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1. Estado de pánico

Me quedé paralizada. Horrorizada por las palabras. Luchar o huir son las respuestas al miedo que conocemos mejor. Si piensas que puedes derrotar el origen de la amenaza, adoptas el modo lucha; si percibes el peligro como demasiado poderoso para poder vencerlo, intentas huir. Si no puedes derrotarlo pero tampoco echar a correr, te quedas paralizado. De forma apropiada, y dado que mi previsible futuro comportaría no poder salir de casa, ir a trabajar o ver a mi familia, amigos o pareja, me quedé paralizada en el sofá.

Pero, mientras veía el discurso de Boris Johnson a la nación en el que nos decía que «debíamos» quedarnos en casa, comencé a fijarme en su lenguaje corporal. ¿Por qué cerraba los puños con tanta fuerza? ¿Por qué un discurso en staccato? Algo no casaba y ese algo hizo que saltaran las alarmas. Más tarde me fijé en mi propia respuesta. Hasta ese momento no me había mostrado indebidamente asustada por el virus así que, ¿por qué el discurso me estaba asustando ahora? Estaba segura de que el leguaje del primer ministro estaba pensado para alarmarme, y eso en sí me preocupaba.

Tiendo siempre a paralizarme cuando entro en pánico. Es algo que me decepciona un poco porque no es una reacción muy útil. De todas las respuestas al miedo, la parálisis es la que provoca los efectos secundarios más desagradables, pues suele acompañar a una agresión y las víctimas pueden sentirse avergonzadas. Pero si una amenaza es más grande que tú y no puedes eludirla, la única opción que te queda es quedarte paralizado e intentar sobrevivir. Mostramos todas estas respuestas ante el miedo en diferentes momentos porque son mecanismos evolutivos beneficiosos; nos mantienen vivos.

Una vez, mi hijo mayor trepó demasiado alto por un árbol y se cayó. Tenía un mal presentimiento sobre ese árbol. Le dije que no debía trepar por él porque tenía ramas muertas y, bueno, porque soy madre. Estaría a unos cincuenta metros del árbol cuando se cayó. Mientras se desplomaba, sentí que todo ápice de fuerza y utilidad se escurría por mis pies al suelo. Tras la primera oleada de sudor frío, fui dando tumbos hacia el árbol, recuperando la fuerza y apretando el paso a medida que me acercaba para descubrir que estaba tendido ileso entre ramas puntiagudas y letales. Mi marido había entrado en acción de forma instantánea, corriendo hacia nuestro hijo mientras gritaba «¡Huy, huy…!». Me había ganado la mano.

En retrospectiva, veo dos enseñanzas. La primera es que me quedo paralizada. Y esta respuesta blandengue no ayuda (y de ahí la vergüenza), salvo si algún día me topo con un oso pardo. La segunda es que vale la pena prestar atención a mis temores iniciales. Debería hacer caso a mi instinto cuando me dice que algo no está bien. Mi radar suele ser bueno.

Como muchos otros, a mediados de marzo de 2020 me había esforzado en conseguir ser una viróloga de salón absorbiendo artículos y vídeos en YouTube sobre los virus, Wuhan y el Diamond Princess. Así que comprendía que, si bien se trataba de un repugnante virus letal y que todavía se sabía poco de él, se comportaría inevitablemente como otros virus respiratorios anteriores. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Una de las razones por las que el discurso de Boris Johnson me alarmó fue porque me preocupó que la respuesta fuera desproporcionada. Nunca antes habíamos puesto en cuarentena a las personas sanas. Estábamos imitando la respuesta totalitaria china al virus. ¡Y yo que me había compadecido de los pobres chinos atrapados en sus casas! Mi mente dio un brinco hacia las peores consecuencias económicas y sociales posibles. En este caso, ¿dictaba el principio de precaución que nos confináramos —un método no probado para controlar un virus— o hubiera sido más prudente seguir los protocolos de las pandemias que ya habían sido ensayados, en los que nunca se recomendaban los confinamientos? (En este momento puede que pienses: ¡Sí, claro, pero nos habíamos preparado para la gripe y no para el coronavirus! Pero deja que te señale que el coronavirus se incluye en el National Risk Register of Civil Emergencies.*1

Tengo que reconocer mi propio miedo, pues no era inmune. Si no hubiera sentido los pinchazos del miedo en carne propia, dudo que hubiera querido escribir este libro. Desde la primera noche en la que se nos dijo que nos confináramos me di cuenta de que me asustaba más el autoritarismo que la muerte, y que me repugnaba más la manipulación que la enfermedad. Como el resto de la nación, estuve confinada durante tres semanas; y luego tres semanas más. Y, en fin, de alguna manera seguimos igual. Cuando la parálisis se desvaneció comencé a darle vueltas y a dar tumbos hacia el origen de mi miedo. Porque también hago eso: puede que tarde un poco más en llegar, pero cuando lo hago quiero mirar a mis miedos a los ojos.

