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I

Valentín Alsina no es Praga, y aunque la misteriosa tristeza de los tigres en la ciudad de oro pudiera asemejarse al sueño de extramuros en la inundación, el Riachuelo no es más que agua de arrabal sin sosiego y sin posibilidad de navegación alguna. Eso pensé recién llegado, después de tanto viaje, donde se desbaratan las líneas rectas, con tantas paradas y complicaciones, que uno abandona cualquier plan para dedicarse a la reconstrucción de una historia que es un poco más de lo que se ve. La teoría cartesiana no permite distinguir las sensaciones de los recuerdos, sin embargo, venía hasta aquí dispuesto a precisar algo. Caminaba por la orilla del río en la noche, cálida para ese otoño; retuve la imagen de aquellos marinos con la luna justo sobre el mástil, que por audacia soportaron fiebres, conocieron las salvajías de una vida civilizada y luego pidieron confesión; hombres que convirtieron sus propios cuerpos en frontera, a los que un solo paso, como a mí, los beneficiaba o perjudicaba en sus planes personales. Creo que sus huesos aún siguen sedimentando los pilares de ese, uno de los más bellos puentes de estilo colonial que permiten el acceso a la Capital.

Me acomodé por unos pocos días en una pensión familiar. Me ponía durante las tardes en una mesa estrecha junto a un ventanuco para escribir mis primeras impresiones, falsas por su obviedad, que atendían más a un diario de viaje que a la necesidad de alguien que hizo una larga travesía, comparada con la corta estancia que proyectaba. La mirada es siempre desde el relámpago. La cortedad se convirtió en cuatro años, en que la transmigración del barro a la sociedad fabril de las chimeneas personalizó todavía más el recuerdo de lo que nunca pudo ser.

Muchas veces, aún después de ese viaje, me pregunté si había valido la pena haber estado allí; Valentín Alsina no es Marsella ni tampoco Liverpool, nunca hubo posibilidad ni ambición de puerto; pero la figura de un lanchón encallado, la forma concreta, detenida, sin brisas y sin corrientes, con la quilla derecha en precaución de vientos, marcaba la caída del sol mientras esperaba que un niño, atribulado, apareciera sobre el leve oleaje del poniente. Allí, al igual que en la placentera servidumbre de las casas de té de Tokio; en la zona más subterránea de la violencia del Harlem; en el mutismo premeditado de la gente de Oruro, o en el silencio que impone a sus inquilinos el Père Lachaise en París, existía el “para siempre” como voluntad del hombre ante lo finito, e implicaba desde el inicio mismo una separación; un capricho saludable, si se quiere; pero que no ofrecía posibilidad de confidencia alguna. La escenografía de las ciudades rompe deliberadamente con aquello que deviene permanencia natural, la complicidad está en aquello que no se dice y que, cuando se verbaliza, deja de serlo; los hombres comienzan entonces a ser socios y la traición cierto acto penoso al que ya no condena el sentido de la ética, sino la jurisprudencia; hombres juros, preguntando por lo que todavía acontece, aunque en apariencia ya ha pasado.

Silueta de una larga noche, por falta de instrucciones precisas vagué solitario por recodos donde solo quedaban latas, espinazos empetrolados, botellas sin mensajes, desagües, desperdicios de olores nauseabundos, descompensados; cementerios de materias contaminadas por cañerías fraudulentas que han perdido las ilustradas teorías del futuro industrial. Un buceo de sobras que acentuaba aún más las sombras en los viejos cascos de los barcos semihundidos para siempre. Un paseo por aguas tan sucias en las que solo pudo enjuagarse Pilatos...

Más allá de toda elipsis mental y el descarrío de cualquier metáfora, bordeaba un río de barbarie abominablemente masculina, poblado en sus riberas por hombres a los que solo se le permitía tener un trabajo mal pago, una dudosa rebeldía, y a sus mujeres, a veces, hablar de alguna planta de más arriba del trópico que, sin linaje curativo, vino a nacer en esta orilla y era utilizada por la Madame del Kimono y por la abuela Juana para provocar abortos.

