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PRÓLOGO por COLIN THUBRON y ARTEMIS COOPER

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Una obra maestra inacabada posee un cariz de misterio y patetismo. Los dos volúmenes que precedieron a este (El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua) siguen siendo las magníficas dos terceras partes de una trilogía inacabada. Son dos obras únicas dentro del conjunto de los libros de viajes del siglo XX. Escritas respectivamente cuarenta y cincuenta años después de los hechos relatados, el viaje que contienen, junto con la prodigiosa proeza de rememoración que entrañan, vendría a ser la odisea soñada de todo estudiante libre como el viento.

En 1933, con dieciocho años, Leigh Fermor partió de Hoek van Holland con la intención de llegar caminando hasta Constantinopla (tal como él se obstinaba en llamar a Estambul). Pero no fue sino transcurridas varias décadas cuando se embarcó en el viaje paralelo, el escrito, y echó la vista atrás desde la edad madura para observar su rito iniciático de juventud. El tiempo de los regalos (1977) lo llevó por Alemania, Austria y Checoslovaquia. En Entre los bosques y el agua (1986) proseguía a través de Hungría, se adentraba en Transilvania y lo dejaba ante las Puertas de Hierro del Danubio, cerca de la convergencia de las fronteras rumana y búlgara. Todavía le quedaban ochocientos kilómetros hasta su destino, Constantinopla.

Terminar de escribir semejante epopeya habría supuesto un logro comparable con la trilogía del mar de William Golding o, en un género literario distinto, con la Espada de honor de Evelyn Waugh. Sin embargo, el viaje rememorado de Leigh Fermor quedó en suspenso allí, ante las Puertas de Hierro. Los lectores impacientes supusieron que habría sucumbido al bloqueo del escritor, paralizado por las lagunas de la memoria o por la labor de igualar su propio formidable estilo.

Pero a su muerte, en 2011, dejó un manuscrito del relato final que durante tantos años lo había atormentado, por deficiente o escurridizo. Nunca llegó a terminarlo tal como habría deseado. No podemos saber a ciencia cierta los motivos. Incluso para él mismo el problema no estaba claro, y El último tramo es tan solo su resolución parcial. Lo fascinante del libro reside no solo en la cuasi conclusión de la epopeya de juventud, sino también en la luz que arroja sobre el proceso creativo de este hombre brillante y muy reservado.

Con dieciocho años, Paddy (como le llamaban sus amistades y admiradores) se consideraba un fracaso. El director de la King’s School de Canterbury le había etiquetado, memorablemente, como una «mezcla peligrosa de sofisticación y temeridad», y le habían expulsado de la mayoría de los colegios por los que había pasado. Sus padres estaban separados; su padre, geólogo eminente, se encontraba en la lejana India, y aunque Paddy se planteó la posibilidad de alistarse, la idea de la disciplina militar le producía sarpullidos. En cambio, tenía muchas ganas de hacerse escritor. En su habitación alquilada de Shepherd Market, en Londres, entre las alocadas fiestas junto a lo que quedaba de la generación de los Jóvenes Alegres de la década de 1920, dedicaba grandes esfuerzos a componer versos de adolescencia y relatos. Pero en el invierno de 1933 empezó a sentirse desalentado y perplejo, escribió él mismo. «De pronto todo parecía insoportable, odioso, frívolo, agitado [...] Aversión súbita a las fiestas. Desprecio de todos, empezando y acabando por mí mismo».

Entonces fue cuando se le ocurrió la idea de hacer un viaje, una caminata en solitario y con la pobreza propia de un romántico. En su mente empezó a desplegarse un mapa imaginario. «¡Una vida nueva! ¡La libertad! ¡Algo sobre lo que escribir!». Mientras «en Piccadilly había un millar de paraguas relucientes que estaban ladeados sobre un millar de bombines», él inició el viaje con una asignación de su padre por importe de una libra a la semana, y con un ejemplar de The Oxford Book of English Verse y las Odas de Horacio en la mochila.

