Читать книгу Ocho lecciones de yoga - Aleister Crowley - Страница 7
ОглавлениеPrimera conferencia
Primeros principios
Haz lo que quieras será la totalidad de la Ley.
Es mi deseo abordar el tema del yoga empleando un lenguaje sencillo, sin recurrir a jergas ni planteando hipótesis fantasiosas, a fin de que esta ciencia sea comprendida cabalmente y se le reconozca su valor universal. Pues, al igual que todo lo que es valioso, el yoga es simple; pero al igual que todo lo que es valioso, se ve desfigurado por un pensamiento confuso y, a menudo, es ridiculizado por las maquinaciones de los mezquinos.
No hay otro tema bajo la luz del Sol que se preste a más estupideces por escrito o de viva voz. En gran medida, estas estupideces, a las que dan pábulo los charlatanes, se basan en la idea de que el yoga tiene algo de oriental o misterioso. Pues no. No esperéis de mí obeliscos u odaliscas, delicias turcas, ruiseñores persas o los oropeles a los que nos tienen acostumbrados los practicantes del yoga. Soy elegante, pero no extravagante. Cualquiera que haya vivido un tiempo y con los ojos abiertos en África o Asia sabrá que no hay nada que merezca los adjetivos de oriental o misterioso. Propongo invocar al más remoto e inalcanzable de los dioses para disipar las tinieblas de este tema. Éste no es otro que el dios de la luz del sentido común.
Cualquier fenómeno del que tengamos constancia tiene lugar en nuestras mentes, de modo que el lugar al que habremos de prestar toda nuestra atención es la mente, cuya reparto entre las distintas especies de la humanidad es más equitativo de lo que se suele creer. Lo que parecen diferencias radicales, irreconciliables por naturaleza, suelen deberse a la testarudez de la costumbre, resultado de generaciones de aprendizaje sistemático y sectario.
Por ello, deberemos comenzar nuestro estudio del yoga echando un vistazo al significado de la palabra. Yoga significa unión, de la misma raíz sánscrita que la palabra griega «zegma», la voz latina «jugum» y la española «yugo» (de la raíz indoeuropea «Yeug», juntar).
Cuando una bailarina está consagrada al servicio de un templo existe un yoga de sus relaciones que hay que celebrar. Yoga, en pocas palabras, puede traducirse como una discusión de salón de té, lo que sin duda explica que todos los estudiantes de yoga en Inglaterra no hagan más que chismorrear durante sus interminables libaciones de té Lyons.
Yoga significa Unión.
¿Cómo debemos interpretarlo? La palabra yoga, ¿implica un sistema de aprendizaje religioso o una descripción de una experiencia religiosa?
Podéis reparar, de paso, en que las palabras religión y yoga son identificables. Ambas aluden a juntar cosas.
Yoga significa Unión.
¿Qué elementos se unen o deben unirse cuando la palabra yoga se emplea en el sentido más extendido de una práctica muy difundida en el Indostán cuyo objetivo es la emancipación del individuo que lo estudia y practica con respecto a los avatares menos agradecidos de su vida en este planeta?
Decía Indostán, pero en realidad debería decir cualquier rincón del mundo, pues diversas investigaciones han revelado que existen métodos parecidos con resultados parejos a lo largo y ancho del mundo. Pueden cambiar los detalles, pero la estructura general es la misma. Porque todos los cuerpos, así como todas las mentes, poseen formas idénticas.
Yoga significa Unión.
En la mente de una persona piadosa, el complejo de inferioridad, que es la razón de su piedad, le obliga a interpretar esta emancipación como la unión con ese vertebrado gaseoso de su invención al que llama Dios. Entre los nublados vapores de sus miedos, su imaginación ha proyectado una gigantesca y distorsionada sombra de sí mismo ante la que siente el debido terror. Y cuanto más agacha la cabeza, más parece que el espectro se inclina para aplastarlo. Personas con semejantes ideas sólo pueden dar con sus huesos en asilos para lunáticos e iglesias.
Si el yoga se presta a oscuras elucubraciones, se lo debemos a esta miasma abrumadora de miedos. Un problema bien simple se ha convertido en algo muy complicado gracias a la estupidez ética y supersticiosa más abyecta. Y, sin embargo, la verdad nunca ha dejado de manifestarse en la misma palabra yoga.
Yoga significa Unión.
