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III

Me acomodé bajo el ventanuco de la pensión para revisar papeles relacionados con Esther y escribir impresiones tan íntimas que no sabía si se trataban de un sentimiento o de un sentido. Ella no estaba, viajaba mucho; el único recuerdo lejano es una vieja llevándome en brazos al Hospital de Niños en el tranvía; y el niño mirando, por el vidrio de la luneta trasera, el trabajo del guarda para colocar los brazos metálicos y paralelos en los rieles. El chisporroteo de la electricidad impresionaba como bengalas despedidas hacia todos los costados, me hacía abrir bien grandes los ojos. Nunca supe si ese viaje lo hacíamos un lunes, un jueves o un domingo; sin embargo, en aquella época, la noción del tiempo comenzó a filtrarse en mi infancia.

Toda búsqueda en sus generalidades es dudosa. Me doy cuenta de que pienso según mis palabras y no según mis ideas, el principio del placer tiene en la poesía una insistencia particular. Mi época discute sobre la apropiación del relato anecdótico para la ficción, la consecuencia de “relatar” o “describir” para mostrar los verdaderos movimientos de la vida. La exigencia del “plan”, “las combinaciones de efectos”, los problemas relativos a los datos, “los cálculos de fondo” y el orden anecdótico, es decir, la organización de la materia a tratar en un orden temporal, me gustaba menos; quería elegir bien las palabras, resolver los problemas de nominación. Comprendí estar en un mundo donde no era el único que buscaba. La búsqueda guarda el anhelo de llegar, pero también se puede llegar a ninguna parte.

Sin duda, el ningún lugar, el “para nada”, era el mejor recurso de quien busca como de quien escribe. Llevaba ya más de ocho meses sin poder desentrañar el motivo que me trajo. Recuerdo lejos una abuela delgada, vestida de negro, a paso ligero conmigo en brazos esquivando lo seco y lo mojado, limpiando con la pollera los vidrios empañados de sus lentes. No recuerdo si la vieja justificaba o renegaba por la ausencia de Esther, pero su ausencia es la que despertó en mí la noción del tiempo.

La imaginación se ligó a lo finito y entonces el niño dio su primer paso mortal.

• • •

Aunque de entrada don Grimaldo no le comentó la totalidad de sus planes, Ramón intuía que el tema que se traía el cantonés era tan misterioso como para no preguntar de más; sobre todo porque también estaba el “profesor” y porque don Grimaldo apeló a un falso espíritu comunicativo para describir trivialidades que no coincidían con su verdadera intención.

Serrao desatendía con disimulo la perorata, pero Ramón trataba de descifrar algún indicio; los nervios le dieron al marinero más agudeza y sensibilidad; su poca altura y delgadez parecían ponerlo en permanente estado de tensión, igual que aquellos animales siempre atentos a la descarga de una escopeta del 12. Sentados a la mesa, cada uno a su manera, pensaban en oler algo.

Si no hay confesión no hay conflicto. Don Grimaldo habló de maniguetas, marchapie de gavía, eslora, burda del mastelero, y contó anécdotas costeras, añadía historias que le contó el profesor sobre Hipólito Bouchard, alférez de la incipiente armada, que se hizo corsario del gobierno del Río de la Plata, llevando a cabo operaciones piratas, apoderándose de naves surtas en los puertos del Caribe, hasta hacer flamear el pabellón argentino en las costas de La Florida.

Ramón lo comparó con el Corto Maltés.

Serrao, haciendo gala de sus conocimientos, agregó que el francés fue el arrojado granadero que, en la batalla de San Lorenzo, arrancó la vida del abanderado y la bandera enemiga que San Martín entregara luego como trofeo en Buenos Aires. El cantonés llegó más lejos en su marinería, navegó con los conquistadores en bergantín, se hizo testigo del avance sobre los Carios en la ciudad de Lambaré, estaban allí, a tiro de arcabuz. Contaba de manera entusiasta, enfático, superponiendo dichos como que el río tenía un corazón, que se trataba de una vena marrón con salida al naciente... que algo latía allí...

Ramón entendió que era el momento de preguntar, pero no se animó. El cantonés tenía en su rostro la felicidad evasiva de quien guarda un buen secreto.

—Bueno, usted dirá...