Su recorrido a pie a lo largo del Rin hacia el corazón de Europa Central en sentido contrario a la corriente, y luego siguiendo el curso del Danubio, atravesando la Gran Llanura Húngara hasta Transilvania, se tornó en una variada combinación de noches pasadas en tugurios y estancias en castillos de bondadosos aristócratas. Pero, sobre todo, a medida que iba recorriendo con curiosidad exultante los paisajes y las historias del continente que se extendía ante sus ojos, el viaje constituyó la primera toma de contacto de un joven con las riquezas de la cultura europea. El viaje le llevó un año. Pero no empezaría a publicarlo hasta más de cuatro décadas después.

Hubo otros asuntos. Tras su llegada a Constantinopla, pasó cuatro años en Rumanía junto a su primer gran amor, la princesa Balasha Cantacuzene. Durante este período comenzó a escribir su viaje de juventud a pie, pero «las palabras no fluían, no lograba que sonaran bien». No ha quedado nada de aquel primer intento.

Entonces llegó la guerra y con ella su etapa como oficial del Servicio de Operaciones Especiales (SOE) en la Creta ocupada, que culminó con su legendario secuestro del general Kreipe, comandante de división del sector central de la isla. No alcanzó el éxito literario hasta 1950, con un libro de viajes ambientado en el Caribe, seguido por una novela y por el evocador relato de su retiro en varios monasterios, Un tiempo para callar. Por encima de todo, estuvieron sus viajes por Grecia, país donde estableció su residencia junto a su mujer, Joan Eyres Monsell; de ellos resultaron dos libros: Mani y Roumeli, dedicados a ensalzar no los lugares de la Antigüedad clásica sino la cultura romiosyne, la cultura demótica, primitiva, de la tierra que él había terminado amando.

A finales de 1962 la revista estadounidense Holiday, una publicación más seria que su nombre, encargó a Paddy un artículo de cinco mil palabras para la sección «The Pleasures of Walking». Sin ningún presentimiento sobre lo que estaba comenzando, se lanzó a describir su épico viaje a pie. Casi setenta páginas después, solo llevaba aún dos tercios del recorrido: había llegado casi hasta la frontera búlgara, las Puertas de Hierro; y la disciplina de la compresión se le hizo insoportable. Empezaba a encontrar inmensos filones de recuerdos. Conforme escribía, fue zafándose de las constricciones propias de la escritura de artículos. Dejó a un lado aquellas primeras setenta páginas, y, cuando retomó el relato, escribiendo a su ritmo natural de diario, se vio componiendo un auténtico libro (de Bulgaria a Turquía). Esta vez todo el material de su viaje a pie, junto con las digresiones en las que reflexionaba sobre historia y cuestiones lingüísticas, los personajes vívidamente tallados, la arquitectura y el paisaje descritos con todo lujo de detalles, poblaron las páginas. El día de Año Nuevo de 1964 escribió a su editor, el fiel y sufridor Jock Murray, que el relato había «madurado hasta el punto de haber quedado irreconocible. Mucho más personal y con un ritmo muchísimo más vivo, y muy, espero, muy curioso».

Así pues, irónicamente, el último tramo de su viaje, de las Puertas de Hierro a Constantinopla, fue la primera parte de su viaje a pie que intentó escribir íntegramente. Quiso titularlo Parallax [en castellano «Paralaje»], un término (común en astronomía) que designa la transformación que sufren los objetos cuando se miran desde ángulos diferentes. Daba idea de cuán claramente percibía el cambio de perspectiva entre su yo más joven y su yo más maduro. Pero Jock Murray rechazó ese título por considerarlo demasiado opaco (según él, parallax sonaba a medicamento), y la obra fue rebautizada provisionalmente A Youthful Journey [«Un viaje de juventud»].

