaldado la publicación sobre el tema «Ilustración y Masonería» había anunciado también una sesión de trabajo en torno a la publicación citada. Y así podríamos seguir anunciando casos específicos, todos ellos con perfiles similares.

Mi indignación personal, de cara al suceso de clara censura apuntada y frente a los explícitos censores, se convirtió luego en pietas, referida directamente a los coordinadores de los libros y su explicable nerviosismo, así como a los numerosos autores, convertidos en testigos –mudos–de un sinsentido total. Decidí, pues, de cara a una posible solución, indicar al director que convocase una reunión de los responsables afectados por las ediciones detenidas, junto con los miembros directivos implicados de PUV. Frente a sus caras inquietas y preocupadas, en torno a una mesa de trabajo, pensé, en voz alta, que quizá lo importante para la memoria correcta del MuVIM –que, en equipo, habíamos revitalizado y seguido, en sus aventuras y actividades, incluidas las de los propios libros, que en su día tuvieron lugar–era que las publicaciones salieran finalmente adelante. Y así lo hice saber, tras aquel paréntesis tan dilatado. También la generosidad, por mi parte, en aras de los efectos positivos derivados de las publicaciones, para salir del impasse de «la batalla de los prólogos», podría sobreponerse ejemplarmente así a las propias censuras.

Justamente, tras mi propuesta, el profesor Faustino Oncina, que se hallaba afectado, entre los demás, en su caso, por la retención de la publicación internacional Estética de la Memoria, tomó la palabra para dejar caer una idea que –nos dijo–consideraba plenamente justa. Que la Universitat, afectada asimismo por esta «guerra de los prólogos» se comprometiera a editar un libro que redactase el profesor Román de la Calle, no solo recogiendo los documentos sobre la «Fórmula MuVIM», que tantos logros había facilitado también a la vida académica, sino también rescatando las «Memorias y las desmemorias del MuVIM» y sus lecciones consumadas.

La sugerencia fue aceptada, en especial por el nuevo director de la institución, que sin duda veía, de algún modo y en postrera instancia, parcheada la cuestión con una salida airosa y oportuna. Un estrechamiento de manos colectivo, sobre una tenue y diluida sonrisa mía, de comprensivo trasfondo, puso fin a la reunión. Aquella que precisamente hoy ha permitido, de facto, que nuestro libro haya sido finalmente una realidad, más o menos un lustro después.

Aquellos históricos prólogos, censurados inexplicable e inútilmente, tras una larga travesía, entre paréntesis, de meses, fueron reciclados por mí. Algunos, los más, se convirtieron en reseñas de los propios libros a los que, en su día, pretendieron acompañar e introducir en su contexto. La verdad es que su adecuación a la nueva tarea fue bien sencilla, dado su inicial contenido explicativo, apareciendo –como reseñas–en distintas revistas especializadas. Era una forma de dar pleno sentido al lejano trabajo de redacción, que de hecho pretendía difundir la nueva publicación colectiva. Se trataba de un tipo de curioso tránsito literario, al convertirse de prólogo en reseña. Al fin y al cabo, se materializaban así estrategias de sobrevivencia del propio lenguaje, metamorfoseándose en estadios literarios diferentes.

Otros prólogos de aquella extraña cosecha, quizá los menos, atravesaron ámbitos más complejos. Concretamente vivieron la protesta, desde dentro, transformándose comprometidamente de prólogos a ensayos, gracias al fuerte y saludable respaldo de algunas revistas nacionales e internacionales que los ampararon de forma directa. Sirvan un par de casos concretos como paradigmáticos ejemplos de esta curiosa vuelta de tuerca metalingüística. Uno de los prólogos, el dedicado al libro sobre el escritor y filósofo Jorge Santayana (1863-1952), titulado Santayana. Un pensador universal y coordinado por los profesores José Beltrán, Manuel Garrido y Sergio Sevilla, tras el congreso habido en 2009 (III International Conference on George Santayana), cayó el primero bajo la censura, por el carácter multinacional del evento en el que podía efectivamente viajar. Pero este hecho impactó sobre los componentes de la Asociación Internacional, sabedores de que el encuentro había tenido en mí mismo, como responsable del MuVIM, el mejor valedor, en todos los sentidos, de su convocatoria en España y en Valencia concretamente. Al mantener activa la citada asociación la revista Limbo. Boletín Internacional de Estudios sobre Santayana, fui invitado a participar en el siguiente número, explicando lo sucedido en la aventura de «la guerra de los prólogos». Y lógicamente acepté la propuesta de inmediato, transformando el prólogo aludido en artículo reivindicativo a través de aquella revista internacional. Todo un logro altoparlante, subrayado por las circunstancias (cf. «Filosofía, poesía y drama en el museo», Limbo. Boletín Internacional de estudios sobre Santayana, Revista Teorema, 31, Madrid, 2011, pp. 125-135).

