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2. ¿Por qué el homo es falsus?

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La vida de economista no resultó como esperábamos. Si bien sospechamos que había algo más detrás de las teorías que habíamos leído, las claves que completasen las piezas de aquel rompecabezas no aparecían. Al fin y al cabo, si la economía era tan “científica” como se decía, ¿cómo era posible que tantas políticas económicas, diseñadas por gente tan estudiosa e inteligente fracasaran una tras otra, sin solución de continuidad? Por otra parte, las diversas crisis económicas, tanto nacionales como globales, tampoco encajaban con la idea de una ciencia infalible. ¿Y qué prestigio podía tener una ciencia cuyo galardón principal es un Premio Nobel trucho1 (porque no lo instituyó originalmente Alfred Nobel), y que se otorga con criterios muchas veces incomprensibles?

Por eso, la aparición de la psicología en la disciplina fue un soplo de aire fresco. Después de tanta ecuación atormentadora, de tanta discusión de puro corte ideológico, de tanta jerga que ocultaba lo importante, la Economía de la Conducta venía a desenmascarar sin piedad al homo œconomicus, el arquetipo racional que los economistas usamos como punta de lanza de casi todas nuestras ideas. Miles de experimentos de todo tipo descubrieron, y siguen descubriendo, límites claros en nuestras capacidades cognitivas, lo que incluye nuestras habilidades analíticas, esas que los economistas suponemos colosales en los individuos. Como Pablo ya escribió un libro donde habla in extensum de estas cuestiones, evitaremos repetirnos, pero sí explicaremos por qué la economía de la conducta es un buen punto de partida para entender de qué va este libro.

Supongamos una de esas vendedoras de ilusiones que viven de leerle el futuro a la gente. ¿Qué le espera en un mundo de agentes racionales como los que suponemos los economistas? Seguramente un ingreso magro, o quizás nulo. Un agente racional jamás pagaría por algo que, en esencia, no tiene valor. Se podría pensar, en acuerdo con la famosa Apuesta de Pascal (ver Box 1) que arriesgarse a pagar para que le adivinen el futuro puede ser una jugada sensata, pero repensemos el asunto. Un individuo racional debería preguntarse por qué una persona está dispuesta a brindar una información valiosísima por tan poco dinero. Conocer el futuro equivale a llevarse al pasado una libreta con los resultados deportivos, como sucede en “Volver al Futuro II”. Como conocer el futuro vale casi infinito, la señal de que alguien está dispuesto a malvender esta capacidad debe ser interpretada entonces como lo que es: un vulgar engaño.

BOX 1: EL ¿FALSO? DILEMA DE PASCAL

El argumento de Pascal es así: supongamos que no sabemos si existe Dios o no, y por lo tanto asignamos una probabilidad del 50% a cada proposición. ¿Cómo sopesarías estas probabilidades cuando decides si llevar o no una vida religiosa? Si actúas acorde a estos preceptos y Dios existe, decía Pascal, tu ganancia es infinita (la felicidad eterna). Pero si Dios no existe, tu pérdida es mínima (los sacrificios hechos para respetar la religión). Pascal propuso calcular la expectativa matemática del beneficio de vivir religiosamente, que es la mitad del infinito (la ganancia si Dios existe) menos la mitad de un número pequeño (la pérdida si no existe). Como la respuesta a este cálculo es infinito, el beneficio esperado de seguir los preceptos religiosos es infinitamente positivo.La esencia del argumento es que hay mucho para ganar creyendo, y mucho para perder si no creemos. Conclusión obvia: es más racional creer. Pero si lo miramos de cerca, del argumento surgen algunas dudas. Como crítica general, se trata de un argumento basado en el miedo, lo que no parece muy cristiano, y su solución se parece demasiado a pagarle un seguro (quizás hasta un soborno) a Dios.Además, podríamos preguntarnos si uno puede creer voluntariamente. Se supone que creer es un asunto profundo y sincero, que viene del corazón. En otro caso, Dios debería darse cuenta de que se trata de un esfuerzo por conveniencia, y si yo fuera Dios… no te dejo entrar a casa.Por otra parte, el argumento de Pascal omite aclararnos cuál de todas las religiones que existen en el mundo es la correcta. Si para invertir en el paraíso nos la pasamos rezando a Jesús, yendo a misa, y no comiendo carne en viernes santo, nos aseguraríamos de entrar al cielo… del cristianismo. Pero si la verdadera religión es la umbanda, entonces seremos condenados de todos modos. En un episodio de Los Simpsons, Homero encuentra exactamente este argumento y lo usa como excusa un domingo para no ir a la iglesia. Un colorario de esta crítica es que el tipo de ceremonias que hacemos no pesen lo mismo en la consideración de Dios, quizás comimos demasiada carne y rezamos demasiado y en el promedio… no alcanza los resultados esperados, alumno. La apuesta asume un Dios que usa la regla simple de castigar al que no cree en él. ¿Pero no sería más razonable recompensar la bondad, la generosidad o la sinceridad? A Bertrand Russell le preguntaron qué le diría a Dios si al morir se confrontara con él y él le reprochara no haber creído. Contestó: “Dios, mil disculpas, pero no había suficiente evidencia”.

