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Los errores de Psique: bosquejos de

deconstrucción de la violencia de género en la idealización del amor romántico

Diana Ibarra Soto[1]

¿Cómo empezar a deconstruir una dinámica de sumisión que ha operado durante siglos? ¿Cómo obtener relaciones de horizontalidad entre mujeres y hombres en un mundo que ha sido vertical desde el inicio? ¿Cómo romper la inercia que valida la violencia, la subordinación, el desinterés o la ceguera, todo ello justificándolo con el amor?

La problemática que encierra la estructura patriarcal es múltiple y compleja. Las mujeres hemos servido y vivido bajo esquemas masculinos que nos ha posicionado en lugares de dependencia, una que no se ve, que se reproduce sin darse cuenta; una que se mete en nuestras labores diarias, pero sobre todo en nuestra mente. Desmantelarla será cuestión de décadas, sino es que de siglos, y no hay esfuerzo que sobre en esta causa. En particular me interesa reflexionar sobre las estructuras de dominación en el amor romántico. No es que no crea en el amor, al contrario, sostengo que es el acto más trascendente que una persona puede realizar, pero en muchas ocasiones los sistemas culturales en los que se ha develado provocan que se aleje de su objetivo y en vez de provocar experiencias eudaimónicas a quienes la profesan, su búsqueda o ejercicio acarrea desafortunados incidentes.

Como lo dice Ulrich Beck: “El amor se hace más necesario que nunca antes y al mismo tiempo imposible” (Beck y Beck-Gernsheim, 2001: 16). Seguimos cifrando la vida humana alrededor del amor, o al menos de un ideal de amor, pero la pregunta que subyace es: ¿realmente estamos conscientes de las dinámicas que encierran las relaciones amorosas, y lo que implican? Seguimos reproduciendo según un habitus bourdiano de conminaciones tácitas en los cuerpos que llevan implícitas concepciones de victimismo o sumisión sin que nos demos cuenta y nos alejen del objetivo. Y ¿qué hay de los roles de género y los estereotipos?, pues esta danza atonal es parecida a las zapatillas rojas de Andersen que danzan sin fin.

Es por ello que en un afán de deconstrucción, he buscado rastrear una de las primeras[2] fuentes culturales de concepción del amor romántico; reparé en el conocido mito de Psique y Eros, escrita por el latino Apuleyo[3] en la celebre obra El asno de oro o Las metamorfosis.[4] La influencia de esta historia es enorme, se ha hablado, escrito, esculpido sobre ella a lo largo de los siglos. Personajes como Canova, Freud, Lacan y Keats nos vienen a la mente en referencia a esta obra, así como de una buena cantidad de cuentos infantiles.[5]

Lo que pretendo hacer en este primer intento de análisis es rastrear los elementos que circundan esta historia de amor y esbozar hasta dónde podrían llegar sus alcances en las dinámicas socioculturales del amor romántico. Haciendo un ejercicio anacrónico, aplicaré la perspectiva de género para identificar dinámicas de dominación sexogenéricas contenidas en el mito, cruzándolas con comportamientos contemporáneos, entendiendo y reconociendo que hay una enorme diversidad de circunstancias en la que estos comportamientos están más o menos frecuentes. Como afirma Eva Illouz, el estudio del amor en la época actual debe estar encuadrado dentro de una cultura económica determinada, generalmente cruzada por la organización social del capitalismo avanzado (2009), por lo que estaré hablando de generalidades dentro del contexto urbano de una clase media latinoamericana.

El mito

La historia de Psique y Eros es parte del relato de entretenimiento que la anciana colaboradora de unos criminales le cuenta a una doncella secuestrada para evitarle pensar en su infortunio, quizá también como consuelo premonitorio de un reverso de sus circunstancias actuales (Papaioannou, 1998). Contenida en El asno de oro, cuenta la historia de Psique, una joven mortal que alcanza la divinidad gracias al ejercicio del amor.

Su inigualable belleza provoca los celos de Venus, quien le pide a su hijo Eros que la una en matrimonio a la criatura más horrible que pueda encontrar. Eros se detiene, y Psique hermosa, por largo tiempo se queda sin pareja sólo para ser entregada, en un funesto ritual, a los designios de un oráculo. Sus padres la creen muerta, pero ella ha sido tomada por Eros como esposa. Es tiempo después que sus hermanas envidiosas de su condición de bonanza urden un plan para exponerla, pues Psique desconoce el rostro e identidad de su marido. Las hermanas siembran la duda y provocan que Psique rompa el pacto de secrecía que la heroína guardaba con su marido. Como castigo, Eros abandona a Psique, la cual tendrá que pasar un buen número de pruebas para recuperar su amor.

Hermosa historia, sin lugar a dudas, pero encierra en sí misma el presupuesto que ha generado ideas transculturales que vale la pena reflexionar para entender las desigualdades de género en la práctica amatoria.

