Читать книгу Justificación - N.T. Wright - Страница 11

Оглавление

1

¿De qué se trata todo esto y por qué es tan importante?

I

Imagina que un amigo se queda a dormir en tu casa y que, por alguna curiosidad en su educación, nunca le dijeron que la tierra gira alrededor del sol. Como parte de una conversación en una noche agradable, te impones la misión de explicarle cómo funciona el sistema planetario. Por supuesto, desde donde estamos, pareciera que el sol gira alrededor de nosotros. Pero es simplemente el efecto de nuestra perspectiva. Todo lo que hasta ahora conocemos de astronomía confirma que la tierra en la que vivimos, en compañía de algunos otros planetas similares, gira, de hecho, alrededor del sol. Tú sacas libros, cuadros y diagramas, e incluso reorganizas los objetos en la mesa de café para ilustrar tu punto. Tu amigo pasa de la incredulidad a la fascinación, luego a la alarma momentánea y, por último, a la perplejidad. al final sonríes, tomas otro trago y te vas a la cama.

Muy temprano en la mañana, mientras todavía está oscuro, alguien golpea la puerta de tu dormitorio. Él ya está levantado y vestido y te invita a una caminata mañanera. Te lleva cuesta arriba hasta un punto donde puedes ver todo el campo extendido ante ti y, a medida que amanece, se puede ver, muy hacia el oriente, el océano brillante.

Tu amigo vuelve al tema de la noche anterior. Muchos sabios de la antigüedad han hablado de la tierra como el punto fijo, firme, sobre el que nos apoyamos. ¿No dice uno de los Salmos algo así como que el sol celebra a medida que gira y gira como un gigante fuerte que corre una carrera? Sí, por supuesto, siempre vienen los científicos modernos con sus teorías elegantes. Claro que pueden opinar, pero es posible que todo eso no sean más que modas. ¿No sería mejor que nos quedáramos con la vieja y probada sabiduría de antaño?

A medida que tu migo se anima con el tema, por fin, del mar emerge la bola de fuego enorme, deslumbrante y resplandeciente. Los dos se quedan en silencio, contemplando el majestuoso ascenso que, poco a poco, baña el campo con su luz dorada. a medida que el borde inferior se despega del océano, esperas con una sensación de frustración inevitable la frase letal. Y no demora:

Tal como ves —una mano condescendiente te aferra el brazo, no quiere ponerte en una situación embarazosa—, la evidencia está delante de nuestros ojos. Realmente el sol le da la vuelta a la tierra. Todas las maravillosas teorías y modernas ideas inteligentes pueden tener mucho que enseñarnos, pero, en última instancia, nos alejan de la verdad. Es mejor quedarse con lo que ya sabemos, con la verdad comprobada, con el suelo firme bajo nuestros pies. ¿No te alegra haber salido a caminar conmigo?

Ahora bien; puedo imaginar que, así como los fariseos cuando escucharon la parábola de Jesús sobre los labradores malvados, puede haber algunos lectores que se irriten de inmediato al darse cuenta de que narro esta historia contra ellos. Y puede no ser muy inteligente comenzar un libro alienando aún más a aquellos con quienes, al parecer, estoy comprometido en el diálogo. Pero uso esta historia por una razón en particular: para dejar en claro que, a estas alturas del debate sobre San Pablo y el significado de justificación, así es como luce el actual estado de la cuestión, al menos para mí.

No estamos en diálogo. He escrito sobre San Pablo durante treinta y cinco años mal contados. He orado, predicado y dado conferencias, abriéndome paso a través de sus cartas. He escrito comentarios a nivel popular sobre todas ellas, un comentario completo sobre la más importante, y varios otros libros y artículos sobre asuntos paulinos específicos. Y el problema no es que las personas no estén de acuerdo conmigo. De hecho, eso es lo que uno espera y quiere: ¡Entremos en discusión! El punto del debate es que aprendamos con y el uno del otro. Solía decirles a mis alumnos que, al menos, el veinte por ciento de lo que les decía era erróneo, pero que yo no sabía específicamente qué cosas de todo lo que decía entraban en ese porcentaje. Cometo muchos errores en la vida, en las relaciones y en el trabajo, y no espero que mis pensamientos estén libres de ellos. Sin embargo, mientras durante una buena parte de la vida los errores propios son, a menudo, bastante obvios —el atajo en el camino que terminó en un lecho de ortigas, la receta experimental que puso a nuestros estómagos en aprietos, el tiro de golf que fue a dar al lago—, en la vida intelectual las cosas no suelen ser tan sencillas. Necesitamos que otras mentes nos desafíen, que vuelvan y discutan nuestros argumentos y análisis. Así es como el mundo gira en su órbita.

Algunos podrían responderme: “Bien, ¿no es eso lo que está pasando? ¿De qué te quejas? Aquí están todos esos escritores, tomándote en serio. ¿No habrán descubierto ese veinte por ciento que te aflige? ¿No deberías estar contento de que te estén corrigiendo?”.

Pues, sí. Mi problema es que no es así como funcionan las cosas. Dediqué un buen tiempo a pensar si debía escribir este libro pero, finalmente, me vi impelido de hacerlo porque uno de mis críticos —John Piper, de Bethlehem Baptist Church, en Minneapolis, Minnesota— produjo uno superador y dedicó un libro completo para explicar por qué estoy equivocado acerca de Pablo y por qué todos nosotros deberíamos seguir con la teología probada y confiable de los Reformadores y sus sucesores (o, al menos, de algunos de ellos; en realidad, los Reformadores no estaban de acuerdo entre ellos, y sus sucesores tampoco lo están).1 El problema no es que él, como muchos otros, esté en desacuerdo conmigo. El problema es que realmente no ha escuchado lo que digo. Me observó con creciente preocupación mientras yo movía los objetos de la mesa de café. Como resultado, pasó una noche de insomnio, y ahora me ha llevado a la colina para mostrarme el glorioso panorama de otro amanecer. “Sí —quisiera decirle—. Conozco los amaneceres. Sé que nos parece que el sol le da la vuelta a la tierra. No lo niego. Pero, ¿por qué no escuchaste lo que yo estaba tratando de decirte?”.

