Читать книгу El vientre convexo - Daniel Muxica - Страница 8
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No es que yo dijera otra cosa, abuela, vi una mancha ¿todavía no salió?, estoy segura, una mancha y un eco adentro, créame, un eco marítimo, agua sucia como la de este río mezclada con sangre, plasma; estoy llena de odio, también hay sudor, líquidos mióticos, transparentes, mucosidad roja, tengo impaciencia por ver su cara, reconocer, ¿se parece al Cholito?, no se burle, abuela, voy a destilar miedo, voy a desaparecer en el miedo; sustancias aglutinadas en una mancha, una sombra, voy a desaparecer en el miedo; son coincidencias desdichadas, este pibe tiene un padre neutro ¿Cholito?, ¿el holandés?, no voy a entregarme, cada uno es un eco; si no lo veo es porque no nació, está ahí pero está ausente, ¿porque no quiere salir el desgraciadito?, no, abuela, simplemente no hay nadie, no me contradiga, no quiere salir, ¿piensa crecer allí?, se me estiran los tejidos, abuela, me duele el tiempo adentro, abajo del estómago; se está colocando desde la noche anterior pero no da indicios, no puede ser; ¿se agrandó la panza?, mucha desmesura es el dolor cuando no se lo entiende como dolor, abuela; voy a desaparecer en el miedo, dígale a la matrona que meta la cabeza, que le hable, lo convenza, debe salir, ser un hombre como los demás, dígale que la soledad nunca es medida, que cuando uno está solo tampoco sabe cuán solo está; la soledad es inconmensurable como el eco de uno mismo, el eco se produce cuando no hay recuerdos, cuando no hay historia personal, cuando hay nada más que vacío; no es dolor, abuela, es la prueba de lo que uno sospecha desde hace mucho tiempo, la contundencia; primero despacio y después más fuerte, más vertiginoso; las pulsiones internas en los tejidos, llame a la matrona, tengo pérdidas; llame al padre, al Cholito para que entre por aquí como antes, que entre, lo convenza, tiene que salir, ¿si lo tentamos con caramelos, con alfeñiques?, las finísimas arrugas del vientre ahora son estrías, la juventud se me va en esto, háblele usted, abuela, háblele en castellano, en guaraní, hay que convencerlo de alguna manera.
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La Madame no atendía a esa hora. Una mano deforme se asomó sin correr la cortina de la pieza y me entregó una foto ajada, a modo de tarjeta, con un horario de visita. Me impresionó la extraña contorsión de los dedos. La mano tullida, se chismeaba, era por masturbar a cambio de unas pocas monedas a los obreros que entraban de madrugada al frigorífico; la mano, acariciadora de rincones deliciosos que los hombres miraban entre el agradecimiento y el desprecio, era el resultado de una artritis que amenazaba con avanzar ante la impotencia de la medicina convencional y la extraña dejadez que produce la culpa. Insistí y me dejó pasar. Para ella era solo un recuerdo triste, un recuerdo quieto, dijo, acariciando la deformidad con la mano sana. Se veía a sí misma como una mujer joven muy hermosa y, por eso, se comparaba con la virgencita de la vetusta fotografía que lucía un turbante, sacando procazmente la lengua hacia la cámara. En la misma postal, la Madame del Kimono levantaba entre el pulgar y el índice de su mano derecha la pollera europea un poco más arriba de las rodillas, mientras que, con la otra, ahora atrofiada, escondía las delicadezas más oscuras de sus pequeñas prominencias dans la poitrine. Una foto sacada en la India, dijo; cuando todavía era amante del embajador, diplomado en Exteriores, quien la llevó durante muchos años a cuanto destino le tocara, prestándola por una noche a determinados personajes de los negocios mundiales, como una muestra del exotismo amoroso latinoamericano. Época de gloria en grandes hoteles internacionales, con bañeras desbordantes de champagne donde convirtió las vicisitudes en indiferencia, lo leve en soborno y la ilusión en insoportable brevedad.
