Читать книгу Otoño sobre la arena - Erina Alcalá - Страница 6
ОглавлениеCAPÍTULO 2
Diecinueve años antes
Higuera de Calatrava en Jaén, era un pueblo de apenas setecientos habitantes. Había sido importante durante la Guerra Civil Española. En sus buenos tiempos tuvo hasta cinco mil habitantes. Pero debido a la emigración a Cataluña, ahora era un pueblo pequeño, que parecía un camisón blanco sobre una loma, lleno de casitas blancas.
Había tenido un campo de concentración durante la guerra civil, un punto estratégico durante las batallas que se libraron. Y que hoy en día, algunos mayores aún recordaban. Quedó intacto el cuartel de la Guardia Civil, un lavadero antiguo y un mercado de abastos, aparte de un torreón perteneciente a un Castillo árabe en la parte alta del pueblo.
El cuartel de la Guardia Civil, en la entrada del pueblo, situado en un montículo, en el que se divisaban las diversas carreteras que llegaban al pueblo: una para Porcuna a la izquierda, otra para Santiago de Calatrava a la derecha y otra en el Centro que se dividía en dos al llegar a una Cruz en homenaje a los caídos en la guerra, que estaba a doscientos metros cuesta arriba. Esta, se bifurcaban en dos, una a la derecha para Martos, pasando por el puente del Arroyo Salado (cuyo nombre le venía porque el agua que llevaba era salada), y la otra, a la izquierda iba hacia Torredonjimeno, camino de la capital de la provincia y donde estaba situado el cementerio, a un kilómetro del pueblo.
Todas las carreteras, estaban adornadas de eucaliptos centenarios.
Al padre de Lucas, Cabo de la Guardia Civil, lo destinaron dos años a la Higuera, por lo que Lucas tuvo que realizar, debido a su edad, Séptimo y Octavo de Educación General Básica y después, como casi todos los chicos, iría al instituto. Y después a la Universidad. Siempre quiso desde pequeño hacer Arquitectura. Lo tenía muy claro.
El primer día de colegio, le resultó gracioso, pues venía de un pueblo de Jaén también, más grande: Úbeda, donde había muchos niños en su clase, sin embargo en la Higuera, en su clase, eran seis alumnos.
Cuatro chicas y otro chico, junto con él, Amalia, que su padre era cabrero y tenían cierta capacidad económica, como para no pasar apuros, vivía casi en el Centro del pueblo.
José, el primo de Amalia, muy bajito para su edad, que era un tanto vago y un cachondo mental. Su padre tenía un bar y vivía en la misma calle que su prima. Era muy vago y nunca hacía los deberes y en ese tiempo, ya empezó a tontear con los cigarrillos y la bebida.
Manuela, cuyo padre tenía una vaquería y vivía en la parte baja del pueblo, al lado del campo de fútbol y del cuartel de la Guardia Civil. Era la mayor, pues había repetido curso, alta e introvertida, siempre con una cola baja peinada, ayudaba a sus padres en la vaquería.
Luego estaban Rosa y Reme, que vivían en la parte alta del pueblo y eran muy amigas. Rosa era muy guapa y tenía una piel blanca y luminosa.
Todos los chicos estaban enamorados de Rosa y ella, era muy enamoradiza. Su padre era guarda del Sindicato Obrero del Campo y ganaba un sueldo suficiente como para alimentar a sus seis hijos, sin que estos tuviesen que trabajar.
Reme, vivía cerca de Rosa. Siempre estaba muy morena, pues cuando salía de la escuela iba con su padre y su hermana Paqui a trabajar al campo y a una huerta que le trabajaba su padre a un señorito rico, terrateniente, que poseía una gran cantidad de tierras.
El señorito cogía lo que iba a necesitar de la huerta y el resto, lo vendía el padre y la madre de Reme en la plaza de abastos del pueblo.
Reme, tenía mucho carácter, era vergonzosa pero por contra, poseía una coraza de niña dura. En realidad era una soñadora y una romántica empedernida y siempre iba al campo con un transistor rojo, esperando que cantara Camilo Sexto, su ídolo, sobre todo en el campo, para llevar su amargura con una cierta felicidad irreal.
No se sabe bien por qué razón, siempre tuvo tendencia a defenderse de todo y de todos y a defender a los que ella consideraba más débiles, fuesen ricos o pobres, altos o bajos, feos o guapos, como una pequeña amazona con su espada de la justicia.
Siempre estaba a la defensiva, y siempre defendiendo. Y tenía una lengua afilada que no callaba nada.
Lucas, desde que la vio, se enamoró de ella como un adolescente virgen.
Su estrategia fue hacerse su amigo, enseñarle lo que sabía y tenía, su cámara de fotos, que a ella le parecía mágica.
Un año en su cumpleaños, le dejó una postal con un ramo de flores impreso para felicitarla.
Era el primer regalo que le hacía un chico. Ella no había conocido a ningún niño así. En el pueblo eran más brutos.
El detalle hacia las chicas, no se conocía y menos con trece o catorce años. Y ella conservaba aún aquella postal después de tantos años.