Desde luego, la respuesta podría ser: “Porque no lo explicaste correctamente”. O, tal vez, “Porque lo que estabas diciendo era tan oscuro y confuso que es mejor seguir con un relato sencillo y simple pero que tenga sentido”. En el caso de que uno de esos relatos sea cierto, escribo este libro para intentar explicar, una vez más, lo que he venido diciendo —esto es, explicar lo que creo que San Pablo dijo. Con todo, hay una respuesta posible más preocupante. Mi amigo —y la mayoría de las personas con quienes voy a entrar aquí en debate, que son personas con las que me gustaría contar como amigas— simplemente no permitió que las cosas principales que he intentado decir se acerquen remotamente a su mente consciente. Él recogió fragmentos dispersos de mi análisis y argumentación, una selección que lo llena de preocupación, sacudió la cabeza y regresó a la historia todopoderosa que ya conoce. (Mientras redactaba esto, aterrizó en mi escritorio el nuevo número de Christian Century. En un artículo, se menciona a un estudiante que le dice a su docente: “Me encantó lo que estaba aprendiendo, pero no pude conservarlo en mi cabeza. Era muy diferente de lo que ya había aprendido, así que mi cerebro volvió a los valores predeterminados”).2 En parte, debido a que ya estoy más que un poco cansado de que eso suceda una y otra vez en sitios de Internet, en las sesiones de preguntas después de las conferencias, en entrevistas para la prensa, y cada vez más en artículos y libros académicos y cuasi o pseudoacadémicos, decidí a darle una oportunidad más a la exposición de estos temas.

En realidad, este libro no es mi “punto final” del asunto. Queda la gran tarea, en la cual he trabajado durante la mayor parte de mi vida, del escribir el libro sobre Pablo, que ahora es el cuarto volumen de una serie de mi autoría sobre los orígenes cristianos.3 Sin embargo, no quiero invertir doscientas páginas en discusiones detalladas con Piper y escritores similares. Hay muchos otros asuntos diferentes que tratar, de tal manera que escribir un libro extenso para concentrarme en las pequeñas y feroces batallas que se libran con furia en los círculos que me dispongo abordar, deformaría el proyecto.

Hay otras dos razones por las que comencé con la historia del amigo que cree que el sol gira alrededor de la tierra. La primera es que, dentro del significado alegórico de la historia, los argumentos que he articulado —los diagramas, las imágenes, los objetos en la mesa de café— representan nuevas lecturas de las escrituras. No se trata de superponer teorías extraídas de otros lugares con las escrituras. Pero la respuesta que se nos ofrece como “la evidencia ante nuestros ojos” o “el significado más obvio” está profundamente condicionada por —y en puntos críticos a apela a— la tradición. Sí, tradición humana

—seres humanos extremadamente buenos, devotos y eruditos. A partir de que leí a Lutero y Calvino por primera vez, especialmente a este último, tomé la decisión de que, más allá de acordar o no con ellos en todo lo que dijeron, su método declarado y puesto en práctica sería también el mío: sumergirme en la Biblia, en el hebreo y el arameo del Antiguo Testamento y en el griego del Nuevo Testamento, inyectarlos en mi torrente sanguíneo por todos los medios posibles, en oración y con la esperanza de enseñar las escrituras a la iglesia y al mundo con un aliento fresco. El mayor homenaje que les podemos dar a los Reformadores es no tratarlos como infalibles —ellos mismos se horrorizarían—, sino proceder como ellos lo hicieron. Metodológicamente hablando, es irónico que John Piper sugiera que, según yo, la iglesia haya estado “apoyándose en el pie equivocado durante mil quinientos años”. No porque yo no lo haya afirmado. Más bien, es que eso es exactamente lo que la gente les dice a sus héroes, a Lutero, a Calvino y al resto. Lutero y Calvino respondieron desde las Escrituras; el Concilio de Trento respondió desde la tradición.4

La segunda razón por la que comencé con la parábola del amigo, la tierra y el sol es más profunda. Reviste gravedad por motivos teológicos y pastorales y está cerca del corazón de lo que está en juego en este debate y muchos otros. El equivalente teológico de suponer que el sol gira alrededor de la tierra es la creencia de que toda la verdad cristiana se trata de mí y de mi salvación. En las últimas semanas, leí docenas de libros y artículos sobre el tema de la justificación. Una y otra vez, los escritores, de una variedad de orígenes, asumen o dan por sentado que la cuestión central de todo es “¿Qué debo hacer para ser salvo?” o (como lo diría Lutero) “¿Cómo puedo encontrar un Dios misericordioso?” o “¿Cómo puedo entrar en una relación correcta con Dios?”.

No me malinterpreten. No le den rienda suelta a las reacciones irritantes o temerosas. La salvación es muy importante. ¡Por supuesto que lo es! Conocer a Dios por uno mismo, en lugar de simplemente saber o pensar acerca de él, está en el corazón de la vida cristiana. Descubrir que Dios es lleno de gracia y no un burócrata distante o un tirano peligroso es la buena noticia que constantemente nos sorprende y reanima. Pero no somos el centro del universo. Dios no está dando vueltas a nuestro alrededor. Somos nosotros los que giramos a su alrededor. Puede parecer, desde nuestro punto de vista, como si “yo y mi salvación” es el todo y el fin mismo de la fe cristiana. Tristemente, mucha gente —¡muchos cristianos devotos!— aún predica y vive de esa manera. Y no es un problema exclusivo de las iglesias de la Reforma. Es un asunto que se remonta a la alta Edad Media, en la iglesia occidental, que infecta y afecta tanto a católicos como a protestantes, a liberales y conservadores, a iglesias tradicionales e iglesias populares por igual. Sin embargo, una lectura completa de las escrituras narra una historia diferente.

Dios hizo a los seres humanos con un propósito: no simplemente para que vivieran para ellos mismos o para que estuvieran en relación con él, sino también para que, a través de ellos, como portadores de su imagen, él pudiera traer su orden sabio, alegre y fructífero al mundo. Las escenas finales de la escritura, en el libro de Apocalipsis, no retratan a los seres humanos de camino al cielo para estar en una relación cercana e íntima con Dios, sino que ilustran al cielo viniendo a la tierra. La relación íntima con Dios que se promete y celebra en esa gran escena de la Nueva Jerusalén se hace presente, en otro acto de creatividad sanadora, en el torrente del río del agua de vida que fluye de la ciudad y en el árbol de la vida que brota con hojas que son para la sanidad de las naciones.