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Se lo dije deme la mano, abuela, deme, esa cosa duele, se estira la panza; ¿qué saldrá de ahí adentro?, me duele, me quedo quieta, abro las piernas, eternos se contraen los tejidos, los gemidos son largos, aspiro, espiro, suelto el aire, llamen a la comadre, llamen a mi hombre; mi hombre me ama porque solo ama a las infieles, ¿dónde está el dolor ahora?; la calma, el dolor, el hombre, todo hace que se va, pero vuelve más fuerte y más rojo; la calma, el dolor, no puedo, se dilata, ata el propio cordón, ¿se rompió la placenta?, ay, Cholito, van a calentar el agua, llamen a la comadre, ya viene, ya va, ella arregla todo este entuerto, ¿qué saldrá de ahí?, ¿qué es lo que viene?, la comadre llega y eso también se viene, el dolor, abuela, la calma, va a ser precioso, muy bonito, ¿va a tener alas?, ¿cómo puedo saber si no lo conozco?, no conocer es un razonamiento perfecto, tan perfecto como mi sexo piensa el Cholito, abuela; él me lo hizo y ahora no está, rece usted, yo grito, me retuerzo, son espasmos, hago fuerza, me agacho como para hacer caca, la comadre me ayuda a sentarme, entró el hombre ahí y va salir niño, la palangana de agua fría, de agua caliente, se viene lo rojo, lo miótico, lo mío; se va, me salgo con eso, respiro hondo, de allí viene, ¿es un gurí?, ¿lo ve?; ay, ay, ay, respiro, ¿se asoma entre lo rojo?, aprieto, hago fuerza, no aflojés escucho, eso es, la comadre mete la mano, agarra el cuerpo, tira suavemente, está enredado en el cordón, se ahorca, se queja, me quejo, el agua fría, el agua caliente, el agua fría, cuando salga habrá que reanimarlo, no me deje, abuela, ¿qué es?, ¿usted lo ve? no llora, es un inútil; ¿lo podré ver?, veo lo sucio, escucho lo mudo, está ahogado, lo frío, lo caliente, un grito único retumba adentro, gritó abuela, estoy segura, gritó ahí adentro, se calló, tan calladito parece un muerto; un chirlo en el culo, un grito en el cielo, abuela; en la panza todavía tengo ecos, ¿está vivo?, estamos agotados, sucios, tengo sueño, abuela, ¿todavía no salió?, quiero descansar.

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Descalza, con su bata de seda oriental desprendida, pintada a mano con tinturas en fuertes contrastes azules, amarillos, verdes y ocres, en la que se distinguía un pájaro que ha tenido el don de la palabra; sin ninguna prenda debajo para ocultar las estrías de los pechos vencidos, ni la mata negra del pubis con más de una fina cana, despidiendo un fuerte hedor selvático que disimulaba con un carísimo perfume francés; la Madame del Kimono, sentada sobre su mano tullida, almohadones de ahmardí y cojines de palio de Halap o Damasco, acostumbró usar brocatos para cubrirse, o simplemente plumas de ipacá cuando le fue necesario mostrar su naturaleza. Chaqueña cuarentona de grueso pelo azabache, labios carnosos y pequeños ojos pardos, alquilaba la pieza del frente en el conventillo bautizado Irupé.

El Irupé estaba lejos del río en un terreno expropiado perteneciente a la terminal de tranvías, con siete casillas de madera dura, oportunamente robada en el puerto; esa que utilizaban en Europa para hacer los contenedores en que llegaban los Playmouth o los Benz importados para los niños de la alta sociedad; cuartos de madera de sello y techos de chapa acanalada, con las junturas cubiertas de brea, en el mejor de los casos, estaban separados de la cocina casi al aire libre y el baño, un pequeño cubículo en los fondos, que se extendía caprichosamente hacia el campo vecino según las urgencias. El conventillo terminaba en un improvisado gallinero con un bataraz descrestado y cuatro ponedoras flacas que estaban cada vez más lejos de la existencia y cada vez más cerca del puchero.