El otro caso, no menos curioso, se debe a la invitación formulada por la revista Despalabro. Ensayos de Humanidades, de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense, que había preparado un número monográfico titulado «Polémicas», precisamente sobre el tema de la censura. Sabedores, por la amplia difusión mediática, de lo sucedido en el MuVIM, con la dimisión de su director, rastrearon mi localización a través de la universidad y contactaron conmigo para propiciar mi colaboración en el proyecto. Cosa que hice agradecidamente. De nuevo el tránsito entre el prólogo y el artículo se llevó a cabo con la debida resonancia e intensidad (cf., «Index Imaginum Prohibitarum. Extraños diálogos entre cultura y política», Despalabro, VI, Madrid, 2012, pp. 219-229).

En algún caso, el propio libro publicado por la universidad, a través del coordinador de este, tras desaparecer el prólogo en cuestión, asumió la debida dedicatoria personal y/o la referencia específica al caso, en su introducción, como testimonio moral de decidido respaldo y amistad explicitados. Pero ciertamente no todos los casos –de aquellos prólogos beligerantes–se resolvieron así. A veces la memoria es flaca y hasta acomodaticia, en cualesquiera ambientes y fronteras. Tampoco el marco universitario o el museístico están siempre a salvo de estos giros coyunturales de interesada sobrevivencia.

Cuando se llevó a cabo la censura política pública de la muestra anual de fotografías de periodistas, ya publicadas además a través del año en la prensa, titulada «Fragments d’un any, 2009», que recogía la exposición de aquellas imágenes (MuVIM, marzo, 2010), consideradas por el equipo de la Unió de Periodistes Valencians como las más representativas de la historia gráfica del año anterior en la Comunitat Valenciana, tras retirarse inapelablemente el conjunto de la muestra del museo, se inauguró íntegramente dicha exposición en otro espacio de la ciudad. De hecho, la galería Tomás March se ofreció, de inmediato, a reponer los fondos expositivos fotográficos en idénticas condiciones de montaje a las originarias. Y se me facilitó la oportunidad, por compensación personal, tras el agravio recibido por parte del vicepresidente de la Diputación (el «caso Caturla» saltó a la prensa) y a través de la Unió de Periodistes, de que fuera yo el responsable de reinaugurar la esperada exposición, tras mi dimisión irrevocable, como director del MuVIM, por escrito, en una larga misiva dirigida al diputado de Cultura. Ha sido la única exposición que he inaugurado dos veces en la misma localidad.