La belleza como imagen polimórfica de envidia

y bienaventuranza

No resulta extraño ligar la belleza al amor, nos lo recuerden las novelas, anuncios de sodas, autos y chocolates. Ya desde Platón, la belleza es la fuerza que impulsa al esplendor de los cuerpos (Platón, Fedro, 238c) además es responsable de generar el recuerdo gracias a la vista, que se embelesa con su imagen (Fedro, 249d). Esa armonía de partes suscita el recuerdo, lo que potencialmente permitirá que las almas accedan al conocimiento, al crecerles las alas perdidas (Platón, Fedro, 246e) y por ende se acerquen al mundo de las ideas. Dicho elocuentemente por el discurso de Diotima, la belleza mueve, pero no sólo la belleza física, si realmente se busca la trascendencia se asciende en la búsqueda de una belleza inmaterial (Platón, Banquete, 211c).

El relato de Apuleyo no es distinto en el primer punto, la belleza genera amor, pero también envidia. Psique es la más hermosa de tres hermanas, sus rasgos, dignos de una divinidad, generan asombro y admiración entre los mortales al punto de confundirla con la diosa Venus y rendirle homenaje a su paso.

Actualmente el presupuesto del amor y su relación con la belleza siguen estando presentes. Sin lugar a dudas la belleza genera atracción, pero ¿qué es la belleza? ¿Hasta qué punto el estereotipo de belleza está cruzado por la interpretación cultural? Por lo que cabe preguntarse hasta dónde es un atributo del objeto o del ojo que le mira. Si es del segundo, entonces no es un mérito propio y por ende no tendrá sentido la adulación. Se es bella o bello porque así se es juzgado por quien observa. Yendo más allá, ¿es verdad que la belleza genera amor?, admiración quizá. El golpe de vista afortunado que se topa con algo bello brinca al recuerdo de la belleza divina. Sin embargo, cabría preguntar si ese recuerdo no resulta más venturoso para la persona que ve, más que para la que es observada. En este caso, la actitud presentada en la persona observante será de amor o de deseo. Si es el primero, consistirá en acto de donación, si es el segundo, de posesión. Esta sutil diferencia enmarca una gran distinción, pues en el primer caso quien detenta las propiedades de belleza resultará beneficiada de la dádiva otorgada, pero en el segundo sentido pierde su carácter de centro de la acción volviéndose en objeto, “aquello deseado”, lo que provoca un orden vertical como medio para la resolución de un deseo, acción la cual no necesariamente resulta en su beneficio, por lo que la belleza no está irremediablemente ligada con el amor.

Psique es admirada por quienes la ven, generando incluso implosiones seguidas de ofrecimientos de flores (Alpuleyo, IV, 29). Me parece que hay una conexión no causal entre estas dos ideas en las dinámicas actuales, como lo he dicho, la belleza no necesariamente genera amor. Pienso que en muchas ocasiones estas ideas se cuelan por el imaginario personal. Cuántas de las dinámicas de arreglo nocturno para las fiestas, cirugías plásticas de aumento de busto, ginecoplastías, liposucciones o liftings tienen detrás la esperanza de encontrar alguien que ame gracias a la admiración que suscita la belleza. La belleza puede generar amor, pero también deseo e incluso envidia. Aclaro, el error no está en el arreglo, sino en la incorporación del estereotipo como garante de un resultado, que son más cercanos a la voluntad de quien la profesa.

Es Psique la mujer princesa, la que es adorada. El estereotipo de belleza es impuesto a la mujer para ser amada: “Si bajo de peso encontraré el amor”, “si me arreglo”, “si me pinto”, etcétera. ¿Qué pasa cuando no se cumple con ese estereotipo?, hay una culpa y una disculpa para y por no encontrar el amor. Error frecuente, la belleza no sólo es física, pero en la estrechez humana, aunada al individualismo y consumismo, la interpretación contemporánea destaca prioritariamente la belleza física y es interpretada como fianza de éxito pasional. Sin embargo, en muchas ocasiones resulta en un discurso solipsista de los propios deseos. Tal cual lo afirma Byung-Chul Han: “El hombre actual permanece igual a sí mismo y busca en el otro tan sólo la confirmación de sí mismo” (2017: 45).

Sin embargo, el mito nos reafirma la creencia. Es la belleza, y no otra cualidad de Psique, la que provoca el enamoramiento de Eros. Cabe preguntarnos, si ese sigue siendo el ideal cada vez que a una mujer se le alaba por su apariencia en vez de recurrir a otros dotes que posea su persona, como la inteligencia o la fuerza de carácter. Ya desde el siglo xviii la visionaria Mary Wollestonecraft afirmaba que el fallo no está en la naturaleza femenina, sino en su educación:

Si son realmente capaces de actuar como criaturas racionales, no las tratamos como esclavas o como animales que dependen de la razón del hombre cuando se asocian con él, sino cultivaremos sus mentes, démosles el freno saludable y sublime de los principios y permitámosles obtener una dignidad suficiente al sentirse sólo dependientes de Dios (2018: 152).

Mientras la cultura no cambie, la belleza para las mujeres será a la vez una buenaventura y una maldición.

La envidia como reacción a la belleza

Ante la belleza de Psique, la diosa Venus indignada por las reacciones que suscita entre la población, urde un plan para eliminarla, afirmando: “Pero esta criatura, como quiera que sea, no ha de continuar triunfando y usurpando mis honores: le haré lamentarse hasta de esa seductora hermosura” (Alpuleyo, IV, 30). Al parecer no sólo el poder es único y no se comparte, sino también la belleza, ¿o será que esa belleza genera poder?

