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Esa noche Emma no pudo conciliar el sueño por el email de Rachel.

Por primera vez en su vida había encontrado el coraje de hacer leer sus cuentos a alguien y estaba aterrorizada. Además, Abigail le había avisado cuánto era severa su amiga y que no tenía ningún problema en hacer pedazos un manuscrito sino lo encontraba a la altura.

Desde hacía dos meses salía con esas dos muchachas, pero ya había comprendido que Rachel era una mujer dura, severa, determinada, perfeccionista, pero siempre estaba lista para ayudar a quienes quería. Siempre se podía contar con ella. Para cualquier cosa y en cualquier momento.

No se podía decir lo mismo de Abigail que, a pesar de ser muy dulce, tierna y bonita, tendía a dejarse llevar por la emoción y a ser ansiosa o a comportarse como una niña que necesita consuelo.

Eran tan distintas como el día y la noche, pero se complementaban perfectamente.

Emma volvió a pensar en el email de Rachel.

“ Leí tu colección de cuentos. ¡Emma, tienes talento de sobra! ¡Has nacido para ser escritora! Te envío mis anotaciones sobre los cuentos más hermosos que me has enviado. Trabajando un poco, pienso que podrías ganar algún concurso literario. ¡Felicitaciones! Siempre tendrás todo mi apoyo si un día quieres publicar tus obras. Rachel.

P.D.: no se lo digas a Abby. Me acaba de enviar uno de sus cuentos y no sé cómo rechazarla sin hacerla llorar.”

Jamás hubiera pensado que un día Rachel Moses le habría dicho que tenía talento.

Había llorado por la emoción y había escrito durante toda la noche

Esa mañana hubiera querido dormir hasta el mediodía, pero su abuelo la había llamado a las ocho de la mañana diciéndole que fuera a su oficina porque necesitaba hablarle urgentemente.

A menudo no entendía por qué su abuelo la convocaba a la sede central de la Marconi Construcciones. Cuando se encontró delante del inmenso palacio, uno de los primeros que había construido el hombre cuando todavía dividía el trabajo de albañil y el de empresario de la construcción, Emma no pudo contener esa pequeña preocupación que sentía en el corazón cada vez que iba allí.

“ Buenos días, señorita Marconi. Su abuelo la espera”, la recibió de inmediato la secretaria, acompañándola a la oficina del autoritario e influyente Cesare Marconi.

Apenas golpeó la puerta, la voz fuerte y segura del hombre invitó a la nieta a entrar.

Cruzar el umbral de esa oficina siempre fue un viaje al pasado para Emma.

La habitación era inmensa y donde ahora había un pequeño salón de recepción, antes hubo una pequeña sala de juegos para niños, amueblada con silloncitos de colores, alfombras con números dibujados, cubos, Legos, cuadernos de dibujo, puzles y cientos de muñecos. Todo para la nieta preferida del poderoso Cesare Marconi.

Un hombre hábil, sin escrúpulos, orgulloso hasta la médula, exigente y autoritario que había puesto a su imperio en el sector inmobiliario partiendo de cero… pero también un hombre amoroso y atento.

Cuántas veces le había contado a Emma su historia, partiendo desde su infancia pobre en la periferia romana en Italia, para luego hablarle de una adolescencia sin esperanzas o ambiciones, pasada rompiéndose la espalda como albañil, en lugar de estudiar, porque tenía que ayudar a su familia.

Hasta el día en que su primo, Giulio Marconi, con quien había compartido toda su vida, lo había llevado a Estados Unidos en busca de fortuna.

De trabajar como albañiles se habían vuelto en poco tiempo en empresarios de la construcción.

En diez años de trabajo duro consiguieron levantar la Marconi Construcciones y después de muchos años la habían convertido en una de las empresas más conocidas y solicitadas de Oregón.

“ Marconi. No sólo un nombre, sino una garantía de prestigio y solidez”, como decía el slogan de la compañía.