Empecemos por comprender qué es el yoga realmente. Para ello deberemos ingresar en la naturaleza de la conciencia mirando por el rabillo del ojo algunas ciencias como las matemáticas, la biología y la química.
En matemáticas, la expresión a + b + c es trivial. Escribamos sin embargo a + b + c = 0 y obtendremos una ecuación a partir de la que podremos desarrollar las verdades más gloriosas.
En biología, las células se dividen sin cesar, pero nunca se convierten en algo distinto. Pero si unimos células de atributos opuestos, como masculino y femenino, ponemos los cimientos de una estructura cuya cima se sitúa inalcanzable en los cielos de la imaginación.
Cosas parecidas ocurren en química. El átomo posee en sí mismo unas pocas características invariables y ninguna de ellas resulta particularmente importante. Pero tan pronto como un elemento se combina con el objeto que ansía no sólo obtenemos la extática producción de luz, calor y demás, sino también una estructura más compleja que posee muy pocas o ninguna de las características de sus elementos, pero que es susceptible de nuevas combinaciones hasta alcanzar unas cotas de complejidad de asombrosa sublimidad. Todas estas combinaciones, todas estas uniones, son el yoga.
Yoga significa Unión.
¿Cómo debemos aplicar esta palabra a los fenómenos de la mente? ¿Cuál es la primera característica de cualquier cosa que pensemos? ¿Cómo llegó a convertirse en un pensamiento? El pensamiento ocurre cuando éste se distingue del resto del mundo.
La primera proposición, el modelo de todas las demás proposiciones, es: s es p. Tiene que haber dos cosas —dos cosas distintas— cuya relación produzca conocimiento.
Yoga es ante todo la unión del sujeto y el objeto de conocimiento: la unión de quien ve con lo que es visto.
Ahora bien, nada hay de extraordinario o extraño en ello. El estudio de los principios del yoga resulta de gran utilidad para el hombre corriente, aunque sólo sea porque le llevará a pensar que la naturaleza del mundo no es como se la imaginaba.
Tomemos, por ejemplo, un trozo de queso. Podemos decir que posee ciertas cualidades tales como forma, estructura, color, solidez, peso, sabor, olor y consistencia, entre otras. Pero la ciencia nos demuestra que son todas ilusorias. ¿Dónde residen estas cualidades? Desde luego no en el queso, ya que distintos observadores darán distintas noticias. Tampoco en nosotros, ya que no las percibimos en ausencia del queso. Todas las «cosas materiales», así como todas las impresiones, son fantasmagorías.
En realidad, el trozo de queso no es más que una serie de cargas eléctricas. Incluso la cualidad más fundamental de todas, la masa, se ha descubierto que no existe. Lo mismo vale para la materia de nuestro cerebro, a la que debemos en parte estas percepciones. Entonces, ¿cuáles serán estas cualidades de las que estamos tan seguros? No existirían si no fuese por nuestro cerebro, tampoco existirían sin el queso. Son el resultado de la unión, es decir, del yoga, de quien ve con lo que es visto, de sujeto y objeto en la conciencia, tal y como reza el latiguillo filosófico. No poseen existencia material; no son más que nombres otorgados a los resultados extáticos de esta forma particular de yoga.
Tengo para mí que al estudiante de yoga esta idea, si es capaz de asentarla firmemente en su mente inconsciente, le resultará de gran ayuda. Más del noventa por ciento de los problemas para entender el asunto que nos ocupa se lo debemos a la murga de que el yoga es oriental y misterioso. Los principios del yoga, y sus resultados espirituales, encuentran su demostración en cada suceso consciente e inconsciente. Esto es lo que puede leerse en El libro de la ley —el amor es la ley, el amor sujeto a la voluntad—, ya que el amor es el instinto de unir y el acto de «unión». Pero no es algo que podamos realizar indiscriminadamente; antes bien, tiene que hacerse «sujeto a la voluntad», esto es, de conformidad con la naturaleza de las unidades particulares implicadas. El hidrógeno no siente amor por el hidrógeno; no está en la naturaleza del hidrógeno, o en su «verdadera voluntad», la búsqueda de la unidad con una molécula de su misma especie. Si añadimos hidrógeno al hidrógeno, veremos que sus cualidades no se ven alteradas, sólo cambiará su cantidad. De hecho, lo que éste busca es enriquecer la experiencia de sus posibilidades uniéndose con átomos de carácter opuesto, como el oxígeno. Cuando se une con este último, se produce agua (con una explosión de luz, calor y sonido). El resultado es totalmente distinto de cualquiera de los elementos previos, y posee otro tipo de «verdadera voluntad», como unirse (desprendiendo igualmente luz y calor) con el potasio, mientras que la «potasa cáustica» resultante tiene a su vez una serie de cualidades completamente nuevas, así como una «voluntad verdadera» propia, esto es, unirse de manera explosiva con ácidos. Y podríamos continuar.
