Читать книгу Trono destrozado - Victoria Aveyard - Страница 17
ОглавлениеEL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE LA COMANDANCIA
Día 61 de operación LACUSTRE, etapa 3.
Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: Solmary, CL.
Destino: COMANDANCIA en CLASIFICADO.
—Operación LACUSTRE concluida antes de lo previsto, se considera exitosa. Canales y puntos de bloqueo de LAGOS PERIUS, MISKIN y NERON bajo control de la Guardia Escarlata.
—Agentes AZOTE y ÓPTICO controlarán avance de LACUSTRE, se mantendrán en estrecho contacto, abrirán canales con BASE MÓVIL y COMANDANCIA. Protocolo de tomar posición e informar, a la espera de órdenes de acción.
—Retorno a TRIAL con CORDERO en este momento.
—Resumen de LACUSTRE: muertos en combate: D. FERRON, T. MILLS, M. PERCHER (3).
—Heridos: PRESTO, ESPOLETA (2).
—Conteo de bajas Plateadas (3): guardaflora (1), coloso (1), ¿sanador de piel? (1).
—Conteo de bajas civiles: desconocido.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
—Se avecinan tormentas.
El coronel habla para llenar el silencio. Su ojo sano encuentra una grieta en la pared del compartimento y se clava en el horizonte. El otro mira fijamente, aunque apenas puede ver a través de una película de sangre escarlata. Esto no es ninguna novedad. Su ojo izquierdo ha estado así desde hace varios años.
Sigo su mirada a través de las tablillas de la madera traqueteante. Varias nubes oscuras se aglomeran a unos cuantos kilómetros, como si quisieran esconderse detrás de las arboladas montañas. Se oye un trueno a lo lejos. No le presto atención. Sólo espero que la tormenta no entorpezca la marcha del tren y nos obligue a pasar ocultos aquí un segundo más, bajo el suelo falso de un vagón de carga.
No tenemos tiempo para tormentas eléctricas ni conversaciones inútiles. Yo no he dormido desde hace días y tengo el semblante para probarlo. No quiero más que silencio y unas horas de descanso antes de que volvamos a la base, en Trial. Por suerte, aquí no hay mucho que hacer aparte de acostarse. Soy demasiado alta para caber en un espacio así, y el coronel también. Ambos tenemos que tumbarnos y agacharnos lo más posible en este sombrío cajón. Pronto será de noche y sólo la oscuridad nos hará compañía.
No puedo quejarme del medio de transporte. En el viaje a Solmary pasamos la mitad del trayecto en una barcaza que transportaba fruta; se atascó en el lago Neron y la mayor parte del cargamento se pudrió. Dediqué la primera semana de operaciones a lavar mi ropa para evitar aquella peste. Y nunca olvidaré el caos antes de que empezáramos en Lacustre, en Detraon. Después de tres días en un vagón de ganado, nos encontramos con que la capital Lacustre estaba totalmente fuera de nuestro alcance. Demasiado cerca del Obturador y el frente de guerra para tener defensas de tan mala calidad, una verdad que yo pasé gustosamente por alto. Pero no era un oficial entonces, ni fue mi decisión tratar de infiltrarnos en una capital Plateada sin la inteligencia ni el apoyo adecuados. Fue del coronel. Él no pasaba de ser un capitán en ese tiempo, con el nombre en clave de Carnero y demasiadas cosas que demostrar, demasiadas cosas por las cuales luchar. Yo simplemente me adherí a él, y era apenas poco más que un soldado. Tenía cosas que demostrar también.
Él mira el paisaje con los ojos entrecerrados aún. No para ver afuera, sino para no mirarme. Está bien. A mí tampoco me gusta mirarlo.
Mala sangre o no, formamos un buen equipo. La comandancia lo sabe, nosotros lo sabemos y por eso nos mantienen juntos todavía. Detraon fue nuestro único tropiezo en una marcha interminable por la causa. Y por ellos, por la Guardia Escarlata, dejamos en todo momento a un lado nuestras diferencias.
—¿Tiene alguna idea de adónde nos dirigimos ahora?
Al igual que el coronel, no soporto el pesado silencio.
Él aparta la mirada de la pared y frunce el ceño, aunque sin mirar todavía en mi dirección.
—Usted bien sabe que estas cosas no funcionan así.
Llevo dos años como oficial, dos más como soldado de la Guardia y una vida entera bajo su sombra. Sé cómo funcionan estas cosas, quisiera escupir.
Nadie sabe más de lo que debe. A nadie se le dice nada ajeno a su operación, su escuadrón, sus superiores inmediatos. La información es más peligrosa que cualquier arma que poseamos. Aprendimos esto pronto, después de décadas de alzamientos fallidos, todos frustrados por la captura de un Rojo a manos de un susurro Plateado. Ni siquiera el soldado mejor instruido puede resistir un ataque a la mente. Siempre les arrancan la verdad, sus secretos siempre son descubiertos. Así que mis agentes y mis soldados responden a mis órdenes, su capitán. Yo respondo a las del coronel, y él a las de la comandancia, quienquiera que ésta sea. Todo lo que sabemos es que debemos seguir adelante. Ésta es la única razón de que la Guardia haya perdurado tanto tiempo, y sobrevivido más que cualquier otra organización clandestina.
Pero ningún sistema es perfecto.
—Que no haya recibido nuevas órdenes no significa que no tenga idea de cuáles podrían ser —le digo.
Le tiembla la mejilla. Para fruncir el ceño o para sonreír, no lo sé. Aunque dudo que sea para esto último. El coronel no sonríe, al menos no de verdad. No lo ha hecho desde hace muchos años.
—Tengo mis sospechas —replica después de un largo momento.
—¿Y son…?
—Mías.
Siseo entre dientes. Típico. Y quizá para bien, si soy honesta conmigo. He tenido bastantes roces con los perros de caza Plateados para saber lo vital que es el sigilo de la Guardia. Mi mente sólo contiene nombres, fechas, operaciones, información suficiente para inutilizar los dos últimos años de trabajo en la comarca de los Lagos.
—Capitana Farley.
No usamos nuestros títulos o nombres en la correspondencia oficial. Yo soy Cordero, de conformidad con cualquier nota que pueda ser interceptada. Otra defensa. Si uno de nuestros mensajes cae en las manos equivocadas, si los Plateados descifran nuestro código, se las verán negras para dar con nosotros y desenredar nuestra vasta y exclusiva red.
—Coronel —respondo y él me mira por fin.
El pesar enciende su ojo sano, todavía con un conocido matiz azul. El resto ha cambiado con el paso de los años. Es notoriamente más duro, una masa correosa de músculos viejos enrollada como una serpiente bajo prendas raídas. Su cabello rubio, más claro que el mío, ha comenzado a caerse. Hay canas en sus sienes. No puedo creer que no lo haya visto antes. Ha envejecido. Aunque no se ha vuelto lento ni estúpido. Es tan astuto y peligroso como siempre.