Al diplomático le gustaba comer caviar en los pezones, recalcó, riendo con un gesto carnoso y evocativo, recordando un agregado de comercio holandés, un rubio lechoso y regordete al que le enseñó a gritar rojaiju en el momento del éxtasis. Época que lamentó con sordos quejidos matacos, en un intento malicioso de hacer pasar al niño como producto no querido de una de esas relaciones. Se tejía por ahí que vendió al niño en el extranjero, en un precio aceptable, a dos homosexuales checos; que el dinero de la venta le permitió vivir casi un año sin prostituirse, y que ese tiempo sirvió para amenguar los efectos de la culpa, pero no es cierto, dijo, porque harto es sudar agua y tratar de venderla por vino. Tiempo en que el Cholito ya no está en su vida y descubre que su capacidad sensorial no se limita únicamente al placer, sino también a ver ciertas cosas del más allá, confirmando poco a poco su poder intuitivo para cada oscuridad. Edad que en épocas de inocencia la inició en lo inferior, acentuó su vena lúbrica y ese reservado juego extrasensorial, hasta que la artritis terminó por fijar, como memoria del dolor, la imagen del niño. En esa imagen descubrió que tenía lágrimas.
Un mediodía paró frente a la casilla un Káiser Carabela negro con chapa oficial. Un chofer de librea abrió la puerta trasera y descendió un mensajero portando un inmenso sobre blanco y todos saben que los sobres blancos grandes traen buenas noticias.
Se corrió la voz de una pensión graciable.
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El Káiser Carabela negro se detuvo en la puerta del Irupé, atrajo la atención del Vasco y el Lutero que desviaron su mirada cuando sospecharon que otra, premonitoria e inflexible, partía desde atrás de aquellas cortinas; con las cabezas agachadas sobre el tablero de damas intentaron una concentración imposible, en los escaques se reflejaba un observador del que presentían, desde la sombra, su desprecio.
Las cortinitas de las ventanillas se mantuvieron cerradas por la cercanía impertinente de la Rupe que, nerviosa, husmeó hacia adentro como una muerta de hambre; ¿quién se escondía al amparo del improvisado telón? El asesor se dirigió hacia el conventillo con cierta prudencia y torpeza, tratando de afirmarse para saltar la zanja y esquivar el barro de la improvisada vereda. Intentaba apoyarse sobre las esparcidas lajas con suerte diversa. En la puerta, palmadas secas y fuertes lo comunicaron con la pieza, pero tuvo que esperar, porque según le dijo la abuela Juana, la Madame está ocupada.
—Debo entregarle este sobre a la señora...
—¿Usted es el mensajero?
—El edecán.
—Entonces me lo deja a mí.
—Tengo que entregarlo en mano.
—Acá no entra cualquiera —dijo la abuela Juana con sequedad—, acá entran de embajadores para arriba. Dígale que baje, que deje que le reconozca.
—Imposible. Él no está en el auto.
La vieja se dio vuelta con desconfianza y pegó un grito hacia la pieza.
—¡Icha... te buscan!...
Casi un cuarto de hora después Julia salió de la pieza con un preparado de muña muña y jazmines en un frasquito rojo que, le explicó la abuela Juana, debe frotárselo al marido por la espalda y sin despertarlo; lo va a usar durante tres noches seguidas acompañadas de tres avemarías y un padrenuestro; se va a convertir en el mejor amante, pero si no lo reanima con esto, que siga imaginando con el radioteatro, le dijo, sin que Julia asimile del todo la ironía.
La bocina del Káiser Carabela sonó impaciente, el edecán interrumpió los recados de la curandera.
—Pregúntele a la señora si puedo pasar...
—Decile que entre —se escuchó desde la pieza.