Desde luego, es posible que la información provista sólo sea valiosa para nosotros y no tenga valor alguno para la “vidente”, como cuando deseamos conocer quién es nuestra alma gemela, si nos van a ascender en el trabajo, o si el problema de salud de algún ser querido se resolverá favorablemente. Todas esas cuestiones son extremadamente personales y de nada serviría al bolsillo de nuestro servicial oráculo tener acceso a dicha información, por lo que es razonable pensar que, siendo nosotros los únicos interesados en acceder a ella, aportemos a su bolsillo. Allí, la habilidad del futurólogo consiste en no decir nada muy concreto, mezclando entre las ambigüedades ciertos condicionamientos para el que se cumplan sus profecías. Pero claro, estas cuestiones personales poco le interesan a un homo œconomicus, que lo único que desea es que la astróloga le anticipe el número que saldrá sorteado en la quiniela del domingo. Irónicamente, los análisis macroeconómicos modernos asumen expectativas racionales, es decir, la capacidad de cualquier agente de prever de la mejor manera posible el futuro (de la economía). Por lo tanto, no se le ocurra comprar un informe de coyuntura, pues estaría pagando por una habilidad que esos mismos informes suponen que usted ya tiene.

Si bien hoy son menos comunes que en el pasado, es curioso que estos adivinos sigan existiendo. En parte la razón es que estos futurólogos se han camuflado y ahora ofrecen servicios de una manera mucho más sutil que antes. Lo que entró en desuso no es tanto la creencia en la posibilidad de conocer el futuro (aunque sin duda se redujo), como el envoltorio en el que estas promesas se venden. Consideremos la astrología, cuyo objetivo es predecir el futuro en base a los signos zodiacales. Según un libro reciente del astrólogo inglés Nicholas Campion, Astrology and Popular Religion in the Modern West Prophecy, Cosmology and the New Age Movement (Astrología y Religión Popular en el Oeste Moderno: Profecía, Cosmología y el Movimiento New Age), esta práctica todavía está, por así decir, vivita y coleando. Si bien nosotros ya no somos habitués, estamos seguros de que en los locales nocturnos los jóvenes aún se preguntan sus signos para ver si puede haber “onda” entre ellos. Se estima que el 90% de los adultos conoce su signo zodiacal y el 50% acepta como ciertas las personalidades que establecen. Como decía el humorista catalán El Perich: “La astrología es la ciencia por la que un imbécil llega a creer que es imbécil por culpa de las estrellas”. En Estados Unidos no sabemos cuántos imbéciles habrá, pero alrededor del 25% de la gente dice creer en los horóscopos, lo que no parece especialmente raro teniendo en cuenta que el 37% de ellos creen en las casas embrujadas y el 21% en la mismísima existencia de brujas.

En los últimos años, y dado que el poder predictivo de la astrología resultó ser incluso peor que el de la economía, este arte comenzó a remitirse a la caracterización de la personalidad de los distintos signos del zodíaco. El último libro de Gael Policano Rossi, que se autodefine como astrólogo, poeta y performer (?), se llama AstroMostra y es una guía para entender estas clasificaciones. A decir verdad, el libro no empieza del todo bien porque en su introducción asegura literalmente que la astrología no sirve para nada y que gracias a eso es… poesía. AstroMostra se dedica a explicar las personalidades a partir de la carta natal de cada individuo, su signo, su ascendente, su casa astrológica y otros conceptos de solidez algo insuficiente. Los estudios empíricos para demostrar que estas técnicas son puro humo son variados, pero no hacen mella en estos vendedores de ilusiones de personalidad. En uno de los más divertidos, unos científicos publicitaron en un diario un servicio de astrología: ofrecía elaborar a pedido y en forma totalmente gratuita de quienes lo quisieran su carta astral. Alrededor de ciento cincuenta personas respondieron la propuesta enviando sus datos de natalicio. Luego de unos días, los científicos enviaron a cada persona su análisis describiendo la personalidad de cada uno de ellos, junto con un breve cuestionario para consultar cuán acertada era la descripción. El 94% de los clientes contestaron que se reconocían en ella. Lo cual es curioso, porque a todos se les mandó exactamente el mismo texto. Pero esto no es todo, la caracterización que los lectores aprobaron como propia correspondía al horóscopo escrito para un asesino serial francés. El periodista científico español Salvador Hernáez resume muy bien el “poder energético” de los astros sobre nuestro carácter: “ejerce 400 mil veces más influencia gravitatoria la lámpara de la sala de partos que todos los planetas juntos en el momento del nacimiento”.