A mediados de la década de 1960, con el manuscrito incompleto aún, Paddy lo dejó aparcado y se volcó, junto a su mujer Joan, en la construcción de su residencia en el Peloponeso. Cuando en un momento dado retomó el proyecto, a principios de la década siguiente, se dio cuenta de que tenía que empezar otra vez desde cero, desde los inicios de su viaje, en Holanda, y que ocuparía más de un libro. A lo largo de los tres lustros siguientes dedicó todos sus esfuerzos a la Gran Caminata, como la llamaba él, y acabó con los dos soberbios volúmenes que recogían el viaje hasta su llegada a la frontera búlgara. Mientras tanto, el manuscrito de A Youthful Journey, escrito a mano en rígidas láminas de cartulina, dormía el sueño de los justos medio olvidado en un estante de su estudio, archivado en tres carpetas negras de anillas.

Gracias al éxito espectacular que tuvieron los dos primeros volúmenes, hubo un aumento radical de expectación entre el público lector respecto del tercero. Entre los bosques y el agua terminaba con la irrevocable afirmación: «Continuará». Y ese compromiso perseguiría a Paddy hasta el final de sus días. Cuando retomó A Youthful Journey, que empezaba en las Puertas de Hierro, donde acababa Entre los bosques y el agua, tenía ya más de setenta años, el texto tenía unos veinte años y las experiencias rememoradas correspondían a vivencias de hacía más de medio siglo. Había escrito aquel primer manuscrito a ráfagas prolijas y apenas lo había corregido. Le faltaba la hábil labor de revisión, estaba sin pulir ni enriquecer, y en algunas partes carecía de coherencia, tres cosas que él mismo se exigía. En ese momento, la tarea lenta, intensa, perfeccionista, mediante la cual se habían gestado los dos primeros tomos (las pruebas de imprenta acabaron tan cubiertas de correcciones y elaboraciones que hubo que mandarlas a componer de nuevo de arriba abajo) se le hacía un reto casi inasumible. Además tuvieron lugar otros acontecimientos que le afectaron. Con el fallecimiento de Jock Murray en 1993 y de Joan en 2003, desaparecieron las dos personas que más le habían alentado. La larga glaciación que comenzó entonces fue tan desconcertante para Paddy como para los demás. Ni siquiera la ayuda de un psiquiatra le sirvió de mucho para hallar sosiego.

Uno de los datos más asombrosos de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua es que los escribió de memoria, no a partir de diarios o cuadernos de notas en los que apoyarse. En 1934, a Paddy le robaron su primer diario en un albergue juvenil de Múnich, y los siguientes, junto con las epístolas picarescas que le escribía a su madre, quedaron guardados durante la guerra en el depósito de los almacenes Harrods, donde años más tarde fueron destruidos al no reclamarlos nadie. Aquello representó una pérdida que, como él decía, «aún duele, como una vieja herida cuando llueve».

No obstante, curiosamente la ausencia de un registro que corroborase lo escrito pudo tener un efecto liberador. Un escritor con la capacidad de observación de Paddy era capaz de grandes logros de reimaginación, compuestos tanto de recuerdos como de asociaciones. En un pasaje reflexivo de El último tramo escribió: «Mientras voy componiendo el puzle con unos fragmentos que no había vuelto a tocar en veinte años o más, aflora inopinadamente a la superficie un detalle cuyo efecto es tan poderoso como el sabor de la magdalena que desató en Proust todos los recuerdos de infancia. La avalancha de detalles irrelevantes, de líneas interconectadas de pensamientos y asociaciones, y los ecos de ecos que a su vez me llegan reverberados y rebotados, es abrumadora...». Al no estar constreñido por las limitaciones de un diario, le fue posible dar a esos hallazgos la forma no tanto de un relato literal como de una recreación estimulada por los recuerdos. Las licencias poéticas y las refundiciones fueron inevitables, como él mismo admitió.