—Necesito una embarcación.

Salvo la verborragia de don Grimaldo, la cosa no tenía nada de extraño. Ramón se aburría con la charla, le parecía un verdadero dislate; pero intuyó, con cierta complicidad de ánimo, que la embarcación era para algo más que un paseo. La ginebra y la historia corrieron parejas; en confianza, le acercó la botella y le ofreció al suizo una copa, otra, luego otra y otra más, esperando que el perdigón se disparara solo.

No llegó Ramón a preguntar el para qué, cuando el cantonés desvió de los apuntes de la historia y se largó a hablar.

—Se trata de encontrar un tesoro, Ramón, como cuando éramos niños, pero un tesoro de verdad.

Ni la más mínima alarma lo detuvo. La voz de don Grimaldo se adelantaba a sus pensamientos sin ninguna dirección, diciendo que había mucha plata por medio, oro tan antiguo como el sol, oro que el agua usa como sedimento junto con el barro y otros elementos calcáreos, oro convertido en un inmenso caracol depositado en el fondo, que el agua vuelve tan maleable y tan blando con el paso de los años que se puede tragar; nos vamos a hacer buches con él, dijo, con cara tan expresiva y feliz, como quien no necesita saber más nada de sí. Va a poder tener una casa de material, rápidamente se distinguirá del chaperío asentado alrededor de un futuro cada vez más incierto; le va a agregar unos terrenos para plantar y mejor que eso, va a dejar el río y hacer jardinería. Va a vivir de rentas. ¿Rentas? Sí, no va a trabajar más, hombre; hay que conseguir un buzo, alguien que sepa nadar bien, que pueda caminar por ahí abajo; debemos hacer todo en silencio, Ramón; mantener la boca bien cerrada, hablar lo necesario sobre el río y nada de nuestros planes. Ramón asintió y le ofreció una última ginebra que don Grimaldo, por cortesía y como forma de sellar el secreto, aceptó, levantando la copa por ellos y por el profesor, quien extrañamente para Ramón, brindó por el general Belgrano.

La inversión, la verdadera inversión, comenzaría después del brindis. Arreglaron los porcentajes, setenta y cinco por ciento para él que financiaría la expedición y el resto para el marinero. Serrao se descartó solo, no iba a participar del viaje; lo suyo era vocación, amor a la historia y, además, su asesoramiento en el posible hallazgo le permitiría jerarquizar su trabajo frente a la academia, una especie de venganza personal con los historiadores de la “capilla”.

Don Grimaldo extrajo de su bolsillo un pequeño paquete hecho con papel de diario y dejó en manos de Ramón parte de sus ahorros para contratar no ya una chalana, sino una pequeña balandra bautizada La Pepa y también, por consejo del marinero, a un buzo de origen irlandés que sabía trabajar en la Isla Maciel en el tirado de cables eléctricos que pronto, muy pronto, llevarían luz a los barrios más bajos.

El cansancio se apoderó de los tres. El profesor Serrao, con el entusiasmo de un licor obstinado, les detalló la muerte que en el “baile de los mendigos” le diera el capitán Abriega al comandante Mendonça, allá en Paraguay, para hacerle luego una molestísima guerra de guerrillas al mismísimo Irala. Tras el comentario se quedó dormido sobre la mesa.

Ya de madrugada Ramón se fue. ¿Hizo bien en contarle? Si el marinero abría la boca echaría todo por tierra. Estaba inseguro, el secreto explicitado es un corcho en el agua y en breve, fácil, puede salir a la superficie. La idea de encontrar el tesoro podía tentar a algún aventurero. Temió no dormir, se preparó una taza de passiflora y mientras bebía, anotó en la lista de las compras “reforzar con tilo”; se venían días de mucha ansiedad.

Pensó por un momento en los ojos de la Madame, no podía entender la videncia sin imaginar esos ojos abiertos, moviendo en el vacío el sentido de apropiación, si no ya del cofre, al menos de la videncia; buscó legitimar cada palabra, manteniendo viva la codicia y la no menos comentada lascivia del general Rondeau que, después de todo, como dijo el profesor, era un afrancesado, es decir, culturalmente un colonizado, y ya sabe uno cómo terminan las campañas que inician generales como este.

