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Capítulo 1

La Biblia y los derechos humanos

C. René Padilla

El tema que tenemos entre manos no es uno sobre el cual podemos meramente especular. Es un tema que nos compromete. La era moderna se caracteriza, entre otras cosas, por ser la era de los derechos humanos. Hacia fines del siglo xviii, la Revolución francesa colocó en el centro de sus aspiraciones, tres derechos: libertad, igualdad y fraternidad. Al mismo tiempo, al otro lado del océano, se sentaron las bases para una nueva nación cuya declaración de independencia establecía principios para una comunidad en que se reconocían derechos fundamentales. La Constitución decía: «Sostenemos estas verdades como auto-evidentes; que todos los hombres han sido creados iguales y que el Creador les ha concedido ciertos derechos inalienables, entre ellos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, incluyendo los campos de concentración y la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, los cinco países victoriosos (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, la Unión Soviética y la China) hicieron una alianza y crearon la Organización de las Naciones Unidas, de la cual surgió en diciembre de 1948 la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Los treinta artículos de esta declaración definieron los principios o derechos que se consideraban la base de la convivencia a nivel nacional e internacional.

Posteriormente, han circulado otras declaraciones de derechos humanos. Por ejemplo, la Declaración Universal de los Derechos del Niño (noviembre de 1959), la Declaración de los Derechos de la Mujer (noviembre de 1967), la Declaración de la Protección de todas las Personas contra la tortura y otros tratos o penas crueles inhumanas y degradantes (diciembre de 1965) y la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos (julio de 1976).

En ninguna época de la historia humana, hubo tanto esfuerzo por definir con claridad los derechos humanos como en la nuestra. Sin embargo, a la vez, es probable que nunca antes los derechos humanos hayan sido tan violados, y con tanta frecuencia e impunidad, como en nuestro tiempo.

¿Qué podemos decir sobre la importancia de los derechos humanos a la luz de la Biblia? Para empezar, cabe afirmar que a la Biblia más le interesan los deberes que los derechos: los deberes humanos frente a Dios, frente al prójimo y frente a la creación. Es bueno recordar esto en una sociedad donde cada sector de esta reclama constantemente sus derechos sin preocuparse mayormente por sus deberes. Sin embargo, hay una estrecha relación entre derechos y deberes. La conexión se hace cuando reconocemos que los derechos humanos que preocupan a la conciencia cristiana son los derechos del otro, y que los derechos de los demás son deberes nuestros. En nuestra reflexión, abordaremos, en primer lugar, la base de los derechos humanos; en segundo término, el derecho humano fundamental, y en tercer lugar, la iglesia y los derechos humanos.

La base de los derechos humanos

Hablar de los derechos humanos es hablar de derechos que pertenecen a todos los seres humanos, sin excepción, en virtud de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Sin esta base teológica, los derechos humanos carecen de fundamento. Esto sucede precisamente en el caso de la Declaración de los Derechos Humanos de la onu, cuyo primer artículo afirma que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». Cabe preguntar de dónde procede la dignidad intrínseca y los derechos iguales e inalienables que, según se dice, poseen todos los seres.

En la declaración de la onu, no hay respuesta. La respuesta, sin embargo, la da la Biblia. Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen […] y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó1. Como creación especial de Dios y portadores de su imagen, todos los seres humanos, sin excepción, están investidos de dignidad y tienen derechos iguales e inalienables. Los derechos humanos no se otorgan, se reconocen. Cuando a una persona se le niega sus derechos, se le niega la dignidad que posee como criatura de Dios. Desde esta perspectiva, no podemos cerrar los ojos a la violación de derechos humanos. La violación de estos es resultado del pecado humano. El pecado introduce la violación de todos los derechos humanos.

En primer término, no bien se produce la caída del hombre, aparece la opresión. Y el símbolo de todas las opresiones humanas es la opresión de la mujer. A esa opresión se refiere la maldición de Eva: … tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti2. Esa no es una prescripción de Dios, es una descripción de una situación que se daría como consecuencia de la caída. La violación de los derechos humanos comienza, pues, en la familia. Otra trágica ilustración de esto aparece en Génesis 4, en la narración del asesinato de Abel. Dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató3. Después del homicidio, Dios dice al asesino: La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia4. A pesar de su crimen, Caín es protegido por Dios con una señal, para que no sea también asesinado.