Esta breve cita en el texto supone una reflexión más profunda. Entre mujeres hay dinámicas sociales que suscriben ese telón de fondo. La belleza no se comparte, no sólo en ocasiones falta un reconocimiento a la diversidad que puede suponer una afirmación de belleza reproduciendo clichés y estereotipos de quien recibe el apelativo, generando clones estéticos con los mismos parámetros: narices afiladas, pieles blanqueadas con cosméticos o filtros, sino que se busca competir en belleza en las mismas fiestas, con las mismas personas. Al recibir la valía sólo por la belleza, la dinámica entre mujeres pueda caer en comportamientos de sabotaje que llevan consigo el sentimiento de envidia y amenaza al autorreconocimiento. Argumentos baratos de propuestas de series juveniles en donde la “chica popular” debe mantener su “reinado”, proteger su reputación de “diosa” es lo esperado. Lo que existe detrás es una inseguridad de fondo —si alguien más es “adorada”, entonces no lo podré ser yo—. Nada más alejado de un ánimo sororal, y de un reconocimiento de la diversidad en las categorías de belleza. Esta visión sesgada lastima las relaciones humanas y entre mujeres.

Esta reacción de envidia en el mito no sólo la detenta Venus, sino las hermanas de Psique cuando en el mito descubren que su hermana vive en esplendor; rabiosas tergiversan las atenciones recibidas por su hermana leyéndolas en términos de pretensión, al punto de desear su muerte y proclamar: “Hay que ver lo ciega, lo cruel, lo injusta que eres, Fortuna” (Alpuleyo, V, 9). Los seres humanos nos comparamos, el éxito no lo sería, si no hubiera una competencia. El imaginario que liga la belleza con un éxito percibido como inmerecido es frecuente. Las hermanas de Psique comparan el matrimonio de su bella hermana con los propios: una está casada con un calvo, la otra con un viejo arrugado. Hay que recordar que el matrimonio tanto en Grecia como en Roma no es opcional, es un deber para el Estado, en la primera, y un honor para la familia, en segunda. Las mujeres deben ser entregadas en matrimonio o de lo contrario la ciudad debe atribuirles un guardián (Aristóteles, Política, 1322b 50), y en los romanos las mujeres y su fertilidad son señal de honor, no sólo personal, sino familiar. Conseguir un buen matrimonio es prioritario. Por ello el que Psique lo haya conseguido sólo por ser bella es percibido con resentimiento, incluso por sus hermanas, que llegan a afirmar: “Renuncio a mi condición de mujer, renunció a la misma vida, si no la derribo de tan opulenta posición” (Alpuleyo, V, 10). En algún punto del mito, la aconsejan mal, sembrando en ella la duda de quién en su marido, sabiendo que están poniendo su suerte en juego. Esto reafirma otro estereotipo, presente incluso en las hermanastras de Cenicienta.

El amor como estrategia de sometimiento

Ante la amenaza percibida por el derrocamiento, Venus solicita la ayuda de su hijo Eros, rogándole provocar que Psique caiga enamorada del “ser más abyecto”. Actitud rutinaria, el deseo mal intencionado de la desventura ajena fruto de la envidia previa. Estas no son actitudes encomiables y virtuosas. Sin embargo, son normalizadas en los culebrones televisivos y digitales. Así sea Gossip Girl (2007), Friends (1994), Elite (2018), Skins (2007) o la Rosa de Guadalupe (2008), lo cierto es que se sigue reafirmando la figura de esas Venus que fruto de le envidia buscan trastocar la fortuna de la “competencia”. Esto recuerda la frase nietzscheana: “Ver sufrir sienta bien, hacer sufrir todavía mejor” (Nietzsche, 2006: 109). El infortunio provocado a Psique será un gozo para Venus, la sonrisa malvada de la madrastra de Blanca Nieves con la que exige que la lleven al bosque y le arranquen el corazón, sólo por ser “la más bonita”, consistente con una lógica nihilista y oportunista. La belleza sería una característica que no requiere virtud moral, y que más le vale aprovechar el presente, pues se acaba con el tiempo.

El matrimonio como finalidad

Sin embargo, Psique, aun con su hermosura, no ha sido prometida en matrimonio, “doncella condenada a la soltería, se queda en casa llorando su abandono y soledad” (Alpuleyo, IV, 32). El estereotipo de la mujer pasiva pendiente de ser afirmada por el matrimonio es y ha sido un prejuicio recurrente. Apuleyo así la retrata. La mujer espera el matrimonio y su propósito de vida se cumple con esta unión. No hay una misión propia, un plan de vida, un objetivo personal, sino que se está a merced de la voluntad de un tercero.