Me quedo quieta bajo su rápida y silenciosa observación. Todo es una prueba para él. Cuando abre la boca, sé que la he superado.
—¿Qué sabe de Norta?
Esbozo una sonrisa cruel.
—Así que por fin han decidido expandirse…
—Le he hecho una pregunta, Corderito.
El sobrenombre es risible. Mido más de uno ochenta.
—Es otra monarquía como la de la comarca de los Lagos —suelto—. Los Rojos deben trabajar o alistarse. Se concentran en la costa, su capital es Arcón. Han estado en guerra con la comarca de los Lagos durante casi un siglo. Tienen una alianza con las Tierras Bajas. Su rey es Tiberias… Tiberias…
—Sexto —interviene. Reprende como un maestro, lo cual no significa que yo haya pasado mucho tiempo en la escuela. Por su culpa—. De la Casa de Calore.
Idiotas. El cerebro ni siquiera les alcanza para ponerles nombres diferentes a sus hijos.
—Quemadores —añado—. Reivindican la así llamada Corona Ardiente. Lógicamente, se oponen a los reyes ninfos de la comarca de los Lagos.
Conozco demasiado bien esta monarquía porque he vivido siempre bajo su régimen. Es tan interminable y persistente como las aguas de su reino.
—Así es. Se oponen, pero son horriblemente semejantes a ellos.
—Infiltrarnos en ella debe ser igual de fácil, entonces.
Alza una ceja para señalar el estrecho espacio que nos rodea. Tiene un aspecto casi divertido.
—¿Llama fácil a esto?
—No me han disparado hoy, así que yo diría que sí —contesto—. Además, Norta es ¿cuánto?, ¿la mitad de tamaño que la comarca de los Lagos?
—Con una población comparable. Ciudades densas, una base de infraestructura más avanzada…
—Tanto mejor para nosotros. Es sencillo esconderse en las multitudes.
Tensa la mandíbula, molesto.
—¿Tiene una respuesta para todo?
—Soy buena en lo que hago —afuera retumba otro trueno, más cerca que antes—. Así que vamos a Norta. A hacer lo mismo que hemos hecho aquí —insisto.
Mi cuerpo ya vibra de expectación. He esperado esto mucho tiempo. La comarca de los Lagos es sólo una parte de la rueda, una nación en un continente de muchas otras. Una rebelión limitada a sus fronteras fracasaría en definitiva, sofocada por las demás naciones del continente. En cambio, algo más grande, una ola que abarque dos reinos, otro cimiento por hacer explotar bajo los malditos pies de los Plateados… eso sí tiene posibilidades. Y una posibilidad es todo lo que necesito para hacer lo que debo.
El arma ilegal que cuelga de mi cintura no había sido nunca tan reconfortante.
—No olvide, capitana —me mira ahora, y ojalá no lo hiciera. Es casi igual a ella—, dónde residen realmente nuestras habilidades. Qué iniciamos, de dónde venimos.
Sin previo aviso, golpeo con el talón las tablas bajo nosotros. Él no se inmuta. Mi enfado no es una sorpresa.
—¿Cómo podría olvidarlo? —digo con sorna. Contengo el impulso de tirar de la larga trenza rubia que cae sobre mi hombro—. Mi espejo me lo recuerda cada día.
Aunque no gano nunca las discusiones con el coronel, esto lo siente al menos como un empate.
Mira de nuevo la pared. El último rayo de sol entra por ahí e ilumina la sangre de su ojo herido, que despide destellos rojos bajo la luz mortecina.
La exhalación del coronel está cargada de recuerdos.
—El mío también.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE LA COMANDANCIA
Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: Trial, CL.
Destino: COMANDANCIA en CLASIFICADO.
—De vuelta en TRIAL con CORDERO.
—Confirmados los informes de contraofensiva Plateada en ADELA, CL.
—Se solicita permiso para enviar a RECESO y su equipo a observar / responder.
—Se solicita permiso para iniciar evaluación de viabilidad de contacto en NRT.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Agente: General CLASIFICADO.
Denominación: TAMBOR.
Origen: CLASIFICADO.
Destino: CARNERO en Trial, CL.
—Se otorga permiso para enviar a RECESO. Sólo a observar, operación VIGÍA.
—Se otorga permiso para evaluar viabilidad de contacto en NRT.
—CORDERO se hará cargo de la operación TELARAÑA ROJA y se pondrá en contacto con redes de contrabando y clandestinas en NRT, énfasis en la banda de mercado negro WHISTLE. Se anexan órdenes, para su exclusivo conocimiento. Se le enviará a NRT en un plazo máximo de una semana.
—CARNERO se hará cargo de la operación BALUARTE. Se anexan órdenes, para su exclusivo conocimiento. Se le enviará a Ronto en un plazo máximo de una semana.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
Trial es la ciudad más grande en la frontera con los Lacustres, y sus intrincadas murallas y torres dan al lado contrario del lago de los Huesos Pardos y se adentran en el corazón de la campiña de Norta. Este lago cubre una ciudad sumergida que fue completamente saqueada por buzos ninfos. Entretanto, los esclavos de la comarca de los Lagos construyeron Trial en sus orillas, a modo de escarnio contra las ruinas anegadas y las inexploradas zonas de Norta.
Antes me preguntaba qué clase de idiotas son los que libran esta guerra Plateada si insisten en restringir los campos de batalla al desolado Obturador. La frontera norte es larga y sinuosa, sigue el curso del río y está casi totalmente arbolada en ambos lados, siempre protegida pero nunca atacada. Claro que el frío y la nieve son brutales en invierno, pero ¿qué hay de la primavera y el verano más recientes? ¿Y ahora? Si Norta y la comarca de los Lagos no hubieran peleado durante un siglo, es de suponer que esta ciudad sería asaltada en cualquier momento. Pese a todo, no hay nada de eso, y nunca lo habrá.
Porque esta guerra no lo es en absoluto.
Es un exterminio.
Miles de soldados Rojos se alistan, combaten y mueren año tras año. Se les dice que deben luchar por sus reyes y defender a su país y a sus familias, quienes seguramente serían aplastados y derrocados si no fuera por su valentía obligatoria. Los Plateados se recuestan y mueven de un lado a otro sus legiones de juguete, para intercambiar golpes que al parecer nunca logran gran cosa. Los Rojos son demasiado ignorantes para notarlo. Es aberrante.