Una vez adentro lo invadió el aroma del sándalo y el nardo con que la Madame del Kimono acababa de sahumar. Le pidió que no fuera descortés y que se quitara los zapatos. No dudó en hacerlo. El perfume lo ayudó a relajarse como para aceptar un vaso de agua de aquella mano tullida y le entregó el sobre. Los primeros sonidos que llegaron a sus oídos fueron de una fonética irreconocible, hiedra selvática mezclada con raspaduras de zinc; una fonética olorosa, deforme para la urbanidad que se practicaba en las clases altas y las embajadas.
—¿Él está afuera?
—No. El señor embajador está de viaje. Mi presencia se debe a que el excelentísimo desea saber si...
—Dígale que no sé nada —interrumpió la Madame.
—Bien. ¿Desea que le manifieste algo más?
—No.
El edecán se retiró. La abuela Juana y la Rupe entraron como mandadas a llamar.
—Quería saber sobre el niño —les dijo.
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El Káiser Carabela, por diseño propio, tenía algo de embajada ambulante; lustroso, señorial, cercano a la pomposidad solemne de los actos oficiales, seguramente terminará su vida útil prestando servicio para otras pompas. Al menos eso pensó el escribano Farnesio, mientras esperaba su turno para comprar malva y té de seda, cuando vio pasar frente a su puerta el rodado negro con tazas que imitaban diseños de platería peruana, una franja blanca circular en los costados externos de los neumáticos y un adorno en plomo representando una cabeza de ciervo en el capot. El auto dejó de ser un sueño y pasó a ser una obsesión.
Farnesio se había asociado al doctor Germano en el servicio funerario, un invento de la Capital que sacaba a los muertos de las casas. Pensó el negocio con meticulosidad y como todo lo bien pensado, como aquello que se razona desde sus costados más oscuros e imposibles, resultó un éxito desde el primer entierro. La sociedad jamás se hizo pública, la casa de velatorios era una especie de consulado del más allá, donde se pactan las minucias de los negocios de la muerte y las instancias terrenales de tales y tan delicados menesteres. Nadie mejor que el doctor para saber el estado de los futuros clientes, los desahuciados, y hablar, en forma disimulada pero convincente, de las bondades del servicio. Nadie mejor que él, el escribano, para solucionar a la familia los engorrosos trámites sucesorios o hereditarios.
Una carroza de dos caballos tan negros como el Káiser Carabela, acompañada en cortejo por un Chevrolet del mismo color, con los tapizados raídos, permitía a los deudos mostrar su clase, reconocida como “los de casa de material”; frase que los separaba de la canalla que vivía en el Irupé a expensas de los terrenos de los tranvías.
Al paso del auto por el empedrado, Farnesio reconocía que el viejo carro de caballos con pelaje de luto era un anacronismo; mantener esos animales en buen estado no era otra cosa que luchar con la comida, el olor de la bosta y el cansancio o la enfermedad de las bestias. En más de una oportunidad el sodero lo había sacado del paso, facilitándole alguno de sus percherones. El Káiser Carabela en cambio, con alguna adaptación, era lo que se llama una embajada ambulante y, después de todo, una embajada siempre tiene algo de glorioso oropel y todo lo glorioso algo de réquiem.
Esta actitud de indisimulada envidia lo llevó a encoger nerviosamente sus dedos, empañando con transpiración el frasco estéril que le vendió el boticario para su análisis de orina.
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Para el doctor Germano la diferencia entre un cadáver y un cadáver profesional residía, a su leal saber y entender, en la realización o no la autopsia. Con claridad pedagógica explicaba a sus pacientes que una revisación, por ejemplo, un chequeo general, o cualquier estudio por simple o nimio que fuera, era lo más parecido a una autopsia anticipada.
Los que tienen una piel dura, tirante y seca, mueren sin sudar, explicó; aquí no se abre nada pero se ve todo, dijo mientras, con una cuchara, aplastaba deformando lengua y paladar del Checho para auscultarle mejor la garganta.
—Tengo un buraco acá —dijo el Checho señalándose el centro del pecho.