Este creo que ha sido uno de los grandes cambios de nuestra época. Las mujeres tenemos sentido más allá de un contrato de reproducción. No, el matrimonio no es un error. A diferencia de la interpretación de Simone de Beauvoir, Shulmith Firestone o Betty Friedan, el matrimonio es una legitima vocación de vida, pero no es la única. Quizá ahora estemos presenciando la posición contraria del péndulo y el matrimonio o la maternidad son vistos como limitantes, frutos de una tradición patriarcal, lo cual tampoco tendría que ser cierto, pero ante la innegable estrechez de miras que condena al llanto a aquella que no es afirmada por una pareja, se entiende la rebelión. Hay que reflexionar si esa dinámica no es vigente todavía al momento de no saber qué hacer con la invitación a una boda y no tener pareja, o sentir la presión del casamiento cuando dentro de los pares las otras amigas ya se han casado. Llegando incluso a cuestionar la propia valía cuando la persona en soltería se pregunta si hay algo mal en sí misma. En una conferencia, que en lo personal considero que es clave para entender el feminismo, Chimamanda Ngozi Adichie, pertinentemente comenta:

Conozco a jóvenes mujeres que yacen sobre tanta presión, de la familia, los amigos, incluso de trabajo para casarse que son presionadas a cometer elecciones terribles. Nuestra sociedad le enseña a una mujer de cierta edad que no está casada, a ver esta condición como un fracaso personal (2014: 13).[6]

Psique llora, porque al no estar casada su existencia no tiene sentido. Piénsese en la cantidad de veces que preguntamos por qué alguien no está casada y la vemos con pesar o lástima, incluso hay quien se atreve a preguntar: “¿Y por qué no estás casada?”. Como si se tuviera la atribución sobre la vida personalísima de cada ser humano. La soltería o la vida de casada merecen igual reconocimiento y optar por la primera es una opción no sólo válida sino buena, no importando si tiene detrás una motivación laboral, artística o religiosa. La vocación de la soltería existe y merece un reconocimiento social.

No obstante, la historia de Psique y Eros terminará de manera distinta: su padre, agobiado por el infortunio, acude al oráculo de Mileto a solicitar su intervención para conocer cuál es la razón de tal desventura, encontrándose con una profecía de funestos acontecimientos:

Sobre una roca de alta montaña, instala, ¡oh Rey!, un tálamo fúnebre y en él a tu hija ataviada con ricas galas. No esperes un yerno de estirpe mortal, sino un monstruo cruel con la ferocidad de la víbora, un monstruo que tiene alas y vuela por el éter, que siembra desazón en todas partes, que lo destruye todo metódicamente a sangre y fuego, ante quien tiembla el mismo Júpiter, se acobardan atemorizadas las divinidades y retroceden horrorizados los ríos infernales y las tinieblas del Estigio (IV, 33).

El destino del amor o el amor como destino

Los padres no harán otra cosa más que cumplir los designios. Pasivos, cumplen las instrucciones y Psique es dejada a su suerte en una roca. Por sencilla que parezca esta idea, todavía sorprende a la mente de quien espera el amor romántico. En este punto del mito, Psique es pasiva, se deja conducir, está resignada. Este esquema lo veo una y otra vez, incluso las parejas en las que el noviazgo resulta una verdadera tortura, se casan, “porque es lo esperado”, “porque es lo que sigue”, porque se busca esa validación social. Quizá la cultura griega tenía una visión del destino distinta, por más que se esfuercen los humanos, el hado está ahí. Testigo de ello es Edipo. Los contemporáneos en apariencia hemos adoptado una postura más libertaria asumiendo un protagonismo en nuestras decisiones, y sin embargo aceptamos el destino y lo seguimos, ese camino: estudio, trabajo, matrimonio, en tantos casos se sigue por inercia, sin convicción. El matrimonio se sigue percibiendo con un destino, y la falta de él una maldición. De ahí las palabras de Antígona: “Y ahora voy, maldecida, sin casar, a compartir en otros sitios su morada. ¡Ay, hermano, qué desgraciadas bodas obtuviste: tú, muerto, mi vida arruinaste hasta la muerte!” (Sófocles, 2000: 866-871).

El amor romántico en este sentido ofrece una novedad. El matrimonio, por siglos fue un contrato, en las más de las ocasiones elaborado por terceros. Aquí el mito ofrece un aspecto distinto. Psique se une a Eros en una ceremonia aparentemente ilegal y se enamora de su esposo, al punto de vivir innumerables penurias por amor. En este sentido son interesantes las palabras de Anthony Giddens: “El amor romántico presupone que se puede establecer un lazo emocional duradero con el otro sobre la base de unas cualidades intrínsecas en este mismo vínculo. Es el precursor de la ‘pura relación’, aunque esté en tensión con ella también” (1998: 4). Empezamos a ver que en la historia de Psique no todos son desaciertos, o al menos, continuando con la idea de Giddens, hay elementos de tensión. El amor de Psique es libre, se da por que se quiere, no se obliga. Quizá Psique entra a la morada de Eros taciturna o temerosa, fruto de un sacrificio aceptado por su padre, pero permanece ahí por decisión y se enamora, tan genuino es el sentimiento, que estará dispuesta a perder la propia vida con tal de mantenerle. Tensiones, pues esa misma libertad, la condena.

