Читать книгу La ciencia no respeta nada - Alphonse Allais - Страница 9
ОглавлениеDios
Al doctor Antoine Cros
Empieza a hacerse tarde.
La fiesta está en su apogeo.
Los alegres amigos están achispados, alborotados y ardientes.
Las bellas muchachas, desatadas, se dejan ir. Sus ojos se entrecierran con dulzura y sus labios que se entreabren permiten vislumbrar húmedos tesoros de púrpura y nácar.
Nunca llenas ni vacías, ¡las copas!
Las canciones revolotean, escandidas por el tintinear de los vasos y las cascadas de risa perlada de las bellas muchachas.
Y de pronto el viejo reloj del comedor interrumpe su monótono tic-tac para chirriar con rabia, como hace siempre que se dispone a dar la hora.
Es medianoche.
Los doce repiques caen lentos, graves, solemnes, con ese aire de reproche particular de los viejos relojes heredados. Parecen decir que ya han sonado muchas otras veces para nuestros ancestros desaparecidos y que sonarán otras tantas para nuestros nietos, cuando uno ya no esté más aquí.
Como era de esperar, los alegres amigos acallaron el bullicio y las bellas muchachas dejaron de reírse.
Pero Albéric, el más loco del grupo, levantó su copa y, en un tono cómicamente serio, dijo:
—Señores, es medianoche, hora de negar la existencia de Dios.
¡Toc, toc, toc!
Llaman a la puerta.
—¿Quién está ahí...? No esperamos a nadie más y los criados tienen el día libre.
¡Toc, toc, toc!
La puerta se abre y aparece la enorme barba plateada de un anciano de elevada estatura, vestido con una larga túnica blanca.
—¿Y usted quién es, buen hombre?
—Soy Dios.
Ante esta declaración, el grupo de jóvenes se sintió un poco incómodo pero Albéric, que decididamente tenía sangre fría, replicó:
—¿Supongo que eso no le impedirá brindar con nosotros?
Dios, en su infinita bondad, aceptó el ofrecimiento del joven y pronto todos estaban cómodos de nuevo.
Volvieron a beber, reír, cantar.
La mañana azul hacía empalidecer a las estrellas cuando pensaron en retirarse.
Antes de despedirse de sus anfitriones, Dios admitió, con toda la gracia del mundo, que él no existía.
Le Courrier Français,1 de septiembre de 1885