Fueron años de oro durante los cuales Cesare y Giulio Marconi crearon un verdadero coloso millonario, hasta doce años antes de que sucedieran algo grave y misterioso, y desde ese momento los dos inseparables primos se separaron sin volver a dirigirse la palabra. Ambos eran demasiado orgullosos para ceder, su pelea se volvió en una disputa familiar en la que a los descendientes de Cesare les fue prohibido tener cualquier vínculo con los lejanos primos descendientes de Giulio y viceversa.

La familia Marconi se separó y nada fue como antes.

La única preocupación en común entre los dos primos había sido la Marconi Construcciones, que se dividió dando lugar a la Marconi Inmobiliarias encabezada por Giulio, pero la escisión fue tan secreta que sólo algunas pocas personas sabían que las dos empresas eran dos cosas separadas.

“ Los trapos sucios se lavan en casa”, decía su abuelo, que hizo de todo para que nadie supiera qué había ocurrido realmente. Del resto, el nombre Marconi era y debía permanecer sinónimo de tradición, garantía, solidez, prestigio y poder. Habría muerto antes que ver manchado el nombre de su familia.

Sin embargo, para Emma, Cesare Marconi no era sólo un hombre de éxito de casi ochenta años, todavía pegado a su sillón para dirigir su empresa e impartir órdenes como un comandante.

No, para ella era un padre, una madre, un mentor, un refugio…

Para Cesare no había nada antes de su familia, después de que la esposa había muerto después del cuarto embarazo, se había dedicado en cuerpo y alma para dar un futuro próspero a todos su hijos y nietos. Era un verdadero jefe de familia y, cuando llamaba, todos tenían que responder como soldados pero para compensar, ningún Marconi había pasado hambre y cada miembro de la familia había sido involucrado en la empresa, ubicados estratégicamente en las distintas filiales de la Marconi Construcciones.

Ya estaba decidido incluso el sucesor de Cesare: Alberto, su adorado primogénito.

Era todo perfecto, hasta que una noche trágica, a bordo de su coche, Alberto y su esposa Sarah, murieron dejando sola a su pequeña hija de tres años en casa con fiebre.

Emma.

Cesare no se permitió llorar una sola lágrima por el hijo y la nuera.

Había una niña en quien pensar y, según él, no había nadie que pudiera volverse su tutor. Nadie excepto él.

Llevó a esa pequeña niña, silenciosa y timidísima, con él.

Al comienzo fue difícil, porque Cesare tenía una objeción sobre cada ama de llaves, baby-sitter o asistente, tanto como para despedir a quince personas en tres meses.

Exasperado y con una empresa que llevar adelante, decidió llevar a la niña a su oficina.

Le reservó una parte de su oficina, le enseñó a hacer construcciones, a leer y luego a escribir, pero sobre todo la importancia del silencio porque ese era un lugar de trabajo donde no se podía gritar, correr o llorar.

Emma resultó ser una niña extremadamente condescendiente y con un apego especial a ese abuelo que la llenaba de cariño y atención.

Durante tres años Cesare no se separó de su oficina, delegando al primo todos los viajes y conferencias, ya que en ese momento todavía se llevaban bien.

Después llegó la escuela, el colegio y las vacaciones de verano en la casa en el lago de la familia de Giulio en Deschutes County, donde la esposa Renata reunía a todos los nietos menores de quince años para hacerlos jugar y divertir juntos bajo su severa supervisión.

Aunque si era muy rígida y estaba llena de reglas, las vacaciones en el lago eran el momento más hermoso del año para Emma. Solamente allí podía estar con sus primos de primero, segundo o tercer grado y divertirse corriendo, jugando, gritando, ensuciare, tirare al agua incluso vestida… una decena de jóvenes Marconi para disfrutar de la inmensa finca a los pies de las Cascade Mountains.