Esta barbarie ultrajante para la conciencia de la humanidad, a la cual hace referencia la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es síntoma de la desarticulación de las relaciones con Dios y con el prójimo. En Cristo Jesús, Dios ha actuado para restaurar su imagen en su criatura y devolverle su dignidad; para eso murió Jesucristo. La muerte de Cristo en la Cruz es la manifestación más sublime del amor de Dios. … Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros5. La muerte y resurrección de Jesucristo provee la base para la justificación del pecador por parte de Dios.

Pero no sólo eso, puesto que la justificación implica físicamente la concesión de derechos a quien ha estado privado de ellos, derechos que afectan no sólo su relación con Dios, sino también su relación con el prójimo y con la creación. Para entender correctamente el evangelio de la justificación por la fe, hay que proyectarlo contra el telón de fondo del concepto veterotestamentario de la justicia. El que justifica desde la perspectiva del Antiguo Testamento es el juez, pero “justificar” significa ‘finiquitar, dictar una sentencia por la cual el juez declara justo al acusado y establece el derecho de este’. La justificación es vindicación, restauración y restitución.

El rey ideal es el que hace justicia a los pobres, a las víctimas de la injusticia, a los oprimidos; dicta sentencia a su favor y actúa para liberarlos de su opresión. Proyecta, sobre este telón, la justificación de que habla el Nuevo Testamento y, particularmente, Pablo. Significa que en virtud de la muerte de Cristo, aparte de la ley, al pecador se le otorga por gracia el derecho de ser hijo de Dios, el derecho del favor de Dios y de vivir con dignidad como criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Los derechos Humanos, pues, encuentran su afirmación en la muerte y resurrección de Jesucristo.

El derecho humano fundamental

El derecho fundamental es el derecho a la vida. Según el artículo 3° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona». En los países ricos, se pone énfasis en otros derechos: El derecho a la propiedad (art.° 17), el derecho a la libertad de opinión y de expresión (art.° 19). Sin embargo, el derecho a la vida es el fundamental, ya que el ejercicio de todos los demás derechos presupone la vida misma. Es, en realidad, el derecho a tener derechos, el cual incluye el derecho a la vida. Es el derecho a contar con las condiciones objetivas que posibilitan una vida digna para todos. Está vinculado con las necesidades básicas del ser humano, a las cuales se hace referencia en el artículo 25° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios».

La mayor violación de derechos humanos en nuestro continente se está dando en este campo. Miles y millones de personas no están cubriendo sus necesidades básicas; aumenta el hambre y la miseria de manera alarmante. ¿Qué sentido tiene, en este contexto, hablar del derecho a la propiedad o del derecho a la libertad o a la libertad de opinión y de expresión?

La iglesia y los derechos humanos

No siempre ha estado la iglesia a la vanguardia de la lucha por los derechos humanos. Por el contrario, con demasiada frecuencia ha adoptado una actitud quietista frente a la violación de estos derechos. Las razones son muchas.

Quisiéramos destacar dos. Una, la reducción de la experiencia cristiana a una experiencia religiosa privada, sin conexión con la vida social. Para muchos, el ser evangélico es haber aceptado un mensaje de salvación eterna que no tiene trascendencia para la vida en medio de los seres humanos. Otra razón es el temor. El que se identifica con las víctimas de la injusticia corre siempre el riesgo de ser victimado también, y el temor paraliza, y el temor hace cómplices de la injusticia. Hace falta que desde su fe en Jesucristo, la iglesia se pronuncie a favor de la vida y en contra de toda forma de violación de los derechos humanos. La iglesia cumple su vocación de sal de la tierra y luz del mundo, cuando hace sentir su presencia en la sociedad no sólo porque predica, sino por lo que es y por lo que hace, por su compromiso con el amor, la libertad, la justicia y la paz.

En relación con los derechos humanos, la iglesia cumple su misión en cuatro áreas:

I. La denuncia profética. Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamadas en esta declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, posición política, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición (art.° 2). Este es el caso por el cual Dios no hace acepción de personas. Su amor se extiende sobre justos e injustos, buenos y malos. Si es así, toda violación de Derechos Humanos, se cometa contra quien se cometa, es abominable delante de Dios y debe ser rechazada como tal. No podemos escoger a las víctimas cuyos derechos pedimos sean respetados.

