Читать книгу Pensamiento educativo en la universidad - Fabiola Cabra Torres - Страница 12
ОглавлениеLuis Felipe
Silva Garavito,
in memoriam
LUIS FELIPE SILVA GARAVITO
CARLOS JULIO CUARTAS CHACÓN
Asesor de la Rectoría
Pontificia Universidad Javeriana
Fue un ingeniero, y sin embargo, todos lo llamábamos “doctor”, a la usanza de entonces, en señal de respeto. Era el doctor Silva, o el doctor Luis Felipe, profesor de la Facultad de Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Javeriana, que solo a partir de 1980 se denominaría Facultad de Ingeniería, y que finalmente reunió todas las carreras de nuestra profesión.
En 1973 fui su alumno en Topografía y a su lado conocí los teodolitos, la mira y la plomada. Un año después, sería mi profesor de Diseño de acueductos, materia que enseñaba con base en un libro suyo, publicado de manera sencilla y con una carátula a dos tintas, que resultaba inconfundible. En el siguiente semestre, de nuevo tuve clases con él, las de Diseño de alcantarillados, tema que también estaba cubierto en aquel texto. De esta forma, durante tres semestres de mis estudios de Ingeniería Civil tuve el privilegio de ser discípulo de uno de los profesores que hacía parte de los mayores, junto al doctor Alfredo D. Bateman y el padre José Gabriel Maldonado, los tres nacidos al final de la primera década del siglo XX, —ninguno había cumplido setenta años cuando los conocí—, todos respetables y, sobre todo, respetados, no solo por los alumnos, sino también por sus colegas.
Su oficina estaba ubicada en el segundo piso del Laboratorio de Hidráulica, un inmenso galpón con cerramiento de paredes y techos con tejas de Eternit; subiendo la larga escalera y hacia mano izquierda, en la última puerta estaba el letrero, PROFESOR, con su nombre, Luis Felipe Silva Garavito (Ingeniero), debajo del logo de la Javeriana, usado en los setenta y formado con las letras U y J, y el escudo pontificio. Era justo antes del acceso a lo que por unos cuantos años fue el salón con las mesas de madera para las clases de dibujo.
En 1973 fui su alumno en Topografía y a su lado conocí los teodolitos, la mira y la plomada. Un año después, sería mi profesor de Diseño de acueductos, materia que enseñaba con base en un libro suyo, publicado de manera sencilla y con una carátula a dos tintas, que resultaba inconfundible.
Ese costado del laboratorio, hacia los cerros, servía de parqueadero, el lugar donde estacionaba su Volkswagen de color verde claro, que él mismo conducía.
De esa oficina recuerdo el amplio y sólido escritorio sobre el cual extendíamos los planos que él debía evaluar; su biblioteca, con libros como el Tratado de hidráulica, de Philipp Forchheimer (Labor, 1935), con su firma, pequeña y discreta, en la portada interna, y su sello; una edición de Resistencia de materiales, de Julio Carrizosa Valenzuela (Minerva, 1940); Elementos de geometría, de G. M. Bruño (París - México, D. F.); Eléménts de Geométrié, de F. J. (Tours, 1913), y Tablas para el cálculo de tuberías - ACODAL, supervisadas por Jorge Arboleda Valencia; y por supuesto, dos elementos claves: el sacapuntas de manivela, adosado a una superficie de madera; y la calculadora mecánica, marca Facit —una maravilla del ingenio humano, que facilitaba las cuatro operaciones—, también con manivela, que junto a la regla de cálculo y las tablas de logaritmo permitían a los ingenieros realizar las operaciones necesarias en sus proyectos. Porque fue precisamente en esos años, a mediados de los setenta, que empezaron a llegar las calculadoras electrónicas y que el computador, basado en tarjetas perforadas y papel listado, rayas verdes y blancas, tuvo su estreno; pero no llegaron para las clases del doctor Luis Felipe en nuestra época. Además, siempre se pensó que la habilidad mental que exigían las operaciones sin calculadora y computador favorecían el desarrollo de nuestra inteligencia. No pocos creían firmemente en los efectos negativos que tenía sobre la mente el apoyo excesivo en instrumentos electrónicos.
El doctor Luis Felipe no era de gran estatura ni contextura fuerte. Más bien parecía frágil. Su figura adquiría cierta solemnidad gracias a su impecable vestido, con chaleco y corbata. Impecablemente peinado, con bigote como el de su hermano Joaquín, su padre Pedro María y su tío, don Julio Garavito. Tal vez de tanto inclinarse para mirar en los teodolitos y los planos, parecía algo agachado. Su reloj de cadena, en el bolsillo del chaleco, que por lo general quedaba al descubierto cuando mantenía sus manos en los bolsillos del saco del vestido.