• • •

La operación Frías se cumplió a la perfección tal cual fue proyectada. Lo mismo sucederá con las próximas. Nadie espere de nosotros operaciones diarias ni golpes espectaculares, pues nuestra misión es liberar definitivamente a la nación, y ello es una tarea larga y penosa. Hasta ahora sabemos de golpes y malos tratos a los compañeros que cayeron. Si confirmamos los malos tratos, los cobraremos oportunamente. La lucha recién comienza y termina con el regreso del General Perón a la Patria. Nosotros no hacemos discriminación ideológica respecto de los que quieren ser combatientes por la liberación de la Patria. Nuestras banderas alcanzan al ochenta por ciento de la población, que en su diferente condición social pueden y deben participar de la lucha.

Comandante Puma, El Churqui, 1959.

• • •

El comunicado mimeografiado pasó de mis manos a las de ella. Caminábamos calle abajo hacia el almacén de Eusebio; pleno mediodía decidimos protegernos debajo de un plátano de copa voluminosa. Quedamos muy juntos, el pudor la hizo vacilar. Para un porteño los lugares que citaba el comunicado parecían lejanos, otro país; pero a la Tetona, que todos sus amigos consideraban demasiado carnívora, El Churqui le sonó a comida.

—El Churqui es una localidad, Tetona —le aclaré sin saber dónde quedaba.

La Tetona dormía seguido con don Grimaldo, sabía parte de sus manías personales y estaba acostumbrada a los delirios; quizá por eso no se dejaba impresionar por el conocimiento de nadie. Mientras leía percibí que el plátano florecía en un tris cobrando verdes, dorados inusuales; una brisa de calor acompañó la complicidad; sus pechos comenzaron a inflamarse y sus muslos, descarados, con la fuerza de las bacantes, rozaban en su ropa interior, ahora de raso azul italiano y finas puntillas de seda negra; era una Nini Marlene vernácula, Mecha Ortiz, invitándome a desviar el camino con un gesto tan sensual como sugestivo.

Llegamos rápidamente hasta la puerta del Irupé. Enhiesto, el oscuro pezón quedó entre mis los labios; la urgencia marcaba el camino de mi lengua. Veinte minutos más tarde, estábamos desnudos en el bañito del fondo, mojándonos en la improvisada ducha hecha con un balde agujereado.

—¿Qué es una épica? —preguntó sin que medie razón ninguna.

Para desembarazarme, no sabiendo discernir en forma sencilla el tema, gesticulé levantando el cuello y montando los labios uno sobre otro; sus ojos, cada vez más felices, demostraron no saber y que, además, no le importaba.

Me confesó que días antes, en la cama del profesor Serrao, hizo la misma pregunta...

—Algo así como decir que el General es el Cid Campeador —le contestó el profesor.

Días más tarde, la Tetona hizo la misma pregunta entre las sábanas de Zarza.

—Algo así como decir que Fidel Castro es Espartaco —sintetizó.

No pudo terminar con su intriga, porque nada conocía de ninguno de los dos. De ninguno de los cuatro.

• • •

No puedo decir que mi encuentro con Gauderio fue exactamente casual, pero algo de eso había. Nunca hablé de política desde los sentimientos, lo había hecho con intelectuales que adulteraban la emoción clasista con un desapego formal y una distancia, que desde su privilegio de “pensadores progresistas” enclaustraban a los obreros en un gueto cultural; artistas ligados al existencialismo que discutían el estreno de Los secuestrados de Altona coincidiendo con el compromiso del arte para con las causas de liberación nacional, como era el caso de Argelia, ya que bien enterados estábamos de los métodos del coronel Massu que aplicaban allí los paracaidistas franceses. Luego de la cita obligada de Fanon y Reich nos sumergíamos en las encantadoras delicias del carpe diem. En estas charlas ni la revolución ni el sexo resultaban urgentes, sino que eran signos civilizadores contra aquello que no dudábamos en llamar el establishment. No tenía conocimiento de la cotidianidad, lo que se llamaba praxis y que, en el fondo, me hacía sentir como un chef al que lo mandan a lavar las ollas.