Él proveedor, ella una bella esposa obediente

Eros es el esposo de Psique, pero fruto de una autocensura, el dios reserva para sí su identidad. No se explicitan en el mito las razones de tal secreto, antes bien podemos encontrar buen número de ejemplos en donde las y los dioses grecolatinos se unen a mortales. Pero quizá por la desobediencia a su madre, Venus, o por el temor de no ser querido por sí, sino en cuanto a Dios. Eros solamente visita a su esposa en la noche, sin luz. Su nombre y apariencia permanecen ocultos. Por otra parte, otorga múltiples bienes a su reciente acompañante. Comida, joyas, vestidos, incluso una servidumbre intangible que cuidan y consienten los deseos de su joven princesa. La belleza de Psique se asocia con el merecimiento de estos bienes. Al punto de afirmar: “Si algo falta allí es porque no existe” (Alpuleyo, V, 2). Lo tiene todo, le dan todo. Pero Eros no está, sale y a lo largo de esta etapa del mito permanece en el anonimato. Sólo visita de noche a su esposa dispuesta. Entrelazan sus cuerpos, pero no hay un intercambio de opiniones. La vida de Eros está afuera, ella no sabe nada de sus quehaceres, sólo le toca estar pendiente para él y satisfacerle cuando llegue. Lo público no es de su incumbencia, ella debe permanecer en el ámbito privado de una manera feliz y atenta a las necesidades y disposiciones de su esposo, quien le exige la más absoluta discreción de su identidad. Apuleyo afirma: “Sería una curiosidad sacrílega, que echaría a perder tantos motivos de felicidad y la privaría para siempre de sus abrazos” (V, 6). Por lo que a Psique se refiere, Eros bien podría ser narco,[7] la inunda de bienes, pero ella no sabe nada de él y más le vale no preguntar. En el mito esto no sorprende, es lo que se espera por la cultura en la que está escrito. No obstante, en nuestro momento, bien cabría preguntar si ante un esquema tradicional en el matrimonio donde el hombre es el proveedor, cuántas mujeres podrían afirmar que conocen a cabalidad qué es lo que hace su marido y de dónde sale todo aquello material que la circunda. En muchas ocasiones no se sabe, o incluso aún, no se quiere saber. La relación de verticalidad en cuanto al manejo de bienes y en lo económico impone una dinámica de sumisión que exige obediencia: “Si te gusta, no preguntes”, “calladita te ves mas bonita”, o como elegantemente, pero con igual desatino lo diría Aristóteles: “El silencio es un adorno de la mujer” (Aristóteles, Política, 1260a).

Eros al ser un dios o un ente masculino en la esfera pública, sabe lo que pasa fuera de ese “nido de amor”. Las hermanas de Psique la quieren embaucar para trastocar su feliz estado. Ante esta situación Eros la advierte. Si bien las palabras que elige Eros son de amabilidad como “consejo”, sin embargo, en la traducción al español se distinguen, “instruye”, y ella “suplica”, “arranca consentimiento”, lo que ratifica orden vertical en la pareja.

Pese a las advertencias de su marido (recordemos que es Apuleyo quien escribe, no Psique), Psique, fruto de los decires de sus hermanas, falta al convenio establecido por su esposo. Sus hermanas le han dicho que su esposo es un monstruo que la devorará. Siguiendo las estratagemas sugeridas, la heroína de la historia prepara una lámpara y una daga para dar muerte a la abusiva criatura que la ha raptado. Una vez más esta masculinidad poseedora es un monstruo, una bestia insaciable, que devora para reconfigurarse en un futuro momento salvador (Bacchilega, 2010).[8] Conozco mujeres que siguen afirmando: “Los hombres sólo quieren una cosa, y cuando lo obtienen se van”. Qué pobre visión de la masculinidad, se les niega razón, autodominio y conciencia.

Más tarde en el mito, al encontrarse Venus con Ceres y Juno, reclama su ayuda para castigar a la joven amante. Ellas dicen, aludiendo a la juventud de su hijo Eros, que tal hermosura motiva a que entienda la necesidad del amor, e incluso preguntan:

¿Qué dios, qué mortal podría tolerar que tú sigas sembrando pasiones por el mundo cuando en tu propia casa prohíbes el amor a los Amores y les cierras una escuela que está abierta para todos: la del mundo femenino y sus debilidades (Alpuleyo, V, 31).

Esas debilidades son condición humana, no femenina, pero tal pareciera que el sexo masculino, dioses y hombres, no pueden más que caer ante la pasión de una mujer hermosa. Piénsese en la violencia que esto supone. Por una parte, asigna bestialidad a los hombres al ser incapaces de contenerse, fruto de la belleza contemplada, por otra impone un ideal de belleza, ligando la realización en cuanto a mujer, a ella, no da espacio a las variantes de edad, condición de salud o física.

Lo grave en este sentido es que si los hombres, en este caso el dios, son incontrolables bestias que obedecen sus instintos, entonces no son responsables de los actos que comenten en ese estado. El “crimen por honor”, el “estado temporal de locura”, la interpretación animalista del instituto sexual excusa los crímenes sexuales, como el rapto, la violación o el acoso aludiendo falsamente a una naturaleza masculina incontrolable. No, los hombres pueden y deben contenerse, son tan racionales como las mujeres, o pasionales, según se quiera ver. Razón y pasión juegan en lo humano, pero es precisamente lo humano lo que permite el juego entre ambas potencias y no la rendición de lo uno a lo otro.