Pues bien, poco a poco fui conociendo la historia de ese profesor que se había hecho tan querido para mí y con quien compartía muchas horas en la Universidad. Alumno del Colegio de La Salle, donde obtuvo el grado de bachiller, continuó sus estudios en la Universidad Nacional de Colombia, institución que le otorgó el título de ingeniero civil el 4 de julio de 1939. Su diploma lleva las firmas de Julio Carrizosa Valenzuela y Vicente Pizano Restrepo, el primero, rector entonces de esa universidad, el segundo, examinador de la tesis y años después también rector. Estos dos colegas y su distinguido alumno se encontrarían nuevamente en la década del cincuenta, en las reuniones de profesores de la Javeriana.
En el diploma del doctor Luis Felipe apareció el escudo de la Universidad Nacional de Colombia que hoy nos es tan familiar y que incluye en uno de sus cantones la letra griega PI asociada a nuestra profesión y destacada en el emblema adoptado por la Sociedad Colombiana de Ingenieros en 1925. En el mosaico del doctor Luis Felipe de 1936 se encuentra, sin embargo, la letra griega FI, la misma que lucía en su anillo de grado, y como pin sujetaba en su sitio la corbata que lucía siempre el doctor Bateman. No conozco la razón de esta diferencia, por supuesto de interés para los amigos de la heráldica.
De su trayectoria profesional se recuerda su labor en Ferrocarriles Nacionales como ingeniero de proyectos; en la Gobernación de Cundinamarca, Secretaría de Obras Públicas, como Jefe de Proyectos; así como en la División de Ingeniería Sanitaria del Ministerio de Higiene, en el sector de Acueductos y Alcantarillados. También estuvo vinculado al Instituto Nacional de Fomento Municipal.
El doctor Luis Felipe fue profesor en la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de Santo Tomás. Su vinculación a la Universidad Javeriana se inició con la invitación que le hizo el rector, padre Emilio Arango, en carta fechada el 13 de febrero de 1951, donde tuvo a su cargo la primera clase en la recién creada Facultad de Ingeniería Civil. Su labor docente mereció el reconocimiento del Alma Mater, primero en 1959, cuando lo admitió a la comunidad de honor de la Orden Universidad Javeriana en el grado de Comendador, y años después, en 1980, al conceder su ascenso al grado de Cruz de Plata. También en nuestra Universidad, el doctor Luis Felipe fue distinguido como profesor titular, en 1955.
La familia del doctor Luis Felipe merece consideración especial en una reseña sobre su vida. Fueron sus padres Pedro María Silva Fajardo (1875-1947) y María Teresa Garavito Armero (1877-1927). De su progenitor, bogotano, debe decirse que fue un egresado destacado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia, donde había recibido su título de ingeniero civil; que en 1939 —año en que recibió su matrícula profesional, la n.º 55—, en la sesión solemne de la Sociedad Colombiana de Ingenieros que tuvo lugar el 31 de mayo, con asistencia del presidente de la República, Eduardo Santos, se le otorgó la distinción de Socio Honorario “en reconocimiento de sus importantes servicios a la profesión”, según lo anotó el presidente de la corporación, ingeniero Jorge Acosta Villaveces. Para entonces, era considerado como uno de los tres profesores más antiguos de la Facultad de Matemáticas e Ingeniería de la Universidad Nacional de Colombia; en efecto, lo fue por más de cuarenta años. Los otros dos eran los expresidentes de la Sociedad: Alberto Borda Tanco y Ricardo Lleras Codazzi; todos ellos habían sido declarados el año anterior profesores honorarios de su Alma Mater (Anales de Ingeniería n.º 537, mayo de 1939). De 1915 a 1932, el profesor Silva Fajardo ocupó diversos cargos en la dirección de la corporación, siendo en los años 1929 y 1930 su secretario (Anales de Ingeniería n.º 662, julio de 1955). Con ocasión de su muerte, la Sociedad aprobó el 11 de agosto de 1947, una resolución en la cual “rindió homenaje de admiración y respeto a su memoria” (Anales de Ingeniería n.º 613-615, febreronoviembre de 1947).