Todo hasta hacía doce años atrás. Luego no hubo más fiestas ni carcajadas.

Emma todavía recordaba su cumpleaños número trece.

Había llorado a escondidas de su abuelo porque extrañaba la fiesta en el lago con todos sus primos.

¡También recordaba su último cumpleaños en el que sus primos Salvatore y Aiden la habían secuestrado a las siete de la mañana de su cama, para luego llevarla en brazos hasta el lago y tirarla en el agua gritándole “Feliz Cumpleaños!”.

El agua le entraba por la nariz, por la boca y por las orejas, pero nada le había impedido a Salvatore continuar, había regresado astutamente a la casa, bajo el ala protectora de la abuela Renata.

Sólo Aiden se había quedado. Él se quedaba siempre. Cerca de ella.

“ ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Me exprimirás como un trapo o me colgarás en algún lugar para que se seque como una sábana?”, le había preguntado Emma fingiendo estar enojada.

“ No, te quiero besar”, le había respondido simplemente Aiden acercándose y posando delicadamente los labios sobre los suyos, antes de darle tiempo a reaccionar.

Fue un pequeño y tímido beso, pero eso había alcanzado para hacer delirar a Emma.

Ese fue su primer beso y haberlo recibido justamente de Aiden había sido el regalo más hermoso.

Cuando él se separó de ella, parecía estar avergonzado y sentirse culpable, como si hubiera osado hacer algo prohibido, pero la amplia sonrisa en el rostro pecoso de Emma y sus ojos brillosos que lo habían mirado lleno de cariño había disipado cualquier duda. Con más coraje, volvió a besarla con más seguridad y, cuando Emma lo rodeó con sus brazos alrededor del cuello, había sentido que el corazón latía más rápido aún.

Para Emma ese momento fue como un sueño.

“ Ahora estamos juntos, ¿verdad?”, le había preguntado la muchachita ingenuamente.

“ No sé si podemos.”

“ ¿Por qué?”

“ Eres mi prima.”

“ Sí, pero no en primer grado, por eso creo que se puede.”

“ Entonces está bien, pero tiene que ser un secreto.”

El día había pasado espléndidamente y nadie se había dado cuenta de nada, ya que Emma y Aiden eran inseparables desde mucho antes.

Sin embargo, para Emma ese idilio había durado sólo un día, antes de darse cuenta de que una vez terminado el verano no habría vuelto a ver a su noviecito hasta el próximo verano.

“ En realidad, el próximo año yo no vendré más aquí”, le había respondido Aiden, después de escuchar sus preocupaciones.

“ ¿Por qué?”, había preguntado Emma tratando de ocultar el nudo en la garganta.

“ El próximo año cumplo dieciséis años y el abuelo Giulio quiere que vaya a hacer una práctica en la sede de Seattle durante todo el verano.”

Emma se había puesto a llorar desesperada y se había calmado sólo después de que Aiden le había prometido que no hubiera faltado a su cumpleaños número trece.

Pero, sólo un par de meses después sucedió una violenta pelea entre Cesare y Giulio, con la consiguiente separación de las dos ramas de la familia.

Cuando Emma intentó pedir a su abuelo que invitara a Aiden a su cumpleaños, él se había enojado muchísimo y había amenazado con castigarla, si hubiera osado pronunciar de nuevo ese nombre que ni siquiera era italiano.

Habían pasado doce años desde entonces.

Doce años de cumpleaños que se habían vuelto más oficiales y formales.

Doce años durante los cuales había visto a Aiden sólo unas pocas veces en algún evento organizado por alguna otra persona que más tarde habría conocido la ira de Cesare y Giulio Marconi.

Doce años anclada al brazo del abuelo que la mantenía siempre cerca suyo, listo para mantener a distancia a los “Marconi con la M minúscula”, como decía él, y a protegerla de cualquier pretendiente o enamorado que hubiera tenido el coraje de acercarse a la que consideraba más que una hija, sino un verdadero pedazo de su corazón.