En 1965, poco después de haber abandonado el inacabado A Youthful Journey para dedicarse a construir su casa del Peloponeso, recibió el encargo de escribir un artículo sobre el Danubio desde su nacimiento hasta su desembocadura en la costa rumana del mar Negro. En aquel entonces, la Rumanía comunista estaba iniciando su apertura hacia Occidente y él aprovechó la oportunidad para visitar a Balasha Cantacuzene. Era la primera vez que la veía desde que partió a la guerra en 1939. Se vieron en secreto, una noche, en la pequeña población de Pucioasa, en el ático en el que vivía junto a su hermana y su cuñado. Le impactó ver los estragos que el último cuarto de siglo había hecho en ella, pero aun así el reencuentro le emocionó. En 1949, despojados ya de prácticamente todas sus propiedades, los habían desahuciado de su finca, dándoles tan solo quince minutos para recoger todas sus pertenencias, y ella había metido en su maleta el cuarto y último diario de Paddy, que él le había dejado al partir. Volvió a Grecia con aquella preciada reliquia del pasado, el Diario Verde, como él lo llamaba, que estaba escrito a lápiz, borroso ya. Este diario recoge sus vivencias desde 1935, una vez que hubo terminado el viaje a pie, y va acompañado de bocetos de iglesias, trajes y amigos, vocabularios en húngaro, rumano, búlgaro y griego, y el nombre y la dirección de casi todas las personas que lo hospedaron.

Pero lo extraño del caso es que, a pesar de que este diario cubría todo el viaje a pie de las Puertas de Hierro a Constantinopla y continuaba desde allí, nunca lo cotejó con A Youthful Journey. Tal vez le chirriaba su bisoñez en contraste con el manuscrito posterior, más estudiado, o tal vez le desconcertaron las diferencias entre los hechos de uno y otro. Hay frecuentes divergencias entre ambos textos. Fuera cual fuera el motivo, aquel diario, que para él seguía siendo casi como un talismán, no sirvió para solucionar su encrucijada personal.

En 2008 Artemis Cooper, que estaba documentándose acerca de la vida de Paddy para su biografía, encontró casualmente en la sede londinense de la editorial John Murray una copia mecanografiada de A Youthful Journey. Paddy nunca le había dejado leer el manuscrito, guardado en sus carpetas negras de anillas, y había olvidado que hacía muchos años había debido de enviar a los editores de Murray una copia del texto inacabado. Esta vez, sin embargo, pidió que le enviasen aquella copia mecanografiada. Era ya nonagenario, había empezado a padecer problemas de visión y no podía leer más de dos renglones seguidos. Pero Olivia Stewart, fiel amiga suya tras el fallecimiento de su esposa, lo pasó de nuevo a máquina con una letra más grande, y lo mismo hizo con el diario.

A partir de ahí, Paddy comenzó la ardua tarea de revisarlo una vez más, para lo cual tenía que ayudarse con una lupa. E iba anotando las correcciones con una estilográfica de tinta negra. Teniendo en cuenta su grado de perfeccionismo, aquello resultó una labor casi imposible. En una ocasión comentó que había que «descoser» el texto entero, y, si hubiese contado con el tiempo y el aguante necesarios, es probable que hubiese reescrito de cabo a rabo gran parte del relato. Estuvo corrigiendo, con su mano temblorosa, hasta pocos meses antes de su muerte.

Este texto mecanografiado, una vez cotejado con el manuscrito original de A Youthful Journey, es el que conforma El último tra­ mo. En su mayor parte lo escribió durante el torbellino creativo que le sobrevino entre 1963 y 1964, y contenía caprichosos errores gramaticales, estilísticos y de puntuación, algo muy diferente de la esmerada prosa propia de Paddy. De vez en cuando mezclaba datos, con la intención evidente de aclararlos posteriormente. Y dejó expresamente dicho que se eliminasen varios pasajes.

