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Presentación

Olga González de Molina

De toda la obra freudiana, “La interpretación de los sueños” fue la que recibió mayor atención por parte de Freud, la más prolífica en su escritura y en la que él mismo se otorgó un lugar para decir, contar, exponerse incluso, con mayor naturalidad con sus propias formaciones oníricas. Quizás porque se dejaba acompañar por las imágenes que representaban silenciosamente escrituras antiguas, las que nos relata en sus escritos y en sus elaboraciones teóricas y, además, porque la imagen del sueño es la demostración más visible de la vida psíquica. También en el arte, en cualquiera de sus formas, particularmente en aquello que puede forjarse con las propias manos, moldear la materia informe de la piedra para dejar, permitir que la imagen surja de la materia yerma. En este sentido, el sueño y la creación en el arte tienen similar origen: ambos crean la imagen y conforman el producto de su creación. Por eso, tal vez, Freud fue un admirador de las pequeñas obras de arte que descubrió una mañana en la consulta de su maestro Charcot.

Traje elegante, camisa nueva, corbata negra y guantes blancos, un joven médico vienés arriba al lugar de consulta del gran profesor Charcot. Al día siguiente, el discípulo escribe a su novia el increíble lugar que tuvo el honor de conocer. Relata un cuarto grande, con objetos de arte, esculturas expuestas en vitrinas, cuadros, un mundo que el discípulo admiró, pero al que no pudo acceder sino hasta mucho tiempo después.

Primer encuentro significativo de Freud con la belleza de una forma plasmada en la piedra por el hombre, haciendo evidente el lazo entre la imagen y la concreción de lo imaginado por el artista. Un recuerdo de su niñez lo sorprende en su evocación:

“Cuando tenía seis años y mi madre me daba las primeras lecciones, ella me enseñaba que nosotros habíamos sido hechos de tierra y que debíamos volver a la tierra. Eso no me gustaba y dudaba. Mi madre frota entonces las palmas de sus manos como cuando se hace Knobel y me muestra los pequeños fragmentos de epidermis que estaban caídos como una prueba de que estábamos hechos de tierra”.

Freud no olvidará esa lección maternal, más allá de la invisibilidad del objeto de investigación por el psiquismo humano, buscará verlo con los ojos del espíritu y comienza a acumular las comparaciones para intentar aproximarse al inconsciente: analogías ópticas, y textuales, se orientaba por la metáfora arqueológica, presente a lo largo de la escritura freudiana. Freud teórico piensa el psicoanálisis como una investigación en arqueología. La escultura reposaría sobre los fenómenos de desplazamiento y condensación. Más adelante, pensará Lacan que la Verdichtung es la estructura de sobreimpresión de los significantes de donde toma su campo la metáfora y en el que se superponen las temporalidades, presente, pasado, y futuro.

El comentario de Freud sobre el lazo entre el sueño y la obra de arte dice así: el sueño expresa la relación que existe sobre el lazo entre el sueño y la obra, entre todos los elementos de sus pensamientos uniéndose en un todo, obra, cuadro o escultura.

Luego de la muerte de su padre en 1896, Freud se dedicó a un intenso trabajo sobre su propio pasado, que lo llevó a descubrir el inconsciente y a escribir “La interpretación de los sueños”. Simultáneamente, debuta su colección arqueológica, anhelo inspirado en su visita a Charcot.

La Traumdeutung freudiana nos presenta la historia de un enigma a descifrar, central para el psicoanálisis en relación de una producción del inconsciente de cuya materialidad no queda más que la virtualidad de la imagen.

Del trabajo del sueño, que es la conformación de imágenes, a la elaboración supuesta de un sentido plasmado en la imagen a descifrar; aún así, el sueño sigue siendo un enigma.

La aventura freudiana, estudiando el laberinto de signos que presentaba la exuberancia de sueños, encuentra en la escritura jeroglífica una posible representación para explicar el fenómeno de su escritura peculiar. Paradoja freudiana, salir de un laberinto imaginario, para entrar, sin guía posible, en el señalamiento simbólico que nombra. Pero precisamente por eso es engañoso, porque al nombrar instala un concepto, casi podríamos pensar que instala un saber, sin embargo, es por eso que no descifra lo cifrado en el sueño, porque con el lenguaje no se alcanza el sentido a descifrar, justamente porque está allí ocupando el lugar mismo del sentido, mientras que en lo cifrado será preciso ver el goce. Los límites de la interpretación encuentran allí su nudo gordiano.

La arqueología como metáfora del trabajo psicoanalítico está presente desde sus inicios. Acaso son las construcciones que el hombre fue creando y conservando, como testigos mudos, intentos de llegar a decir de l’Unerkannt que lo constituye como origen.

Lacan abordó los límites de lo simbólico para decir de l’Unerkannt cuando ya disponía del concepto de goce y cuando verificó que, aún interpretada, la insistencia de la iteración dejaba al goce en el mismo lugar. Es así que el concepto con el que Freud pensaba el síntoma y el goce a él adherido se circunscribía a la repetición. En la relación entre lo imaginario y lo simbólico faltaba algo, que Lacan adelanta con una invención cuando llega, ya en sus últimos seminarios, a pensar que, si bien en psicoanálisis se trata de escritura, se hace necesario considerar de qué escritura se trata, cuáles son los lugares discursivos que la hacen factible de pasar a la palabra para acceder a una interpretación posible.

Con Freud ya se había demostrado que no alcanzaba con la lógica binaria para cernir el goce y llegar al fin de una cura. La dimensión de lo real fue la invención lacaniana que permitió una operación inédita entre lo real, lo simbólico y lo imaginario, con los diferentes campos que se abren entre las tres consistencias anudadas.

La nodalidad admite una nueva lectura del proceso onírico, que es algo más que solo un sueño, porque es la función generatriz misma de lo imaginario.

A la imagen plasmada en el sueño responde un cuerpo vivo con la resonancia de la interpretación, es lo que hace posible la lectura del sueño y su interpretación, porque el sueño mismo anuda allí la virtualidad de su escritura.

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Los escritos que presentamos aquí comenzaron a forjarse un año atrás cuando iniciamos un proyecto, quizás algo complejo al comienzo, problemático a la vez en cuanto a organización, porque nos constituimos en cárteles ampliados para abordar a lo largo del año una investigación sobre el tema propuesto por la Asociación Mundial de Psicoanálisis para el año 2020: El sueño, su interpretación y su uso en la cura lacaniana.

Los temas que sirvieron de empuje para realizar una construcción teórica sobre la interpretación de los sueños en Freud están presentes en las conclusiones a las que cada miembro logró llegar.

El resultado de esa experiencia fueron dieciocho escritos sobre el sueño, producto de los miembros de los cárteles que desearon presentar y que ofrecemos aquí a la lectura. La comisión editorial organizó lo trabajado en seis bloques temáticos de acuerdo a lo abordado hasta el momento de volcarlos al libro. Cada apartado se ocupa de más de un tema.

La amable presentación del artículo de Hebe Tizio, “El sueño es una pesadilla moderada”, publicado en El psicoanálisis nº 33, fue un aporte central que enriqueció nuestro trabajo.

Rosa Apartin, Catalina Bordón, Silvia García, Graciela Gerratán, Olga González de Molina (compiladora), Carlos Jurado, Claudia Levit, Esmeralda Miras, Silvia Mislian, María Laura Novello Artel, Verónica Pagola, Nora Piotte, Mirta Raquel Prilik, José Luis Rodríguez, Adriana Tyrkiel, Marta Vespoli, Norma Villella, Diego Zerba.

La escritura del sueño

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