Читать книгу As de corazones rotos - Martha Wandemberg I. - Страница 9
ОглавлениеI. El adiós
Verano del ochenta y dos. La prisa se escondía como un pajarillo en el invierno. No había mucho en qué pensar, el aire traía olor a miedo. Apenas me encontraba sola y sin rumbo, como quien pierde el camino ya trazado; había caído la noche y un algo indefinido giró en mi interior sombrío, lo cautivo en el alma dolía intensamente. Atrás quedaron los pasos grabados en la calle misma del olvido y desamor, austera avenida de lo desconocido y gris, como licor que embriaga creyendo darle paso a la confianza, paliativo pasajero, que no logra rescatarnos, pues tan solo entorpece los sentidos.
Retomar el pulso y asumir que esperaban tres vidas pequeñas sin su papá demandó algo más que aliento al respirar, pues hundirse en un sollozo no era justo, apenas vibraban los recuerdos de mil momentos que pasamos juntos construyendo sueños. Su ausencia apenas comenzaba, y al mirar el rincón vacío, sentí un terror que me caló los huesos. Así desfiló la madrugada eterna y asfixiante, para darle paso al día, y qué lenta vino la tarde y qué interminable se tornó la nueva noche. Deseaba dormitar sin llegar a fundirme en la oscura somnolencia de aquello que pasó a ser tan cierto: soledad. ¡Cuánto abandono y soledad!
Busqué en el calendario una fecha que hablara de un abril mágico y puro; recogí la nostalgia en mi pañuelo y eché a andar, decidida a vencer al demonio que apretaba mi garganta, frustración inmersa en la careta de la propia vida, de esta que estaba lastimada por la burda sorpresa. Y aun al quebrar entre mis manos el cristal de ese sabor amargo a hiel y miedo, no logré dejar de sentir cómo la sangre tibia, al alojarse en mi epidermis, me impulsaba a vivir y a entender. Había mil razones para volver a empezar.
El aparente dominio paseaba su temor alrededor de la astuta cobardía. ¡Juventud!, espacio inédito donde todo debe comenzar y, a pesar de ello, se cerraba el telón ante una audiencia que simula aplaudir en frenesí inexistente, de mascarada elegante, concebida y repasada; vestida como solemne auditorio de luces fulgurantes y pisos de charol, donde todos se levantan del sillón, aprobando con su aplauso lo que era lastimero, pues no hay público en el mundo que no se deleite con ojos húmedos, cuando observa de cerca y expectante al más grande actor que es el dolor.
Absorta y siendo parte de la dura realidad, caí sin remedio en la trama del profundo sortilegio de recuerdos, de fugaces instantes que quedaron estáticos, a la par que un llamado leve me apartó suavemente de ese ayer y aquel instante, deshojando en el sonido de voces cantarinas la palabra «mamá». Me estremezco y suspiro. Eran tan pequeños e indefensos como mi propio yo en tempestad, pues celosa guardaba la sensación de ser niña y refugiarme en los juguetes; crear en fantasía uno y mil cuentos de varitas mágicas y hadas buenas, sin tener que convocar a la débil voluntad; solo dejarme llevar de la mano camino dentro de la febril fábula y sonreír; jugar a que perdía sin ganar, o que gané al perder sin darme cuenta, debiendo asestar un duro golpe a la tristeza; inventar algo que les devolviera el valor; mostrarme convincente ante sus miradas limpias y expectantes; detener con hábil rumbo de manos maternales su inquietud latente y la pregunta que temí verla llegar: ¿dónde está papá?
La claridad de sus pupilas dibujaba los rasgos inconfundibles de aquellos ojos que amé. La expresión de sus rostros sintetiza lo vivido, se atreve a perpetuar aquellos gestos, los mismos que me llevaron en torrente sanguíneo hasta un nombre y un destino; inocentes párvulos, no sabían lo que cuesta sentir en carne viva lo lejano, palpando en torpe asilo el claro vértice de la burda traición y del olvido.
¿Olvidar? ¿Debo olvidar? Sí, no me perderé en la locura y la inconsciencia. Le faltaré al respeto a este fracaso, pues solo necesito recuperar el sentido en otro bendito segundo, para desdoblar mi percepción de madre y afianzar sus manos pequeñitas hasta el punto cumbre de caminar seguros en el justo espacio que nos ofrezca el razonar, que ese era el gran momento de apostar a ganar. La parodia de nuestra nueva vida comenzaba. Entonces me vestí de fiesta, como la mejor actriz, que arregla su peinado y se mira en el espejo, recoge el pliegue de su falda y adorna su cintura con éxito, serena, firme, presente. Mientras sentía el corazón partido en mil pedazos y las lágrimas inundaban mis mejillas vistiendo al sentimiento de mujer, comprendí que debía memorizar el papel más importante y difícil de representar, aunque en este, simplemente, se tratara de VIVIR.
