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A estas alturas, quedará claro que necesitamos un instrumento para evaluarnos a nosotros mismos y discernir si estamos pensando espiritualmente o no. Debemos asegurarnos de que nuestras pruebas sean confiables. Permíteme mostrarte tres pruebas poco confiables.

Por ejemplo, las personas que disfrutan escuchar una buena predicación no necesariamente tienen una mentalidad espiritual. Hubo muchas personas en los días de Cristo que disfrutaban Su predicación. Pero, como enseñó Jesús en la parábola del sembrador, tan pronto terminaba la predicación, olvidaban lo que habían escuchado. Había personas que eran como el suelo pedregoso, como el suelo lleno de espinas y cardos, y como el suelo poco profundo (Mateo 13:18-22).

Por el otro lado, no negamos que al escuchar buenas predicaciones es cuando los creyentes reciben más ayuda para tener una mente espiritual. Sin embargo, a diferencia de los que solo son influenciados temporalmente por la predicación, los creyentes se benefician de ella de tres maneras importantes: su fe en Dios (no solo su conocimiento de Él) es estimulada, sus necesidades espirituales son satisfechas y su comprensión espiritual crece.

Por dar otro ejemplo, las personas que pueden orar con fluidez no tienen necesariamente una mentalidad espiritual. Hay gente que tiene una facilidad natural para expresarse, pero esa capacidad no prueba que sea espiritual. Los dones naturales hacen que los creyentes sean más útiles en el servicio de Cristo, pero lo que debe examinarse es si, junto con el don, también están presentes la humildad, la reverencia hacia Dios y el amor. El mero fervor en la oración no es una prueba de que surja de una mentalidad espiritual. El fervor y la elocuencia pueden deberse a que deseamos mucho algo, estamos muy preocupados por algo o tenemos una aptitud natural con las palabras.

Sin embargo, no debemos suponer que toda oración elocuente de alguna manera es una oración falsa. ¡Eso sería tan tonto como decir que debido a que el estiércol a veces huele mal, nunca debemos usarlo! Los dones naturales no son marcas indiscutibles de la mentalidad espiritual, pero pueden ser de gran ayuda para que la mente espiritual se exprese.

¿Cómo podemos estar seguros de que nuestras oraciones surgen de una mentalidad espiritual? Quizás de varias maneras: examinando nuestros motivos internos para orar. Quienes tienen una fe cristiana genuina sabrán si sus motivos son sinceros (1 Juan 5:10). Cuando la oración es un deleite para los creyentes, refresca sus espíritus, calma sus mentes y tranquiliza sus conciencias, entonces es oración verdadera (Salmo 36:7-9). Si la oración no tiene ese efecto sobre nosotros, necesitamos rogar humildemente que lo tenga. Además, cuando la oración va acompañada de un anhelo por comportarse de manera santa, entonces podemos decir que esa oración proviene de una mente espiritual. Los creyentes que oran correctamente tratan de vivir correctamente y evitar cualquier cosa que impida la piedad.

Si nuestras oraciones son expresiones de amor a Cristo, entonces podemos considerar que surgen de una mentalidad espiritual. Y, por último, si nuestras oraciones van acompañadas de acciones prácticas (Santiago 1:27), entonces podemos creer que son genuinas. Quien ora fervientemente por los demás, pero no hace nada para ayudarlos no tiene una mente espiritual. ¡Tal persona es como una señal vial que indica el camino, pero está quieta en el mismo lugar!

Algunas veces, los creyentes verdaderos pueden decir con pena: “No siento gozo al orar”. Esa carencia no prueba necesariamente que sus oraciones son solo palabrerías naturales. Si hay pesar porque no sienten gozo al orar, si al menos en ocasiones han conocido el gozo en la oración, y si ahora consideran la falta de él como un desafío para buscar más a Dios, ¡entonces que no dejen de orar! Los buscadores verdaderos a la larga encontrarán la sensación de la presencia de Dios en la oración.

Como un tercer ejemplo, a veces ocurre que escuchar a otros creyentes hablando sobre cosas espirituales puede despertar pensamientos espirituales en una persona (el triste hecho de que los cristianos de hoy en día [es decir, de los días de John Owen] hablen tan poco sobre las cosas espirituales muestra, aún más que los grandes pecados, cuán enfermiza se ha vuelto nuestra vida cristiana). Si los pensamientos espirituales solo son producidos por una estimulación externa, no pueden surgir de la mentalidad espiritual interna de una persona.

Podemos ponernos a prueba preguntándonos si nuestros pensamientos espirituales son como los pasajeros que visitan un hotel o como los niños que viven en casa. Hay alboroto y bullicio temporal cuando llegan los invitados, pero al poco tiempo se van y son olvidados. Entonces el hotel es preparado para otros huéspedes. Lo mismo sucede con los pensamientos religiosos que solo son ocasionales. Por el contrario, los niños pertenecen a su casa. Se les extraña si no vuelven a casa. Se hacen preparaciones continuas para que se alimenten y estén cómodos. Los pensamientos espirituales que surgen de la mentalidad espiritual verdadera son como los hijos de una casa: siempre se les espera y si no están, de seguro se investigará la razón.

Cómo ocuparse del Espíritu

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