En aquella época, Lucas era un niño de pantalones cortos, muy alto para su edad, flacucho y desgarbado, pero muy inteligente. Lo sabía todo. Era un sabiondo.
Los demás lo envidiaban a la vez que lo odiaban por tener más dinero que ellos y una posición mejor. Y sobre todo, por tener más conocimientos que ellos.
A Reme, abanderada de los débiles, le daba igual y por esa razón, se hizo su mejor amiga.
Siempre había tenido amigas, pero todo cambió, cuando pudo darse cuenta de que podía tener un amigo que no fuese niña, sino niño.
Con ellos solía llevarse muy bien, pero amistad, poca había tenido con alguno en particular como con Lucas.
Lucas era un adolescente muy especial. Siempre interesado por todo, le encantaban los libros. Lector empedernido y dispuesto a ayudar a los demás en cualquier ocasión que se presentara.
Durante esos dos años que Lucas estuvo en el pueblo, crecieron juntos, e hicieron muchas cosas los dos, siempre que el tiempo libre de Reme, se lo permitía.
Hablaban de muchos temas, le enseñó a ella, que leer era interesante y que era un viaje a la imaginación. Podía ir donde quisiera con solo leer. Recorrer territorios desconocidos y ser protagonista de otras vidas. Y eso a Reme, le encantó, acostumbrada a su cárcel de pueblo y campo.
Era un niño adelantado a su tiempo. Sobre todo, recordaba las conversaciones políticas que tenían, él era más de derechas y ella más de izquierdas.
Y ahí sí que chocaban y tenían conversaciones interminables en las que Reme, no se dejaba convencer. Claro que en aquél tiempo ni la derecha era la de ahora, ni la izquierda era la de ahora tampoco.
Le encantaba discutir con ella. Le tomaba el pelo y ella se tomaba las discusiones políticas muy a pecho, porque a ella, le encantaba la historia y la política. En eso es en lo que chocaban. Ella era muy rebelde y no daba su brazo a torcer en ningún momento. Pero se divertían mucho.
Lucas estaba enamorado de Reme, desde el primer momento en que la vio, nunca supo por qué, era una indomable y no había nadie que pudiese con ella.
Era una rebelde con mucha causa, pero ella, lo consideraba su amigo, nada más. Tampoco es que Reme supiera mucho del amor a esa edad.
Pero a Lucas le gustaba su cuerpo pequeño naciendo a la adolescencia, sus pechos duros y que asomaban ya a los trece años, su pelo largo y tieso como un junco, sus pecas y su mirada matadora para los niños imbéciles. No los soportaba. Todo cuanto quería decir, lo decía con una mirada.
Reme, nunca se preocupaba de los temas de amor, salvo en las novelas que leía o grandes historias de amor de la literatura rusa que tanto le encantaban, esas tragedias le parecían maravillosas con sus paisajes nevados y un tren siempre como parte de la trama.
Ni se preocupaba de esos temas si se refería a ella. El amor para ella a esa edad ni se lo había planteado siquiera. Ni con él ni con nadie.
Al padre de Lucas, lo destinaron al País Vasco, cuando terminaron Octavo, así que eso había sido todo, dos años de amistad y se separarían.
En esos dos años, lo pasaron muy bien en todas las fiestas que había en el pueblo. Y él la invitó en el día de la Virgen del Pilar, que era la patrona de la Guardia Civil dos años seguidos, porque se hacía una fiesta en el cuartel, con comida y baile.
Así que se sentaban juntos y se divertían mucho, luego había baile, cuando se recogían las mesas después de la comida y bailaban hasta la noche. Fueron dos años de amistad muy bonitos y de amistad sana.
A su hermana también la invitaba una amiga, hija de otro Guardia Civil; y el que iba a esa comida era agraciado. Y tenía mucha suerte.
Ella había solicitado una beca para estudiar Formación Profesional Administrativa en Martos, dado que en el Pueblo, no había Instituto. Cuando se lo dijo Reme, se sintieron muy tristes, pero quedaron en escribirse.
Les quedaba poco tiempo de estar juntos. Cuando pasasen las fiestas del pueblo, después de dos años de amistad, se irían, cada uno por su lado, pues su padre tenía que incorporarse en Septiembre y se iría al norte de España y Reme viajaría a diario a Martos a estudiar. Y sería un niño más que había pasado por la escuela.
Llegaron las fiestas del pueblo, a mitad de Agosto, cuyo divertimento era bailar con una orquesta en el baile de la plaza del Ayuntamiento, que estaba al lado de las carreteras, en la parte baja del pueblo y pasear por ellas, tomar una coca cola y poco más.
La última noche de la fiesta, todo cambió. Habían estado bailando un rato en el baile y cuando la orquesta hizo un descanso, se fueron a dar una vuelta por la carretera.
Iban dando un paseo por la carretera de Porcuna todos, los seis de octavo, pero hubo un momento en que el resto de los chicos se volvieron y ellos como iban delante hablando, no se percataron y se alejaron más de lo debido, y cuando se dieron cuenta, el resto del grupo se había dado la vuelta y no se veía más que la oscuridad y los árboles.
