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ОглавлениеLa ciencia no respeta nada
La ciencia no respeta nada, o casi nada
El higienista, diría Courteline, es despiadado.
Yo, con inconmensurable ingenio, agregaría que es impío.
Y si el célebre William Draper aún existiera, podría añadir a su Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia un capítulo complementario donde abordar el desacuerdo que separa la higiene bien entendida del estricto cumplimiento de ciertos deberes religiosos.
...¡Ah! Por supuesto que respeto los derechos imprescriptibles de la higiene y nadie mejor que yo para propagar sus sanas doctrinas.
(Incluso no hace tanto tiempo yo mismo ponía las manos en la masa: mi monografía, hoy casi agotada, Sobre los inconvenientes que presenta el abuso de cianuro de potasio en la alimentación de los recién nacidos, ocupa el rincón más selecto en las bibliotecas de nuestras Eminencias de la Ciencia).
Volviendo a la cuestión, no cabe duda de que muy pocas de las damas y caballeros aquí presentes leen con asiduidad el periódico italiano intitulado Revista d’Igiene. (¡Qué ortografía, dios mío, usan estos transalpinos!)
La lectura del último número de esta publicación aflige bastante a los católicos practicantes como nosotros.
Resulta que a un tal Signor Abba (de Turín) no se le ocurrió otra cosa mejor que someter a examen bacteriológico el agua bendita de las iglesias.
¡El agua bendita!
¡Y asegura haber hecho grandes descubrimientos!
Démosle la palabra al erudito piamontés:
(Está claro que traduzco libremente pero sin cambiar ni un ápice el espíritu del trabajo).
«El agua es vertida en pilas, expuestas a todo tipo de polvo y a cualquier contacto, que, además, nunca se limpian.»
«Entre noviembre del 97 y marzo del 98 extraje 34 muestras de diversas iglesias de Turín.»
«Examinada al microscopio, el agua ha revelado una increíble riqueza de bacterias, sin contar los organismos ciliados y los más diversos corpúsculos.»1
«Estas aguas están tan contaminadas como el agua servida (sic).»
«Al inocularse este líquido a unos conejillos de Indias, todos acabaron muriendo.»
● ○
¡Triste! ¡Oh, cuán triste!
Ya estoy viendo desde aquí cómo sonríen y se mofan nuestras Mentes más brillantes.
En lo que a mí respecta, semejantes constataciones me parten en dos. ¿Qué creer? ¿Qué creer?
No recuerdo bien en qué libro de Huysmans se hacía referencia a unos industriales muy poco delicados que fabricaban hostias que, en lugar de pan ácimo, llevaban fécula de patata, y el bueno de Huysmans agregaba con convicción:
—¡A quién se le ocurre que Jesucristo, a pesar de su gran humildad, acepte encarnarse en fécula de patata!
¡Y ahora le toca el turno al agua bendita!
El próximo domingo, ya lo tengo resuelto, voy a llegar temprano a la iglesia de la Inmaculada, mi parroquia, y pertrechado de un aparato de pasteurización esterilizaré el contenido de las pilas.
Queda por saber si el agua bendita esterilizada conserva sus virtudes.
Tendré que preguntárselo a Bonnefon.2
Le Sourire, 23 de diciembre de 1899
1 El corpúsculo de los Dioses, diría Richepin.
2 El señor Jean de Bonnefon es nuncio papal ante el bar del Journal (en el número 100 de la calle Richelieu).