La Madame compartía la pieza con la abuela Juana y su hija, Anahí, en una suerte de triálogos intolerables por lo breves y por la mezcla cortada que supone el guaraní salpicado con el castellano, logrando una vocalización gutural caleidoscópica de imprecisa tonalidad. Las vocales castellanas abiertas se refractaban en los labios de una y otra, hasta desvanecer su estructura tonal en la oquedad de un quejido hacia adentro que no permitía establecer con claridad si su destino era humillar, señalar vergüenza o demostrar placer.

Sabían preparar una serie de pócimas que, de la curación al encantamiento, resultaban indescifrables, alimentando la creencia de su efectividad. Más de una vez apaciguaron heridas con polvo de bosta triturada en el mortero, que mezclaban en una olla con el sebo de las velas derretidas y así, caliente, volcaban esa pasta semilíquida sobre las heridas del hombre o del animal enfermo hasta llenarlas, por hondas que éstas fueran, esparciendo el resto a cuanto se podía cubrir. Por esta y otras prácticas, se las sacralizó como brujas, murmurándose también sobre la eficacia de una yerba pestífera hecha con sabandijas ponzoñosas y sudor de sapos, vertida con la sangre que a las mujeres les baja en tiempo y cocinada en una cazuela; todo ese relajo descansado durante tres días lo vendían a sus clientas, convenciendo a las más ingenuas de sus pócimas y fragancias de Oriente, destinadas a destrabar al paciente, hacer “trabajos” para lograr uniones a distancia, o la temible ejecución de alguna venganza.

La Madame del Kimono ejercía su poder de pitonisa durante las tardes, como declarada vidente, lectora de tarot y cartas españolas. Invitaba con espléndidos bollos de chipá y sabrosos bocados de mandioca que sus clientes se servían arrodillados, no sin admirar en silencio la vajilla de porcelana japonesa, con dibujos esmaltados de hojas de ginkgo azul y blanco que se esfumaban desvaneciendo el color hacia los bordes laminados en oro; platillos donde, con manos en extremo pálidas, su hija depositaba los manjares indígenas. También tenía un 32 largo defensivo como el que ciertamente necesita una princesa. Cuando la ocasión lo exigía, una alfombra de origen persa, con la imagen erótica de una bailarina mazdea, recorría el piso de tierra desde la puerta de la casilla hasta donde se sentaba. Y esa era una: poniendo su mano tullida con uñas largas y rojas sobre un as de oro echado sobre la mesa, le dijo a don Grimaldo que en el seno más profundo del río, exactamente debajo del puente que separa a los orilleros del barrio de Pompeya, había un cofre de piedras y metales prodigiosos tales como ónice, perlas, oro, plata, malaquitas y diamantes; un arcón con trece cofres repujados, confiscados por el general Belgrano cuando intervino al general Rondeau en su tienda oriental y lasciva durante la campaña del Ejército del Norte; un arcón que, según su videncia, manos poco escrupulosas y malentretenidas habían robado al gobierno del Río de la Plata para esconderlo allí.

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Desde el primer día que lo escuché hablar, don Grimaldo Schmidl le echó, categórico, la culpa de las crecidas a los objetos. Aplicando el principio de Arquímedes, aduciendo la gran cantidad de ellos, que desde principio de los siglos hasta hoy hacían presión sobre el líquido, cada vez que el río zozobraba se le escuchaba rezongar: “¡Y... le meten barcos, le meten barcos...!”. Usando el mismo principio, sus hombros se elevaban en forma inversamente proporcional, con un pequeño arqueo escéptico que justificaba su lógica irrebatible.

Don Grimaldo Schmidl, de dudoso rigor histórico, creía a pies juntillas en la existencia de los cofres repujados, escuchando resonar el agua del Riachuelo como agua que cae de un sueño y se desdobla en pájaro de oro, igual al que la adivina luce en la espalda de su bata. Un golpe de oro es un golpe de sol, pensaba; el agua se traga el oro y yo me trago el agua, decía; mientras sus dedos bajaban acariciando los carrillos hasta apretar directa y suave la garganta, presionando un poco más la nuez y mostrando en sus labios el pico de una ansiedad tan delicada como oculta.