Lo que está en juego en este debate no es simplemente la sintonización fina de las teorías sobre lo que sucede precisamente en la “justificación”. Eso se convierte rápidamente en, como señaló ácidamente un crítico del libro de Piper, una especie de duelo evangélico, un intercambio de versículos en el que frases de Pablo, raíces griegas, referencias arcanas a fuentes antiguas y modernas, y, a veces —por desgracia— palabras desagradables vuelan por la habitación. Mucha gente va a presenciar el espectáculo con disgusto, como vecinos que escuchan una desagradable pelea familiar. Sí, va a haber algunos forcejeos entre versículos en este libro. Eso es inevitable, dado el tema y la importancia central de la Biblia misma. Pero el punto real es —creo yo— que la salvación de los seres humanos, aunque, por supuesto, extremadamente importante para la especie, es parte de un propósito mayor. Dios nos está rescatando del naufragio del mundo, no para que podamos sentarnos y poner los pies sobre la mesa mientras disfrutamos de su compañía, sino para que podamos ser parte de su plan para rehacer el mundo. Orbitamos alrededor de Dios y sus propósitos. Dios no gira alrededor de nosotros al servicio de nuestros propósitos. Si la tradición de la Reforma hubiera tratado los evangelios con la misma importancia que les adjudicó a las epístolas, es posible que ese error nunca se hubiera dado. Pero fue lo que pasó y tenemos que lidiar con eso. La tierra, y nosotros con ella, orbita alrededor del sol de Dios y de sus propósitos cósmicos.

Tal vez, irónicamente, esta declaración pueda ser considerada como la aplicación radical de la justificación por la fe. “Nada traigo para ti —canta el poeta—, mas tu cruz es mi sostén”. Por supuesto: dejamos de enfocarnos en nosotros mismos para fijar nuestra mirada en Jesucristo y en él crucificado, en el Dios cuyo amor y misericordia lo enviaron a morir por nosotros. Sin embargo, el suspiro de alivio, que es la característica reacción cristiana al enterarse de la justificación por la fe (“¿Quieres decir que no tengo que hacer nada? ¿Dios me ama y me acepta como soy, solo porque Jesús murió por mí?”) debería dar a luz de inmediato a una toma de conciencia más profunda, que siguiera exactamente la misma línea: “¿Quieres decir que, después de todo, no se trata de mí? ¿No soy el centro del universo? ¿Se trata de Dios y sus propósitos?”. El problema es que, a lo largo de la historia de la iglesia occidental, incluso allí donde el primer punto fue acogido con entusiasmo —a veces, y de manera particular, donde sucedió— el segundo punto ha sido ignorado. Y, con una ignorancia a veces intencional, se filtró en la teología —incluso en la teología de la Reforma (sí, esa tan sólida, no especulativa y blindada)— el susurro de serpiente que dice que, en realidad, se trata únicamente de nosotros; que “mi relación con Dios” y “mi salvación” es la aguja fija que nos apunta a nosotros, bien ubicados en el centro del universo. Soy el héroe en esta obra, incluso cuando Jesús sube al escenario para ayudarme a salir del desastre en el que estoy.

a niveles subyacentes, muy profundos, detrás de todo este lenguaje de “nuevas perspectivas”, “viejas perspectivas”, “perspectivas refrescantes” y cualquier otra que les interese mencionar, aquello por lo que lucho y la razón por la que estoy escribiendo este libro no es solo para aclarar algunos detalles técnicos ni para justificarme —¡la joya de la corona de la ironía en un libro sobre este tema!— ante mis críticos. (“Muy poco me preocupa —escribió el propio Pablo— que me juzguen ustedes o cualquier tribunal humano. Ni siquiera me juzgo a mí mismo... el que me juzga es el Señor”).5

La razón por la que escribió este libro es porque las batallas actuales son síntomas de algunos problemas mucho más grandes a los que se enfrenta la iglesia hoy, a comienzos del siglo XXI, y porque las señales de peligro, en particular la falla al leer las escrituras y asumirlas en todo su valor, junto con la teología y piedad geocéntricas que he mencionado, se exhiben con claridad a nuestro alrededor. En otras palabras, no me dirijo simplemente a mis críticos para que les den cabida a mis interpretaciones peculiares de San Pablo cuando se reúnan en alguna casa, ni para que —al menos— les den permiso de esconderse en la casa del perro en el patio trasero, donde mis ladridos y maullidos no causen ninguna molestia. Estoy diciendo que TODA la teología, tan imponente y majestuosa, de San Pablo, que deslumbra como el sol que sale detrás del océano —y no las lecturas fragmentadas y egocéntricas que se han vuelto endémicas en el pensamiento occidental—, se necesita con urgencia ahora que la iglesia se enfrenta con las tareas de hacer misión para el peligroso mundo de mañana. No le hacemos ningún favor a la teología paulina al armarla con las soteriologías introspectivas que se enredan unas con otras en una red de textos separados y teorías de segundo orden.