Tímida e insegura como era, Emma nunca había tenido la necesidad de liberarse de ese control morboso y asfixiante o de ir en contra de los deseos del abuelo y, si eso por un lado le imponía muchas limitaciones sobre todo en el campo amoroso, por el otro la hacía la Marconi más libre de la familia.

A diferencia de todos sus parientes, ella había podido permanecer fuera de las cuestiones empresarias, ya que era mujer y no tenía un interés particular por los negocios, como le recordaba a veces el abuelo.

“ Con esa carita tan dulce e inocente serías la presa favorita de todos los tiburones de Portland… No, Emma, tu sólo tienes que pensar en terminar tus estudios y buscarte un buen marido que pueda cuidar de ti”, le decía a menudo el abuelo. Lástima que no hubiera sido fácil terminar los estudios de arquitectura y mucho menos especializarse en diseño interior, ya que Cesare odiaba a los arquitectos tanto como a los dentistas y le parecían sólo inútiles, a diferencia de los geómetras y de los ingenieros. Además, no entendía qué sentido tenía estudiar tres años para aprender a decorar un ambiente. “¡Todos decoran su casa y nadie tiene esa especialización absurda que sólo los arquitectos podían inventarse! ¡Qué cosa inútil!”.

Por no hablar de la búsqueda de marido. El extenso examen y el interrogatorio al que se sometía a cada pretendiente de la nieta no permitía a nadie llegar a la tercera cita. ¡Ninguno estaba a la altura! Uno era demasiado snob, uno tenía padres divorciados, uno no era católico, uno no tenía raíces italianas, uno había dejado el colegio, uno le había respondido mal… y así hasta el infinito.

Emma había intentado ver a algunos muchachos a escondidas sobre todo en el colegio, pero su abuelo tenía ojos y orejas por todas partes.

“ Lo hago por tu bien. Un día me agradecerás, hija mía”, le respondía siempre cuando Emma daba muestras de sufrimiento.

Sin embargo, su abuelo siempre había sabido ganarse su afecto con una cuenta en el banco ilimitada, que siempre le había permitido comprar todas las casas que quería y decorarlas, o irse a vivir sola. Alcanzaba con que no dijera que se había graduado como arquitecta (estudio que él no había aprobado jamás) y que prometiera mantenerse alejada de los trepadores sociales y de la vida mundana.

Y Emma había aceptado. Por lo demás, no tenía necesidad de trabajar y había abierto un blog de arquitectura bajo un nombre falso, donde daba consejos sobre cómo reestructurar y decorar casas. No era un blog con muchos seguidores, pero había logrado abrirse camino en el laberinto virtual de la web.

Mientras tanto, también había comenzado a escribir algunos cuentos (siempre bajo un seudónimo), a frecuentar algún club del libro y a participar en el grupo del blog Sueños de Papel de Rachel Moses y de otras apasionadas de libros que intercambiaban consejos e información para ayudar a escritores novatos a tener visibilidad y a mejorar sus obras.

Claro, no tenía amigos y no salía con nadie además de sus primos y alguna vieja compañera del colegio, pero ahora las cosas estaban cambiando.

El encuentro con Abigail Camberg y Rachel Moses le había cambiado la vida y ahora tenía alguien con quien poder hablar abiertamente de sus pasiones y de sus sueños.

“ Emma, hija mía”, la recibió el abuelo apenas vio a la nieta entrar por la puerta de la oficina.

“ ¡Abuelo!”, exclamó feliz como una niña corriendo a abrazar a ese viejo hosco que siempre la había amado como ningún otro.

“ ¿Cómo estás?”

“ Bien. ¿Y tú?”

“ He tenido mejores momentos”, murmuró el hombre sentándose en su silla presidencial detrás del escritorio e invitando a Emma a sentarse frente a él.