—Esto es una angina. La pulmonía y la tuberculosis se presentan como fantasmas, aunque sin tos ni expectoración con sangre se puede pensar en daños menores.
El diagnóstico del doctor no lo convenció, no eran anginas ni nada parecido, se trataba de otra cosa, algo acerca de la naturaleza de los vientos, un aire en el interior del cuerpo de los animales, un aire que se instaló donde no hay nada.
—Tengo un grito.
—¿Un grito?
—Sí. Un grito en la menor —dijo, como si la sintética definición musical fuera de ayuda para la ciencia—. Un grito que no sale porque el aire se escapa por el agujero y no tengo fuerzas para sacarlo.
Hizo un círculo con el índice de su mano derecha en el medio del pecho. Los dedos pasaron del martilleo a palmadas afligidas y luego a golpes desesperados con el puño cerrado. El doctor Germano no veía ningún agujero. Para cerciorarse, le indicó que se levantara la camisa escocesa y colocándole una toallita blanca en la espalda le pidió que respirase hondo repitiendo treinta y tres, hasta dejar escapar todo el aire contenido en los pulmones.
—Exhalá, carajo.
Un ronquido seco, no precisamente tabacal, le hizo insistir en la operación. El último treinta y tres fue un desafinado fragmento operístico.
—¿Fumás? —preguntó apretándole la laringe.
—No.
—¿Tenés hemorroides?
—No.
—Vestite.
El paciente terminó de vestirse. El doctor, de puro pensamiento hipocrático, sabía que la aparición de hemorroides es de buen pronóstico en los melancólicos.
—Si tuvieras un agujero allí —dijo, señalándole el pecho— estarías muerto...
El Checho lo escuchó con mucha atención. Con el pecho abierto y Anahí lejos, sin duda había algo de cierto.
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Era difícil comprender las implicancias y los significados del as de oro invertido, ni qué sueños saboreaba don Grimaldo al despertar a un tesoro de tal naturaleza. Después de la visita, llamó al herrero que trabajaba en los carros municipales de recolección de basura para que realizara, en el comedor de su casa, el estilizado símbolo fijo de una heráldica singular.
En pocas semanas y sobre la pared más importante, detrás de la silla en la cabecera de la mesa, un escudo de dudosa genealogía era la vista obligatoria de cuanto comensal invitado. El blasón, de hierro forjado y pintura sin esmaltar, constaba de tres campos tan esotéricos como caprichosos: tres pelotas con forma de cápsulas copiadas del scudetto de los Médici —una roja, una amarilla y una verde, provistas vaya a saberse de qué ocultas sustancias— definían el campo superior izquierdo; mientras que el superior derecho delineaba tres bandas, parecidas a la bandera garibaldina, ostentando un contradictorio crucifijo sin la deidad. El campo inferior era uno solo y mostraba un plano alzado a mano de Valentín Alsina, con un dibujo amarillo de su casa atravesada en su centro por una línea horizontal donde se leía “Ecuador” y otra vertical donde se leía “Greenwich”. En su base, dos cordeles bordó y cintas argentinas a modo de lazo imponían la presencia nacional junto a una leyenda de sello con letras góticas doradas, seguidas de otras minúsculas latinas demasiado borroneadas, que ni siquiera don Grimaldo sabía qué querían decir.
En el marco solemne de una pretendida alcurnia que el escudo no contemplaba, el cantonés, no desafecto a los placeres de aquellas cortes, acentuó en esos días sus extravagancias de hombre poco distinguido ¿La Madame del Kimono se habría equivocado? Con rostro más preocupado que severo, se preguntó por la identidad y la procedencia del vaticinio que lo sindicaba como el elegido. Un arrebato esperanzado de éxito le devolvió tranquilidad, pero, ¿y si fracasaba? Pensó en la muerte y en la resurrección; Dios sabe que no quiero decir nada, pero ella lo vio; el as de oro estaba sobre la mesa. El miedo sobre aquello que Dios no quiere que así sea le dio escalofríos, pensó en recluirse, mantenerse fuera de toda tentación. También por esos días pensó en ser sacerdote y llegar a Papa, cosa que lo llevó a hablar de cosas tristes y edificantes.