Recuerdo perfectamente, incluso ahora, en la distancia, dos bloques de situaciones –para mí efectivamente inolvidables–de aquel intenso y aciago día de la masiva y efervescente reinauguración de la muestra fotográfica. Por una parte, al pasar por el museo, a recoger una documentación que me urgía, estaban allí esperándome los diputados Salvador Enguix y María Jesús Puchalt, llegados desde Presidencia con el fin de convencerme para que no acudiese, ya como exdirector del MuVIM, a la reinauguración de la muestra, organizada en la citada galería Tomás March, sabedores por la prensa del acto multitudinario anunciado. De hecho, encontrarles allí fue para mí una sorpresa inesperada. Desde mi pública dimisión –tensa y dolorosa–de hacía unos días no les había vuelto a ver. No se olvide que justamente todo lo sucedido había tenido lugar cuando las cotas de satisfacción por el funcionamiento del museo eran mayores entre el público, los medios especializados y entre nosotros mismos. En realidad, pasamos –pasé yo mismo, casi en un abrir y cerrar de ojos, aquel día (jueves noche) de la inauguración de cuatro muestras paralelas sobre el tema de la historia de las imágenes, que fue el de la censura histérica y prepotente–de la cumbre al abismo. Por ello me sentí física y psicológicamente tan mal. Hasta tuve que ser tratado médicamente, tras despedirme (el viernes) de mis colaboradores del MuVIM. El fin de semana redacté mi larga carta de dimisión y el lunes a primera hora la leía públicamente, tras entregarla en mano, una hora antes, al diputado de Cultura, en la presentación del Congreso Internacional «Estética de la Memoria. Imágenes de la Historia», que tuvo lugar, como estaba programado, desde hacía tiempo, en el salón de actos del museo, abarrotado de gente. La voz se había corrido.

El eco fue inmediato y las reacciones inmediatas. Los asistentes de diversos países no acababan de entender lo sucedido. Ni hecho a propósito la escenografía podía ser más adecuada a la tragedia resultante, nacida paradójicamente de una comedia estúpida sobrevenida como fruto tanto de la ignorancia como del exceso ególatra del poder acumulado. Fuera del museo se agolpaban ya los representantes de la prensa por centenares. La explanada del MuVIM, en toda su extensión, estaba bloqueada totalmente por personas y cámaras. Cuando finalizó la lectura del documento de mi dimisión, en el salón de actos, aquel lunes memorable, me vi obligado por las circunstancias a salir al exterior, rodeado por innumerables micrófonos y cámaras. Ahí ha quedado todo registrado, documentalmente, en la dura espontaneidad del momento, como parte de la pequeña historia cotidiana de nuestros museos.

Pues bien, habían transcurrido tres días más y no había recibido, a pesar de mis esfuerzos, cita alguna con las autoridades políticas pertinentes, supervisoras y responsables del museo. «No están, no contestan». Tengo testimonios de varias mediaciones, iniciadas por mí, para negociar/evitar la retirada de una parte de la exposición por la censura, durante el viernes y el sábado. Iluso de mí, albergaba esperanzas de poder arreglar el tema. Pero el vacío y el silencio fueron totales. Solo una nota de prensa oficial de la Diputación, sin ni siquiera hablar conmigo –injusta y estúpidamente, fruto de aquel contexto irracional que acostumbra a dictar sus verdades desde el poder–, se osó publicar el viernes e insistir el sábado, desinformando por completo a los lectores de que la retirada de la muestra había sido consensuada previamente con la dirección del museo y punto. Aquello sí que fue la gota que colmaba el vaso.

Sobre todo tuve claro lo que yo debía hacer, sin vuelta de hoja, cuando el mismo viernes reuní a todo mi equipo en el MuVIM y les hablé. Sus caras desencajadas y sus silencios indignados eran el mejor mensaje de lo que ellos temían y adivinaban, sin querer explicitarlo, ni resignarse a asumirlo. Por mi parte no había marcha atrás. Incluso aconsejé a los responsables de la Unió de Periodistes Valencians que dispusieran de la muestra en su totalidad, de «su muestra», y se la llevaran –salvándola–a otro lugar. La suerte estaba echada –Quid ad rem?–. Hay veces que uno entiende la necesidad personal y moral de cruzar, con decisión, su Rubicón particular. Y así se hizo.

De ahí que, presentada la dimisión, preparada de nuevo la muestra y convocada su reinauguración en el nuevo espacio, en paralelo a las distintas manifestaciones masivas, habidas ante el MuVIM o en la plaza de Manises, ante la Diputación, a las que yo, por decisión propia, comprometido con los hechos, había necesitado personalmente asistir, se entenderá plenamente que no pudiera explicarme, en absoluto, qué sentido tenía la tentativa de los diputados para que no participase en la reinauguración de la muestra de las fotografías. Por supuesto que la entrevista fue tensa y absurda. La diputada era la que más insistía, quizá porque era vecina de casa y se habría comprometido a lograr tal (iluso) objetivo, pero aquella petición que me hacían iba totalmente en contra de mi voluntad. Y tras negarme salí del museo en dirección a la galería Tomás March, donde ya me esperaba mi esposa para acompañarme en el acto.