¿Qué es lo que hace que la gente consuma estos servicios de adivinación? Nos anticiparemos un poco al corazón del libro y citaremos las dos condiciones ineludibles que todo economista (e incluso un loro) debe repetir sin cesar: que haya oferta y que haya demanda. Comencemos por la demanda, y digamos que toda demanda implica una necesidad. Desde luego, conocer el futuro es una necesidad imperiosa, porque todos queremos reducir la angustia de la incertidumbre a la que nos enfrentamos, y porque pronosticar lo que pasará podría resultar muy rentable también. Pero este afán por conocer el futuro es una condición necesaria, aunque no suficiente para que se demande astrología. La condición suficiente es la credulidad, o a veces esas ganas irresistibles que tenemos los humanos por creer. En un trabajo reciente (Visión crítica de la Astrología), Rafael Barzallana menciona varios factores psicológicos que nos llevan a creer en la astrología, empezando por el convencimiento de que sus conclusiones y proyecciones son para uno mismo. Otros factores atrayentes son el “sesgo de confirmación” (o validación ilusoria), por el cual tendemos a darle mayor importancia a lo que queremos creer, subestimando aquellos hechos contradictorios; el “Efecto Barnum” (que explicaremos más adelante); y muy especialmente el “efecto de proyección”, donde se busca un significado a aquello que no lo tiene.

Pero eso no es todo. Nuestra sociedad occidental proviene de una cultura con una visión marcadamente determinista (cuando no fatalista) del mundo en que vivimos, subestimando entre otras cosas los efectos del azar en su funcionamiento. El determinismo no es otra cosa que creer que todo tiene una causalidad, que todo hecho está predeterminado por los acontecimientos que lo antecedieron, incluyendo el propio pensamiento humano. Bajo esta doctrina, siempre estamos buscando patrones que nos lleven a entender cuáles son los acontecimientos que determinarán nuestro futuro. ¿Por qué no pensar que esos patrones se encuentran en la ubicación de los astros al momento de nuestro nacimiento? Es decir, cuando estamos convencidos que todo está determinado por causas precedentes y, por lo tanto, el azar no tiene lugar, la astrología parecería ser una causa extraordinaria.

Este es un caldo de cultivo hermoso para el engaño, pero sólo falta un condimento para hacerlo definitivamente creíble: hacerlo parecer una ciencia. Como tendemos a creer que todo lo científico es cierto, si a una teoría la adornamos con cálculos matemáticos (y a veces con estudios estadísticos) de difícil interpretación, nos resulta más complicado resistirnos a creer. Más aun si a la pseudociencia se la etiqueta con un nombre que suene científico… ¿o acaso astrología no se parece a astronomía? Todos estos sesgos confluyen en una doble necesidad: conocer el futuro y creer que eso es posible.

Así que podemos decir que mercado para la adivinación del futuro hay. Y por supuesto, si hay demanda quiere decir que alguien está dispuesto a pagar, y dado que el costo de producción de inventar el futuro es cero, la oferta aparecerá de inmediato. Pero esto no es suficiente, porque si los que predicen no lo hacen bien (que es lo que esperamos que suceda), irán perdiendo su clientela. ¿Cómo hacer entonces para sostener el negocio en el tiempo? Por un lado, la magia está en la viveza de la adivinadora: utilizar un lenguaje ambiguo, como dijimos anteriormente, tener a mano buenas excusas para los fallos, predecir a muy largo plazo para evitar ser evaluado, son todas técnicas que le permitirán sobrevivir. La oferta debe, de alguna manera, esforzarse para no quedar como una truchada. Por el otro, necesitamos de cierta ingenuidad del cliente o, visto de otra manera, de una tolerancia al engaño suficientemente grande: como ya dijimos, todo agente racional detectaría la trampa con relativa rapidez, tras verificar que el futurólogo no le pega al futuro más de lo que predice el azar.