Después de todo, una pregunta interesante es aquella que indaga por qué ciertas doctrinas y cuestiones exegéticas explotan repentinamente en determinados puntos. El pasado noviembre, almorcé con un hombre que, hasta ese momento, no conocía. Estábamos junto a otros en un restaurante muy agradable. Cuando nos sentamos, me miró y me preguntó enérgicamente: “¿Cómo traduces genómetha en 2 Corintios 5: 21?”. Miré a los demás. Todos esperaban mi respuesta. Voy a volver a esta anécdota más adelante, pero mi objetivo aquí es preguntar: ¿Qué está pasando en nuestra cultura, nuestros tiempos, nuestras iglesias, nuestro mundo, que de repente sentimos comezón; nos pica tanto que tenemos que rascarnos como locos, incluso en público? Responder esa pregunta tomaría varios otros libros, pero la respuesta no puede ser simplemente “porque el evangelio está en juego” o “porque las almas necesitan ser salvas”. Vivimos en un mundo altamente complejo, y la repentina erupción volcánica de esa preocupación airada o desconcertada por lo que llaman “la nueva perspectiva de Pablo” puede ubicarse de forma interesante en cualquier ámbito sociocultural o político en donde todo un estilo de vida, todo un modo de entender la fe cristiana y tratar de vivirla o toda una forma de ser humanos aparentan estar en riesgo. Esta pregunta es afín, por ejemplo, a un enorme e intrincado problema en el cristianismo occidental, que se caracteriza por el choque implícito entre aquellos que obtienen su fe de los cuatro evangelios, más algunos fragmentos de Pablo, y aquellos que basan la fe en Pablo y le adicionan algunas ilustraciones de los evangelios. Estas cuestiones, a su vez, deben considerarse en el amplio mapa temático de las diferentes partes de la iglesia occidental, como lo hace (por ejemplo) Roger Olson en un libro reciente, en el que distingue a los “conservadores” (personas como Don Carson, de Trinity Evangelical Divinity School) de los “posconservadores” (personas como yo).6 Siempre es interesante descubrir que perteneces a un grupo que ni sabías que existía. Esa división cultural particular es un artefacto sólidamente estadounidense, por lo que no creo tener algo que ver con eso. Subyacentes a la división de Olson hay, por supuesto, placas tectónicas culturales y sociales mucho más grandes que se mueven de aquí para allá. No debemos pensar que podamos discutir la exégesis de 2 Corintios 5:21 o de Romanos o de Gálatas, en el vacío. Todo está interconectado. Y cuando la gente siente que el piso tiembla y que los muebles tambalean, se asusta.

Pruébalo, si quieres. Date una vuelta por los blogs, si te atreves. Es tiempo de que desarrollemos una ética cristiana del blog. El mal genio sigue siendo mal genio incluso en la aparente privacidad de tu propio disco duro; y las palabras duras e injustas, cuando se liberan al aire, causan destrucción e infligen un daño real. Y en cuanto a la práctica de decir cosas malas y divulgar falsedades escondidos detrás de un seudónimo, bueno: si alguien me dedica un texto de esos, va directamente a la basura. Pero los equivalentes digitales del mal comportamiento al conducir no son casualidad. aquellos que escriben acusaciones viciosas, furibundas, difamatorias e inexactas lo hacen porque sienten que su cosmovisión está siendo atacada. Sí; yo tengo una preocupación pastoral por esas personas (y, para el caso, una preocupación pastoral por cualquiera que pase más de unos minutos al día participando en debates en blogs, especialmente cuando todos usan seudónimos. ¿Fue para esto que el creador Dios hizo a los seres humanos?). A veces, las cosmovisiones tienen que ser sacudidas, pues tienden a volverse idolátricas y egoístas. Me temo que eso es lo que ha sucedido —y sigue sucediendo—, incluso en contextos cristianos bien regulados y relucientes. Mi cosmovisión también debe ser sacudida, por supuesto. John Piper nos dice que escribe como pastor. Yo también.

De hecho, él escribe como alguien que, una vez la polvareda se asienta, comparte mi propia preocupación. Cuando salió su libro, Piper me envió una copia en la que escribió amablemente de su puño y letra: “Para Tom, con amor, admiración y preocupación y con el deseo y oración de que Jesucristo, el Señor del universo, que sostiene nuestras vidas en sus manos, nos lleve a una sola mente por amor a la plenitud de su gloria y para el bien de este mundo que gime”. Ese es mi deseo y oración también.

La tierra gira alrededor del sol. Jesús es el héroe de la obra, y nosotros actores secundarios; se nos han concedidos roles como el del CRIADO 3 y el del LACAYO 7, que aparecen por un momento, dicen una palabra y desaparecen de nuevo, orgullosos de haber compartido el escenario con él y, por un momento, haber sido una pequeña parte de su acto. Es porque siento que esa imagen es palpable en el trabajo de John Piper y porque, a diferencia de algunos de mis críticos (¡incluyendo algunos cuyas palabras están citadas en la contraportada de su libro!), ha sido escrupulosamente justo, cortés y generoso en todos nuestros intercambios, que escribo, no con un corazón agraviado (“Oh, ¿todo para qué? Él nunca lo va a entender. ¡que piense que el sol le da la vuelta a la tierra si lo hace feliz!”), sino con la esperanza de que tal vez, solo quizás, si nos tomáramos un tiempo, sacáramos más libros —y quizás telescopios—, se encenderá la lámpara, el momento eureka sucederá, la nueva cosmovisión hará clic y todo quedará claro. Críticos, por favor, tengan en cuenta lo siguiente: Yo no espero permanecer inmutable durante el proceso. No estoy defendiendo una fortaleza llamada “La Nueva Perspectiva” contra todos los que recién llegan al asedio. Espero no solo aclarar más las cosas de lo que lo he hecho antes, sino también verlas más nítidas que antes como resultado de haber tenido que articularlo todo, una vez más. Quizás, si logro ver las cosas más claras, pueda tener éxito al expresarme.

A propósito; en este punto, las preguntas sobre la “nueva perspectiva” y sus diversos rivales se vuelven menos importantes. Por momentos, desearía que la frase nunca hubiese sido acuñada. Tal vez por razones freudianas, había olvidado por completo que yo mismo la inventé (en realidad la tomé de Krister Stendahl) hasta que J. D. G. Dunn —a quien normalmente se le atribuye— señaló gentilmente que me oyó decirla en mi Conferencia Tyndale de 1978, en la que —como bien recuerdo— él estaba sentado en primera fila.7 Mi relación con Jimmy Dunn —a veces tormentosa, a veces desconcertante, ahora feliz (me sorprendió y honró al dedicarme su reciente y gran libro The New Perspective on Paul [2008]; mi ofrenda de gratitud es mi reconocimiento a una larga y prolongada amistad, tan profesional como enredada)— debe contarles a los espectadores lo más importante sobre la nueva perspectiva; es decir, que no hay tal cosa como La nueva perspectiva (¡a pesar del título de su libro!). Solo hay una familia dispar de perspectivas, con más o menos rasgos familiares y, en su interior, con disputas y rivalidades feroces entre hermanos. No hay un frente unido (como la famosa “Cofradía de David contra los filisteos” de Schumann, que luchaba contra Rossini, por un lado, y Wagner, por el otro) haciendo retroceder con los cuernos de toro de la erudición bíblica liberal a las hordas recalcitrantes de la Confesión de Westminster. No es así como funciona este asunto.