Lo reconocí de inmediato mientras sacaba el boleto, estaba en la segunda fila y me saludó levantando la mano. No reconocí en él al héroe. Dejó el asiento para poder conversar saltando un molesto intermediario que mantenía los ojos en el diario sin preocuparse. De pie, soportando los barquinazos, me preguntó si había leído el panfleto y comenzó a describir la ruta que, de seguro, andarían los Uturuncos. Algo ligado a la acción nominativa de la demostración generaba un clima distinto. No atiné a contestarle. Me comentó que se hacían estallar algunos “caños” de fabricación casera, a los que me atreví a otorgarles un poder un tanto inofensivo pero de alto valor emocional: pólvora prensada dentro de un bulón más la sal gruesa fría. Sabotaje tras sabotaje, para apoyar a los compañeros y responder a la represión que desde hacía cuatro años se había instaurado, “caños” que acompañan y refuerzan la gelinita que llegaba desde las minas bolivianas de Jujuy, donde se la colocaba debajo de los vagones hasta Tucumán para ser distribuida por todo el país.

Me comentó también que a principios de año se desató una huelga de aquellas y en la Capital, un enorme sector de la ciudad, comprendido entre las Avenidas Olivera y General Paz, que abarca los barrios de Mataderos, Villa Lugano, el Bajo Flores, Villa Luro y parte de Floresta, fue ocupada durante cinco días consecutivos por obreros y jóvenes que se sumaban la lucha; cortaron totalmente el alumbrado público de la zona, voltearon árboles para obstruir calles y, aprovechando el adoquinado, levantaron barricadas en las avenidas de acceso; de esta manera, al amparo de la oscuridad total, los grupos combatientes pudieron moverse con relativa facilidad y neutralizar la acción del ejército.

Desconocía los lugares que nombró; el micro, sin suspensión, parecía quebrarse a cada barquinazo. Se acomodó el peine o los documentos en el bolsillo trasero del pantalón y mencionó que se venía otra igual, acá en el sur, a la que se sumarían los Uturuncos; para alquilar balcones dijo, suponiéndolo un espectáculo imperdible para alguien que escribía. Me preguntó, rascándose la cabeza, si podía darle una mano. Entendí que su deseo era que escribiera o corrigiera algún comunicado, pero no: la cosa era otra, comentó que algunos sindicatos, sobre todo los menos intransigentes, tenían trabajando suboficiales del ejército que se habían plegado a la lucha clandestina, pero no se fiaba de ellos. Necesitaba de alguien que no conocieran para esperar unos impresos, él me diría tiempo y forma; yo le caía bien y no deseaba enterarse de mi nombre ni mi circunstancia; lo mejor era alguien que no tuviera apariencia de pobre, evitando poner en evidencia el envío.

El colectivo aminoró la marcha, se me ocurrió preguntarle por qué depositaba tanta confianza en alguien que había visto una sola vez. Se sonrió y dijo, aunque no con estas palabras, que intuía mi debilidad por las causas justas y que además él era un baqueano en viajes hacia lo extraño.

Me bajé tres cuadras antes de la pensión camino a la farmacia.

• • •

No era un lugar altamente concurrido, estaba mucho más cerca de ser una herboristería que una farmacia, como el consejo de profesionales exigía; no faltaba la carqueja para los bronquios, el té sedante de manzanilla, la muña muña, la cola de quirquincho para la virilidad y otro montón de pastos sanadores; bien podría haber sido una casa de especias, un campo perceptivo para los olores de este lado del mundo.

Ese día el viejo Zarza reetiquetaba los frascos color caramelo cuando la Rupe, acompañada por la Tetona, entró en la botica dispuesta a comprar unas gotas para los oídos del Pepe Saldívar, que después de una charla con Gauderio y un desconocido, no pudo quitarse un ruido extraño, parecido al zumbido del moscardón, que no lo dejaba dormir.

—Necesito un preparado pa´ las orejas.

—Cómo no.

Aprovechó mi extranjería y la desaparición de Zarza tras la cortina floreada de narcisos rojos sobre fondo blanco, que dividía el despacho al público del laboratorio, para comentarle a la Tetona lo del sobre blanco.

—Una carta, si, ella asegura que adentro del auto estaba el embajador en persona que no quiso verla.

—¿El embajador?

Serrao, al que la abuela Juana recomendó largar la peperina si quería tener contenta a alguna hembra, golpeó la vidriera mirando hacia adentro, indiferente a la presencia de las mujeres.