Como editores y albaceas literarios de Paddy, hemos tratado sobre todo de dar lucidez al texto, reduciendo todo lo posible nuestras intervenciones. Apenas hay alguna expresión, y menos aún una frase entera, que no sea suya. Con la idea de preservar su estilo característico, hemos respetado la estructura de sus frases a menudo elaborada, con su estela de frases subordinadas. Hemos mantenido su puntuación característica, sus enumeraciones ocasionales y sus largos párrafos. Provisionalmente, dividió el texto en muchas secciones numeradas. Nosotros lo hemos organizado en ocho capítulos, casi todos ellos titulados con referencias geográficas, tal como era su costumbre. Las notas al pie (suyas son un puñado de ellas) se han insertado principalmente para añadir aclaraciones sobre historia y para traducir términos de otros idiomas (ocasionalmente traducidos con bastante imaginación y que en general hemos optado por corregir directamente en el texto).

Para terminar, el título del libro es enteramente responsabilidad nuestra. The Broken Road constata que el literario viaje de Paddy no culminó nunca en su destino final. (Se detiene a poca distancia de la ciudad búlgara de Burgas, a unos ochenta kilómetros de la frontera con Turquía.) El título original reconoce también que la presente obra no es el libro pulido y remodelado que él tanto habría deseado, sino el punto al que más lejos hemos podido llegar nosotros al final.

La decisión de Paddy de escribir acerca de su caminata de juventud parece casi predestinada. Sentía una empatía natural hacia su niñez, y en cierto sentido siguió siendo un alma cándida, por extraño que parezca. El último tramo, junto con su espíritu generoso, su juvenil arrojo y su fanfarronería ocasional, contiene también indulgentes valoraciones sobre otras personas o su profundo agradecimiento ante cualquier muestra de amabilidad, todo ello atenuado a su vez por inesperadas señales de vulnerabilidad, a través de atisbos de depresión o nostalgia. El libro es más franco y revelador en cuanto a detalles personales de lo que posiblemente lo hubiera sido tras la labor de pulido. En él refiere fielmente el deleite infantil con que disfruta de la alta sociedad de Bucarest, con la ingenuidad de un adolescente que todo lo idealiza, y registra asimismo sus prejuicios respecto de tal o cual persona.

Con todo, en el joven que encontramos en estas páginas cabe reconocer sin género de dudas al protagonista de El tiempo de los regalos o incluso de Mani. Están presentes ya los intereses y las obsesiones de la edad madura, como su fascinación por los dramas y las rarezas de la historia y del lenguaje, su gusto por los detalles de las indumentarias, el folclore, los ritos, y la emoción ante los cambiantes paisajes. Por irregular que resulte el texto, contiene pasajes que son tan puramente característicos de su estilo como cualquier otro firmado por él. ¿Cómo olvidar el perrillo que corretea junto a él en ese anochecer en Bulgaria, ladrándole a la luna que asoma una y otra vez por los montes de pronunciado perfil curvilíneo? ¿O las cigüeñas que en vuelo migratorio cubren el cielo en los Balcanes, o el aprendiz de barbero que farfulla más que habla y que no lo dejaba en paz mientras iban andando por un buen tramo del norte de Bulgaria, o la fantasía (un montaje que solo Paddy era capaz de idear) de un pueblo formado por parejas de humanos y sirenas que había sobrevivido al Segundo Diluvio?

Por supuesto, el ánimo entusiasta de Paddy no encontraba reflejo en la Europa que iba atravesando a pie. Hacía solo quince años que el Imperio Austrohúngaro se había desintegrado y su antiguo rival, el Imperio Otomano, seguía siendo un recuerdo vivo en la parte meridional de los Balcanes. Lo que había quedado después del Tratado de Versalles era un auténtico polvorín. Bulgaria, «la Prusia del Este» (como la llamó Venizelos, el primer ministro griego) había combatido junto a Alemania y ahora se veía despojada de gran parte de su territorio, lo cual creaba una situación de vulnerabilidad. Su población rural vivía sumida en la pobreza, el nacionalismo predominaba en su independiente Iglesia ortodoxa y el país conservaba el viejo vínculo eslavo con Rusia. Rumanía, por su parte, se había puesto de parte de los aliados, lo cual había facilitado después la enorme expansión de sus fronteras, como baluarte frente a los bolcheviques.

