Читать книгу Solo quiero que me quieran - Micaela Menárguez Carreño - Страница 7

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1.

YO ELIJO MI DESTINO

UNA DE LAS MEJORES COSAS QUE nos pasan a las personas es que podemos decidir acerca de nosotros mismos.

Decidimos quiénes queremos ser, y cómo vamos a serlo.

Decidimos si nos levantamos temprano o no, qué comemos, qué bebemos y a qué hora nos vamos a dormir.

Decidimos si queremos trabajar con rigor, o de un modo superficial.

En las relaciones humanas, decidimos cómo tratar a los demás:

 a qué distancia emocional queremos a las personas de nuestro entorno: cerca, muy cerca, lejos o muy lejos;

 si seremos acogedores y simpáticos, o más bien bordes, tomándonos a mal todo lo que nos digan;

 si vamos a criticarlos, o preferimos hablar bien de ellos;

 si perdonamos una impertinencia, o no volvemos a dirigirle la palabra.

Mis alumnos reconocen que somos nosotros mismos quienes nos ganamos a pulso lo que nos pasa, porque somos nosotros solitos quienes nos metemos en los charcos. Y, naturalmente, los charcos nos salpican.

La libertad, esa cualidad que nos permite hacer una dieta, entrenar para encontrarnos bien, esforzarnos por agradar a una persona, nos permite también elegir si tenemos o no relaciones sexuales, cuándo, cuántas veces, dónde y con quién. Si el ser humano no fuera libre estaría determinado en su sexualidad, como ocurre con los animales, y no sería posible que alguien eligiera renunciar a las relaciones sexuales. Eso existe y se llama celibato, una palabra que empieza a sonar algo antigua, y muchos en mis clases no saben qué significa. Pero la verdad es que hay gente así, en nuestro siglo y en todos los anteriores, que deciden no tener relaciones sexuales nunca. «¿Nunca nunca? —preguntan—. Y eso, ¿cómo es posible?».

La libertad es esa cualidad tan propiamente humana, que le hace al hombre «ser el que decide su destino a través de sus acciones»[1].

Pero para tener éxito al elegir mi destino tengo que ser capaz de hacer lo que me propongo. Por ejemplo, si quiero sacar buenas notas, pero no soy capaz de estudiar más de quince minutos seguidos, entonces tengo un problema. Porque mi voluntad no está entrenada para hacer las cosas que me gustaría hacer y para elegir mi destino. Si quiero ayudar en una tarea de voluntariado un sábado a primera hora de la mañana pero no soy capaz de levantarme temprano y acudir al punto de reunión con el resto de los voluntarios, me perderé una experiencia que yo había elegido y que era buena para mí.

Por lo tanto, el primer paso es saber a dónde quiero ir realmente.

Y el segundo es saber si estoy preparado para ir allí, si dispongo de las herramientas para conseguirlo.

Si no tengo esas herramientas, debo saber qué he de hacer para adquirirlas. Porque el ser humano es tan genial, tan rematadamente genial y completo, que, si la meta es posible y él hace lo que está en su mano, lo más seguro es que tenga éxito.

[1] Karol WOJTYLA, Persona y acción. Palabra, 2011.

Solo quiero que me quieran

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