Debía mantener el secreto, y pensar en secreto era pensar sin inocencia. La cuestión consistía en no divulgar demasiado lo que escuchó en aquella pieza, lograr las uniones convenientes o las posibles para reunirse con los trece cofres. Iba a necesitar con quien hablar; no con todos, claro; actuar con suma cautela; tendría que afirmar o desmentir una historia que, de no tener cuidado, pronto sería de voces; debía encontrar límites precisos, sonreír, hipar o toser, esconder hechos y cosas, usar todos los beneficios de sus razonamientos, porque sobre todas las cosas se sabe eso, un hombre que cree más en el método que en el azar.

Cuando uno cavila de este modo, la seguridad comienza a agriarse. Se dispuso a estudiar historia, leer marinería, guardar todo el material que estuviera ligado a la búsqueda. Ni ese ni los cuatro días subsiguientes salió del sótano de su casa. Con las cosas un tanto más claras, aprovechó la noche del quinto día para ir hasta lo de Eusebio y encontrar a Ramón, un esmirriado marinero que trabajaba en un arenero de Puerto Nuevo. Necesitaba que se encargara de conseguir un lanchón o una chalana a bajo precio, la que modificaría en draga, colocando dos o tres anclas pequeñas atrás utilizándolas a modo de peine. Un rastrillaje rudimentario. Un rastreo que resultaba ansioso, pero no por eso menos esperanzado.

La noche se prestaba para caminar, pensó que había llegado su hora y estaba deseoso de prolongarla; caminó conversando consigo, solo. Un fanatismo esencial del mundo le decía que ese momento era para disfrutarlo en silencio. En la vereda la sombra reflejaba un hombre gesticulante, recurrente, impresionado...

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La crueldad de abril no era solo una corriente anímica y se extendía por los caseríos y los barrios bajos a los restantes meses del año. La descomposición de las miserias del río no cesaba, impregnó las orillas y unos cuantos centenares de metros hacia adentro; los efluvios fétidos de la crecida acentuaban con una lluvia delgada el aire insoportable de los potreros y los descampados. Las tardes eran habitadas por los moscardones y los tábanos, que lejos de retirarse por la humedad, se acercaban a los humanos, demandando en el acicateo la sobrevivencia de una memoria involuntaria; el zumbido pesado de las hélices transparentes en ruidoso ventileteo, tendían a alivianar el vaho flotante en la atmósfera, pero desequilibraba los nervios de quien, como yo, no estaba acostumbrado al contraste climático de lo seco y lo mojado.

Dentro del bar del Eusebio, los olores se escindían en distintas direcciones; vaga ramificación desde los platos servidos por Julia, el aroma fragmentado de la fritanga inundaba la tertulia parroquiana y dos hurones mal alimentados, que el dueño dejaba escapar del sótano, sobre todo cuando había clientes nuevos, demostraban que el boliche estaba limpio de ratas.

Recién llegado, escuché a don Grimaldo invocar su falso teorema, a la vez que ofrecía comprar el alcohol de Ramón. Lo invitó a hacer rancho aparte. El hombre se sorprendió por la formalidad del convite y sonrió con cierta picardía. Don Grimaldo no solo hablaba, sino que pensaba con parquedad. La ocasión era digna de un trago para probarse en la discreción.

—¿Ése quién es? —increpó con un golpe de cabeza mirando hacia la ventana donde estaba sentado.

—Es nuevo. Le preguntó a Julia por una mujer —contestó Ramón.

—¿Por una mujer? —quiso saber el cantonés, tratando de resolver algo complejo, intuyendo en la búsqueda un signo de debilidad.

Un interrogante si no es una necesidad es una imprudencia, pensó; y después de repartir los vasos puso el dinero de la cuenta sobre la mesa.

—Necesito de usted, Ramón.

—Usted dirá...

—Se trata de una búsqueda más interesante que la de ese hombre. Pero acá no ¿Le parece bien mañana en mi casa?

Necesitaba el más absoluto sigilo. Terminó el trago, tomó las monedas del vuelto y se levantó para salir.

—¿Dijo el nombre...?

—¿De quién?

—De la mujer.

—Esther.

—Estoy de buenas. Dígale al Eusebio que lo invite una copa y lo mande de la Madame.