—¿Cuánto es? —dijo la Rupe extrayendo la plata del delantal que llevaba puesto, para retirarse mientras contaba las moneditas del vuelto.

Con un gesto de Zarza, Serrao se mandó para los fondos, dando un buen día altisonante y saludándome muy afectivamente. Nacido en Lobos, librepensador y melómano, el profesor vivía de dar clases particulares, jactándose de enseñar a pensar y que justamente por eso, por pensar, jamás alumno suyo aprobó en las escuelas oficiales. Se autoproclamaba investigador y revisionista, e intentando demostrar por todos los medios la existencia de la batalla de El Saucecito; polemizaba sobre la historia con quienes denominó despectivamente de “la capilla”, con una parafernalia de argumentos que pensaba documentar oportunamente. Fue en El Saucecito donde las tropas federales, al mando del general Estanislao López, derrotaron en litoral santafecino a los unitarios que comandaba Luciano de Montes de Oca; una batalla que demostró la picardía de los “panzaverdes”, vencedores tras enfrentar una mayoría desprevenida y, sobre todo, por las estrategias del protector confederado. Escuchábamos este aspecto de los hechos, que según su mentor necesitaban de un revisionismo exhaustivo que la historia oficial negaba, al desconocer la existencia de una localidad llamada El Saucecito y sosteniendo que Luciano Montes de Oca era jefe naval.

—¿Usted ve la historia como otra forma de la literatura?

—O viceversa —se sonrió—. No es para tanto, joven.

Comenzaba a impacientarme, estaba estupefacto por la tardanza, deseaba llevarme un antibiótico; el clima, lo seco y lo mojado, habían hecho estragos en mi organismo, no sabía si exigir o suplicar que me atendiera; Zarza se desacodó del mostrador y me hizo señas minuteras. El profesor, atendiéndose solo, abrió la vitrina y extrajo un frasco de Bálsamo del Perú, que alejó rápido de sus ojos para sobrellevar mejor la presbicia en su lectura. Comentó sin suspicacia que, gracias a su prestigio personal como historiador, recibió un llamado de don Grimaldo para cenar en la casa de fachada amarilla, que le habló a medias de no sé qué cosa secreta sobre Belgrano y de unos cofres aparentemente sin importancia. Su amor por la historia lo llevó allí. De todos modos y aunque él era un escéptico, asistiría a una segunda cena, con la esperanza de que largara menos disparates y más datos, haciéndonos reír de los gestos ampulosos que acentuaban la demagogia de don Grimaldo al hablar de faraónicos hallazgos y nobles proyectos con una seducción grandilocuente, contrapuesta al escarnio que producía la pinza de depilar que el cantonés se metió en las fosas nasales para quitarse unos pelos largos y negros francamente desagradables; una conjunción de humedad mucosa y pilosa, comentó descriptivo, en la que preparó la descarga del estornudo.

—Una verdadera charla al pedo —remató.

Mientras le cobraba, Zarza agregó que no se procupara por lo de la abuela Juana, ella no estaba capacitada para diagnosticar ni siquiera un resfrío. Esas brujas creían saberlo todo, pero carecían de drogas y laboratorio para una alquimia sofisticada.

—Venga a verme cuando quiera, joven —me invitó—, estoy en el Irupé.

Serrao estaba por cruzar la puerta cuando el farmacéutico, trayendo mi pedido, le preguntó.

—¿Y si lo de los cofres es cierto?

—Cuando falta poder y sobra tiempo, se piensa en cualquier cosa... fíjese, hasta hay gente que escribe —dijo soltando una carcajada—; mire, todos esos generales de la independencia eran putos viejos, pero sabían lo que hacían; es improbable que Belgrano, uno de los pocos maricones de laya, hubiera devuelto esos cofres al gobierno del Río de la Plata sin incautarlos, al menos en parte, para comprar hierro y fundir armas para la revolución.

—¿Belgrano era puto? —preguntó Zarza sorprendido.

—Belgrano solo no. Todos los héroes son putos. Para ser héroe hay que estar decididamente del otro lado. Y si no, mírelo a su amigo Fidel Castro.

—Usted tomó ajenjo —le reprochó Zarza.