Sólo por una de un millar de razones yo creo en la causa y en la Guardia Escarlata. En cualquier otro caso, creer no vuelve fácil recibir una bala. Como pasó aquella vez en que regresé a Irabelle, sangrando por el abdomen, cuando no podía caminar sin la maldita ayuda del coronel. En esa ocasión tuve al menos una semana para descansar y sanar. Ahora dudo que esté aquí más de unos días antes de que vuelvan a mandarnos a otra parte.
Irabelle es la única base apropiada de la Guardia en la región, por lo menos hasta donde sé. Aunque hay varias casas de seguridad dispersas junto al río y en lo profundo del bosque, Irabelle es sin duda el corazón palpitante de nuestra organización. Parcialmente subterránea y totalmente invisible, la mayoría de nosotros la llamaríamos nuestro hogar si tuviéramos que hacerlo. Pero la mayoría no tenemos otro hogar más que la Guardia y los Rojos que nos acompañan.
La estructura es mucho más grande de lo necesario, así que un desconocido —o un invasor— se perdería fácilmente en ella. Es perfecta para buscar el silencio, por no hablar de que casi todas sus entradas y pasillos están provistos de compuertas. A una orden del coronel, el lugar entero se hunde, sumergido como el viejo mundo anterior a él. Esto lo vuelve húmedo y fresco en el verano y frío en el invierno, con paredes como capas de hielo. En cualquier estación, me gusta caminar por los túneles y hacer un patrullaje solitario a lo largo de sus oscuros corredores de cemento que todos han olvidado menos yo. Después de haber pasado un tiempo en el tren y de haber evitado la mirada acusadora y carmesí del coronel, el aire fresco y el túnel abierto a mis pies son lo más parecido a la libertad que haya conocido jamás.
El arma gira ociosamente en mi dedo con un preciso equilibrio que soy experta en mantener. No está cargada. No soy tonta. Aunque su peso letal no deja de ser agradable. Norta. La pistola da vueltas todavía. Sus leyes de portación de armas son más estrictas que las de la comarca de los Lagos. Sólo se permite llevarlas a cazadores registrados. Y son pocos. Éste es otro obstáculo que estoy ansiosa por vencer. Pese a que nunca he ido a Norta, imagino que es igual a la comarca de los Lagos: igual de Plateada, igual de peligrosa, igual de ignorante. Con un millar de verdugos y un millón destinado a la horca.
Hace mucho tiempo dejé de cuestionarme el motivo de que se permita que esto continúe. A mí no me enseñaron a aceptar la jaula de un amo, como lo hacen tantos. Lo que veo como una rendición exasperante es para muchos la única posibilidad de supervivencia. Supongo que tengo que agradecerle al coronel mi terca creencia en la libertad. No me dejó nunca pensar otra cosa. No me dejó nunca contentarme con mis circunstancias. Aunque no se lo diré jamás. Ha hecho demasiadas cosas como para merecer mi gratitud.
Yo he hecho lo mismo. Pienso que es justo. ¿Y acaso no creo en la justicia?
Me doy la vuelta cuando escucho unos pasos y deslizo el arma a mi costado, para mantenerla oculta. A otro miembro de la Guardia le daría igual, pero no a un agente Plateado. Pese a todo, no creo que uno de ellos nos encuentre aquí. No lo harán nunca.
Indy no se molesta en saludar. Se detiene a unos metros de mí, donde sus tatuajes destacan contra su piel canela incluso bajo la escasa luz. Unas espinas suben por un lado, desde su muñeca hasta la coronilla de su cabeza pelada al rape, y unas rosas descienden en curvas por el otro brazo. Su nombre en clave es Receso, aunque Jardín habría sido más apropiado. Es capitana como yo, una más entre los subalternos del coronel. Hay diez en total bajo su mando, cada uno con un destacamento mayor de soldados jurados que han prometido ser leales a sus capitanes.
—El coronel quiere verte en su oficina. Tiene nuevas órdenes —me dice y baja la voz, pese a que nadie puede oírnos en las profundidades de Irabelle—. No está de buenas.
Sonrío y la aparto para pasar. Es más baja que yo, como casi todos, así que tiene que hacer un esfuerzo para estar a la altura.
—¿Lo está alguna vez?
—Sabes a qué me refiero. Esto es distinto.
El destello en sus ojos oscuros revela un extraño temor. Lo he visto antes, en la enfermería, cuando se plantó junto al cuerpo de otra capitana, Saraline, cuyo nombre en clave es Piedad y que perdió un riñón en un decomiso de armas de rutina. Todavía está en recuperación. El cirujano temblaba, cuanto menos. No es culpa tuya, no es labor tuya, me dije. De todos modos, he hecho lo que he podido. No soy ajena a la sangre, y era la mejor médico disponible en ese momento, pero ésa fue la primera ocasión en que sostuve un órgano humano. Por lo menos ella sigue viva.
—Ya camina —me informa Indy, porque descifra la culpa en mi rostro—. Despacio, pero lo hace.
—Qué bien —digo, aunque omito añadir que debería haber caminado desde hace varias semanas.
No es culpa tuya, se repite en mi cabeza.
Cuando llegamos al eje central, ella dobla hacia la enfermería. No se ha apartado de Saraline más que para cumplir sus tareas y, aparentemente, las diligencias del coronel. Llegaron juntas a la Guardia y parecían hermanas de tan íntimas que eran. Luego fue obvio que dejaron de ser hermanas. A nadie le importa. No hay reglas que prohíban fraternizar en la organización, siempre y cuando el trabajo se haga y todos regresen vivos. Hasta ahora nadie en Irabelle ha sido tan necio o sensiblero para permitir que algo tan nimio como un sentimiento ponga en peligro nuestra causa.
Dejo a Indy con sus preocupaciones y me dirijo en dirección contraria, adonde sé que el coronel espera.
Su oficina sería una tumba maravillosa. No tiene ventanas, sus muros son de cemento y su lámpara siempre se apaga en el momento menos indicado. Hay lugares mucho mejores en Irabelle para que él se ocupe de sus asuntos, pero le agradan el silencio y los espacios cerrados. Es tan espigado que el techo a baja altura lo hace parecer un gigante. Quizá por eso le gusta tanto este lugar.
Su cabeza roza el cielo raso cuando se levanta para recibirme.
—¿Tiene nuevas órdenes? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
Llevamos dos días aquí. Sé que no hay que esperar vacaciones de ningún tipo, incluso después del gran éxito de la operación Lacustre. Las vías centrales de tres lagos, clave cada uno de ellos para acceder a la comarca de los Lagos, nos pertenecen ya, y nadie se ha enterado. Para cuál alto propósito, no sé. Esto le incumbe a la comandancia, no a mí.
El coronel desliza sobre la mesa una hoja doblada y con el borde sellado. Tengo que abrirla con un dedo. ¡Qué raro! No había recibido nunca órdenes selladas.