Además, toda violación merece nuestro rechazo, sea quien fuere la persona o entidad que la cometa. Los gobiernos de todos nuestros países están suscritos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero tiene que pasarse de las declaraciones a los hechos. Nuestros gobiernos se encuentran comprometidos con la violencia institucional que caracteriza a estos países, y en muchos casos con una abierta violación de los derechos humanos. Tal violación debe denunciarse en el nombre de la justicia de Dios. Sin embargo, la denuncia debe extenderse también a otros violadores, sea cual fuere su signo ideológico. Denunciar es exigir el reconocimiento de la dignidad humana de las víctimas, y los cristianos deberíamos ser los primeros en hacerlo, porque creemos que Dios creó a todos a su imagen y semejanza, y que Cristo murió por todos.

Habiendo vivido en Argentina durante los trágicos años de la represión militar, este tema fue de profunda preocupación para muchos de nosotros. Cuando concluyó la pesadilla, el gobierno democrático de Alfonsín nombró una comisión para que hiciera un estudio cuidadoso de las violaciones de derechos humanos que se habían cometido a lo largo de los ocho años. Se produjo, así, un estudio que llevaba el título de “Nunca más”. Fue el resultado de varios meses de trabajo de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, nombrada por el gobierno. En 490 páginas, presentó la conclusión sobre la base de miles de denuncias y testimonios relativos a la desaparición de alrededor de 9 000 personas.

Según los estudios de algunos organismos de Derechos Humanos, esta es una cifra sumamente conservadora. En Argentina, desaparecieron aproximadamente 30 000 personas. En el prólogo de ese libro, se decía que el objeto de la comisión no era juzgar, sino indagar la suerte de los desaparecidos durante los años del régimen militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976. Se habían acumulado 50 000 páginas documentales. La conclusión fue que la dictadura militar produjo la más grande y salvaje tragedia de nuestra historia. Muchísimas de las víctimas de la represión no tenían nada que ver con la subversión; por eso, se armó una guerra sucia, y en una guerra, decían los militares, hay muchos que mueren inocentemente. Tristemente, el trágico episodio de los desaparecidos descrito en Nunca más, fue posible porque la represión contó con el apoyo tácito de la gran mayoría de argentinos, quienes, una vez instaurado el régimen de terror, optaron por la complicidad del silencio, por temor, o porque restaron importancia a los rumores acerca de gente que desaparecía, o debido a que cedieron a la propaganda ideológica del gobierno y comenzaron a pensar que, después de todo, las Fuerzas Armadas estaban para eso.

Haciendo burla de ocasionales y valientes protestas en favor de los derechos humanos, se decía: «Los argentinos somos derechos y humanos». Bastaba criticar a la dictadura para ser puesto bajo sospecha como cómplice intelectual de la subversión. A las Madres de la Plaza de Mayo, esas valientes mujeres que semana tras semana reclamaban públicamente la devolución de sus hijos, se las calificó de locas. Nunca más nos plantea un desafío a los cristianos en toda América Latina. No podemos eludirlo. Ante todo, nos invita a un examen de conciencia: ¿dónde estábamos los cristianos mientras las máquinas de represión segaban la vida de miles y miles de jóvenes, obreros, estudiantes, empleados y profesionales? ¿Podemos quedarnos tranquilos con la idea de que quienes cometieron las atrocidades descritas en Nunca más fueron otros? Esa tranquilidad sería como la de Poncio Pilato después de lavarse las manos.

De lo primero que debemos arrepentirnos muchos cristianos, es de nuestra neutralidad frente a crímenes tan nefastos como los que se cometieron en Argentina y se siguen cometiendo en otros países del continente. Neutralidad es un eufemismo para indiferencia y desamor, insensibilidad y dureza de corazón. Con ese tipo de neutralidad, el “Nunca más” será sólo expresión de deseo encomiable pero sin fundamentos. Si algo queda claro después de todo lo que sucedió en Argentina, es que el costo de la neutralidad es demasiado alto como para que los cristianos estemos dispuestos a ser neutrales. El profeta no pudo callar frente a la injusticia cometida contra Nabot. El profeta no pudo callar frente a la injusticia cometida contra Uzías. La iglesia está llamada a ser conciencia de la sociedad.