¿Qué es lo que parecía raro del discurso de Boris Johnson? Revisándolo recientemente me llamó la atención el artificio que activó mi radar el 23 de marzo. Johnson es un intérprete, pero suele interpretar el papel de «adorable bufón». Uno esperaría que un discurso tan importante hubiera sido ensayado, pero parecía demasiado forzado y distinto de sus interpretaciones habituales. Se mostró comedido, adusto y, a un nivel básico que sería difícil de explicar, no parecía auténtico.

Solicité a dos expertos que me ayudaran a descodificar el lenguaje corporal y estilo de del discurso de Johnson.

Naomi Murphy es una psicóloga clínica y forense que ha pasado muchos años trabajando en prisiones de máxima seguridad, a menudo con personas que no dicen la verdad: «Sus palabras y parte de su lenguaje corporal transmiten un mensaje, pero uno detecta otro mensaje, y eso activa las alarmas. No parece auténtico». Y apuntó que a veces daba un mensaje con la cabeza y manos, sacudiendo la cabeza y gesticulando mientras su cuerpo se mantenía rígido, lo que sugiere que personalmente no creía en la esencia de lo que decía.

Puede que la apariencia de no ser auténtico se debiera a los nervios. Sería normal que se sintiera nervioso antes de un discurso tan trascendental, y eso afecta al comportamiento y al lenguaje corporal. Tal y como señala Murphy, «puedes oír que tiene la boca seca, algo increíble para una persona acostumbrada a hablar en público. Se trata de un hombre al que le gusta gustar, así que puede que le preocupara dejar de gustar al público».

Neil Shah, el fundador de la Stress Management Society y de International Wellbeing Insights, ha impartido cursos de liderazgo que incluyen cómo leer la comunicación no verbal. Visionamos el vídeo del discurso en YouTube en el transcurso de una videollamada para que pudiera analizarlo paso a paso. Me dijo que interpretaría una mezcla de señales porque el 55 por ciento de nuestra comunicación se transmite por el lenguaje corporal, el 38 por ciento es volumen y tono, y solo un 7 por ciento son las palabras que empleamos.

«Al cabo de veintiséis segundos ya puedes ver la tensión en sus dedos» comentó Shah, «Cierra los puños con tal fuerza que sus nudillos se vuelven blancos». Me señaló que Johnson estaba encorvado y se inclinaba hacia delante como si se estuviera agarrado a un clavo ardiendo. Le pregunté qué significaba que alguien cerrara los puños tan fuerte. Me respondió que podía ser para enfatizar o un gesto agresivo, pero «también parece el berrinche de un bebé. Me refiero a que la manera en que golpea con sus puños hacia nosotros muestra tensión».

Johnson también ofrece la más extraña e incómoda sonrisa cuando habla del cumplimiento. Shah añadió que «casi parece una amenaza. Sonreímos cuando las cosas son graciosas, pero también cuando estamos nerviosos. Cuando dice que ningún primer ministro querría hacer algo así, una mirada grave hubiera sido más adecuada que una mueca macabra».

Al igual que Murphy, Shah pensaba que el primer ministro no se creía todo lo que estaba diciendo: «No parece haber una congruencia entre sus palabras y su lenguaje corporal. Sugiere que no habla desde el corazón y que no se cree lo que está diciendo».

Ambos creen que su lenguaje corporal parece más consistente cuando habla del impacto en el sistema nacional de salud, el nhs, pero que resulta más incongruente cuando su mensaje se vuelve más autoritario. Se suele decir que los ojos nunca mienten, incluso cuando lo hace la boca, y estas conversaciones con Murphy y Shah me convencieron de que tampoco miente el lenguaje corporal. Puede que el primer ministro del Reino Unido hubiera sido aleccionado profesionalmente para dar el discurso de su vida pero, a pesar de todo, el cuerpo denota emoción y conflicto.

