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CAPÍTULO 6 EL CHOCOLATE DEL RECUERDO

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Aquí estamos, Camilla hoy ha pasado a recogerme para repasar nuestro plan antes de entrar en el bar. Tratamos de llegar con al menos diez minutos de adelanto con respecto al horario normal de llegada, para preparar todo con tiempo antes de que venga. Antes de salir he escrito una tarjeta para explicar mi regalo. El bombón, además de seguir el mismo hilo conductor de la margarita, debe llevar adelante nuestra relación en el descubrimiento de los sentidos, de nuestros sentidos y por tanto pasaremos de la vista al gusto. He decidido no firmar, sino poner solo la inicial de mi nombre, para no desvelar demasiado y no hacer que acabe demasiado rápidamente este juego que cada vez es más fascinante, saliéndose de los esquemas normales del cortejo. En el sobre he escrito «¿Para…?» al no tener ni la más mínima idea de cómo se llama, pongo todo en el interior y bajo rápidamente para reunirme con mi amiga, que ha llamado por el interfono hace unos momentos. Esta mañana me he levantado una hora antes de lo habitual y he dedicado media hora solo a escoger qué ponerme. Al final he optado por un vestido de lana fina de mi color preferido, el verde oscuro, y mis botas de tacón alto. En la calle no veo el momento de llegar y por poco no acabo atropellada por un automóvil, con la cabeza completamente en las nubes, sin darme cuenta del semáforo rojo. Llegadas sanas y salvas al bar, dejamos los bolsos en la mesa habitual y vigilamos la barra y, cuando faltan ya pocos minutos para su hora habitual de llegada, Camilla se coloca delante de la entrada y yo, con una excusa, hago que el camarero se vaya a la cocina en la parte trasera. En ese momento, pongo el sobre delante del azucarero, al lado de donde se queda siempre para tomar el café. Estoy segura de que tomará azúcar y encontrará el sobre delante, espero que entienda que va dirigido a él y mire en su interior. Camilla me hace señas de que está llegando y nos sentamos rápidamente, actuando normalmente a pesar de una pequeña agitación, más por la inquietud que por la pequeña carrera hasta la mesa. Para no dejar ver mis emociones cuando entra, le miro un momento breve; estoy más inquieta que nunca y espero no ruborizarme mucho traicionando mi falsa despreocupación por su llegada. Cuando acaba llegando a la barra le miramos de reojo, esperando que se dé prisa en recoger ese sobre tan visible junto a él. Se gira de repente hacia mí y, al sentirme descubierta, cambio de inmediato la dirección de mi mirada. Hoy no hay la misma armonía en nuestro encuentro, los últimos acontecimientos nos han dejado más inquietos de lo habitual, tampoco él es el mismo de siempre. Este momento incómodo se rompe cuando tira el sobre al suelo sin darse cuenta. Cuando lo recoge, se levanta lentamente mirando el misterioso destinatario impreso en el sobre, junto a una florecilla que he dibujado mientras estábamos ya en la calle, para ayudarle a descifrar el mensaje y hacerle entender que es él el que tiene que abrir el sobre. Cuando vemos que lo está abriendo, aprovechamos para salir a escondidas, sin que se dé cuenta, para luego alejarnos por la calle.