En relación con Garavito, el segundo apellido del doctor Luis Felipe, se debe recordar una distinguida familia bogotana, de grandes ingenieros y hombres de ciencia en Colombia, el más sobresaliente de ellos, Julio Garavito Armero, hermano de María Teresa —la esposa de Pedro María—, que fue la menor de los siete hijos del matrimonio que formaron, en 1858, Hermógenes Garavito Oropesa (1829-1881), bartolino y comerciante, y Dolores Armero (f. 1900); el quinto hijo, Justino, también ingeniero civil y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, ocupó el cargo de director de la Oficina de Longitudes. Debemos destacar que los retratos de Julio y Justino Garavito, así como el de Pedro María Silva, se pueden apreciar en distintos mosaicos de la Universidad Nacional de Colombia, entre ellos el de la promoción de Laureano Gómez, de 1908 —que está exhibido en una sala de la Facultad en el edificio de Ingeniería, que hoy lleva el nombre de Julio Garavito— en el cual también aparecen los profesores Alberto Borda Tanco y Ricardo Lleras Codazzi. Todos estos datos de la familia Garavito se encuentran presentados con detalle en el Tomo III de la obra Genealogías de Santa Fe de Bogotá (Mons. José Restrepo Posada y otros, editores. Editorial Gente Nueva, 1993); y, por supuesto, en el libro de Gonzalo Garavito Silva, La vocación científica de los Garavito (Sociedad Geográfica de Colombia, 2016).
Siempre se pensó que la habilidad mental que exigían las operaciones sin calculadora y computador favorecían el desarrollo de nuestra inteligencia. No pocos creían firmemente en los efectos negativos que tenía sobre la mente el apoyo excesivo en instrumentos electrónicos.
De don Julio, “el sabio Garavito” (1865-1919), que alcanzó gran renombre en vida, debemos recordar que obtuvo su título de bachiller en Filosofía y Letras en el Colegio San Bartolomé y estudió en la Universidad Nacional de Colombia, donde obtuvo los títulos de profesor de matemáticas y de ingeniero civil. Catedrático de la Escuela de Ingeniería y director del Observatorio Astronómico Nacional, fue miembro fundador de la Sociedad Geográfica, Director de Anales de Ingeniería y Presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros. Además de su importante obra, también dejó escritos sobre economía política y crítica filosófica. Casado con María Luisa Cadena, no tuvo descendencia.
En cuanto a Justino, fue el padre de seis hijos, cuatro ingenieros; Isabel, la menor, se casó con Arturo Ramírez Montúfar (1911-1999), notable ingeniero y matemático, que fue rector de la Universidad Nacional de Colombia y años después, rector de la Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito.
También son descendientes de los Garavito Armero, José María Garavito Baraya (n. 1914), fundador del Laboratorio de Ciencias Forenses que lleva su nombre; y el ingeniero Clemente Garavito Baraya (1918-1999), que fue Director del Observatorio Astronómico, fundador y director del Planetario de Bogotá, y presidente de la Sociedad Geográfica de Colombia.
Ahora bien, en el hogar formado por Pedro María Silva Fajardo y María Teresa Garavito Armero nacieron cuatro hijos: Joaquín, Alicia, Luis Felipe —nuestro ilustre biografiado— y Daniel. El mayor fue también ingeniero y profesor en la Universidad Javeriana —su foto aparece junto a la del doctor Luis Felipe en los mosaicos de los Ingenieros Civiles de nuestra Universidad por los años sesenta—; casado con María Amalia Fajardo Páez, fue el padre de Álvaro Silva Fajardo, Ingeniero Civil de la Javeriana, de la promoción de 1969, quien fue secretario, profesor y decano académico de la Facultad.
Por su parte, el doctor Luis Felipe, en 1942, contrajo matrimonio con Magdalena Fajardo Páez, doña Magola —hermana de la esposa de Joaquín, su hermano mayor— y en el hogar que formaron, nacieron cinco hijos, entre ellos Germán y Camilo, ingenieros civiles, graduados en la Universidad Javeriana, el primero de ellos profesor de la Facultad, Presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros y de la Cámara Colombiana de la Infraestructura.