Mis ojos vuelan por la página y se abren con cada palabra. Son órdenes de la comandancia, de lo más alto, por encima del coronel, directamente para mí.
—Éstas son…
Levanta una mano y me detiene en seco.
—La comandancia dice que son para su exclusivo conocimiento —asevera con una voz contenida, en la que de cualquier forma percibo molestia—. Es su operación.
Cierro un puño para mantener la calma. Mi operación. La sangre martillea en mis oídos, empujada por un pulso ascendente. Aprieto la mandíbula y hago rechinar los dientes para no sonreír. Veo las órdenes de nuevo para estar segura de que son reales. Operación Telaraña Roja.
Un momento después, me doy cuenta de que falta algo.
—No se le menciona a usted, señor.
Levanta la ceja del ojo enfermo.
—¿Esperaba otra cosa? No soy su niñera, capitana.
Se irrita. Su máscara de control amenaza con venirse abajo y él se entretiene con un escritorio ya prístino, del que sacude una mota de polvo inexistente.
Hago caso omiso del insulto.
—Muy bien. Supongo que tiene sus propias órdenes.
—Así es —dice al instante.
—Esto hay que celebrarlo, aunque sea modestamente.
Casi ríe.
—¿Qué quiere celebrar? ¿Ser un emblema? ¿O que aceptará una misión suicida?
Ahora sonrío de veras.
—Yo no lo veo así —doblo lentamente las órdenes y las meto en la bolsa de mi cazadora—. Esta noche brindaré por mi primera misión independiente y mañana partiré a Norta.
—Para su exclusivo conocimiento, capitana.
Cuando llego a la puerta, lo miro por encima del hombro.
—Como si usted no lo supiera ya —su silencio es admisión suficiente—. Además, voy a seguir bajo sus órdenes, así que podrá transmitir mis mensajes a la comandancia —agrego. No resisto la tentación de espolearlo un poco. Se lo merece por su idea de la niñera—. ¿Cómo le llaman a eso? ¡Ah, sí! El intermediario.
—Tenga cuidado, capitana.
Inclino la cabeza y sonrío mientras abro de un tirón la puerta de su oficina.
—Como siempre, coronel.
Por fortuna, no permite que se imponga otro incómodo silencio.
—Sus técnicos de televisión la aguardan en su cuartel. Será mejor que se apresure.
—Espero estar lista para la cámara.
Dejo escapar una risa falsa y finjo acicalarme.
Con una sacudida de su mano, él me aparta oficialmente de su vista. Me marcho con gusto y recorro los pasillos de Irabelle llena de entusiasmo.
Para mi sorpresa, la emoción que me hace palpitar no dura mucho. Pese a que he salido a toda velocidad hacia el cuartel para darle la buena noticia a mi equipo de soldados, mi paso disminuye pronto y mi deleite cede a la renuencia. Y al miedo.
Hay una razón para que nos llamen Carnero y Cordero, más allá de la obvia. Nunca me han enviado sin la guía del coronel. Él ha estado siempre ahí, como una red de protección que yo no he pedido jamás, pero con la que me he familiarizado. Él ha salvado mi vida tantas veces que ya he perdido la cuenta. Y es, en efecto, el motivo de que yo esté aquí y no en una aldea helada en la que perdería dedos cada invierno y amigos en cada ronda de reclutamiento. A pesar de que no siempre estamos de acuerdo, cumplimos invariablemente con nuestro trabajo y salimos vivos. Triunfamos donde otros no pueden. Sobrevivimos. Ahora debo hacer lo mismo sola. Ahora tengo que proteger a otros y ser responsable de sus vidas… y sus muertes.
Me detengo y me tomo unos momentos más para reponerme. La frescura de la sombra me tienta y apacigua. Me apoyo en la resbaladiza pared de cemento y permito que el frío se filtre en mí. Debo ser como el coronel cuando forme mi equipo. Yo soy su capitana, su comandante, y tengo que ser perfecta. No hay lugar para errores y vacilaciones. Debemos avanzar a toda costa. Nos levantaremos, Rojos como el amanecer.
Puede que el coronel no sea una buena persona, pero es un líder brillante. Eso ha bastado siempre. Y yo haré ahora todo lo posible para ser como él.
Pienso mejor en mi plan. Que el resto haraganee otro poco.
Entro sola a mi cuartel, con la frente en alto. Ignoro por qué me han elegido, por qué la comandancia quiere que sea yo quien proclame nuestro mensaje. Sin embargo, estoy segura de que es por una buena razón. Una joven que sostiene una bandera es una figura imponente… y desconcertante. Los Plateados podrán enviar hombres y mujeres a morir en el frente en igual medida, pero un grupo rebelde encabezado por una mujer es más fácil de subestimar. Y esto es justo lo que la comandancia desea. O simplemente prefiere que sea yo, y no uno de los suyos, la persona a la que al final se identifique y ejecute.
El primer técnico, prófugo de un arrabal a juzgar por su cuello tatuado, me hace señas para que me acerque a la cámara, ya en espera. Otro me ofrece una pañoleta roja y un mensaje escrito a máquina, que sólo será escuchado dentro de muchos meses.
Y cuando lo sea, cuando se deje oír de un extremo a otro de Norta y la comarca de los Lagos, caerá con la fuerza de un mazo.
Enfrento las cámaras sola, con el rostro oculto y unas palabras de acero.
Nos levantaremos, Rojos como el amanecer.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE LA COMANDANCIA
Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: Trial, CL.
Destino: COMANDANCIA en CLASIFICADO.
—Equipo VIGÍA encabezado por RECESO enfrentó oposición en ADELA.
—Casa de seguridad en ADELA destruida.
—Resumen de VIGÍA: muertos en combate: R. INDY, N. CAWRALL, T. TREALLER, E. KEYNE (4).
—Conteo de bajas Plateadas: cero (0).
—Conteo de bajas civiles: desconocido.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Día 4 de la operación TELARAÑA ROJA, etapa 1.
Agente: Capitán CLASIFICADO.
Denominación: CORDERO.
Origen: Harbor Bay, NRT.
Destino: CARNERO en CLASIFICADO.
—Tránsito fluido por regiones ADERONACK, GRANDES BOSQUES, COSTA DE LAS MARISMAS.
—Tránsito difícil por región del FARO, fuerte presencia militar en NRT.
—Se estableció contacto con NAVEGANTES. Se entró a HARBOR BAY con su ayuda.
—Entrevista con EGAN, jefe de los NAVEGANTES. Se evaluará.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER..
Como cualquier buen cocinero podría decirlo, siempre hay ratas en la cocina.
