Читать книгу La predicación bíblica transformadora - Jonathan Lamb - Страница 11
ОглавлениеPreludio
Me encanta la iniciativa de obsequiar copias de los Evangelios a estudiantes universitarios no cristianos alrededor del mundo. Una vez me describieron esta labor como si se colocaran pequeños explosivos que cambian radicalmente los corazones y las mentes de los estudiantes. Me encanta encontrar una Biblia de los gedeones en mi cuarto de hotel y me acuerdo de las historias de vidas que fueron transformadas al abrir las páginas de la Biblia y encontrarse con el Dios viviente. Ya sea en momentos de felicidad o tristeza, en tiempos difíciles o de incertidumbre, me encanta leer las Escrituras y descubrir que mi vida se redirige hacia una historia distinta, hacia otra lectura de la realidad. Me encanta cuando me reúno con una congregación, ya sea grande o pequeña, y juntos nos adentramos en la presencia de Dios mientras se proclama la Biblia, nuestro discipulado recibe nuevos retos, nuestra alabanza se renueva y nuestras vidas espirituales reciben aliento. La Palabra de Dios es dinámica, transforma los corazones y las mentes, logrando así restaurar vidas rotas, renovar las iglesias e incluso a comunidades enteras.
¿Puedes imaginarte el estado de ánimo de los que se reunieron en el centro de Jerusalén aquel día? Luego de haber podido finalmente regresar a casa tras haber estado muchos años deportados en una tierra pagana, anhelaban la restauración, no solamente la reconstrucción de los muros derribados de la ciudad, sino también la restauración de sus familias y de su propia nación. Nehemías 8 nos presenta un encuentro extraordinario, cuando el pueblo de Dios da inicio a su camino de renovación.
La historia en el capítulo 8, ubicada a la mitad de las memorias de Nehemías, nos señala que, al haber finalizado la reconstrucción de los muros de Jerusalén, el verdadero cimiento de la comunidad restaurada será la Palabra de Dios. Nehemías sabía cuán estratégico sería esto, así que se aseguró de que Esdras, el maestro erudito, pase a primer plano.
El texto posee dos características que demuestran que Esdras y Nehemías creían que la Palabra era el cimiento de todo lo demás que estaba por venir: el carácter central y la autoridad de la Palabra.
El carácter central de la Palabra
Para el pueblo de Dios, el séptimo mes era uno donde se celebraba una gran fiesta religiosa, y lo primero que hicieron fue pedir la lectura de las Escrituras. Era el deseo del pueblo que se leyera la ley: «Entonces todo el pueblo, como un solo hombre, se reunió en la plaza que está frente a la puerta del Agua y le pidió al maestro Esdras traer el libro de la ley que el Señor le había dado a Israel por medio de Moisés» (vv. 1-2). Y la ley cautivó la atención de todos: «Todo el pueblo estaba muy atento a la lectura del libro de la ley» (v. 3); y el versículo 13: «Al día siguiente, los jefes de familia, junto con los sacerdotes y los levitas, se reunieron con el maestro Esdras para estudiar los términos de la ley».
Este libro mantuvo su lugar central hasta finales de aquel mes. «Y asumieron así su responsabilidad. Durante tres horas leyeron el libro de la ley del Señor su Dios, y en las tres horas siguientes le confesaron sus pecados y lo adoraron» (Neh 9.3). La Palabra de Dios representaba los estatutos de fundación, la nueva constitución del pueblo de Dios. Esta Palabra definió la identidad del pueblo y fue ubicada en el mismísimo centro de su programa de restauración, al cual Esdras y Nehemías los invocaban. Para una nación que buscaba su identidad y formaba su programa de restauración, la Palabra de Dios era muy importante. Hay incluso algo simbólico en el hecho que no fue leída en el templo, sino en la ciudad: «y la leyó en presencia de ellos desde el alba hasta el mediodía en la plaza que está frente a la puerta del Agua» (v. 3).