Como puede verse, el entorno familiar del doctor Luis Felipe estaba estrechamente relacionado con el mundo de la ingeniería y de las ciencias, lo cual explica muchos de sus rasgos. Por ejemplo, según recordaba Germán en una larga conversación que tuvimos, él tenía un ojo extraordinario; de esta forma podía formular al alumno la pregunta más temida: “¿Cómo calculaste esto?”. Sus anotaciones frente a un error manifiesto siempre serían comentadas: “A ver viejito: ¿El agua para dónde baja?”. A juicio de su hijo, que fue también discípulo suyo, la cualidad más importante de su padre fue la generosidad con el conocimiento: lo compartió totalmente, sin reservas. No fue egoísta, enseñaba todo lo que sabía y esta cualidad quedó reflejada en sus libros. En efecto, no eran unas obras teóricas sobre la materia, sino unos verdaderos manuales, para nada complicados, con ábacos y tablas que se utilizaban en la práctica para el diseño. Incluía ejemplos con casos resueltos.
A juicio de su hijo, que fue también discípulo suyo, la cualidad más importante de su padre fue la generosidad con el conocimiento: lo compartió totalmente, sin reservas. No fue egoísta, enseñaba todo lo que sabía y esta cualidad quedó reflejada en sus libros.
Se trataba de explicar claramente cómo se hacían las cosas, la aplicación de las teorías. De esta forma, estaba formando a quienes serían su competencia en el mundo laboral. A propósito, Ingenieros Sanitarios y Estructurales Asociados, I.S.E.A. fue la firma que crearon el doctor Luis Felipe, Joaquín y el hijo de éste, Álvaro, a su regreso de Inglaterra.
Sus clases eran buenas, frente al tablero, con tiza en mano, y uno que otro cigarrillo. ¡Eran otros tiempos! Vestía gabardina y llegaba a la clase, como a todos sus compromisos, con gran puntualidad. Llamaba a lista y cerraba la puerta. Sus clases eran amables, sin intimidación alguna: “iba a enseñar y no a rajar”, subrayaba Germán; y de esa manera hacía que los alumnos se enamoraran, es decir, los motivaba, como lo hace un genuino educador.
Otro rasgo distintivo del doctor Luis Felipe fue su rectitud a toda prueba. Al respecto, Germán me contó una anécdota que tuvo lugar cuando él trabajaba en la oficina de su padre. Resulta que, en una ocasión, el doctor Luis Felipe formuló una pregunta en clase que uno tras otro de sus alumnos no pudieron contestar. Sabiendo que su hijo no había estudiado, porque había estado toda la tarde trabajando en la oficina, también lo pasó al tablero y le hizo la misma pregunta. “No sé, papá”, fue la respuesta de Germán, frente a todos sus compañeros, la cual no sorprendió en absoluto al profesor que, seguramente, debió pronunciar en seguida una muy conocida expresión: “Sentate”. Para él no había excepciones.
Sus clases eran amables, sin intimidación alguna: “iba a enseñar y no a rajar”, subrayaba Germán; y de esa manera hacía que los alumnos se enamoraran, es decir, los motivaba, como lo hace un genuino educador.
Junto a su padre, y bajo su cuidadosa dirección, el hijo aprendió a dibujar. El doctor Luis Felipe era un gran dibujante: templaba las hojas, los pliegos, con cinta colocada en diagonales, y hacía los trazos con lápiz, para pasarlos luego a tinta. La precisión era su norte, milimétrica —no olvidaba los 2 mm del espesor de un empaque— porque “no era chambón”, anotaba Germán. Era riguroso, lo que coloquialmente corresponde a “cositero”; es lo que hoy se plantea como control de calidad. Y esta cualidad la había heredado del ingeniero y profesor Pedro María Silva Fajardo, su padre. Por ejemplo, al trazar una línea, giraba la punta del lápiz, para asegurar que la mina se mantuviera pareja. Como en el caso de Germán, se podía decir que fue el papá quien le enseñó al doctor Luis Felipe a ser ingeniero. Sin duda alguna, el impresionante sentido de responsabilidad, evidente en el doctor Luis Felipe, hizo parte de la herencia recibida de un padre no menos ilustre.
Estudiaba, investigaba, rayaba y hacía anotaciones, complementaba. Sus huellas quedaron en los libros que pasaban por sus manos. Él mismo corrigió, de puño y letra, unos apartes de la aritmética de Bruño, texto clásico en el que hoy podemos apreciar sus anotaciones; y en una pequeña pasta de argollas consignó sus apuntes, también manuscritos, para la clase de Geometría analítica. Debemos recordar que el doctor Luis Felipe fue el autor de libros ampliamente utilizados para la enseñanza de acueductos y alcantarillados y de purificación de aguas.