Lo único que me molesta es que tengo que esperar dos días completos para ver cómo proseguirá nuestro juego y ya sé que será un fin de semana larguísimo. Por suerte, ha coincidido con un pequeño viaje que tenía previsto desde hacía tiempo y al final de la tarde parte en un tren que me llevará a Venecia, a conocer a la hija de una de mis primas, nacida hace unos pocos meses. El marido estará fuera estos días y así aprovecho para echarle una mano y estar juntas, pues hace mucho que no nos vemos. Hoy acabo pronto de trabajar, aprovechando unas horas de permiso pedido anticipadamente para no tener sorpresas de última hora. En casa me espera mi bonita y pequeña maleta, ya lista con todo lo necesario para estas dos noches fuera de la ciudad. Me pongo unos cómodos vaqueros ajustados para luego introducirlos en mis zapatillas deportivas, llevando encima un jersey azul y marrón, cálido y poco voluminoso, imprescindible en mis viajes invernales. Me pongo enseguida de nuevo el abrigo, además de la bufanda y el sombrero, lista para enfrentarme a Venecia en este periodo del año. Hace semanas que espero este viaje y por suerte parece que el tiempo nos ayudará dándonos dos días soleados y no excesivamente fríos para la estación. Para asegurarme de no llegar tarde, junto al portal me está esperando ya un taxi, que me llevará a la estación de tren. En cuanto me siento y cierro la puerta, me siento como en vacaciones. Durante el trayecto, verifico las últimas cosas, ordeno los billetes y preparo el dinero para pagar la carrera. En diez minutos, ya estamos en la entrada de la estación, en un horario perfecto para la partida. En cuanto llego al tablón de salidas, busco mi tren con la mala noticia de que tendrá un retraso de media hora. Por una parte, doy gracias al cielo de que solo sea este poco retraso y aprovecho para darme una vuelta por las tiendas, renovadas en los últimos años, formando así un verdadero centro comercial debajo de los andenes, en una especie de mundo subterráneo. Están todas las marcas de moda, sobre todo entre las chicas más jóvenes y se suceden los sitios de comida rápida entre olores y una atractiva publicidad llena de colores, que ofrece comida abundante por pocos euros.

A esta hora hay mucho movimiento en esta parte de la estación, entre los que llegan o deben irse y quienes sencillamente han venido a hacer compras sin preocupaciones y con un acceso fácil. Me paro a comprar una botella de agua en una tienda con distribuidores automáticos de aguas de todo tipo. Antes de elegir, las miro todas, fascinada por tanta variedad de un producto tan sencillo: mineral, natural, carbonatada, poco carbonatada, con gas, sin contar con la que contiene más o menos sodio y demás. En resumen, resulta difícil incluso elegir qué agua beber hoy en día. Para no equivocarme, elijo una marca que conozco y continúo mi paseo mirando de vez en cuando el reloj, para no quedarme en Roma. Cuando por fin llega mi tren, subo de inmediato al vagón indicado en el billete y me pongo en mi sitio. Conecto la tableta a la wi-fi pública de la estación y compruebo los últimos mensajes, esperando siempre encontrar su contacto. Desilusionada al haber recibido solo correos de publicidad y algunas respuestas a mensajes del trabajo, apago todo y espero a oír el pitido que avisa de la partida.

Cuando el tren empieza a moverse, cierro los ojos, arrullada por la creciente velocidad sobre los raíles que deslizan bajo mis pies. Ese sonido me lleva atrás en el tiempo, a cuando de niña iba a la montaña con mi grupo de amigos del barrio. Salíamos siempre de noche y casi no se dormía durante todo el trayecto. Siempre había alguien que llevaba una guitarra y la tocaba en los vagones, con todos los demás apiñados y cantando. Algunos de nosotros nos quedábamos en los pasillos, para mirar fuera por las grandes ventanas la oscuridad solo iluminada por las farolas de la carretera, que pasaban rápidamente dejando atrás una pequeña estela de luz. El sonido del tren sobre los raíles, siempre igual, como una cantinela que hacía de fondo a las voces corales y el sonido de la guitarra. Viajes largos que volaban en la euforia de las vacaciones lejos de casa, de las familias, de la escuela… dispuestos para la aventura que solo puede dar la montaña en las tiendas de campaña. El mismo tren nos volvería a ver después de diez días pasados completamente inmersos en la naturaleza, entre el verde de los árboles y el frío de los arroyos en que se convertían en manantiales, tanto para bañarse como para lavar los platos de la comida. El mismo tren que nos devolvería a casa, cansados pero felices como nunca, con la mochila llena de ropa sucia y muchas aventuras que contar. Entonces no había móviles ni Internet que distrajeran nuestra atención de lo que nos rodeaba y el único contacto con casa era una llamada telefónica realizada a mitad de la semana, desde una cabaña muy alejada del campamento. Y se vivía muy bien…