De forma espontánea, ambos expertos ofrecieron sorprendentes analogías. Murphy comparó el discurso de Johnson al discurso que «daría un rehén bajo coacción». Shah me preguntó si veía la semejanza con el episodio de Black Mirror (una serie británica de ciencia ficción distópica) en el que el primer ministro debe ser filmado para la televisión en directo manteniendo relaciones sexuales con un cerdo. Podía entender lo que me querían decir.

La retrospectiva ofrece otro nivel de análisis. Sabemos que la esencia del mensaje no se ajustaba a la verdad. No nos confinamos para tres semanas. La razón por la que nos confinamos fue supuestamente para aplanar la curva, pero el objetivo varió paulatinamente y permanecimos confinados. También sabemos ahora que la curva se podía haber aplanado en cualquier caso, es decir, con independencia del confinamiento, ya que el pico de fallecimientos se dio el 8 de abril, lo que significa que se llegó al pico de la infección antes del confinamiento.2 Cuando Johnson nos dijo que cerraríamos el país durante tres semanas, la autenticidad de su lenguaje corporal se trocó en un lenguaje y gesticulación forzados y agresivos.

Las palabras de Johnson estaban diseñadas para suscitar el miedo y la muerte: «asesino invisible», «se perderán vidas», «funerales», etc. Nos dijo que estábamos «alistados», un lenguaje específico de tiempos de guerra, que evocaba el espíritu de los ataques relámpago, pero que también era emocionalmente manipulador. En este punto, Shah señaló que no se nos daba elección: se trataba más de una leva obligatoria que de un alistamiento. En realidad, no había espacio para los objetores de conciencia, así que tendría que ir con los reclutados.

A los expertos y a mí nos cuesta volver a ver el vídeo. Con el tiempo, la interpretación chirría más y las palabras adquieren un regusto amargo. A la postre, independientemente de que creas que Johnson pronunció el discurso más sentido y honesto de su vida o se le aleccionó demasiado y sobreactuó, o si nos confundió, fue un discurso terrorífico. Sus palabras marcaron el tono de las siguientes tres semanas y sobrevolaron el ambiente durante muchos meses. Tal y como me dijo Murphy: «No puedes subestimar la impronta que dejó este discurso». Johnson soltó cierta cantidad de miedo esa noche, como un virus que se propaga por el aire y te contagia de una manera u otra. Quizás te creíste todo: que se trataba de una pandemia apocalíptica que haría que la sociedad cayera arrodillada. Quizás sospecharas de los motivos detrás de la ausencia de autenticidad o quizás temías motivos ocultos que llevarían a la sociedad a caer de rodillas. Pero fue un discurso terrorífico.

Se nos dijo que debíamos obedecer para «salvar miles de vidas». La última parte de su discurso estaba plagada de amenazas. La policía tiene poder para hacer que se cumpla la ley; hay que obedecer. La amenaza del poder y el castigo está pensada para que cumplamos. Pero en un giro deshonesto del imperio de la ley, las «órdenes» que nos estaba dictando para que obedeciéramos no serían aprobadas como ley hasta tres días después.

Lo ignorábamos. A partir de esa noche la nación se tomó a su primer ministro en serio. En serio de verdad, como se suponía que tenía que ser. Murphy me dijo que no había reparado en el lenguaje corporal de Johnson esa noche porque estaba escuchando con mucha atención lo que teníamos que hacer. Es una respuesta natural; se trata del líder electo del país. La figura de autoridad suscita respeto, incluso en el mundo hastiado de hoy en día. Y hay una razón psicológica para esto.

Cuando entramos en un estado de pánico, nuestro cuerpo dirige menos sangre a nuestro cerebro ávido de sangre y más a nuestros miembros para que podamos luchar o huir según proceda. El resultado es que, cuando nos sentimos amenazados, el cerebro exige atajos; formas de tomar decisiones con rapidez. Al nivel más básico, escuchamos a las personas con autoridad y a los líderes y queremos confiar en ellos en tiempos de crisis. También respondemos a los «arquetipos». Nuestros líderes electos colman el papel arquetípico del «gobernante» y en las épocas de crisis —el motivo jungiano arquetípico para esta crisis sería «apocalipsis»— estamos aún más preparados para escuchar y obedecer a fin de sobrevivir.

En realidad, la preparación había empezado semanas antes.

* Se trata de un informe del gobierno que valora los riesgos potenciales a los que se enfrenta el país y analiza los protocolos existentes para afrontarlos.

El Estado del miedo

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