En la historia Eros tiene razón, Psique se equivoca y lo paga con creces, no debió de haber roto el trato con su esposo. Eros no es un monstruo, es un dios hermoso y joven. Psique se enamora del amor (Alpuleyo, V, 23). Ante su incredulidad y búsqueda de afirmación acerca la lámpara que tiene en la mano y una gota de aceite cae sobre el cuerpo de Eros. Stilla Olei Ardentis, la indiscreta delatora de su transgresión. Eros, al verse expuesto, guarda silencio y emprende el vuelo. Más tarde viene el reclamo, se acerca y espeta: “Pero tus insignes asesoras me van a pagar en seguida el precio de sus perniciosas lecciones. En cuanto a ti, me daré por satisfecho con dejarte” (Alpuleyo, V, 24).

El suicidio por amor: with or without you

Ante el abandono, Psique decide por la muerte, no le importa la vida que lleva en el vientre ni la angustia de sus padres: “Psique corrió hacia el río inmediato y se tiró al agua de cabeza” (Alpuleyo, V, 25). La princesa no tiene un plan de vida propia lejos de ser la “esposa de”. Este evento, precedido de las lagrimas que derramaba ante la falta de pareja nos lleva a la hipótesis de si sería lo mismo “este” que “aquel”. “Este” era un dios, lo que quizá agrava la pena, pero lo cierto es que Psique no sabe estar sola. Se hace cargo de su error al traicionar la palabra dada, pero eso también lleva la atención de si así se debe obedecer cualquier cosa por amor. El motivo de la duda tenía fundamentos, ella no conocía la cara de su marido ni su identidad. Su disposición se esperaba que fuera absoluta, no questions ask. La expresión “el amor es ciego” cobra un nuevo significado, Psique no había visto a su amante esposo. ¿Realmente no tenía que haberle visto? ¿No tenía que preguntar más datos sobre él? ¿No tenía el derecho se saber con quién tenía sexo para ejercer un consentimiento real? ¿Es acaso la desobediencia de Psique el gran error que comete en el mito? Quizá sea la moraleja de Apuleyo, pero yo lo leo de un modo distinto: es gracias a la desobediencia que, no lo niego, por medio de un doloroso camino, Psique puede alcanzar la inmortalidad, una que involucre la conciencia de lo que implica amar y a quién se ama. La inmortalidad se la gana ella, no sólo es una dádiva por intervención de Eros. Si fuera así, ¿por qué no dársela desde el primer momento? Pero para este punto tuvo que pasar un camino arduo.

El amor duele

“Impaciencia, indecisión, audacia, inquietud, desconfianza, cólera y, lo que es el colmo, odia al monstruo y ama al marido, aunque constituyen la misma unidad física” (Alpuleyo, V, 21). Así es como describe Apuleyo el estado de Psique al no saber quién era su marido. La tortura interna, la autorrecriminación se abren puerta en el mito después, en la soledad. La desazón en el amor, el querer y odiar al mismo tiempo a una mítica figura, ya sea producto de una idea fantasmática, ya sea por inconsistencia en el actuar. Psique no sabía quién era su marido, quizá lo idealizaba y la realidad superó su imaginación. Estos vaivenes sentimentales son populares. Se ama y se odia, con poco espacio de por medio. Quizá de ahí las fuertes palabras de Shulamith Firestone:

Pero la dicha en el amor es rara vez el caso: por cada experiencia contemporánea de amor exitoso, por cada corto periodo de satisfacción, hay diez experiencias de amor destructivas, los “bajoneos” postamor son de una duración mucho más larga, frecuentemente resultando en la destrucción del individuo, o al menos en un cinismo emocional que hace difícil o imposible amar otra vez (2003: 250).[9]

Quizá una de las principales afecciones del amor romántico es que en él se cifra una gran expectativa de felicidad. ¿Qué no hay otras? Esto puede generar la idea del amor como trampa. El amor duele, probablemente por las expectativas tan altas que se tienen de él; es un sentimiento sublime, pero el sentido de la vida no debe centrarse únicamente en él. Si el único indicador de validación personal es el amor, entonces, al no lograrlo, el sentimiento de fracaso resulta comprensible. Y que hay de las vidas que no poseen un amor romántico, pero sí de filia (hermandad), ágape (virtud) o storge (familia), ¿estos amores no sirven para una vida lograda? El error no subyace en vivir un amor romántico, sino sólo en resumir la vida cara a un amor romántico.

Pero este no es el único mal, sino que frecuentemente, al crear un sentido de dependencia se ejerce una dinámica de poder. Al depender del amado, se cede el control de la propia vida. Nada más sano que un amor trasparente e incondicional. Te amo porque lo decido, no porque te necesite, de lo contrario la verticalidad se hace presente, y con ella los chantajes, las amenazas o celos. Amar porque me aman implica una lógica de mal entendida reciprocidad. El amor debe ser un regalo incondicional en donde sólo la persona es responsable de su sentimiento. Amo porque decido amar. El amor no me hace feliz, soy feliz cuando amo, cuando decido “yo” entregar mi amor, pues es en esa única forma que amar se vuelve protagónico en la vida, pero no dependiente.