Quizá a algunos de entre vosotros os parezca que con estas explicaciones he sacado de quicio el yoga, o que lo he reducido a la categoría de las cosas normales. Eso es lo que pretendía. No tiene sentido que el yoga nos inspire temor, nos asombre, confunda o desconcierte. Tampoco lo tiene que nos entusiasme. Si lo que queremos es avanzar en su estudio, debemos mantener la cabeza fría y adoptar una mirada científica. Es especialmente importante no dejarnos seducir por las jergas orientalistas. Puede que tengamos que emplear alguna palabra sánscrita, pero sólo cuando no dispongamos de equivalentes en nuestra lengua y cualquier intento de traducirlas las lastre con las connotaciones propias de las palabras que hayamos utilizado. Sin embargo, las pocas palabras en sánscrito de las que tendremos que echar mano no deberían entrañar la menor dificultad si las definiciones que os propongo se estudian con detenimiento.
Ahora que hemos comprendido que el yoga es la esencia de cualquier tipo de fenómeno, podemos preguntarnos por el significado específico de la palabra en el marco de la investigación que nos hemos propuesto llevar a cabo, habida cuenta de que todos estamos al corriente del proceso y de sus resultados. De hecho, tan al corriente estamos que ya no existe nada más de lo que podamos tener conocimiento. El yoga es conocimiento.
¿Qué es lo que vamos a estudiar?
¿Y por qué debemos estudiarlo?
La respuesta es muy sencilla. Todo el yoga que conocemos y practicamos, este yoga que producía aquellos resultados extáticos que llamamos fenómenos, incluye entre sus emanaciones espirituales una buena dosis de malestar. Cuanto más estudiemos el mundo producido por nuestro yoga, tanto más y mejor recordaremos y sintetizaremos nuestra experiencia, tanto más nos acercaremos a la percepción de lo que el Buda consideraba característico de todas las cosas compuestas: el dolor, el cambio y la ausencia de todo principio permanente. Siempre retomamos la formulación de sus dos primeras «nobles verdades», tal y como el propio Buda las llamaba: «Todo es sufrimiento» y «La causa del sufrimiento es el deseo». Con la palabra «deseo» quería decir exactamente lo que debe entenderse como amor en El libro de la ley, que acabo de citar hace un momento. «Deseo» es la necesidad de toda unidad de ampliar su experiencia combinándose con su opuesta.
No resulta difícil elaborar toda la serie de argumentos que conducen a la primera «Noble verdad».
Toda acto de amor consiste en la satisfacción de un apetito punzante, pero la satisfacción no hace sino agudizar este apetito. Tanto es así que podemos decir con el predicador: «Porque en la mucha sabiduría hay mucha angustia; y quien añade ciencia, añade dolor».11 La raíz de toda esta angustia no es otra que la sensación de insuficiencia: la necesidad de unirse al objeto amoroso, de perderse en él, lo prueba a todas luces, y no es menos cierto que la satisfacción del deseo sólo produce un alivio temporal, porque el proceso se expande indefinidamente. La sed aumenta cuando se bebe. La única satisfacción concebible residiría en el yoga del átomo con el Universo entero. Es fácil reparar en que las filosofías místicas occidentales han expresado esta idea una y otra vez; la única meta es la «unión con Dios». Desde luego, el hecho de que nos sirvamos de la palabra Dios se debe exclusivamente a que nos han educado en la superstición. Los sumos filósofos del Oriente y del Occidente siempre han preferido hablar de la unión con el todo o con el absoluto. ¡Más supersticiones!