Aprender a vivir como un elegido era aprender a morir de igual manera. En esa convicción grandilocuente, mandó también a construir un féretro de nogal oscuro, amplio, con herrajes plateados, para lucimiento de una delicada mortaja de seda color marfil y tres almohadillas magníficamente blandas.
Un féretro, por diseño, puede navegar. Lo ubicó, cerrado, en la pared que enfrentaba al escudo, desprovista en parte del revoque fino y cruzada por una grieta que, en más de una ocasión, resultó una herida narcisista para sus pensamientos de grandeza. La grieta no cerraba por sí sola, ni era una enfermedad que se venía a manifestar justamente ahora. Decidió taparla y para ello nada mejor que encargarse un retrato. Un retrato, sí. Se dio cuenta que eso lo había impresionado siempre.
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El almacén y bar de Eusebio era el punto obligado de cualquier reunión para aquellos que nunca cruzan el río. Los parroquianos se juntaban allí para jugar al tute cabrero y escuchar en disco de pasta a Merentino cantando con la orquesta de Troilo, o los revolucionarios discos de vinilo que, desde los parlantes adicionados al Wincofon, dejaban escuchar la voz del Tarateño Rojas.
Se está poniendo de moda
en toda la Capital,
el vaivén del zucu zucu
zucu zucu te voy a dar...
El lineal ir y venir de los versos y los naipes permitía sobradas muestras de crudeza verbal y burla en los juicios, cosa que siempre terminaba lastimando a alguien. Gauderio No Hallado insistió con la historia de los guerrilleros. Habían robado un camión de Obras Sanitarias de la provincia y lo condujeron por la ruta que va desde Catamarca a Lujan, donde se encontraron con otros guerrilleros llevados allí por un camión de gitanos. El operativo fue en Frías, tres armas para ocho personas: una ametralladora PAM, una 45 y un 36 corto; después del asalto, al mando del Uturunco, el Tano, Polo, Búfalo, Rulo, Azúcar y el Mejicano se internaron en el monte; los diarios anunciaron más de mil seiscientos allanamientos. Restregándose las manos y dele frotarse las rodillas, desafiaba las inclemencias de un invierno recién llegado, por demás duro, al que acusó de expoliador igual que el dueño de la barraca; sin olvidarse de aclarar que las cosas dejarían de ser así, que sin duda iban a ser mejores, que en poco tiempo tendría más noticias sobre los alzados.
Los presentes no entendían mucho lo que escuchaban de boca del moreno, pero la sola mención de los Uturuncos hizo que las ventanas del bar se agrandaran levemente, ampliando los resquicios del vano, dejando entrar con los vientos del noreste aires de un mundo que, paradójicamente, por fuerza de una mística todavía no corroborada en sus almas, los hacía respirar más expansivos. Las ventanas crecieron, las paredes se limpiaron solas imprimiendo una claridad inusitada y las yemas de los dedos, que se deslizaban por manteles de papel, ahora lo hacían sobre bordados cabrilleantes, con motivos de lunares celestes suspendidos, tan almidonados y sedosos, que alguien brindó desde cárceles arcaicas por los esclavos. Las copas estaban más llenas y con mejores alcoholes; a tal punto que Eusebio comprobó cómo su vino común, convertido en un frutal elixir reserva sin arenilla ni lastre, bajaba suave por su garganta y aquello que antes solo era quemazón, ardor en la boca del estómago, era ahora un suave chardonnay de delicado y prestigioso mosto.