Al llegar a las inmediaciones de la calle de la Paz, caminando con externa tranquilidad hacia la plaza de Nápoles y Sicilia, me iba topando constantemente con numerosos grupos de personas que coincidían con nosotros en la orientación de su marcha. ¿Para qué seguir más la narración?

El otro momento intensamente fijado en mi recuerdo fue mi intervención, larga y visceral, por necesidad, en aquella reinauguración tan especial. Como les dije a los periodistas y al público que ocupaban a tope el amplio espacio de la sala: «Estamos, ahora mismo, creando las imágenes para la muestra de “Fragments d’un any” que serán expuestas, dentro de un año, en 2011». Y era cierto. Efectivamente me sentía tan adivino en mis previsiones como elocuente y decidido en mis palabras.

Rememorados ahora todos aquellos sucesos, en el marco de la política cultural valenciana de tal coyuntura, en torno a la historia del MuVIM, tienen –para mí–un doble alcance:

a) sin duda, uno más concreto, referido directamente a las experiencias que me tocó vivir, en un aprendizaje continuo. Aceptar la dirección del museo era –lo supe desde un principio–jugar con fuego. ¿Fuegos fatuos? Quizá. Pero, sobre todo, era lógico que debía caminar, de continuo, sobre una plancha ardiente. Aquella donde conviven, en directo, política y cultura, cuando la primera quiere jugar a ser centrista sin serlo y cuando la segunda se ve sometida a constante vigilancia y supeditación, incluso sin aparentarlo efectivamente. El dirigismo se da por supuesto y se ejercita, de facto, desde el poder, aunque hayan prometido pleno respaldo y respeto a las propuestas culturales planteadas.

Se entenderá ahora mi auténtica obsesión por tener cerrada la programación del museo, siempre dos años antes de la fecha de ejecución. Y pugnar por publicar sus contenidos, con total minuciosidad, previamente, desde el curso anterior, en el Farem respectivo, tras ser aprobadas sus líneas generales en el Pleno de la Comisión de Cultura de la Diputación.

En el MuVIM no había patronato, aunque propuse reiteradamente su constitución. Yo lo veía como un respaldo importante. Asumida la dirección, se me dijo que la comisión desempeñaba institucionalmente funciones análogas a un patronato de museo, pero, de hecho, como pude pronto comprobar, era mucho más restrictiva la citada Comisión de Cultura, donde estaban representados proporcionalmente todos los partidos políticos existentes legalmente en la institución.

Los equilibrios explicativos, a la hora de presentar minuciosamente el programa conjunto del museo durante largas sesiones de trabajo, fueron siempre un buen ejercicio experimental para el director, que implicaba la recurrencia al cruce argumentativo de los diversos hilos políticos disponibles, sobre la marcha, en el pleno. Siempre planteé mis intervenciones como auténticas clases, incluso con algunas recurrencias teatrales. Retórica de esforzada programación cultural, al fin y al cabo, entre la tarea de comunicar, persuadir, convencer y lograr…

En realidad, mantener programado el museo a largo plazo podía evitar las intromisiones sobrevenidas y de inmediatez por parte de la política cultural, motivadas por influencias de múltiples instancias interesadas que llegaban sin avisar y había que neutralizar, con las tensiones comprensibles. Era el pan nuestro de cada día y se trataba de una experiencia tan decisiva como ineludible, entre tantas otras.

b) El otro alcance, al que antes he hecho referencia –paralelo a esa experimentalidad ética personal, sostenida diariamente, de cara al poder, junto con el grupo de colaboradores y siempre alerta–, apunta singularmente a lo que pudo representar, de respaldo moral en su momento, la respuesta ciudadana y de determinados grupos comprometidos con la situación y el contexto de la política cultural ante la dimisión, tan inesperada como siempre viable.