En el 2003, cuando inauguramos la Sala Museo Jaime Cabrera Tejada en nuestra Facultad de Ingeniería, exhibimos varios documentos y objetos que habían pertenecido al doctor Luis Felipe. En el discurso que leí en aquella ocasión, 26 de mayo, hice un elogio de cinco ingenieros colombianos, Francisco José de Caldas, Jaime Cabrera Tejada, Alfredo D. Bateman, el doctor Luis Felipe y Julio Garavito. Dije en aquella ocasión lo siguiente: “Desconozco si la habilidad que demostró con el teodolito y otros instrumentos de ingeniería la alcanzó también con el uso del sable que recibió como subteniente del Ejército Nacional”.
En todo caso, “el sable de Luis Felipe”, recuerdan hijos y sobrinos, garantía de seguridad en el hogar, era evocado al menor ruido detectado. Pero fue en otro campo, en el fotográfico, donde dejó pruebas inequívocas de su habilidad. Las impresiones que hoy podemos apreciar, tomadas con una cámara Rolleiflex, así lo demuestran. Otro instrumento que debió llamar su atención a temprana edad fue la pianola que pertenecía a la familia. El doctor Luis Felipe debió oír con frecuencia decir al ilustre tío, “Tócate la patética”, y a renglón seguido escuchar los acordes de la célebre y no menos sentida sonata de Beethoven que fascinó a Julio Garavito.
La muerte del doctor Luis Felipe, ocurrida el 18 de agosto de 1983, fue en cierta forma sorpresiva. Una corta enfermedad de este hombre que apenas llegaba a sus 73 años de edad, y que no concebía la vida sin su actividad docente, complicó rápidamente su salud. Su velación tuvo lugar en la Capilla de Nuestra Señora del Camino, junto a la Facultad de Ingeniería; y sus exequias en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, de los jesuitas. Entonces tuve el privilegio de pronunciar, profundamente conmovido, unas breves palabras, en mi nombre y también en el de la Asociación de Ingenieros Javerianos —era yo su presidente— para expresar nuestra gratitud y admiración, lo mismo que el pesar que nos embargaba:
¿Cómo olvidar sus clases de Topografía —preguntaba yo— llenas de indiscutible precisión? ¿Cómo pensar en poligonales o teodolitos sin recordarlo a usted? ¿Cómo olvidar su atención amable a las preguntas e inquietudes que siempre nos surgían? ¿Cómo pensar en el agua corriendo presurosa por el Laboratorio de Hidráulica sin recordar su alegría y emoción al contemplarla en canales y tuberías? ¿Cómo olvidar su afán de definir horarios y salones para poder sus clases iniciar? ¿Cómo pensar en acueductos y alcantarillados sin recordar el libro de Luis Felipe Silva?
Hice entonces una apretada descripción de su perfil: “Ejemplar, sereno, serio, sencillo, honesto, dedicado, detallista, gentil, señor, gallardo, hombre sabio que un día abrió las puertas para que naciera la ingeniería javeriana, y a ella entregó lo mejor de su vida, sin reserva alguna”.
Hoy, los restos del doctor Luis Felipe descansan junto a los de doña Magola, su señora, en una tumba de Jardines de la Inmaculada, al norte de Bogotá, justo al lado de las de su hermano Joaquín y su esposa. Poco después, en Anales de Ingeniería n.º 820, de 1983 (cuarto trimestre), apareció el obituario del doctor Luis Felipe. De igual manera en la revista El Ingeniero Javeriano n.º 5 de octubre de 1983, se rindió homenaje a quien había sido el “profesor fundador de la Facultad”, apenas unas páginas adelante de aquellas en que se reseñó la noticia sobre la despedida que se le había hecho el 15 de abril al padre José Gabriel Maldonado, S. J., quien había concluido su labor como decano del Medio Universitario de la Facultad. En la foto de ese acto aparece precisamente el doctor Luis Felipe entregándole una placa al padre Maldonado. Años después, yo escribiría un corto texto titulado “Maldonado, Bateman y Silva” —habían nacido en orden inverso, Maldonado en 1908, Bateman en 1909 y Silva en 1910— publicado en la revista El Ingeniero Javeriano n.º 15, de febrero de 1989.