Miré de reojo mis heridas, con malestar por verlas aún frescas, a la par que mi cuerpo frágil anunció una tormenta. Resisto todo lo que puedo, vacilo, tiemblo y caigo, pues la decisión de salir, triunfar y vivir era un espasmo pasajero de una valentía que no existe. Al mirar por el cristal de la ventana, la calle se mostraba indefensa y quieta, mendiga reclinada en la vereda soportando frío y soledad, porque ningún paso se aproximaba para regalar en ruido generoso de algún caminar desconocido, un aliento de vida donde se pudiera percibir cierta compañía.
Me alejé del ventanal empañado por la bruma, llevé las manos a mi pecho dormido en ademán protector, mas apenas decidía nada, nada era la mejor respuesta. ¿Por qué comprometer a la esperanza? Total, el mundo me esperaba a tono de cita informal. Reaccioné y empuñé el arma del valor tan invocado, miré de frente poniéndome de pie ante la angustia, le reté cuidando del mínimo detalle de mi pena, observando en magistral silencio a los niños que duermen con expresión de ángeles guardianes y risueños. Cómo ansiaba que su mundo fuera el mío, ser yo la que descanse sin temer que me despierte el viento; ser la que pedía que mi madre me acariciara el pelo, ser quien empezaba en foja cero. La realidad era distinta y ahí estaba sin hablar, jadeante en la certeza de que, frente al destino, nadie lograba escapar.
Otro amanecer distante y confuso desplegó sus alas. Mis párpados en vago ejercicio obligaban a los ojos a mantener firme la mirada ante un mundo que tomaba forma de fantasma y pesadilla, cual verdugo cortándome las venas. Los amigos comunes, qué ironía, los de la tertulia y el vino, las sonoras carcajadas y los sueños a volar ya no estaban, se habían retirado sin palabras; sacudí con rabia la impotencia, ya no me importan. Mi tarea era urgente: debía encontrar nuevas salidas al tentador laberinto de retos que imprimió la huella indeleble de ese adiós, lazo que anuda la garganta sin dejarnos respirar, para luego soltar la presión imaginaria de unas manos que olvidaron la alianza y promesa jurada ante el altar, dejándonos solas, sin siquiera pestañear.
Pared de hielo la ausencia, vacío que desconcierta, armónico conjunto que nunca desentona al ritmo de un amor trunco y estéril, rama seca que al viento nadie la va a rescatar. ¡Hoy!, ya sin nosotros, semilla que celosa cuidé con esmero y no logró germinar, pues la pisada mortal de aquel silencio la humilló hasta hacerla marchitar. ¿Qué pasó? ¿En qué extraña dimensión desconocida extravió mi huella tu camino? ¿Por qué se me negó el dulce abrigo, convirtiendo mi noche en pesadilla si deliro presa de la palabra olvido, mientras vehemente remuerdo y mancillo las palabras que no salen de mi boca? Ellas me transportan hasta la fría quimera que cruzó el umbral, pues ahí, en el filo mismo quejumbroso de un rincón, ese amor primero me golpeó las sienes, doblegó mis ansias y en el hondo abismo de mi eterna entrega laceró mi piel.
Y aunque hoy te extrañe más sin que todavía te cubra el manto del olvido, o quizás porque hace frío y el cielo ha oscurecido anunciando tempestad, al igual que mi razón, quimérica mensajera que denuncia soledad, busco ayuda en la propia lluvia que ya esgrime sus gotas de cristal, confundiéndose en mi rostro sin que pueda evitar el no tener nada más que contarle a mi tristeza. Mas no intentes retroceder el tiempo y arroja de una vez al vacío tu pretensión de hombre, que ciego no vislumbró la última brisa de septiembre donde fue inútil el anhelo de rescatar lo perdido y volver a empezar. Recuesta tu sueño en la almohada invisible del deseo y evita pronunciar mi nombre.
¿Corazón? ¿Para qué? Si desde lo profundo de esta gran nostalgia, ahí donde a hurtadillas se filtran los sonidos y se pierde el eco de una voz, resalta mi pesar, se ahondan mis ojeras, figuras fantasmales salen a escena abriendo un escenario donde aparezco huérfana de besos, desertora de auroras y de aquel cariño que naufragó en la mar; qué importa el final si las ansias dormidas no me habrán de desvelar; controvertida historia de desengaño, amor y hastío, pero piel rozagante y tersa de mujer de ese tiempo y este instante, que sostiene un puñal roto entre las manos, como breve primavera que se esfuma, dispuesta a colorear la última estepa, perpleja en la armonía de mi rostro ungido de invaluable fe, me queda todavía camino por recorrer.
No quise detenerme. Fue preciso seguir sin que importara la verdad desnuda que arrastra a millones de mujeres como yo. «¿Por qué?», me preguntaba en voz alta. Tenemos que castrar desde el más mínimo deseo, hasta descender lastimadas al infierno de los convencionalismos estériles y absurdos, jueces de corbatín que nos incitan a sortear la suerte y no atinar un as. Sugerencias sutiles de ser mujeres perfectas que no encierren dudas, ni un rojo deseo que vaya más allá del título honorífico que nos regalaron el día gris, aquel que en el abandono y por descuido se les escapara la única presea que nos deparó algún alivio al rescatar nuestro propio nombre, aquel que heredamos del orgullo de nuestro papá. ¡Qué inocentes, ¿verdad?!