“ Mala señal”, pensó de inmediato Emma en alerta. Cuando iba a ver a su abuelo, él siempre la hacía acomodar en el saloncito, donde generalmente había siempre un té o un café con dulces que la esperaban.

Pocas veces su abuelo la había hecho sentar delante a su trono y todas las veces había sido para regañarla, como esa vez que había descubierto que se veía a escondidas con un tal Clark que Cesare había definido como un “idiota holgazán de un republicano”, o cuando peleaban porque Emma había decidido asistir a los cursos de arquitectura y no de economía como se esperaba, o cuando le había comunicado que se iba a vivir sola a un altillo, o la única vez que había ido a una fiesta donde se había emborrachado con un solo whisky.

“ Lo lamento mucho, abuelo, que estés pasando un mal periodo. He hablado con Sally, la esposa de Salvatore, la semana pasada, y me dijo que el banco te rechazó el último préstamo”, respondió Emma, intentando distraerlo hablando de la Marconi Construcciones. Cosa que normalmente funcionaba.

“ Si, mi querida. Los tiempos dorados terminaron y esta crisis nos está cortando las piernas. De todas formas, tenemos pérdidas desde hace demasiado tiempo… ya llevamos cinco años que continuamos con este descenso al infierno y yo empiezo a no ver el final del túnel. No me sorprende que Giulio haya tenido un infarto. Después de tantos años trabajando duro para lograr algo de lo que estar orgulloso, ahora verse destruido por los bancos, con el consejo de administración que quiere vender las acciones a cualquiera que se divierta desarmando las empresas… Yo… yo…”, se enojó Cesare, pero después el cansancio y la fatiga respiratoria le fueron quitando las palabras.

“ Te lo ruego, tranquilízate”, se asustó de inmediato Emma yendo hacia él y tomándole la mano. Su abuelo tenía setenta y ocho años y, si el corazón le funcionaba bien, no se podía decir lo mismo de los pulmones después de haber pasado años fumando como una chimenea. Los doctores le habían quitado los cigarrillos y la pipa desde hacía tres años, pero él seguía sufriendo de espasmos respiratorios por el estrés.

“ Tendrías que ceder el puesto a uno de nosotros y retirarte, papá”, le había dicho su segundo hijo Samuele en una cena familiar, pero la mirada helada que había recibido como respuesta lo había enmudecido durante toda la velada.

“ Ya lo habría hecho si hubiera encontrado entre esa manada de holgazanes que viven entre algodones, al menos un hijo o un nieto merecedor y con el mismo fuego en las venas que yo”, le había dicho luego a Emma una vez que se quedaron solos.

“ Fui a ver a Giulio en el hospital unos días antes de su muerte, ¿sabes?”, le confesó su abuelo trayéndola de vuelta a la realidad.

Emma quedó con la boca abierta. Sólo pronunciar la palabra Giulio estaba prohibida en presencia de su abuelo y ahora le dejaba saber que ambos se habían visto dos meses antes.

“ No me lo habías dicho”, susurró Emma sorprendida.

“ Lo sé. El hecho es que supe que había tenido un infarto. Me llegó el comentario que estaba muriendo, lleno de remordimientos por estos doce años alejado de él por el loco amor por una mujer a la que no volví a ver, fui a verlo.”

Emma hubiera querido pedirle mil explicaciones: ¡¿la pelea entre su abuelo y Giulio fue por una mujer?! Eso, si que no se lo esperaba. Por lo que sabía, su abuelo todavía estaba unido al recuerdo de su difunta esposa, la madre de sus cuatro hijos.

“ A diferencia mía, él ya había encontrado un heredero a quien dejar el mando”, continuó el hombre.

“ ¿Quién?”

“ El hijo de Giacomo y Eleonor. Por lo que parece, del hijo más estúpido de Giulio nació el mejor nieto.”