El reino de Norta no es la excepción. Por sus grietas y fisuras se arrastra lo que la elite Plateada llamaría alimañas: ladrones, contrabandistas, desertores del ejército, adolescentes Rojos que huyen del alistamiento o débiles ancianos que intentan escapar al castigo del ocioso crimen de envejecer. En el campo, hacia la frontera Lacustre en el norte, esas personas se concentran en los bosques y las pequeñas aldeas, y buscan su seguridad en lugares donde los Plateados que se precian de serlo no se rebajarían a vivir. En cambio, en ciudades como Harbor Bay, donde los Plateados mantienen casas elegantes y legislación favorable, los Rojos recurren a medidas más desesperadas. Yo debo hacerlo así.
No es fácil llegar hasta el jefe Egan. Sus pretendidos colegas nos conducen a mí y a mi lugarteniente, Tristan, por un laberinto de túneles bajo las murallas de la ciudad costera. Volvemos sobre nuestros pasos más de una vez, con objeto de confundirme y de despistar a quien pretenda seguirnos. Casi doy por hecho que Melody, la ladrona de dulce voz y ojos de lince que nos guía, nos vendará los ojos. Por el contrario, permite que la oscuridad haga su labor, y cuando emergemos apenas puedo orientarme y rondar por la ciudad.
Tristan no es un hombre confiado, como buen soldado de la Guardia Escarlata. No se separa ni un instante de mí y mantiene una mano en su chaqueta, donde porta un largo cuchillo. Melody y sus hombres se toman a broma la obvia amenaza, y abren sus abrigos y mantones para exhibir sus propias armas cortantes.
—No te preocupes, Pequeño —le dice ella mientras alza una ceja en su dirección y a su altura descomunal—. Estáis bien protegidos.
Él enrojece de furia pero no suelta el arma. Y yo no olvido un segundo el puñal que llevo metido en la bota ni la pistola que guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón.
Melody nos lleva por un mercado que vibra con los sonidos de rigor y el punzante aroma del pescado. Su robusto cuerpo se abre camino entre la muchedumbre, que se aparta para dejarla pasar. El tatuaje en su brazo, un ancla azul rodeada por una soga ondulada de color rojo, es advertencia suficiente. Es una Navegante, miembro de la organización de contrabando que la comandancia me encomendó sondear. Y a juzgar por la forma en que manda a su destacamento, tres de cuyos integrantes la siguen, es muy respetada y de alto rango.
Siento que me evalúa, a pesar de que dirige los ojos al frente. Por esto es que he decidido no traer a la ciudad al resto de mi equipo para nuestro encuentro con su jefe. Tristan y yo somos más que suficientes para evaluar esta organización, juzgar sus motivos y presentar un informe.
Todo indica que Egan ha adoptado el método opuesto.
Aunque espero hallar una fortaleza subterránea muy parecida a la nuestra en Irabelle, Melody nos encamina hacia la vieja torre de un faro cuyas paredes han sido desgastadas por el aire salado y la antigüedad. En otro tiempo, un fanal que ponía los barcos a buen recaudo, ahora está demasiado lejos del océano, pues la ciudad se ha adentrado en el puerto. Desde fuera, da la impresión de estar en el abandono, ya que sus ventanas están cerradas con postigos y las puertas atrancadas. Esto no significa nada para los Navegantes. Ni siquiera se molestan en ocultar su acercamiento, pese a que todos mis instintos claman discreción. En cambio, Melody nos lleva por el mercado al aire libre, con la cabeza en alto.
La multitud se mueve con nosotros como un banco de peces. Para servirnos de camuflaje. Para escoltarnos hasta el faro y una maltrecha puerta cerrada con llave. Esta acción me sorprende, y descubro que, en apariencia, los Navegantes están muy bien organizados. Es obvio que imponen respeto, por no decir que también lealtad. Ambos son premios muy valiosos para la Guardia Escarlata, algo que no puede comprarse con el dinero ni la intimidación. El corazón me salta en el pecho. Al parecer, los Navegantes son en efecto unos aliados viables.
Una vez a salvo en el faro, al pie de una interminable escalera de caracol, siento que una tensa cuerda se libera en mi pecho. Aunque poseo experiencia en infiltrarme en ciudades Plateadas y merodear por las calles con relativa concentración, no me gusta hacerlo. Sobre todo si no tengo al coronel a mi lado, quien es un escudo tosco pero eficaz contra cualquier cosa que pueda sucedernos.
—¿No teméis a los agentes de seguridad? —pregunto mientras uno de los Navegantes cierra la puerta a nuestras espaldas—. ¿Ellos no saben que estáis aquí?
Melody ríe de nuevo. Ya ha subido una docena de peldaños y continúa su ascenso.
—Claro que lo saben.
Los ojos de Tristan casi se salen de sus órbitas.
—¿Qué? —palidece, porque piensa lo mismo que yo.
—Que seguridad sabe que estamos aquí —repite ella y su voz produce eco en la torre.
Cuando pongo un pie en el primer peldaño, Tristan me agarra de la muñeca.
—No deberíamos estar aquí, capi… —murmura, como si hubiera perdido el control.
No le doy la oportunidad de decir mi nombre, de ir contra las reglas y protocolos que nos han protegido durante tanto tiempo. En cambio, le encajo el antebrazo en la tráquea y lo empujo con toda mi fuerza por las escaleras. Cae cuan largo es sobre varios peldaños.
El color me cambia de la vergüenza. Esto no es algo que me guste hacer, sea frente a propios o extraños. Tristan es un buen lugarteniente, aunque un tanto sobreprotector. No sé qué es más perjudicial: dejarles ver a los Navegantes que hay desacuerdo en nuestras filas o mostrarles temor. Espero que sea esto último. Después de alzar los hombros de forma calculada, doy un paso atrás y le ofrezco una mano a Tristan, pero no me disculpo. Él sabe por qué.
Y sin decir palabra, me sigue escaleras arriba.
Melody nos cede su lugar y siento sus ojos en cada pisada. Ciertamente me observa ahora. Y se lo permito, con un rostro y una actitud indiferentes. Hago cuanto puedo por ser como el coronel, impredecible e inquebrantable.
En la cresta del faro las ventanas tapiadas dan paso a una amplia vista de Harbor Bay. Construida literalmente sobre otra ciudad antigua, Bay es un nudo terrible. Sus estrechos recodos y callejones son más propios para caballos que para vehículos, y nosotros tuvimos que escurrirnos por pasadizos para no ser atropellados. Desde este mirador, puedo ver que todo gira en torno al famoso puerto, con demasiadas callejuelas, túneles y esquinas olvidadas como para ser patrulladas. Si se añade a todo esto una alta concentración de Rojos, se comprenderá que es un sitio ideal para el alzamiento de la Guardia Escarlata en la zona. Nuestra inteligencia identificó esta urbe como la raíz más viable de la rebelión Roja en Norta. A diferencia de la capital, Arcón, donde la sede del gobierno demanda un orden absoluto, Harbor Bay no está sometida a un control tan estricto.