En cambio, ¿por qué no sentirnos felices hasta sacar a pulso de la garganta dormida un sonoro grito de dignidad? Rompimiento dicen unos y fracaso claman otros. Los más entendidos sin pila ni agua sacramental lo bautizaron divorcio, término investido torpemente con el signo aparente de buena voluntad, sin que puedan reconocer que este pasaje de la vida tristemente es fresca rosa arrancada de su tallo por alguien que al azar e inoportuno deshojó sus pétalos sin mirar atrás, sembrando en el jardín solo silencios de esquivas palabras no vertidas, que van rasgando el alba y en vez de redimir la confianza, la ponen en gran riesgo sin cuidado, nos regalan en un chasquear de dedos demasiados años. Sería más simple renunciar y no sentir la piel dispuesta y pura, sumirnos en el eclipse del deseo y quizás morir en libertad.
Desvirtuando nuestra imagen al mirarnos en el espejo, pregunto: ¿quién sabría regalar una fuerza superior, que se torne miope a los errores y nos despierte a los aciertos, desaparecer al ayer mágicamente a semejanza inédita de bruma, que se pierde tras el brillo de la aurora, sin que vuelva insistente y seductora en nuevo amanecer, nos aproxime al fuego en coqueteo fino y nos invite a buscar lo ya perdido? «Vamos, vamos», repetía el eco de mi voz. «Despierta, la lucha ya se inicia y tus días habrán de tornarse transparentes, pues tres grandes amores ya te aguardan de pie, recorriendo las cortinas para mirar inocentes a través del cristal, esperando un agitar de manos y un extender de brazos cariñosos y maternos, sugerencia perfecta de aquella cita a la cual sin falta acudiré. Campana que repicas y elevas a sonido el anuncio del encuentro espiritual, me traes de tan lejos y en tu cuerpo de bronce, forjado a fuego lento, me despiertas en consigna ante aquellos que amo de verdad».
Despejé, por fin, de la expresión cansada las dudas que enmarcaron en gotas de lloro mis pestañas, para hablar casi en magistral susurro: «Inventaré un cerco de azucenas de paciencia y alegrías. Habré de regalarles día a día el secreto infranqueable del amor inmenso. Seré, sí que seré», repitió mi voz profunda, «su más confiable fortaleza». Por ellos pondré en los labios sonrisas y en las palabras los versos; en el jardín de sus almas una siembra de flores talladas en colores discretos, vestidas de fragancia a semejanza de sus rostros infantiles y bellos.
Será el momento cumbre. Musitaba como un niño travieso que acaricia la dulce complicidad de un juego, mientras que el diario batallar liberaba en algo la inquietud constante, disipando en mi quebranto los deseos, sin dejar de atraparme lentamente, era el único bálsamo que frío resbalaba por mi cuerpo, como vino añejo que embriagaba al cansancio, invitándome a cerrar los ojos y en caricia clandestina que excita lo intrínseco del ser que se extravía, encontrar la señal inconfundible, cuatro letras que comprometían la vida y su propio riesgo sin siquiera parpadear, simplemente la sublime realidad de ser mamá.
Cómo no asimilar que ellos fueron y son mis mejores amigos, solidarios confidentes, si aún creo divisar en el pasado cómo corrían por las tardes tras sus juegos, sin ofrecer resistencia al milagro de la vida en su esencia. Reconocí entonces en su pureza la savia del árbol que ha de dar sus frutos, para permitirme recoger en sus cristalinas lágrimas el olor a lluvia tierna hasta volverme gigante, inquebrantable y buena, pues no habría nada ni nadie en este mundo que pudiera lastimarlos.
Apostados en mi vida los recuerdos, paladean gustosos el tiempo mágico de los hijos; travesuras en pinceladas de luz y de nostalgias, tristezas y alegrías en derroche, pues en cada uno de sus logros, recibí una medalla. Jamás imaginé la fuerza y el poder de ese amor que de ellos emanaba. Pequeños alquimistas, sabios magos infantiles, trazaron el camino sin saberlo, armaban mi valor tan solo al verlos, me volvía loca de amor al encontrarlos. Anhelante, esperaba poder recibir su dulce abrazo cuando ellos festejaban mi llegada. Oh, Dios cuánto los amé y los amo. Tú mejor que nadie lo sabías. Debía devolverles el hogar que habíamos extraviado, secreto compromiso sin palabras; retornar al viento la cometa de sus sueños, mientras juraba celosa un pacto de amor indeleble, que reinventara de pronto a una mujer dispuesta a luchar y a prender la lámpara que ilumine el sendero.