De hecho, cualquiera que preste mucha atención al trabajo de Ed Sanders, Jimmy Dunn y al mío (por alguna razón, a menudo se nos menciona como los culpables principales.8 ¿Por qué no Richard Hays? ¿Por qué no Douglas Campbell, o Terry Donaldson, o Bruce Longenecker?)9 verá que tenemos al menos tanto desacuerdo entre nosotros como los que tenemos con los que están fuera de ese círculo (muy pequeño y para nada encantador).

Jimmy Dunn y yo hemos estado en desacuerdo durante los últimos treinta años en la Cristología de Pablo, en el significado de Romanos 7; más recientemente en torno a pistis Christou y, quizás lo más importante, en la cuestión del exilio continuo de Israel. Ed Sanders no ha tenido ninguna razón particular para estar en desacuerdo conmigo; no soy consciente de que él se haya interesado demasiado en todo lo que he escrito, pero mi gratitud por el estímulo de su trabajo ha sido alegremente igualado por mis desacuerdos principales con él en cada punto, no solo de detalle, sino también de método, estructura y significado. Recuerdo bien un semestre académico en Oxford, cuando yo daba mis clases sobre Romanos a las 11 a. m. los lunes, miércoles y viernes, y las clases de Ed Sanders sobre la Teología de Pablo eran a las 10 a. m. Los estudiantes pasaban directamente de su aula a la mía y, en más de una ocasión, dije algo que provocó una oleada de risas: había contradicho, exacta pero involuntariamente, lo que Sanders acababa de decir la hora anterior.

Todo eso es anecdótico, pero quizás significativo. Los críticos de la “nueva perspectiva” —que comenzaron temiéndole a Sanders— no deberían asumir que Dunn y yo estamos bajo la misma bandera. De hecho, tal como dice otro viejo amigo, Francis Watson, es hora de ir más allá de la “nueva perspectiva”, para desarrollar diversas formas de leer a Pablo que le hagan más justicia histórica, exegética, teológica y (se espera) pastoral y evangelística.10 Esto puede implicar que debamos recuperar algunos elementos de la llamada “antigua perspectiva”; igualmente, Piper y otros como él no deberían brindar tan pronto. Las ovejas perdidas no están regresando al redil de la Reforma, excepto en el sentido de que, al menos para mí, ellas siguen absolutamente comprometidas con el método de los Reformadores consistente en cuestionar todas las tradiciones a la luz de las escrituras. Es hora de seguir adelante. En realidad, creí haberlo indicado en el título de mi último libro sobre Pablo, aunque el editor estadounidense, en cierto sentido, lo silenció (el título en la edición británica es Pablo: nuevas perspectivas, y se convirtió en Pablo en nueva perspectiva en la edición estadounidense). De todos modos, lo que sigue no es una defensa de algo monolítico llamado “la nueva perspectiva”, no se trata de rescatar algunas de las cosas extrañas que dijo Ed Sanders, sino que es un intento por arrojar una vez más a Pablo, sus cartas y teología a un debate implícito y a veces explícito con, al menos, algunos de los que alzaron su voz de alarma cuando intenté hacerlo antes.

Bueno, al menos algunos. Ahora hay mucha gente escribiendo sobre todos estos asuntos. El reciente y provechoso libro de Michael Bird tiene una bibliografía de dieciocho páginas, principalmente de obras inglesas y estadounidenses (hay mucho más: los alemanes, para no ir muy lejos, no están inactivos), y el sitio de Internet Paul Page actualiza constantemente esta bibliografía.11 Incluso, si yo pudiera dedicar todo mi tiempo al diluvio cada vez mayor de literatura, por no mencionar los estudios cada vez más amplios sobre el judaísmo, el paganismo y el cristianismo del siglo I, que lo pondrían todo en su contexto apropiado, y a los nuevos comentarios sobre libros particulares, sería difícil seguirles el ritmo. Tengo, como decimos, un “empleo” que es bastante exigente, y que incluye, pero va mucho más allá, mis responsabilidades de exponer y defender la enseñanza de la Biblia (el hecho de que esté terminando este libro durante las Conferencia Lambeth 2008 habla por sí mismo). Claramente, me es imposible involucrarme explícitamente, de la manera que a uno le gustaría, con más de una porción de las investigaciones recientes más relevantes. Sin embargo, creo que podemos hacer una virtud de esta necesidad. Muchos de los libros y artículos en cuestión han dado en el blanco en su interacción con la literatura secundaria, al punto de que la letra pequeña de las notas al pie ocupa hasta la mitad de cada página. Yo mismo tuve mi tiempo en el que escribí un buen número de notas al pie. Ellas tienen su potencial para la elegancia e, incluso, el humor (cuando mis padres revisaron mi tesis doctoral, la apodaron “El Libro Oxford de notas al pie”; cuando hicieron lo mismo con mi hermano Stephen, algunos años después, se llamó “El Libro Durham de notas al pie”). Pero, para la mayoría de los lectores, incluso para la mayoría de los lectores académicos, tal forma de escribir puede volverse turbia y escolástica, con el texto y las preguntas principales sepultadas bajo un montón de escombros polvorientos. Recuerdo al tan extrañado Ben Meyer cuando hablaba de aquellos que piden el pan de la inteligibilidad y, en su lugar, se les da la piedra de la investigación. Podríamos extenderlo: por ejemplo, en lugar del pez del evangelio, uno se encuentra con el escorpión de las luchas académicas internas. Al tratar de evitar este peligro, soy muy consciente de que puede darse lo contrario: los puntos clave del debate pueden quedar sin respuesta. Es inevitable. En el texto principal, trataré de abordar los que considero que son los problemas centrales y los detalles curiosos.