Pero no está desamparada. La base militar que se yergue sobre las aguas, Fort Patriot, divide en dos el perfecto semicírculo de la tierra y las olas. Éste es un eje para el ejército, la marina y la aviación de Norta, el único de su clase que sirve a los tres cuerpos de las fuerzas armadas Plateadas. Como el resto de la ciudad, sus muros y edificios están pintados de blanco y guarnecidos de tejados azules y altas torrecillas de plata. Intento memorizar todo esto desde mi atalaya. Quién sabe cuándo podrían ser de utilidad estos conocimientos. Y gracias a la absurda guerra que hoy se libra en el norte, Fort Patriot es enteramente ajeno a la ciudad que lo circunda. Los soldados no traspasan sus muros, en tanto que la seguridad mantiene a raya la urbe. Según ciertos informes, resguarda a los suyos, los ciudadanos Plateados, pues los Rojos de Harbor Bay se gobiernan en gran medida solos, con grupos y pandillas que preservan su propia versión del orden. Hay tres de ellos en particular.
La Patrulla Roja es una especie de fuerza policiaca que mantiene la justicia Roja que le es posible y protege y hace cumplir leyes que la seguridad Plateada no se molestará en vigilar. Resuelve controversias Rojas y crímenes cometidos contra los nuestros, para impedir más abusos a manos de la inclemente sangre Plateada. Su trabajo es reconocido, tolerado incluso, por los funcionarios de la ciudad, lo cual explica que yo no haya acudido a ella. Aunque puede ser que su causa sea noble, para mi gusto desfila demasiado cerca de los Plateados.
Los Piratas, una gavilla con pretensiones, me despiertan una desconfianza igual. Son violentos a decir de todos, un rasgo que yo admiraría normalmente. Su ocupación es la sangre, y causan la sensación de un perro rabioso. Salvajes, brutos y despiadados, sus miembros suelen ser ejecutados y rápidamente sustituidos. Mantienen el control de su sector en la ciudad mediante la opresión y el asesinato, y suelen estar en desacuerdo con su grupo rival, Los Navegantes.
A quienes debo evaluar.
—Supongo que tú eres Cordero.
Me vuelvo sobre mis talones, desde el horizonte que se extiende hacia todas las latitudes.
El hombre, que imagino es Egan, está dejado caer sobre las ventanas opuestas, sin saber o sin temer que nada más que un vidrio antiguo se halla entre él y una larga caída. Al igual que yo, monta una farsa, y muestra las cartas que quiere al tiempo que oculta el resto.
He acudido aquí únicamente con Tristan para producir cierta impresión. Flanqueado por Melody y una caterva de Navegantes, Egan ha optado por demostrar su fuerza. Para causar un impacto en mí. Muy bien.
Expone dos brazos musculosos y cubiertos de cicatrices a los que distinguen dos tatuajes de anclas. Me recuerda al coronel, pese a que no se parecen en absoluto. Egan es de baja estatura, rechoncho, fornido, con una piel achicharrada por el sol y una larga cabellera consumida por la sal y recogida en una trenza enredada. No me cabe la menor duda de que ha pasado la mitad de su vida en una barca.
—O al menos ése es el nombre en clave que te endilgaron —continúa, en medio de una sonrisa. Le falta un buen número de dientes—. ¿Estoy en lo cierto?
Me encojo de hombros, evasiva.
—¿Mi nombre importa?
—En absoluto. Sólo tus intenciones. ¿Las cuales son…?
Tan sonriente como él, avanzo hasta el centro de la sala, no sin eludir la depresión circular que antes ocupaba la lámpara.
—Creo que usted ya las conoce.
Mis órdenes indicaban que debía ponerme en contacto con esta pandilla, pero no hasta qué punto. Fue una omisión necesaria, ya que de lo contrario personas desconocidas podrían usar nuestra correspondencia contra nosotros.
—Bueno, conozco bastante bien las metas y tácticas de tu gente, pero me refiero a ti. ¿A qué has venido?
Tu gente. Estas palabras punzan y tironean mi cerebro. Las interpretaré después. Me gustaría más una pelea a golpes que este juego nauseabundo de toma y daca. Preferiría un ojo morado a un acertijo.
—Mi meta es establecer líneas abiertas de comunicación. Ustedes son una organización de contrabando, y tener amigos al otro lado de la frontera nos beneficiaría a ambas partes —con otra sonrisa cautivadora, paso los dedos por mi cabello trenzado—. Sólo soy un mensajero, señor.
—Yo no llamaría mensajero a una capitana de la Guardia Escarlata.
Tristan no se mueve esta vez. Es mi turno de reaccionar, a pesar de mi instrucción. Egan no pasa por alto mis ojos bien abiertos ni el color de mis mejillas. Sus asistentes, Melody en particular, tienen la audacia de sonreír entre ellos.
Tu gente. La Guardia Escarlata. Nos conoce.
—Entonces no soy la primera.
Exhibe otra sonrisa maniática.
—Ni de lejos. Hemos transportado mercancías de los tuyos desde… —mira a Melody mientras hace una pausa para llamar la atención— hace dos años, ¿no?
—Septiembre del trescientos, jefe —responde ella.
—Ah, sí. Por lo que veo, tú no sabes nada de eso, Oveja.
Reprimo el impulso de abrir la boca y protestar. Discreción, decían las órdenes. Dudo que se considere discreto lanzar a un criminal engreído desde su torre en decadencia.
—No es nuestra costumbre.
Y ésta es la única explicación que ofrezco. Porque aunque Egan se crea superior a mí, mucho más informado que yo, se equivoca. No tiene idea de lo que somos, de lo que hemos hecho y de cuánto más planeamos hacer. Ni siquiera puede imaginarlo.
—Bueno, tus camaradas pagan bien, eso es seguro —hace tintinear una pulsera de plata finamente trabajada, trenzada como una soga—. Espero que tú seas igual.
—Si hace lo que se le pide, así será.
—Entonces haré lo que se me pida.
Me basta con inclinarme hacia Tristan para que él se ponga en marcha. Llega junto a mí con dos pasos largos, de modo tan rápido y desgarbado que Egan echa a reír.
—¡Vaya que eres escuálido, campeón! —exclama—. ¿Cómo te dicen? ¿Espárrago?