“ ¿Aiden?”, murmuró apenas Emma que de todas formas había olvidado cómo pronunciar ese nombre en voz alta, desde que le había sido prohibido. Incluso si en realidad en cada uno de sus cuentos siempre había un bellísimo e intrépido Aiden que salvaba a la protagonista.

“ Sí”, respondió Cesare ligeramente contrariado. “Y además es muy bueno. Sé también que a la Marconi Inmobiliarias le estaba yendo mal y, sin embargo, todavía está a flote y Giulio me confesó que le debía todo a Aiden. Me informé y es verdad. Ese muchacho ya se hizo un nombre en el mundo de los negocios y por lo que parece no es uno que anda con vueltas cuando se trata de cerrar un trato, incluso si aparenta tener una máscara de hielo.”

De todas formas, Emma no recordaba siquiera la última vez que había visto a Aiden. Había pasado una eternidad.

“ Quien sabe cómo se convirtió…”, pensó.

“ Hace algunos días Aiden vino a verme. Me trajo una carta de mi primo en la que me pedía que salvara nuestro nombre y a la familia. Se disculpaba por no haber sido siempre honesto conmigo y me imploraba que devolviera a la Marconi Construcciones su antiguo esplendor.”

“ Pero de todas formas está muerto.”

“ Sí, pero ya llevé la carta a un abogado y me dijo que tiene valor, por lo que puedo impugnar la herencia de Giulio. Sin embargo, no quiero destruir lo que hemos construido, es más quiero hacer que la Marconi vuelva a ser lo que fue, como él lo pidió. Quiero cumplir su deseo.”

“ Tendrás que ponerte de acuerdo con Aiden.”

“ Ya lo hice y él aceptó.”

¿Todo en una sola semana? Claro que su abuelo sabía como mover cielo y tierra en poco tiempo.

“ Me alegro mucho”, respondió con cautela escondiendo la felicidad de poder ver nuevo a Aiden.

“” Quien sabe si él también se acuerda de nuestro beso de hace doce años atrás…””, pensó soñadora y reconfortada por el hecho que, gracias a sus investigaciones secretas, sabía que también él estaba todavía soltero.

“ A mí no.”

“ ¿Por qué?”, preguntó Emma curiosa. ¿Cuándo su abuelo había aceptado hacer algo en contra de sus deseos?

“ Porque tú eres parte del acuerdo”, le respondió aferrándole las manos aún más y encadenándola con una mirada que parecía plata.

“ ¿Yo?”

“ Sí, queremos hacer una fusión de las dos empresas, pero no queremos levantar más sospechas aún, así que hemos pensado en una unión que distraiga de los verdaderos problemas y que castigue a la familia Marconi.”

“ Me parece una buena idea”, susurró Emma sabiendo cuanto se preocupaba su abuelo en no crear escándalos.

“ Emma no has entendido. La fusión se trata de tu matrimonio”, aclaró el hombre con voz sufrida.

Fue precisamente la palabra matrimonio la que desconectó todas las neuronas del cerebro de Emma.

En contraposición, su corazón le hacía sentir un ataque de taquicardia con triple salto mortal.

“ Tú y Aiden”, remarcó el abuelo creyendo que el silencio de Emma se debiera a la falta de comprensión de sus palabras.

Emma intentó razonar.

Nada, las neuronas estaban todas en coma etílico, borrachas de felicidad y anticipación.

“ Hija mía, te lo ruego, respóndeme. He llamado a Aiden antes de que llegaras porque tengo que confirmarle la fusión, pero si tú no quieres o no estás de acuerdo…”

Emma intentó decir algo, pero todo su sistema nervioso estaba apagado.

Se estaba recomponiendo, cuando sonó el intercomunicador.

Era la secretaria. Aiden Marconi había llegado y quería una respuesta.

Las palabras soeces que salieron de la boca de Cesare sorprendieron incluso a Emma que no estaba acostumbrada a ese lenguaje.