Estos dos países en los que acaba el viaje de Paddy, Bulgaria y Rumanía, eran muy diferentes entre sí desde el punto de vista cultural, pero ambos eran economías pobres, agrarias, en su mayor parte minifundistas y su clase gobernante ya no era la aristocracia terrateniente. En Bulgaria apenas existía esa clase social, mientras que el haut monde de Bucarest con el que Paddy se relacionó, se veía cada vez más asediado en un mundo que estaba pasando a manos de una joven y frágil burguesía.

Visto retrospectivamente, da la sensación de que el continente entero que él atravesó a pie avanzaba aletargado hacia el desastre. Los Balcanes se hallaban todavía sumidos en la Gran Depresión, y el campesinado vivía en la más absoluta miseria. Los gigantes gemelos del nazismo y el bolchevismo se cernían ya como dos fuerzas ciclópeas. En Alemania, Hitler había ascendido al poder en el mes de enero de aquel mismo año. Echando ahora la vista atrás, parece como si muchas de las personas que conoció Paddy, los elegantes aristócratas, los judíos rumanos, los gitanos, estuvieran marcados por los malos augurios.

Pese a que la intención de Paddy era poner fin a su viaje en Constantinopla, los únicos textos que escribió acerca de la ciudad fueron apuntes en su diario sin mención alguna, inexplicablemente, a sus épocas de esplendor bizantina y otomana. Grecia pasó a ser (y siguió siendo) su amor verdadero y su verdadero destino. Solo once días después de llegar a Constantinopla, su diario recoge su partida hacia el corazón religioso de Grecia: el estado monástico de Monte Athos. El 24 de enero de 1935, su diario deja de consistir en notas impresionistas y se transforma en una crónica detallada que finaliza únicamente cuando abandona la Montaña Sagrada. Allí, pasada Constantinopla, es donde hemos decidido poner el punto final al presente volumen.

Cabe destacar como un rasgo único el hecho de que el texto de Monte Athos fue redactado prácticamente in situ. Paddy acababa de cumplir veinte años cuando lo escribió, y posteriormente lo corrigió una y otra vez, más que A Youthful Journey. Incluso hacia el final de su vida añadió temblorosas acotaciones (quizá para sí mismo), como: «Eliminar sin piedad todas estas páginas», o una enigmática: «Debo mantener los ojos bien abiertos».

Este diario, más que A Youthful Journey, nos ofrece la primigenia voz narrativa del autor: los gozos y los recelos de un joven sin malicia. Delata sus inseguridades, hasta sus pánicos, y el placer con que empezó a lidiar con un mundo griego del que posteriormente se haría gran conocedor y amante. A la hora de escoger entre diversas correcciones del diario (en ocasiones hay al menos cuatro diferentes), hemos intentado mantener su frescura sin pulir, al mismo tiempo que eliminábamos algunas reiteraciones. En las raras ocasiones en que las correcciones que agregó en su vejez parecen menos acertadas que las hechas en una época anterior, hemos optado por mantener la frase original.

Al final, por supuesto, hemos tenido que plantearnos la difícil pregunta de si Paddy habría querido que se publicaran estos dos documentos. Su respuesta, mientras estuvo vivo, habría sido probablemente: «No». Pero en sus últimos meses parecía tener en mente la idea de que otras personas editasen ambos textos, aunque fuese solo de forma imaginaria. Habría fragmentos que deseaba eliminar, dijo, y determinadas impresiones que quería modificar (y eso hemos hecho, por supuesto). Entre sus papeles había un contrato para la obra, firmado con Murray en 1992. Cuando murió, había dedicado tantos esfuerzos y tantos pensamientos a los textos que nos parecía un error y nos daba lástima relegarlos a un archivo.

Tal vez El último tramo no sea exactamente el «tercer volumen» que tanto le atormentó, pero al menos sí tiene la forma y la esencia del libro prometido, y aquí es donde debe detenerse su viaje.

C. T. y A. C.

Primavera de 2013

El último tramo

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