He aquí una rápida explicación de por qué persisten durante muchísimo tiempo en nuestra sociedad actividades fraudulentas: un oferente con ingenio más un demandante ingenuo. Insistimos, en un mundo racional como el de los modelos económicos tradicionales, nada de esto debería suceder. Quizás el lector dude de la relevancia cuantitativa de este fenómeno: un conjunto pequeño de “vivos” no es toda la economía, y la mayoría de los consumidores no pueden ser tan incautos como los compradores de futuro.

Este libro, sin embargo, quiere sembrar una sospecha, y es que estas vivezas podrían estar más extendidas de lo que creemos. ¿Cuántas veces usted compró cosas que no le brindaron la utilidad o la felicidad que esperaba? Ese cuadro carísimo que miró solo un par de veces y ya ni registra; ese libro que prometía hacer de usted una persona más segura; ese auto nuevo que finalmente no tiene un andar tan distinto del anterior. Seguro estas decepciones le han ocurrido, le ocurren, y le seguirán ocurriendo. Mal que les pese a los defensores de la eficiencia de los mercados, lo cierto es que todos nosotros compramos porquerías que parecen prometernos un bienestar enorme, pero que luego se evapora hasta hacernos dudar incluso de la real justificación de la compra. Demandantes ingenuos, oferentes con ingenio… recuerden la máxima y miren a su alrededor. Y también sigan leyendo.

Gerardo cuenta que, en la proximidad del Día de la Madre, las ideas para un regalo para su esposa eran escasas y sus hijas, muy niñas aún, no podían aportar propuestas. Atribulado por este problema, pasó frente a una casa especializada en productos deportivos, llamándole enormemente la atención unos patines artísticos, esos tradicionales de cuatro ruedas, pero con botas. Su esposa no se dedicaba al patinaje (mucho menos al patinaje artístico) y en la casa jamás se había hablado del tema. Pero por alguna razón él sintió que era el regalo perfecto. Al abrir el regalo, su mujer no sabía si se trataba de una broma, de una indirecta, o de otro inútil intento de su marido por parecer original. Un tipo de cambio que hace regalos que serán para el cambio… ¿Qué fue lo que hizo que Gerardo cometiera semejante torpeza? Un demandante ingenuo, sin dudas, pero también un vendedor de patines que seguramente hizo muy poco por desalentarlo.

Otro ejemplo de demandante particular son los coleccionistas, esa gente que siente atracción por lo económicamente innecesario. Estampillas, marquillas de cigarrillos, coches en miniatura, monedas, latas y hasta muñecas, no parecieran tener valor económico, a menos que en un futuro alguno de ellos tenga la intención de poner todo a la venta, con la esperanza de que el tiempo valorice lo inútil. Se podría argumentar que un filatelista disfruta de repasar una y otra vez su colección de estampillas. Gerardo, por caso, colecciona películas en DVD y admite que rara vez vuelve a proyectarlas, con excepción de aquellas pocas películas muy buenas (de acuerdo a su propio gusto, ciertamente dudoso). O sea que podría existir un disfrute en el solo hecho de tener y mantener cosas, más allá de la utilidad concreta que uno le quiera dar a lo que adquiere. Para la economía clásica, éstas no parecen ser decisiones del todo racionales. La compulsión a gastar en estas obsesiones puede traernos más de un dolor de cabeza cuando no alcanzamos a llegar a fin de mes.

Lamentablemente, los costos de una compra equivocada no terminan al notar la ociosidad del producto. Una vez decepcionados, solemos buscar desesperadamente razones para justificar nuestros fallos. Una más o menos inmediata es que no hay posibilidad de determinar si algo funciona o no hasta probarlo. La aspiradora no aspira tanto, el vestido no queda tan bien según otros ojos, el libro nos aburrió demasiado rápido. Algunos plantearán que este es un problema menor, ya que algunas tiendas permiten la devolución de un producto que no nos satisface. Amazon hasta nos invita a hojear parte del libro antes de comprarlo. Pero aun así, la mayoría no utiliza demasiado esta opción. ¿Por qué? Quizás devolver algo semi-usado simplemente nos dé vergüenza. O tal vez no queremos reconocer que nos equivocamos: Roberto Moldavsky, en uno de sus geniales monólogos, afirma que la razón por la que un pueblo como el de EEUU termina con Trump como presidente, es que devuelven el dinero si el producto no te gustó. Cuando los efectos de inacción predominan y no hacemos saber al mercado que ese sillón nuevo no es tan cómodo como lo sentimos la primera vez, las “correcciones” tardan en producirse. O dicho más claramente, el producto trucho se sigue vendiendo y solo dejará de producirse mucho tiempo después. El resultado es que un montón de consumidores terminan poco satisfechos con su compra durante demasiado tiempo.