En realidad –sirva de anécdota–en mi despacho de la dirección del MuVIM mantuve durante los seis años de mi actividad, en uno de los ángulos del espacio, junto a las estanterías constantemente llenas de libros, una maleta de cuero, de mediano tamaño, pero muy historiada de etiquetas y adhesivos de viajes, con sus correas y hebillas. Varias veces, al limpiar el despacho, por estar vacía, se me sugirió retirarla. O guardarla. Y siempre respondía con humor que estaba allí justamente para recordarme la provisionalidad del asiento que ocupaba. Recuerdo asimismo que incluso la llegué a usar, para unas fotos, en una histórica exposición –«Los hoteles de la imaginación»–y luego, con mi marcha, acabé regalándola a la biblioteca. Cuestión de añoranza. Espero que allí siga «la maleta del MuVIM» si ha sabido permanecer anónima y silenciosa en sus orígenes.

La inestabilidad de la política cultural quedó patente con las manifestaciones y respaldos que una parte de la ciudadanía y algunos grupos y asociaciones profesionales ejercitaron (Associació Valenciana de Crítics d’Art, Unió de Periodistes Valencians, Associació d’Artistes Visuals de València, Alacant i Castelló [AVVAC] o colectivos de la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, entre otros, junto a artistas, diseñadores, fotógrafos y alumnos). Quizá sirvió para el debate y la concienciación de la propia responsabilidad ciudadana, que no podía aislarse ni permanecer callada ante determinados hechos. En especial, la reflexión activa en torno a la cultura de la comunidad se despertó y puso en marcha una serie de resortes que luego han seguido en la brecha, con el auge de la crisis económica, aunque con desigual incidencia. Fue aquel un momento de particular interés, en este concreto sentido, cuyos enlaces con los desarrollos políticos, económicos y socioculturales posteriores están aún por estudiar.

Quizá por esto mismo nos hemos sentido obligados a considerar una asignatura pendiente aquel ofrecimiento, de hace años, por parte de la propia Universitat de València-Estudi General, de preparar un volumen acerca de la Memoria del MuVIM, recopilando esencialmente un conjunto de documentos que tuvieran que ver tanto con la preparación conjunta de su relanzamiento museológico y museográfico, como con los logros obtenidos por el equipo de profesionales que aceptamos el reto y también, como es lógico, con el desenlace sobrevenido e inesperado de aquel episodio de vigilancia, control, prepotencia, censura y dimisión, que cerró, de un portazo, aquella época experimental que –un sexenio liberal antes–fue posible iniciar en el museo.

Un recuerdo más. Mi primera clase en la universidad, a mi vuelta, estaba ocupada por los nuevos alumnos, pero también estaban allí testimonialmente numerosos amigos, colegas, artistas, críticos y profesores. La sorpresa me bloqueó, de momento, al entrar en el aula, dejándome como en un estado de picnolepsia. Respiré a fondo, recorrí el pasillo lentamente, con la mirada zigzagueante, hasta llegar a la tarima, agradeciendo –en silencio expresivo–las presencias conocidas. Y necesariamente comencé la lección diciendo de forma obligada: «Como decíamos ayer…». De hecho, habían pasado seis años de mi vida entre aquel momento y mi última clase anterior. Y la lección que me propuse abordar versaba sobre «Las relaciones entre las artes en el contexto de la Ilustración». Todo seguía, pues, igual o casi igual, por cierto, en el siempre complejo marco de nuestra universidad.

* * *

Sirvan pues estas páginas de presentación a la serie de textos recopilados a continuación, en torno a la memoria y desmemoria del MuVIM, que es, de hecho, el motivo fundamental de la existencia de este libro, como ya se ha justificado anteriormente. También se ha añadido una breve bibliografía sobre el MuVIM de este periodo, que protagoniza realmente la aventura compartida. Se trata de una bibliografía para quien quiera «saber más» sobre el tema. Existen en el Centre de Documentació d’Art Valencià Contemporani Romà de la Calle de la Universitat de València carpetas y cajas de material aún no catalogado que aguardan la oportuna investigación. Cada cosa a su momento.