Una comisura de mi boca se mueve, pero no sonrío. Por Tristan. Por más que coma o entrene, sus músculos no se fortifican. A él le da lo mismo. Es un pistolero, un francotirador, no un bravucón. Es más valioso a cien metros de distancia, con un buen rifle. No le haré saber a Egan que su nombre en clave es Huesos.
—Necesitamos información general sobre una red a la que llaman Whistle, y ser presentados ante ella —dice Tristan para formular mis peticiones en lugar de mí. Otra táctica del coronel que he adoptado—. Buscamos contactos viables en estas áreas clave.
Muestra un mapa en el que las ciudades e intersecciones importantes de todo el país aparecen marcadas con puntos rojos. Las conozco sin que sea necesario que las vea: las barriadas industriales de Gray Town y Ciudad Nueva; la capital, Arcón; Delphie; la ciudad militar de Corvium, y muchas otras pequeñas poblaciones y aldeas. Aunque Egan no mira el documento, asiente; es la imagen misma de la confianza.
—¿Algo más? —pregunta fastidiado.
Tristan se vuelve hacia mí, como si me diera la última oportunidad de negarme a la orden final de la comandancia. Pero no lo haré.
—Tendremos que emplear pronto su red de contrabando.
—No hay ningún problema. Con los Whistle a su disposición, el país entero está a su alcance. Pueden traer y llevar cualquier cosa de aquí a Corvium si así lo quieren.
No me queda otro remedio que sonreír, con lo que muestro mis dientes.
Pero la sonrisa de Egan se atenúa un poco. Sabe que hay algo más.
—¿Cuál será el cargamento?
Con manos rápidas, arrojo a sus pies una pequeña bolsa de tetrarcas. Todos ellos de plata. Suficientes para convencerlo.
—Las personas adecuadas.
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Día 6 de la operación TELARAÑA ROJA, etapa 1.
Agente: Capitán CLASIFICADO.
Denominación: CORDERO.
Origen: Harbor Bay, NRT.
Destino: CARNERO en CLASIFICADO.
—NAVEGANTES dirigidos por EGAN aceptan condiciones. Se encargarán de transporte en región FARO una vez iniciada etapa 2 de TELARAÑA ROJA.
—Se informa que NAVEGANTES conocen organización GE. Otras células activas en NRT. ¿Buscar aclaraciones?
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
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Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: CLASIFICADO.
Destino: CORDERO en Harbor Bay, NRT.
—Ignórelo. Concéntrese en TELARAÑA ROJA.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
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Día 10 de la operación TELARAÑA ROJA, etapa 1.
Agente: Capitán CLASIFICADO.
Denominación: CORDERO.
Origen: Albanus, NRT.
Destino: CARNERO en CLASIFICADO.
—Se hizo contacto con red WHISTLE en región FARO y VALLE PRIMORDIAL, todo listo para etapa 2.
—Se busca acceso RÍO CAPITAL arriba.
—Ciudad ALBANUS, centro rojo más próximo a SUMMERTON (residencia temporal del rey Tiberias y su gob.).
—¿Valiosa? Se evaluará.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
Los lugareños la llaman Los Pilares. Ahora sé por qué. El río está muy crecido todavía, abastecido por los deshielos de primavera, y gran parte del poblado estaría bajo el agua si no fuera por los altos soportes sobre los que sus estructuras se levantan. Un redondel remata ominosamente la cumbre de una colina, como un firme recordatorio de quiénes son los dueños de este lugar y quiénes gobiernan este reino.
A diferencia de las grandes ciudades de Harbor Bay y Haven, aquí no hay murallas, puertas ni controles de sangre. Mis soldados y yo entramos por la mañana junto con el resto de los comerciantes que recorren el Camino Real. Un agente Plateado inspecciona nuestras tarjetas de identidad falsas con una mirada indolente antes de hacernos señas para que pasemos, con lo que deja entrar una manada de lobos a su aldea de ovejas. Si no fuera por la ubicación de Albanus y su cercanía con el palacio de verano del rey, yo no le dedicaría otra mirada a este sitio. No hay nada de utilidad aquí, sólo leñadores explotados y sus familias, apenas lo bastante vivos para comer, y menos todavía para rebelarse contra un régimen Plateado. Pero Summerton está unos kilómetros río arriba, lo que vuelve a Albanus digna de mi atención.
Tristan memorizó la estructura de la ciudad antes de que llegáramos, o al menos intentó hacerlo. No nos serviría de nada consultar explícitamente nuestros mapas y hacer saber a todos que no somos de aquí. Él da la vuelta a la izquierda rápidamente. Los demás lo seguimos fuera del pavimentado Camino Real hasta la enlodada y transitada calzada que corre a lo largo de la ribera. Nuestras botas se hunden, pero nadie resbala.
Las casas de pilares se alzan a la izquierda, donde salpican la que creo que es la vereda del Caminante. Unos niños sucios nos ven pasar en lo que lanzan ociosamente al río piedras que besan la superficie. Más allá, pescadores en sus balsas tiran de redes refulgentes y llenan sus pequeñas embarcaciones con el botín del día. Ríen entre ellos, felices de trabajar. Felices de tener un empleo que los libra del alistamiento y una guerra sin sentido.
La Whistle que localizamos en Orienpratis, una ciudad de canteros a las afueras del Faro, es la razón de que estemos aquí. Nos aseguró que uno más de su calaña opera en Albanus, donde sirve de valla a los ladrones y los negocios no muy legales del poblado. Pero sólo nos dijo que había un Whistle, no el lugar donde lo encontraríamos. Y no porque no confiara en mí, sino porque no sabía quién opera en Albanus. De igual forma que la Guardia Escarlata, los Whistle guardan sus secretos aun entre ellos. Así que mantengo los ojos bien atentos.
El mercado de Los Pilares bulle de actividad. Lloverá pronto, y todos quieren concluir sus diligencias antes de que se inicie el aguacero. Me coloco la trenza sobre el hombro izquierdo. Es una señal. Sin mirar, sé que mis guardias se dispersan y forman las parejas de costumbre. Sus órdenes son claras: hacer un reconocimiento del mercado, sondear posibles pistas, buscar a Whistle en la medida de lo posible. Con sus paquetes de inofensivo contrabando —cuentas de vidrio, baterías, rancio café molido— intentarán abrirse paso hasta la valla. Y yo haré lo mismo. Un saquillo cuelga de mi cintura, pesado aunque pequeño, cubierto por el borde suelto de una tosca camisa de algodón. Contiene balas. Son desiguales, de diferentes calibres, aparentemente robadas. De hecho, salieron de las provisiones secretas en nuestra nueva casa de seguridad de Norta, una cueva bien provista, enclavada en la región de los Grandes Bosques. Pero nadie en la ciudad puede saberlo.