Sí, esto no niega la posibilidad del dolor, pero sí de la dependencia, pues aun en el desamor sería la persona amante quien se hace responsable de su propia vida. Una vez más la reflexión de Eva Illouz resulta clarificante:

A través del siglo veinte, la idea que la miseria romántica era autorrealizada fue asombrosamente exitosa, quizá porque la psicología simultáneamente ofreció la promesa consoladora que podría desearse. Las experiencias dolorosas del amor fueron una maquinaria poderosa que activó una horda de profesionales (psicoanalistas, psicólogos y terapeutas de todo tipo), la industria publicitaria, la televisión y otras numerosas industrias en los medios (2009: 4).[10]

Quizá en los tiempos actuales somos diferentes a Psique; ella se hizo cargo sola de su dolor, quizá no de la mejor manera, pero al menos fue suyo. Ahora la culpa de las fracturas en el alma se las endilgamos siempre a alguien más.

Al fallar el amor Psique vaga, y en su errar opta por la venganza. Engaña a sus dos hermanas, haciéndoles creer que Eros, ante la falla que ella ha cometido, las ha preferido a ellas, una a una se lanzan de la roca, de la que alguna vez Céfiro sustrajo a Psique, pero ellas sólo encuentran el suelo, muriendo desgarradas a causa de su envidia. Psique busca a Eros y huye de Venus tratando de evitar el original castigo, en su camino solicita la ayuda de Pan (Alpuleyo, V, 25), Juno (Alpuleyo, VI, 4) y Ceres (Alpuleyo, VI, 2), pero pese a sus simpatías nadie le presta ayuda porque temen hacer enojar a la gran diosa.

Venus es la peor de las suegras, llama a Psique “enemiga” (Alpuleyo, V, 29), y a su hijo “bribón seductor” (V, 29). El castigo que le amenaza a su propio hijo es de carácter patrimonial, Venus urge a sus sirvientes que le quiten sus alas, su arco y flechas. La posesión da control. Incluso, Venus cuestiona la validez de su matrimonio[11] y legitimidad del hijo resultante, sugiriendo incluso la interrupción del embarazo de Psique:

No puedo hablar de nieto: la condición de los contrayentes es ilegal, además, un matrimonio verificado en el campo, sin testigos, sin consentimiento paterno, no puede considerarse legítimo, uy, por consiguiente el hijo que nazca será bastardo; eso suponiendo que llegara al término de la gestación (Alpuleyo, VI, 9).

Si bien podríamos decir que el matrimonio no ha sido conscientemente aceptado por el padre de Psique, éste lo ha dado al momento de ofrecer a su hija en la roca.

El empoderamiento de Psique

Venus recurre a Mercurio para encontrar a Psique y castigarla, no sólo por la transgresión a su hijo, si no por existir, por la belleza que posee. Este es el momento en que Psique, decidida por lo que quiere, el amor de Eros, sorteará una serie de pruebas que le impone Venus, hasta llegar a las mismas puertas del infrahumundo. Psique abandona su posición de víctima y emprende camino: se atreve. No pide permiso, y aunque recibe ayuda, es ella la que toma la decisión de seguir. Se deja de presentar una Psique llorosa y suicida para soportar la inquietud y la tristeza (Alpuleyo, VI, 9). La lectura es compleja pues si bien Psique puede ser revestida de una cantidad notoria de adjetivos positivos: arrojada, inteligente, decidida, astuta, disciplinada, falla en el último momento. Aun desobediente, Psique abre una caja prohibida para agregar más belleza a su persona. Maldita vanidad que nunca es suficiente. En lugar de cumplir con su objetivo, cae en un sueño profundo, porque las bellezas divinas no son para las criaturas mortales. Casi lo tiene, pero no puede con la tentación, de nuevo un fruto prohibido. A las mujeres se nos representa como incontinentes, vanidosas, pero esa debilidad es enseñada:

Disimular, usar de ardides, odiar y temer en silencio, especular con la vanidad y las flaquezas de un hombre, aprender a chasquearlo, a burlarlo, a maniobrar con él: he ahí una ciencia muy triste. La gran excusa de la mujer consiste en que le han impuesto que lo comprometa todo en el matrimonio: carece de oficio, de conocimientos, de relaciones personales; ni siquiera el nombre que lleva es suyo; no es más que “la mitad” de su marido. Si éste la abandona, lo más frecuente es que no halle ninguna ayuda ni en sí misma ni fuera de sí misma (Beauvoir: 252).

Ese miedo a la pérdida de sí sin el otro es lo que causa la angustia de Psique. No puedo estar sin Eros. Según la opinión de Macabit Abramson (2016), Psique, como heroína, logra romper los lazos con la sociedad, para ganar su lugar en el mundo y una identidad femenina individual.

La recompensa de Psique no es poca: la inmortalidad y un amor eterno. “Toma Psique, y sé inmortal; Cupido nunca romperá los lazos que a ti le ligan: el matrimonio que os une es indisoluble” (Alpuleyo, VI, 23). Y este, pienso que es el más fuerte error, no porque el matrimonio sea o no indisoluble, sino por la promesa del amor eterno, así garantizado, por la disposición de Júpiter o una varita mágica. No es que el amor no genere redención, al contrario. En mi opinión el amor exige esfuerzo diario, compromiso y donación.