De hecho, El MuVIM, memoria y desmemoria. Política cultural, museo y patrimonio inmaterial pretende esencialmente conservar materiales, en su mayoría ya publicados en diversos medios pero no siempre fáciles de localizar en la actualidad. Aunque pudiera quizá esperarse, no hemos concebido el volumen como banco de información visual sobre la sociedad valenciana del momento, sus compromisos y reclamos, que abundan sobremanera. Pero esa vertiente puede ser cubierta por otros conductos y en función de otras exigencias. El hecho de que una buena parte de las iniciativas del MuVIM tuviesen que ver, sobre todo, con el mundo de la imagen y que además se hallara involucrada, en la polémica de las fotografías, la Unió de Periodistes Valencians podrá ayudar a entender lo relevante que pueden ser las relaciones entre textos e imágenes en esta coyuntura cultural que nos ocupa.

El índice seguido por el libro intenta pautar –sin mantener estrictamente una cronología con la realidad historiada–un acercamiento lógico a los hechos a través de los documentos pertinentes ofrecidos. Por supuesto, la conciencia que siempre tuve –y que intenté comunicar al equipo del museo–de que estábamos, día a día, confeccionando nuestra propia historia, con materiales gráficos, diseño, estudios e investigación y experiencias museográficas combinadas, a la larga, ha sido sumamente favorable para este proyecto de edición. De hecho, los fondos de la Biblioteca del MuVIM, su Centro de Documentación y Archivo –si se han mantenido en plena actividad y salvaguarda, como en nuestra época–son efectivamente también el mejor depósito para el estudio de este periodo de su propia historia.

Como se indica en los materiales y en la bibliografía citada, parte del protagonismo en la generación de los paquetes documentales también debe agradecerse a la sensibilidad, interés y entrega de la institución universitaria en su conjunto. Toda una serie de universidades se hallan detrás de los trabajos de edición concitados en el índice. En especial la Universitat de València-Estudi General, pero también la Universitat Politècnica de València, la Universitat Jaume I, la Universidad Complutense, la Universidad de Granada o la Universidad de Oviedo, entre otras, movilizaron sus revistas y/o editoriales ante el fenómeno cultural de la «Fórmula MuVIM» y la drástica ruptura posterior. Como compañeros de viaje de tales aventuras editoras, nuestro agradecimiento de entonces –por su seguimiento–y de ahora –por sus permisos para reeditar los documentos reseñados.

Igualmente merece la pena subrayar cómo el museo, en especial en su vertiente de patrimonio inmaterial, directamente reconocido como «museo de las ideas y de los medios de comunicación», participó en diversas iniciativas de másteres promovidas desde numerosas universidades españolas, como fue el caso de la Universidad de Salamanca, de Málaga, de Santiago de Compostela, de Sevilla, de Alicante, la Autònoma de Barcelona, del País Vasco y de Zaragoza, además de las ya citadas anteriormente, que asimismo editaron materiales al respecto.

Esta conexión universidades/museo, al comprometernos, desde el principio, a explicar nuestros programas de trabajo museográfico a especialistas, a menudo acompañado por miembros del equipo gestor del centro, sirvieron eficazmente para incrementar el grado de autoconsciencia y de planificación de nuestras propias actividades. Lo mismo sucedió al participar en jornadas externas promovidas desde centros de gestión cultural, como fue el caso del SARC en Valencia o de Meridians, fruto del convenio entre la Diputación de Castellón y la Universitat Jaume I, experiencias, ambas, en las que participamos intensamente.

En realidad, todos los miembros del equipo del museo eran sabedores del proyecto que personalmente preparaba: la edición conjunta de un manual desarrollado a partir de nuestras prácticas directas en el MuVIM. De hecho, yo ya había redactado la presentación (que conservo) y preparaba mi parte respectiva (artículo luego publicado). Y varios miembros ya habían iniciado la suya. Algunos de estos trabajos tuvieron luego salida en publicaciones diferentes e incluso figuran en la bibliografía que se incluye sobre el MuVIM, pero la mayoría no tuvieron tiempo suficiente como para cuajar en su especificidad. A nivel interno, para referirme concretamente a esta futura iniciativa editora, yo siempre utilizaba la expresión «El libro del MuVIM». Pero ciertamente los hados políticos –porque haberlos haylos–no nos fueron favorables hasta este extremo y se abortó la feliz ocasión soñada. Sí que llegó a cuajar, afortunadamente, otra idea oportuna, de carácter colectivo, en la que participé junto con miembros de nuestro equipo del museo y otros profesores de dos universidades públicas valencianas (la Universitat de València-Estudi General y la Universitat Politècnica).