Como ya reconocimos previamente, a primera vista esto no parece demasiado generalizable. Dimos ejemplos arbitrarios de compras de bienes de consumo durable, y uno esperaría que al comprar alimentos o servicios el feedback del mercado fuera más rápido y efectivo. Una empresa que vende una marca de leche podrida, definitivamente no durará en el mercado. Y un peluquero que corte el pelo con tenazas probablemente tampoco. Pero en este libro intentaremos demostrar que hay un mundo intermedio que puede sobrevivir gracias a las astucias del oferente, y a nuestra innata cualidad de equivocarnos una y otra vez como clientes.

Para evitar malas interpretaciones, este libro no es un libro de quejas destinado a denunciar la maldad del capitalismo empresarial y de los daños que infringe sobre el pobre consumidor. La razón es que, según nuestra tesis, para sobrevivir en la jungla capitalista todos tenemos que aprender a ser astutos para vender algo, aprovechando la ingenuidad de nuestra potencial clientela. Es cierto que muchas veces nos compran por los méritos reales de nuestro producto o servicio, pero a los que exageran estos méritos les suele ir mejor. Y como revelaremos enseguida, todos en mayor o menor medida exageramos.

El filósofo y ensayista Zygmunt Bauman escribió una crítica enérgica a la sociedad moderna en su libro Una Vida de Consumo. Su título en inglés es más explícito: A Consuming Life juega con el doble sentido de una vida dedicada al consumo, y una sociedad que nos compele a hacerlo, consumiendo en ese viaje nuestras vidas. Bauman opina con desdén que el consumo no es más que la cristalización de los excesos de la sociedad. Vivimos, explica Bauman, una economía del engaño basada en la insensatez y la emoción, pero casi nunca en la razón. Lejos de representar un fracaso, indica, este estado de cosas es óptimo para su propia reproducción, fortaleza y expansión. El consumismo, ataca Bauman, es un proceso de desafección, de silenciamiento social, y desactiva la protesta contra el orden imperante. En esta distopía consumista, los objetivos de ser más generosos y de cuidarnos los unos a los otros quedan opacados, nos han dejado sin propósito en la vida.

Nosotros no estamos en condiciones de ir tan lejos. Compartimos con Bauman que los engaños y autoengaños en esta sociedad de consumo son evidentes y generalizados, pero no estamos tan seguros de las perspectivas sombrías del autor. Y en lugar de juzgar a quienes presumiblemente nos mienten, preferimos ser juzgados junto a ellos, todos formados en una fila interminable de tramposos que, inevitablemente, constituyen una parte indisociable de la realidad, de nuestras relaciones económicas. Y si nos fijamos bien, quizás encontremos al propio Bauman en la misma hilera vendiendo libros que, bueno, al final no eran tan reveladores como pensábamos cuando los compramos.

Este libro está repleto de hipótesis excéntricas, pero totalmente comprensibles. Algunas de nuestras especulaciones se basan en situaciones perfectamente identificables que vivimos a diario. Otras son teorías que el lector juzgará por sí mismo como conducentes o no. Por si no se entendieron bien los párrafos anteriores, nuestra primera conjetura imprudente es que, en una palabra, todos vivimos engañados y engañando. Pero esto no termina aquí: nuestra segunda hipótesis es que esto no es necesariamente malo, y que de no ser por estos engaños la pasaríamos bastante peor. Una tercera hipótesis, bastante relacionada con la segunda, es que el engaño generalizado no debe preocuparnos demasiado, siempre y cuando no nos pasemos de la raya y tengamos los instrumentos institucionales para compensar sus potenciales efectos negativos. Como estos instrumentos hay que pensarlos y diseñarlos bien, los responsables deben ser conscientes de que en este sueño económico en que vivimos, en esta suerte de capitalismo onírico, la mentira está bastante más diseminada de lo que nos imaginamos. No somos homo œconomicus sino homo falsus, y en honor a la verdad, esto es una bendición.

Homo Falsus

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