Читать книгу El Estado del miedo - Laura Dodsworth - Страница 8
ОглавлениеDarren, 64Crecí en una zona deprimida de Liverpool y fui agente de policía durante treinta y dos años. He realizado redadas en casas de criminales, he llevado armas de fuego, he entrado en domicilios a las cuatro de la mañana, he ejercido labores de policía en disturbios. No digo que sea un hueso duro de roer, pero pocas cosas me echan para atrás. |
Para ser sincero, me alarmé cuando explotaron las noticias sobre el covid. Creo que todo el mundo se preguntaba qué es lo que iba a suceder. Tendrías que haber sido muy insensible o un poco estúpido para no haberte preocupado, en particular cuando hablaban de un cuarto de millón de muertos. Estoy en la lista de personas clínicamente vulnerables, así que recibí una carta del gobierno en la que se me aconsejaba encarecidamente que me pusiera a resguardo. Esa carta me puso en guardia. También leí un montón de textos sobre el cumplimiento de las restricciones, y eso tuvo un efecto subliminal en mí. Tenía dos de las patologías de las que hablaban —un cáncer incurable y un problema del corazón—, así que realmente no podía estar cerca del virus. Mi mujer también decidió protegerse y, salvo contraorden, el consejo era que debíamos comer en habitaciones separadas y limpiar el retrete cada vez que uno de los dos lo usara. Pero no puedes vivir así en una casa pequeña con una cocina y un baño. Todos estos mensajes hacen que uno piense que se trata de un virus terrible y muy infeccioso.
No había mucho que hacer, así que veíamos la tele y había programas sobre cómo desinfectar la cesta de la compra cuando llegaba y que debíamos tener una zona de seguridad en la cocina. Los boletines en la tele cada noche con el recuento de muertos, los gráficos enormes con curvas empinadas nos llegaban como explosiones. Era una batería constante de muerte y desolación. Y mi miedo al virus subió hasta el cielo.
Por aquel entonces, cuando oía las historias de otras personas del mundo exterior, recuerdo que pensaba que era una locura que el McDonald’s estuviera cerrado y que hubiera topos de plástico en el suelo de Tesco que te indicaban dónde colocarte.
Era como el miedo durante la Guerra Fría pero mucho peor. Aquello era un concepto abstracto, pues no pensábamos que ocurriría de verdad, pero el covid era algo que se nos decía que estaba ocurriendo.
Estuve en casa durante once semanas. Cuando fui por primera vez a mi primera cita en el hospital tras siete semanas, tenía el cerebro sobrecargado. Ese día estaba fatal y hasta mi propia sombra me asustaba. Decidí conducir en vez de ir andando porque pensé que no debía respirar el aire que soltaban los demás. Cuando salí del coche no sabía si sería capaz de hacerlo, pero me armé de valor y me puse mascarilla y guantes. Mi miedo se vio agravado porque alguien me recibió a la entrada del hospital diciéndome que tenía que quitarme la mascarilla y los guantes porque habían estado en el exterior. Eso me llevó a pensar que la situación era realmente mala.
Había carteles por todas partes que te decían: «No pasar. Aguarde aquí.» Habían retirado la mayoría de las sillas. Las enfermeras llevaban equipos de protección. Me tomaron la temperatura, algo que normalmente no hacían. Todo olía a peligro.
No perdí los papeles, pero la cabeza me iba a mil por hora: «Voy a infectarme, voy a infectarme. Si respiro lo que no debo, si toco algo equivocado, si alguien pasa a mi lado, me voy a contagiar». Si alguien pasaba a mi lado, aguantaba la respiración.
Algunos trabajadores del hospital pasaron por mi lado cuando estaba saliendo y pensé: «¿Qué estáis haciendo?». Cuando pasó el tercero por mi lado, le insulté en voz baja con una palabrota.
Cuando llegué a casa, me desnudé en la galería porque no quería contaminar la casa con la ropa. ¡Metí mi ropa en una bolsa de plástico y tiré los zapatos! Me di un baño con el agua más caliente que pude y estuve dentro todo el tiempo posible frotando cada centímetro de mi cuerpo. Cuando salí parecía una langosta.
El punto de inflexión vino cuando el gobierno reabrió los campos de golf. Mi oncólogo me dijo que debía salir fuera y que íbamos a jugar una partida de golf. Al principio entré en pánico, pero por fortuna eso hizo que empezara a hablar con la gente y me ayudó a sobreponerme al miedo.
Durante mucho tiempo estuve asustado de todo: el mundo, el aire, las otras personas, los objetos físicos, básicamente cualquier cosa que pudiera transmitir el virus. Cuando echo la vista atrás no me puedo creer que ese fuera yo. Creo que me volví agorafóbico.
Ahora estoy muy enfadado por el miedo. Me siento engañado. En última instancia, estoy enfadado con el Parlamento y no solo con el gobierno, porque no hubo una oposición real a nada. También estoy enfadado con los medios y me siento traicionado. Solo publican un lado de la historia.
Es repugnante que el gobierno intentara asustarnos. Si hubiera sido otro, lo habrían arrestado.