—No me diga que usted cree en esas cosas.

—Hágame caso.

Agradecí desde el rincón con una leve inclinación; perpendicular, sobre mi cabeza, un soplo de aire acunaba una araña muerta entre las moscas muertas, atrapada en su propio telar. El vaivén minúsculo del bicherío me distrajo y abrí más los ojos hacia un rincón del techo donde el yeso desvencijado desnudaba los listones de madera de la estructura humedecida.

Imaginé que el cielo raso tenía charcos.

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La guerra de guerrillas es la guerra revolucionaria del pueblo en armas, contra la cual se estrellan los ejércitos que son utilizados para enajenar la soberanía de la Patria. Estamos seguros de que el ejército argentino no peleará en defensa de un gobierno que traiciona a la nación y que ha cerrado al pueblo todos los caminos normales. Confiamos en que, excepto los altos jerarcas militares entregados al oro extranjero, los oficiales, suboficiales y tropa con sentido de patria no lucharán en contra de los hermanos que quieren liberarla para todos. En cuanto a la topografía elegida para la acción toda ella es buena, incluso las ciudades, si hay corazones argentinos dispuestos a cumplir con su deber. Los que traicionen nuestras filas, quienes repriman a sangre y fuego nuestra gesta de liberación nacional, o los que torturen y cometan atrocidades con los integrantes de las guerrillas o sus simpatizantes en la retaguardia serán considerados por nosotros como criminales de guerra y pasados por las armas. Estamos seguros que millones de hombres y de mujeres sumarán sus voluntades y la resolución de ofrendar sus vidas en los campos, pueblos y ciudades, antes que ver condenados a sus hijos a la miseria y la esclavitud. Las pruebas que hemos recibido nos afirman en tal actitud. Soy y no soy el único Uturunco. Dentro de poco habrá centenares de Uturuncos en el país, incluso en los bosques de cemento armado como son las grandes ciudades.

Comandante Puma, desde algún lugar del Tucumán, 1959.

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No recuerdo la cantidad de ginebra que tomé. Una brisa modulante en las mejillas me encontró, por instrucción de Julia, en la calle con Ramón camino al Irupé. En el trayecto le comenté que vine a Buenos Aires investigando antecedentes familiares; quizás por eso, la sinuosidad de su despedida.

La noche era intensa, azul negra y poco estrellada, la humedad se retiró y el calor se adueñó del chaperío; los malvones formaban una cerca rojiverde, en la textura áspera de sus hojas, las nervaduras sobresalían como las líneas de mis manos. Un apegado sentido de propiedad no me permitió granjear el alambre y las maderas que hacían las veces de puerta, golpeé las palmas avanzando tímido; los relumbrones que vinieron de los fondos me recordaron una fiesta navideña. Unos metros dentro, se prefiguró un hombre de buena estatura, membrudo, de cuerpo bien proporcionado y cara morocha. Se presentó como Gauderio, un mozo, me seguí enterando, nacido en Cuatreros, un pueblo cercano a unos cuarenta kilómetros de Ingeniero White y a otros tantos de Bahía Blanca, pero con distinta suerte la suya, aunque no por eso menos contradictoria, que la de Pedrito o el Lucas Hallado, quienes —me dijo— tras ser abandonados en su niñez, encontraron las mandíbulas de las hormigas y la muerte por frío en las puertas del cementerio.

Según su relato, sus choznos eran una esclava y un contrabandista portugués escapado de las cárceles del emperador del Brasil; las líneas de descendencia arribaron aquí, a la provincia de Buenos Aires y al igual que su bisabuelo, se jactaba de un insobornable espíritu de rebeldía. Haciendo chocar una imaginación notable con la rispidez verbal que le daba el alcohol para contar historias, de camisa raída y peor vestido, procuraba encubrir con uno o dos ponchos su mala traza y se hacía de una guitarrita que aprendió a tocar muy mal, cantando desentonadamente varias coplas que estropeaba, y muchas otras que sacaba de su cabeza, las que regularmente ruedan sobre amores o casos de la pampa. Sabía de maneas, cabezales, frenos, tiradores trenzados a mano, de la vida sosegada y de los arreos cada vez más difíciles de conseguir en el mercado de Liniers; su prodigio, decían, era verlo matar una vaca, sacarle el mondongo y con todo el sebo que juntaba en el vientre o un trozo de estiércol seco del mismo animal, hacer una sola brasa que prendía en el interior vacío de las vísceras; un fuego que desde su centro voraz hasta los variados núcleos de calor empezaba a arder y a comunicarse a la carne gorda y los huesos, dando formas impensadas de una extraordinaria iluminación; una manera de asar poco conocida y menos usada aún, en que unía el vientre de la vaca, dejando que respirara fuego por la boca y por el otro orificio.