Dos años después, el 8 de octubre de 1985, el rector de la Universidad, P. Jorge Hoyos, S. J., atendiendo la solicitud que le formulara el Consejo de la Facultad de Ingeniería y previo concepto favorable del Consejo Directivo Universitario, promulgó la Resolución n.º 303, por medio de la cual le concedió al doctor Luis Felipe, de manera póstuma, la distinción de Profesor Emérito de Acueductos y Alcantarillados. Se consideró especialmente, por una parte, que se había desempeñado brillantemente como profesor de Geometría, de Topografía y de Acueductos y Alcantarillados, cátedra esta última que ejerció por más de veinte años con gran espíritu académico, vocación científica y espíritu de servicio al país, y por otra que como docente había sido el forjador de muchos profesionales de la ingeniería que hoy se desempeñan con altura académica y responsabilidad social. También el rector exaltó sus calidades profesionales, académicas y humanas y agradeció públicamente todos sus aportes a la Universidad, a la vez que propuso su nombre como ejemplo del profesor comprometido y responsable y del profesional al servicio del país.
Sin lugar a dudas, la huella del doctor Luis Felipe perdura en la Javeriana, en la Biblioteca General, en el Archivo Histórico Juan Manuel Pacheco, S. J., y en ese monumento levantado cerca de la Facultad de Ingeniería, no lejos del laboratorio que por muchos años llevó su nombre, donde se erige su busto en bronce, obra del maestro Alejandro Hernández, donado en 2010 por su hijo Germán. Así se quiso conmemorar el centenario de su natalicio. Allí se reubicó la placa que la Asociación de Ingenieros Javerianos había colocado en su honor, en el patio de la Facultad, en febrero de 1984, seis meses después de su fallecimiento.
Para terminar este ensayo biográfico que hace parte de una obra importante de la Universidad dedicada a sus grandes profesores, resulta pertinente reproducir otro aparte de las palabras que pronuncié en sus funerales: “Usted, doctor Luis Felipe, hizo de su vida un canto a la docencia. Usted sabía bien que para ser maestro hay que amar en verdad la docencia y hacer que en ella florezca el afecto. Porque tanto para enseñar como para aprender, se necesita un maestro y un alumno, que unidos por el amor a la verdad, caminen juntos por el sendero de la vida. Y por eso aprendí a admirarlo, a respetarlo, y también a consentirlo, ¡a quererlo!... Sí, mi querido profesor, ¡siempre lo vamos a extrañar!”.
Usted, doctor Luis Felipe, hizo de su vida un canto a la docencia. Usted sabía bien que para ser maestro hay que amar en verdad la docencia y hacer que en ella florezca el afecto.
TRAYECTORIA ACADÉMICA
• 1910
Nació en Bogotá, el 10 de agosto.
• 1920
Falleció su tío, el sabio Julio Garavito Armero.
• 1935
Ingresó como miembro del Ejército Nacional.
• 1939
Recibió el título de ingeniero civil en la Universidad Nacional de Colombia.
• 1951
Por invitación del rector de la Pontificia Universidad Javeriana, fechada el 13 de febrero, se vinculó como profesor de la Facultad de Ingeniería Civil.
• 1955
Fue designado profesor titular.
• 1959
Fue recibido como Comendador de la Orden Universidad Javeriana.
• 1970
Fue gerente de ISEA Ltda., cargo que desempeñó hasta 1976.
• 1973
Se publicó la tercera edición de su libro Diseño de acueductos y alcantarillados. Fue profesor en la Universidad de Santo Tomás.
• 1975
Se publicó su libro Diseño de plantas de purificación y la cuarta edición de Diseño de acueductos y alcantarillados.
• 1979
La Organización Panamericana de la Salud reconoció su labor académica y solicitó su autorización para utilizar algunos capítulos de su libro Diseño de acueductos y alcantarillados en cursos ofrecidos por esa entidad.
• 1980
Fue ascendido al grado de Cruz de Plata en la Orden Universidad Javeriana.
• 1982
Se publicó la octava edición de su libro Diseño de acueductos y alcantarillados.
• 1983
Falleció en Bogotá, el 18 de agosto. En forma póstuma fue proclamado profesor emérito de la Pontificia Universidad Javeriana. En Anales de Ingeniería n.º 820, (cuarto trimestre), apareció el obituario; y en la revista El Ingeniero Javeriano n.º 5 (octubre), se le rindió homenaje a quien había sido el “profesor fundador de la Facultad”.
• 1984
La Asociación de Ingenieros Javerianos, al conmemorarse seis meses de su muerte, colocó una placa en su honor en el patio de la Facultad de Ingeniería de la Javeriana. Hoy en la Javeriana n.º 845, del 5 de marzo, registró el homenaje.
• 2011
Con motivo del centenario de su natalicio, se descubrió un bronce que su hijo, Germán Silva, entregara a la Pontificia Universidad Javeriana.