—No —dijo Serrao—, tomé un vino mientras charlaba con Gauderio, un cabernet tan pesado como esos cofres de los que habla don Grimaldo.

• • •

Ramón pasó a buscarlo por su casa muy de madrugada en un rastrojero IKA cargado de palas de distintos tamaños, lámparas de querosén, ganchos, cables eslabonados, cuerdas de acero y otro montón de elementos destinados a la búsqueda, la seguridad y el rescate. Conocía la casa de fachada amarilla que hacía esquina con los terrenos tomados. Cuando detuvo el motor en la puerta, don Grimaldo, impaciente, le ordenó subir los pertrechos. Comenzaba la expedición, cargaban y enumeraban las cosas una a una, temían olvidar algo que los hiciera perder el día.

El Irlandés los esperaba debajo del puente con el bolso entre las piernas y restregándose las manos para evitar el frío. Si es cierto que los hombres cambian con el tiempo su apostura y sus olores, lejos está el buzo, subido a la escotilla con su chaqueta raída, los botones colgando a modo de condecoraciones y la petaca de grapa a punto de extinguirse, de parecerse al almirante Brown; aunque seguramente los unía, por origen, un catolicismo consuetudinario.

Don Grimaldo explicó la ruta a seguir. Comenzarían justo allí, debajo del puente, haciendo los descensos desde un bote, que la draga remolcará, removiendo lentamente el lecho del río.

—¿Qué hora es? —preguntó don Grimaldo.

—Five o´clock —dijo el Irlandés.

—¿Qué hora?

—Tea time —reafirmó.

Para el buzo siempre eran las cinco, es decir, la hora de empinar una grapa; no conocía otra manera de calentar el cuerpo para entrar en el agua.

Al borde de la ribera se encontraba La Pepa, una balandra de soldaduras sólidas, pintada de celeste y blanco, a la que le colocaron un motor de escasa potencia, reciclándola como draga. Disponía de espacio para dos marineros y un práctico. Una trinidad acuática ocupó la cabeza del capitán cuando, leve, el viento sudeste desacomodó su pelo acariciándole las mejillas y dándole a su gesto algo que los otros, sin hablar y sin saber, reconocieron como épico.

El primer paso de la draga removió siglos. Don Grimaldo Schmidl pospuso sueños para hablar de presunciones. Los sueños podían partir de cualquier lado, pero las presunciones debían hacerlo desde conjeturas y formas equilibradas: inflexión en grado cero; y qué mejor comienzo que el centro debajo del puente donde lo determinó la videncia.

Cada vez que el Irlandés sacaba la cabeza del agua meneando una negativa, don Grimaldo indicaba más a la derecha o más a la izquierda, clavando su gesto sobre el centro del río. Ramón prendía o apagaba el motor de la draga siguiendo las órdenes de mando que, pese al esfuerzo conjetural del capitán, era un cálculo sin dirección donde los centímetros o los metros podían llegar a ser kilómetros. El Irlandés volvió a asomar la cabeza repitiendo el gesto negativo. Luego de seis horas se decidió terminar la búsqueda, el cantonés propuso que la próxima semana trabajarían sobre millas, sobre medidas inglesas, que por algo eran los mejores marinos de la historia.

Cargaron las cosas en el Rastrojero, el frío los había vencido; viajaron en el más absoluto silencio, concentrados, aunque ya con cierta lejanía, en la borrasca del río. Para don Grimaldo, ensimismado, las bocacalles se sucedían maquinalmente, sin notar las cenizas que caían sobre su pantalón; el Irlandés pidió que se detuvieran y bajó cerrando de un fuerte golpe la puerta del vehículo. El invierno de junio suavizó la temperatura y a los pasajeros. Don Grimaldo viajaba en silencio, tenía preguntas enormes, estallaban en el adoquinado. Ya abajo, saludó el arranque de la caminoneta; la mano de Ramón, fuera de la ventanilla, se perdía con las primeras sombras del crepúsculo.

—Ahora sé cuando sé —se dijo en voz alta.

Cualquier reflexión a los oídos del buscador resultaba una paradoja y a esa altura cualquier paradoja era puro veneno. Él apostaba a la intuición, Ramón apostaba a su imaginación, el Irlandés, estaba seguro, solo a la paga.

El vientre convexo

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