Los campamentos de los Uturuncos están en Tucumán a la vera del Cochuna, un río helado que baja de las altas cumbres despeñándose por las laderas abruptas de las montañas, enmarañadas de bosque; un balcón semicircular que asomaba a un profundo abismo verde. También estaban en la Cuesta de Zapata, en la Sierra de Belén, en Catamarca; subían y bajaban faldeando el cerro, esquivando el cerco hecho por piquetes de policías y soldados.
Mientras Alhaja y Uturunco bajaban para establecer el contacto que habían perdido, se supo que un grupo se bandeó y cayeron detenidos, dicen que el menor contaba con quince años. El comandante Puma en tanto resistía en la selva y, seguro, junto a Zupay y los que quedaron agarraron las cosas necesarias, armas y documentos, para tratar de eludir el cerco policial. Creyeron que el grupo se dirigía a Catamarca y se extremó el patrullaje, pero subieron hacia el norte, a unos tres mil quinientos metros de altura, en la zona boscosa que ofrecía cobertura contra los vuelos. Empezaron a caminar, y a caminar, y a caminar forzando la marcha y, en un día, recorriendo cincuenta kilómetros, bajaron a la zona del ingenio Providencia donde fueron protegidos en casas de obreros y luego les dieron refugio en el prostíbulo de la Turca Fernández para terminar en una iglesia donde se reencontraron con el Gallego.
Se dice también que los hay en Santiago del Estero, describe Gauderio, que hablaba del tableteo de las ametralladoras, cifradas onomatopeyas de una lucha encarnizada entre árboles gigantes en los que a su sombra florecen lirios rojos.
Bajarán desde allí, prosiguió, la tarea era convocar a la resistencia y convertir el barrio en zona liberada, ya que este sería el paso neurálgico y obligado de las fuerzas irregulares; ¿y los terrenos?, preguntó Eusebio; ¡qué importan ahora los terrenos!, ¡los expropiaremos!, gritó el profesor entusiasmado. Ellos bajarán por todas partes, discurría Gauderio, mientras Julia sacaba de la heladera de hielo un delicioso espumante tipo chianti. El vino entonó la garganta y los genitales del Vasco: el buen alcohol hace de las bombachas de las mujeres bolsitas húmedas, pensó, mirando a la Tetona; y decidiéndose, compulsivo, volvió rápido a su casa y despertó a su mujer.
Hay que estar preparados, esto no lo puede derrumbar cualquier mal tiempo, quizás el último tramo lo hagan por el Riachuelo, especulaba Gauderio, quizás vengan por el agua como los peces... ¿y el almacén?, ¡qué importa ahora el almacén, Eusebio! ¡También lo expropiaremos! se escuchó cuando sobrevino la carcajada general. Los hurones corrieron a su escondrijo. La rutilancia era completa, los caireles de una araña de dieciséis lámparas cambiaron la calidad de las luces que antes daban los tubos fluorescentes. Pepe Saldívar se quejó de los oídos y se metió el meñique tratando de llegar al tímpano para serenar un zumbido pegajoso que amenazaba dejarlo sordo.
El jolgorio místico se interrumpió cuando Ramón comentó, ante el entusiasmo general, que en el piringundín de la calle Rivadavia, las chicas tienen vestidos nuevos y en el frente hay un cartel luminoso que reemplaza al de chapa, en el que puede leerse con intermitencias mayúsculas la palabra BOÎTE.
La mayoría de los hombres conocían a las chicas que trabajaban en el keko. Era más barato y se podía exigir. Salmuera, el dueño, las tenía cortitas y si hacía falta era pródigo en cachetazos. Pensaban, con algún criterio, que Anahí iba a terminar conchabada allí, que la vendería como al niño. Era virgen y el himen es una tela que cotiza bien a las mujeres en cualquier parte del mundo.
Todos dejan la mesa y salen apresurados a comprobar el cambio. Eusebio no fue de la partida; pasado de alcohol, siguió disfrutando de su añejo elixir y soñó por primera vez con un gran cartel cuya fuerza cortara de un solo golpe lumínico la oscuridad del río.