Pero no nos equivoquemos los errores no son de Psique, son de Apuleyo y la sociedad que formuló y postergó estas ideas, y que continuamos reproduciendo sin pensar en lo que provocan en nuestras vidas. Por ello, para frenar la cadena y ritualidad, toca inspeccionar hechos y narraciones y pensar de acuerdo con una cultura de paz e igualdad en qué es lo que queremos conservar. No hay nada malo en el amor, al contrario, el salvífico estado exige compromiso y para este compromiso, libertad, pero no hay libertad plena si no hay conciencia.

Una relación amorosa no es fruto del destino ni regalo de los dioses, es un ejercicio de voluntad, prudencia, diálogo y respeto. El amor, al menos en el mundo contemporáneo, exige un ejercicio de horizontalidad donde no existan dioses ni princesas, sino iguales, compañeros de vida que se aceptan en la diversidad de sus dones y faltas, pero más aún, donde se ejerza en un buen conocimiento de la valía propia y como fruto de una consistente y reiterada decisión.

Consultora, académica y empresaria. Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestra en Historia del Pensamiento y licenciada en Filosofía, ambas por la Universidad Panamericana. Ha sido profesora de esta universidad por más de 15 años impartiendo los seminarios de Teoría de Género, Historia Política de la Sexualidad y Feminismos. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores nivel 1. Es autora del libro La identidad kinética de las mujeres: una visión a partir de la teoría de las capacidades de Martha Nussbaum.

Estoy consciente que existen otras anteriores dentro de la cultura occidental grecolatina, como serían Orfeo y Eurídice, Penélope y Ulises, Eco y Narciso, o Ariadna y Teseo, pero por la importancia tanto de los vocablos como por sus influencias en el psicoanálisis he decidido optar por el presente mito.

Es interesante la polémica que existe entre la comunidad académica de los antecedentes que podría tener este mito al probablemente tener influencias egipcias, helénicas o iraníes, o bien, el ser un cuento popular recuperado por Apuleyo, sin embargo, la primera versión del mito como tal se encuentra en El asno de oro de Apuleyo (Gollnick, 1992).

El análisis de esta obra se apoya en la edición de Biblioteca Básica de Gredos, con la traducción y notas de Lisardo Rubio Fernandez de la edición de 2001.

En este sentido sigo la idea de Eva Illouz en El consumo de la utopía romántica, cuando afirma: “Las emociones se impelan en diversas estructuras narrativas de distinto alcance, formato y tamaño. Así, el amor romántico con frecuencia se inserta en un relato o ‘historia de vida’ de orden superior, que vincula el pasado, el presente y el futuro en una visión totalizadora del yo” (p. 210). Sostengo que son estos relatos lo que animan nuestras dinámicas sociales y configuraciones mentales, entres otros aspectos a considerar, como la historia personal, reflexión, interacciones, etc. Hay estudios que han profundizado en la relación que entre el mito de Eros y Psique, y cuentos como “La bella y la bestia”: R. B. Bottigheimer, Cupid and Psyche vs. Beauty and the Beast: the Milesian and the modern, en Merveilles & contes, 1989, pp. 4-14 o, en una visión integradora de más cuentos infantiles, en C. Bacchilega, Postmodern Fairy Tales: Gender and Narrative Strategies, University of Pennsylvania Press, 2010.

La traducción es mía, aquí el texto original: “I know young women who are under so much pressure –from family, from friends, even from work– to get married that they are pushed to make terrible choices. Our society teaches a woman at a certain age who is unmarried to see it as a deep personal failure”.

Narcotraficante, persona integrante del crimen organizado que trafica con sustancias ilegales.

Aquí las palabras de Bacchilega para agregar claridad: “As Jack Zipes notes, ‘the transformation of an ugly beast into a savior as a motif in folklore can be trace to primitive fertility rites’ and sacrifices to dragon-like ‘monsters’. Cupid’s multiple images as ‘saevum atque ferum vipereum malum’ […], as boy with no manners or respect, as erotic god of love, as invisible presence in the dar, and as faithful husband in the end also map out a number of well-known directions for exploring the ‘noble Beast’ metaphor” (Bacchilega, 2010: 74).

La traducción es mía.

La traducción es mía.

Es interesante el análisis que hace Sophia Papaioannou sobre la validez del matrimonio en Roma, quien afirma: “To be valid, a Roman marriage (iustum matrimonio) hat to observe certain conditions: first of all, legal capacita (conubium), achieved when both parties were not too closely related, freeborn and above all, Roman citizens. Of equal importance was also the age (pubertas) of the future spouses and the mutual consent of the relevant parties (the consent of the paterfamilias). Also significant was the social status of both parties: high birth (nobilitas) and certainly wealth -at least property status able to provide the bride with a respectable dowry. Regarding personal qualifications, the virtue desirable in the prospective bride were beauty, kind disposition and above all, pre-marital chastity (pudicitia)” (Papaioannou, 1998).

Voces al margen: mujeres en la filosofía, la cultura y el arte

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