Como siempre, Tristan permanece a mi lado, y ya está más sereno. Las pequeñas ciudades y aldeas no son peligrosas para nuestros estándares. A pesar de que agentes de seguridad Plateados patrullan el mercado, hay pocos o se muestran indiferentes. No les importa si los Rojos se roban unos a otros. Reservan sus castigos para los valientes, para quienes se atreven a mirar a un Plateado a los ojos o a causar suficiente alboroto que los obligue a actuar e involucrarse.
—Tengo hambre —digo y me vuelvo hacia un puesto en el que se vende pan común y corriente.
Los precios son astronómicos en comparación con los que acostumbramos en la comarca de los Lagos, pero Norta no es apta para el cultivo de cereales. Su suelo es demasiado rocoso para tener éxito en la agricultura. Es un misterio cómo se mantiene este hombre de la venta de unos panes que nadie puede comprar. O lo sería para alguien más.
El panadero, un hombre demasiado fino para su ocupación, nos mira apenas. No tenemos aspecto de clientes promisorios. Llamo su atención cuando hago sonar las monedas que llevo en mi bolsillo.
Se vuelve al fin, con los ojos llorosos y muy abiertos. Le sorprende el ruido de las monedas en un lugar tan alejado de las ciudades.
—Lo que ve es lo que tengo.
No se anda por las ramas. Ya me simpatiza.
—Estas dos —respondo y señalo las mejores hogazas que tiene. No son gran cosa.
El hombre alza las cejas, coge el pan y lo envuelve en un papel viejo con ensayada eficiencia. Cuando saco las monedas de cobre y no regateo para conseguir un precio más bajo, su sorpresa aumenta. Al igual que su desconfianza.
—No la recuerdo —masculla.
Desvía la mirada a la derecha, donde un agente se ocupa en amonestar a unos niños desnutridos.
—Somos comerciantes —explica Tristan.
Se apoya en el desvencijado bastidor del puesto para inclinarse. Levanta una manga y deja ver algo en su muñeca. Una cinta roja que la rodea, y que ahora sabemos que es la señal que distingue a los Whistle. Es un tatuaje, y es falso. Pero el panadero no lo sabe.
Los ojos del hombre se detienen en Tristan apenas un momento antes de regresar a mí. No es tan bobo como parece.
—¿Y qué quieren vender? —pregunta mientras pone en mis manos una de las hogazas. Retiene la otra. Espera.
—De todo un poco —contesto.
Silbo entonces una melodía suave e inconfundible. Es la cadencia de dos notas que la Whistle anterior me enseñó. Inocente para los que ignoran.
El panadero no sonríe ni asiente. Su rostro no lo delata.
—Hay más oportunidades al anochecer.
—Como siempre.
—Por la vereda del Molino, a la vuelta de la esquina. Un carromato —añade—. Después de que el sol se oculte y antes de la medianoche.
Tristan asiente. Conoce el lugar.
Yo bajo la cabeza también; es un modesto gesto de gratitud. El panadero no hace lo propio. En cambio, enrosca los dedos en mi otra hogaza, que pone de nuevo en el mostrador. De un tirón rompe la envoltura y le pega un mordisco provocador. Algunas migas caen en su barba escasa, cada una de ellas un mensaje. Mi moneda ha sido canjeada por algo más valioso que un pan.
Por la vereda del Molino, a la vuelta de la esquina.
Contengo una sonrisa y me coloco la trenza al hombro derecho.
Mis soldados abandonan sus pesquisas en todo el mercado. Se mueven como un solo hombre, un banco de peces que sigue a su líder. Cuando nos abrimos camino hacia la salida, intento ignorar las protestas de dos miembros de la Guardia. Al parecer, alguien ha robado algo de sus bolsas.
—¡Tantas baterías y desaparecen en un segundo! Ni siquiera me he dado cuenta —rezonga Cara al tiempo que registra su mochila.
La miro.
—¿Ha sido tu comunicador?
Si perdió su transmisor, una radio minúscula que pasa nuestros mensajes en medio de chasquidos y pitidos, estamos metidos en un grave problema.
Por fortuna, sacude la cabeza cuando siente un bulto en su blusa.
—¡Aquí está! —dice.
Hago una forzada señal con la cabeza y me trago mi suspiro de alivio.
—¡Eh, me faltan unas monedas! —murmura otra de las nuestras, la musculosa Tye.
Se mete en los bolsillos unas manos cubiertas de cicatrices.
Esta vez estoy a punto de echar a reír. Llegamos al mercado en busca de un as del atraco y mis soldados han caído víctimas de un carterista. En otras circunstancias me enfadaría, pero este contratiempo es tan ínfimo que lo eludo con facilidad. Unas monedas perdidas no importan ahora. Después de todo, hace unas cuantas semanas el coronel llamó a nuestra tarea una misión suicida.
Pero vamos de un éxito a otro. Y seguimos enteramente vivos.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Día 11 de la operación TELARAÑA ROJA, etapa 1.
Agente: Capitán CLASIFICADO.
Denominación: CORDERO.
Origen: Albanus, NRT.
Destino: CARNERO en CLASIFICADO.
—WHISTLE de ALBANUS/PILARES dispuesto a colaborar en etapa 2.
—Tiene espías en SUMMERTON/residencia temporal del rey.
—Mencionó también contactos en el ejército Rojo de CORVIUM. Serán buscados.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: CLASIFICADO.
Destino: CORDERO en Albanus.
—Fuera de mandato, demasiado peligroso. Continúe con TELARAÑA ROJA.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Día 12 de la operación TELARAÑA ROJA, etapa 1.
Agente: Capitán CLASIFICADO.
Denominación: CORDERO.
Origen: Siracas, NRT.
Destino: CARNERO en CLASIFICADO.
—Propósito de etapa 1 TELARAÑA ROJA, introducir GE en NRT vía redes existentes. Ejército dentro de esas órdenes.
—Contactos de ejército Rojo invaluables. Serán buscados. Transmita mensaje a COMANDANCIA.
—En camino a CORVIUM.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Agente: Coronel CLASIFICADO.
Denominación: CARNERO.
Origen: CLASIFICADO.
Destino: CORDERO en Siracas.
—Desista. No avance a CORVIUM.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE UN SUPERIOR
Agente: General CLASIFICADO.
Denominación: TAMBOR.
Origen: CLASIFICADO.
Destino: CORDERO en Siracas, CARNERO en OMITIDO.
—Avance a CORVIUM. Evalúe contactos del ejército Rojo para información y etapa 2/traslado de bienes.
NOS LEVANTAREMOS, ROJOS COMO EL AMANECER.
EL SIGUIENTE MENSAJE HA SIDO DESCIFRADO CONFIDENCIAL, SE REQUIERE AUTORIZACIÓN DE LA COMANDANCIA