Ni siquiera golpearon, sino que la puerta se abrió para dejar entrar a Aiden, seguido por la secretaria furiosa que continuaba a decirle que tenía que ser anunciado.

“ Tengo una reunión dentro de una hora. No tengo tiempo para esperar”, le respondió de mala manera el hombre acercándose al escritorio con grandes pasos.

“ ¡Dios mío!”, explotó la mente de Emma recuperando un mínimo de comportamiento frente al joven que estaba frente a ella y la miraba en estado de shock.

“ Mi marido… Aiden será mi marido”, le comunicaron las únicas dos neuronas que se despertaron del coma. Emma permaneció con la boca abierta, todavía con las manos de su abuelo entre las suyas y ligeramente apoyada en el escritorio, mientras sus ojos intentaban buscar al Aiden de quince años que recordaba en ese bellísimo hombre que la miraba desde su altura de casi un metro noventa.

El rostro de Aiden se había endurecido en sus facciones y la boca carnosa estaba tensa en lugar de estar curvada con una de las magníficas sonrisas que recordaba.

Sin embargo, los ojos eran siempre los mismos: grises como la plata con ligeros matices verdes. Lo opuesto de sus ojos que eran verdes con matices grises.

Gris- verde. El color clásico de todos los Marconi.

Avergonzada, todavía sorprendida por las palabras de su abuelo y por tener delante al hombre de sus sueños, no osó bajar la mirada por el cuerpo de Aiden, después que había sentido cómo se le incendiaban las mejillas por esos hombros anchos y tensos bajo el traje elegante y esos rizos negros que disfrutaban haciéndole cosquillas en el cuello en los que Emma quería hundir los labios.

“ Emma”, repentinamente serio e inescrutable, antes de fijar sus ojos en Cesare. “Buenos días, Cesare.”

“ Hola”, alcanzó sólo a decir Emma intentando recomponerse.

“ Has llegado con anticipación”, lo agredió de inmediato el viejo.

Incluso si habían decidido tener una tregua, era obvio que el odio entre los dos todavía estaba vivo.

Habría sido precisamente ese matrimonio el que aplacara definitivamente los ánimos y que les permitiera dejar atrás el pasado.

“ Se adelantó una reunión extraordinaria luego de nuestra última charla y ahora el Consejo quiere una respuesta”, explicó enérgico y severo Aiden respondiendo a Cesare.

“ ¿Cómo te atreves a venir aquí a imponer órdenes?”, se enojó de inmediato el anciano.

“ Los tiempos apremian y lo sabes.”

“ ¡No necesito que un muchachito venga a decírmelo! Recuerda que nací antes que tú y que mientras tu todavía usabas pañales, yo ya había creado un imperio partiendo de la nada”, lo regañó Cesare.

“ Un imperio que está colapsando”, rebatió Aiden haciendo enfurecer a Cesare que de nuevo fue sacudido por espasmos respiratorios que lo llevaron a toser y lo obligaron a intentar relajarse en el sillón, a pesar de las ganas incontrolables de echar de su palacio a ese insolente.

“ Abuelo, te lo ruego, cálmate”, se preocupó de inmediato Emma yendo al saloncito a llenar un vaso de agua para él.

Cuando el viejo se restableció lo suficiente, Emma decidió tomar la palabra, incluso si la mirada enfurecida de Aiden le resultaba amenazadora.

“ No veo por qué debemos seguir peleando, cuando estamos aquí precisamente para ponernos de acuerdo… Un acuerdo que ya fue decidido por ambas partes”, balbuceó Emma con la mirada que ya no sabía sobre que o quien posarse para no avergonzarse aún más, mientras intentaba evitar pronunciar la palabra matrimonio para no morir de la vergüenza.

“ ¡Tú no te casarás jamás con este insolente!”, respondió su abuelo entre un golpe de tos y el otro.