Pues bien, esto no es tan difícil como pueda parecer, ya que cada pensamiento en nuestro ser, cada una de las células de nuestro cuerpo, todos y cada uno de los electrones y protones de nuestros átomos, no son más que yoga y el resultado de yoga. Para lograr emanciparnos, para hallar satisfacción, bastará con que nuestro deseo sea realizar esta operación inevitable y universal sobre el absoluto en sí mismo. Quizá algunos de los miembros más cultivados de mi público pensarán que mis afirmaciones son circulares. Están en lo cierto. Sólo hay un inconveniente. Cada uno de los elementos de los que nos componemos está constantemente dominado por la satisfacción de sus necesidades particulares a través de su propio yoga, pero precisamente por esta razón está asimismo completamente obsesionado con su propia función, que deberá juzgar naturalmente como la condición sine qua non de su existencia. Por ejemplo, si tomamos una probeta abierta por los dos extremos y con ella capturamos una abeja que esté sobre el cristal de una ventana, la abeja continuará golpeándose contra el vidrio hasta morir exhausta, en lugar de escapar por el otro extremo del tubo. No podemos confundir el funcionamiento necesario y automático de cualquiera de los elementos que nos componen con la verdadera voluntad, que es la órbita adecuada de cualquier estrella. Si las personas logran funcionar como unidades, ello se debe a incontables generaciones de aprendizaje. Los procesos evolutivos han puesto en marcha un orden más elevado de acción yóguica en virtud del cual hemos logrado subordinar lo que consideramos intereses particulares en aras del bienestar colectivo. Formamos comunidades, y nuestro bienestar depende de la sabiduría de nuestros líderes y de la disciplina con la que se apliquen sus decisiones. Cuanto más complicados seamos, cuanto más arriba hayamos ascendido en la escala evolutiva, tanto más compleja y difícil será la tarea de legislar y mantener el orden.
En comunidades altamente civilizadas como la nuestra [sonoras carcajadas], el individuo se ve constantemente atacado por intereses y necesidades contrapuestas; su individualidad se ve asaltada sin tregua por el impacto de otras gentes; y a menudo ocurre que los individuos no soportan bien estas tensiones. «Esquizofrenia», palabra hermosa donde las haya, y que quizá no venga en vuestros diccionarios, refleja una queja sumamente extendida. Significa la escisión de la mente. En casos extremos nos tropezamos con fenómenos de múltiples personalidades, Jekyll y Hyde, por citar sólo un ejemplo. En el mejor de los casos, cuando alguien dice «Yo» se refiere exclusivamente a un fenómeno transitorio. Su «Yo» cambia mientras pronuncia la palabra. Pero, dejando de lado la filosofía, resulta cada vez más difícil encontrar un hombre en sus cabales, con pleno dominio de su voluntad, incluso en este mismo sentido modificado.
Quiero que reparéis, por tanto, en los obstáculos que encuentra la unión con el absoluto. Para empezar, el yoga que practicamos sin cesar no da siempre los mismos resultados; la atención que prestemos, así como nuestras investigaciones y reflexiones, influyen sobre los resultados. Me propongo abordar en próximas lecciones las modificaciones de nuestra percepción así causadas, ya que son de gran importancia para nuestra ciencia del yoga. Por ejemplo, el caso clásico de dos hombres perdidos de noche en la espesura de un bosque. Uno le dice al otro: «Ese perro que ladra no es un saltamontes; es el traqueteo de un carro». O también: «Él creía haber visto a un cajero bajándose del autobús. Volvió a mirar y vio que era un hipopótamo».
Cualquiera que haya dedicado parte de su tiempo a la investigación científica sabrá, por doloroso que sea, que todas y cada uno de sus observaciones deben validarse una y otra vez. La necesidad del yoga es tan punzante que nos ciega. Corremos el peligro incesante de ver y oír lo que nos gustaría ver y oír.
Nos corresponde, por tanto, si deseamos alcanzar el yoga universal y final con el absoluto, domeñar cada elemento de nuestro ser, ponerlo a salvo de cualquier guerra intestina o exterior, intensificar todas nuestras facultades al máximo, entrenarnos en la sabiduría y la fuerza sin escatimar esfuerzos, de suerte que cuando llegue el momento oportuno nos hallemos en perfectas condiciones para arrojarnos al horno del éxtasis cuyas llamas ascienden desde el abismo de la aniquilación.
El amor es la ley, el amor sujeto a la voluntad.
1. Eclesiastés 1:18. En lo sucesivo, la traducción de los versículos citados por Crowley no seguirá ninguna edición castellana de la Biblia en particular para no cortocircuitar las alusiones a expresiones bíblicas del original inglés.