Lo mismo es cierto para la predicación hoy en día. Nuestra tarea no consiste en pararnos frente al texto bíblico, sino detrás de este, y asegurarnos que sea el texto el que hable. En demasiadas ocasiones, pareciera que a la Biblia se la coloca en la periferia en lugar de ocupar el centro de atención. Y también, cuando el predicador intenta ser pertinente, el texto se convierte en la plataforma de lanzamiento desde la cual el resto del sermón despega. Entonces, uno de los desafíos que enfrentamos en nuestras iglesias alrededor del mundo es este: ¿cómo restauramos el lugar dinámico de la Biblia? Y la razón por la cual esto es primordial está vinculada a un segundo aspecto de la Palabra de Dios, que nuevamente veremos en Nehemías 8.
La autoridad de la Palabra
Aquí simplemente mencionamos el énfasis del versículo 1: «Entonces todo el pueblo, como un solo hombre, se reunió en la plaza que está frente a la puerta del Agua y le pidió al maestro Esdras traer el libro de la ley que el Señor le había dado a Israel por medio de Moisés». Se reconoce en varias ocasiones que el pasaje proviene de autor humano: la lectura provino de los libros de Moisés. Pero se enfatiza su autoridad divina: la ley que proviene de Dios. La ley era «instrucción» de parte de Dios mismo. Sin este sentido de autoridad divina, sería simplemente una cuestión de veneración de un libro. Hay una magnífica explicación de esto en el Nuevo Testamento, cuando Pablo describe la manera en que los creyentes recibieron el Evangelio: «Así que no dejamos de dar gracias a Dios, porque al oír ustedes la palabra de Dios que les predicamos, la aceptaron no como palabra humana, sino como lo que realmente es, palabra de Dios, la cual actúa en ustedes los creyentes» (1Ts 2.13).
Hay varias conclusiones acerca de la Biblia que pueden inferirse a partir de la afirmación de Pablo:
* Su autoridad: es la Palabra «de Dios». Se trata de una afirmación enfática según la manera en que Pablo lo escribe. El mensaje de los apóstoles posee autoridad porque se origina en Dios mismo.
* Su poder: «la cual actúa en ustedes los creyentes». Es poderosa porque precisamente es la Palabra de Dios. Nunca debemos separar la Palabra escrita y el Dios viviente que habla esa Palabra. Por el Espíritu de Dios, es poderosa, da vida y la transforma. Sigue operando en los que siguen creyendo.
* Su recepción: Pablo agradece a Dios porque los creyentes de Tesalónica «la aceptaron» como la Palabra de Dios. Usa dos palabras en el versículo 13: al «oír» la Palabra, y luego la «aceptaron». La Palabra se convirtió en parte de ellos mismos y siguió operando en sus vidas.
* Su impacto: Pablo ya ha descrito los efectos de la Palabra de Dios en Tesalonicenses 1.9, y la manera en que dejaron «los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero». De manera similar, Pablo describe el impacto de la Palabra en el versículo 8: «Partiendo de ustedes, el mensaje del Señor se ha proclamado no solo en Macedonia y en Acaya, sino en todo lugar; a tal punto se ha divulgado su fe en Dios que ya no es necesario que nosotros digamos nada».
Tenemos un excelente ejemplo del poder transformador de la Palabra de Dios, que opera en los tesalonicenses de la misma manera que lo hizo con el pueblo de Dios que estuvo parado en la plaza de Jerusalén en los días de Nehemías. La Palabra de Dios no consiste sencillamente de enunciados distantes y fríos, sino que es una Palabra dinámica que por el poder del Espíritu de Dios nos hace cambiar de rumbo para servir a Dios y da forma a la manera en la que debemos vivir.
¿Qué lecciones podemos sacar sobre la predicación bíblica para hoy en día? Voy a resaltar tres principios en los siguientes capítulos: La predicación bíblica debe centrarse en la Palabra de Dios, debe orar la Palabra de Dios y debe entender la Palabra de Dios.