Emma hubiera querido responderle que, si Aiden aceptaba, se habría casado con él y que lo habría seguido hasta el fin del mundo para poder estar con él. Con o sin la bendición de su abuelo.

Sobre todo, ahora que lo había visto a pocos pasos de ella para enamorarla de nuevo, haciendo desaparecer como por magia los doce años de distanciamiento.

Sin embargo, sabía que no era el momento oportuno para ciertas confesiones, si no quería hacer colapsar a su abuelo y conectarlo a un respirador antes de morir de un infarto.

“ Abuelo, lo has dicho tú también que este acuerdo nos sirve. La Marconi te necesita a ti… y a mí. Sabes que haría cualquier cosa para ayudarte. Además, pensaba que querías cumplir con la última voluntad de tu primo”, le dijo dulcemente, acariciándole la espalda para calmarlo.

Como cada vez que Emma tocaba el tema inherente a Marconi Construcciones, Cesare se calmó y, después de algunas respiraciones largas, se rindió.

“ Tú no te mereces a mi nieta y tampoco a la Marconi Construcciones, pero lamentablemente en este momento no tengo elección, de todas formas, puedes quedarte tranquilo que, al primer paso en falso, te destruiré. Emma se está sacrificando por mi… estoy seguro de que no se casaría jamás por voluntad propia con alguien como tú. Sin embargo, si la haces sufrir o la tratas mal, te haré pedazos a ti a tu acuerdo… Incluso si eso provoca un escándalo internacional. ¿Me expliqué claramente?”, dijo entre dientes Cesare levantándose de la silla y acercándose al joven.

Emma hubiera querido detener a su abuelo y calmarlo, pero nunca lo había visto en ese estado y tenía demasiado miedo como para hablar.

Atemorizada, se alejó de los dos hombres y se puso a mirar el suelo.

“ Si Emma hace su parte de buena esposa, no habrá problemas”, respondió Aiden impertérrito, haciendo que a la muchacha el faltara el aire.

“ Emma será una buena esposa. Es una mujer seria, respetuosa, instruida, sin pájaros en la cabeza, apegada a su familia, con un gran sentido del deber y sabe permanecer en su lugar.”

“ Justo lo que necesito. No necesito nada más.”

¿Por qué Emma sintió que se le helaba todo el cuerpo cuando escuchó esas palabras?

Ella quería un matrimonio de amor, romántico, dulce, hecho de afecto, respeto y pasión. Sin embargo, delante de ella se estaban repitiendo sólo las cláusulas de un contrato verbal y el apretón de manos entre los dos hombres que siguió luego, casi la hizo descomponer.

Intentó acercarse a Aiden esbozando una sonrisa, pero éste apenas la miró dirigiéndole una mirada imperturbable y casi de ira reprimida, manifestada sólo por la tensión en la mandíbula.

“ Aiden, yo…”

“ Mi secretaria te contactará durante el día para saber el día del matrimonio y darte todo lo que necesitas”, la interrumpió él serio y formal.

“ En verdad pensaba que quizás podríamos hablar… solos”, intentó temerosa Emma que hubiera querido tanto poder estar con Aiden sin la presencia de su abuelo.

“ Fija una cita con mi secretaria.”

“ Pero yo…”

“ Buen día, Emma. Cesare, hasta luego”, dijo el joven saliendo de la oficina a la misma velocidad con la que había entrado.

“” Yo no le gusto más. Se ha olvidado de mi””, comprendió Emma molesta y con un nudo en la garganta que le daba ganas de llorar.

“ No te preocupes, hija mía. Encontraremos la forma para que te divorcies de ese maldito sin perder el apoyo y las acciones del Consejo de Administración”, intentó consolarla el abuelo que había visto la molestia y el dolor en sus ojos.

Pero Emma no quería pensar en el divorcio antes de casarse. Ella quería sólo ser feliz y realizar su sueño romántico que había tenido de niña. Ella quería a Aiden.

Glitter Season

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