Cuando vuelvo a abrir los ojos, estoy sola y tras la ventana todavía es de día. Estoy hechizada por el territorio que me rodea y parece que este largo medio de transporte se lo estuviera comiendo con su correr desenfrenado. Su sonido es el mismo de hace años, su cadencia regular resulta inmutable, solo yo he cambiado, pero tengo la misma sonrisa de siempre, que por fin ha vuelto a brillar en mi rostro cansado y marcado por los acontecimientos de mi vida. Me entretengo tomando algunas fotos a través del cristal de la ventana. Por suerte, mi sitio está junto a la ventana y por eso puedo admirar sin molestias el escenario que cambia repentinamente delante de mis ojos. Me entretengo modificando las fotos tomadas con las aplicaciones que ahora tienen todos los teléfonos y publico algunas en mi perfil. Miro el correo, aunque veo que no hay ningún mensaje nuevo. Nada, ningún rastro de mi misterioso amigo del bar, que probablemente no sepa ni dónde ni cómo encontrarme.

Delante de mí estada sentada una pareja, tendrán más o menos mi edad. Desde que salimos, él no ha hecho otra cosa que telefonear con sus auriculares de última moda y jugar con su smartphone. Ella tiene una cara apática y, sin haber dicho ni una palabra desde que se sentó, tiene la mirada perdida en el pasillo central, tal vez mirando algún punto inexistente delante de ella. Luego toma una bolsa de patatas del bolso, se lo pasa a él, que hace un gesto de negación con la cabeza mientras continúa escribiendo a toda velocidad en el teclado virtual. Con el mismo estado de ánimo, empieza a comer las patatas, con gesto lento y casi forzado. No hay emoción en sus ojos, siempre perdidos en el vacío. De pronto se detiene, avisada por la vibración de su celular de la llegada de un mensaje, que lee rápidamente, pero con un brillo en los ojos que no había tenido hasta ahora. Mientras se guarda el teléfono, con la misma velocidad que lo había sacado del bolsillo de su abrigo, veo una ligera sonrisa en sus labios y una pequeña lágrima que le surca la cara, secada rápidamente con la mano mientras se gira hacia el lado opuesto al que está sentado su marido. Luego vuelve a comer sus patatas, retornando a su mundo ausente e indiferente a todo lo que ocurre a su alrededor. Empiezo a imaginar quién puede haberle escrito, que la ha hecho resucitar de un estado de trance y aburrimiento, cuando también a mí me llega un mensaje que me devuelve a la realidad de mi vida. Busco mi teléfono en el bolso, con tanta prisa que hago caer algunas de las cosas que había en su interior. Mi compañera de viaje se mueve de inmediato y me ayuda a recuperar lo que se ha desperdigado por el suelo del vagón, lo que nos hace andar adelante y atrás para recuperar mis objetos personales, como su fuera un ballet sin fin. Le doy las gracias e intercambiamos una sonrisa de complicidad y así entiendo que lo suyo es solo una gran soledad, que quiere romper con la primera persona que tenga a su alcance. Tomo por fin el teléfono: es mi prima de Venecia que me dice que nos encontraremos fuera de la estación, donde me espera con el automóvil. Le contesto comentándole el pequeño retraso y vuelvo al guardar mi teléfono, es vez en el bolsillo del bolso, para poder recuperarlo más fácilmente la próxima vez. En cuanto mi «nueva amiga» se da cuenta de que he acabado de luchar con la tecnología, empieza a hablar conmigo:

—También a mí se me caen siempre cosas del bolso.

Con sus primeras palabras, el marido se sobresalta, casi asombrado de haber oído la voz de su mujer saliendo de sus cuerdas vocales. Luego vuelve a jugar de nuevo con su teléfono, con un aire de fastidio por nuestra conversación. Seguimos hablando de nuestras cosas hasta llegar a Venecia, sin darnos cuenta de que el sol ya ha dado paso a la oscuridad y nos intercambiamos también nuestros datos de contacto para tal vez vernos delante de una pizza una vez estemos de vuelta en Roma. No viven muy lejos de mí y, al no tener hijos, podría ser divertido organizar una salida de chicas, algo que no ha hecho desde hace cinco años, cuando se casó con su amor de toda la vida. No sé si la volveré a ver, pero ver el entusiasmo por la sola idea de nuestra pizza al sol me ha dado la esperanza de que pueda recuperar las riendas de su vida y salir de una rutina hasta ahora muy aburrida. Tal vez lo haga quien la mandó ese mensaje tan intrigante como para hacer que surgiera incluso una lágrima. Tal vez algún día pueda preguntárselo y saciar mi enorme curiosidad. Nos despedimos como su fuésemos grandes amigas, dándome él solo un frío adiós y cada uno seguimos nuestro camino.