Alrededor del asado estaban la Roña, el Checho, el Vasco, la Tetona, un hombre al que algunos llamaban “profesor”, la abuela Juana y cuatro morochos curtidos. Eran pobres, gente que derrochaba lo que no tenían en la esperanza de la abundancia. Me senté callado junto a los demás alrededor del asador y observé el espectáculo. Guardé la distancia y la pulcritud que me distingue como hombre de cierta urbanidad; y aunque se repetían en invitaciones desistí de comer.

La reunión era una relación de órbita fastuosa, el conventillo un cine cósmico, el asado un teatro de vísceras, la vaca una fosforescencia multicolor.

Escuché una voz a mis espaldas y reconocí la cita de San Ambrosio.

—No das al pobre de lo tuyo, sino que le restituyes de lo suyo —dijo el profesor Serrao palmeándome el hombro—, la historia está llamada a terminar con la religión, pero a continuar con la tragedia.

—¿Hace mucho que lee a Camus, profesor?

—“Un campesino, en medio de una prédica que arrancó lágrimas a todos los fieles, permaneció indiferente. Y, a las gentes que le reprochaban su frialdad, les explicó que no era de la parroquia...”

En la cita elusiva del francés me di cuenta que ni el profesor, ni ninguno de los que allí estaban, me iba a preguntar nada. Pasada la sobremesa la abuela, la Tetona y la Roña se retiraron. Era una reunión de hombres borrachos, nostalgiosos, solos: una reunión de ausencias, dijo la más vieja antes de irse.

Bebieron y bromearon hasta altas horas, me avine a escuchar de boca de Gauderio una historia sobre la famosa cuchillada que aplicó un tal Benigno, que fue de revés, a la altura de la cintura, y que por la poca o ninguna resistencia de armas ni de vestidos, ni aun de hueso, o parte del cuerpo que por aquello se tenga, y también por el buen brazo de don Benigno, se la partió toda en el otro con tanta velocidad y tan buen cortar que quedó el cristiano parado y dijo a Benigno: “Quédate en paz”; para caer, dichas estas palabras, muerto en dos medios...

La forma de utilizar el lenguaje me resultó extraña, el cuentista hacía giros desusados que, sin embargo, pese a lo trabado de la construcción, aportaban fluidez al desarrollo del relato ¿Cómo hubiera redactado yo ese cuadro telúrico-bruegueliano?; sonreí tratando de disimular la distracción, y apreté con el índice y el pulgar de mi mano derecha ambos lacrimales para aplacar el efecto del humo. Le pregunté al profesor por la pieza de la Madame.

—¿La Madame?, casi a la entrada, guíese por el olor a remolacha, ¿o usted es de aquellos que no dominan los sentidos?; guíese por el olor del sándalo... acá le va a hacer falta olfato....

Ahora la conversación del grupo versaba sobre el Uturunco, pero le presté poca atención. Sin dejar de agradecer el convite elegí la sombra para retirarme.

—¿Así que el mozo es escritor? —me preguntó Gauderio antes de irme.

La forma capciosa dice lo que dice y lo que se oculta.

—Si uno se pone pretencioso y quiere deslumbrar a la gente, se vuelve desagradable —agregó alcanzándome un vaso, invitándome a encontrarnos de nuevo, no sin jactarse antes del artificio logrado con el fuego; señalando desde algún costado de su borrachera, si yo era capaz, como la vaca, de sacar fuego por el culo.

El vientre convexo

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