Para usar una metáfora peligrosa: hay dos formas de ganar una batalla. Puedes hacer tu mejor esfuerzo para matar tantos enemigos como puedas hasta que te queden pocos o puedes flanquearlos para que se den cuenta de que su posición es insostenible. Buena parte de la literatura reciente ha estado probando con el primer método. Este libro le apunta al segundo. Sé que habrá muchos soldados de infantería que seguirán escondiéndose en la jungla, creyendo que van ganando; pero espero que la próxima generación, ya sin el peso de reputaciones preexistentes a perder ni posiciones a defender, capten el mensaje.

II

Otra imagen viene a mi mente. A veces, frente a un rompecabezas, uno se siente tentado a armar lo que aparenta ser más fácil e ignorar la mitad de las piezas. ¡Ponlas de nuevo en la caja! ¡No puedo con todo! El resultado es, por supuesto, que el rompecabezas se torna más difícil. Sin embargo, uno puede imaginar que alguien, tras esa decisión inicial tan desastrosa, trata de remediar la situación con fuerza bruta, uniendo piezas que de todos modos no encajan en el afán de crear algún tipo de imagen. (Me recuerda el viejo chiste de los exoficiales de la Stasi, la policía secreta de Alemania del Este. Para saber qué trabajos podrían ser adecuados para ellos en la nueva Alemania, se les exigió tomar una prueba de inteligencia. Les dieron un marco de madera con varios huecos de diferentes formas y un conjunto de bloques de madera que encajarían en ellos. Cuando se completó la prueba, todos los bloques habían sido puestos en los marcos; pero resultó que, si bien algunos de los exoficiales eran bastante inteligentes, la mayoría eran simplemente muy, muy fuertes).

La aplicación de esta imagen del rompecabezas debería ser obvia. Al prepararme para escribir este libro, leí rápidamente no solo los textos clave que quería tratar, sino también artículos sobre justificación en los diccionarios teológicos y bíblicos que estaban a mi alcance. Una y otra vez, incluso allí donde los autores parecían prestar mucha atención a los textos bíblicos, varios de los elementos clave en la doctrina de Pablo simplemente no estaban: Abraham y las promesas que Dios le hizo, la incorporación a Cristo, la resurrección y la nueva creación, la comunión entre judíos y gentiles, la escatología en el sentido de un plan orientado por Dios a un propósito a través de la historia y, no menos importante, el Espíritu Santo y la formación del carácter cristiano. ¿Dónde estaban? La lectura de textos como Romanos y Gálatas hace que sea difícil imaginar cómo se podrían escribir tres oraciones sobre la justificación sin incluir la mayoría de esos elementos, pero esos artículos lo lograron.12

Tampoco son solo temas los que no aparecen. Puedes darte cuenta de la calidad de cualquier libro acerca de Pablo con tan solo observar qué pasajes no figuran en el índice. Sorprendentemente, John Piper no plantea ninguna discusión sobre Romanos 2: 25–29 ni 10: 6–9, pasajes absolutamente cruciales en Pablo y en mi exposición sobre el apóstol. De igual manera, no trata en ningún momento con lo que, para mí, es central: la comprensión de Pablo de la promesa de Dios a Abraham en Génesis 15. Su única referencia a este capítulo consiste en decir que Pablo “recoge el lenguaje de la imputación” del Génesis. En este punto, Piper coincide exactamente con Ed Sanders con respecto al uso del primer libro por parte de Pablo. Los dos consideran que, para el apóstol, Génesis es simplemente una conveniencia incidental. No hacen referencia al contexto más amplio ni —mucho menos— tienen en cuenta el lugar de Génesis 15 dentro de una de las narraciones rectoras en Pablo. Ni siquiera Jimmy Dunn, en la discusión de si Pablo es un “teólogo del pacto”, consigue abordar la pregunta de por qué Génesis 15 es elegido no solo como un texto de prueba, sino como el tema subyacente a dos de sus capítulos de mayor importancia.13

Otro ejemplo es la revisión peculiarmente atractiva, sustancial y académica del tema, elaborada por Stephen Westerholm.14 A pesar de los comentarios positivos que académicos de primer orden imprimieron en la parte posterior de su libro, Westerholm dejó dos tercios de las piezas del rompecabezas guardados en la caja. Al cabo de más de cuatrocientas páginas, uno no se entera de que, para Pablo, la justificación está estrechamente entrelazada con la noción de “estar en Cristo” —incluso si se tiene en cuenta que el enfrentamiento entre las categorías “jurídicas” y “participacionistas” ha dominado la discusión principal de la teología de Pablo durante cien años, con el trabajo de Sanders como otro punto prominente (siguiendo a Schweitzer y muchos otros) en la elevación de la “participación” a la posición primaria. Westerholm omitió un tema completo, a pesar de que muchos, nada menos que de la tradición Reformada —a diferencia de la luterana—, han indicado que es, de hecho, el contexto apropiado para comprender la justificación en sí.

Quizás esto está relacionado con el hecho de que Westerholm, uno de los más destacados voceros contra la nueva perspectiva en la actual producción literaria, no parece notar la existencia y, mucho menos, la importancia, de “la justicia imputada de Cristo” que, para Piper y otros, es el problema central; tal vez, también esté relacionado con el hecho de que Westerholm ubica a C. E. B. Cranfield en su relato dentro de la intelectualidad “luterana”, a pesar de reconocer que Cranfield es miembro indiscutible del campamento “Reformado” y que ha invertido gran parte de su carrera académica en tratar de arrancar la lectura de Pablo de las manos de un aparente luteranismo antinomiano. Son muchas las piezas del rompecabezas que este tipo de tratamiento barrió debajo de la mesa.

Me parece que el apóstol Pablo nos obliga a prestar atención a dos fichas del rompecabezas en particular, ninguna de ellas especialmente característica de la “antigua” o de la “nueva” perspectiva. En realidad, son dos piezas que van juntas, muy cercana la una de la otra.