Se trataba de poner en marcha un Máster Universitario en Gestión Cultural, que hoy sigue existiendo con destacado éxito. Las reuniones iniciales, para su gestación, fueron motivadas a tres bandas: por los profesores Antonio Ariño, Antoni Tordera y Román de la Calle, junto al SARC, el MuVIM y la Facultad de Bellas Artes. Tras su aprobación oficial y puesta en marcha, ya ha funcionado más de un lustro, con existencia propia, desplazándose oportunamente de su perfil inicial, más conectado con las artes y las humanidades, hacia la vertiente actual, más preponderantemente propia ya de las ciencias sociales y económicas, en la gestión de la cultura. Sin duda, vale la pena tenerlo históricamente en cuenta y no olvidarlo.

En relación con el índice de documentos que se publican en el volumen, tras llevar a cabo una estricta selección, que aportara un cierto sentido a su consulta, se ha asegurado y mantenido, en todos los casos, la estrecha relación de los textos con el director del museo y a su vez autor del libro. Redactados en momentos y circunstancias muy diferentes, lógicamente se han ordenado de manera cronológica a sus apariciones en medios de comunicación, revistas o libros diferentes, más que en conexión con sus temas y contenidos.

Los cinco primeros capítulos, de la primera parte, apuntan al conocimiento del museo como proyecto puesto en marcha y abierto al futuro, con todas las posibilidades disponibles activas. A partir de la publicación de la carta de dimisión, como eje central de la recopilación documental, los textos mantienen a la vez, evidentemente, tanto la ilusión histórica por el proyecto puesto en marcha como la sincera preocupación por su futuro. De hecho, los otros cinco escritos, de la segunda parte, no pueden ocultar la reacción reivindicativa tras los sucesos habidos.

Se han respetado las respectivas características textuales, en unos casos cargados de referencias personales y en otros comunicando experiencias, empeños y deseos; en algunos aflora intermitentemente la indignación y en la mayoría se mantienen los compromisos adquiridos, aunque ya lejanos, con la aventura museográfica y los fundamento museológicos puestos en marcha.

El pálpito ético, del compromiso colectivo adquirido con el museo, solo a través del espejo retrovisor puede seguirse ya. Pero la reacción deontológica ante la censura y sus consecuencias, inevitablemente, forma parte intrínseca de la misma historia. Porque de una historia se trata efectivamente. Una historia que afecta a personas, a proyectos, a ideas, a colectivos y a reivindicaciones y debates aún inconclusos. Por eso este libro se inscribe directamente en la trama de l’expérience vécue, entre ilusiones frustradas, muestras de respaldo, superaciones, éxitos, luchas y reinicios, pero también vacíos, silencios, olvidos y distanciamientos, esperados unos e inesperados y hasta sorprendentes otros. Exactamente como la vida misma, que salpica abundantemente sus páginas y sostiene, de forma intencionada, la memoria, a la vez que intenta evitar el triunfo de las posibles desmemorias frente a los hechos.

Gaudet patientia duris (Luc. Phar. 9, 503). Ciertamente, es en los momentos de necesidad cuando se pone a prueba nuestra capacidad de resistencia.

No finalizaré este proemio sin reconocer, agradecidamente, la eficacia, seriedad y diligencia del equipo responsable de Publicacions de la Universitat de València (PUV). Sin su respaldo y seguimiento puntuales, esta publicación sería –aún–solo un proyecto.

Valencia, septiembre de 2014 ROMÁN DE LA CALLE

Memoria y desmemoria del MuVIM

Подняться наверх