II. El anuncio del evangelio como mensaje integral. La iglesia está llamada a difundir el evangelio como un mensaje integral. El evangelio es la buena noticia de la acción de Dios en Jesucristo, para hacer posible que todos los seres humanos sin excepción tengan vida y vida en abundancia. Es el mensaje de Dios para la restauración de su creación afectada por el pecado humano, a fin de que en ella se cumpla cabalmente el propósito del Creador. Es la proclamación de Jesucristo por cuya vida, muerte y resurrección, Dios ha sentado las bases para una nueva relación del hombre con su Creador, con su prójimo y con la creación. En circunstancias de violación de derechos humanos, es imperativo que no reduzcamos el evangelio a un mensaje que nos promete la salvación del alma y nada más. El evangelio abarca el cielo y la tierra, el presente y el futuro, la vida personal y la vida en comunidad, lo privado y lo público, lo espiritual y lo material; y, porque lo abarca todo, no excluye, no puede excluir el campo de los derechos humanos.

III. La acción por la justicia y la paz. La iglesia está llamada a la acción por la justicia y la paz. ¿Cómo trabaja la iglesia por la justicia y la paz? En primer lugar, por medio de la creación de comunidades donde se practica la justicia y el amor, donde desaparecen las barreras sociales y culturales, raciales, económicas, nacionales y sexuales. Diríamos comunidades paradigmáticas, comunidades donde se practica el respeto por los derechos humanos.

En segundo lugar, la acción de la iglesia por la justicia y la paz se da en términos de capacitación para el ejercicio de la ciudadanía de manera responsable. Como cristianos, somos ciudadanos del reino de Dios, pero también somos ciudadanos del mundo y debemos conocer nuestros derechos y deberes, porque nuestros derechos y deberes son deberes y derechos de los demás. De ahí la necesidad de una educación política.

En tercer lugar, la iglesia trabaja por la justicia y la paz conquistando espacios de libertad, espacios donde se nutra la esperanza. Por ejemplo, proyectos de acción comunitaria, proyectos para proveer trabajo para aquellos que no lo tienen, proyectos de educación para aquellos que la necesitan y proyectos de salud para aquellos sin facilidades en este campo.

Y, en cuarto lugar, la iglesia trabaja por la justicia y la paz en términos de la defensa de víctimas de la injusticia y en términos de un cuidado compasivo por ellas. En cuanto a quiénes reciben la ayuda, no podemos escoger a las víctimas. Estamos llamados a vivir la parábola del buen samaritano en el mundo moderno. Si algo me llama la atención de esa parábola, es que no se da ningún dato en cuanto a la víctima del ataque de los ladrones; el único dato que se da es que era un hombre, nada más. Su edad, su profesión, su raza, su ideología, las intenciones que tenía en su viaje, si era rico o pobre, no lo sabemos. Lo único que se sabe es que era un ser humano, un hombre que cayó en manos de los ladrones, y eso basta.

IV. La oración. Por último la iglesia está llamada a trabajar en el campo de los derechos humanos mediante la oración. Si algo se ve con claridad, es que «nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados y potestades y contra poderes espirituales». La oración, que debe darse no sólo por las víctimas, sino también por aquellos que cometen la violación de los derechos humanos. Dice el apóstol Pablo que hemos de orar por todos los que tienen responsabilidades en el gobierno, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Este llamado no es de una oración que nos permita vivir tranquilos, sin preocuparnos de nada; es la oración por la creación de un ambiente donde hay respeto real por los derechos humanos, donde nadie es considerado inferior por su raza, su posición social o su situación económica, y nadie corre el riesgo de perder la vida por no estar de acuerdo con el sistema vigente.

Dios nos llama a una vida de compromiso con Él, en un mundo caído, y el compromiso con Dios es compromiso con el prójimo. Dios está siempre de lado de las víctimas. Si estamos de lado de Dios, estamos de lado de la justicia. Porque es un Dios de justicia, nos exhorta:

Levanta la voz por los que no tienen voz;

¡defiende a los indefensos!

Levanta la voz, y hazles justicia;

¡defiende a los pobres y a los humildes!6.

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1 Génesis 1.26, 27

2 Génesis 3.16

3 Génesis 4.8

4 Génesis 4.10 (dhh)

5 Romanos 5.8

6 Proverbios 31.8–9

Los derechos humanos y el Reino de Dios

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