Como despedida, José había llevado una botella de litro de cerveza y habían estado bebiéndosela entre los dos en el parque mientras bajaban las chicas.
Lucas no había bebido alcohol en su vida, e iba tambaleándose un poco. Reme se lo dijo. Le preguntó si se encontraba bien.
—¿Para qué has bebido? No tenías que haberle hecho caso a José —le dijo riñéndole.
—Es que me dijo que era de despedida porque me voy pronto.
—Como si no lo conocieras…
—No te preocupes, ya se me está pasando, juro que no beberé en mi vida.
—¡Vámonos de vuelta!, que estos se han ido ya y además ya no se ve nada —dijo ella, porque ya no se veía nada más que oscuridad.
En esos momentos los enfocó un coche que venía de Porcuna, con las luces. Venía por esa carretera, y se paró en el arcén, al lado de ellos. Bajaron rápidamente tres chicos mayores, que seguramente venían a la fiesta. Iban borrachos, estaban más cercanos a los treinta años que a los veinte y se les acercaron. Reme sintió miedo y se pegó a Lucas.
—¿Qué pasa chaval? ¿Te la has traído tan lejos para tirártela?
—¡Dejadnos en paz! —les gritó Lucas nervioso.
—Venga que te vamos a ayudar un poquito, nene. Hoy te vas a hacer un hombre.
Sin medir palabra siquiera y a pesar de los ruegos de los dos, a Reme uno le tapó la boca y la tiró al suelo y la llevaron lejos del arcén a través del campo, para que nadie los viera. Reme, empezó a llorar y a morderle la mano y a chillar.
Otro de ellos, le ayudó a sujetarla al lado de un árbol que había en mitad del campo y le bajó las bragas, por mucho que ella pataleaba y lloraba y la tumbó en el suelo y le abrió las piernas, mientras el otro la sujetaba por los brazos para que no se moviera hasta que la inmovilizó. Y ella lloraba sin parar y no quería mirar a Lucas de la vergüenza que sentía.
El tercero cogió a Lucas y le bajó los pantalones y lo colocó de un plumazo encima de Reme. Le sacó un cuchillo y se lo puso en el cuello a ella:
—Si no te la tiras, la mato aquí mismo —le dijo.
Todo sucedió muy rápido, Lucas no tuvo más remedio que hacerlo para protegerla.
Era un adolescente y era virgen como ella y no estaba preparado para hacer el amor y menos en esas condiciones, pero fue al entrar en ella y tener que romper su barrera, porque no tenía más remedio cuando su miembro se excito y todo porque era ella y porque no podía resistirse a ella. Pero era una locura.
Él nunca hubiese querido hacer el amor con ella de esa manera, ni excitarse así, pero no tuvo más remedio. Se movió en su vientre y se vació en ella en segundos.
Todo fue rápido y todo duró una eternidad. Cuando quisieron darse cuenta, el coche arrancó dando la vuelta camino de nuevo por la carretera de Porcuna. Y sólo oían las risas de los que habían matados sus vidas para siempre. Ni siquiera oían las palabras que ellos riéndose, lanzaban a lo lejos a través de la ventanilla del coche.
En la oscuridad de la noche nunca reconocerían sus caras. Lucas se vistió y le dio a ella su ropa interior y la falda. Quiso abrazarla, le pidió mil veces perdón. Pero ella levantó un muro entre ellos.
La carretera hasta la plaza del ayuntamiento se les hizo larguísima y por más que Lucas le hablaba, ella iba como un fantasma mudo y ciego.
—Por favor Reme, perdóname. Di algo. Yo nunca hubiese querido… Lo siento. Lo siento tanto.
Pero ella iba muda, sin mirarlo y ya no le habló jamás.
Y cuando llegaron al pueblo, ni le dijo adiós, pero era un adiós para siempre con respecto a lo que a ella le concernía.
Lo dejo allí plantado y subió a su casa que estaba en la parte alta del pueblo. Se fue sin derramar una lágrima y ya nunca volvió a verla más.
Cuando Reme llegó a su casa, se bañó en silencio para que sus padres no la oyeran y se lavó bien. Se metió en la cama y entonces, sí que lloró.
Lloró un mar de lágrimas por lo que había perdido, que para ella era muy importante. Tenía un miedo horrible y el cuerpo le temblaba.
Por su parte Lucas, se quedó cerca del cuartel, en la oscuridad y también lloró. Lloraba poco, pero esa noche lloró un buen rato, como un niño que había hecho algo malo a su mejor amiga. Y no podría perdonarse jamás.
Jamás podía perdonarse haberle quitado su virginidad de esa forma, y menos a ella, conociéndola como la conocía.
Era una niña dura, pero bajo esa coraza, él la conocía como nadie y sabía que eso era muy duro para ella y muy importante y él la había destrozado sin querer.
Y al ver que no le hablaba, sabía que se iría y ya no le quedaría de ella lo que le debería haber quedado, dulces recuerdos, sino que le quedaría una maldita noche que nunca debió pasar y que jamás olvidaría. Y ella tampoco. Y eso los uniría para siempre, pero también los había separado para siempre.