En primer lugar está el uso rico y sutil que Pablo hace del antiguo Testamento. Aquí, sigo —y luego voy más allá— el trabajo fecundo de Richard Hays.15 Cuando Pablo cita las escrituras, por lo regular tiene la intención de referirse no solo a las palabras expresamente citadas, sino a todo el pasaje. Una y otra vez, cuando buscas el capítulo desde el cual él toma la cita, una corriente de luz fluye de regreso al argumento real de Pablo. Entre muchos ejemplos favoritos, menciono 2 Corintios 4: 13: “Tenemos el mismo espíritu de fe —declara Pablo— según las escrituras: ‘Creí, por tanto, hablé’; así que nosotros creemos, y así hablamos”. ¿Qué es lo que la cita del Salmo 116: 1016 añade a su argumento? Con seguridad, creer-por-tanto-hablar resulta obvio, ¿no es así? ¿No es eso lo que uno normalmente hace? Sí, pero lee el Salmo entero: el que conocemos como 116 en hebreo y en español, que la Septuaginta divide en dos. Es una oración de alguien que sufre terriblemente, pero que confía en Dios y es liberado. En otras palabras, es exactamente la oración de alguien en la situación de Pablo en 2 Corintios 4. Pablo tiene todo el Salmo en mente, y quiere que sus lectores también capten sus “ecos”. Este principio de interpretación, ahora está ampliamente establecido como, al menos, un camino entre otros para entender el uso que hace Pablo de las escrituras. No es un rasgo peculiar ni, de hecho, particularmente característico de la “nueva perspectiva” —aunque es típico de varias tendencias en el judaísmo del Segundo Templo, cuyo estudio es importante, aunque controversial, como uno de los elementos de la “nueva perspectiva”.

En segundo lugar —y en lo que a mí respecta, una pieza del rompecabezas que es absolutamente central para Pablo—, está la comprensión que el apóstol tiene de la historia de Israel y del mundo entero como una narración continua, única, que, habiendo alcanzado su clímax en Jesús el Mesías, ahora se desarrolla en las formas originales y frescas que Dios el creador, el Señor de la historia, siempre quiso. Esta también es una idea judía característica del Segundo Templo, aunque, nuevamente hay que decirlo, no ha sido prominente en la “nueva perspectiva”.

Esto es tan importante para todo lo que voy a decir, que necesito explicarlo un poco más. Destacar la lectura paulina de “la historia de Israel” no es simplemente una cuestión de “teología narrativa” en el sentido reducido de que, mientras que algunas personas prefieren hacer teología en proposiciones abstractas, otras, como una cuestión de gusto cultural, piensan en términos de relatos. Es, más bien, un intento de entender cómo las referencias que Pablo hace de Adán y Abraham, Moisés y los profetas, hasta Deuteronomio e Isaías e incluso los Salmos, significan exactamente lo que significan porque él tiene en su cabeza y corazón —como muchos judíos de la era del Segundo Templo— una gran historia de creación y pacto, de Dios, su mundo y su pueblo, que avanza continuamente en un solo relato. Esta vez, la protesta no viene tanto de la brigada anti-nueva perspectiva —por lo que observo, la mayoría ni siquiera se dio cuenta del asunto a pesar de mis esfuerzos por transmitirlo— sino de escritores mayores como Ernst Käsemann (cuyo debate con Krister Stendahl sobre este y otros asuntos relacionados formaron parte del tema de mi mencionada Conferencia Tyndale de 1978) y sus sucesores, como J. Louis Martyn. “Como niños quemados —declaró Käsemann en referencia a la “historia de la salvación” nazi de la década de 1930 (Dios ha levantado a la nación alemana para llevar a cabo sus propósitos, y todo lo que tenemos que hacer es subir a bordo)— no estamos dispuestos a volver a poner nuestras manos en el fuego”. Entendido; pero Stendahl sí estaba en algo, aunque, a mi entender, él no lo exploró completamente en sus dimensiones paulinas.17 Pablo, en realidad, piensa en la historia como una línea continua y en el propósito de Dios en la historia como un barrido ininterrumpido desde Abraham hasta Jesús y su obra, y que continúa en la misión de la iglesia.

Sin embargo, al interior de esa línea continua hay un estruendo, como el gran acorde en la sinfonía Sorpresa, que despierta a todo el mundo a pesar de que forma parte integral de la armonía y el ritmo del movimiento: un momento apocalíptico dentro de la historia del pacto, el momento —para cambiar la imagen musical— en que el solista irrumpe en la melodía con un torrente de acordes violentos y que, al reflexionar sobre la obra, se revelan como el punto hacia el cual la introducción orquestal se dirigió desde el principio. La visión de Pablo de la irrupción cataclísmica de Dios en la historia de Israel y del mundo en y a través de la muerte y resurrección de Jesús el Mesías fue que este momento deslumbrante y espeluznante que desplaza de sus lugares de privilegio todo otro evento es lo que —a pesar de las apariencias iniciales, y ciertamente a pesar de las propias expectativas y comprensión iniciales de Pablo— toda la historia de Israel, de Abraham en adelante y toda la historia de Israel bajo la Torá desde Moisés en adelante y, de hecho, toda la historia de la humanidad desde Adán en adelante había estado esperando. Es una convicción central en Pablo, pero algo que las perspectivas antiguas y nuevas han ignorado completamente, que Dios siempre tuvo un solo plan de rescate del mundo y la especie humana, y que se centró en el llamado a Israel, un llamado que Pablo vio fructificar en el Mesías, el representante de Israel. Lee a Pablo en esa línea y podrás conservar todas las piezas del rompecabezas sobre la mesa. Ignora ese gran relato y tendrás que barrer la mitad de las piezas o intentar arreglártelas con el truco de los Stasi.