Conozco muy bien la estación, ya he venido otras veces a ver a mi prima Giò, así que estoy en la salida tras unos pocos pasos, delante de su coche, lista para nuestro gran abrazo habitual. Toco en la ventanilla mientras ella, al volante con el motor apagado, está trajinando con su teléfono con la mirada absorta en sus pensamientos. En cuanto me ve, ahoga un grito para no despertar a la niña que está en la sillita colocada en los asientos posteriores y sale del automóvil casi deslizándose fuera para luego lanzarse a mi cuello a llenarme de besos. La última vez que nos habíamos visto acababa de saber que estaba encinta y nos habíamos regalado un fin de semana todo para nosotras a mitad de camino entre Roma y Venecia, sin saber cuándo nos podríamos volver a ver. Y aquí estamos, hoy tres, con un cambio de escenario, pero siempre muy unidas y en contacto constante gracias a los medios que existen hoy para seguir la vida de los demás. Sin abrir el portón trasero, me quedo mirando ese maravilloso pastelito rosa, rollizo y dormido como en un nido. Nos quedamos las dos en silencio, tras la alegría del primer encuentro, tranquilizadas por esa hermosísima visión que es la nueva vida que se asoma delante de nuestras miradas enmudecidas.

La siguiente etapa es la pizzería poco alejada de su chalet adosado, un poco fuera de Venecia. Al no saber bien a qué hora iba a llegar, ya nos habíamos puesto de acuerdo para una cena rápida a tomar en casa después de recogerla para llevar. Una vez llegadas a casa, no hemos tenido que hacer otra cosa que preparar rápidamente la mesa de cristal del cuarto de estar, sentarnos y empezar a comer la pizza todavía caliente y la cerveza en lata, sin pajita ni vaso. La pequeñina, que entretanto se había despertado y había sido amamantada por su mamá, está de nuevo durmiendo en su cuna en el piso de arriba, vigilada por esos intercomunicadores especiales pensados para bebés. Así que, en lugar de la música a un volumen alto de cuando éramos jóvenes, ahora estábamos sentadas a una mesa picoteando sin mucho entusiasmo, mientras teníamos de fondo la respiración minúscula de la niña que dormía. Una escena que nos llena el corazón de muchas emociones, hasta que me pide que le cuente mis últimas novedades amorosas.

Cuando comienzo con la historia del bar, se le iluminan los ojos: ahora ocupada casi exclusivamente con pañales, lactancias nocturnas y pocas salidas de casa para ir al pediatra o como máximo al supermercado de debajo de casa, oír una historia que no incluya bebés era lo que necesitaba para distraerse un poco. En esos últimos meses el marido había vuelto a viajar bastante, para ganar algo más ante el nacimiento de la niña, algo que ha continuado haciendo después, a la vista de que ganaba bastante y también como una pequeña evasión de la vida cotidiana que ayuda a mantener en pie un matrimonio ya consolidado. Así que sus días se habían enriquecido por su nueva identidad, despojándola sin embargo de todo lo que quiere decir ser esposa y mujer satisfecha. Pero son etapas y su madurez se ve precisamente en la fuerza con la que se está enfrentando a estos momentos, de vivir completamente dedicada a su pequeña que cambia muy velozmente día tras día.

Hemos pasado los siguientes días casi exclusivamente en casa, a la vista del mal tiempo que hemos tenido este fin de semana, a pesar de las previsiones que iba a hacer bueno, y la pequeña que todavía deja muy poco tiempo entre una lactancia y otra. Ha sido estupendo poder hacerle caricias todo el tiempo y me ha dado unas enormes ganas de maternidad. Nunca me había visto como madre hasta este momento, ni siquiera cuando estaba con Carlo. Lo hablábamos a menudo, pero tal vez más con la idea de un deber que con un verdadero deseo.

Dos

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