Donde sea que esto se ignore —como es lo habitual, tanto en la perspectiva nueva como en la antigua, así como en los novecientos noventa y nueve lectores correctos de Pablo que no creen necesitar ninguna “perspectiva”—, volvemos a la cuestión del rompecabezas. Retira esa línea histórica y Romanos 9-11 se convierte en una elucubración inconexa sobre la predestinación o “el futuro de Israel”, un tópico diferente al resto de la carta. Retira esa línea histórica y el empuje de las declaraciones culminantes de Pablo en Gálatas 3 no solo se diluye, también se ignora. En 3: 29, después de acumular casi todos sus grandes temas teológicos en un solo ramillete —la ley, la fe, los hijos de Dios, “en Cristo”, bautismo, “vestirse de Cristo”, “ni judío ni griego”, “todos uno en Cristo”— la conclusión no es “por lo tanto, ustedes son hijos de Dios” ni “por lo tanto son salvos por gracia mediante la fe”, sino “Por lo tanto, ustedes son simiente de Abraham”. ¿Por qué le importa eso a Pablo, precisamente en ese punto? La mayoría de los escritores de la “nueva perspectiva” no tienen respuesta. Prácticamente, nadie en la “antigua perspectiva” ni siquiera considera que exista una pregunta que hacer. Pero hasta que no hayamos encontrado la respuesta, no habremos estado leyendo a Pablo sino solo a un personaje ficticio que nosotros mismos hemos inventado de manera improvisada con las piezas del rompecabezas paulino que conocemos y nos gusta; imagen que hemos forzado gracias al poder del dogmatismo, y que hemos fijado en su lugar con los pegamentos de la piedad y la preocupación pastoral. Como resultado, el dogma y la piedad —por supuesto— ponen en marcha todo un nuevo tren de pensamiento.

Otra ilustración musical. Mantén presionado el pedal de resonancia en un piano y pulsa un LA débil. Si el piano está afinado, pronto escucharás otro LA vibrar por simpatía, luego un MI por encima y luego LA; luego DO sostenido; luego MI. Todo esto puede tornarse confuso —la siguiente nota en la secuencia armónica verdadera debería ser SOL bemol— pero es suficiente para ilustrar lo que quiero decir. Todas esas notas —varias que refuerzan LA, con los MI y, al menos, un DO sostenido— son en realidad parte de la nota original. Muy pocas personas pueden oírlas sin la ayuda de un piano o algún instrumento que se le asemeje, pero están ahí. Ahora, supongamos que alguien que está atento a uno de los MI, tocara esa nota justo cuando la escucha. Sería parte de LA original, pero ahora, al haber presionado MI, establecería un conjunto de resonancias diferentes a las anteriores: MI, luego SI; de nuevo MI; luego SOL agudo; otra vez SI; etcétera.

Considero que eso es lo que sucedió con los usos que se le han dado a Pablo en los siglos posteriores a la Reforma. Por el momento, digamos que Lutero y Calvino (con todo y sus grandes diferencias —otro punto que a menudo se pasa por alto en el movimiento anti- nueva perspectiva, a veces de forma apresurada y airada) escucharon un verdadero sobretono de lo que Pablo estaba diciendo —por ejemplo, la quinta MI que forma parte del acorde de LA que tocamos al presionar el pedal. ¿Qué pasó? Las cosas no se detuvieron dentro del protestantismo. Todo tipo de movimiento ha ido y venido. La Europa continental de la Ilustración del siglo XVIII fue, en cierta medida, un movimiento completamente protestante que se deshizo de la religión autoritaria y que se formuló preguntas desmitificantes, racionales e históricas. El movimiento romántico, en reacción contra el racionalismo seco de la Ilustración, llevó un poco más lejos una nueva tensión del sentimiento protestante, esta vez insistiendo en que lo que importaba era el sentimiento interno, no la acción externa. Diferentes tipos de pietismo surgieron, florecieron, mutaron y dejaron su legado a lo largo del camino. Finalmente (esto, por supuesto, reduce de manera exagerada varias historias largas) vino el Existencialismo, que subrayó la experiencia humana auténtica como la clave y el criterio para una fe genuina. No hay tal cosa como un retorno puro a los Reformadores, a quienes se les ha escuchado y re-escuchado repetidamente en cámaras de resonancia que ellos mismos no habrían reconocido. Las lecturas que hicieron de Pablo han sido transmitidas a través de esas cámaras de resonancia al punto de que la voz del apóstol se hizo irreconocible. Todas las notas en el piano han salido en estampida alegremente, y parece desesperado cualquier intento de discernir qué nota de pedal fue pulsada primero.

A menos que, por supuesto, volvamos a la historia, que es donde Pablo miró para encontrar las raíces de la historia cuyo clímax creía fue Jesucristo. Allí es donde tenemos que ir si, como decimos nosotros, queremos escuchar la escritura misma en lugar de cualquiera de las venerables tradiciones de los líderes de la iglesia posteriores o las menos venerables notas al pie de página de eruditos más recientes. Durante demasiado tiempo hemos leído las escrituras con ojos del siglo XIX y preguntas del siglo XVI. Es hora de que volvamos a leer con ojos del siglo I y preguntas del siglo XXI.

1 Ver: Piper, 2007. Para conocer las diversas perspectivas entre los Reformadores y sus sucesores, ver McGrath, 1986 y varios ensayos en Husbands and Treier, 2004 y McCormack, 2006.

2 Barbara Brown Taylor, “Failing Christianity”, The Christian Century, 17 junio de 2008. p. 35.

3 Los volúmenes anteriores son: The New Testament and the People of God (1992), Jesus and the Victory of God (1996) y The Resurrection of the Son of God (2003). Todos han sido publicados por SPCK (Londres) y Fortress (Minneapolis).

4 Ver Piper, 2007: 60ss. Un buen ejemplo de esta tendencia actual es el trabajo de Guy Waters (2004).

5 1 Co. 4: 3-5.

6 Ver Olson, 2007.

7 Ver Wright, 1978.

8 Por ejemplo, en Piper, 2007: 27.

9 Por ejemplo, Hays, 1989; 2002; 2005; Campbell, 2005 (y su más próximo trabajo, The Deliverance of God); Donaldson, 1997; y Longenecker, 1998.

10 Watson, 2007.

11 http://www.thepaulpage.com/new-perspective/bibliography/; ver Bird, 2007: 194–211.

12 Debo citar una excepción honorable. El gran erudito conservador J. I. Packer, en su artículo en el New Bible Dictionary, incluye prácticamente todos los elementos mencionados arriba, de modo que, aunque cuestiono algunos aspectos de su síntesis, con todo, ofrece una imagen mucho más completa que la mayoría de sus rivales. Ver Packer, 1962.

13 Dunn, 2008: cap. 20.

14 Westerhom, 2004.

15 Especialmente Hays, 1989.

16 Sal. 5 en la LXX.

17 Referenciado en Wright, 1978. Ver especialmente Käsemann, 1971: 60–78 y Stendahl, 1976: 78–96.

Justificación

Подняться наверх